miércoles, 19 de junio de 2019

«Dichosos»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Dios con quien el pueblo de Israel sabía que había hecho una «Alianza» no era un cualquiera, sino el Dios de la vida, el creador de la naturaleza y del hombre, cuyas «Leyes» se debían respetar. Este es el tema del salmo 111 [112] anunciado desde la primera estrofa con la que inicia nuestro salmo responsorial en Misa: «¡Dichosos los que temen al Señor y aman de corazón sus mandamientos!». Este salmo, a igual que el que le antecede, es un acróstico, ya que cada uno de los 22 versos comienza con una de las 22 letras del alfabeto hebreo: procedimiento nemotécnico que la gente de aquellos tiempos utilizaba para aprenderlo de memoria y, al mismo tiempo procedimiento simbólico para significar la totalidad de la Ley. Esta sujeción literaria impone un cierto desorden en las ideas. No obstante, hay que admirar el hecho de que la Ley se resume prácticamente en estos dos amores esenciales: «Amarás al Señor tu Dios... y a tu prójimo...» A quien cumple estos dos mandamientos, dice el salmista, se le prometen tres formas de dicha: numerosa posteridad, prosperidad en los negocios materiales, inmunidad contra los ataques de la desgracia, de los malvados y de la mala fortuna... 

A primera vista, parece muy rudimentaria esta «felicidad» que promete el Señor y que el salmista enuncia. Sin embargo, el hombre moderno también aspira a una vida de familia feliz, a un cierto éxito en sus empresas, a la tranquilidad de alguien protegido de la desgracia. ¿Por qué hacer algo raro de esas realidades? El hombre del pasado, en particular el judío, consideraba estos logros como un signo de respeto a la naturaleza de las cosas. Dios no nos prohíbe ser «dichosos», al contrario, es su deseo que todos lo seamos: ¡es la primera palabra del salmo y la primera de las Bienaventuranzas! Pero, nosotros sabemos, después de siglos y siglos de reflexión y sobre todo después de la venida de Cristo, que la felicidad más profunda no está en los «bienes materiales»: hay una felicidad que nadie puede arrebatar al justo y es su justicia misma... Es decir, la felicidad de compartir, de cumplir los propios deberes, de hacer correctamente sus negocios. En medio de este mundo tan materialista y hedonista que nos ha tocado vivir, debemos entender, como dice el licenciado David Noel Ramírez Padilla, en su libro «Hipoteca social» que «la felicidad es el fin hacia el cual debemos canalizar nuestros esfuerzos, pero la lograremos si hacemos nuestra la cultura de servir a los demás». 

Para ser felices, para ser «dichosos» al estilo que Dios manda, es necesario ser auténticos, compartidos, sencillos, desprendidos. Por eso Jesús, en el Evangelio que hoy la liturgia de la Palabra nos presenta (Mt 6,1-6.16-18) nos invita a no practicar el bien «delante de los hombres para ser vistos por ellos», sino por la recompensa que nos viene de Dios, que es quien nos ve y conoce nuestros méritos e intenciones y nos invita a vivir felices. La dicha de cada día, a la que estamos llamados a vivir, se concretiza en tres direcciones que abarcan toda nuestra vida: en relación con Dios (la oración), en relación con los demás (la caridad) y en relación a nosotros mismos (el ayuno). Si actuamos así, no buscando por hipocresía el aplauso de los demás (como los fariseos), sino tratando de agradar a Dios con sencillez y humildad, lo tendremos todo: Dios nos llenará de dicha, de autentica dicha en el corazón y los demás nos apreciarán porque no nos damos importancia y nosotros mismos gozaremos de mayor armonía y paz interior. María Santísima lleva la batuta en esto. Ella va a la delantera con su sencillez. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

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