viernes, 8 de diciembre de 2017

«LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA»... Un pequeño pensamiento para hoy


En este marco del Adviento, que hemos comenzado apenas hace unos días, contemplamos hoy a la Inmaculada Virgen María en su fiesta. María, la Madre de Dios concebida sin la mancha del pecado original es la nueva Eva con la que empieza algo realmente nuevo. En Ella, por ser inmaculada, choca la lógica del pecado, porque ella es la llena de gracia, la bendita por excelencia, la que nació libre del pecado original. La Inmaculada es la expresión más hermosa de la alegría que se palpa en un alma libre de pecado. El Papa Emérito Benedicto XVI afirma: «El pecado lleva consigo una tristeza negativa que induce a cerrarse en uno mismo. La gracia trae la verdadera alegría, que no depende de la posesión de las cosas, sino que está enraizada en lo íntimo, en lo profundo de la persona y que nadie ni nada pueden quitar. El cristianismo es esencialmente un Evangelio, una alegre noticia, aunque algunos piensan que se opone a la alegría porque ven en él un conjunto de prohibiciones y reglas. En realidad el cristianismo es el anuncio de la victoria de la gracia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte» (Benedicto XVI, María, Stella della speranza, pag. 17-18, 2013). 

Esa victoria sobre el pecado, comienza, como digo, con María, la nueva Eva, la mujer llena de gozo. «La alegría de María es plena —dice Benedicto XVI— pues en su corazón no hay sombra de pecado. Esta alegría coincide con la presencia de Jesús en su vida: Jesús concebido y llevado en el seno, después niño confiado a sus cuidados maternos, luego adolescente, joven y hombre maduro; Jesús a quien ve partir de casa, seguido a distancia con fe hasta la cruz y la resurrección: Jesús es la alegría de María y alegría de la Iglesia, de todos nosotros» (Benedicto XVI, María, Stella della speranza, pag. 17-18, 2013). Hay que precisar, obviamente, que María es una criatura humana que no tiene nada de divino, ella es de la misma naturaleza nuestra, en todo semejante a nosotros, pero menos en el pecado, ya que, por un singular privilegio de Dios, en atención  a que ella iba ser la madre del Salvador, y por los méritos de Cristo —que le fueron atribuidos anticipadamente— fue preservada del pecado original, pero ella nunca se dio cuenta y no hizo de ello una presunción, sino una vivencia completamente alejada del pecado e inundada de alegría. Tal vez eso explica por qué en nuestro mundo vemos mucha gente triste a quienes parece nada les llena, nada les satisface... ¡Falta la alegría porque sobra el pecado!

El apóstol san Pablo nos recuerda, en la segunda lectura del día de hoy (Ef 1, 3-6.11-12), que en Cristo todos hemos sido merecedores de los bienes espirituales y celestiales. Dios no nos ha destinado a la condenación sino a la salvación. Esa salvación que nos llega únicamente a través de Cristo, y por Él. Nosotros que habíamos pecado, hemos sido reconciliados con el Padre. Cristo, descendiente del linaje de la primera mujer, ha vencido al tentador, cumpliéndose así el velado anuncio hecho en el libro del Génesis (Gn 3,15). El apóstol de las Gentes nos señala que Dios «nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1,4). Somos, como decía la beata María Inés Teresa, «un pensamiento de Dios, un latido de su corazón». San Pablo enfatiza que hemos sido salvados por pura gracia, mediante la fe, no por nuestras buenas obras (Cf., Ef 2,8). Así, desde esta perspectiva, se comprende mejor el regalo maravilloso que el Señor otorgó a María librándola del pecado original para ser la Madre de Dios por los méritos de Cristo. ¡Todos estamos llamados a vivir libres del pecado gracias al sacramento del bautismo, que restaura la gracia y que nos devuelve la alegría de ser hijos de Dios, esa alegría que colmó la vida de la Virgen inmaculada. Preparemos este Adviento con María, pensando en la segunda venida de Cristo y rogando que nos encuentre libres de pecado, y, en la Navidad, pongámonos ante el Niño Dios con la alegría de sentirnos amados y con la respuesta gozosa a su amor. ¡Virgen Inmaculada ampáranos, ayúdanos y concédenos vivir en el Amor de Hijo Jesucristo para que un día participemos del Reino Eterno! ¡Oh María concebida sin pecado, ruega por nosotros, que recurrimos a Ti! 

Padre Alfredo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario