De la actividad del apóstol san Bartolomé no sabemos casi nada, noticias legendarias dicen que evangelizó la región de Armenia, entre el Cáucaso y el mar Caspio, y que allí murió mártir luego de haber convertido a la fe cristiana al rey de los armenios. La de Armenia sigue siendo hasta hoy una importante iglesia cristiana del Cercano Oriente. Otras tradiciones nos lo presentan evangelizando en la India. Aparece en las listas apostólicas (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14; Hch 1,13) en tres casos después del nombre de Felipe. Esta es la razón por la que se llegó a identificarlo con el Natanael del Evangelio de san Juan (1,45; 21,2), presentado a Jesús por Felipe y natural de Caná de Galilea.
La memoria de san Bartolomé, o Natanael —como le queramos decir— y la memoria de los demás apóstoles nos habla de nuestra propia vocación. También nosotros fuimos llamados por Cristo, alguien nos lo presentó o nos introdujo en su presencia, o simplemente fuimos llamados escuchando en el corazón la voz del Señor que nos dijo: «sígueme». Y a nosotros también, como a cada uno de los apóstoles, nos ha sido confiada una misión en la Iglesia. Según nuestras capacidades, según nuestras responsabilidades. No podemos dejar que nuestra vocación se duerma inactiva en cualquier rincón de nuestra vida. Confesemos a Jesús como lo hicieron los Apóstoles, y abracémonos a nuestra responsabilidad de testimoniar y anunciar el mensaje cristiano. Pidamos a María Santísima que ella nos ayude. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.
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