viernes, 31 de julio de 2020

«San Ignacio y los Ejercicios Espirituales»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hay acontecimientos tan especiales que nos suceden en alguna época de nuestra vida, que aunque pasen los años, los lustros y las décadas, quedan grabadas en el corazón para siempre. Así sucede para mí con el 31 de julio, que me remonta al año de 1985 en que durante todo el mes de julio, para cerrar mi año canónico de noviciado, el Señor, a través de la bondad de la Madre María Teresa Botello Uribe —a quien le debo muchas cosas y que ahora goza, estoy seguro, de la contemplación de Dios— la experiencia de hacer los Ejercicios Espirituales Ignacianos nada más y nada menos que en Loyola, allá en España, en la casa en donde nació San Ignacio, el autor de los mismos y a quien el día de hoy celebramos. Conservo aún apuntes y reflexiones que durante ese mes hice y que me siguen ayudando sobremanera en el caminar de mi vida espiritual.

Formulados por san Ignacio de Loyola, los Ejercicios Espirituales están integrados por una serie de meditaciones y contemplaciones que tienen como objetivo descubrir cuál es la voluntad de Dios para la vida a quien los realiza. Esa experiencia espiritual fue una pieza fundamental mi formación. Los ejercicios espirituales nacen de la experiencia personal de san Ignacio como peregrino en búsqueda de la voluntad de Dios. El santo puso por escrito algunas de las cosas que le habían ayudado personalmente, para poder así ayudar a otros. Por eso los ejercicios son también un libro escrito en un estilo conciso, dirigido sobre todo a quien los da. Tienen mucho de método y de pedagogía y a mí me han servido, incluso para tantas tandas de ejercicios espirituales que he dirigido a lo largo de mi vida sacerdotal. Desde hace cinco siglos han constituido un modo de ayudar al encuentro con Dios en la propia vida, en el camino único e irrepetible de cada persona. Por eso los ejercicios acaban siendo una experiencia que marca un antes y un después en quien los hace. Otras veces, muchas más, he tenido la experiencia de hacerlos de una semana, de 10 días, pero nunca se ha repetido la experiencia única de haberlos hecho en un mes completo y en la casa natal de san Ignacio. Mucha gente se preguntaba de dónde le habría venido toda esa sabiduría a Ignacio, dado que antes de su conversión era militar. La historia dice que Ignacio quedó fascinado por la lectura de la vida de los santos que leyó durante un tiempo que estuvo convaleciente allí en su casa. 

¿De dónde le viene a este esa sabiduría? Lo decían también de Jesús sus paisanos, según nos narra el Evangelio de hoy (Mt 13,54-58). Estaban bloqueados por esa pregunta. Fueron testigos de sus milagros, admiraron su sabiduría, pero no fueron capaces de dar el salto y aceptarlo como el enviado de Dios. Para seguir a Jesús hay que dar sí, «un salto», pasar de lo ordinario a lo extraordinario, como lo hizo san Ignacio. Muchas veces la gente hoy cae en la misma tentación que experimentaron los paisanos de Jesús. Desean ser instruidos por importantes catedráticos, por personas con prestigio que se expresen con grandes discursos y sobre todo que hagan cosas sorprendentes. Sin embargo, la novedad está, como en los Ejercicios Ignacianos, en la sencillez con que nos conectan con el Evangelio y nos dejan en claro que somos discípulos–misioneros. Pues, al igual que Jesús, Ignacio se anunció a sí mismo, sino que desmenuzó en los Ejercicios la Palabra de Dios. Ignacio sigue siendo hasta nuestros días la boca de Dios con la sencillez y humildad de los predicadores que siguen trayéndonos esa riqueza de meditaciones y prácticas de los Ejercicios. Ignacio nació en Loyola en 1491 y murió en Roma el 31 de julio de 1556. Qué él y María Santísima a quien el santo vio claramente en una imagen de Nuestra Señora con el Niño Jesús que le impactó y quedó con tanto asco de toda la vida pasada, nos ayuden en el camino de nuestra conversión y que los Ejercicios Espirituales Ignacianos sigan haciendo mucho bien a las almas. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo. 

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