lunes, 11 de diciembre de 2017

«La alegría de Dios y las alegrías del mundo»... Un pequeño pensamiento para hoy

El profeta Isaías nos sigue acompañando en estos días de Adviento al meditar la palabra de Dios y hoy nos propone una especie de poema que embelesa. El contexto es el regreso al añorado Sión. La esperanza que caracteriza esta parte del extenso libro de Isaías, se abre camino en estas bellas palabras, cargadas de ánimo y de alegría. Claro que, en mi caso, esa alegría se une al triunfo del partido de ayer de mis queridos y admirados Tigres. Alegrías del mundo, me dirán algunos, pero que disfruto tanto como muchos de ustedes. Y ciertamente que todas las alegrías del mundo, pasajeras. como la que produce la copa de un campeonato de futbol, el estreno de la nueva película de Star Wars, la comida de cumpleaños, la fiesta de graduación, el día de campo... pasan rápido, tan rápido como que comience el próximo torneo, se estrene la próxima película, se acabe el día del festejo, pase la graduación o llegue una nueva película. Isaías no nos habla de alegrías pasajeras, sino de aquella alegría que llena el corazón. Las señales de la venida del Señor serán la alegría que sanará todos los achaques corporales y espirituales de los cautivos. Los que ahora no pueden ver, verán con alegría la salvación; los que no pueden escuchar, escucharán con alegría la buena noticia; los que no pueden o no se atreven a hablar, cantarán con alegría, y hasta los cojos saltarán de gozo llenos de alegría (Is 35,1-10).

Isaías no es ningún ingenuo ni soñador. Él habla desde lo profundo de su corazón, lleno de esperanza y desbordante de alegría. Él se ha dejado tocar por el Señor y pinta el florecer del desierto, la fortaleza de los débiles, el agua en la sequía y la superación de cualquier limitación. Hay un camino nuevo, recto, sin peligros, que conduce a la alegría sin límites y que ya ha trazado Jesús cuando vino por primera vez. Puede que para muchos no signifique nada que Dios se haya hecho hombre, ni entiendan que eso de «Tiempo de Adviento». Las calles que rodean la parroquia en esta selva urbana de cemento capitalino están plagadas de puestos de regalos para la ya inminente Navidad, pero no veo un solo puesto que ofrezca algo religioso, incluso las figuritas para el nacimiento son escasas, están opacadas por borregos de la buena suerte de todos tamaños y ofrecidos por los gritos de los vendedores que proclaman a los cuatro vientos: «¡Lleve su borreguito de la suerte para que no le falte el dinero en el 2018»!... Nada que ver con alegría de estar esperando al Señor Jesús.

¡Qué ejemplazo el del paralítico que aparece en el Evangelio de hoy! (Lc 5,17-26) que pide lo encaramen en el techo para bajarlo en una especie de espectáculo circense para llegar hasta Jesús y alcanzar la salvación del alma en primer lugar y luego del cuerpo en segundo, situación que le hace desbordar de alegría: «Levántate —le dice el Mesías— toma tu camilla y vete a tu casa» (Lc 5,24). ¡Es fácil imaginarse la alegría de aquel hombre redimido en su alma y en su cuerpo! Bien dice el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: «Con Jesús siempre nace y renace la alegría» (E.G. 1). En las letanías lauretanas invocamos a la Santísima Virgen María como «causa de nuestra alegría». Y es lógico, si María puede ser la causa de nuestra la alegría es porque Ella misma no cabía en sí de felicidad, de dicha, de gozo. Ella rebosaba alegría y la contagiaba por doquier. Recibió a Jesús en su primera venida y lo dio a luz y confiada animó alegremente a los apóstoles a prepararse a la segunda venida de su Hijo el Redentor. María se sabía toda con Cristo y Él envolvía su ser entero, impregnándolo de alegría hasta la médula de los huesos. Ella está llena de la más auténtica y genuina felicidad. En las vísperas de la fiesta de Guadalupe quiero contemplarla hoy así, alegre, feliz... llena de gracia. ¡Bendecido y alegre inicio de semana laboral y de estudios en este tiempo privilegiado del Adviento!

Padre Alfredo.

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