jueves, 15 de marzo de 2018

«Se hicieron un becerro de metal»... Un pequeño pensamiento para hoy

Al bajar de la Montaña del Sinaí, donde había estado hablando con Dios, Moisés encuentra al pueblo en adoración ante una estatua de metal, ¡un becerro de oro!, nos narra la primera lectura de la Misa (Ex 32,7-14). Esta es una verdad de todas las épocas y de todos los hombres. La atracción de las «cosas de la tierra»... los «placeres terrestres»... los «bienes pasajeros»... en una palabra, todo lo relacionado con el dinero. Todo esto lo material se percibe siempre como necesario y tentador: «Se han hecho un becerro de metal, se han postrado ante él y le han ofrecido sacrificios y le han dicho: “Éste es tu dios, Israel”, es el que te sacó de Egipto» (Ex 32,8). Este es uno de los episodios más cruciales del libro del Éxodo, dado que casi causa la abolición del pacto de Dios con el pueblo judío. Después de meses de milagros constantes y de una revelación tan clara del amor misericordioso de Yahvé que cuida siempre de su pueblo, ¿cómo pudieron olvidar a Dios con semejante velocidad y adorar a un ídolo? Dios acababa de terminar un año completo de interacción personal con el pueblo judío: las plagas en Egipto, la división del mar y la asombrosa revelación en el Monte Sinaí. Y a pesar de eso, 40 días después los judíos habían construido un ídolo... ¡Qué falta de paciencia le tenemos a Dios!

Cuando Moisés bajó del monte vio el desenfreno del pueblo, como habían pasado muchos días, ellos había creído que Moisés no volvería, y decidieron hacer su propia voluntad, y esto es lo mismo que está ocurriendo para muchos «creyentes» en nuestros días, para muchos, han pasado dos mil largos años de la Pascua del Señor, y para muchos esa historia de la pasión, muerte y resurrección del Señor por nosotros, es ya solamente un mito, y para otros, todavía falta mucho para que vuelva, entonces hoy hay una adoración a nuevos becerros como el dinero y el placer, el bienestar material, pero tal como Moisés, Cristo volverá, y nos dice en esta Cuaresma, que aún estamos en el tiempo de la gracia, aún es tiempo para buscarlo abriendo nuestro corazón a la conversión. La historia del becerro no termina en el pecado del pueblo, sino que cuando Moisés baja del monte, luego de haber intercedido por el pueblo para que el Señor no los castigara duramente como le había dicho a Moisés, es el mismo Moisés quien toma la decisión de limpiar el pueblo de aquellos que no estaban viviendo conforme al Espíritu de Dios, y de aquellos que acudieron a su llamado. Después de esta limpieza, Moisés sube de nuevo a ver al Señor y Yahvé perdona al pueblo, y no sólo eso, sino que realiza una nueva alianza, la alianza de la ley, y promete estar junto a su pueblo de ahí en adelante, olvidando lo pasado, y viendo que el pueblo tiene un nuevo espíritu, ya que la gente estaba arrepentida.

En el Evangelio (Jn 5,31-47), Jesús reprocha a sus contemporáneos no haber escuchado realmente a Moisés: «si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí. Pero si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras? (Jn 5,46-47)». Así, de esta manera, Jesús les echa en cara que no quieren ver lo evidente. Porque hay testimonios muy válidos a su favor: el Bautista, que le presentó como el que había de venir las obras que hace el mismo Jesús y que no pueden tener otra explicación, sino que es el enviado de Dios; y también las Escrituras, y en concreto Moisés, que había anunciado la venida de un Profeta de Dios, que es Él. A pesar de la oposición de las personas que acabarán llevándole a la muerte, Cristo será el nuevo Moisés, que se sacrifica hasta el final por la humanidad. Y ciertamente nosotros somos de los que sí han acogido a Jesús y han sabido interpretar justamente sus obras. Por eso creemos en Él y viviendo plenamente nuestra Cuaresma le seguimos con fe, a pesar de nuestras debilidades. Además, en el camino de esta Cuaresma reavivamos esa fe y queremos profundizar en su seguimiento, imitándole en su entrega total por el pueblo. El evangelio de Juan resume, al final, su propósito: «estas señales han sido escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre» (Jn 20,31). Hoy es jueves eucarístico, una oportunidad para estar con Él acompañados de María... ¡sigamos caminando hacia la Pascua!

Padre Alfredo.

1 comentario:

  1. Pocas veces leí algo tan nítido.... viendo no vemos..... que los becerros de hoy subyugan a los espíritus aún más preparados.......

    ResponderEliminar