domingo, 12 de julio de 2020

«La buena tierra»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy ciertamente es un día muy especial para mí y para mi familia de sangre. Hace un año mi padre, don Alfredo Leonel, fue llamado a la Casa del Padre y en estos días, obviamente, lo hemos estado recordando mucho mi madre y yo en casa. Seguramente mi hermano con su familia, en su casa hará lo mismo. Y es que aquí en la casa paterna, en esta casa que dejé en 1980 para irme al seminario y a la que regresé para vivir el año pasado, todo habla de él, pero hoy en especial, no sólo la casa, sino la palabra de Dios en el Evangelio (Mt 13,1-23) me habla de él. La parábola de la semilla y la buena tierra es de las más conocidas que tenemos en la Sagrada Escritura y en ella detalladamente Jesús nos habla de un problema. Ciertamente ese problema no es que la semilla no llegue a todos —Dios la siembra en todos: no hay selectividad ni favoritismos—. Tampoco el problema es que la semilla no tenga vitalidad para dar fruto. Ni es mucho menos que dependa de lo que nosotros hagamos, como si el fruto lo diéramos nosotros —la tierra—: no, el fruto nace de la semilla. ¿Dónde radica el problema del que habla Jesús? El problema está en el modo de cómo la semilla penetra y fecunda en la tierra. La cuestión de la reflexión de hoy domingo está, por tanto, en la acogida que recibe la semilla. La cuestión está en la primacía, en el valor de cosa absoluta, de radical incondicionalidad con la que nosotros nos abrimos a la semilla. La semilla ya hará su trabajo; el nuestro es sobre todo el de dejar que esta semilla entre en lo más profundo, en lo más hondo de nuestra vida.

Y por eso digo que el Evangelio me recuerda a mi padre. Don Alfredo fue un hombre sencillo que no dejó la semilla en la superficie de su vida. Guardo recuerdos desde muy pequeño en donde cada domingo asistíamos a Misa los cuatro: papá, mamá Lalo mi hermano y yo. Gracias a él, que dejó penetrar la semilla en su vida, Dios nunca fue algo lejano en casa. Hasta sus últimos días era normal ver a papá con el Rosario en la mano y su Liturgia de las Horas de letra grande. Sus oraciones en estampas y algunas de ellas copiadas con su letra. Recordando a papá me queda claro que Dios siembra siempre, porque semilla suya es todo lo que hay de Dios en nuestro diario vivir. Quizá sea una palabra de aliento, el amor de quien nos quiere, el ejemplo de las pequeñas acciones de cada día; es todo lo que hay de bueno, de justo, de amor, de verdad... todo. Un todo que en la vida de mi padre se manifestó máximamente en la palabra de Jesucristo que penetró en su corazón de hijo, hermano, esposo, padre y amigo y más aún en el mismo Jesucristo a quien siempre sintió a su lado y que llegaba a él de mil modos, hasta sus últimos días en que le decía a Dios: «Papá Dios, ya llévame, ya ven por mí, yo ya estoy listo». Esta es la omnipotencia de Dios, que siempre siembra en nosotros su semilla para que dé fruto y en este hombre maravilloso lo dio. La gran cuestión para nosotros, que quedamos aún en este mundo, es cómo acogemos esta semilla. Porque sólo acogiendo sinceramente, en lo más hondo de nuestra vida, esta semilla, el Reino de Dios crece en nosotros y en la humanidad invitándonos a ser santos y a ser espacio de santificación para los demás.

Aún me parece ver a papá, cuando Lalo y yo éramos adolescentes, formarse en la fila de las confesiones delante de nosotros en Catedral, para darnos ejemplo de fe en el sacramento de la reconciliación; aún me parece verlo llevándonos siempre a diversos templos en el tiempo de vacaciones en las diversas partes que teníamos ocasión de estar. Pero también me parece verlo acercándose a la fila con gran devoción y alegría inmensa para comulgar en alguna de las misas que yo celebré y en las que él participó. Me parece ya verlo anciano y enfermo atendiendo a la celebración de la Misa con la unción de los enfermos en sus últimos días en casa antes de ir al hospital por última vez. Me parece escuchar su voz por teléfono dándome no unos cuantos, sino mil consejos para vivir mi sacerdocio en el lugar en donde ejercía mi ministerio en misión... Ya me extendí, pero quiero transcribir las palabras que aparecen en la tarjeta de recuerdo de su funeral y que mi madre, con el gran cariño que le tuvo eligió: «En vida fuiste un hombre lleno de Dios que nos dio un gran ejemplo a seguir y te agradeceremos eternamente por haber sido un extraordinario esposo, un grandioso padre, un maravilloso suegro y un cariñoso abuelo y bisabuelo. Te recordaremos por siempre y le pediremos al Señor que te tenga en su gloria». Papá amó mucho a María Santísima, por la casa, en diversos lugares, estaban los rosarios con los que diariamente oraba, ella, la Madre Dios, es la que seguro preparó la tierra para que la semilla de su Hijo fructificara en él. A Ella le pido que nos ayude a ser tierra buena para que la semilla fructifique también en nosotros. Descanse en paz mi padre don Alfredo Leonel Delgado Laurel. ¡Bendecido domingo para todos!

Padre Alfredo.

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