sábado, 16 de noviembre de 2019

«Orar como oraba Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el Evangelio, hay diversas ocasiones en que se nos muestra a nuestro Señor Jesucristo en oración. La mayoría de nosotros, desde niños, aprendimos este aspecto central en la vida de Jesús. Sin embargo, ¿cuánto sabemos, en realidad, de la oración en la vida de Jesús? y, ¿cuánto de lo que sabemos tiene una sólida base bíblica? Los evangelistas —en especial san Lucas— nos presentan varios rasgos de la oración de Jesús. Conocer estas características puede animar nuestra propia vida de oración y renovar nuestra fe. En el pasaje que hoy nos presenta la Iglesia en la Escritura, el Señor enseña a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer (Lc 18,1-8). En este Evangelio, conocido también como el Evangelio de la Misericordia, podemos muchas ocasiones en las que Jesús ora e invita a orar: En el Templo, la casa de su Padre, a los doce años de edad (2,46), en el momento de su bautismo (3,21), antes de iniciar su predicación se retira al desierto y ora durante 40 días (4,1-2) Al ser tentado responde con la fuerza de la Palabra (4,3-12), tenía la costumbre de ir a la sinagoga —casa de oración— cada sábado (4,16ss). 

San Lucas nos cuenta también que Jesús buscaba lugares tranquilos para orar (5,16), que antes de elegir a sus discípulos subió al monte y pasó la noche en oración (6,12-13), que bendijo los alimentos en la multiplicación de los panes (9,16) y que se retiraba a lugares apartados para orar (9,18). En sus relatos evangélicos encontramos también que el Señor sube a un cerro a orar y que mientras estaba orando se transfiguró (9,28). A la vuelta de la misión de los setenta y dos, bendijo y dio gracias al Padre (10,17), al ver cómo él oraba sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar (11,1ss) y él les enseñó entonces el Padrenuestro (11,2 ss). En concreto, como digo, en el pasaje de hoy enseña a sus discípulos la necesidad de perseverar en la oración, es decir, a ser constantes en la oración (18,1ss). Les enseñó, además, la humildad en la oración (18,9ss) y en la Última Cena dio gracias de acuerdo al ritual de la Pascua (22,17-19). Como era su costumbre —narra el evangelista— fue a orar al monte de los Olivos esa misma noche (22,39). Les enseñó a sus discípulos que hay que orar para no caer en la tentación (22,40), y, ante la proximidad de la muerte, el Señor oró para buscar la voluntad del Padre (22,41ss). Al morir, sus últimas palabras se dirigen al Padre con un Salmo, el 31 (23, 46). Finalmente san Lucas deja consignado por escrito que los discípulos de Emaús reconocen a Jesús al bendecir y partir el pan (24, 30). Con esta ayuda de san Lucas, es fácil captar que Jesús —verdadero Dios y verdadero hombre— es alguien que reza con asiduidad y dedicación, integrando esta a su vida y a su misión, porque, para él, orar es «ser» y «estar» ante el Padre. Los creyentes nacemos orando —porque oran nuestras madres cuando dan a luz— y moriremos orando... nacemos ante Dios y moriremos ante Dios... 

Casi cumplo un año ya de estar compartiendo mi oración matinal en torno al salmo responsorial que la Misa nos regala cada día. Hoy no es la excepción, he visto y orado ya el salmo 104 (105) y por eso me viene el compartir todo esto. Jesús oraba seguramente con éste y otros salmos, al orar con él, nosotros también, como el Maestro, buscamos de transcender los mismos salmos. Porque, al final, la oración está más allá de todo y como nos hace ver el salmista en este hermoso himno de alabanza que completo tiene 45 versículos, hay que bendecir a Dios e invitar a todas las realidades creadas a que lo hagan. En los pocos versículos el autor sagrado nos invita a contemplar los prodigios de Dios en favor de su pueblo. El salmista nos ayuda a ver que la historia de Israel, como nuestra propia historia, está recorrida por la actitud misericordiosa de Dios. Seguramente con este salmo la gente de aquel tiempo cantaba lo que, cinco siglos después, recogerán quienes consignaron los hechos y dichos de Jesús para formar el Evangelio. Aquí se encuentra un buen resumen de todas las acciones de Dios a favor de su pueblo: compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia. Por eso, a la luz de éste y otros salmos, Jesús nos deja muy claro lo que para él era la oración. Casiano —siglo V— decía: «instruidos por aquello que nosotros mismos sentimos, ya no percibimos el salmo como algo que solo oímos, sino como algo que experimentamos y tocamos con nuestra manos; no como una historia extraña e inaudita, sino como algo que producimos desde lo más profundo de nuestro corazón, como si fuesen sentimientos que forman parte de nuestro propio ser. Repitámoslo: no es la lectura (lectio, estudio) que nos hace penetrar en el sentido de las palabras, sino la propia experiencia adquirida anteriormente en la vida de cada día» (Collationes X,11). Seguramente Jesús aprendió los salmos de boca de María y de José. Cantemos y alabemos al Señor este sábado con la Madre de Dios y digámosle que ella también, como su Hijo Jesús y con José, nos enseñe a orar con los salmos. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario