sábado, 19 de noviembre de 2022

«Jesús y los saduceos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Aquí me tienen, a sus órdenes, como siempre, escribiendo ahora estas líneas desde la Casa Madre de la Familia Inesiana en Cuernavaca, a 26 grados centígrados mientras que mi querido Monterrey está a 11 y llueve... ¡por algo a Cuernavaca le dicen «La ciudad de la eterna primavera»! Este fin de semana estoy aquí porque tenemos, luego del tiempo de pandemia, la Asamblea Nacional de Van-Clar de manera presencial, con el gusto de ver, como asistente eclesiástico, el testimonio de vida, la entrega y la generosidad de nuestros hermanos misioneros laicos que forman parte muy importante de esta obra que fundó la beata madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. En esta Asamblea los diversos grupos de varias localidades de México, presentan sus informes y comparten momentos de formación para acrecentar la unidad mediante la vivencia del carisma misionero que Madre Inés dejó en herencia. Van-Clar, esta expresión del carisma inesiano en los laicos, viene desarrollándose desde 1954 con los primeros estatutos que marcaron el modo en que la beata María Inés concibe el compromiso misionero de los laicos.

Y este sábado, al buscar el Evangelio del día para ver que nos quiere decir el Señor, me encuentro nuevamente con un evangelio que ya he comentado un domingo de hace algunos días (Lc 20,27-40) y que es conocido por muchos como el Evangelio de «la trampa saducea». Y es que, a las preguntas que no están hechas con sincera voluntad de saber, sino para tender una «emboscada» para que el otro quede mal, responda lo que responda, se le llama así basándose en este pasaje. «La trampa saducea». Los saduceos, como he comentado en alguna otra ocasión, son gentes que pertenecían a las clases altas de la sociedad. Eran liberales en algunos aspectos sociales —eran conciliadores con los romanos—, pero se mostraban muy conservadores en otros. Por ejemplo, de los libros del Antiguo Testamento sólo aceptaban los libros del Pentateuco (la Torá), y no las tradiciones de los rabinos. No creían en la existencia de los ángeles y los demonios, y tampoco en la resurrección. 

El caso que hoy los saduceos presentan a Jesús, es un tanto extremado y ridículo, está basado en la «ley del levirato» (cf. Dt 25), por la que, si una mujer queda viuda sin descendencia, el hermano del esposo difunto se tiene que casarse con ella para darle hijos y perpetuar así el apellido de su hermano. Por esto, Jesús, con la frase «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos», les cuestiona la falsedad de su fe. Pues, los saduceos, con esta manera de pensar, evidenciaban que su confianza no estaba puesta en Dios, sino en la seguridad que ofrecen las cosas de este mundo. Una herencia, una propiedad, un pedazo de tierra era todo lo que ocupaba la mentalidad de los que se oponían a la resurrección. Jesús es muy claro en sus aseveraciones y con ellas pone en evidencia el enfrentamiento entre dos proyectos totalmente opuestos: de un lado el Dios de la Vida con su proyecto solidario; de la otra, el dios del dinero, con su proyecto mercantil. Jesús, entonces, se prepara a dar la lucha definitiva por su Padre, por el Dios que le ha dado la vida a los seres humanos. Mañana domingo celebraremos a Jesús como Rey del Universo. Pidamos, de la mano de su Madre santísima, que valoremos la esperanza de la vida eterna. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo. 

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