domingo, 17 de noviembre de 2019

«Regocijarnos todos ante el Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Durante casi ya un año, he ido recorriendo —con los tres o cuatro que me leen— gran parte del «Salterio» —el así llamado libro de los Salmos (en hebreo «Tehilim», en griego «psalmoi»—, este hermoso compendio bíblico de poesía religiosa hebrea que forma parte del Antiguo Testamento y del que cada día, en la celebración de la Santa Misa, la Iglesia nos presenta alguna pequeña sección. Hoy toca el turno al salmo 97 [98] del que tenemos un fragmento breve pero sustancioso (Sal 97 [98],5-6.7-9a.9bc). Este salmo es una alabanza maravillosa que se constituye en un himno para los judíos de todos los tiempos y para nosotros, discípulos–misioneros del Señor que esperamos su retorno glorioso al final de los tiempos. El autor sagrado da a conocer a todas las naciones que los justos entonan una profesión de fe luminosa cantando al Señor, el «Altísimo sobre toda la tierra», que está encumbrado sobre todos los dioses a los que los otros pueblos adoraban y por eso, en su calidad de salmista, invita a todos a «cantar al Señor al son del arpa y a aclamarlo al son de los clarines». 

Tanto los Santos Padres como muchos estudiosos de Biblia y de la Liturgia Católica, coinciden en afirmar que este himno tiene un carácter profético, cuyos vaticinios se habrán de cumplir en Jesucristo, ya que es difícil encontrar en la historia israelita un hecho al que pudieran convenir las palabras del salmista con tal efusión de gozo. Ni siquiera el retorno del destierro babilónico ofrece base suficiente para fundamentar la grandiosidad de los efectos atribuidos a la intervención divina en favor de su pueblo. Lo más probable es que se trate de la inauguración ideal de la era mesiánica, presentada por los profetas como una victoria de Dios y del pueblo de Israel sobre los gentiles. La invitación a la alabanza que hace quien compuso este salmo inspirado por Dios es grandiosa. Se trata de un cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva. Además del canto del coro, de hecho, se evoca el sonido melodioso del arpa y de los clarines, así como una especie de aplauso cósmico. Incesantemente, durante este cántico, resuena el nombre del «Señor» —seis veces—. Dios, por tanto, está en el centro del escenario en toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y es esperado para «juzgar» al mundo y los pueblos. 

Al irnos acercando al final del año litúrgico —que terminará el próximo 30 de este mes de noviembre para empezar inmediatamente al día siguiente el Adviento—, este salmo, y el resto de la liturgia de la Palabra de la Misa de este domingo, constituye un mensaje de esperanza, el juicio final será para la salvación, no para la condenación. Ya está demasiado lleno el mundo de augures malignos, el discípulo–misionero tiene que ser portador de esperanza y perseverar confiando, siempre en el Señor. Y mientras llega ese final, que no sabremos cuando nos rebasará (Lc 21,5-19), los discípulos–misioneros no podemos quedarnos con los brazos cruzados, esperando el fin del mundo como les ocurría a los fieles de la iglesia de Tesalónica (2 Tes 3,7-12). En resumidas cuentas, llegará el día en que este mundo terminará, llegará el día de nuestra muerte y/o el día del juicio final —ya sea que en ese momento seamos vivos o difuntos— y el Señor quiere encontrarnos como debemos ser, personas esperanzadas y esperanzadoras, hombres y mujeres de fe, gente consciente de su misión de transformar este mundo hasta convertirlo en el auténtico Reino de Dios como buscaron hacerlo los grandes personajes de la Escritura, en especial María Santísima, con un «sí» a la voluntad de Dios que no admite rebajas... ese si que será el «Buen Fin». ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario