jueves, 10 de junio de 2021

«El cumplimiento de la Ley»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el Evangelio de hoy (Mt 5,17-19) Jesús hace entender a los suyos que no ha venido a borrar de sus mentes y de sus corazones la Ley del Antiguo Testamento, sino que ha venido a darle plenitud, una correcta interpretación y una auténtica validez a lo que tiene que perdurar. Todo discípulo–misionero de Cristo sabe que los mandamientos de Moisés siguen siendo válidos. La Alianza del Sinaí, que San Juan Pablo II llamó «la nunca derogada primera Alianza», ya era sacramento de salvación, pero con Cristo ha recibido su plenitud en su sacrificio pascual en la cruz y en su celebración memorial de la Eucaristía. Lo mismo podemos decir de los sacrificios y del sacerdocio y del Templo y del Pueblo elegido de Dios: en el Nuevo Testamento llegan a su realización definitiva en Cristo y su Iglesia.

Los cristianos seguimos leyendo con interés el Antiguo Testamento, como palabra eficaz de Dios e historia de salvación, como diálogo vivo entre la fidelidad de Dios y la manifiesta infidelidad de su pueblo. En algunos aspectos —el sábado, la circuncisión, el Templo, los sacrificios de corderos— la nueva comunidad de Jesús se ha distanciado de la ley antigua. Pero, en la mayoría de sus elementos, sigue consciente de la gracia salvadora de Dios que ya empezó entonces y continúa ahora: basta recordar cómo seguimos rezando los salmos del Antiguo Testamento en la Liturgia de la Palabra cada día, al igual que en la Liturgia de las Horas. Eso sí, conscientes de que Jesús ha llevado a su perfección todo lo que se nos dice en el Antiguo Testamento, como lo ha hecho en este sermón de la montaña que estamos leyendo estos días con el novedoso programa de sus bienaventuranzas y lo que de ellas deriva. No nos lo ha hecho más fácil, sino más profundo e interior.

Así, nos encontramos con la coherencia del mismo Dios que «cumple» su Palabra. Esa coherencia abarca las mínimas disposiciones del querer de Dios, y eso de tal forma que tiene una firmeza superior a la firmeza del curso natural de las cosas a la que se evoca con la mención de «cielo y tierra». Desde la coherencia de Dios, se invita a la comunidad cristiana de aquella época y a toda comunidad cristiana a lo largo del tiempo, a asumir plenamente la voluntad salvífica que se nos manifiesta en las palabras de la Escritura y que deben hacerse vida en la existencia de cada creyente. Todo esto está ligado al testimonio coherente que los discípulos–misioneros debemos ser capaces de transmitir con la enseñanza de una salvación experimentada ya en la propia vida. Con María, vivamos plenamente nuestra encomienda. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 8 de junio de 2021

«Ser sal, ser luz»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Evangelio de hoy nos presenta dos parábolas que giran en torno a la sal y a la luz (Mt 5,13-16). Tanto en el mundo antiguo como ahora, estas dos cosas portan la fama de ser imprescindibles. La primera comparación, la de la sal, es una exhortación a los discípulos como comunidad («ustedes»), que pone de relieve la preocupación eclesial que tiene constantemente el evangelista. Juntos, los discípulos han de ser sal de la tierra, han de salar la tierra. ¿Qué significado tiene la sal? Indica las funciones de purificación, de dar sabor, de conservar aquello perecedero, de dar valor, etc. Los sacrificios eran salados, al igual que los pequeños al nacer. Aplicado a los discípulos indica que con sus obras y su testimonio del Evangelio han de dar sabor y valor a la humanidad.

«Si la sal se vuelve insípida...» dice Jesús, aunque propiamente la sal no puede perder su sabor, pero aquí la imagen queda puesta al servicio del contenido. Lo que los discípulos pueden perder es la capacidad de manifestar, con sus obras y su testimonio, el Evangelio. Esta posibilidad de fracaso se aplica a la imagen de la sal, subrayando que, de la misma manera que sería totalmente inútil una sal que no tuviera sabor, también lo sería la comunidad si no hiciese presente en el mundo las obras de la fe. Enseguida habla de la luz. «Ustedes son la luz del mundo». Esta segunda comparación gira en el mismo sentido que la anterior, pero subraya la necesidad de que las obras de la comunidad de los discípulos sean visibles por los demás hombres. La comunidad cristiana no tiene la luz únicamente como un bien interno, tiene que huir de tentaciones sectarias y esotéricas hoy tan comunes como antes. Ha recibido la luz y tiene que manifestarla al mundo.

Todo discípulo–misionero de Cristo ha de ser como la sal, porque la sal —en su debida medida— condimenta y da gusto a la comida. Sirve para evitar la corrupción de los alimentos y también es símbolo de la sabiduría. Todo discípulo–misionero de Cristo ha de ser como la luz —también en su debida medida—, que alumbre el camino, que responda a las preguntas y las dudas, que disipe la oscuridad de tantos que padecen ceguera o se mueven en la oscuridad. Ser sal, ser luz para dar gusto y sentido a la vida. Pidamos al Señor, acompañados de María Santísima, que contagiemos sabiduría, o sea, el gusto de Dios y, a la vez demos el sabor humano, sinónimo de esperanza, de amabilidad y de humor. Que seamos personas que iluminan, que contagian felicidad y visión optimista de la vida. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 7 de junio de 2021

«Hablando de las bienaventuranzas»... Un pequeño pensamiento para hoy


Por un buen tiempo —3 meses para ser exacto— en la liturgia de la Palabra de la Misa de cada día, se estará leyendo el Evangelio de san Mateo. Hoy iniciamos con el conocido y muy apreciado mensaje de Jesús en el Sermón de la Montaña con la reflexión en torno a las bienaventuranzas, en las que ya otras veces hemos reflexionado. Incluso he dicho alguna vez que la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento tiene una muy nutrida reflexión sobre estas. Este camino que nos enseña Jesús es la «carta magna» del Reino y es en verdad paradójico. El Señor llama felices a los pobres, a los humildes, a los de corazón misericordioso, a los que trabajan por la paz, a los que lloran y son perseguidos, a los limpios de corazón. Naturalmente, la felicidad no está en la misma pobreza o en las lágrimas o en la persecución. Sino en lo que esta actitud de apertura y de sencillez representa y en el premio que Jesús promete.

Todos queremos ser felices, «bienaventurados». Pero, en medio de un mundo agobiado por malas noticias y búsquedas insatisfechas, Jesús nos promete la felicidad por caminos muy distintos de los que este mundo ofrece. La sociedad en la que vivimos llama dichosos a los ricos, a los que tienen éxito, a los que ríen, a los que consiguen satisfacer sus deseos. Lo que cuenta en este mundo es pertenecer a la clase VIP, a los importantes, porque «hay niveles»; mientras que las preferencias de Dios van a los humildes, los sencillos y los pobres de corazón. La propuesta de Jesús es revolucionaria, sencilla y profunda, gozosa y exigente. Se podría decir que el único que la ha llevado a cabo en plenitud es él mismo: él es el pobre, él es el que crea paz, él es misericordioso, es limpio de corazón, es perseguido. Y, ahora, está glorificado como Señor, en la felicidad plena.

Por tanto las bienaventuranzas deben entenderse no sólo como un proyecto futuro sino como la forma en que Jesús ha realizado en sí mismo la auténtica felicidad. Ese carácter concreto se realiza también en sus discípulos–misioneros, por el directo «ustedes» que aparece en el versículo 11 de este trozo de la Escritura y que concierne a la comunidad de los seguidores de Jesús. Por tanto, la propuesta es más que una Ley, ya que es el instrumento eficaz en orden a crear un ámbito salvífico en la propia existencia, posible para la vida del discípulo, pero que debe alcanzar a toda la realidad humana representada simbólicamente en el pasaje por la presencia de una «muchedumbre». Pidamos al Señor, con María, que dejemos que las bienaventuranzas nos enseñen a buscar la felicidad no en las cosas sino en Cristo, en un esfuerzo por lograr la paz, la pureza de corazón, la humildad, la mansedumbre, la justicia, etc. En ellas descubrimos la meta de nuestra existencia y el fin último de nuestros actos. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 6 de junio de 2021

«Buscando a Jesús alejándose del mal»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este domingo en el Evangelio (Mc 3,20-35) encuentro dos temas que se entrecruzan y son de vital importancia. Está presente el tema del mal en el mundo y el tema de la familia de Jesús. Primeramente toco el tema de la realidad del mal. No es difícil hacer la lista del mal en el mundo, y la lista sería larga, además de dolorosa. La envidia y el egoísmo, la imposición de la voluntad de algunos a los demás, el hacer lo que viene en gana sin pensar si con ello se perjudica a otros, la capacidad para criticar e incluso calumniar sin pensarlo dos veces, el afán por adelantar aunque sea a costa de los demás... Y luego, junto a esa lista, otra dramática y horrorosa, hecha de armas y más armas, hambre y más hambre, países del Norte de nuestro mundo que son cada vez más ricos mientras que muchos del Sur del mundo son cada vez más pobres y para colmo, una pandemia de tal magnitud.

Para la tradición judía, el mundo está entregado a merced del espíritu del mal por voluntad de los hombres que le siguen. Pero los últimos tiempos verán la aparición del Espíritu de bondad, que orienta al hombre hacia el bien y le abre el camino hacia el reino. El hecho de que Cristo arroje a los demonios es señal de que ese Espíritu de bondad está ya actuando en el mundo (Mt 12, 28). Los escribas no negaban que Jesús arrojara a los espíritus malos, sino que, en lugar de ver en ello la presencia del Espíritu bueno, se inventaban una explicación que afirmaba que seguramente es en nombre del jefe de los demonios como Jesús expulsaba a los demonios subalternos (Mc, 3,23). Para Jesús, esta interpretación equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo, negando su presencia en el mundo y negándole la capacidad de reconstruir un mundo nuevo. Este pecado no tiene perdón, porque quien comparte una afirmación así no puede formar parte del Reino, puesto que niega precisamente la misión del Espíritu, que es el único que puede instaurar el Reino (Mc 3,28-30) y hacer de los seguidores de Jesús una familia.

El tema de la familia de Jesús es el siguiente punto, que viene presentado de una manera muy especial. La familia de Jesús quiere recuperarlo, aunque sea por la fuerza: «vinieron a llevárselo» porque, según aquella gente, «no estaba en sus cabales». Todos estos hechos de Jesús, lo mismo que sus palabras, según ellos, lejos de revelar una autoridad inaudita suponen y manifiestan una persona enferma a la que es preciso encerrar. Lo que pasa es que no entendían nada, y han contagiado hasta a los mismos miembros de la familia de Jesús de tal consideración. Pero Cristo sabe perfectamente quién es él y quién es su familia. Su familia trasciende los lazos de sangre y está compuesta no solo por el grupo consanguíneo, sino por todos aquellos que quieran hacer la voluntad del Padre, teniendo, como modelo, al principal miembro de su familia: La santísima Virgen María. La preocupación por «cumplir la voluntad de Dios» inspira la vida cotidiana de todo discípulo–misionero que se hace familia con Jesús (Lc 12,46s.) y constituye el objeto de su oración (Mt, 6,10). Esta comunidad sigue en esto el ejemplo que Jesús le dio, en el momento decisivo (Mc 14,36). Seamos, con María, la familia de Jesús. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

P.D. Quienes tienen obligación de votar, no dejen de hacerlo, es un deber moral que marca el destino de una nación.

sábado, 5 de junio de 2021

«La viuda y sus moneditas»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy tenemos en el Evangelio (Mc 12,38-44) uno de los pasajes más sencillos, profundos y preciosos de la Sagrada Escritura. En él, luego de que Jesús advierte sobre la soberbia de los escribas, se fija en una viuda muy pobre que ni siquiera sabemos su nombre, pero que en todo se presenta como mujer generosa para con Dios dando todo lo que tiene como ofrenda en el Templo. Este relato está en dos de los evangelios, en este de San Marcos y en San Lucas (Lc 21,1-4). Los escribas a los que se refiere Jesús no son honestos sobre lo que ellos son. Pero la viuda que puso dos pequeñas monedas sin valor en la ofrenda, no teme demostrar a los demás quién es ella. La viuda como signo de la verdadera religión, entiende y cumple el sentido más profundo de la piedad israelita como ejercicio de gratuidad, es decir, confiando plenamente en la providencia divina, lo que se traduce en un gesto de gratuidad total para con los demás entregando lo poquito que tiene. De esta manera la viuda pobre del evangelio, en su misma pobreza, sin ser profesional de la escritura como los escribas, como mujer abandonada, que no tiene marido, carece de familia y de recursos económicos, es presentada por Jesús como signo de Dios y parte de su reino.

Jesús proclama que la mujer que entrega dos pequeñas monedas de cobre ha dado más que toda la gente rica. De una manera muy real, este es el resumen de todo el Evangelio, porque Dios mira los corazones y su prontitud para dar generosamente. Aquí cabe muy bien hacernos una serie de preguntas para responder con veracidad: ¿En cuál de las dos estampas quedamos retratados, en los escribas o en la viuda? ¿De qué vamos por la vida: buscando los primeros lugares o tratando de hacer el bien sin llamar la atención mostrándonos como somos? ¿En qué papel estamos, en los idólatras del dinero o en los desprendidos? ¿Estamos dando lo que nos sobra o nos damos a nosotros mismos, y sin factura? ¿Medimos nuestro valor por el éxito externo, o estamos libres para mirar el interior del corazón y estar listos para ser generosos, incluso en nuestra pobreza? El pasaje nos ofrece la oportunidad de pedir a Dios que nos ayude a mirarnos, como Él nos mira.

San Marcos con este contraste que narra el pasaje expresa a través de los escribas la incredulidad del Israel oficial: su vanagloria, su egoísmo, su acaparamiento de los bienes ajenos con excusa de oraciones y por otra parte la viuda pobre que expresa dónde está el camino para la fe auténtica: la pobreza como entrega de la propia vida por los demás. El texto debe de quedar para nosotros, discípulos–misioneros de Cristo como un llamado para que revisemos nuestro modelo religioso construido según el modelo del Israel oficial, con puestos y jerarquías, con privilegios y categorías, con fuerzas de poder que se entremezclan con la compraventa de ritos. Estamos llamados a vivir nuestra experiencia religiosa como un compromiso con los más pobres y oprimidos de la tierra desde la entrega generosa y gratuita de la propia vida, así asumimos el mensaje salvífico del evangelio como un gesto de amor liberador. Pidamos a María Santísima sencillez de vida para que como ella y San José nos mostremos como somos y demos todo desde nuestra pobreza. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 4 de junio de 2021

«Anunciar la Buena Nueva sin discutir»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el Evangelio —como decía el otro día— hay varias discusiones de Jesús con los representantes de las sectas judías, que, en el Evangelio de hoy (Mc 12,35-37), ante la discusión, inmediatamente Jesús toma la iniciativa y orienta el tema hacia los orígenes del Mesías. La argumentación a la que recurre Jesús se fundamenta en un procedimiento rabínico consistente en contraponer dos tradiciones o dos textos bíblicos para llegar a una síntesis. Y precisamente a esa síntesis va a pasar la última pregunta de Cristo: «Si es Señor, ¿cómo puede ser hijo?» Es evidentemente para nosotros comprender que el Mesías es al mismo tiempo hijo de David y Señor porque es a la vez hombre y Dios (Rom 1, 3-4). Por eso los cristianos contemplamos el misterio de Pascua y citamos con frecuencia el salmo 109/110 para aclarar cómo el hijo de David es también hijo de Dios (Hch 2, 34; 7, 55-56; 1 Pe 3, 22; Ap 3, 21; Col 3, 1; Heb 1, 3-13, etc.).

Jesús es el Señor y es el Hijo de Dios. Él mismo nos ha dicho que él es la luz, el camino, la verdad, la vida, el maestro, el pastor, la puerta. No sólo sabemos responder eso, sino que hemos programado nuestra vida para seguirle fielmente, y aceptar su proyecto de vida, vivir y pensar como él. En eso consiste sobre todo nuestra fe en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. No sólo en saber cosas de él. Sino en seguirle: o sea, hacer nuestros los valores que él aprecia, imitar sus grandes actitudes vitales, su amor de hijo a Dios Padre, su libertad interior, su entrega por los demás, su esperanza optimista en las personas y en la vida y ser así sus discípulos–misioneros.

Pero los pobres judíos del tiempo de Cristo sólo estaban interesados en el advenimiento de un heredero de David, con el poder de un monarca, capaz de restituir las ventajas perdidas por los poderosos ante los invasores enemigos. Jesús se presentó, en cambio, como alguien diferente. Tanto es así que se siente superior a David desde el momento en que comparece ante el pueblo como Hijo de Dios desconociendo a David. Esta actitud es, ante los ojos de los legalistas judíos, una acción agraviante. Pero en el fondo lo que se puede ver es que Jesús decepciona a los jerarcas ya que al proponer todo lo contrario al poder saben que sus ventajas sociales están próximas a sucumbir. Él se presenta como verdadero cumplimiento y realizador de la esperanza mesiánica, pero la quiere purificar de toda mala interpretación o acomodación interesada. Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías, en el cumplimiento del proyecto del Padre de la construcción del Reino. Hoy estamos llamados a construir el Reino de Dios anunciando la «Buena Noticia», la salvación para todos. Nos debemos situar en el camino mesiánico a la luz de todos. De esta manera podremos cumplir, acompañados de María Santísima, con la misión que Jesús nos encomendó de construir un mundo nuevo y mejor, aún si es necesario con la entrega de la propia vida por el reino. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

Letanías al Santísimo Sacramento del Altar...


Dulce Jesús, permite que mi corazón y mis labios dirijan algunas oraciones a la Sagrada Hostia.


Pan Vivo que bajaste del cielo; ten misericordia de nosotros.

Dios escondido y Salvador; ten misericordia de nosotros.

Trigo de los escogidos; ten misericordia de nosotros.

Vino que produces Vírgenes; ten misericordia de nosotros.

Pan pingüe y delicia de los reyes; ten misericordia de nosotros.

Continuo sacrificio; ten misericordia de nosotros.

Oblación munda; ten misericordia de nosotros.

Cordero sin mancilla; ten misericordia de nosotros.

Mesa purísima; ten misericordia de nosotros.

Manjar de ángeles; ten misericordia de nosotros.

Maná escondido; ten misericordia de nosotros.

Memoria de las maravillas de Dios; ten misericordia de nosotros.

Pan sobre-sustancial; ten misericordia de nosotros.

El que habita con nosotros, ten misericordia de nosotros.

Hostia Santa; ten misericordia de nosotros.

Cáliz de bendición; ten misericordia de nosotros.

Misterio de fe; ten misericordia de nosotros.

Muy excelso y venerable sacramento; ten misericordia de nosotros.

El más santo de todos los sacrificios; ten misericordia de nosotros.

Verdadero propiciatorio para los vivos y difuntos; ten misericordia de nosotros.

Celeste antídoto que nos preservas de los pecados; ten misericordia de nosotros.

El más estupendo de todos los milagros; ten misericordia de nosotros.

Conmemoración sacratísima de la Pasión del Señor; ten misericordia de nosotros.

Dádiva que sobrepasa toda plenitud; ten misericordia de nosotros.

Memorial principal del Divino Amor; ten misericordia de nosotros.

Afluencia de la largueza de Dios; ten misericordia de nosotros.

Sacrosanto y augustísimo misterio; ten misericordia de nosotros.

Medicamento de inmortalidad; ten misericordia de nosotros.

Tremendo y vivífico sacrificio; ten misericordia de nosotros. 

Pan hecho carne por la omnipotencia del Verbo; ten misericordia de nosotros.

Incruento sacrificio; ten misericordia de nosotros.

Comida y convidante; ten misericordia de nosotros.

Dulcísimo convite en quien asisten ángeles ministrando; ten misericordia de nosotros.

Sacramento de piedad; ten misericordia de nosotros.

Vínculo de caridad; ten misericordia de nosotros.

Oferente y oblación; ten misericordia de nosotros.

Espiritual dulzura gustada en su propia fuente; ten misericordia de nosotros.

Refección de las almas santas; ten misericordia de nosotros.

Viático de los que mueren en el Señor; ten misericordia de nosotros.

Prenda de la futura gloria; ten misericordia de nosotros. 


Sénos propicio, perdónanos Señor.

Sénos propicio, escúchanos Señor.


De la comunión sacrílega, líbranos Señor.

De la concupiscencia de la carne, líbranos Señor.

Del deseo desordenado de los ojos, líbranos Señor.

De las soberbia de la vida, líbranos Señor.

De toda ocasión de pecar, líbranos Señor.

Por aquel deseo con que deseaste comer esta pascua con tus discípulos, líbranos Señor.

Por la encendida caridad con que instituiste este divino Sacramento, líbranos Señor.

Por tu sangre preciosa, que nos dejaste en el altar, líbranos Señor.

Por las cinco llagas de tu cuerpo sacratísimo, que nosotros recibiste, líbranos Señor.


Nosotros pecadores, te rogamos óyenos.

Que te dignes aumentar y conservar en nosotros la fe, reverencia y devoción de este admirable Sacramento, te rogamos óyenos.

Que te dignes guiarnos por la verdadera confesión de los pecados, a la frecuente comunión, te rogamos, óyenos.

Que te dignes librarnos de toda herejía, infidelidad y ceguedad de corazón de corazón, te rogamos óyenos.

Que te dignes hacernos participantes de los frutos preciosos y celestiales de este Santísimo Sacramento, te rogamos óyenos.

Que te dignes confortarnos y fortalecernos en la hora de nuestra muerte con este Viático celestial, te rogamos óyenos.

¡Oh Hijo de Dios! te rogamos óyenos.


 Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.

 

¡Oh Cristo, óyenos!

¡Oh Cristo, escúchanos!


¡Señor, ten misericordia de nosotros!

¡Señor, ten misericordia de nosotros!


 Un Padrenuestro


V: Nos diste, Señor, el Pan del cielo.

R: Que en sí contiene todas las delicias


V: Bendito eres, Señor, en los Cielos.

R: Digno de las alabanzas que se te den, y de ser exaltado y glorificado en todos los siglos.


V: Señor, oye gustoso mi súplica.

R: llegue a tu oído mi clamor.


 R: El Señor esté con ustedes.

V:  Y con tu espíritu.


Oremos:

¡Oh Dios, que nos dejaste la memoria de tu Pasión en este admirable Sacramento! Concédenos que de tal suerte veneremos los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre, que experimentemos continuamente en nosotros el fruto de nuestra redención. Que vives y reinas con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.


(Compilado por José Gálvez Krüger).

jueves, 3 de junio de 2021

«La solemnidad de Corpus Christi»... Un pequeño pensamiento para hoy


La solemnidad del Corpus Christi nos invita a contemplar y adorar el Misterio eucarístico del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En la Eucaristía, el Señor se ha querido quedar real y permanentemente presente entre nosotros. Ciertamente que Jesús está entre nosotros de muchos modos, pero en la Eucaristía lo está de un modo eminente. La Eucaristía es el don por excelencia del Señor a su Iglesia, porque es el don de sí mismo. Gracias a la acción del Espíritu Santo, al proclamar el sacerdote las palabras de Jesús en la Última Cena sobre el pan y sobre el vino, estos se convierten como entonces en su Cuerpo y en su Sangre. Jesús se hace y está realmente presente en la Eucaristía en su divinidad y en su humanidad gloriosa. Con esta solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, la Iglesia muestra al mundo, que Jesucristo, lejos de abandonarnos, se ha quedado en el misterio de generosidad, fraternidad, amor, pasión, muerte y resurrección que es la Eucaristía. 

El documento del Concilio Vaticano II, Presbiterorum Ordinis, dice en el número 5 que el sacramento de altar «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, a Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo». En la Eucaristía, Jesús mismo se hace alimento nuestro, nos da a comer su Cuerpo y a beber su Sangre para que tengamos «parte de su vida divina». Atravesando el umbral de la muerte, él se ha convertido en Pan vivo, auténtico maná, alimento inagotable por todos los siglos. El Evangelio de hoy nos revive el momento de la institución de la Eucaristía (Mc 14,12-16.22-26) y obviamente vale la pena leerlo y meditarlo. 

Celebrar esta fiesta, en el contexto de esta extendida pandemia por la que estamos pasando, tiene una connotación especial. Durante todo este tiempo hemos formado un solo cuerpo, en la familia como una verdadera «iglesia doméstica», en la oración, en la participación virtual de las Misas. Pero, también, hemos sido un solo cuerpo en la caridad, mediante la solidaridad de miles de voluntarios para dar de comer a los que perdieron el trabajo y que tienen hambre. Hemos aprendido a despojarnos de algunas cosas para ser solidarios. Estos gestos de solidaridad, propios de los que se alimentan de la fe en el Cuerpo de Cristo, contrastan radicalmente con lo que rechazamos y denunciamos a nuestro alrededor, un mundo obstinado en lo material que quiere hacer a un lado a Cristo, así que al celebrar esta fiesta no nos quedemos en el sentimiento. Dejemos que el Pan de vida actúe en cada uno de nosotros con la fuerza del amor. Que María Santísima, la Mujer eucarística quien engendró a su Hijo, sumo y eterno Sacerdote, interceda por nosotros en esta hora en que se nos regala el gran misterio eucarístico para difundir el amor y la solidaridad, junto con la justicia y la paz. ¡Bendecido Jueves de Corpus Christi!

Padre Alfredo.

miércoles, 2 de junio de 2021

«Jesús, los saduceos y el tema de la resurrección»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todos tenemos el concepto claro de Cristo como alguien caracterizado por el amor, la compasión y la dulzura, y por supuesto, esto es completamente cierto, pero no todos lo han comprendido a lo largo de la historia y eso también lo tenemos claro. En el pasaje del Evangelio de hoy vemos que él tuvo numerosos y duros enfrentamientos con los religiosos de su tiempo, los escribas, los fariseos y saduceos le hacían, como decimos coloquialmente, la vida de cuadritos. La razón es que él nunca dejó de señalar el error y denunciar el pecado. Por lo tanto, al estudiar sus controversias, debemos observar cuáles fueron los principios que defendió y los errores que atacó.

Uno de los debates que Jesús tuvo con los saduceos se muestra ahora y es acerca de la resurrección (Mc 12,18-27). La importancia de este tema queda subrayada no sólo por el hecho de que los tres evangelios sinópticos hablan con certeza de la resurrección, sino porque si no existiese ésta, el cristianismo no tendría nada que ofrecer a este mundo. San Pablo lo expresó perfectamente a los corintios (1 Co 15,13-19). Pero los saduceos son hipócritas con Cristo, pues ellos no creen en la resurrección y le hacen una pregunta dictada no por el deseo de saber la respuesta, sino para hacer caer y dejar mal a Jesús. Vale la pena, por supuesto, leer el pasaje completo para ver que el caso que le presentan es bien absurdo: la ley del «levirato» (de «levir», cuñado: cf. Dt 25) que marcaba que cuando una mujer quedaba viuda y sin descendencia se debería desposar con su cuñado para dejar descendencia. Aquí la cuestión es llevada hasta consecuencias extremas, la de siete hermanos que se casan con la misma mujer porque van falleciendo sin dejar descendencia. Pero Jesús no se deja llevar por cuestiones falsas o hipócritas, él no cae en el juego sino que responde desenmascarando la ignorancia y la malicia de los saduceos. A ellos les responde precisamente afirmando la resurrección en la que no creen: Dios es Dios de vivos. Nuestra resurrección será una cuestión totalmente nueva y diversa de lo que vivimos aquí en la tierra.

Al leer y reflexionar el texto debemos hacer a un lado el absurdo y profundizar sobre el misterio de un Dios que da la vida, que transforma nuestro ser, nos resucita. De esta forma San Marcos anticipa el contenido de la resurrección de Jesús como vida después de la muerte y nos invita a descubrir el verdadero poder de Dios que transforma las fuerzas de la muerte en fuerzas de vida. Frente a la muerte tenemos que tener una actitud de acogida y una gran capacidad de tratarla como lo hizo San Francisco de Asís quien la llamaba «la hermana Muerte» y frente a la resurrección tenemos que entender el contenido de justicia que ella esconde. Para el Nuevo Testamento la resurrección no es eternizarse por siempre, sino que es la justicia que Dios hace a los hombres y mujeres que han asumido la justicia como causa y defensa de la vida y de la dignidad humana como bandera llevándolos a vida eterna. Ante esto no nos queda sino fomentar nuestras ansias de ver a Dios, el deseo de estar para siempre reinando junto a Él. Pidamos con María Santísima que gastemos la vida seguros de nuestra creencia en la resurrección de los muertos. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 1 de junio de 2021

«Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy el Evangelio (Mc 12,13-17) nos pone el pasaje tan conocido de: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». El pasaje está puesto en un espacio del Evangelio en donde los escribas, saduceos y fariseos someten a Jesús. Ellos buscaban siempre la manera de que Jesús transgrediera la Ley para poderlo acusar, pero él no cae en sus trampas, porque el Reino de Dios no margina a los reinos terrestres asumidos por Dios en Jesucristo.

Querer dar a Dios lo que le es debido supone necesariamente también que se dé al César lo que le pertenece. El Reino de Dios no es de este mundo en el sentido de que no es uno más entre los reinos terrestres; pero está en el mundo, en el sentido de que es extensible a todos los reinos de acá abajo. No se podrá, por tanto, ser auténticamente cristiano al margen de las realidades de este mundo, y todo intento de marginación desemboca al final en un estilo de vida que es también marginal al verdadero Dios. Por ejemplo, en México tendremos el próximo domingo la jornada electoral para elegir muchos cargos públicos entre los cuales hay gobernadores, alcaldes y diputados. La forma en que el discípulo–misionero de Cristo vive su fe en el discurso público, es predominantemente a través del voto y por eso el creyente tiene la obligación moral de saber elegir. En su documento Evangelii Gaudium, en el número 183, el Papa Francisco anota: «Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos», así que a dar al César lo que es del César yendo a votar.

La política es un aspecto importante de la vida de los hombres en sociedad: es a este nivel más amplio que se toman las decisiones más importantes que interesan a la vida y al desarrollo completo del conjunto de los ciudadanos. El Papa y los obispos no dejan de recordarnos que ningún cristiano debe quedarse al margen. Sobre un asunto tan grave... en un momento tan crítico... dentro de un contexto ambiguo de recelo en que se busca enredarlo todo habría que preguntarse: ¿cuál sería la actitud de Jesús? Y salir a votar con fe. Que María Santísima nos ayude a abrir siempre los ojos y el corazón para saber dar lo mejor tanto a Dios, como al César desde nuestra condición de bautizados. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.