domingo, 10 de diciembre de 2017

«PACIENCIA Y ESPERANZA»... Un pequeño pensamiento para hoy

La paciencia y la esperanza, son dos virtudes que se necesitan mutuamente, y que así se engendran y se sostienen. La paciencia es impensable sin la esperanza. La salvación ya está aquí, dice el salmista: «está ya cerca de sus fieles» (Sal 84). La esperanza alegra y dinamiza la paciencia. Y, de manera muy especial en este tiempo litúrgico, debemos prepararnos llenos de esperanza para nuestro encuentro con el Señor, nuestro Dios y aguardarlo con paciencia. Debemos, como dice el profeta Isaías, levantar los valles, levantar el ánimo y no dejarnos vencer por nuestras cobardías y debilidades. En Adviento, debemos, a la vez, abajar los montes y colinas, rebajar nuestra soberbia y vanidad; enderezar lo torcido e igualar lo escabroso, corregir nuestros desvíos sentimentales y pasionales, para darle un curso hacia el Señor que viene a salvarnos. Sabemos que en todo esto nos ha dado buen ejemplo este Salvador cuya segunda venida anhelamos. Jesús, nacido en la pobreza de Belén, nos señala, con su vida, cuál debe ser nuestro verdadero camino hasta el día de nuestra muerte y hasta el día del juicio final. Jesús, como buen pastor, nos alimenta —con su propia carne y sangre—, nos cuida, nos dirige y nos protege de todo mal mientras llega por segunda vez a clausurar los siglos y prolongar el curso de la eternidad.

En medio de la agitación de nuestros tiempos y con una final de futbol nacional encima —y saben que yo soy Tigre y tengo esperanza en ellos—recibimos, este domingo, un mensaje maravilloso y lleno de palabras de consuelo y fortaleza para todos, ganemos o perdamos. Nada de amenazas y desventuras semejantes a los mensajes catastrofistas de algunas supuestas apariciones revelaciones de los últimos tiempos, sino esperanza con paciencia. Las palabras de Isaías —sintonizando con las de la Segunda Carta de Pedro— son todas de consuelo y de gracia, como las palabras de Jesús. Sus anuncios son todos de liberación y recompensa, como los de Jesús. Sus imágenes son todas sugestivas y entrañables, como las de Jesús. Pero, para poder captar esto, se requiere saber leer los signos de los tiempos y aferrarse al Señor Jesús y a su propuesta de vida. De esta manera, es fácil captar que Dios no castiga, porque es un pastor que ama a su rebaño, al cual corrige y endereza con esperanza. A pesar de la situación angustiante que se vive en los tiempos del profeta y en los nuestros: sin patria para muchos, sin gobierno en tantas partes, sin leyes justas para algunos, sin templo para los perseguidos, Isaías nos recuerda: «Aquí está su Dios». Y el Señor viene con la ternura de una madre, con la fuerza de un libertador, con el cayado de un buen pastor.

El mensaje de Isaías, como el de la Segunda Carta de Pedro, siguen siendo válidos como lo fueron en tiempos de Juan el Bautista, que fue el precursor del Señor. La Iglesia, al llegar el Adviento, actualiza estas palabras con el mismo vigor y energía del Bautista, con su misma urgencia y claridad: «Conviértanse porque está cerca el Reino de los Cielos... Preparen el camino del Señor, allanen su sendero». Desde la austeridad, la justicia y la honradez, Juan se dirige a sus contemporáneos y les anuncia que la llegada de Dios está cerca. Les pide reordenar sus vidas, mejorar sus caminos y pedir perdón por sus pecados. Y ello es igual para nosotros hoy: no podremos cambiar si no nos convertimos. Podemos, quizá, tener en el corazón una chispita de presencia del Señor, pero si nuestra vida cotidiana queda marcada por el desorden, por la injusticia, por la insolidaridad, por el pecado social del mundo actual; no podremos ver a Jesús aunque pase por delante de nosotros. Sí, también hoy es preciso que todo discípulo-misionero del Señor cambie de conducta, también hoy es necesaria una profunda conversión: Arrepentirnos sinceramente de nuestras faltas y pecados, confesarnos, reparar el daño que hicimos y emprender una nueva vida de santidad y justicia nos dará el gozo de vivir un Adviento venturoso caminando con paciencia llenos de esperanza. Acompañemos a María en este tiempo de espera y vayamos haciendo un espacio para Jesús en nuestro corazón, en el de nuestra familia, en el de nuestra comunidad. ¡A pedir paciencia para no desfallecer en el camino de conversión y a pedir esperanza para recibir a Jesús! Bien podemos hacerlo con María en la Misa de hoy... ¡Y que gane el mejor en el futbol!

Padre Alfredo.

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