domingo, 30 de junio de 2019

«La parte que me ha tocado en herencia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Siempre me ha gustado el salmo 15 [16] y en especial esta parte: «El Señor es la parte que me ha tocado en herencia: mi vida está en sus manos». Creo que no nos bastará toda la vida para la exploración de esta «parte que nos ha tocado en herencia». Con razón san Agustín dice: «mi corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Dios». Se que es una herencia que exteriormente tal vez pueda parecer modesta y limitada, porque a veces no luce, pero ciertamente con esa herencia nos basta y sobra. Es suficiente. Con ella podemos cultivar las esperanzas y alegrías propias. Pero también las esperanzas y alegrías de los demás. Esta herencia, si la vemos bien, contiene nuestros afanes y también las penas, los sufrimientos y las angustias de tantos otros hermanos. En definitiva, estoy seguro que el autor del salmo responsorial de hoy, inspirado por el Señor no miente cuando exclama: «El Señor es la parte que me ha tocado en herencia: mi vida está en sus manos». 

Posiblemente nos ayude a comprender todo esto el fijarnos dónde sitúa Jesucristo su radicalidad, qué es lo que El exige como condición para seguirle (Lc 9,51-62). Y veremos que Jesucristo no exige que Pedro o Juan o Santiago o María Magdalena o Zaqueo, la Samaritana o cualquiera de quienes le siguen, se transformen en un momento en héroes o en seres perfectos, solo que le tengan por herencia. El Señor comprende nuestra miseria humana con sus cobardías, sus defectos, sus pecados, Pero lo que sí exige es que no se pongan condiciones para seguirle, que no se reserven nada y que no se pierda el tiempo buscando otras clases de herencias que son el Señor. Es decir, que confíen ilimitadamente en El, que estén dispuestos a dejarse transformar, que quieran seguirle más y más y que sepan que son pertenencia suya. El pago para tener esta «herencia» es exigente; no lo podemos negar; y si escondemos o suavizamos esa exigencia, traicionamos nuestra condición y rebajamos la cuestión. 

Las exigencias de Dios para alcanzar este beneficio que es Él mismo, hay que entenderlas más como un ruego o una súplica que como una obligación: ¡sigue siendo cristiano, no te desanimes, sigue en la lucha, que yo estoy contigo!; ¡sigue adelante, por favor... no te atores en las cosas del mundo! Me llama la atención que la oración colecta de este domingo clame al Señor «que no nos dejemos envolver por las tinieblas del error». ¡Qué error tan garrafal sería andar buscando otras herencias fuera del mismo Dios! Puestos, lugares especiales, cumplidos, alabanzas, protagonismos... Jesús conoce mejor que nadie los muchos enemigos que pueden asaltar al creyente en este camino para alcanzar la herencia; los valores que son del mundo pero no del Reino y contra los que tan difícil se hace remar: el dinero, la fama, la seguridad, el prestigio, la clase social... Pidamos este domingo a María Santísima que nos ayude, como Madre buena y cariñosa, a abrir los ojos y el corazón para recibir el regalo valiosísimo que nos ha tocado en herencia... Mirando fijamente la Hostia Consagrada, lo podemos captar. ¡Feliz tarde del domingo! 

Padre Alfredo. 

P.D. Seguimos en el hospital acompañando a don Alfredo, ofreciendo al Señor lo poquito de lo mucho que Él nos da.

No hay comentarios:

Publicar un comentario