martes, 5 de noviembre de 2019

«COMO UN NIÑO EN BRAZOS DE SU MADRE»... Un pequeño pensamiento para hoy


En un salmo sumamente sencillo y bastante corto —solo tres versículos—, el salmista describe su actitud y con ello la actitud del creyente ante la inmensidad y la grandeza de nuestro Dios después de haber encausado bien su vida según las advertencias de los profetas y de otros salmistas. El corazón de autor sagrado se abre ante quien lo lea y haga oración sus palabras. Su corazón no es ya ambicioso ni sus ojos soberbios. Ya no tiene la ambición entonces de hacerse la vida solo, sin Dios. Ya no cabe en él el deseo de hacer cosas que lo quieran poner por encima de su Dios. Él sabe que a cada uno de nosotros Dios nos ha concedido su Santo Espíritu y con ello los dones necesarios para que contribuyamos a la construcción de su reino entre nosotros. Cada uno vamos descubriendo, con su ayuda divina, el lugar que, con amor, nos corresponde y buscamos cumplir, sin desazones ni porfías, todo aquello que el Señor nos haya confiado, como un niño pequeño en brazos de su madre. No podemos ser siervos inútiles en el cumplimiento de lo que nos corresponde porque es algo que el Señor nos ha confiado. No podemos claudicar ni ser mediocres o miedosos ante los retos que la vida nos presenta, ni nos podemos detener ante la persecución de los poderosos que quisieran apagar la voz de los profetas. Hemos de ser fieles al Señor sabiendo que Él velará siempre de nosotros como una madre vela por sus hijos. 

La vida del hombre actual está llena de fantasías y vanidades, siempre ambicionando más y más cosas materiales y llenándose de deseos mundanos. Como aquellos israelitas que, en tiempos del salmista, no dejaban de esperar futuras grandezas políticas, victorias deslumbrantes, acciones despampanantes de un mesías libertador que les daría confort material librándolos aún hasta de las penas del trabajo. Por eso, el autor sagrado presenta otro tipo de satisfacción que traerá la llegada del , la que siente un niño amamantado en brazos de su madre, ese pequeño que no necesita nada más, que no espera nada más, que no ansía nada más: «Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos soberbios». Este salmo me hace ir a las promesas del Padre hacia nosotros sus hijos: «Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias» (Sal 51,19). El Señor se complace en el sencillo y humilde de corazón, en el que se sabe pequeño. Es la clave de la vida eterna en este mundo, es el saborear y degustar «qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él» (Sal 34,9), el que se refugia en él, el que se acurruca en él como el niño en brazos de su mamá; pues «Si no vuelven a ser como niños —nos ha dicho el Señor—, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt 18,3). 

Los discípulos–misioneros del Señor, no podemos ser soberbios y caer en la tentación de querer ser como Dios, de aspirar a las cosas grandes, esa actitud arrogante de quien mira a los demás con aires de superioridad, considerándolos inferiores. «La humildad es la verdad», dice Santa Teresa; no podemos tocar la verdad si nuestro corazón es soberbio y altanero. «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29) nos dice Jesús. Porque, he aquí que nuestro espejo es él y en él aprendemos cuál debe ser nuestra imagen. En el Evangelio de hoy, que habla de la invitación a un banquete, aparecen muchos soberbios y altaneros (Lc 14,15-24), hombres arrogantes que se hacen los importantes y desairan la invitación. En contraste con el salmo, cuánto puede enseñarnos esta parábola. Cuántas veces, quizá también nosotros habremos rechazado la invitación del Señor a realizar o participar en tal o cual cosa: un retiro, un encuentro, un taller de pastoral, unos Ejercicios Espirituales, y cuántas veces tal vez no hemos puesto suficiente atención a sus intentos de llevarnos más a él por el camino acertado. Estamos enredados con el diario y ruidoso ajetreo de la vida de aquí abajo, que no nos deja oír el susurro de su llamada, y aún peor, cuando sí lo oímos y nos parece dura la propuesta y como dice Lope de Vega en su poema titulado «¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras»?: «… mañana le abriremos… para lo mismo responder mañana.» Que María Santísima, con su Santa Maternidad, nos ayude, poniéndonos en sus brazos como un niño pequeño, a comprender lo que es estar en el regazo de Dios. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo. 

P.D. Hoy es día de «San Teófimo Mártir», el patrono del Seminario de Monterrey. Les invito a orar por los seminaristas que allí se forman y a suplicarle al Señor que nos dé muchos y muy santos sacerdotes.

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