domingo, 16 de agosto de 2020

«Entender a Jesús en las Escrituras»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Qué difícil entender algunas escenas del Evangelio como la que hoy se presenta con el caso de la mujer cananea! Estamos acostumbrados a ver un Jesús tierno y solícito que casi siempre se adelanta a las necesidades de los que se cruzan en su camino y las resuelve con premura y apremio. En el pasaje de hoy (Mt 15,21-28), asistimos a un espectáculo insólito: una mujer pide a Jesús no para ella, sino para alguien a quien quería más que a ella misma: para su hija, un favor grande. Un hijo enfermo, sabemos, es uno de los mayores dolores humanos. Jesús, sin embargo, se resiste y se resiste duramente, al menos en apariencia, hasta arrancar del corazón de madre una de las más preciosas oraciones que recoge el Evangelio. Tan preciosa que venció totalmente el corazón de Cristo. Y se hizo el milagro: al elogio de Jesús a la mujer siguió puntualmente el cumplimiento de la petición que ésta le formulaba. En aquel momento, dice el Evangelio, quedó curada su hija. Preciosa la escena. Y aleccionadora para todos nosotros.

Lo que el evangelio de Mateo nos quiere presentar, en el contexto de la época, es sobre todo la admirable fe de aquella mujer. Y, al mismo tiempo, que esta es la fe que conmueve, que convence, que admira a Jesucristo como Mesías Redentor. Podríamos decir que es la auténtica fe que busca a Jesús con sencillez de corazón y convicción. Una fe llena de absoluta confianza que no necesita ninguna condición previa. Por ello el evangelista nos presenta este relato de una mujer extranjera, que según la mentalidad de la época quería decir extraña, ajena, que parecería que nada tenía que ver con el Mesías de Israel. Una absoluta confianza, sin embargo, que va más allá de aquello que ella pide —la curación de su hija— y llega a la misma persona de Jesucristo. Ella confía en aquel hombre extraordinario del que había escuchado hablar un poco y por eso le pide aquello que más quiere. Hay que copiar a la cananea. Por encima del rechazo, del amor a la hija y la confianza absoluta en «Aquél» a quien se dirigía, resolvió a su favor la situación, que no se le presentaba favorable. Consiguió lo que quería para su hija y recogió de Cristo, para ella, un auténtico piropo: «¡Qué grande es tu fe!» Una fe a la que Jesucristo vinculó la concesión de lo que se le pedía.

Esta es la fe de los santos, es la fe de santa Beatriz de Silva, una de las santas que hoy celebra la Iglesia y que en la corte de Castilla estuvo como dama de la reina Doña Isabel, segunda mujer que fue de Don Juan II; padres de la Reina Isabel la Católica. En Tordesilla, ella recibió el mensaje de la Virgen «de fundar una nueva orden en honor de la Inmaculada». Llena de fe, abandonó la corte y marchó a Toledo en el 1453, allí llevó una vida retirada en Santo Domingo el Real (Dominicas), mientras llegaba la hora de poner por obra el mensaje de la Virgen. Ofreció a Dios su virginidad y llevaba por devoción el rostro siempre cubierto con velo blanco, llevando una vida ejemplar y santa. Ayudada por la Reina Isabel la Católica y las actuaciones del Papa Sixto IV en el 1484, dejó el Monasterio de Santo Domingo y pasó con doce compañeras más, a la casa llamada Palacios de Galiana y la Iglesia de Santa Fe, que recibió de la Reina Isabel la Católica, en Toledo. Allí comenzó a poner esta casa en forma de Monasterio para fundar la nueva Orden de la Inmaculada Concepción. Dice la historia que al descubrir su rostro para darle la Santa Unción antes de morir, una estrella de gran resplandor apareció en su frente, mientras que su rostro se presentaba como el de una persona que está en el Cielo. Que esta santa, llena de fe y María Santísima, que nos enseña en todo momento a vivir de fe intercedan por nosotros para que nuestra fe sea grande y permanente. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 15 de agosto de 2020

«La Asunción de María»... Un pequeño pensamiento para hoy

El discípulo–misionero de Cristo tiene ante sí siempre el reto de estar atento a los signos de los tiempos y a las condiciones de su propio contexto para proveer análisis que ayuden a comprender situaciones difíciles como las que estamos atravesando, y para orientar la conciencia ante la gran incertidumbre que vivimos. Ahora más que nunca toca «dar razón de nuestra esperanza» (1 Pe 3,15). La celebración de hoy, de la Asunción de María, con su ambiente festivo y, sobre todo, por las lecturas de la Misa de las Vísperas (1 Cro 15,3-4.15-16,1-2; 1 Cor 15,54-57; Lc 11,27-28) debe contagiarnos esperanza. La Asunción es un grito de fe en que es posible la salvación y la felicidad: que va en serio el programa salvador de Dios. Es una respuesta a los pesimistas, que todo lo ven de color negro. Es una respuesta al hombre materialista, que no ve más que los factores económicos o sensuales: algo está presente en nuestro mundo que trasciende nuestras fuerzas y que lleva más allá. Es la prueba de que el destino del hombre no es la muerte, sino la vida. Y además, que es toda la persona humana, alma y cuerpo, la que está destinada a la vida total, subrayando también la dignidad y el futuro de nuestra corporeidad.

En la Santísima Virgen María esto ya ha sucedido. En nosotros no sabemos cómo y cuándo sucederá. Pero tenemos plena confianza en Dios: lo que ha hecho en ella quiere hacerlo también en nosotros. La historia del creyente, definitivamente, tiene «final feliz». Esa felicidad es la victoria de Cristo Jesús: el Señor Resucitado, tal como nos lo presenta san Pablo, es el punto culminante del plan salvador de Dios. Él es la «primicia», el primero que triunfa plenamente de la muerte y del mal, pasando a la nueva existencia. El segundo y definitivo Adán que corrige el fallo del primero. Es la victoria de la Virgen María, Nuestra Señora de la Asunción, la Virgen esperanza nuestra que, como primera seguidora de Jesús y la primera salvada por su Pascua, participa ya de la victoria de su Hijo, elevada también ella a la gloria definitiva en cuerpo y alma. Ella, que supo decir un «sí» radical a Dios, que creyó en él y le fue plenamente obediente en su vida —«hágase en mí según tu Palabra»—, es ahora glorificada y asociada a la victoria de su Hijo. En verdad «ha hecho obras grandes» en ella el Señor.

Hoy, y mirando a la Virgen en esta fiesta, celebramos la esperanza de la victoria. La Asunción nos demuestra que el plan de Dios es plan de vida y salvación para todos y que se cumple, además de en Cristo, también en una de nuestra familia. La Asunción es un grito de fe y de esperanza en que es posible esta salvación. Es una respuesta, como digo, a los pesimistas. Es una respuesta de Dios al hombre secularizado que no ve más que los valores económicos o humanos: algo está presente en nuestro mundo, que trasciende de nuestras fuerzas y que lleva más allá: la esperanza. El destino del hombre es la glorificación en Cristo y con Cristo. Todo él, cuerpo y alma, está destinado a la vida. Esa es la dignidad y futuro del hombre. Por eso hoy pedimos que también a nosotros, como a la Virgen María, nos conceda el señor el premio de la gloria, que lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo. Estamos celebrando, en la esperanza, nuestro propio futuro optimista, realizado ya en María. ¡Bendecida fiesta de la Asunción de María en este sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 14 de agosto de 2020

«Es más lo que nos une»... Un pequeño pensamiento para hoy


Una de las cosas que nos ha dejado este tiempo de confinamiento por la pandemia que se prolonga y se prolonga, es que hemos descubierto que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa de las otras personas y en concreto de las que están cerca y de las que están lejos; lo primero hay que hacerlo crecer y por supuesto que lo segundo tenemos que conseguir que disminuya y para ello debemos hacer lo posible y lo imposible. Es una época que ya lleva meses en la que no nos podemos abrazar ni besar, pero que nos ha llevado a encontrar nuevas expresiones creativas del cariño que pasan, sobre todo por la mirada y la escucha, la palabra y la sonrisa. Jesús, de alguna manera, en el Evangelio que la liturgia de este día nos propone, habla de la dureza del corazón y de la necesidad de hacerlo sensible (Mt 19,3-12). Poniendo el tema del matrimonio como centro, Jesús nos invita a amar indisolublemente, fielmente, infinitamente... como él.

Si el matrimonio se acepta con todas las consecuencias, no buscándose sólo a sí mismo, sino con esa admirable comunión de vida que supone la vida conyugal y, luego, la relación entre padres e hijos, evidentemente es comprometido, además de noble y gozoso porque es un espacio de convivencia, de solidaridad, de compartir. Allí, empezando en la relación familiar, hay que buscar más lo que une, lo que crea comunidad, lo que crea fidelidad, lo que hace un espacio de santificación que hace que la persona se forme en ese saberse unido con el resto de la humanidad. La lección de la fidelidad de la que habla hoy Jesús, poniendo como ejemplo el matrimonio, vale igualmente para los que han optado por otro camino, el del celibato. De eso habla hoy Jesús cuando afirma que hay quien renuncia al matrimonio y se mantiene célibe «por el Reino de los Cielos» como hizo él. Como hacen los ministros ordenados y los religiosos: no para no amar, sino para amar más y de otro modo y para buscar más lo que nos une a todos. Para dedicar su vida entera —también como signo—, a colaborar en la salvación del mundo. Por eso, al final de este encuentro, Jesús presenta el celibato como un don de Dios al que también hay que ser fiel. Y qué mejor ejemplo de esto que el santo al que hoy la Iglesia celebra: San Maximiliano Kolbe. Maximiliano nació en Polonia el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola, que en ese entonces se hallaba ocupada por Rusia.

Mientras se daba la Guerra Mundial, Maximiliano, que era sacerdote franciscano, fue apresado junto a otros frailes y enviado a campos de concentración en Alemania y Polonia. Poco tiempo después, el día de la Inmaculada Concepción, es liberado. En 1941 es nuevamente hecho prisionero y ésta vez es enviado a la prisión de Pawiak, y luego llevado al campo de concentración de Auschwitz, donde prosiguió su ministerio a pesar de las terribles condiciones de vida. El 3 de agosto de 1941, un prisionero escapa; y en represalia, el comandante del campo ordena escoger a 10 prisioneros para ser condenados a morir de hambre. Entre ellos estaba Franciszek Gajowniczek, polaco como San Maximiliano, casado y con hijos. San Maximiliano, que no se encontraba dentro de los 10 prisioneros escogidos, se ofreció a morir en su lugar. Luego de 10 días de su condena y al encontrarlo todavía con vida, los nazis le colocan una inyección letal el 14 de agosto de 1941. Amante de la Inmaculada Concepción, San Maximiliano intercede seguramente por nosotros bajo la mirada dulce de María, que nos hace familia, para que seamos fieles y Dios nos reciba en su Reino. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 13 de agosto de 2020

«El perdón»... Un pequeño pensamiento para hoy

Es propio de Dios perdonar. Y lo mismo hemos de hacer los seguidores de Jesús. El aviso es claro: «lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano». Perdonar es vivir la caridad hasta el extremo. Aunque sea costoso y se oponga a nuestros sentimientos y pasiones, es la mejor manera de manifestar nuestra correspondencia al amor de Dios. El perdón es una manera de vivir que nos tiene que distinguir a los discípulos–misioneros de Cristo, y es algo muy necesario, sobre todo en los ambientes donde reina el odio y la venganza. Dicen que las guerras no se vencen con la fuerza de las armas, sino con el poder del perdón. El mismo Jesús, clavado en una cruz e insultado, supo decir «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Esas palabras, en boca de Cristo, eran la fragancia más valiosa porque estaba cargada de amor y porque avalaban las palabras que había dicho del perdón, como nos recuerda el Evangelio de hoy (Mt 18,21-19,1).

En el Padrenuestro, Jesús había enseñado a decir: «perdónanos como nosotros perdonamos» (Mt 6,12-13). En el sermón de la montaña también había dicho lo de ir a reconciliarnos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar y lo de saludar también al que no nos saluda... por eso debe quedarnos muy en claro que ser seguidores de Jesús nos obliga a cosas difíciles. Recordemos que una de las bienaventuranzas era: «bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). En el trozo evangélico de hoy Pedro propone un número elevado de oportunidades de perdón, considerando que ésta es una actitud noble. Jesús le corrige su perspectiva legalista y va mucho más allá. En lugar de un siete, es mejor setenta veces siete. Luego propone una parábola que muestra la deficiente actitud de los que están pendientes de contabilizar la misericordia, el perdón y la fraternidad. En esta parábola, el rey se compadece del siervo importante, pero éste es incapaz de tener la misma actitud con el siervo más humilde. Su corazón estaba endurecido por la ambición y por esto no correspondió al gesto generoso del rey. La conclusión es importante: si se perdona de corazón, como hace Dios, no se contabiliza la misericordia, pues el ofendido es quien busca al agresor para mostrarle el error con una actitud fraterna.

Hoy celebramos a dos santos mártires: Ponciano, Papa, e Hipólito, presbítero; que fueron deportados juntos a Cerdeña, y con igual condena, adornados con la misma corona, fueron trasladados finalmente a Roma, Hipólito, al cementerio de la vía Tiburtina, y el papa Ponciano, al cementerio de Calisto (c. 236). Me detengo ahora un poco en la vida de Hipólito, que era un soldado romano del siglo III al que se le asignó custodiar a prisioneros cristianos. Convertido por ellos a la fe, fue martirizado por asistir al entierro de otros martirizados y perdonó a quienes lo martirizaron. Murió despedazado por dos caballos salvajes a los que le ataron. Los fragmentos de su cuerpo que se recogieron fueron enterrados a lo largo de la vía Tiburtina en Roma, Italia. Cuando la Iglesia proclama mártir a unos de sus hijos, no se fija en los verdugos, sino que proclama que el amor de los testigos es más fuerte que el odio del verdugo, que el poder de la fe y del amor a Cristo triunfa sobre la muerte, que el perdón ha prevalecido sobre la ofensa. La última palabra la tendrán siempre el amor y la misericordia, que vencerán todas las miserias humanas. Pidamos que por intercesión de la Santísima Virgen sepamos nosotros perdonar al estilo de los mártires, que es el estilo de Jesús para que prevalezca el amor y la misericordia de Dios. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal!

Padre Alfredo.

miércoles, 12 de agosto de 2020

«La importancia de la comunidad formativa»... Un pequeño pensamiento para hoy

La comunidad eclesial no es una comunidad perfecta. Coexisten en ella toda clase de personas, de mentes y de corazones y también el bien y el mal. Esto es lo que nos deja ver el Evangelio de hoy (Mt 18,15-20). Pero este mismo Evangelio nos deja ver que cuando un hermano ha faltado, la reacción de los demás miembros de la comunidad no puede ser de indiferencia, que fue la actitud de Caín: «¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?». En la comunidad de creyentes todos somos centinelas y tenemos que cuidarnos unos a otros. Un padre no siempre tiene que callar, ni el maestro o el educador permitirlo todo, ni un amigo desentenderse cuando ve que su amigo va por mal camino, ni un obispo dejar de ejercer su cuidado pastoral en la diócesis. No es que se trate de meterse continuamente en los asuntos de otros, pero todos nos debemos sentir corresponsables de su bien. La pregunta de Dios a Caín nos la dirige también a nosotros: «¿qué has hecho con tu hermano?».

Esta corrección no se puede hacer desde la agresividad y la condena inmediata, con métodos de espionaje o policíacos, echando en cara y humillando, porque entonces se traicionaría la misericordia de la que habla el mismo Cristo. Nos tiene que guiar el amor, la comprensión, la búsqueda del bien del hermano: tender una mano, dirigir una palabra de ánimo, ayudar a rehabilitarse. La corrección fraterna es algo difícil, tanto en la vida familiar como en la eclesial. Pero cuando se hace bien y a tiempo, es una suerte para todos: «has ganado a un hermano». Hoy necesitamos que nuestras comunidades, sobre todo la «Iglesia Doméstica», que es la familia, ofrezcan excelentes espacios de formación y de corrección fraterna. Tenemos que estar abiertos al diálogo, ser tolerantes y comprometidos con las necesidades de quienes lo necesitan más. Comunidades donde las personas que se sientan agredidas por el hermano, por el compañero, se adelanten a ayudarle al otro a reconocer su falta. De esta manera, se enfrentarán los problemas no con la ley en la mano, sino con una actitud cordial, respetuosa y ante todo, fraterna.

Un ejemplo maravilloso de todo esto nos lo dan los santos y los beatos, algunos muy conocidos, como Santa Juana Francisca de Chantal a quien hoy celebramos, pero hay otros muy poco conocidos como el beato Pedro Francisco Jamet, de quien hoy quiero compartir algo de su vida. Pedro Francisco nació el 12 de septiembre de 1762 en Fresnes, Francia y a los 20 años se sintió llamado al sacerdocio. En 1784 entró en el seminario y el 22 de septiembre de 1787 fue ordenado sacerdote poco antes del estallido de la Revolución Francesa. Existía en Caen una comunidad de las Hijas del Buen Pastor, el P. Jamet fue nombrado capellán y confesor del Instituto, del que llegó a ser superior religioso en 1819. En 1798 se negó realizar el juramento impuesto por las autoridades de la Revolución Francesa, por lo que fue detenido y recibió amenazas de muerte. Milagrosamente recuperó la libertad y se dedicó con todos los medios a reconciliar a los hermanos vacilantes y alentando a los fieles perseguidos celebrando Misa en secreto. Después de la Revolución, pudo dedicarse abiertamente a la restauración y al crecimiento de la Congregación del Buen Pastor. Inició la asistencia educativa a los sordomudos, para lo cual realizó estudios específicos sobre su educación, introduciendo nuevos métodos de enseñanza específica. Fue rector de la Universidad de Caen, logrando entre los docentes y los estudiantes una nueva atmósfera de fe cristiana, posterior a la gran tormenta de la Revolución y la propagación de ideas ilustradas y racionalistas. A los 83 años, a consecuencia del agotamiento y la edad murió el 12 de enero de 1845. Que él y María Santísima, a quien veneramos como «Auxilio de los cristianos» nos ayuden en esta ardua tarea de la corrección fraterna para vivir la reconciliación. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 11 de agosto de 2020

«Misericordia sin fronteras»... Un pequeño pensamiento para hoy

La Biblia propone un concepto de la misericordia mucho muy profundo, tan profundo que, para poder captarlo, hay que tener la inocencia de un niño, pero, al mismo tiempo, tenemos que dejar claro que la misericordia de Dios no es ingenuidad, sino invitación viva a la conversión e invitación insistente a practicar a su vez la misericordia respecto a los demás hombres, especialmente respecto a los paganos. Todo discípulo–misionero es invitado, en primer lugar, a hacer la experiencia espiritual de la misericordia divina para él mismo: Dios lo acepta tal como es; nunca llega a consumarse la ruptura entre Dios y el que lo quiere seguir: Dios está siempre allí, anda incluso siempre en su busca. Por tanto, siempre es posible el recurso a la buena disposición paterna. Pero, entiéndase bien: el discípulo–misionero, cuando ha pecado, no es realmente un arrepentido si la misericordia divina no le llama no sólo a la conversión, sino también al ejercicio de la misericordia para con las demás miserias humanas.

El pasaje del Evangelio de hoy (Mt 18,1-5.10.12-14) por eso resulta tan interesante. Jesús, fiel a las perspectivas del Antiguo Testamento, presenta la misericordia divina en todas sus consecuencias, vinculándola al ejercicio de la misericordia humana para hacer de ella una empresa combinada de Dios y del hombre, respuesta activa del hombre a la iniciativa previsora de Dios. Reflejando una misericordia sin fronteras, accesible a los pecadores y a los excomulgados y que, como decía al principio, solamente con un corazón de niño, puro y confiado, se puede entender. Por eso se necesita ese corazón de niño para poder entender escenas como la de la oveja perdida. Cada oveja, por pequeña y pecadora que parezca, comparada con todo el rebaño, es preciosa a los ojos de Dios: él no quiere que se pierda ni una sola. Por eso, para comprender la Biblia, y en concreto el Evangelio, hay que abandonar todas las ínfulas de grandeza y servir a los demás desde la más profunda pequeñez.

Hoy celebramos a Santa Clara de Asís, esa santa que, a los 18 años de edad, tras ver el ejemplo que su amigo Francisco daba al haberse hecho como un niño para vivir el Evangelio, le quiso seguir en el mismo estilo de vida y en la pequeñez de la ofrenda de las cosas ordinarias de cada día. Santa Clara fundó la segunda orden franciscana o de hermanas clarisas y se preciaba de llamarse la «humilde planta del bienaventurado Padre Francisco». Se estableció en el monasterio de San Damián hasta morir, llevando un tenor de vida pobre, teniendo como centro a Jesús Eucaristía, viviendo de la Providencia y cargando la cruz de cada día. Sus restos mortales descansan en la cripta de la Basílica de santa Clara de Asís. Fue canonizada un año después de su fallecimiento, por el papa Alejandro IV. Necesitamos la pequeñez de Clara, de Francisco, de muchos santos y beatos, como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento que en una de sus súplicas al Señor le dice: «¡Dios! Ayer fue ésta, a santa Clara, mi petición: ¡Vivir y morir de amor en la alegre cruz! y me he sentido oída» (Cinco esquelitas). Que María Santísima, que tuvo ese corazón de niño para captar las grandezas de la misericordia divina nos ayude. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

«Catalina Takizawa, una vida tocada por María... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXVI

Hay vidas consagradas que en poco tiempo, logran dejar plasmada la huella de Cristo. Este es el caso de la hermana misionera Catalina Takizawa, que nació el día de Virgen Dolorosa, fue bautizada ya jovencita, tras convertirse al catolicismo, el 15 de agosto de 1958 en la fiesta se la Asunción de María. Ingresó al convento de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 25 de marzo de 1959, festividad de la Anunciación a María. Empezó su formación inicial con el postulantado el 31 de mayo de 1962, fiesta de la Visitación de santa María a su parienta Isabel y tomó su hábito el 8 de septiembre de 1963 en la fiesta de la Natividad de María. Por todo esto podemos decir que la vida de la hermana Catalina estuvo tocada por María, pues cada uno de los pasos más importantes de su vida de fe, los dio en fechas dedicadas a la Santísima Virgen.

Catalina fue una mujer enamorada de su vocación a la vida religiosa y misionera, con grandes sueños por vivir el ideal misionero. Luchó para mantenerse fiel al llamado del Señor, pues sus padres estaban en contra de su vocación queriéndola casar, a la usanza de aquellos tiempos en el Japón budista y sintoísta. Catalina rogó a sus superioras que la enviaran a cualquier casa y trabajo apostólico para salvar su vocación, cosa que a lo largo de su corta vida consagrada, agradeció. Pues murió el 7 de mayo de 1966 muy joven.

Fue una misionera con un gran amor a la pobreza, que nunca confundió con el descuido, pues todas su ropa y sus cosas estaban siempre limpias y bien cuidadas. Remendaba su ropa haciéndola durar lo más posible antes de pedir algo nuevo.

Su amor al Santísimo Sacramento la mantuvo firme en su fe y en la vocación. Puntualmente estaba en todos los actos que se desarrollaban en la capilla, siempre llegaba primero y sus ratos libres los pasaba con Jesús Sacramentado. El Señor la llamó muy pronto pero su ejemplo de vida dejó huella en quienes le conocieron y convivieron con ella.

Descanse en paz la hermana Catalina Takizawa.

Padre Alfredo.

lunes, 10 de agosto de 2020

«San Lorenzo diácono»... Un pequeño pensamiento para hoy

Celebramos hoy a san Lorenzo, el más célebre de los mártires de la persecución de Valeriano y quiero meditar hoy sobre su vida, recordando a todos los diáconos que, como él, se entregan día a día en el servicio a la Iglesia. Lorenzo Murió a los diez días del mes sextil (agosto) del año 258, cuando, según la usada expresión de Dámaso, que ilustró la ceguera de las catacumbas, desde los días en que el hierro del tirano, rajaba las entrañas de la piadosa Madre, la Iglesia. Lorenzo era el primero de los siete diáconos de la Iglesia de Roma, la más recia y pura de sus columnas blancas. La persecución de Valeriano se lo llevó, esta persecución iba dirigida contra los miembros de la jerarquía eclesiástica: obispos, presbíteros y diáconos. Lorenzo era el principal de esos siete diáconos que eran encargados de socorrer a los pobres y de administrar las temporalidades eclesiásticas, en aquella coyuntura y sazón no contentibles. San Lorenzo, a quien se le llamaba «diácono del Papa», era el encargado de la Caja eclesiástica, alimentada con voluntarias aportaciones periódicas, al estilo de una moderna sociedad de ahorros. El Estado codiciaba estos fondos, quizá exagerando, pensando que eran muy caudalosos, pues pensaba también en la cantidad de cálices y copones que la Iglesia tendría. 

El alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, llamó a Lorenzo y le dijo: «Me han dicho que los cristianos son ricos, que emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candelabros muy valiosos. Vaya, recoja todos los tesoros de la Iglesia y me los trae, porque el emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar». Lorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con sus limosnas. Y al tercer día los hizo formar en filas, y mandó llamar al alcalde diciéndole: «Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia. Le aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador». Llegó el alcalde muy contento pensando llenarse de oro y plata y al ver semejante colección de miseria y enfermedad se disgustó enormemente, pero Lorenzo le dijo: «¿por qué se disgusta? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo!» El alcalde se enfureció y mandó martirizar a Lorenzo poniéndolo en una parrilla y quemándolo vivo, así murió.

En este día se nos propone un evangelio luminoso: Jn 12,24-26. En éste Jesús nos recuerda que «el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante». Estas palabras retratan a la perfección al diácono san Lorenzo, que supo entregar la vida y por eso es fuente de vida. Pero caigamos en la cuenta de que las palabras de Jesús no son pronunciadas en el vacío. Son la respuesta a Felipe, a Andrés y a unos griegos que habían mostrado mucho interés en conocerlo. Jesús no aprovecha su tirón popular para presentar un mensaje acomodaticio, al gusto de sus admiradores. No lo hace porque no quiere engañarlos. Los ama tanto que les revela dónde está el secreto de la verdadera vida. Se lo dice con la parábola del trigo y se lo dice también abiertamente, para que no se sientan frustrados en su griega racionalidad: «Quien vive preocupado por su vida, la perderá; en cambio, quien no se aferre excesivamente a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna». ¿Se puede hablar más claro? Que san Lorenzo y María Santísima intercedan por nosotros para que podamos comprender que muriendo, es como tenemos vida y vida en abundancia. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 9 de agosto de 2020

«El miedo y demás emociones»... Un pequeño pensamiento para hoy


El miedo forma parte de nuestra existencia... a nivel íntimo, personal, familiar, profesional, económico, político, de salud... Y, muy claramente, este tiempo que nos toca vivir en medio de una pandemia como nunca antes la habíamos vivido, está marcado profundamente por incertidumbres y riesgos concretos. Esta pandemia en todas las latitudes nos coloca nada más y nada menos que ante la vida y la muerte; ante lo importante y lo transcendente y, ante una situación como esta, tenemos que optar por vivir en las condiciones que nos permitan seguir vivos y dando vida, que eviten el contagio del virus y por supuesto la muerte. Fundamental para nosotros es vivir felices y sin miedo para hacer felices a los demás. Y la realidad es que, humanamente hablando, la fe no nos ahorra nada, no nos libera de ninguna incertidumbre ante la Covid-19, ni de ninguna inseguridad, ni de ningún riesgo que se pueda correr. Nosotros, discípulos–misioneros de Cristo, nos hallamos a la intemperie, al raso, igual que todo el mundo. A merced de lo que pueda suceder, trabajando las emociones que acompañan este ambiente de coronavirus tales como el miedo, la angustia, el aburrimiento, la frustración, la soledad, la incertidumbre, el desasosiego y la desesperanza. Nos toca aprender a proceder de tal forma que todas estas emociones estén presentes pero que al mismo tiempo consigamos que no se copen y apropien la escena de nuestro diario vivir, nos paralicen y nos hundan.

El Evangelio de hoy (Mt 14,22-33) nos habla de una situación en la que los Apóstoles sienten el miedo. La barca va luchando contra vientos contrarios que aún al más experto navegante de entre ellos le inquieta y encima de todo, de repente creen ver «un fantasma». Ellos, como la gente sencilla de sus tiempos —y de todos los tiempos— creían en los fantasmas y sabían que éstos preferían las horas nocturnas para aparecer. Por eso se espantaron y daban gritos de terror, dice el evangelista. Pero aquel no era un fantasma, era Jesús, que en medio de aquella contrariedad, les dice: «Tranquilícense y no teman. Soy yo». La duda parece ser un integrante continuo y siempre presente en los que quieren vivir la fe día tras día. Pedro se deja llevar por el entusiasmo, un tanto presuntuoso y lo confunde con la fe. Quiere ir a caminar por el agua como lo hace Jesús y por eso no se da cuenta de que su salvación la debe más a un gesto del Señor que a su propia valentía, como lo hace observar el mismo Jesús, que no libera a Pedro de sus dudas, pero le ayuda para que no se hunda en ellas sin remedio.

Hoy recordamos a santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), virgen de la Orden de las Carmelitas Descalzas y mártir; la cual, nacida y educada en la religión judía, después de haber enseñado filosofía, disipó sus dudas de fe y recibió por el bautismo la nueva vida en Cristo desarrollándola bajo el velo de religiosa, hasta que, en tiempo de un régimen hostil a la dignidad del hombre y de la fe, fue desterrada y encarcelada, muriendo en la cámara de gas. El 2 de agosto de 1942 llega la Gestapo. Edith Stein se encuentra en la capilla con las otras Hermanas. En cinco minutos debe presentarse, junto con su hermana Rosa, que se había bautizado también y prestaba servicio en las Carmelitas de Echt. Las últimas palabras de Edith Stein que se oyen en Echt, expresan su valentía ante el miedo natural y están dirigidas a Rosa: «Ven, vamos a sacrificarnos por nuestro pueblo». Junto con otros muchos otros judíos convertidos al cristianismo, las dos mujeres son llevadas al campo de concentración de Westerbork. Se trataba de una venganza contra el comunicado de protesta de los obispos católicos de los Países Bajos por las deportaciones de los judíos. Al amanecer del 7 de agosto sale una expedición de 987 judíos hacia Auschwitz. El 9 de agosto Sor Teresa Benedicta de la Cruz, junto con su hermana Rosa y muchos otros de su pueblo, murió en las cámaras de gas. Su fe la sostuvo, y con su fe puso sostener a Rosa su hermana y a otras almas más. Pidamos a esta santa y a la Virgen María, la siempre llena de fe, que venciendo nuestros miedos nos entreguemos a vivir con plenitud la voluntad de Dios que ha de llevarnos a la vida eterna. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

«Beatriz Aguilar, una de las pioneras de la misión de las Misioneras Clarisas en Japón»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXV

Fueron muchas las oportunidades que tuve de compartir con la hermana Beatriz Aguilar desde que era joven sacerdote. La recuerdo con su mirada serena y siempre al tanto de los detalles y necesidades de los demás. La traté siempre en California, en mis diferentes estadías en esas tierras de esa región de los Estados Unidos en la que el Señor me ha permitido estar muchas ocasiones, desde el final de mi postulantado hasta hace muy poco.

María Beatriz Enriqueta Aguilar Silva nación en la Ciudad de Puebla, México, el día 18 de febrero de 1929. Allí pasó su niñez y su adolescencia. En su juventud ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento en donde fue recibida por la beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento el 12 de enero de 1949. 

Después de haber concluido su formación inicial con el postulantado y el noviciado, hizo su profesión temporal de vivir en pobreza, castidad y obediencia el 16 de octubre de 1950. Siendo joven profesa, fue nombrada con otras tres hermanas a iniciar la misión primogénita de la congregación en Japón. Allá hizo sus votos perpetuos el 31 de mayo de 1955.

Entre las peripecias características del incio de una misión, y más con las carencias de un país que acababa de librar una guerra, la hermana aprendió muy bien el japonés y ejerció los cargos de maestra de novicias y superiora regional permaneciendo en Japón desde 1951 hasta 1976, año en que fue elegida consejera general teniendo que cambiar su lugar de residencia hacia Roma, Italia. Allí mismo, fue, por varios años, encargada del Centro Catequístico de Animación Misionera en Castel Gandolfo.

En 1985, luego de terminar sus labores en Italia, fue enviada a colaborar como misionera en la región de California. Allí trabajó en catequesis en la comunidad de las Misioneras Clarisas en Los Ángeles, en la parroquia de María, auxilio de los cristianos hasta 1991, año en que fue enviada a la casa de Sylmar, en San Fernando California 

En el año de 2003, fue elegida para asistir a Roma al Capítulo General de elecciones y regresó a la misma comunidad de Sylmar en donde permaneció hasta el día de su muerte siempre como superiora local de la comunidad.

La hermana Beatriz fue siempre un alma entregada y generosa, acomedida, puntual, organizada y muy fiel al carisma, espíritu y espiritualidad de la congregación. Siempre disponible a ejercer cualquier clase de servicio que se le pedía incluso olvidándose de que estaba ella más enferma que quien le pedía llevarle al médico. ¡Siempre podía contarse con ella! El apostolado y la salvación de las almas eran para ella un incentivo muy grande. Por las almas ella podía gastar y desgastar su tiempo, su salud y todo lo que fuera necesario. Yo recuerdo algunos de mis viajes misioneros a California y detalles de como me hacía regresar a México cargado de ropa y accesorios necesarios para mis hermanos Misioneros de Cristo. Nunca me dejó salir de la Casa de Sylmar con los brazos vacíos pensando en sus hermanos misioneros.

Una característica muy especial de esta maravillosa hermana misionera era su fidelidad a la oración, pues siendo un alma apostólica y muy activa, no olvidaba sus momentos fuertes de encuentro con el Señor. estaba siempre atenta a los actos de piedad y era muy amante de Jesús Eucaristía y María Santísima. Además de esto, cabe recordar que la hermana Beatriz tenía un gran espíritu de aceptación de la voluntad de Dios, cosa que le ayudaba a aceptar siempre con alegría lo que Dios, de una u otra manera, permitiera que ocurriera en su vida, sobre todo en las diversas enfermedades que la aquejaban como la diabetes, la hipertensión y diversas infecciones y fiebres que aceptaba siempre como venidas de Dios.

Ya al final de su vida, el 10 de septiembre de 2004, después de varios días de sufrimiento por unos intensos dolores que tenía en el intestino, fue internada en el hospital, donde fue sometida a una intervención quirúrgica para explorar, estudio que arrojó que tenía divertículos y una infección muy avanzada que ya no se pudo controlar. Como a las 6 de la tarde de ese mismo día parecía reaccionar un poco, pero casi llegando a la media noche expiró luego de haber recibido la unción de los enfermos. Allí, mismo, en el hospital las hermanas que la acompañaban rezaron por su eterno descanso.

La hermana Beatriz fue fiel hasta la muerte y entregó su vida al servicio de la Iglesia misionera en donde el Señor la fue destinando, hasta ser misionera del dolor callado y oculto, convencida del valor del sacrificio oculto y entregado con cariño al Señor.

Padre Alfredo.