martes, 11 de mayo de 2021

«En espera del Espíritu»... Un pequeño pensamiento para hoy


Vamos ya muy avanzados en nuestro camino de Pascua y ya Cristo empieza a hablar a sus discípulos de su partida. De hecho esto constituye el tema esencial del fragmento del Evangelio de hoy (Jn 16,5-11). Cristo afirma que su partida está cargada de sentido: El vuelve al Padre (Jn 14,2,3,12;16,5), porque su misión ha terminado y el espíritu Paráclito será el testigo de su presencia (Jn 14,26;15,26). Jesús compara la misión del Espíritu con la suya; en efecto, no se trata de creer que ha terminado el reino de Cristo y que es reemplazado por el del Espíritu. Sino que de hecho, la distinción reside más bien entre el modo de vida terrestre de Cristo que oculta al Espíritu y el modo de vida del que Él se beneficiará después de su resurrección y que no será ya perceptible por los sentidos, sino solamente por la fe: un modo de vida «transformado por el Espíritu» (Jn 7,37-39). 

Volvemos a encontrar hoy la pedagogía del Cristo resucitado que hemos visto en estos días y que no deja de utilizar para convencer a sus apóstoles de que no lo busquen ya en una presencia física, sino que descubran en la fe la presencia «espiritual», entendiendo aquí espiritual no solamente como opuesto a físico, sino designando verdaderamente el mundo nuevo animado por Dios como lo vivimos nosotros ahora. Jesús les dice a sus discípulos que les hará más bien la presencia y ayuda del Espíritu Santo que su propia presencia externa. Sin embargo, para comunicar el Espíritu tiene que dar antes la prueba última, definitiva y radical de su amor por el hombre, esa última prueba que tiene que llevar su condición humana al término del proyecto creador. Como el grano de trigo, si muere, se transforma por la fuerza de vida que contiene y se multiplica en otros granos, lo mismo la muerte de Jesús, su don total, libera en él toda la fuerza del Espíritu que contiene, haciéndolo comunicable. El Espíritu va a dar a los discípulos la posibilidad de amar como Jesús. Ahora bien, no sabrán cómo los ha amado Jesús ni podrán entender, por tanto, todo el alcance de su mandamiento, hasta que él no dé la vida por ellos (Jn 15,13).

Todos estos días en que nos vamos acercando al final del tiempo de Pascua, estaremos viendo que el Cristo pascual y el Espíritu son inseparables y que debiéramos pensar más sobre este inmenso don del Espíritu Santo que Dios Padre, por Jesucristo, nos ha dado. No estamos solos, tenemos en nosotros, en cada uno de nosotros, en la realidad de nuestra vida personal, el don, la presencia, la fuerza del Espíritu y es muy importante que nos lo digamos, que seamos conscientes de ello. Este don del Espíritu nos ha sido dado para ser testigos de Jesucristo, discípulos–misioneros suyos. A la luz de esto debemos llevar, llenos del Espíritu Santo una coherencia de vida según el evangelio de Jesús. Cada vez más, paso a paso, debemos ponernos en camino de seguimiento de Jesucristo. Nuestra oración en este tiempo debe ser pedir con toda confianza esta venida a nosotros del Espíritu de Jesús, del Espíritu de Dios. Para que fecunde nuestra vida de cada día. Pidámoslo hoy y durante toda la semana por intercesión de María santísima sobre la que descendió el Espíritu Santo y ella lo dejó actuar. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 10 de mayo de 2021

«Con la fuerza del Espíritu»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos finalizando, con el Evangelio del día de hoy, el capítulo 15 de san Juan y empezando el 16 con una situación muy especial (Jn 15,26-16,4) que vivían los primeros cristianos. El relato nos presenta este pasaje que es muy significativo para comprender la situación de aquella primera comunidad. Se trata de un problema que vivían aquellos primeros seguidores del Señor cuando él ya no estaba y que se puede articular en tres núcleos: el testimonio, la expulsión de la sinagoga y la persecución. La primera comunidad cristiana se presenta como un testigo fiel del resucitado cuyas predicaciones tratan de encender la luz de la verdad allí donde se ha establecido una forma cerrada de pensar. Pronto aquella comunidad se enfrenta al fanatismo religioso de sus opositores, que consideraban insulso cualquier testimonio a favor de Jesús. A pesar de esto, la comunidad se mantuvo fiel en el amor a la verdad y en la amistad con Jesús. Esta actitud le ayudó a hacer frente al embate judío.

Los primeros cristianos fueron expulsados de la sinagoga antes del año 100. Para la comunidad esta situación constituyó una experiencia muy dolorosa. En concreto, esta comunidad de Juan de la que nos habla en su Evangelio vivía en una región donde los judíos tenían gran influencia política. Por esto, en el Evangelio casi siempre aparecen «los judíos» como una autoridad amenazante. Además, predomina el partido Fariseo, que tomó el liderazgo del pueblo de Israel luego de la destrucción de Jerusalén. Para los cristianos la exclusión de la sinagoga no sólo significaba una marginación de tipo religioso, sino que ponía también en peligro su capacidad de sobrevivencia en un medio mayormente hostil. La persecución, como nos deja ver la perícopa, era evidente. Los defensores del fanatismo se creían con la autoridad para oprimir a los disidentes. Más aun, creían dar culto a Dios dando muerte a sus opositores. Una religión que cree tener el derecho fundamental a matar, excluir u oprimir a sus opositores ciertamente, tiene por culto la muerte. Jesús se opuso radicalmente a esta mentalidad. Él siempre se empeñó en dar vida a su pueblo. La comunidad de Juan enfrentó una situación similar, reconoce que Jesús es el Mesías, que el Dios de la vida es el único y verdadero Dios, por tanto se convierte en obstáculo para los fanáticos. 

La realidad es que la persecución de los cristianos sigue aconteciendo, sigue pasando en tantos lugares del mundo, ahora en nuestro tiempo, cuando se persigue a los cristianos por oponerse a regímenes inhumanos cuyo dios es la fuerza y el poder del dinero. Jesús ha anunciado a sus discípulos que serán partícipes de sus sufrimientos, pero que el Espíritu de la Verdad los alentará para que su fe no desfallezca. Y que al final, los mártires —los testigos fieles— recibirán el don supremo de la resurrección. Podríamos preguntarnos este día hasta qué punto somos dóciles al Espíritu que Jesús envía a su Iglesia, hasta que punto nos abrimos a su influjo y acatamos sus inspiraciones con valentía. Y podríamos preguntarnos también qué haríamos si nos persiguieran por ser discípulos–misioneros de Cristo. ¿Estaríamos dispuestos a continuar siendo cristianos? Pidamos por intercesión de María, la Mujer fiel, que seamos fuertes ante las pruebas y sepamos, con la fuerza del Espíritu Santo, defender el nombre de Cristo. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

P.D. En México y en otras partes del mundo se celebra el «Día de las Madres», así que felicito de todo corazón a todas las mamás, deseando que tengan un día maravilloso agradeciendo a Dios el don de la maternidad al celebrar la Eucaristía y en el rezo del Rosario. Pido por mi mamá, Blanca Margarita, y por todas las mamás vivas, a la vez que encomiendo también las almas de las mamás que ya han sido llamadas a la presencia de Dios. ¡Feliz día de las madres!

domingo, 9 de mayo de 2021

«Amar al estilo de Cristo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este amor que nace en el Padre y pasa por Jesús termina necesariamente en los hermanos. Esto, para Juan, está bien claro y lo repite en su Evangelio, como hoy (Jn 15,9-17) y también en sus cartas. A estas alturas, después de haber tenido varios días de reflexión en distintos versículos del capítulo 15 de san Juan, nos queda bastante claro que el amor cristiano es ambivalente, que tiene dos polos: Dios y los hermanos y que quien no ama al hermano no conoce a Dios, no conoce a Jesús y por lo tanto no ha entendido lo que es la fe cristiana. Sin amor a Dios y a los hermanos no hay fe cristiana. Y se trata de un amor que tiene que concretarse en frutos, en obras, porque el amor que Jesús nos encomienda no es una simple corriente de simpatía. No se trata sólo ni precisamente de mirar a todo el mundo con una sonrisa en la boca o prodigando buenas palabras a diestra y siniestra. 

Tampoco el amor al estilo de Cristo se queda en la caridad con minúscula y caricaturesca, a la que muchos frecuentemente reducen el mandamiento de Jesús. El evangelio no da pie para que evaluemos el amor en donativos de caridad, en limosnas, en desprendimiento de lo que nos sobra y vamos a tirar. El amor que Jesús nos manda es simplemente el amor. Un amor afectivo y de amistad, de compañerismo, fraternal. Pero un amor también efectivo y operativo. Es el amor que arraiga en el corazón y produce sentimientos de aceptación, de respeto y estima, al tiempo que da frutos de justicia, de solidaridad y de fraternidad entre todos los hombres. Porque lo que Jesús nos propone es que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado. ¿Que cómo nos ha amado Jesús? La respuesta a esta pregunta es clara: «Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos». Ese es el límite del amor cristiano, a él debemos tender y aspirar, no podemos conformarnos con un amor menor porque no seríamos buenos seguidores de Jesús y no nos pudiéramos presentar como sus discípulos–misioneros.

Permanecer en esta clase de amor es permanecer en el mandamiento de Jesús, o sea, en el amor al prójimo. Hoy precisamente la iglesia, haciéndose eco del mandamiento de Jesús, nos insta a volcar nuestro amor en nuevas situaciones de sufrimiento y de dolor de los hombres, como es el caso de esta pandemia que aún está presente en nuestro mundo y que reclama acciones de un amor especial pidiendo unos por otros y colaborando, obedeciendo las indicaciones sanitarias por amor. Hoy se necesitan más que nunca hombres y mujeres dispuestos a pasar de sucedáneos a cumplir con ese mandato de amar como El nos amó viendo todo detalle de convivencia humana. Hoy, nuestro mundo está urgentemente necesitado de más y más testigos veraces del amor, testigos que sean, en última instancia, reflejo del amor de Dios, mensajeros y reveladores de ese amor y que piensen en los demás. EL uso de las mascarillas, del gel y de la sana distancia son acciones de amor muy concretas que no debemos olvidar. A nosotros, a la comunidad de los discípulos–misioneros de Jesús, a la Iglesia, se nos ha encomendado especialmente esta tarea. ¿Qué hemos hecho de nuestra misión de amar en lo concreto? Que María santísima, que supo amar a Dios pensando en los demás, nos ayude. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 8 de mayo de 2021

«En el mundo sin ser del mundo»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el Evangelio de este día (Jn 15,18-21) Jesús dice a sus discípulos que «no son del mundo», que han pasado ya «de la muerte a la vida», por lo cual se han despojado de su naturaleza mundana. Para el mundo ya no son «lo suyo», sino que ahora pertenecen a Jesús. Él los ha hecho suyos mediante su elección. Y si debe quedarles claro que ya no pertenecen al mundo, les debe quedar también bien claro que tampoco el mundo les demuestra su amor, habiendo perdido a sus ojos todo interés. Y por esta pertenencia a Jesús todos los discípulos–misioneros de Cristo hemos entrado lógicamente en esa oposición tensa y radical que hay entre Dios y el mundo. San Pablo llegará a decir que «está crucificado con Cristo» (Gal 2,20). Sin embargo, los que seguimos a Cristo hemos de vivir en el mundo, aunque no podamos llegar a sentirse en el mundo como en nuestra propia casa. El discípulo–misionero de Jesús no puede ya identificarse con el mundo. Y eso es justamente lo que el mundo no le puede perdonar «por eso el mundo los odia». «Y todo esto lo hará con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

Todos sabemos que Jesús es el testigo por excelencia del amor y de la fidelidad de Dios, pero el pueblo judío prefiere llamarle blasfemo antes que reconocerlo como Hijo de Dios y el mundo actual simplemente lo ignora, habiéndolo sacado de la sociedad. Para creer en Jesús de Nazaret y aceptar el Reino inaugurado en su persona, hay que renunciar al orgullo, a la seguridad en uno mismo y eso, al mundo egoísta no le cae. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y encarna la sabiduría de Dios. Por eso, tiene que sufrir inevitablemente los ataques del hombre que se cree dios de sí mismo y que no puede renunciar a ser él el autor de su propia salvación. Este hombre mundano siempre buscará acusaciones contra la Iglesia, por los mismos motivos que las buscó contra Jesús. Entonces no se aceptó a Jesús como enviado de Dios. Ahora no se acepta a la Iglesia como enviada de Cristo. Todos somos conscientes de que las bienaventuranzas de este mundo no coinciden en absoluto con las bienaventuranzas de Jesús, y que nos hace falta lucidez para discernir en cada caso. ¿Hacia cuáles apuntamos hoy en día? ¿Nos dejamos manipular, por las presuntas verdades de este mundo y por sus promesas a corto plazo, por cobardía y por pereza, o nos mantenemos fieles a Jesús, el único que «tiene palabras de vida eterna»? 

Cada día que pasa hemos de profundizar en la empatía con Jesús que se manifiesta en un amor fervoroso. Lo aceptamos como líder, como amigo, como compañero, como hermano. Es decir, hay entre todos nosotros y Jesús una plena identificación. Por esto mismo le recibimos sus correcciones, sus llamadas de atención, las misiones que tenemos que cumplir y todo lo que el maestro diga, por la sencilla razón que en nosotros, como discípulos–misioneros existe sobre todo un gran amor hacia Jesús. Frente a lo que va a venir ya no hay temor porque si ese «mundo», que es todo lo contrario de Jesús, llega a odiar a cualquiera del grupo es porque se parece a su maestro. Así, ese «odio del mundo» se transformará para todo cristiano en motivo de orgullo y razón de identidad, porque el que sea perseguido lo será por estar revelando a Jesús. Pidamos a María santísima que, como Madre de Jesús, interceda por nosotros y nos ayude con su ejemplo a vivir en el mundo sin ser del mundo y agradar así a Dios nuestro Señor como ella le agradó. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 7 de mayo de 2021

«Amigos de Cristo y amigos en la Iglesia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos, para nuestra reflexión de hoy, con el mismo capítulo 15 de san Juan. La perícopa evangélica que nos toca hoy es muy hermosa también (Jn 15, 12-17). En este fragmento del Evangelio el autor sagrado nos hace ver a Jesús como modelo del verdadero y auténtico amor: «Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El fruto de la Pascua que en esto se nos propone es el amor fraterno. Un amor que, si es al estilo de Cristo, ciertamente no es fácil. Como no lo fue el amor del mismo Señor a los suyos, por los que, después de haber entregado sus mejores energías, ofrece su vida. Es el amor concreto, sacrificado, del que se entrega: el de Cristo, el de los padres que se sacrifican por los hijos, el del amigo que ayuda al amigo aunque sea con incomodidad propia, el de tantas personas que saben buscar el bien de los demás por encima del propio, aunque sea con esfuerzo y renuncia.

El amor al estilo de Cristo es por excelencia un amor fraternal. No está fijado a los vínculos de sangre ni es un amor que se centre exclusivamente en los integrantes de la propia congregación, comunidad o circulo de amigos. Es un amor abierto a la humanidad. El amor cristiano manifiesta el amor del Padre en la medida en que vemos a los demás como personas dignas de nuestro afecto y respeto. Un amor tan profundo sólo es posible si el discípulo opta por la propuesta de Jesús. Por esta razón, el texto insiste en la fidelidad a la Palabra de Jesús. El discípulo no es un simple subalterno. Es ante todo un «amigo» personal de Jesús. Esta amistad es el ambiente donde el discípulo crece en diálogo constante y en atención permanente a su maestro. El discípulo–misionero de hoy y siempre, debe sentirse llamado y amado y como discípulo–misionero del Señor no está congregado en la comunidad por un asunto ocasional. La comunidad de discípulos–misioneros constituye una parte viva de la comunidad. «Esto es lo que les mando: que se amen unos a otros». Me parece maravilloso que en este pasaje de san Juan, Jesús elige un símbolo muy claro y valioso para hablar del amor: la amistad. 

En la Biblia aparecen muchas referencias a la amistad. Jesús en este pasaje destaca tres con las que nos podemos quedar para meditar: 1) El amigo no es un simple conocido o un socio, sino alguien con quien se comparte la intimidad, lo más profundo de nuestro ser: «A ustedes les llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer». 2) El amigo siempre está dispuesto a hacer lo que el amigo le pide: «Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando». 3) El amigo demuestra la verdad de su amor estando dispuesto a entregar la propia vida si fuera necesario: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». En nuestro siglo XXI y en medio de este marco de la pandemia que aún nos circunda, amemos a Cristo Amigo pero amemos también a la Iglesia, obra del mismo Señor y de su sangre derramada, trabajemos en ella, con ella y por ella, y colmémosla de amor, porque sólo el amor nos hará comprender y experimentar su verdad salvífica y lamentar con dolor las evidentes deficiencias de muchos de sus miembros. Que María, Madre de la Iglesia, nos ayude. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 6 de mayo de 2021

«Permanecer en el amor de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy nos habla de un tema maravilloso: La permanencia en el amor de Dios (Jn 15,9-11). La vocación de todo discípulo–misionero de Cristo es permanecer en el amor de Dios, o sea, respirar y vivir de ese oxígeno, vivir de ese aire. La fuente de todo esto es el Padre misericordioso. El Padre ama a Jesús y Jesús al Padre. Jesús, a su vez, ama a los discípulos, y éstos deben amar a Jesús y permanecer en su amor, guardando sus mandamientos, lo mismo que Jesús permanece en el amor al Padre, cumpliendo su voluntad. Coloquialmente decimos que «obras son amores», y es lo que Jesús nos recuerda. La Pascua que estamos celebrando nos hará crecer en el amor si la celebramos no meramente como una conmemoración histórica sino como una sintonía con el amor y la fidelidad del Resucitado. Entonces podremos cantar Aleluyas no sólo con los labios, sino desde dentro de nuestra vida.

Si quisiéramos identificar la principal causa de la crisis de nuestra sociedad dentro y fuera de la pandemia, tendríamos que decir que es la falta de amor. Hace falta en las relaciones sociales ese sentimiento que nos acerca y nos permite reconocer en el otro a un hermano, sabiendo que somos hijos de un mismo Padre. Sin embargo, los esfuerzos individuales no son suficientes. A la cabeza de los sistemas que rigen nuestras sociedades hay ideologías que fomentan el egoísmo y la individualidad. Es necesaria una renovación de las mentes y de las estructuras sociales, donde las propuestas y las nuevas experiencias surjan del amor. Entonces sí, la «alegría será completa».

El amor vivido en la dimensión que Cristo marca es causa de alegría y fundamento de felicidad. Cristo quiere que esta felicidad llegue en nosotros a la plenitud. La mayoría de los santos cristianos han manifestado poseer una gran alegría, ser completamente felices, aún en las dificultades, persecuciones y tormentos a que se han visto sometidos porque han vivido sumergidos en el amor. E es que el verdadero amor es la fuente de la felicidad, como lo habremos experimentado muchos de nosotros cuando hemos amado de verdad. La experiencia del amor de Dios y de su Hijo Jesucristo debe ser en nosotros fuente de felicidad para compartir con los demás. Con los que se sienten solos, fracasados, abandonados. Con los enfermos y los desahuciados, los que han sido rechazados por la sociedad, los encarcelados, los pobres... Tantos y tantos seres humanos que merecen ser algún día felices, experimentar el amor liberador de Dios. Que María Santísima, la que más supo amar después de Cristo nos ayude a permanecer en el amor. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de mayo de 2021

«Dar mucho fruto»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este miércoles la liturgia de la Palabra nos hace regresar al tema de la Vid y los sarmientos que ya hemos tocado hace algunos días. El fragmento del Evangelio que se nos invita a reflexionar es del capítulo 15 san Juan (Jn 15,1-8) y en él quiero destacar la parte final de la perícopa en la que Jesús afirma: «La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos». Sí, y es que como dice otra parte del Evangelio (Mt 7,20): «Por sus frutos los conocerán». Para ponerlo fácil yo diría que los muchos frutos que Dios espera hacen una vida centrada en Cristo, una vida a la que el discípulo–misionero muere a sí mismo para que Cristo viva a través de él (Gál 2,19-20). Una vida de oración, una vida que busca complacer a Dios y no a uno mismo o a la gente; una vida cuyo tema central y prioridad es Dios. 

Producir fruto, presupone que estamos permanentemente unidos a la Vid. Y nosotros no somos la Vid. ¡La Vid es Cristo! Nosotros, como discípulos–misioneros, somos los sarmientos, y es imposible para un sarmiento producir fruto si no permanece en la Vid. Del mismo modo sucede con nosotros, es nuestra unión con Cristo la que puede hacernos sarmientos para producir fruto. En este caso, los sarmientos no son nada más que la forma en que la Vid produce fruto. Entregarse a Cristo y ejercer las buenas obras que Dios preparó para nosotros presupone, por lo tanto, una relación apasionada con el mismo Señor Jesucristo, que es la Vid a quien queremos complacer. El enfoque no se queda precisamente en las obras mismas sino en Cristo. Y es a través de nuestra unión con Él, como permanecemos en Él. Queda claro que el sarmiento no puede «vivir» sino en la Vid. Sin este enlace muere. Tampoco nosotros no «vivimos» sino en la medida de nuestra unión vital a Cristo.

Ordinariamente mucha gente piensa que estar unidos a Jesús significa conocer todos sus secretos teológicos. Es decir, ser fuertes y abundantes en doctrina. Y no es precisamente esto lo que el Evangelio nos plantea. Beber o absorber savia de Jesús es asimilar su modo de pensar, que es semejante al del Padre, y hacer las obras que él hace. Y esto implica: comprender el análisis que él hizo de la sociedad de su tiempo, las motivaciones que tuvo para iniciar su actividad, la posición que tomó frente a las estructuras de poder de su momento y, sobre todo, definirse por el sujeto de su acción pastoral que fueron especialmente los pobres, los oprimidos y los descartados. Quien entienda la posición de Jesús, comprenderá que él se hace presente siempre en un pueblo concreto y que es allí donde hay que dar fruto abundante. Pidámosle a María santísima que ella nos ayude a dar, como ella, un fruto abundante porque los discípulos–misioneros no somos plantas ornamentales en el jardín del mundo, somos árboles frutales. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 4 de mayo de 2021

«Los apóstoles Felipe y Santiago»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy seguimos de fiesta. Ayer celebramos la fiesta de la Santa Cruz y hoy tenemos el festejo de los apóstoles Felipe y Santiago. La Iglesia nos pone para la liturgia de la Palabra un pasaje del Evangelio de san Juan (Jn 14,6-14), desde luego, porque en ella se menciona al apóstol Felipe. En el pasaje evangélico el apóstol Felipe hace a Jesús una petición audaz e inusitada: «muéstranos al Padre y eso nos basta». ¡Qué tal!... como si a Dios se le pudiera mostrar aquí o allá, como se muestra a una persona o a una cosa cualquiera. Como si Dios pudiera ser contemplado con nuestros ojos mortales, cuando en el Antiguo Testamento es constante la afirmación de que quien vea a Dios necesariamente morirá —véase por ejemplo Ex 33,20; Is 6,5—. Pero con su audacia el apóstol Felipe ha hecho que Jesús nos revele el verdadero rostro de Dios: «quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Conocer a Jesús, escuchar sus palabras, vivir sus mandamientos, equivale a conocer plenamente a Dios, a contemplar su rostro amoroso reflejado en la bondad de Jesucristo, en su misericordia y amor hacia los pobres y sencillos.

De Santiago el menor sabemos poco, solamente que llegó a ser líder de la comunidad cristiana de Jerusalén hasta los calamitosos años anteriores a la guerra judía contra Roma. El historiador Flavio Josefo, contemporáneo de los acontecimientos, nos dejó un testimonio vívido y honroso del apóstol en una de sus obras (Antigüedades judías 20.9.1). Representaba Santiago el menor el cristianismo judaizante de los primerísimos tiempos, apegado todavía al culto del templo, a la reunión sinagogal, la guarda del sábado y demás tradiciones judías. Flavio Josefo nos comparte que gozaba del respeto y veneración, no solo de los cristianos, sino también de los mismos judíos piadosos que lo llamaba «el justo». El mismo autor narra dramáticamente su muerte a manos de judíos fanáticos. La memoria litúrgica de la Iglesia unió a estos dos apóstoles cuando en el siglo VI fue inaugurada la basílica de los doce apóstoles en la ciudad de Roma, y se depositaron en su altar principal supuestas reliquias de estos dos grandes hombres.

La fiesta de hoy nos ayuda a recordar que somos creyentes. Somos discípulos–misioneros de Cristo que hemos vivido ya un itinerario más o menos extenso de fe y vivencia cristiana. Nos hemos entrañado con los hechos y palabras de Jesús... pero en realidad nunca terminaremos de conocerlo del todo. Como los apóstoles, hacemos preguntas inquisitivas sobre Él, sobre su Padre; acerca del discurrir del mundo y de la historia... Seguimos pidiendo a veces una excesiva cantidad de signos y claras señales. Aún nos falta —como a los apóstoles— esa «exquisita y clara» sensibilidad que sabe leer y entender el lenguaje de Dios en todo aquello que ocurre, en las luces y en las sombras. Pero Jesús conoce nuestras dudas e interrogantes y da una respuesta convincente desde su ser, actuar y hablar. De ahí su afirmación profunda y llena de sentido con la que nos podemos quedar para meditar el día de hoy: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Que María Santísima, la que no necesitó ver signos ni prodigios a lo largo de su vida y se conformó con seguir fielmente la voluntad de Dios, nos ayude. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 3 de mayo de 2021

«La Exaltación de la Santa Cruz»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy celebramos en México —y en algunos otros lugares— la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. En esta festividad todo discípulo–misionero de Cristo recuerda el papel central que juega la Cruz en su vida, respondiendo al llamado de Jesucristo que dice: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga». (Mt 8,24). La tradición de celebrar esta fiesta en México la impulsó Fray Pedro de Gante, quien llegó a la Nueva España hacia el año 1523. Luego otras órdenes religiosas promovieron la costumbre, tales como los 12 franciscanos que llegaron un año después a estas tierras. Con esta fiesta celebramos el gran amor que muestra Jesús por nosotros en el acto de su sufrimiento, y lo celebramos en acción de gracias por haber pensado en nosotros de esa forma. Nadie puede tener un amor más grande que ése: es la máxima expresión de amor.

El ínclito historiador Eusebio de Cesárea (263-339), hace referencia a la víspera de una batalla contra Majencio, en la que el emperador Constantino (272-337) tuvo un sueño en el que se le apareció una cruz luminosa y escuchó una voz que le decía: «In hoc signo vincis», que en español significa «Con este signo vencerás» y la victoria fue suya. Escritores muy antiguos como Rufino, Zozemeno, San Juan Cristótomo y San Ambrosio narran que Santa Elena, la madre de Constantino, fue a Jerusalén para buscar algunos vestigios de la pasión de Cristo y encontró algunos maderos en el Calvario un 3 de mayo. Otras versiones suponen que en esta fecha comenzó a construirse la Basílica de la Santa Cruz en Roma, y por ello los albañiles celebran con gran fiesta este día. La historia también refiere que Santa Elena encontró tres fragmentos de cruces. Para saber cuál era la verdadera, imploró la salud de varios enfermos, y a través de la sanación de ellos, pudo determinar en qué madero crucificaron a Cristo.

El Evangelio que la fiesta de hoy nos presenta es el de Juan 3, versículos del 13 al 17. En este extracto del diálogo entre Jesús y Nicodemo, se anuncia de una manera oculta el momento supremo de la vida de nuestro Salvador: la crucifixión. Ésta se presenta como el primer paso de la ascensión de Jesús al Padre, que será su glorificación. Así, al leer este Evangelio, hemos de percibir la cruz no sólo como un símbolo material, sino la guía de nuestra vida. Dios en su gran amor, viendo la necesidad que tenía el mundo de ser salvado, no dudó en entregar a su propio Hijo para su salvación. Las circunstancias históricas concurrieron para que la redención se realizara por medio de la cruz. A partir de este acontecimiento la cruz se ha convertido en señal de salvación para todo el que cree que Jesús es el redentor del hombre. Ser cristiano es seguir al crucificado, por eso no debemos rehusamos a seguir el mismo camino de Cristo. Sólo desde el amor se entiende esta entrega, y sólo el amor hace posible convertir en alegría las mayores angustias de la vida. Es cuestión de amor. María estuvo al pie de la Cruz y captó totalmente el sentido espiritual de este signo, pidámosle a ella y digamos a Jesús como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Enamórame de tu Cruz». ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 2 de mayo de 2021

«La Vid y los sarmientos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al igual que el pasado domingo en el Evangelio del Buen Pastor, en el de hoy (Jn 15,1-8) nos sorprende la afirmación absoluta de Jesús: «Yo soy la verdadera vid» dice el Señor. No afirma que fue o que será, pues él es ya la verdadera vid, la que da el fruto. Tales afirmaciones —la del domingo pasado y la de hoy— deben escucharse desde la experiencia pascual y con la fe en la resurrección del Señor. Jesús vive y es para todos los creyentes el único autor de la vida y el principio de su organización. De él salta la savia, y él es el que mantiene unidos a los sarmientos en vistas a una misma función: «dar fruto». Jesús es la cepa, la raíz y el fundamento a partir del cual se extiende la verdadera "viña del Señor".

Es claro que entre los sarmientos y la vid hay una comunión de vida con tal de que aquéllos permanezcan unidos a la vid. Si es así, también los sarmientos se alimentan y crecen con la misma savia. Jesús ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo, y lo estará si le somos fieles. Él no abandona nunca a los que no le abandonan a él. La vid de la Nueva Alianza produce un fruto abundante que se llama «amor»; un amor a los hombres idéntico al que el Padre siente por ellos; un amor «podado», pues ha tenido que ser purificado del egoísmo; un amor cuya posesión sólo puede lograrse participando del amor de Cristo, representado en la Iglesia.

En base a esto que estamos viendo en nuestra reflexión, podemos entender que en la realidad del vino eucarístico —al celebrar la Eucaristía— se dan cita, a la vez, el amor de Dios, que amó tanto a los hombres que les entregó su Hijo, y la fidelidad humana de Jesús, «limpio» de todo egoísmo. Del vino ya ha hablado san Juan al comienzo de su obra, allá en Caná de Galilea (Jn 2,1-10). En aquella ocasión el buen vino de Jesús venía a remediar una carencia que el agua era incapaz de remediar. ¡Qué coincidencia! Las tinajas de agua estaban dispuestas para las purificaciones, para la limpieza religiosa. En el texto de hoy también se habla de limpieza, de purificación. «Ustedes ya están limpios». ¡Qué maravilloso Dios! Prefiere la cepa a la tinaja de agua. Y es que el agua aquella apenas si limpiaba pero el vino nuevo da la vida y viene de los sarmientos unidos a la Vid. Que María santísima, que estuvo en aquella ocasión de las bodas de Caná nos ayude a ser sarmientos buenos unidos a la Vid para dar frutos abundantes. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.