domingo, 28 de marzo de 2021

«Es Domingo de Ramos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Empezamos hoy la Semana Santa, que, en nuestra sociedad tan secularizada, es más reconocida por ser un tiempo de vacaciones que un tiempo de recogimiento. Aún en medio de la pandemia que estamos viviendo, las promociones que se han hecho para el turismo han sido aprovechadas por muchos que desafían la situación y se lanzan a las playas. Para los discípulos–misioneros, conscientes de la situación, esta Semana Santa tan especial ofrece un espacio considerable para la meditación y reflexión en estos misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Hoy la celebración litúrgica en la mayoría de los lugares se reviste de mucha sobriedad debido a la situación que estamos viviendo, no habrá las grandes procesiones como hace dos años pero se podrá vivir la celebración en el Templo. 

En el Evangelio de la Misa de hoy se lee el relato de la pasión y muerte de Cristo según san Marcos (Mc 14,1-15.47), que aporta gran cantidad de precisiones históricas que no están en las versiones de los otros evangelistas. Para san Marcos la pasión y la muerte de Jesús han dejado su huella en la historia, en el tiempo y en un lugar real: el joven que sigue a Jesús después del arresto en Getsemaní (Mc 14, 51-52); José de Arimatea (Mc 15, 43); Pilato que manda comprobar la muerte de Jesús (Mc 15, 44-45). Los hechos se suceden en un estilo descarnado, se acentúa el carácter dramático y se detiene en pormenores que los otros evangelistas o atenúan u omiten. Así en Getsemaní el miedo, la angustia, la triple petición al Padre para que le libere, el abandono en la cruz. La narración de Marcos extrema la emoción y la tensión, por eso es interesante leerla detenidamente. El evangelista utiliza las palabras que indican el grado extremo de horror y sufrimiento. Pero esto no le es obstáculo para que, al mismo tiempo, Jesús se dirija al Padre con palabras de ternura y confianza incondicionales: Abbá, Padre. En este relato hay una progresiva acentuación de los títulos mesiánicos: Hijo del hombre, Mesías, Rey de los judíos. Progresión que culmina en la profesión de fe de un pagano, el centurión: «Realmente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 19).

Nosotros sabemos que Jesús es realmente el Hijo de Dios, sabemos que murió para salvarnos y sabemos que resucitó para quedarse para siempre a nuestro lado. Esta Semana Santa, vivida de forma tan especial en este tiempo de una pandemia que parece prolongarse mucho más que la Cuaresma —ya llevamos dos en pandemia— representa una gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Cristo, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor. Estos días nos ofrecen la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para preguntarnos en qué se está gastando nuestra vida. Es un tiempo para darle un rumbo nuevo al trabajo y a la vida de cada día yendo poco a poco a una nueva normalidad. Es un tiempo para abrirle el corazón a Dios, que sigue esperando de nosotros. No reduzcamos estos días a un simple espacio de descanso, sino a unos días en los que Cristo, el Hijo de Dios, nos pide estar muy cerca de Él que nos trae la salvación. Vivamos estos días santos acompañados de María Santísima, testigo silenciosa de aquellos instantes decisivos para la historia de la salvación. ¡Bendecido Domingo de Ramos!

Padre Alfredo.

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