jueves, 14 de marzo de 2013

HABEMUS PAPAM... ¿Quién es Su Santidad Francisco?

Eran las siete de la tarde y seis minutos del 13 de marzo del 2013 —segundo día del Cónclave— cuando empezó a salir el humo blanco de la chimenea del Vaticano, las campanas de la Basílica empezaron a replicar sin parar y los miles de fieles que estaban en la plaza de San Pedro —resguardados de la lluvia con paraguas multicolores— desbordaban de gozo al mismo tiempo que las cuentas de facebook, junto a millones de tuiteros compartían el gozo de tener un nuevo Papa.

La gente de la plaza y de todo el orbe, esperábamos el “Habemus Papam” que pronunciaría el Cardenal Protodiácono al abrirse la ventana del balcón central anunciando al mundo que “Tenemos Papa” dando a conocer el nombre y presentando al que los 115 Cardenales electores habían elegido con la luz y la fuerza del Espíritu Santo —quien es el divino elector— en la quinta ronda de votaciones.

Y se hizo el anuncio: Jorge Mario Bergoglio, un sencillo argentino que con sencillez y humildad saludaba a la multitud vestido con su sotana blanca de sobria esclavina y su pectoral, el mismo con el que llegó al Cónclave. Adoptando el nombre de «Francisco», Bergoglio se convirtió en el primer Papa no europeo desde hace 741 años, el primer Papa Jesuita y el primer latinoamericano que ocupa la Sede de Pedro. La alegría era desbordante y el grito de la multitud que llena de gozo y esperanza gritaba: ¡Francesco, Francesco, Francesco! se dejó escuchar en el mundo entero, gracias a la magia de las redes sociales y los medios de comunicación social.

El Papa eligió el nombre de «Francisco» (Francesco en italiano), en honor de san Francisco de Asís, dejando ver desde el primer momento, que quiere ser un pastor pobre y sencillo que guíe a la Iglesia con el servicio, el amdel nuevo Papa.

La elección de un Papa marca para él el inicio de una nueva vida, una especie de nuevo nacimiento, y por eso su ministerio Petrino queda marcado por un nuevo nombre desde el año mil.

El Papa Francisco (Franciscus PP. en latín) nació en Buenos Aires, Argentina, el 17 de diciembre de 1936, sus padres Mario (empleado ferrocarrilero) y Regina (ama de casa), engendraron cinco hijos, entre ellos Jorge Mario. Realizó estudios de química y entró en el seminario el 11 de marzo de 1958 para luego iniciar su noviciado y hacer su profesión religiosa en la Compañía de Jesús (Jesuitas). Los primeros estudios eclesiásticos los hizo en Chile para continuar luego en Argentina, donde obtuvo la Licenciatura y fue profesor de Literatura y Filosofía. Estudió allí mismo la Teología obteniendo la licenciatura y recibió la ordenación sacerdotal el 13 de diciembre de 1969 y el 22 de abril de 1973 hizo su profesión perpetua.

Fue maestro de novicios, profesor de Teología, Consultor Provincial y Rector del Colegio Mayor. Fue Provincial de Argentina durante 6 años y luego Rector del Colegio Máximo y de las facultades de Filosofía y Teología. Ejerció su ministerio sacerdotal como párroco de la Parroquia del Patriarca san José en la diócesis argentina del mismo nombre. En marzo de 1986 concluyó en Alemania su Tesis Doctoral y regresó a Córdoba, Argentina, como director espiritual y confesor.

El 20 de mayo de 1992, el beato Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires, recibiendo el 27 de junio del mismo año la ordenación episcopal. El 3 de junio de 1997 fue nombrado obispo coadjutor de la misma diócesis y el 28 de febrero de 1998 arzobispo de Buenos Aires. Actualmente era también, el ordinario para los fieles de rito oriental en Argentina y Gran Canciller de la Universidad Católica de Argentina.

El beato Juan Pablo II lo nombró Cardenal en el consistorio del 21 de febrero del 2001. Fue presidente de la Conferencia Episcopal Argentina de 2005 a 2011 y ha sido miembro de las Congregaciones para el Culto Divino y la Disciplina de los sacramentos; de la Congregación del Clero y de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. Fue también miembro del Pontificio Consejo para la Familia y de la Pontifica Comisión para América Latina. 

El nuevo Papa es un misionero de primera línea, un pastor generoso y agradecido con Dios por la vida que le ha conservado. Vive con un solo pulmón desde que tenía 20 años de edad. Es un hombre que se caracteriza por su estilo de vida sobrio y austero, sin dar saltos en el vacío, es decir, alguien que siempre pone su seguridad en Dios y en su respuesta al llamado que le ha hecho el Señor. Es autor de varios libros, entre ellos: Meditaciones para Religiosos (1982), Reflexiones sobre la Vida Apostólica (l986) y Refelxiones de Esperanza (1992). 

Las primeras palabras de nuestro nuevo Pontífice, al dar la bendición «Urbi et Orbi», nos muestran a grandes razgos lo que quiere ser su programa de vida como Padre y Pastor. Las transcribo aquí en el español latinoamericano:

“Hermanos y hermanas, buenas tardes. Saben que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos Cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo..., pero aquí estamos. Les agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo. Gracias. Y ante todo, quisiera rezar por nuestro Obispo emérito, Benedicto XVI. Oremos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo proteja”. 

El Santo Padre recitó entonces junto con todos el Padre nuestro el Ave María y el Gloria al Padre y luego continuó con las siguientes palabras:

“Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias. Un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad. Deseo que este camino de Iglesia, que hoy comenzamos y en el cual me ayudará mi Cardenal Vicario, aquí presente, sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa. Y ahora quisiera dar la Bendición, pero antes, antes, les pido un favor: antes que el Obispo bendiga al pueblo, les pido que ustedes recen para el que Señor me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo. Hagamos en silencio esta oración de ustedes por mí....

Ahora daré la Bendición a ustedes y a todo el mundo, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad”. E impartó la bendición «Urbi et Orbi» (para la ciudad y para el mundo). Al final, se depidió diciendo:

“Hermanos y hermanas, los dejo. Muchas gracias por su acogida. Recen por mí y hasta pronto. Nos veremos pronto. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma. Buenas noches y que descansen”.

Agradezcamos al Espíritu Santo sus luces y el regalo de este hombre de Dios que inicia su ministerio suplicando la oración de toda la Iglesia a la que invita a caminar con su testimonio de sencillez y humildad.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U. 

miércoles, 13 de febrero de 2013

Una renuncia por amor... ¡Gracias Santo Padre!

A todos sorprendió la noticia de que el Santo Padre Benedicto XVI dejará su cargo el próximo 28 de febrero por «falta de fuerzas». Nos ha dicho que tomó la decisión hace casi un año, en su viaje a México y Cuba, aunque sólo se la comunicó a sus colaboradores íntimos. Una vez elegido su sucesor se irá a un monasterio de clausura.

El Papa ha manifestado que lo ha hecho con plena libertad «por el bien de la Iglesia», tras haber orado durante mucho tiempo y haber examinado su conciencia ante Dios, muy consciente de la importancia de este acto, pero consciente al mismo tiempo de no estar ya en condiciones de desempeñar ese ministerio petrino que exige tanto y  sin la fuerza que éste requiere. Con plena confianza, ante una audiencia como la de todos los miércoles, pero en este miércoles de ceniza de 2013, el Papa se sabe sostenido e iluminado por la certeza de que la Iglesia es de Cristo, que no dejará de guiarla y cuidarla. El Papa ha agradecido a todos el amor y la plegaria con que lo hemos acompañado desde todos los rincones del mundo. Sencillo y concreto, como es, ha dicho: «¡Gracias! En estos días nada fáciles para mí, he sentido casi físicamente la fuerza que me da la oración, el amor de la Iglesia, su oración. Sigan rezando por mí, por la Iglesia, por el próximo Papa. El Señor nos guiará».

El Papa afirma que se dedicará a la oración por la Iglesia y que su renuncia se debe a la falta del vigor físico que se requiere para hacer llegar lo espiritual a un mundo tan cambiante y rápido como el de hoy.

Creo, en primer lugar, que de ninguna manera podemos comparar su pontificado con el de Juan Pablo II (quiero muchísimo a los dos y los admiro como dos grandes hombres santos) en el que desde años y años atrás venía dirigiendo a la Iglesia, y fue envejeciendo en el cargo; en cambio, el Santo Padre Benedicto XVI, desde el día en que inició su pontificado, afirmó que éste sería corto, ya que fue elegido a solamente dos años de llegar naturalmente a la renuncia como Cardenal. Es decir, empezó a ser Papa siendo un viejito. ¿Han visto al Papa enviar un twiter? ¿Cómo escribirá un facebook? Son pocas las personas que a los 85 años (conozco dos) manejan celulares, smartphones, tabletas y computadoras con agilidad.

Tuve ocasión de saludar a Joseph Ratzinger dos veces como Papa en Roma, y las dos veces me impresionó su sencillez —y por qué no decirlo— su personalidad más bien tímida, pero, así lo conocí cuando era Cardenal y yo era estudiante allá mismo en Roma. Un hombre de Dios cuando es llamado a un servicio en la Iglesia, conserva su forma de ser y se deja llevar por Dios. A mí sinceramente el tema no me da pie a despertar polémica ni especulaciones, es simplemente la vida de un hombre que siempre ha sido sincero y coherente con su forma de ser; un hombre que nunca ha buscado quedar bien con nadie y que está plenamente convencido de que quien guía a la Iglesia, es Cristo.

Joseph Ratzinger, al dejar de ser el Papa Benedicto XVI el próximo día 28 a las 8 de la noche, no se bajará de la barca de la Iglesia que va navegando mar adentro… simplemente, debido a la situación muy particular que manifiesta, dejará que tome el timón otro con más fuerzas que él para afrontar la tormenta. Seguro por su edad y condición no se siente capaz de depender siempre de alguien para escribir, para enviar algo, para entender y atender el lenguaje moderno de un mundo, que —como él mismo dice— está “sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe”.

Por último, el Papa no está haciendo nada indebido, novedoso o que se salga de lo que se puede hacer en la Iglesia. De hecho el Código de Derecho Canónico (Las leyes de la Iglesia) lo prevé  Lo que tenemos que hacer todos nosotros, como discípulos y misioneros del Señor Jesús, es sentirnos agradecidos por este hombre maravilloso que pronunció su “SÍ” para seguir a Cristo prestando su servicio de "Vicario de Cristo en la tierra" por un corto tiempo.  y que seguirá llevando la cruz de cada día, pero de diversa manera considerando que es lo mejor para la Iglesia y para el mundo.

La sabiduría que el Papa Benedicto XVI —teólogo por excelencia— demostró durante su pontificado, quedará como legado para las futuras generaciones, y su ejemplo de humildad sin precedentes, en este mundo contemporáneo ansioso de poder, es y será siempre una enseñanza. Si él siente que por su edad o por su salud no está capacitado para dirigir y toma la decisión de renunciar, es un acto de coraje digno de alabanza e imitación de algunos que, en este ámbito o en otro, pudieran tomar su ejemplo con esa misma sencillez y libertad.

Nosotros también «como él lo ha hecho— debemos decir: «¡Gracias!». Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por ese servicio como «humilde servidor de la viña del Señor». Gracias Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por estos años de un ministerio petrino llevado siempre con la Cruz a cuestas. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por las encíclicas, homilías, discursos y palabras improvisadas de una rica hondura espiritual. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por enseñarnos con el propio testimonio de vida lo que es ser humilde y recordarnos que es Cristo quien guía a la Iglesia. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por esa valentía, sin buscar protagonismos, ante tantos problemas de un mundo y una Iglesia que están sufriendo y necesitan curarse de muchas heridas. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por ese amor a la Iglesia extendida por toda la tierra, que, a pesar de la edad y el cansancio, tuvo el gozo de tener la presencia del Vicario de Cristo en varias partes del orbe. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI... ¡por todo!

martes, 22 de enero de 2013

¿Qué exige el Señor de nosotros? (Cf. Miqueas 6, 6-8)... La semana de la unidad de los cristianos en el 2013

Del 18 al 25 de enero, celebramos cada año la «Semana de oración por la unidad de los cristianos». Este año una doble motivación: Por una parte se enmarca en el Año de la Fe, en el que hemos sido invitados a reflexionar y a redescubrir la fe para confesarla, celebrarla, vivirla y rezarla con renovada convicción. La segunda motivación es que estamos celebrando el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II.

Fomentar la unidad de los cristianos fue uno de sus principales objetivos y así se declara en el art. l del primer documento conciliar, que fue la Constitución sobre la Sagrada Liturgia: “Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia” (SC 1; cf. UR 1).

La unión de cuantos creen en Jesucristo era el gran sueño del beato Juan XXIII. No en vano lo anunció el 25 de enero de 1959 en la basílica de San Pablo Extramuros al término del octavario de oración por la Unidad de los cristianos y se refirió a este objetivo en incontables ocasiones. Fruto de ese empeño, asumido con no menor interés por el Siervo de Dios Pablo VI, fue el Decreto conciliar Unitatis Redintegratio, de 21-XI-1964.

El hecho de vivir en una sociedad cada día más plural y secularizada —obviamente «globalizada»— debería interpelarnos a todos los cristianos en el compromiso de dar siempre razón de nuestra esperanza. Por grandes que puedan ser las dificultades para la unión entre las confesiones cristianas está siempre el núcleo fundamental de la fe en Dios revelado en Jesucristo y del amor fraterno. Esto es lo mínimo que el Señor nos exige y precisamente el lema de este año es: ¿Qué exige el Señor de nosotros? (Cf. Miqueas 6, 6-8).

Estamos entrando a un 2013, que si bien está enmarcado,  por los dos grandes acontecimientos eclesiales a los que he hecho referencia, está también encuadrado en acontecimientos mundiales que influyen en el ritmo que llevamos «los fieles creyentes» en nuestra sociedad. El año pasado parecía —según muchos pensaban— que se acaba el mundo, gracias a las equivocadas interpretaciones del calendario maya, cosa que trajo una gran derrama económica para los más listos que hicieron de ello un negociazo junto con el Buen Fin y las ventas de Navidad y Reyes que tendrán esclavizados a muchos cristianos por 48 meses —¡sin intereses!— que tuvieron a bien cambiar las teles viejas y demás cachimbas por algo que valga la pena, ya que no se acabó el mundo.

En el panorama internacional la incertidumbre crece, por el temor y la desconfianza para unos y las falsas esperanzas para otros ante nuevos gobiernos con estilos «inclusivos» que todo lo ven bien y en los que muchos cristianos se han acomodado. Atentados, violencia, secuestros, guerras, traiciones ... y ante todo esto ¿qué exige el Señor de nosotros los cristianos?

Todos sabemos que el Santo Padre Benedicto XVI, en fecha reciente,  perdonó la traición de su mayordomo Paolo Gabriele, cosa que me parece «un signo claro» de lo que el Señor exige de nosotros. Creo que los cristianos debemos sentir la exigencia del Señor a emprender un nuevo camino. Si congregaciones y parroquias de todo el mundo toman parte en la semana de oración, que se celebra tradicionalmente del 18 al 25 de enero (en el hemisferio norte) y en torno a Pentecostés (en el hemisferio sur), es evidente que tiene que haber un cambio, ya que muchos de los cristianos somos quienes, por lo menos en occidente, ocupamos espacios que son importantes para el desarrollo de la sociedad. ¿Es cristiano el presidente del país más poderoso del mundo?, ¿son cristianos los hombres y mujeres que mueven el pensamiento de nuestro mundo?, ¿son cristianos muchos de los artistas que se han convertido en «ídolos» de tanta gente?, ¿son cristianos nuestros gobernadores y nuestros alcaldes?, ¿son cristianos muchos de los que luchan contra el narcotráfico?, ¿es cristiano el señor de la tienda o el que vende periódicos en la esquina?

Sí, aunque el cristianismo no es mayoría en el mundo —basta ver el número de chinos desperdigados por al faz de la tierra— si es un grupo «determinante» en muchos campos.

La Biblia —Biblia Traducción Interconfesional (BTI)— Nos presenta el texto bíblico que da vida al lema de esta semana del 2013 así:  ¿Con qué me presentaré al Señor y me postraré ante el Dios de lo alto? Me presentaré ante él con holocaustos, con novillos que tengan un año. ¿Agradarán al Señor miles de carneros? ¿Le complacerán diez mil ríos de aceite? ¿Le entregaré mi primogénito por mi delito, el fruto de mis entrañas por mi pecado? Se te ha hecho conocer lo que está bien, lo que el Señor exige de ti, ser mortal: tan sólo respetar el derecho, practicar con amor la misericordia y caminar humildemente con tu Dios. (Miqueas 6, 6-8).

El Libro de Miqueas pertenece a la tradición literaria de la profecía y se desarrolla en tres partes que nos van llevando desde el juicio en general (cap. 1-3), a la proclamación de la salvación (cap. 4-5), y después al juicio en sentido estricto y a la celebración de la salvación (cap. 6-7). Miqueas critica con dureza a los que tienen autoridad, tanto política como religiosa, por abusar de su poder y robar a los pobres: “arrancáis la piel a la gente” (3,2), y “juzgan por soborno” (3,11). Miqueas exhorta al pueblo a peregrinar “al monte del Señor... Él nos indicará sus caminos y nosotros iremos por sus sendas” (4,2). Miqueas revela el juicio de Dios acompañado por una llamada a aguardar con esperanza la salvación, con fe en Dios que “perdona el pecado y pasa por alto... las culpas” (7, 18). Esta esperanza se concreta en el Mesías, que será la “la paz” (5,4), y que saldrá de Belén para llevar la salvación “hasta los confines mismos de la tierra” (5,3). Finalmente, Miqueas llama a todas las naciones a caminar en esta peregrinación para compartir la justicia y la paz que es la salvación.

La enérgica exhortación de Miqueas a favor de la justicia y de la paz se concentra en los capítulos 6,1 a 7,7, parte de los cuales constituye el tema de este año de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Coloca la justicia y la paz en el marco de la relación entre Dios y la humanidad pero insiste en que esta historia necesita y requiere una fuerte referencia ética. Por tanto, la verdadera fe en Dios no se puede separar de la santidad personal ni de la búsqueda de la justicia social. La salvación que Dios ofrece de la esclavitud y de la humillación cotidiana, exige más allá de culto, sacrificio y holocausto (6,7), que «respetemos el derecho, practiquemos con amor la misericordia y caminemos humildemente con nuestro Dios» (6,8) sembrando la civilización del amor en una Nueva Evangelización.

De muchas maneras la situación del pueblo de Dios en los tiempos de Miqueas puede compararse a la que vivimos ahora. Muchos seres humanos se enfrentan hoy a la opresión y a la injusticia de parte de aquellos que quieren negarles sus derechos y dignidad. Hoy los cristianos, con nuestro testimonio de unidad, podemos colaborar para que la justicia esté en el centro de nuestra religión y de nuestra sociedad, conscientes de que la fe encuentra o pierde su sentido en relación a la justicia. En la situación actual de muchos de los países en donde impera el cristianismo, la «Semana de oración por la unidad de los cristianos» nos invita a cuestionarnos sobre lo que Dios verdaderamente exige de nosotros: ¿solamente sacrificios aislados y rezos en automático o que caminemos con Dios en justicia y paz? El camino para el discípulo de Cristo implica caminar por la senda de la justicia, la misericordia y la humildad. Así caminó María, así caminaron tantos santos y beatos que dan razón de la presencia del cristianismo en el mundo. Con razón la beata María Inés Teresa Arias resumía su vida en una frase: "Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero".

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Al finalizar el 2012 el mundo no se ha acabado y hay mucho que agradecer...

Estamos llegando al final del año 2012. Ya faltan pocas horas para que termine este año que nos ha dejado bastante movimiento de trabajo y  muchas gracias y bendiciones de Dios, pues mientras que muchos recodarán este 2012 como un año que se  iba a acabar el mundo, yo lo recordaré como el año de la beatificación de la Madre María Inés bajo la mirada dulce de María en la Basílica del Tepeyac, el año de la visita del Papa Benedicto a México, el año en que reavivamos nuestro compromiso de ser creyentes con la celebración del «Año de la fe», el año del nombramiento del Sr. Rogelio Cabrera como Arzobispo de Monterrey... cuando piense en el 2012 reviviré seguramente emociones y recordaré compromisos. Estamos ya muy cerca de la fiesta de fin de año y seguramente que, como este, el 2013 pasará velozmente.

En este año el mundo giró y se sacudió con muchas cosas. La historia de muchos países se desarrolló en torno a la violencia y a la crisis económica que ha puesto en jaque a la casi intocable Europa y que desde allí se ha extendido en muchas partes de occidente; además, claro está, del sonadísimo tema del fin del mundo, que no se acabó y que puede ser que se acabe en este 2013 o sabrá Dios cuando, porque sólo a Él le toca decidir el desenlace final de nuestro peregrinar en este mundo como pueblo, como Iglesia, como familia de los hijos de Dios para ir, literalmente, a la vida eterna.

Evidentemente el mundo no se acabó en este 2012 y, como todos los años, ha tenido sus cosas buenas y sus cosas malas. Hemos reído y hemos llorad, hemos ganado y hemos perdido. A muchos ciertamente nos resultó bastante corto, a pesar de haber tenido también sus dificultades como la escasez tan manifiesta de vocaciones que me ha tocado palpar al ver las consecuencias de un mundo consumista y materialista que obstaculiza y frena el deseo incipiente de consagrarse a Dis que surge en el corazón de algunos jóvenes; o el inesperado ataque de una misteriosa bacteria que trastocó por más de un mes la vida de mi padre. Pienso también en los seres queridos que han partido a la casa paterna este año y han dejado un espacio que nadie, sino solamente Jesús podrá llenar.

En unas cuantas líneas y antes de arribar a nuestra querida comunidad de "El Tigre", en Michoacán —a donde aún y a pesar de estar en el siglo XXI, no ha llegado el poder de la banda ancha satelital o la telefonía celular— quiero desear a mis cinco o seis lectores un año 2013 lleno de esperanzas y un final del 2012 lleno de gratitud al Padre Misericordioso

Para cada uno de ustedes mi bendición sacerdotal y mis deseos de paz para el año 2013, anhelando que a nadie se nos olvide celebrar también cosas buenas que te ocurrieron en el 2012.

¡Que disfruten de un buen fin de año! ¡Feliz fin de año y feliz año nuevo!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Diez cosas que un Vanclarista debe tomar en cuenta para vivir el «Año de la Fe» con más intensidad



1. Tener en cuenta que su espiritualidad eucarística lo invita a participar en la Santa Misa no solamente el domingo, sino los días en que pueda entre semana, para vivir el «encuentro personal con Cristo» en el sacramento de la Eucaristía y para reforzar la propia fe a través de la escucha de la Palabra, sabiéndose parte de una comunidad de fe.


2. Leer la Sagrada Escritura a diario, porque un misionero no puede prescindir del contacto con la “Buena Nueva” que debe anunciar con su vida, con su testimonio y con su acción apostólica durante el Año de la Fe y siempre.


3. Conocer cada vez más la vida de nuestra Beata Madre Fundadora, ejemplo claro de cómo vivir una vida cristiana, a través de diferentes etapas y espacios de la vida para poder dar testimonio de vida cristiana y acrecentar la propia fe y la de los demás.


4. Frecuentar los sacramentos, especialemente la reconciliación, porque los Vanclaristas reciben fuerzas y profundizan su fe celebrando el encuentro vivo con Jesucristo en la Eucaristía y para eso hay que acercarse a la confesión, y este sacramento refuerza la fe y vuelve el alma a Dios para abrir nuestra vida a la gracia sanadora de Dios que debe ser siempre actuante para vivir como discípulo y misionero.


5. Leer los documentos del Concilio Vaticano II —del que se celebra este año su 50 aniversario-— en grupo y de manera individual , para vivir su compromiso misionero sabiéndose parte de la Iglesia.


6. Estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, que desde hace 20 años recoge en un solo volumen los dogmas de fe, de la doctrina moral, de la oración y de los sacramentos de la Iglesia, y sirve como un verdadero recurso para crecer en la vivencia y transmisiónde la fe”.


7. Saberse parte de la Familia Inesiana y acercarse a los demás miembros de la misma participando en las casas locales de misioneros y misioneras y acercándose a los colegios, parroquias, hospitales y otras obras de la Familia Inesiana. Que el carisma personal de cada uno ayude a mantener viva en la fe, la vida de familia.


8. Ser misionero en el lugar en donde se encuentre, participando de manera activa en la obra apostólica de la Iglesia, insertándose en su propia parroquia o en la parroquia en la que está la sede del grupo al que pertenece, conociendo como grupo y como persona el plan de pastoral de la diócesis en la que vive.


9. Sentirse un «promotor vocacional» de Van-Clar, dando a conocer el carisma de Van-Clar a los amigos y conocidos, invitándolos a formar parte del grupo, haciéndoles una invitación personal y buscar a los que se hayan alejado de la fe o se sientan un extranjero dentro de la Iglesia. Todos los Vanclaristas conocen a alguien así.


10. Meditar las Bienaventuranzas para vivirlas al estilo de la beata María Inés, para crecer en la humildad, la paciencia, la justicia, la misericordia, la transparencia y la libertad fijando la mirada en Santa María de Guadalupe como Patrona Principal, anhelando en este “Año de la Fe” volver a estrenar el «Sí».

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

jueves, 13 de diciembre de 2012

De camino hacia el Portal de Belén...


Por estos días, hace muchos, muchos años, una joven pareja de esposos llegaba a Belén... Ella está próxima a dar a luz, lo sabemos, se llama María, y su esposo se llama José. Buscan una posada donde hospedarse y donde recibir al niño que va a nacer. ¡Cuánta ilusión! No hay lugar para ellos por­que son pobres. Hospedar a pobres no es nada rentable, recibir a una mujer que va a dar a luz, puede traer muchas complicaciones de todo tipo. Así nace Dios, en un establo, tal vez con un cobertizo. Allí el Verbo se hizo hombre.

Navidad es la fiesta del hombre: En Navidad nace el hombre, uno de los millares de millones de hombres que han nacido, nacen y nacerán en la tierra, y al mismo tiempo él es único e irrepetible, porque es el Hijo de Dios. Es verdadero Dios y verdadero hombre.

Navidad es una fiesta extraña: no hay ningún signo de la liturgia de la sinagoga, no hay lecturas proféticas ni canto de los salmos: "No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo" (Heb 10,5), parece decir, con su llanto, el que siendo Hijo Eterno, Verbo consubstancial al Padre, "Dios de Dios, Luz de Luz, se ha hecho carne (Of Jn 1,14). La gente de aquel tiempo no esperaba así, tal vez ahora tampoco.

Cristo, el Mesías anunciado por los profetas se revela en aquel cuerpo como uno de nosotros, pequeño niño, en toda su fragilidad. Sujeto a la solicitud de los hombres, confiado a su amor, indefenso. Llora y el mundo no lo siente, no puede sentirlo, no lo escucha ni ese día ni ahora. El llanto del niño recién nacido apenas puede oírse a pocos pasos de distancia.

La Navidad es siempre rica en ese realismo particular al que podemos ir ahora: realismo de aquel momento que nosotros renovamos y también realismo de todos los corazones que reviven en estos días aquel momento. Todos, en Navidad, nos senti­mos conmovidos y emocionados, por más que lo que celebremos haya ocurrido hace más de dos mil años.

Para tener un cuadro completo de la realidad de aquel aconte­cimiento, para penetrar aún más en el realismo de aquel momento y de los corazones humanos, recordemos que esto sucedió tal como lo describen san Mateo y san Lucas en los primeros capítulos de sus narraciones evangélicas: en el abandono, en la pobreza, en el «establo—gruta», fue­ra de la ciudad, porque como dije ya, los hombres en la ciudad no quisieron acoger a la joven Madre y a José en ninguna de sus casas. No había sitio para ellos, no tenían espacio, no los po­dían recibir... es curioso, desde el principio, desde el comienzo, el mundo se ha revelado inhospitalario hacia Dios que debía nacer como hombre.

El establo de Belén es el primer lugar de la solidaridad con el hombre: de un hombre para con otro y de todos para con todos, sobre todo con aquellos para quienes no hay lugar en la hospede­ría (cf. Le 2,7), a quienes no les reconocen los propios derechos. La cueva de Belén ofrece a María gran austeridad, incomodidad, pobreza, desprecio, dolor, pero al mismo tiempo le ofrece el reco­gimiento que ella desea y necesita en aquellos momentos de inti­midad divina. Allí está también José; el representante del Padre celestial; el padre legal del Niño Jesús, y está en silencio, en un silencio meditativo que quizá no pueda hacer nada, pero está, está cumpliendo la voluntad del Padre Celestial que todo lo dispuso así. José no hace declaraciones, ni a los pastores ni a los reyes Magos, que vienen de Oriente; no tiene ruedas de prensa y cumple con el deber arduo y difícil en la sombra. José es así, el modelo de todo cristiano en el cumplimiento fiel de la voluntad de Dios, sin preocuparse de él mismo.

Los pastores, gente sacrificada y humilde velan por turnos, durante la noche en medio del campo. Están cuidando sus rebaños. Un ángel se les aparece y les anuncia el gran aconteci­miento, para que ellos, gente sencilla y de corazón noble, fueran los testigos privilegiados, en esta noche maravillosa, de la presencia de la Sagrada Familia y del nacimiento del Salvador. El mis­mo ángel los anima, les explica el misterio de esta noche, y les ofrece una señal para conocer al recién nacido. Es un pequeño niño envuelto en pañales, reclinado en un pesebre. Ese es el Mesías, el Señor, el Salvador.

Cristo en el pesebre es el Mesías que viene a hacer realidad definitiva todas las promesas. Como Señor de señores y Rey de reyes, debe ser ensalzado, exaltado. (Hch 2,36). Viene a traer la paz, es el Salvador; él viene a salvar del pecado y todo esto lo habrá de conocer y entender la humanidad entera con fe.

El niño recién nacido llora. ¿Quién escucha el llanto del Niño? Pero el cielo habla por él y es el cielo el que revela la enseñanza propia de este nacimiento. Es el cielo el que la explica esta noche santa con estas palabras: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad" (Lo 2,14). Es necesario que nosotros, impresionados por el hecho del nacimiento de Jesús sintamos este grito del cielo. Es necesario que llegue ese grito a todos los confines de la tierra, es del todo necesario que lo oigan ahora nuevamente todos los hombres y mujeres del mundo entero.

Con todo esto, la Navidad irradia sencillez a la vez que esparce una candente profundidad. Cristo ha venido al mundo para que lo puedan encontrar los hombres; los que lo buscan. Nosotros queremos ir también esta noche en su búsqueda, como los pastores y los reyes, los pobres y ricos. Cristo nace esta noche santa para todos. San Agustín dirá del misterio de Navidad que es "obra maestra de la bondad misericordiosa de Dios".

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Bienvenido el Papa a Tuitear...

Benedicto XVI y ordenadorHoy, día 3 de diciembre de 2012, hemos asistido a un momento histórico. Otras generaciones vieron al Papa bajarse de la silla pontificia y nosotros ahora somos testigos de la creación de la cuenta oficial del Pontífice en Twitter (@Pontifex), para español es @Pontifex_es. El nombre de «Pontifex», tiene una gran conexión con la red. Significa constructor de puentes, y viene a significar la vinculación y conexión que se da en internet y que hay que crear, ciertamente, pero que es real a su manera. Se tiende de este modo una relación más, que en otros tiempos fue impensable. ¡Bienvenidos seamos a este nuevo espacio que el Papa nos ofrece. En breve empezará a twittear, el primer tuit será el próximo 12 de diciembre. ¡Yo también participo en Twitter con mensajes que, desde mis blogs, se van directo a la red!

martes, 20 de noviembre de 2012

¡Viva Cristo Rey!... La Solemnidad con la que termina el Año Litúrgico

La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, fue instituida por el papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Concilio Vaticano II —cuyo 50 aniversario estamos celebrando en el Año de la Fe— quiso situar la celebración como final del tiempo ordinario y, por tanto, como final del año litúrgico. Su significado es que Cristo reinará al final de los tiempos y esto supone un plan espiritual de redención lejos de cualquier interpretación de poder político o pseudoreligioso. El reino que Cristo viene a establecer no es de este mundo, pero comienza en este mundo y no termina aquí, llegará a su plenitud en el más allá, pero no podemos olvidarnos que “ya” está aquí.


San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, en el "episodio" del "Rey Temporal y el Rey Eterno" define muy bien lo que celebramos al contemplar a Cristo como Rey. El santo dice que si nosotros somos capaces de dar un apoyo total a un rey de este mundo que quiere instituir lo que todos queremos y guardamos en una relación de identidad con sus postulados, sus vestidos, sus trabajos, sus sufrimientos, etc.; mucho más tendríamos que apoyar a un Rey Eterno que busca nuestra salvación y nuestra felicidad, que constituyen —sin duda— uno de los mayores anhelos.

Jesús de Nazaret, el «Hijo del hombre», se presentaba ante la gente de su tiempo como un humilde carpintero, un sencillo hombre de pueblo que tenía callos en las manos por el trabajo en el taller, la piel curtida por el viento y el sol. Un hombre recio que usaba palabras llanas, un hombre que hablaba con fuerza persuasiva de una nueva doctrina, hecha de rebeldía contra la mentira, cargada de amor a los pobres, y de confianza heroica en el poder y la bondad de Dios. Nosotros, los cristianos, siempre hemos querido ver en Jesús de Nazaret a este «Hijo del hombre» que viene a salvarnos y a redimirnos de nuestros pecados. Queremos que este «Hijo del hombre» sea nuestro rey, un rey de carne y hueso que conoce nuestras miserias y debilidades y que se nos ofrece como camino, verdad y vida para llegar hasta nuestro Padre, Dios. A este rey, «hijo del hombre», le ofrecemos en este Año de la Fe nuestro humilde propósito de seguirle y obedecerle, hasta conseguir que se cumpla el ideal de la beata María Inés Teresa de que “todos le conozcan y le amen”. Ella vivió aquella terrible época de "la cristiada", cuando muchos mártires dieron la vida por Cristo al grito de: ¡Viva Cristo Rey!

En el Evangelio sólo una vez dice Jesús: "Yo soy Rey…" (Jn 18,33-37), esa es la primera y última vez que se declara abiertamente rey, y cuando lo hace tiene ante si una multitud que grita que lo maten, que lo crucifiquen. Cristo reinó ayer, reina hoy y reinará siempre... pero no quiere ser rey al estilo de los reyes de este mundo. No quiere ser rey de espadas, para vencer por la fuerza de las armas a sus enemigos, ni quiere ser rey de bastos, para gobernar a sus súbditos mediante el garrotazo y el temor; tampoco quiere ser rey de copas, porque no quiere celebrar solemne y pomposamente victorias sobre nadie, ni almacenar trofeos mundanos en sus vitrinas. Sólo quiere ser rey de corazones, de nuestros corazones, de los corazones de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, de los corazones mansos y humildes, de los corazones misioneros arriesgados y valientes en la defensa del bien y en la lucha contra el mal.

El Reino del Señor es muy distinto al de aquellos que nos proponen los reyes de la tierra: Su riqueza es el amor, su corona es la verdad, su trono es una cruz, su baluarte es la vida interior, su proclama es Dios amor, sus armas son el servicio y su ejercito es el testimonio de aquellos que seguimos esperando y creyendo en Él.

En el mundo de hoy, en las artes, en el ámbito de la educación y la cultura, en la música, parece escucharse hoy más que nunca la proclama que señala: ¡no queremos que Jesús reine sobre nosotros! Parece que hoy estorba la imagen sagrada del «Hijo del Hombre» proclamado rey e incluso se quieren quitar sus imágenes de los lugares públicos; la inspiración de las canciones de moda y de la vestimenta de los artistas de hoy no es precisamente la que puede inspirar los valores del reino  de Jesús; la arquitectura y la ornamentación navideña, por ejemplo, se ha sustituido por otros motivos que, de cuando en vez, congenian con lo enseñado por el rey eterno e inmortal de los siglos. ¡Qué razón tenía Jesús! ¡Mi Reino no es de este mundo!

Que este Año Santo de la Fe que estamos apenas iniciando, contribuya a ubicar a Cristo, de nuevo, en el lugar que le corresponde en nuestro corazón, en nuestra mente, en nuestro pensamiento, en nuestras familias, en nuestra Iglesia, en nuestra sociedad. Nunca como ahora el anuncio del reino se hizo tan urgente. La mentira abunda por doquier, desde la política hasta el comercio. Vivimos un tiempo de fraudes, de mentiras generalizadas. Sintamos la urgencia que movió el corazón de Madre Inés con su apóstrofe constante de “Urge que Cristo reine” (1 Cor 15,25”. Esto es lo que nos toca hacer ahora en el Año de la Fe en este clima de la Nueva Evangelización que nos ha dejado como tarea el Sínodo de los Obispos. Est a es nuestra tarea, este es nuestro lugar y no ningún otro. Seamos valientes y no confraternicemos con lo que van por la vida sin tener un rey como Jesús.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

XXXIII Aniversario... MISIONEROS DE CRISTO PARA LA IGLESIA UNIVERSAL

Del corazón sin fronteras de la Beata María Inés Teresa Arias, brotó hace 33 años la fundación de los “Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal” como parte de una familia misionera fundada por ella misma y hoy conocida como “Familia Inesiana”, integrada por las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, el grupo sacerdotal Madre Inés, las Misioneras Inesianas Consagradas, Van-Clar y Familia Eucarística.

En 1979 la beata inició esta obra de los misioneros confiando en la Divina Providencia y alentando a un grupo de jóvenes que sentían sus anhelos misioneros identificados con los que ella tenía como móvil de su ser y quehacer como misionera sin fronteras.

La tarea de los Misioneros de Cristo en el mundo actual es extender el Reino de Dios con la urgencia de la nueva evangelización, implantando la Iglesia en donde aún no ha sido establecida y reanimando a las comunidades en el espíritu misionero. Anunciamos el evangelio a creyentes y no creyentes en un amplio campo de apostolado.

Actualmente, con presencia en México y en Sierra Leona (África),  tenemos tres Casas y dos Parroquias, además del arduo trabajo que desarrollamos en diversos campos de la pastoral y en las misiones populares.

Fuimos fundados para la misión “Ad Gentes” y buscamos dar respuesta al llamado que nos hace el Concilio Vaticano II dando a conocer a Dios y el amor de Santa María de Guadalupe, Patrona de la familia misionera a la que pertenecemos.

Compartiendo con mucha gente, en nuestras  comunidades la fe, en el despertar de este nuevo milenio, trabajamos para seguir esculpiendo el rostro de Cristo en un campo difícil y alicaído por la presencia de numerosas sectas y de un mundo que se debate entre el odio y la violencia, la tristeza y el desánimo.

En Michoacán, en el poblado El Tigre, está la Casa “Don Vasco de Quiroga”, espacio de formación para sacerdotes, religiosos y laicos que quieren acrecentar su espíritu misionero al estilo de la beata Madre María Inés. Alentar a los misioneros es vital para el crecimiento del instituto, de la Iglesia, de la evangelización. A través del acompañamiento y de la vivencia de la fe, hacemos presente la palabra y la presencia eucarística de Cristo en las comunidades de la zona lacustre de Pátzcuaro. En el proceso de desarrollo de estos pueblos y rancherías es siempre urgente la presencia misionera que apoye su identidad y les alcance una promoción humana y digna de valores.

En la arquidiócesis de Monterrey, en donde está nuestra Casa Fundacional,  se nos ha encomendado la parroquia, “Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás”, donde tenemos siempre un desafío, el reto constante de la nueva evangelización, buscando hacer presente a Cristo en medio de una urbe gigantesca y aglomerada, necesitada de espacios para el desarrollo integral del ser humano.

En Cd. Benito Juárez, N.L. está enclavada la Casa de Formación de nuestro instituto, un Seminario Misionero que dé cabida a nuestros formandos de distintas  etapas, especialmente los estudiantes de Filosofía y Teología en un lugar en el que nuestros alumnos que se preparan al sacerdocio y a la vida consagrada encuentran paz, tranquilidad y armonía en un una casa de oración para adquirir  la suficiente madurez. Esta casa está abierta a quienes quieran forjar su vocación misionera, alimentándose de la vida de comunidad y a quienes quieran encontrar un espacio para reflexionar.

En África, en Sierra Leona, tenemos la parroquia de “Nuestra Señora del Rosario” en un lugar llamado Mange Bureh, en donde, en la misión directa, evangelizamos, ayudados por voluntarios laicos y por nuestras hermanas Misioneras Clarisas, una gran cantidad de villas. Cada día, nuestros misioneros se internan en la selva y en los diversos parajes para llevar la Buena Nueva a quienes aún no han oído hablar de Dios. Esta misión es, con toda verdad y razón, el pulmón de esta obra creada para ir a llevar la Palabra de Dios y los Sacramentos a los más pobres y alejados de nuestra tierra.

La Casa Fundacional de nuestro instituto, está ubicada en el municipio de San Nicolás de los Garza, N.L., donde están las oficinas centrales de los misioneros de Cristo: Esta es la casa que recibe a los nuevos aspirantes a la congregación.  Desde 1983, se realiza, allí, un trabajo constante de evangelización que sigue presentando el camino de Cristo en un mundo pujante e industrializado.

Gracias a la entrega de cada Misionero de Cristo y al apoyo que nos brinda la Familia Inesiana y todos ustedes, bienhechores, amigos, familiares que, con su oración ferviente y su corazón generoso, hacen posible que nuestra familia misionera cumpla su misión evangelizadora, llegamos este 23 de noviembre de 2012, en el marco del "Año de la Fe", a nuestro XXXIII Aniversario de Fundación.

Con mucha gratitud e inmenso cariño, los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, ofrecemos las Misas, las oraciones, los trabajos de cada día, por ustedes y sus familias, pidiendo al Señor que Él sea su mejor recompensa dándoles paz, salud, bienestar y la esperanza del cielo.

Estamos seguros de que al alentar esta obra, su vocación misionera se acrecienta y el deseo de que todos conozcan y amen a Dios y a su Madre Santísima, se hace cada día más grande.

Alfredo Delgado R., M.C.I.U.

jueves, 1 de noviembre de 2012

LA CREMACIÓN... Una práctica cada vez más común

El tema de la cremación (llamada también incineración consiste en reducir, mediante el fuego, el cadáver a cenizas) es de gran actualidad. Cada vez se está poniendo más de moda pedir ser cremado, pues, para muchos, es más práctico y para otros, menos oneroso, va ganando puestos sobre la inhumación y en muchos lugares ya supone cerca del 70% de los casos. En México, con la crisis económica que se vive y que parece interminable, esta práctica se ha incrementado debido al menor gasto económico y, según las proyecciones de los expertos, en diez años será una opción prácticamente unánime. La incineración simplemente acelera el proceso natural de destrucción del cuerpo que con el tiempo queda reducido a polvo y ceniza. Las cenizas merecen el mismo respeto que el cadáver puesto que son restos de la persona que espera la resurrección, esto incluye, por supuesto, el uso de un recipiente digno que acoja las cenizas, la forma en que se carguen, el cuidado y la atención requerida para su transporte y colocación, y su reposo final.

Aunque la Iglesia recomienda la costumbre piadosa de dar sepultura a los cuerpos de los difuntos, permite la cremación con tal de que no se haga por razones contrarias a la enseñanza de la Iglesia (Canon 1176.3, Catecismo de la Iglesia Católica, #2301). Cada vez son más las familias cristianas que optan por incinerar los restos de sus familiares para depositar piadosamente las cenizas en el cementerio, o en las criptas de una Iglesia (llamados también columbarios o nichos) y, lo más importante, se acuerdan de ofrecer sufragios por sus difuntos, particularmente la Santa Misa.

El cadáver, una vez privado del elemento espiritual que sustancialmente le daba forma, no puede considerarse ya una persona esencialmente inviolable en sus atributos, por lo que ningún motivo de carácter intrínseco podría evitar su incineración. Puede, pues, afirmarse que la cremación de suyo no es contraria a ningún precepto, ni de ley natural ni de ley divina positiva. En algunos casos, incluso, puede ser el modo conveniente de proceder (por ejemplo, en casos de epidemias, grandes mortandades, catástrofes, etc.). Sin embargo, se convierte en algo ilícito cuando es realizada como una afirmación de ateísmo, o como una forma de manifestar que no se cree en la inmortalidad del alma o en la resurrección de la carne. En estos casos, se hace ilícita por ser el modo de profesar públicamente una doctrina errónea y herética. Ya hemos dicho que las cenizas, último residuo de un ser humano, merecen un trato y destino dignos, debiendo por tanto evitarse manipulaciones y depósitos que sean impropios, frecuentes hoy por desgracia como consecuencia de la secularización y el florecimiento de cierto neopaganismo y sincretismo, por eso es muy de alabar que sean depositadas en el cementerio o en una Iglesia.

Es preferible que la Misa de Funeral o la Liturgia de Funeral fuera de la Misa se celebre en la presencia del cuerpo del difunto antes de ser cremado. El significado de tener el cuerpo del difunto presente durante la liturgia de funeral se indica a lo largo de los textos de la misa y por medio de las acciones rituales. Por lo tanto, cuando se hagan arreglos respecto a la cremación, se recomienda que: a) luego del velorio, o durante un tiempo de visita, se celebre la liturgia funeral en la presencia del cuerpo del difunto y que después de la liturgia de funeral, el cuerpo del difunto sea cremado; b) la Misa de Funeral termine con la ultima recomendación en la iglesia; c) en un tiempo apropiado, usualmente algunos días después, la familia se puede reunir en la Iglesia o en el cementerio para el entierro o depósito de los restos cremados. Durante este tiempo se celebra el Rito de Sepultura, en él que se incluirán las oraciones propias del entierro de las cenizas.

Si la cremación ya se ha llevado a cabo antes de la Liturgia de Funeral, el párroco puede dar permiso de la celebración de una Liturgia de Funeral en la presencia de los restos cremados de la persona difunta. Los restos cremados del cuerpo deben de colocarse en un vaso digno. Las parroquias pueden comprar un osario (un recipiente donde se coloca la urna o la caja con las cenizas). En el lugar donde usualmente se coloca al ataúd, puede colocarse una mesa para poner allí los restos cremados. La urna funeral o el osario pueden ser llevados a ese lugar en la procesión de entrada y colocados sobre la mesa antes de que comience la liturgia.

Pueden existir circunstancias especiales, tales como preocupaciones acerca de salud o transportación desde fuera del estado o del exterior, que provoquen que la familia tenga que hacer arreglos para la cremación antes de hacer arreglos para el funeral. Si la cremación ya se ha hecho, se recomienda lo siguiente: a) Una reunión con la familia y amistades para orar y recordar al difunto; b) la celebración de una liturgia funeral; c) una reunión con la familia y amigos para el entierro o depósito de los restos cremados en el cementerio durante el Rito de Sepultura.

Como los restos cremados —como ya he insistido— deben de tratarse con el mismo respeto que se le da a los restos del cuerpo humano, y debe de sepultarse ya sea en la tierra o en el mar, «desperdigar» los restos en la tierra o en el mar, o dejar en la casa una parte de los mismos, por razones personales, es una disposición final del difunto que la Iglesia no acepta como reverente. Debe dejarse en claro que el entierro en el mar de los restos cremados difiere de desperdigarlos. Si los restos se van a sepultar en el mar deben de colocarse en un recipiente digno y bastante pesado para quedar en descanso final en el fondo del mar en panteones submarinos especiales para ello que hay en algunas naciones. Algunos documentos de la Iglesia y directorios de piedad de las distintas Conferencias Episcopales (conjunto de obispos de cada país) recalcan que se debe exhortar a los fieles a no conservar en su casa las cenizas de los familiares, sino a darles la sepultura acostumbrada. En algunas legislaciones, al respecto, como en la alemana, no se permite que las urnas salgan de sus crematorios si no se certifica que su destino es un cementerio o una Iglesia. Este modelo también se está preparando en Francia, y en otras naciones, algunas de las cuales trabajan en nuevas normativas que establezcan la obligación de destinar un espacio en los cementerios para albergar cenizas y urnas. No puede permitirse entre los fieles católicos que siga en expansión la costumbre de arrojar los restos cremados de un ser querido al medio ambiente o, peor aún, convertirlos en “diamantes o amuletos”, como se ha empezado a estilar.

Los cementerios (dormitorios) son el lugar ordinario donde descansan los restos de nuestros difuntos porque, para nosotros son una manera de evocar la resurrección de los muertos. Últimamente, en muchas parroquias, sobre todo de nueva creación, se está ofreciendo la posibilidad de conservar las cenizas de los difuntos en los llamados nichos, criptas o columbarios. Estos deben ser erigidos atendiendo la solicitud pastoral de la iglesia sobre las cenizas, antes que por motivos crematísticos. Estos espacios serán el lugar donde, de manera ordinaria, serán depositadas las cenizas de los difuntos. Pues, como expresan algunos reglamentos de algunas diócesis: “De manera semejante a como la parroquia es durante la vida terrena de los fieles el espacio por excelencia para la celebración de la fe, también a ella compete en primer lugar custodiar el depósito de las cenizas sus miembros difuntos, significando de esta forma más claramente su pertenencia a la comunidad eclesial”.

Todo lo que aquí he comentado, es una explicación detallada de lo que parece en el “Ritual de Exequias”. El Ritual de Exequias es un libro litúrgico que recoge los ritos y las fórmulas funerarias cristianas, revisadas y enriquecidas, según la «Sacrosanctum Concilium», la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia. Aunque en México no existen normas estrictas acerca de los ritos funerarios, empiezan a surgir costumbres de esparcir cenizas, de hacer diamantes con ellas y colgárselos, repartir las cenizas entre varios familiares o guardarlas en casa, pero no hay nada normativo todavía. Sin embargo, con la aprobación de una nueva edición del “Ritual de Exequias” para Italia, en marzo pasado, la Santa Sede ha sido muy clara especificando que las cenizas ni se esparcen ni se guardan, solo se entierran en el cementerio o se depositan en una Iglesia.

Termino la reflexión dejando con un escrito de San Cipriano (hacia 200-258), obispo de Cartago y mártir (Tratado sobre la muerte, PL 4,506s) para meditar en la muerte desde nuestro punto de vista como católicos:

“El que cree en mi aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25). No debemos llorar a nuestros hermanos a quienes el Señor ha llamado para retirarlos de este mundo, porque sabemos que no se han perdido sino que han marchado antes que nosotros: nos han dejado como si fueran unos viajeros o navegantes. Debemos envidiarlos en lugar de llorarlos, y no vestirnos aquí con vestidos oscuros siendo así que ellos, allá arriba, han sido revestidos de vestiduras blancas. No demos a los paganos ocasión de reprocharnos, con razón, si nos lamentamos por aquellos a quienes declaramos vivos junto a Dios, como si estuvieran aniquilados y perdidos. Traicionamos nuestra esperanza y nuestra fe si lo que decimos parece ficción y mentira. No sirve de nada afirmar de palabra su valentía y, con los hechos, destruir la verdad.

Cuando morimos pasamos de la muerte a la inmortalidad; y la vida eterna no se nos puede dar más que saliendo de este mundo. No es esa un punto final sino un paso. Al final de nuestro viaje en el tiempo, llega nuestro paso a la eternidad. ¿Quién no se apresuraría hacia un tan gran bien? ¿Quién no desearía ser cambiado y transformado a imagen de Cristo?

Nuestra patria es el cielo… Allí nos aguardan un gran número de seres queridos, una inmensa multitud de padres, hermanos y de hijos nos desean; teniendo ya segura su salvación, piensan en la nuestra… Apresurémonos para llegar a ellos, deseemos ardientemente estar ya pronto junto a ellos y pronto junto a Cristo”.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.