lunes, 27 de julio de 2020

«El crecimiento»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Señor, en el Evangelio de hoy (Mt 13,31-35), trae la imagen del crecimiento, tanto con el ejemplo del granito de mostaza como con la levadura. Poco a poco y en silencio, la Iglesia de Cristo crece; crece la obra de la redención, crece el reino de los redimidos; como también, poco a poco, va creciendo la semilla, y en silencio echa un brote, y éste crece; poco a poco la levadura va inflando la masa también haciéndola crecer. No es en una sola noche se ha levantado allí el árbol; no es en el instante de poner la levadura que la masa crece. La cosa no es automática y quizá por eso nos cuesta a nosotros entender que el crecimiento natural de algo es lento, es que hoy tenemos muchas cosas que son «instantáneas» y así quisiéramos todo. Quisiéramos incluso que al instante y sin dificultades, todos fuéramos santos y no, no se puede, todo lleva su periodo de crecimiento natural, como el granito de mostaza y la masa impregnada de levadura.

Por ejemplo cuando sembramos un árbol, es únicamente al cabo de muchos años, que alzamos los ojos y nos fijamos en él y exclamamos: ¡Cuán grande se ha hecho! ¡Cómo ha crecido! Y lo mismo sucede cuando se mezcla la levadura entre la masa de la blanca harina: va expansionándose poco a poco, hasta que por fin la fermenta toda y la masa del pan ya está lista. Así también obran en el mundo la palabra redentora y la fuerza santificante de Cristo. Aquel granito de mostaza ha desparecido y se hace ahora presente en un arbusto; aquella levadura que se puso a la masa ya no se distingue, ha impregnado todo aquel preparado. Despacio y en silencio crece también el Reino de Dios entre nosotros porque como es natural, todo lo grande crece en el silencio, y no solo lo bueno, sino que nos descuidamos lo malo también crece y casi sin darnos cuenta porque el enemigo es astuto. ¡Ya ven, hasta la pandemia terrible que vivimos empezó a crecer en silencio! Así, en silencio, el reino de Dios va creciendo en la vida de los santos y de los beatos, en la vida de esos hombres y mujeres conocidos unos y muy desconocidos otros, que van siendo como el granito de mostaza y la levadura.

Este es el caso del beato Raimundo Palmerio, padre de familia, que, al quedar privado de su esposa y  de sus hijos, fundó un albergue para recibir a los pobres. Raimundo tuvo cinco hijos, y todos murieron en poco tiempo. Llegó otro, Gerardo, sano y vital. Pero perdió a su esposa; entonces sus parientes ayudaron a Raimundo a cuidar del pequeño y él se mantuvo siempre agradecido. Comprendió, al ser apoyado, que pensar en los pobres y abandonados era algo muy importante y se volcó en este empeño jugándose la vida. De las urgencias pasó a las obras estables, a las casas para los indigentes, a los hospitales para los enfermos. Pidió, oró, insistió, molestó, buscando los medios para mantenerlos. Afrontaba con paciencia resuelto todas las contradicciones y veía crecer su obra, la obra que Dios le había encomendado. A todos enseñó la doctrina cristiana en las casas, en los puestos de trabajo, en la calle. No en el templo, porque era un simple laico, y además analfabeto. En la iglesia oraba y eso bastaba. Como santo lo trataron, cuando murió entre los pobres. Fue sepultado en una capilla junto a la iglesia de los Doce Apóstoles y se confió la custodia de la tumba a su hijo Gerardo. Pronto sucedieron hechos milagrosos. Sus restos se conservan en la iglesia de las cistercienses de Nazareth. Que el beato Raimundo y María Santísima nos ayuden a que nosotros también hagamos crecer el Reino de Dios. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

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