sábado, 4 de diciembre de 2021

«El futuro feliz»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el tiempo de Adviento, no solamente nos preparamos para celebrar la Navidad. Las dos semanas primeras de este tiempo nos preparan para la segunda venida de nuestro Salvador. De alguna manera las lecturas de la misa diaria y dominical nos van hablando del «final de los tiempos» y nos van preparando para «aquel día» de la gran liberación. ¡Dios anuncia que podremos llegar a él y verle! La felicidad soñada y evocada por Isaías, en las lecturas de estos días, existe con esta condición: Creer que Dios sólo es capaz de construir la felicidad definitiva futura. Reconocerse suficientemente pobre para tener la convicción de que el hombre, por sus propios medios, es incapaz de conseguir tal felicidad. Esforzarse en contemplar a Dios y hacer que otros lo contemplen, como manda Jesús a los Apóstoles en el Evangelio de hoy (Mt 9,35-10,1.6-8).

La liberación del resto purificado y el futuro feliz de Sión, obra de Yahvé, que anuncia Isaías en la primera lectura de hoy (Is 30,19-21.23-26) hacen del Dios de Israel el Emmanuel inconfundible de la teología del profeta Isaías: «Pero Yahvé espera para apiadarse, aguanta para compadecerse, porque Yahvé es un Dios recto... Ya no se ocultará tu maestro, sino que con tus ojos lo verás... vendará la herida de su pueblo y curará la llaga de sus azotes» (18.20.26). Isaías enseña al pueblo que ha de creer y confiar en el Señor simplemente porque éste es bueno y le llama hacia él; toda la iniciativa viene de él. El hombre solamente puede recoger el don de su amor: «Por esto existe el amor: no porque amáramos nosotros a Dios, sino porque él nos amó a nosotros y envió a su Hijo para que expiase nuestros pecados» (1 Jn 4,10).

La catequesis que Isaías nos ofrece en este tiempo de Adviento define la fe como una mirada incesante a la fidelidad de Dios: creer en Dios significa experimentar que es fiel. Después de tantos contravalores religiosos de Israel, infiel a la alianza, el profeta le puede recordar que la confianza firme en el amor misericordioso de Dios y el encuentro constante con su amor, que le perdona y asume su fracaso constantemente, son la única esperanza y la única certeza a las que se puede asir como creyente. El profeta nos asegura que nuestro Dios es un Dios cercano, que nos escucha y nos conoce por nuestro nombre: «Apenas te oiga, te responderá». Si andamos desorientados, oiremos muy cerca su voz que nos dice: «éste es el camino, caminen por él». «No se esconderá tu Maestro». «Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre» −dice el salmo−. Y si estamos heridos, o nuestros corazones están destrozados, él vendará nuestras heridas y reconstruirá lo que estaba destruido. Sigamos viviendo el Adviento con esta esperanza y no nos soltemos de la mano de María. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 3 de diciembre de 2021

«Un vuelco total»... Un pequeño pensamiento para hoy


El profeta Isaías en la primera lectura de la Misa de hoy es muy esperanzador (Is 29,17-24). Él vislumbra, como ya muy cercana, la salvación que Dios nos trae. El profeta nos hace reflexionar en que esta salvación está ya presente en el corazón de los que esperan aunque no aparezca en el orden externo. Se la entiende como liberación de la pobreza de la tierra, de toda tara personal, de todo abuso social. Será un vuelco total que sufrirá la creación entera y nuestro propio corazón cuando llegue la hora. Cuando triunfe el Mesías, cuando llegue su Reino en plenitud y todo sea transformado y el mundo redimido, no podrá existir el mal en ningún sentido. Tanto el mal cósmico como el humano habrán desaparecido. Todos escucharán y todos verán porque todos vivirán pendientes de la palabra de Yavhé, de su voluntad salvífica.

El profeta augura que el Líbano se convertirá en vergel. ¡Todos los árboles improductivos se pondrán a dar frutos! Sí, en los tiempos mesiánicos, la naturaleza misma se asocia a la gran renovación de los corazones humanos. Promesa de felicidad total. Sentido de la creación que participa a los decaimientos y a los enderezamientos del hombre. Aquel día —dice el profeta— los sordos oirán las palabras del libro y saliendo de la oscuridad y las tinieblas los ojos de los ciegos verán. Así, Isaías ha escogido dos de las más dramáticas deficiencias humanas y simbólicamente nos anuncia la liberación de «todos» los achaques. Los humildes volverán a alegrarse en el Señor y los pobres se regocijarán en Dios, el santo de Israel.

Estas son, por adelantado, las palabras mismas del Magnificat. María santísima, toda ella, estaba como impregnada de esos pasajes de la Biblia, que ahora leemos en este tiempo del Adviento. Seguramente ella había leído ese poema de Isaías, lo aprendió en la escuela de su pueblo; y a su vez, como Madre lo enseñó a Jesús. El Evangelio de hoy (Mt 9,27-31) nos habla también de unos ciegos. Dos ciegos que son curados por el Señor Jesús. De esta manera tanto el profeta, como el evangelista, nos están diciendo que este mundo nuestro tiene remedio: éste, con sus defectos y calamidades, no otros mundos posibles, sino este en el tiempo y el espacio que nos ha tocado vivir. El Adviento nos invita a abrir los ojos, a esperar, a atender con nuestros oídos permaneciendo en búsqueda continua, a decir desde lo hondo de nuestro ser «ven, Señor Jesús», a dejarnos salvar y a salir al encuentro del verdadero Salvador, que es Cristo Jesús. Con María a la cabeza de nuestro peregrinar, sigamos viviendo este tiempo que Dios nos da. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 2 de diciembre de 2021

«Confianza en Dios en este Adviento»... Un pequeño pensamiento para hoy


Leyendo la primera lectura que la liturgia de la Misa propone para el día de hoy, y que está tomada del libro del profeta Isaías (Is 26,1-6) me encuentro con esta frase que me llama la atención: «Confíen siempre en el Señor, porque el Señor es nuestra fortaleza para siempre» y me viene el reflexionar sobre esto para el día de hoy. Estamos en el tiempo del Adviento, este tiempo hermoso que nos prepara para la segunda venida de Cristo y para la Navidad, y lo vivimos dentro de una situación determinante y difícil, rodeados, si no es que sumergidos en los estragos de una pandemia que parece que se prolonga y se prolonga. Es un tiempo en que poner nuestra confianza en Dios es fundamental e importante para salir adelante. A pesar de las adversidades y problemas que esta situación nos pueda acarrear, hay que seguir poniendo toda nuestra confianza en el Señor y juntos poder testimoniar que nuestra confianza está puesta en Dios que viene a salvarnos.

Dice santa Teresita del Niño Jesús: «La confianza y nada más que la confianza puede conducirnos al amor» y nosotros sabemos que este tiempo del Adviento nos debe conducir al encuentro con el Amor de los amores que viene a salvarnos.  El Dios de entrañas misericordiosas viene para quedarse y hacerse amor compasivo en cada uno de nosotros para que nosotros seamos compasivos como él. Este es hoy, en medio de una realidad que nos desborda y acosa, el único signo digno de confianza para el corazón humano. ¡Ojalá sepamos descubrirlo y cultivarlo durante estas cuatro semanas del Adviento! Así sabremos vivir sólidamente —como la casa construida sobre roca (Mt 7,21.24-27) la Navidad y estaremos preparados para la segunda venida, la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

En este Adviento de la historia, que nos toca vivir, somos llamados, obligados casi por la gravedad de las circunstancias de la zozobra de si viene una cuarta ola de la pandemia, a elegir de nuevo un sostén y un apoyo sólido a partir del cual asentar la vida, confiarla y abandonarla y ese sostén no puede ser otro más que el Señor, el Mesías, el Emmanuel. La confianza en Dios que Isaías propone es el escándalo de esperar contra toda esperanza que lo que nos acaece no tiene la última palabra y que hay alguien más que nosotros para afrontarlo a nuestro lado. Así, en medio de nuestra difícil situación, no se trata de un consuelo fácil o cómodo, más bien al contrario, es una invitación arriesgada, aparentemente temeraria, ilusa y loca para muchos, pero para el hombre y la mujer de fe, es el gozo de la esperanza de saber que Cristo viene a liberarnos. Sigamos viviendo este Adviento con nuestra confianza puesta en Dios como María. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.


miércoles, 1 de diciembre de 2021

«Buscar al Señor en el Adviento»... Un pequeño pensamiento para hoy


Llegamos ya al último mes de este año civil del 2021 que sigue tocado por los estragos de la pandemia y lo hacemos con la reflexión del día ayudados de las lecturas de la misa de hoy viendo que la misericordia amorosa de Dios se interesa por todos. Sabemos que primerean ante él los que sufren, los pobres, los enfermos, los que se sienten y se saben necesitados. En este tiempo de Adviento, en el que ya estamos sumergidos y que es propio para reflexionar sobre la espera de Dios que se encuentra en el corazón de los hombres, es muy provechoso contemplar la doble escena que nos presenta el Evangelio de hoy (Mt 15,29-37) y la primera lectura de la misa. En el Evangelio de este día podemos ver cómo Jesús es buscado por quienes más necesitan que su mal cambie en bien y cómo él mismo vela para que el mal no subsista. Esto es un signo de la venida del Mesías: el mal retrocede, la desgracia es vencida. La venida del Señor es una fiesta para los que sufren.

La gracia del Adviento y de la Navidad, con su convocatoria y su opción por la esperanza, nos viene ofrecida desde nuestra historia concreta, desde nuestra vida diaria en la que siempre estamos necesitados de Dios. Así, a la luz de este Evangelio en el que también se habla de esa multiplicación de los panes y de los peces, entendemos que el Adviento no es para los perfectos, sino para los que se saben débiles y pecadores y acuden a Jesús, el Salvador. Él, como nos aseguran las lecturas de la misa de hoy, compadecido, enjugará lágrimas, dará de comer, anunciará palabras de vida y de fiesta y acogerá también a los que no están muy preparados ni motivados. No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Como a la gente que acudía a Jesús y que él siempre atendía: enfermos, tullidos, ciegos, nosotros también le buscamos porque necesitamos de su gracia, de su perdón, de su misericordia. Así como la gente que aparece en el Evangelio y que tenía hambre, así nosotros también tenemos hambre de Dios y queremos que venga a transformar nuestra hambre y nuestra sed y nos sacie con su amor. Queremos que su amor de desborde y sobre para darlo a los demás. 

El Adviento nos invita a la esperanza ante todo a nosotros mismos. «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación», nos dice la primera lectura de la misa de hoy (Is 25,6-10). Para que acudamos con humildad a ese Dios que salva y convoca a fiesta nos preparamos en este tiempo litúrgico haciendo un gran espacio en nuestro corazón para recibir al Salvador reviviendo su primera venida y pensando en que volverá lleno de gloria. Nuestro Dios nos invita a mirar con ilusión hacia delante, a los cielos nuevos y la tierra nueva que Cristo, nuestro Salvador, está construyendo. En este Adviento nos estamos preparando para la venida del Señor, Jesucristo Liberador. Liberador de todas las angustias, sufrimientos y carencias de los hombres y mujeres que acuden a él con confianza, y aceptan su propuesta del Reino. Con María y José sigamos avanzando en nuestro andar. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 30 de noviembre de 2021

«En la fiesta de San Andrés»... Un pequeño pensamiento para hoy


Casi iniciando el Adviento, hacemos un espacio para celebrar al apóstol San Andrés, el hombre que, junto a San Juan el evangelista, tuvo el honor y el privilegio de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús (Jn 1,35-51) y de llamar de inmediato a su hermano Simón —San Pedro— para seguir a Jesús. Sin embargo, el evangelista San Mateo, de donde se toma el fragmento del Evangelio que en Misa se lee hoy (Mt 4,18-22), es más escueto y nos dice simplemente que fue llamado junto a Pedro, seguidos por Santiago y Juan. La Escritura también nos dice que el día del milagro de la multiplicación de los panes, fue San Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes y los dos peces (Jn 6,1-15). Este santo apóstol presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por uno, sus maravillosos sermones, viviendo junto a él por tres años. En el día de Pentecostés, San Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios. La tradición coloca su martirio el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio de Nerón.

¿Qué te dice esta fiesta? ¿Qué te deja en el corazón la celebración de la fiesta de uno de los Apóstoles? Tenemos que ser conscientes de que a nosotros también el señor nos ha llamado y nos ha hecho partícipes de muchos milagros que diariamente acontecen en nuestro vivir. Si aquellos primeros llamados, dejaron la barca y lo siguieron, hay que ver qué es lo que nosotros tenemos que dejar para seguir al señor más de cerca de acuerdo con nuestra vocación específica. En la antífona de la comunión, de la Misa de hoy, la liturgia se va al Evangelio de San Juan al que hice referencia ya desde el inicio de esta reflexión y nos dice: «Andrés dijo a su hermano Simón: Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir “Ungido” y lo llevó a donde estaba Jesús». Cada uno de nosotros, llamados por Cristo, somos a la ves enviados por Él a llamar a otros en su nombre para que le sigan. Con razón la beata María Inés Teresa no se cansaba de repetir: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero». Y es que esa es nuestra tarea, corresponder al llamado transmitiendo la llamada a otros para crezca el número de discípulos–misionero de Cristo. ¿Habrá trabajo más valioso que este?

No podemos olvidar que, aunque hacemos un espacio especial para celebrar a San Andrés, estamos en nuestro camino de Adviento y este andar marca nuestra tarea de buscar más intensamente al señor para prepararnos a celebrar nuevamente el gozo de la Navidad y para alistarnos para su segunda venida que será el día menos pensado. En este Adviento cumplamos nuestra tarea misionera de acercar al Señor a otros, ayudemos a muchos de nuestros hermanos a que el Adviento no se convierta solamente en un espacio de tiempo para comprar y adornar lo externo, sino para cultivar la fe en el corazón, recordando lo que hoy nos dice la primera lectura de la Misa (Rm 10,9-18): «La fe viene de la predicación y la predicación consiste en anunciar la palabra de Cristo». Si queremos que nuestra fe crezca y celebremos así nuevamente el nacimiento de Cristo en nuestro corazón, no nos cansemos de predicar. Pidamos a María Santísima que nos haga partícipes, con Ella y San José de la espera de la llegada de Cristo. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo. 

lunes, 29 de noviembre de 2021

«Un faro para todas las naciones»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hemos iniciado ayer, nuestro caminar en un nuevo año litúrgico con la entrada del Adviento y como siempre, una tarde antes, comparto con ustedes alguna reflexión en torno a la Palabra de Dios del día siguiente, para iluminar nuestro día. Hoy escribo muy temprano y envío el pequeño pensamiento desde antes de mediodía porque veo venir una tarde llena de actividades, por eso me adelanto y entro en materia. Durante todo este tiempo, antes de Navidad, estaremos reflexionando con la ayuda de la liturgia de la palabra de la misa diaria y dominical, en torno a la primera y segunda venidas de Cristo. Las dos primeras semanas, la primera lectura nos traerá trozos del libro del profeta Isaías, que es uno de los grandes testigos de la espera mesiánica. Isaías vivió, según nos narra la historia sagrada de acuerdo con la Escritura en el Antiguo Testamento, ocho siglos antes de Jesús, en Jerusalén, la capital del país. A él le tocó ver derrumbarse el Reino del Norte, Samaria, bajo los golpes de los Asirios, y por eso experimentó venir la misma amenaza para el Reino del Sur. Es pues en el contexto histórico de una catástrofe inminente cuando el profeta anunció la esperanza de un Mesías que sería portador de la paz.

Hoy, en la primera lectura de la misa (Is 2,1-5), el profeta, que ve la historia desde los ojos de Dios, anuncia la luz y la salvación para todos los pueblos. Jerusalén será como el faro que ilumina a todas las naciones. Un faro situado en una montaña alta, para que todos lo vean desde lejos. Los pueblos se sentirán contentos y estarán dispuestos a seguir los caminos de Dios, la palabra salvadora que brotará de Jerusalén. Tanto judíos como paganos «caminarán a la luz del Señor» y formarán un solo pueblo. EL profeta señala que habrá paz cuando suceda esto. De las espadas se forjarán arados; de las lanzas, podaderas y nadie levantará la espada contra nadie. No habrá guerra. Y esto lo entendemos todos. Así, empezamos el Adviento con anuncios que alimentan nuestra confianza.

El Evangelio de hoy, por su parte, nos presenta un milagro (Mt 8,5-11). Un milagro que en aquel entonces va más allá de las fronteras judías. Jesús cura a un criado de un oficial romano. La acción del Mesías trasciende los límites del pueblo de Israel y ha de llegar a todos los confines de la tierra. Dios quiere salvar a todos, sea cual sea su condición, su procedencia, incluso su estado anímico, su historia personal o comunitaria. En medio del desconcierto general de la sociedad, él quiere venir a orientar a todas las personas de buena voluntad y señalarles los caminos de la verdadera salvación. El faro es ahora la Iglesia, la comunidad de Jesús, si en verdad sabe anunciar al mundo la Buena Noticia de su Evangelio. Sin duda, podemos decir que para reflexionar hoy tenemos textos llenos de esperanza. Con María, esperanza nuestra, caminemos en el Adviento en la espera de la llegada del Señor. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 28 de noviembre de 2021

«Empezamos el tiempo de Adviento»... Un pequeño pensamiento para hoy


Empezamos el tiempo del Adviento y con él un nuevo año litúrgico. Este tiempo litúrgico nos invita a pensar tanto en la segunda venida de Cristo como a prepararnos para celebrar el gozo de la próxima Navidad preconizando su nacimiento humilde e igual que todos los hombres, el misterio de la Palabra hecha carne. Por tanto, nuestra reflexión de este día tendrá un carácter doble. Por un lado, la novedad, el nuevo inicio: en la liturgia hay un cambio de color en los ornamentos, —se usa el color morado— cambio de repertorio musical, especificidad en las lecturas de los textos eucológicos y bíblicos, una austeridad exterior en la misa porque se deja de cantar el himno Gloria. En fin, todo cambia. Entramos así, en este tiempo de espera, pero un tiempo de espera dinámica, con una mirada hacia adelante —el Adviento y Navidad, más que historia, son un programa y una marcha— en el que somos invitados a salir al encuentro del que viene a salvarnos, con una actitud dinámica por nuestra parte.

Adviento es un tiempo de esperanza y de alegría, de salvación. También de espera, de preparación y esfuerzo vigilante, como digo, en una espera dinámica. Desde la fe parece claro, para todo creyente, que viene Dios. Pero hay una cuestión importante, si miramos a nuestro entorno y a nuestra sociedad, aún en medio de este clima de pandemia en el que aún estamos y siempre en zozobra, esa venida de Dios se hace problemática: ¿de verdad viene Dios a nuestra sociedad?, ¿de verdad la gente de nuestros tiempos, la gente de hoy busca a Dios? Estamos ya en el tercer milenio, y la venida de Dios no aparece muy clara en el horizonte actual. Las tiendas se llenan de ofertas de artículos navideños «de adorno» y todo parece quedarse en eso, en «un adorno». Mucha gente parece estar pensando en la fiesta y no se da tiempo de pensar en la primera y en la segunda venida de Cristo. En muchas familias, el gran ausente del Adviento y de la Navidad es Jesús.

En este pórtico del Adviento, san Lucas, entre acentos que pueden parecer tremendistas, habla a los cristianos, dándonos un consejo. Y el consejo es éste: cuando parezca que todo se ha perdido y que hasta la naturaleza se desata incontroladamente, álcense, levanten la cabeza, porque se acerca su liberación (Lc 21,25-28). Es precioso el consejo del evangelista de hoy y la forma de expresarlo. No se puede decir con mayor exactitud cuál debe ser la postura de un cristiano ante cualquier acontecimiento que está por llegar. Es una postura recia, adulta, de cuerpo entero. Es la postura que adopta el hombre cuando está seguro de triunfar, y seguro está de eso San Lucas cuando, al indicar la postura, advierte: «está cerca su liberación». Por eso, de parte nuestra, bienvenido de nuevo el Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de remoción de obstáculos, tiempo para ganar en madurez, para desterrar la modorra, para aprender a vivir de pie, con la cabeza levantada, deduciendo la salvación que se acerca. Vivamos este Adviento, tiempo de espera, de la mano de María. ¡Bendecido primer domingo de Adviento!

Padre Alfredo.

P.D. Hoy cumple años el único hermano de sangre que tengo, mi hermano Eduardo Antonio. Lo encomiendo a sus oraciones. ¡Muchas felicidades, Lalo!

sábado, 27 de noviembre de 2021

«Velen y oren a la espera del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


El evangelio de hoy (Lc 21,34-36) nos presenta, dentro de este ambiente de la última semana del tiempo ordinario y en concreto ya en el último día, el último consejo que el Señor nos da antes de iniciar el Adviento en las vísperas de esta tarde. Al final del evangelio de hoy Jesús nos dice: «Velen, pues, y hagan oración continuamente». Los discípulos¬–misioneros de Cristo hemos de estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando el montón de tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús es inminente, está próxima o no: para cada uno está siempre ya a la puerta, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia, en los sacramentos, en la Eucaristía, en la persona del prójimo, en los pequeños o grandes hechos de la vida.

El evangelio de hoy pone en boca de Jesús un conjunto de advertencias que tratan de contrarrestar el efecto de los vicios que amenazaban la integridad de la comunidad. Se trata ante todo de un llamado hacia una actitud ética consciente y responsable. El hombre no puede ser libre si permanece atado a los vicios que le impone la cultura. El cristiano no puede estar atento a la presencia de su Señor si está envuelto en el acomodo de los antivalores que la sociedad promueve como ideal de vida. El cristiano necesita estar libre y despierto ante la realidad para dar una respuesta eficaz ante ella. Por estas razones, el cristiano necesita cultivar una actitud orante que le permita estar despierto ante la realidad y descubrir los signos de los tiempos. La actitud ética del cristiano está encaminada a permitir una acción transparente de Dios en la humanidad. Pero, el discípulo–misionero debe cuidarse de no convertirse en juez de sus hermanos y congéneres, pues la actitud ética no está orientada al perfeccionismo moral sino al testimonio de Cristo. El discípulo–misionero no es juez, sino testigo.

Este último aviso para este día final del año litúrgico va dirigido a nosotros: la comunidad debe mantenerse sobria y despierta. El aviso es muy serio: «Estén alerta». Es el mismo aviso que Jesús había hecho antes a los discípulos a propósito de los fariseos (Lc 12,1), de aquellos que causan escándalo (Lc 17,3) y de los letrados (Lc 20,46). Jesús habla del día en que el Hombre, que es él mismo, se manifestará con todo su esplendor, una vez hayan caído los opresores. Los discípulos deben pedir fuerza para mantenerse en pie ante la llegada del Hombre y deben prepararse desafiando la persecución y la muerte. Si siguen identificados con la sociedad injusta que se está desmoronando, correrán también ellos la misma suerte, y la llegada del Hombre no será para ellos señal de liberación (cf. Lc 21,28), sino, todo lo contrario, «caerá como una trampa» sobre ellos, igual que «sobre todos los habitantes de la tierra» (Lc 21,35). Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber vivir siendo fieles a Cristo, preparados para su segunda venida. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 26 de noviembre de 2021

«Atentos a las señales»... Un pequeño pensamiento para hoy


El evangelio de hoy sigue en la misma línea de estos días, hablando del final de los tiempos (Lc 21,29-33). Los discípulos–misioneros de Cristo hemos de captar que lo que para mucha gente aparece como una destrucción y un juicio terribles, para nosotros los creyentes, por el contrario, debe aparecer como el comienzo de la salvación y la apertura del gozo de contemplar a nuestro Dios cara a cara y vivir eternamente con él. En este párrafo del evangelio, que tenemos para meditar el día de hoy, Jesús toma una comparación de la vida del campo para que entendamos la dinámica de los tiempos futuros: cuando la higuera y otros árboles empiezan a echar brotes, sabemos que el verano está cercana. Así, los que estén atentos comprenderán a su tiempo «que está cerca el Reino de Dios», porque sabrán interpretar los signos de los tiempos. Algunas de las cosas que anunciaba Jesús, como la ruina de Jerusalén, sucederán en la presente generación. Otras, mucho más tarde. Pero «sus palabras no pasarán».

No hace falta que nos obsesionemos pensando en la inminencia del fin del mundo. Estamos continuamente creciendo, caminando hacia delante. Cayó Jerusalén. Luego cayó Roma. Más tarde otros muchos imperios e ideologías. Pero la comunidad de Jesús, generación tras generación, estamos intentando transmitir al mundo sus valores, estamos buscando evangelizar al mundo, para que el árbol dé frutos y la salvación alcance a todos. Este pasaje evangélico es una invitación para que permanezcamos vigilantes. En el Adviento, que empezamos mañana por la tarde, en vísperas del primer domingo, se nos exhortará a que estemos atentos a la venida del Señor a nuestra historia. Porque cada momento de nuestra vida es un «kairós», un tiempo de gracia y de encuentro con el Dios que nos salva.  

Entonces hay que estar atentos a las señales de los tiempos y de los lugares; que son elocuentes para indicarnos algo de la voluntad de Dios sobre nuestras vidas. El Concilio Vaticano II retomó con fuerza el tema de los «signos de los tiempos»: «es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos. Es necesario comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones» (GS 4). En el fondo, no debemos esperar encontrar la fecha de cumplimientos de profecías viejas o premoniciones presentidas: es la cercanía o lejanía del Reino (v. 31) lo que nosotros podemos y debemos discernir de entre los signos de los tiempos y estar preparados. La cercanía del Reino de Dios no es algo repentino e inesperado, sino un proceso histórico que se da a lo largo de todo el tiempo presente. Es necesario descubrir los signos de su llegada. Que Dios nos conceda, por intercesión de su Madre santísima, estar siempre preparados para la llegada definitiva del Reino. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 25 de noviembre de 2021

«¿Estamos preparados?»... Un pequeño pensamiento para hoy


Las imágenes del fin de los tiempos se suceden una tras otra en esta parte del evangelio de san Lucas que hemos estado viendo estos días de la última semana del año litúrgico y son difíciles de interpretar por el lenguaje apocalíptico que el evangelista utiliza. Hoy no es la excepción, el evangelio (Lc 21,20-28) sigue la misma dinámica. San Lucas nos describe la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada. Pero por encima de todo lo que comenta, está claro que somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos «alzar la cabeza y levantarnos», porque «se acerca nuestra liberación». Debemos t recoger todas las llamadas a la confianza y a la esperanza que se nos ofrecen. Aprender a mirar de frente las cosas, comprobando el poder devastador del mal; pero sabiendo relativizar y desinflar, desde la confesión del Señorío de Cristo, las apariencias omnipotentes del mal.

Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena, sea en el momento del final de la historia, venga cuando venga, la venida de Cristo no será en humildad y pobreza, como en Belén, sino en gloria y majestad. La visión profética del evangelista trata de descubrir también en el desarrollo de la historia las oportunidades de salvación que se presentan a lo largo del tiempo. ¿Qué estamos haciendo y cómo nos estamos preparando siempre para el encuentro definitivo con el Señor?

En estos días, en el evangelio, Jesús nos anuncia en forma muy vaga el cataclismo final del mundo. Y la forma literaria en que lo hace conlleva muchas referencias a lo que nos sucede habitualmente cuando las tormentas, huracanes, temblores de tierra, pandemias... hacen a muchos palidecer de miedo y salir a los espacios abiertos para liberarse de diversos obstáculos. Todo eso son imágenes, modos de hablar. En realidad, nada sabemos sobre el fin del mundo, pero vuelvo a lo mismo: ¿Estamos preparados para ese momento? Jesucristo no nos reveló nada concreto al respecto. Por tanto, lo que ha querido es sugerirnos que, ante la obligada ignorancia que no permite hacer componendas, vivamos honradamente como hijos fieles a Dios, a la verdad, a la caridad, a la conciencia. Sigamos caminando al amparo de María Santísima porque no sabemos ni el día ni la hora. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.