viernes, 27 de septiembre de 2019

«Envíame, Señor, tu luz y tu verdad»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Qué tarde es ya! Es que regresé apenas hace unas horas, esta madrugada de Ciudad de México lleno de alegría y gratitud por lo que el Señor me ha permitido vivir en un viaje relámpago en el que tuve que ver varios asuntos. Me topo de entrada en mi oración con estas palabras del salmo responsorial: «Envíame, Señor, tu luz y tu verdad; que ellas se conviertan en mi guía y hasta tu monte santo me conduzcan, allí donde tú habitas». Estas palabras del salmo 42 [43] abren mi reflexión de este día contemplando al salmista que pide a Yahvé su luz sabiendo que el mismo Señor es esa «Luz» que puede iluminar el caminar, una luz divina que es capaz de atraer y guiar al hombre hacia la morada eterna. Sí, Dios es esa luz, como afirma también el autor del salmo 26 [27], esa luz que nos guía por la corta o larga peregrinación que nos toca vivir al paso por este mundo hasta llegar a la eternidad, haciéndonos sentir la esperanza del encuentro definitivo con él. La luz tenue, que en tiempos pasados iluminaba los caminos del orante con una vela, daba a los primeros cristianos la pauta para encontrarse con la auténtica luz divina, recordando que, cuando Dios lo tuvo a bien, la Luz brilló en las tinieblas, y desde entonces quienes siguen a Jesús no caminan en la oscuridad. 

La humanidad entera —como afirmamos los cristianos— ya ha visto al Salvador. Cristo es la luz que nos guía y conduce hasta su santa morada, donde heredaremos la luz de vida. Es imposible concebir el proyecto de vida cristiana prescindiendo de su talante itinerante y peregrino por este mundo tan lleno muchas veces de tiniebla y de oscuridad. Los discípulos–misioneros sabemos que no tenemos aquí en la tierra ciudad permanente; buscamos la futura. Desinstalados, caminamos hacia la casa del Padre, donde nos están reservadas muchas moradas, donde no habrá más llanto, ni dolor, donde nuestro cuerpo será revestido de gloriosa inmortalidad y para no desviarnos del camino necesitamos esa luz. Así, aunque la oscuridad invada de repente nuestra vida, aprendemos a orar para levantar la mirada y encontrar en Dios la luz para nuestra oscuridad. Al caminar en este mundo muchas veces oscuro, hace que si no tenemos esa verdadera Luz, que es el Señor, nos confundamos y nos pase como a esa gente que, en tiempos de Cristo, no encontraba en él al Mesías, a esa Luz que vino a iluminar las tinieblas. En el Evangelio de este día (Lc 9,18-22), Cristo, Luz del mundo, nos pide a sus discípulos una confesión de fe, y que no se dejen simplemente llevar de lo que se dice, porque él sabe que, en medio de las oscuridad y las tinieblas de este mundo, desde aquellos días, la gente se puede confundir y ver en el únicamente un milagrero, un curandero, un profeta excepcional al que asesinaron, un hombre super-star sin descubrir su luz y su verdad... 

Ese mismo Señor, que es la Luz del Mundo, nos pregunta a cada uno de nosotros: «Y tú, ¿quién dices que soy yo? Y, ante esta pregunta tan enérgica, ¿qué respuesta daremos cada uno de nosotros? Ojalá y no nos quedemos dando una respuesta nacida de lo aprendido en el Catecismo, o en la profundización de materias que nos hablan de Dios. Ojalá y nuestra respuesta se dé desde nuestra propia vida, desde nuestra experiencia de vivir en su luz y su verdad en la que el Señor sea el centro de nuestro amor y aquel por quien realizamos todo, escuchando su Palabra, haciendo en todo su voluntad y dejándonos conducir por su Espíritu, para poder llegar a poseer los bienes eternos. Así la presencia de la gracia de Dios será una fuerza atractiva e irresistible, que iluminará nuestra peregrinación comunitaria y suscitará en nuestros corazones una inmensa e inagotable acción de gracias, potenciada al máximo en la Eucaristía. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Virgen María, «Nuestra Señora de la Luz», la gracia de saber amarlo con todo nuestro ser y con toda verdad, de tal forma que, transformados por Él y en su luz y su verdad, podamos manifestarle lo que Él significa en nosotros; y colaborar para que, desde nuestro propio testimonio, muchos más puedan encontrar la luz para distinguir el camino que les conduzca hacia la vida eterna, para que la esperanza del cielo les dé, como a nosotros, el auténtico sentido a sus vidas. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

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