viernes, 6 de septiembre de 2019

«Encontrar a Jesús en los salmos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuentan que San Agustín decía que cuando leía los salmos y no encontraba a Cristo, su lectura le parecía «sosa e insípida». En cambio, si lo descubría, su lectura se convertía en «sabrosa y embriagadora». Jesús usó los Salmos en muchos momentos de su existencia terrenal, estuvo íntimamente familiarizado con los Salmos y oraba y cantaba con ellos y como es verdadero Dios y verdadero hombre, completamente Dios y completamente hombre. Por tanto, él conoce las experiencias de los salmistas, y él mismo es el Dios descrito como Rey en quien podemos tomar refugio. Los salmos, a la vez, nos muestran el gran panorama de la vida cristiana: desde las experiencias en la cima de las montañas, hasta en los caminos del valle de sombra de muerte. 

El breve salmo 99 [100], que es un himno de alabanza y de acción de gracias, en su sencillez, presenta tanto las palabras de la revelación bíblica comunes a los salmos que hablan de la comunidad de los hijos de Dios: alegría, pueblo, rebaño, nombre del Señor, bondad, misericordia, fidelidad, así como los verbos empleados para el culto que Israel rendía a Dios: aclamar, servir, reconocer; entrar (por las puertas del templo), alabar, bendecir. Este es el salmo responsorial de hoy que recitamos en comunidad, y la comunidad de los hombres y mujeres de fe, está invitada, desde aquellos vetustos tiempos, a alabar y dar gracias a Dios con el canto de alabanza. Ante todo, es común entre los creyentes de aquellos tiempos —por el testimonio de los salmos— y los de hoy, la alegría entre el pueblo, que experimenta la bondad del Señor presente en la vida cotidiana de sus fieles. Dios acompaña la vida de la comunidad como a su rebaño e Israel profesa su pertenencia a Dios: «Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (v 3b); en el futuro, la bondad misericordiosa del Señor se manifestará a las naciones que le serán fieles y confiarán sólo en él: «Su fidelidad por todas las edades» (v 5). 

El Señor Jesús, a quien el Evangelio de hoy nos lo presenta como «el esposo» (Lc 5, 33-39), en su infinita misericordia nos hace suyos, nosotros somos su pueblo, el rebaño que apacienta y que conduce con amor a disfrutar del «vino nuevo». Él hace que entremos por las puertas de su templo con himnos de acción de gracias y cantos de alabanza. Él concede a todos responder a tanto amor y tanta bondad con un servicio vivido con alegría que nos hace sentirnos felices cuando nos dedicamos a nuestros hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados. Su fidelidad dura por siempre; él hace que podamos bendecir y alabar siempre su nombre glorioso. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber reconocernos pecadores, la necesidad de ayunar de tanto estorbo para que acompañamos a Cristo, «el esposo» donde realmente está que es en la Eucaristía. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

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