miércoles, 9 de mayo de 2018

«Predicar sobre el tema del Dios desconocido»... Un pequeño pensamiento para hoy


Si en el tiempo de los primeros cristianos, Roma era la capital administrativa del Imperio, Atenas seguía siendo la capital filosófica. En ella se discutían las grandes corrientes del pensamiento de aquellos tiempos. Nuestra reflexión de hoy nos lleva allá, a donde Pablo, con dos o tres cristianos, llega a predicar (Hch 17,15.22-18,1). Atenas era una ciudad de un medio millón de habitantes, con una cultura inhumana en la que los esclavos y los pobres constituían los dos tercios de la población. Una ciudad cosmopolita en la que se mezclaban y se enfrentaban todas las razas. Una ciudad depravada donde alardeaban cínicamente todos los vicios habidos y por haber. Y con todo, guiado por el Espíritu, San Pablo se lanza allá. A nosotros, que con mucha frecuencia nos encontramos también ante la angustia de dar a conocer el evangelio a un mundo masivamente paganizado, como esta selva de cemento y otras tantas ciudades así, nos hace falta la fuerza y la resistencia que a San Pablo daba el Espíritu Santo para poder introducir el evangelio en el corazón del mundo. El Areópago era la «plaza central» de Atenas. El lugar donde se reunían los filósofos y los estudiantes para discutir. Allí, Pablo, de pie, con entereza y gallardía predicó uno de sus discursos más completos y emotivos con un tema basado en «El Dios desconocido». Pero, como él mismo se dio cuenta más adelante... ¿es mediante discursos cómo el cristiano debe abordar el mundo pagano o ateo? ¿No será necesario más bien comenzar por insertarse en el mismo corazón de las actividades humanas y vivir de tal manera que se predique con ejemplo y un estilo de vida?

¿Cómo podremos anunciar a Cristo a la juventud de hoy, o a los alejados, o a los agnósticos? ¿Qué medios podremos utilizar? ¿Cómo podremos ayudarles a pasar del mero materialismo a una visión más espiritual de la vida y del destino sobrenatural que Dios nos prepara? ¿Cómo podremos tomar como puntos de partida tantos valores que hoy son apreciados, como la justicia, la igualdad, la dignidad de la persona, la ecología, la paz, para pasar claramente al mensaje de Jesús y proponerles su persona y su Evangelio como la plenitud de esos y de otros valores? Para Jesús también fue difícil predicar, sus seguidores muchas veces no captaban bien lo que les decía: qué clase de mesianismo era el suyo, cómo se podía entender la metáfora del templo destruido y reedificado, por qué entraba en su camino redentor la muerte y la resurrección, qué significaba la Eucaristía que prometía. Cristo es la verdad, y la verdad plena, pero, la inteligencia y comprensión de esa verdad, por parte de los suyos, se deberá al Espíritu Santo, después de la Pascua y de Pentecostés: «cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena» (Jn 16,13).

No sabemos, al igual que aquellos atenienses, comprender la trascendencia del mensaje de Cristo (Juan 16,12-15). Amor, servicio, compasión, son palabras sencillas de decir, pero conceptos difíciles de asumir y hacer vida. «De esto te oiremos hablar en otra ocasión» le dicen a San Pablo al terminar su elocuente sermón. Hablar de Jesús y sus intereses hoy sigue siendo tremendamente difícil. Sobre todo en un mundo a veces tan vacío de espíritu y sobrado de materia. En un mundo tan increyente en lo divino y tan idólatra en lo humano. ¡La Atenas de ayer y el mundo de hoy se parecen más de lo que creemos! El orgullo por el progreso y la cultura conquistada embotan mentes y ciegan corazones. La verdad sobre Dios o el acontecimiento de la resurrección suenan a broma o a curiosidades de mejor ocasión para muchos, incluso algunos cercanos a nosotros. Pero el apóstol nunca debe resignarse a acallar al Espíritu que lo impulsa. Quizá la clave no sea intentar convertir a las elites de la cultura con palabras como he dicho, sino inmiscuirse dando testimonio de vida cristiana en el templo, junto al río, en la cárcel o en la plaza de Atenas como Pablo. Lo importante es anunciar a Cristo dejando que entre en nuestras vidas y en las de los demás, no sea que como Lope de Vega terminemos por responder: mañana le abriremos para lo mismo responder mañana (Soneto XVIII, Rimas sacras). No dejemos para más tarde el anuncio de la Buena Nueva que podamos dar hoy. Abramos la puerta al Espíritu y dejémonos acompañar por la Madre de Dios que se encaminó presurosa. Abramos el corazón a un Espíritu que, además de defensor y abogado, es maestro... porque Él nos guiará hasta la verdad plena. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 8 de mayo de 2018

«Misioneros siempre»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Iglesia es misionera por naturaleza, la vocación cristiana nace necesariamente dentro de una experiencia de misión que a veces está llena de éxito y en otras ocasiones acarrea hasta la persecución y la cárcel. Ayer, en la primera lectura de Misa nos llenaba de gozo con la predicación de los misioneros a la orilla de un río y en la casa de Lidia. En la lectura de hoy, a los misioneros les cala la persecución, la tunda y la cárcel (Hch 16, 22-34). Pero, por el «sí» dado por todo evangelizador a quien le ha llamado —es Cristo el que llama— la misión siempre es fructífera. «¿Qué debo hacer para salvarme?» Pregunta el carcelero sorprendido por el hecho milagroso del estruendo del temblor al ver que los presos no han escapado y que siguen en oración y alabanzas. Y la respuesta de los misioneros liberados milagrosamente no se hace esperar, es clara, concreta y sencilla: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia». ¡Cómo me recuerda esto al Venerable Cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân! El arzobispo coadjutor de Saigón, que sufrió la represión por parte del Gobierno comunista de Vietnam, arrestado el 15 de agosto de 1975, día de la Asunción de la Virgen, acusado de formar parte de un complot entre el Vaticano y el imperialismo para organizar la lucha contra el régimen comunista. 

Durante los años en que estuvo en prisión, que fueron 13, el obispo —al que tuve el gusto de conocer y que murió de cáncer el 16 de septiembre de 2002— aprovechó para seguir el ejemplo de San Pablo y escribir cartas a los fieles desde la cárcel en pequeños papelitos que iba entregando de manera clandestina. También suscitó el aprecio de sus captores, a quienes enseñaba un nuevo idioma cantándoles en latín el Tantum Ergo, el Salve Regina, el Adorote Devote y otros. Nueve de estos años los pasó en una celda de aislamiento en donde celebraba Misa con tres gotas de vino y una de agua en la palma de mi mano. Cuando fue liberado, desterrado de su país llegó al Vaticano. En 1998 fue nombrado presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz por San Juan Pablo II. En uno de sus libros «El camino de la esperanza escribe: “Para ti el momento más bello es el momento presente (cf Mt 6, 34; St 4, 13-15). Vívelo en la plenitud del amor de Dios. Tu vida será maravillosamente bella si es como un cristal formado por millones de esos momentos. ¿Ves como es fácil?” (El camino de la esperanza, 997). 

Por su parte, la partida de Cristo y el aparente abandono en el que deja a sus apóstoles constituye el tema esencial de la perícopa del Evangelio de hoy (Jn 16,5-11). Cristo afirma que su partida está cargada de sentido: El vuelve al Padre (Jn 14, 2,3,12;16,5), porque su misión ha terminado y el espíritu Paráclito será el testigo de su presencia (Jn 14,26;15,26). Jesús compara la misión del Espíritu con la suya; en efecto, no se trata de creer que ha terminado el reino de Cristo y que es reemplazado por el del Espíritu, sino que de hecho, la distinción reside más bien entre el modo de vida terrestre de Cristo que oculta al Espíritu y el modo de vida del que Él se beneficiará después de su resurrección y que no será ya perceptible por los sentidos, sino solamente por la fe: un modo de vida «transformado por el Espíritu» (Jn 7, 37-39) que alentará el andar misionero de quienes quieran seguirle, amarle y anunciarle. Sus discípulos–misioneros no encontrarán ya una presencia física, sino una presencia espiritual que les dará fuerza en todo momento y les hará misionar en todo tiempo y lugar y bajo toda circunstancia. Con frecuencia el discípulo–misionero se encontrará con momentos duros y de incertidumbre ante una sociedad como la nuestra (cf Mt 9, 36), pero la Palabra de Dios no pasa; recorre la historia y, con el cambio de los acontecimientos, permanece estable y luminosa (Mt 24, 35). La fe de la Iglesia está fundada en Jesucristo, vivo y resucitado para nuestra salvación. Con la riqueza y a la ves la sencillez de la liturgia de hoy, con el Cardenal Van Thuân, que por cierto se sentía acompañado en la cárcel por Nuestra Señora de La Van, san Juan María Vianney, Santa Teresita del Niño Jesús y San Francisco Xavier, hoy pudiéramos decir al Señor bajo la mirada compasiva de su Madre: ¡Aumenta nuestra fe, Señor! ¡Aumenta nuestra alegría, Señor! Y que la cruz no sea nunca fuente de tristeza, sino visión de la resurrección. ¡Bendecido martes y les prometo, si Dios me lo permite, saludar a la Virgen en la Basílica de Guadalupe esta tarde de parte de todos! 

Padre Alfredo.

lunes, 7 de mayo de 2018

«La primera Misa»... Un pequeño pensamiento para hoy

La aventura de la Fe comenzó en Jerusalén, junto al Gólgota y una Tumba vacía, luego la Fe se extendió por Samaria, y Antioquía de Siria para después llegar al Asia Menor. Y he aquí que aborda un nuevo continente. En la primera lectura de hoy nos encontramos probablemente en la primavera del año 50, unos veinte años después de que Jesús «diera su vida» y resucitara (Hch 16, 11-15). En los siglos siguientes, esa misma corriente de vida llegará a todas las naciones. ¡Y estamos todavía en los comienzos! Ayer domingo concluyó en la isla de Cozumel este año el Congreso Eucarístico Nacional de México, que se desarrolló del 3 al 6 para conmemorar el 500 aniversario de la celebración de la primera Misa en nuestro país. Acompañando al capitán Juan de Grijalva en la segunda expedición realizada de Cuba a la península de Yucatán iba, como capellán mayor, el sacerdote Juan Díaz, tres días después de llegar a Cozumel —en el actual estado de Quintana Roo— al sur de México, el padre Díaz celebró la Misa el 6 de mayo de 1518. Esta Misa quedó registrada en una crónica escrita por el sacerdote, titulada «Itinerario de la armada del rey católico a la isla de Yucatán, en la India, el año 1518, en la que fue por Comandante y Capitán General Juan de Grijalva».

Leyendo este relato de los Hechos de los Apóstoles imagino aquellos primeros días en que la fe llegó a este México lindo y querido y las dificultades que los primeros evangelizadores encontraron. Algo quizá muy parecido a lo que Pablo y aquellos primeros cristianos vivieron. San Pablo se adaptaba a las circunstancias que iba encontrando. A veces predicaba en la sinagoga, otras en una cárcel, o junto al río, a la orilla del mar o en la plaza de Atenas. Si le echaban de alguna parte, se iba a otra. Si le aceptaban, se quedaba hasta consolidar la comunidad. Pero siempre anunciando a Cristo. Así la comunidad cristiana —en su nivel universal y en el local— deberá tener tal convicción de la Buena Nueva que, conducida por el Espíritu de Jesús, no conocerá barreras, y anunciará la fe en Asia y en Europa, en África y en América y hasta llegar a la lejana Oceanía. En grandes poblaciones y en el campo. En ambientes favorables y en climas hostiles. En la escuela y en los medios de comunicación... El Apóstol de las Gentes nos cuenta hoy cómo busca, a la orilla de un río, a unas personas piadosas —sobre todo mujeres, que siempre están dispuestas como Magdalena, la Apóstol de los Apóstoles a nacer y crecer en la fe— que se reúnen allí para orar. Dios «abre el corazón» de una de ellas llamada Lidia, vendedora de púrpura, para que se convierta. Será ella la primera mujer de otro continente que creerá en Jesús. Una mujer hospitalaria, que invita a Pablo y los suyos a hospedarse en su casa, porque sabe que a quien invita es a Cristo Jesús.

El Evangelio de hoy (Jn 15,26–16,4), nos narra cómo los integrantes de las primeras comunidades de católicos se presentaban como testigos fieles del resucitado que comunicaban, ante todo, una experiencia de vida. Sus palabras encendían la luz de la verdad allí donde se iban estableciendo y vivían, a pesar de los opositores que encontraban, fieles en el amor a la verdad y en la amistad con Jesús. Esta actitud les fue ayudando a hacer frente al embate judío en aquellos tiempos y al embate de la indiferencia religiosa de muchos en el tiempo que a nosotros nos toca vivir. Los primeros cristianos no se quedan en su casa como muchos creyentes de ahora, ellos salían, se ponían en camino, iban «Ad gentes» (hacia las gentes), conscientes de que todo el que va, se está vaciando de su seguridad para abrirse al otro. Leyendo y reflexionando en la liturgia del día de hoy creo que a nuestra evangelización actual le hace falta a menudo esta audacia de aquellos primeros para ir a los lugares a donde está reunida la gente. A veces, los relatos más simples de la Escritura y los hechos y dichos de los primeros misioneros en todas las naciones, esconden luces que pueden iluminar el caminar. En el ambiente en el que vivimos, sin alardes, tenemos que salir al encuentro, trabar conversación con los que no creen, con los que han sacado a Dios de su vida o han olvidado a Cristo como centro de su existir. Tal vez si dejándonos guiar por el Espíritu, contamos nuestra experiencia o dejamos una constancia de nuestras vivencias, como hicieron San Pablo en casa de Lidia o el padre Juan Díaz al celebrar la primera Misa en México, logremos que se abra el corazón de algunas personas a nuestro alrededor. Que María, que se encaminó «presurosa» siempre que era necesario como en las montañas de Judea o en Caná, nos ayude a no guardarnos la fe, sino a que aún en medio de la indiferencia o la persecución, la compartamos. ¡Bien decía San Juan Pablo II: «la Fe se fortalece dándola! Feliz inicio de semana académica y laboral para todos, siendo misioneros aquí, en donde el Señor nos ha puesto este lunes.

Padre Alfredo.

domingo, 6 de mayo de 2018

«¡Que salgamos ganones!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos ya en las últimas semanas de la Pascua que es el tiempo litúrgico marcado por el sentido de «fiesta». Tal vez no estemos acostumbrados a que una fiesta dure tanto, pero nuestro calendario cristiano nos invita a celebrar la alegría pascual durante todas estas semanas «como un solo y único día de fiesta». La Pascua es más importante que la Cuaresma para la comunidad cristiana porque el Señor Jesús crucificado por nuestros pecados fue, como el cordero pascual «inmolado» para luego resucitar abriéndonos la esperanza a la resurrección y haciendo de ello, un día de «fiesta» porque Dios, «que nos amó primero, antes que nosotros le amáramos», estaba reconciliando al hombre consigo mismo. El Padre diseñó que el día que su Hijo Unigénito resucitara, fuera una gran fiesta para el cielo y la tierra. Junto a estos últimos días de la Pascua, hay una cierta novedad: el recuerdo de la Virgen María, en este mes de mayo. Como Ella —sin quitar obviamente nada de centralidad al Señor— fue buena Maestra para que celebráramos bien al Adviento, la Navidad, la Epifanía y la Cuaresma, así también Ella, por su cercanía a Cristo en su camino de la Cruz a la Resurrección y el envío del Espíritu, nos puede ayudar a vivir mejor la Pascua y la fiesta de Pentecostés ya próxima. Porque fue la mejor discípula, Ella puede ser una buena Maestra para la comunidad pascual que se deja llenar del Espíritu. 

El mensaje de la Palabra de Dios para hoy, en el contexto de la Pascua, es claramente el amor (Hch 10,25-26.34-35.44-48; Sal 17; 1 Jn 4,7-10; Jn 15,9-17). Ser discípulo­–misionero de Cristo es, fundamentalmente, estar dispuesto a amar. Con eso sería suficiente para transformar nuestro mundo y mantenerlo en un clima de concordia, de solidaridad y de paz; porque si los 740 millones de católicos que somos, nos decidiésemos a vivir amando a Dios y a los hombres, el mundo recibiría un impacto superior al de la bomba atómica de hace años y, desde luego, una explosión de signo absolutamente contrario a la guerra. Lo que pasa es que hemos devaluado el amor o lo hemos archivado, reduciéndolo a unas frases redundantes tras de las cuales se esconden descarnadas realidades que no hablan de amor a un mundo que está tan confundido en el tema, que llama amor a lo que no es. Es cierto que en la Iglesia hay maravillosas muestras prácticas de amor a Dios y a los hombres —me bastaría pensar en nuestra misión de Mange Bureh en Sierra Leona— pero no menos cierto que muchos católicos, confundidos con el mundo, están tanto que apenas de distingue porque viven amando a Dios y los hombres en ratitos. 

Vivimos rodeados de matrimonios rotos, vocaciones frustradas y apagadas, tsunamis de gente deprimida y sacudidas de suicidios. En el periódico o Internet se ven rostros oscuros que roban, asaltan, matan, secuestran y nos hacen pensar en corazones que una vez prometieron vivir en el amor y se han desinflado llenándose de odio; las relaciones de amor en las familias cada vez son más efímeras convirtiendo a muchos hogares en hoteles en donde no hay convivencia sino más bien violencia o indiferencia. La idea del amor que perdura en la eternidad se resquebraja cuando la infidelidad, no solo en el matrimonio, sino en todo lo tocante al amor, toca el timbre. Sin embargo, aquí estamos, en medio de ese mundo sabiéndonos amados por Dios y queriendo amar a su estilo. El amor es el mandamiento por excelencia que nos deja Jesús y motiva nuestro diario vivir, aunque nunca sea del todo aprendido ni cumplido. En la segunda lectura de hoy se nos da la densa definición: Dios es amor. El es la plenitud del amor, el que primero ha amado y sigue amando. La iniciativa siempre es y sigue siendo de Él, nosotros le amamos a él, porque «él nos amó primero» (1 Juan 4,19) y Él nos invita a «permanecer» amando. «Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. (Jn 15,9-10). El mundo aspira a michas cosas extrañas y las funda según él en el amor. Por ejemplo, defiende la vida de las ballenas, del rinoceronte de Java o el gorila de las montañas, pero no la de los niños en el vientre materno; construye armas cada vez más poderosas para establecer la paz, pero crea y defiende la guerra... El escritor español Cesar Vidal (cristiano practicante en la religión evangélica y estudiado en Universidades Católicas), tiene una novela que se titula «Te esperaré mil y una noches», en la que Eric, el protagonista de la historia tiene una frase que viene bien para terminar la reflexión de hoy: «He amado más de lo que me han amado, he leído más de lo que me han leído, he ayudado a los demás más de lo que me han ayudado y, precisamente por eso, en el debe y el haber de nuestra efímera existencia, sé que he salido ganancioso»... Pidámosle a María, llegando casi al final de la Pascua e inmersos en el mes de mayo a Ella dedicado, que nos ayude para salir «ganones» de este tiempo litúrgico que nos debe hacer vibrar en el amor. ¡Bendecido domingo para todos... y que gocen la celebración de la Misa de hoy! 

Padre Alfredo.

sábado, 5 de mayo de 2018

«Ansias misioneras»... Un pequeño pensamiento para hoy


En todo el libro de los Hechos de los Apóstoles es fácil percibir el protagonismo del Espíritu Santo, que impulsa a los Apóstoles y a los primeros cristianos a llevar el anuncio de la Buena Nueva a judíos y gentiles implantando la Iglesia fundada por Jesucristo. El Espíritu Santo, por diversos medios, es quien les dice que a tal región no vayan, y a tal otra sí, como por ejemplo a Macedonia. Con esta colaboración entre el Espíritu invisible y la comunidad visible —en modo particular sus responsables— se fue extendiendo por el mundo la fe en Cristo. Hoy, la primera lectura (Hechos 16,1-10) nos narra cómo la fe se fue extendiendo hasta Europa. Las Iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día gracias a la tarea misionera en esa escucha al Espíritu. Una cosa es importante, la Palabra de Dios se extendía gracias a la entrega y generosidad de «gente ordinaria», es decir, de hombres y mujeres que, como nosotros, vivían situaciones comunes y experimentaban la alegría, la esperanza, el triunfo, el fracaso, el hambre, la sed, el cansancio, el dolor, el insomnio... Es precisamente en una noche de insomnio en la que San Pablo tuvo una visión en la que un macedonio le rogaba: «Ven a Macedonia y ayúdanos». EL Apóstol de las Gentes no se lo pensó dos veces y se puso en camino con Timoteo, seguros de que Dios los llamaba a predicar el Evangelio en aquella región. 

Así, Dios empuja a Pablo a ir más lejos, a abordar un nuevo continente, la Grecia propiamente dicha, Europa. ¡Es un hombre quien le llama en el sueño y le dice: «Ven a ayudarnos»! San Pablo sabe que el paganismo, en el fondo, es la peor miseria y que, en lo más hondo de sí mismo, el hombre aspira a verse liberado de ello. «¡Ayúdame!», es la llamada del hombre que a nosotros también, como discípulos–misioneros nos pide que le comuniquemos la Buena Nueva hoy en medio del neo–paganismo que nos rodea. Este es el origen de la misión. Una llamada de Dios. ¡Dios nos llama en quienes en el fondo están buscan una ayuda que saben puede venir solo de Alguien como Dios! Por desgracia, cuántas veces estamos distraídos o encerrados en nuestros grupos, en nuestro confort y no escuchamos la llamada de nuestros hermanos necesitados y la llamada de Dios que aquella contiene. ¿Qué suerte habría corrido la evangelización de los gentiles en la época apostólica si la Iglesia de Jerusalén se hubiera cerrado haciendo a un lado la tarea misionera? Sin querer excluir intervenciones sobrenaturales, podemos suponer, leyendo todos estos relatos, que la voz del Espíritu hablaba a San Pablo a través del ansia misionera de ir a los terrenos vírgenes y no entrar en campos donde ya era conocido Cristo. 

No puedo dejar de pensar, al reflexionar en esta lectura, en las ansias misioneras de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, que desde estas tierras mexicanas, quiere lanzarse al mundo entero a llevar la alegría del Evangelio. Entre sus escritos hay cosas como estas: «Por este mundo tan lleno de paganismo, de miserias, de pecados, de horrible materialismo. ¡Qué ha pasado con tu amor, Dios mío! ¿En dónde lo has ocultado? ¿Qué haces Señor que no lo haces vibrar en millones de corazones? Ve que son todos tuyos, que tú los amas con ese tu amor inefable que te impulsó a crearlos y a redimirlos» (Ejercicios Espirituales de 1962). «Señor Jesús, tú eres Quien has puesto dentro de mi ser estas ansias que me devoran; este deseo irresistible de que te amen, este anhelo vehemente de llevar tu nombre sagrado, el estandarte de tu amor a todas las Naciones de la tierra» (Lira el Corazón, pág. 157). «¡Ah, tú sabes Padre amadísimo! cuáles son las ansias de mi corazón: ¡La salvación de las almas!» (Estudios y meditaciones). La lectura del evangelio de hoy me muestra también a la comunidad cristiana en el mundo, que en concreto, cuando el Evangelio fu escrito, vivía inmersa en la sociedad pagana y en parte también la judía de finales del siglo I y comienzos del siglo II. Una comunidad que experimentaba a veces el rechazo y hasta la persecución abierta (Jn 15,18-21). En el fondo, si comprendemos bien este relato, vemos que el Señor nos dice que el que quiera ser su auténtico discípulo–misionero será «perseguido», «criticado» y hasta «objeto de bullying», todo eso será señal de que va contra corriente del mal. Si el mundo nos reconoce demasiado como algo suyo, es quizá porque apenas somos un poquito diferente de él y n os falta ir más allá. Hoy es sábado, es día de contemplar a María de una manera especial, que ella, la Reina de las misiones, nos ayude a cultivar en nuestro ser un corazón misionero, un corazón valiente, capaz de anunciar a Cristo en medio de este mundo que, en el fondo, sabemos que grita pidiendo ayuda: ¡Quiero conocer a Dios! Que tengas un buen y bendecido sábado. 

Padre Alfredo.

«¡Tenemos mucho que hacer!»... Un pequeño pensamiento para hoy

Yo creo que para todos es una riqueza el ir recorriendo, en estos días de Pascua, el libro de los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura de Misa. Allí nos encontramos con los gozos y las alegrías de aquella primera comunidad cristiana que nos alienta a vivir la fe en Cristo muerto y resucitado para nuestra salvación. Pero allí también nos topamos con una serie de dificultades que atañen al crecimiento y desarrollo de la Iglesia y que, de igual manera, nos impulsan a trabajar por vencer toda clase de dificultades inherentes a la vida de toda comunidad eclesial. Hoy el escritor sagrado (Hch 15,22-31) nos narra cómo peligra la convivencia entre los miembros judíos y los no judíos que iban integrando la Iglesia; los problemas a veces se presentaban, como hoy, en torno a temas como el matrimonio y las conductas desordenadas de carácter sexual. El desarrollo de la polémica, el contenido de la carta a la que alude el texto y la resolución final hoy las leemos, con acierto, como una manifestación más de la fuerza del Espíritu Santo en el acontecer diario del Pueblo de Dios que sigue peregrinando buscando establecer en el mundo los criterios de Cristo. El Espíritu Santo sigue siendo el principal protagonista de la comunidad de seguidores de Cristo Jesús y su mejor impulso para mantener su ser y quehacer misionero. 

Las letras de esta carta a la que la lectura se refiere tratan de facilitar la mutua convivencia entre los cristianos judíos y griegos, porque tratan de crear un ambiente de caridad que facilite la unión, elementos necesarios en el cristianismo. El trabajo apostólico precisa del impulso del Espíritu Santo y de un clima de libertad para discernir que este mismo Espíritu supera a los preceptos, sean éstos de la Vieja Ley o de cualquier grupo de la gentilidad. Porque parece que esta carta está dirigida a los gentiles para avalar la apertura del nuevo Pueblo de Dios a toda la humanidad, pues es «urgente», que Cristo reine en el mundo entero (Cf 1 Cor 15,25). El Evangelio tiene vocación de ayudar a vivir en el amor a toda criatura, sean cuales fueren los países y las culturas en donde habite. Y la comunidad creyente debe secundar al Espíritu, dador de vida, y no de suplantarlo y ni mucho menos de silenciarlo. EN sus estudios y meditaciones, la beata María Inés escribe: «Los infieles (refiriéndose a los gentiles), también quieren que los enamores. ¡No temas Jesús! Serán muy fieles a tu amor. Esas razas que todavía no son tuyas, si tú vas a ellas, serán santos» (Estudios y meditaciones). 

Cristo Jesús ama a todos como el Padre lo ama a él; su amor debe llegar a todas las naciones porque así lo quiere Él mismo. Cristo busca seguidores de todo tiempo y lugar, por eso, su nuevo y mayor mandamiento es el amor (Jn 15, 12-17). En una audiencia general, san Juan Pablo II, refiriéndose a este tema, expresaba algo que creo puede alentarnos a seguir en esta tarea incansable de esparcir el amor de Cristo desde nuestro ser y quehacer de cada día. El santo Papa decía: «Este es el patrimonio de santidad que Jesús dejó a su Iglesia. Todos estamos llamados a participar de él y alcanzar, de ese modo, la plenitud de gracia y de vida que hay en Cristo. La historia de la santidad cristiana es la comprobación de que, viviendo en el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas, proclamadas en el sermón de la montaña (cf. Mt 5, 3-12), se cumple la exhortación de Cristo, que se halla en el centro de la parábola de la vid y los sarmientos: «Permanezcan en mí como yo en ustedes... el que permanece en mí y yo en él, éste da mucho fruto» (Jn 15, 4-5). Estas palabras se realizan, revistiéndose de múltiples formas, en la vida de cada uno de los cristianos y muestran así, a lo largo de los siglos, la multiforme riqueza y belleza de la santidad de la Iglesia, la “hija del Rey”, vestida de perlas y brocado (Cf. Sal 44/45, 14)» (Audiencia General del 19 de octubre de 1988). ¡Tenemos mucho que hacer! Fruto de la Pascua es el amor que ha de llegar a toda la humanidad. Un amor que ciertamente no es fácil porque no es un amor cualquiera el que el Resucitado nos encomienda. Él se había puesto a sí mismo como modelo entregándose por los demás a lo largo de su vida: «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Es un amor que llega al extremo pues, un amor como el que podemos ver en María, sobre todo en este mes de mayo en que se nos invita a pensar cada día en ella. Termino la reflexión de hoy con unas palabras de San Alfonso María de Ligorio dedicadas a Ella, la Madre del «Amor Hermoso» que llaman alguno a Cristo: «Si juntáramos el amor de todos los hijos a sus madres, el de todas las madres a sus hijos, el de todas las mujeres a sus maridos, el de los santos y los ángeles a sus protegidos: todo ese amor no igualaría al amor que María tiene a una sola de nuestras almas». ¡Bendecido viernes para ti y para todos, esparciendo el amor de Cristo al estilo de María! 

Padre Alfredo.

jueves, 3 de mayo de 2018

«LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ»... Un pequeño pensamiento para hoy

Buen día. De entrada les advierto que hoy seré bastante largo en mi reflexión, así que lean bajo su propio riesgo. Hay días o momentos en donde uno se encuentra de lleno con su humanidad. Ayer muy temprano me puse a hacer mi reflexión para iniciar el día y tomé las lecturas del día anterior que el martes no había tomado mucho en cuenta por meditar en la figura de san José Obrero, al preparar el Leccionario para la Misa me di cuenta. En eso —antes de empezar la celebración— llegaron a pedirme que fuera a ver a un enfermo que estaba muy grave, les dije que en cuanto terminara la Misa iba y así fue, salí corriendo y llegue al domicilio a encontrar que ya se trataba de un difunto que, mientras yo celebraba la Misa había muerto. Por las carreras dejé mi teléfono cargando y como tenía más cosas que hacer, ya no pude volver a mi recamara-oficina (declarada zona de desastre por el desorden reinante desde el domingo) sino hasta tarde. Para cerrar con broche de oro me dio la alergia con sus bellos detalles en vías respiratorias y al prender la computadora me apareció el mensaje de que esperara quince minutos porque se estaba actualizando... ¡La vida es bella porque de una o de otra manera «la Cruz» se hace presente! Contemplando la Cruz de Cristo, uno se da cuenta de que no puede rehuir las dificultades de cada día. El camino de vida es camino de cruz. Lo que a mi me pasó ayer es nada, gran parte de nuestro pueblo padece hoy innumerables cruces que lo agobian y ponen en el límite su fe y esperanza. Sin embargo, es necesario un proceso que haga comprensible esa cruz. Un proceso que no eluda la abominación pero que sepa ver algo más que el sufrimiento. La cruz de Jesús que hoy hay que cargar para ir detrás de Él (Mt 16,24), tiene un valor redentor. 

La exaltación de la santa cruz, esta fiesta antiquísima en la Iglesia que hoy celebramos en México, debe ser para nosotros ocasión de hacer memoria, de recordar y proclamar que Cristo ha sido exaltado en la cruz y que todos los que son de Cristo no pueden apetecer otra gloria que ésta, porque a través de la Cruz se llega a la resurrección. Si somos discípulos–misioneros de Cristo, no podremos entender nuestra vida sin momentos de Cruz, aunque sean tan insignificantes o pequeños como los que me toca a mí vivir casi siempre. En México se celebra en este día porque en el año 326, Santa Elena encontró la cruz y así recordaban a nuestros antepasados los misioneros europeos al traer la fe. Ellos colocaban la Cruz en todas las nuevas construcciones que se iban realizando y eso es algo que hasta la fecha se sigue haciendo, por lo cual es también el día del albañil y es una bonita ocasión para pedir por tantos y tantos mexicanos que, en esta ardua ocupación, encuentran la manera de ganar el pan de cada día. Los albañiles acostumbran colocar, en lo alto de la fachada de toda obra en construcción, una cruz de madera adornada con flores y papel de china, previamente bendecida por un sacerdote. Esta tradición data de la época colonial a partir de la formación de los gremios y fue impulsada por Fray Pedro de Gante. El misterio de la cruz en la vida de Jesús —y por tanto, en la nuestra— no es una exaltación del dolor y del sufrimiento, sino la revelación cumbre del amor. Jesús pudo salvarnos desde el triunfo y la gloria, pero prefirió hacerlo desde nuestra condición humana, desde la humildad, desde el servicio, la obediencia y la renuncia, en vez de imponerse desde el dominio y el poder. «Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre toda y le concedió el "Nombre sobre todo nombre"» (Cf. Flp 2,6-8). 

Jesús nos invita a seguirlo abrazando la cruz de cada día. Saber sufrir con Cristo compartiendo sus amores es la sabiduría de Dios. La pasión de Cristo está todo el año —incluida la Pascua— y todos los días en nuestras calles, en cada hombre o mujer que sufre, en cada situación complicada que se nos presenta, en cada pequeña o grande dificultad, en cada uno de nuestros enfermos y en tantos pobres de nuestra sociedad. Cristo «sufre y muere» en la Cruz que cargamos cada día, pues se identifica con nuestras congojas, sean grandes o pequeñas. Como decía Blas Pascal: «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo». El misterio de la fiesta litúrgica del día de hoy es preludio de la resurrección del Señor. La cruz es su máximo abajamiento, pero paradójicamente es también su máxima exaltación a la gloria. El Crucificado resucitó de entre los muertos y nos redimió. María, que estuvo al pie de la Cruz (Cf. Jn 19,25-30), sabe muy bien de todo esto. Con la mirada iluminada por el fulgor de la Resurrección, nos detenemos hoy 3 de mayo a considerar, como ejemplo a seguir, la adhesión de la Madre a la pasión redentora del Hijo. Volvemos de nuevo, ahora en la perspectiva de la Resurrección, al pie de la cruz, donde María «sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima» por nuestra salvación. (Cf. LG 58). Antes de terminar, no puedo dejar de pensar en una mujer asombrosa que hoy celebraba su santo y su cumpleaños, mi querida «Crucita», la mamá del padre Carlos Careaga. ¡Qué extraordinaria mujer y que amor tan grande a la Cruz! Traer a mi mente y a mi corazón a Crucita, es traer el signo de la Cruz que ella repartía a diestra y siniestra convencida de que no hay vida en abundancia si no había Cruz. ¡Bendecido día de la Santa Cruz! 

Padre Alfredo.

«La comunidad y la paz»... Un pequeño pensamiento para hoy


El mundo en el que vivimos, en cierto sentido, siempre ha sido el mismo, «nada hay nuevo bajo el sol» dice el libro del Eclesiastés (Ecl 1,9). Y a la par de tantas bondades que nos da la vida, del gozo y de la alegría, corren también ambiciones de poder, proyectos deshumanizadores, tradiciones que estancan, estructuras que no admiten revisiones, actitudes religiosas que no van con lo que Dios quiere... Pablo y Bernabé tenían que exponer el mensaje de Cristo y hacer, para ello, una lectura nueva de la Revelación veterotestamentaria (o sea del Antiguo Testamento) en el ambiente del mundo en el que vivían y en medio de una sociedad que se hallaba bajo el cielo de falsas divinidades desconocidas... Las gentes de algunos lugares los recibían con cautela y hasta los expulsaban de algunas ciudades. Pero llenos de entereza se reponían del susto, se marchaban de a predicar en otro lugar y repuestas las fuerzas físicas y espirituales avanzaban sin renunciar a la misión (Hch 14,18-27). 

La Palabra y con ello la Buena Noticia de Cristo, hay que predicarla a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2), aunque sea soportando muchas penalidades. Pero hay que predicar con amor, sin ofender, testificando su verdad con la vida y haciendo de ellos una «invitación» a seguir a Cristo evitando toda clase de fundamentalismo y de imposición; testificando su verdad con la vida, mostrando que en la Palabra de Cristo va la paz del alma, de la virtud, del amor, de la justicia, de la solidaridad. Aunque a Pablo y a los suyos los expulsaban, ellos regresaban con el tiempo al lugar del peligro, de la cruz, porque les urgía la voz del Espíritu, la voz de la Verdad. En el cumplimiento de la misión que Dios nos ha confiado nosotros, como discípulos–misioneros tampoco podemos darnos descanso. El Señor nos ha enviado a todo el mundo para proclamar la Buena Nueva de salvación y tenemos un espacio vital, un aquí y ahora en donde día a día podemos proclamar la Palabra y la Buena Nueva de salvación. Hemos de abrir los ojos ante tantos hermanos nuestros que caminan hoy, como en ese entonces, en tinieblas, y que necesitan que llegue a ellos la Luz, que es Cristo, para que ilumine sus vidas y comiencen a caminar en el bien y en la verdad dándole un nuevo rumbo a la historia de sus vidas. Dios quiere que todos los hombres se salven (2 Tim 4,2); Él nos quiere a todos en su Reino celestial. Jesús se ha convertido para nosotros en el camino para llegar a la posesión de ese Reino que Dios ha preparado para todos los que lo aman y que llena de paz el corazón. 

El tema de la paz aparece varias veces en el Evangelio (cf. Jn 14, 27-31). Jesús deja a los suyos la paz como un regalo de despedida. Por eso, la paz que Jesús ofrece debemos entenderla no como se entiende cuando se habla de paz en el mundo, sino en un sentido pleno y singularmente importante. Como don y como promesa que abarca todo aquello que Jesús reserva a la fe y que fortalece a los discípulos para que, aún en medio de las persecuciones, el corazón se sepa acompañado y cimentado en Cristo. Esta paz no es la que el mundo ofrece; éste tiene su propia manera de hacer la paz y de garantizarla, recurriendo hasta a la fuerza de las armas, una paz radicalmente distinta de la paz de Jesús. La paz de Jesús es don de Cristo resucitado a su Iglesia. «La paz os dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27). La paz de Cristo infundida con el Espíritu, es el mayor bien que el hombre puede desear y que Dios puede conceder. Pero esa paz, distinta a la del mundo como digo, no suprime la tribulación, la persecución, los sinsabores de no ser como el mundo ni ir al ritmo de la aparente paz del mundo. El sufrimiento acompaña al discípulo–misionero, como a todo ser humano, pero su sufrimiento puede tener sentido, ya lo vemos en Pablo y Bernabé. Sabemos que es un momento doloroso que conduce al Reino, es decir, a la felicidad total junto a Dios, a la paz plena. Por eso san Pablo a pesar de ir contracorriente y acarrearse problemas, se atrevía a decir esas cosas a los recién convertidos. La mejor ayuda que tenemos hoy, como en aquellos tiempos de los primeros cristianos para vivir la paz es la comunidad. Es así como ayudándonos unos a otros podremos ser, en medio de este mundo que siempre está en guerra y buscando una aparente paz, podremos ser, como decía Madre Inés: «almas pacíficas y pacificadoras». Pidamos a María, en especial en este mes de mayo, que ella, la «Señora de la Paz» nos ayude. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 1 de mayo de 2018

«A imagen de san José Obrero»... Un pequeño pensamiento para hoy

Iniciamos este día el mes de mayo, el mes que la Iglesia Universal dedica a la Madre de Dios, la Bienaventurada Virgen María. Tiempo privilegiado —este año dentro de la Pascua— y oportunidad para renovar el amor de todos los bautizados hacia «la Mujer» (Gál 4,4) que Dios desde la eternidad se escogió para darlo a luz y cuidarlo en la persona de Jesucristo. Pero no es casualidad que el mes mariano se inicie con la memoria que hoy celebra la Iglesia recordando a «San José Obrero», el esposo terrenal de María y padre nutricio de Jesús. La idea de un mes dedicado a la Virgen María se remonta a los tiempos barrocos (siglo XVII) y, a pesar de que no siempre se llevó a cabo en mayo, el mes de María incluía, desde aquel entonces, treinta ejercicios espirituales diarios en honor de la excelsa Madre de Dios. Fue casi desde el inicio de aquella iniciativa que el mes de mayo y de María se combinaron, haciendo que esta celebración cuente, hasta el día de hoy, con devociones especiales organizadas cada día durante todo el mes, como es el ofrecimiento de flores, por ejemplo. Esta costumbre se extendió sobre todo durante el siglo XIX (diecinueve) y se practica hasta hoy. Las formas en que María es honrada en mayo son tan variadas como las personas que la honran. 

Pero, vamos a la memoria que la Iglesia celebra hoy, porque no creo que María la Madre más ocupada, se ponga celosa de su marido, y menos si hoy lo recordamos como el hombre trabajador cuyo papel de padre providente, es preponderante en la Iglesia de la que él es patrono universal. Los evangelios dejan bien clara la concepción virginal de Jesús, que se hizo carne en el seno de María por obra y gracia del Espíritu Santo, y no por obra de un varón. Pero Jesús sería hombre y ciudadano de un pueblo por obra de José. José le dio el nombre, el linaje y la condición social. Por eso será llamado «hijo de David», porque de José recibió el linaje real, aunque de este hombre justo, casto y fiel conocemos poco, o mejor dicho, casi nada. Toda su vida —la que nos consta por el Evangelio (Mt 1-2; Lc 1-2; 3, 23; Jn 1, 45; 6, 24)— es una vida de obediencia y de escucha a la voz de Dios. Hasta en sueños estaba al pendiente de Dios. Escuchando a Dios se desplazó con su esposa a Belén. Por obediencia a Dios, y para evitar la persecución de Herodes, llevó a María y a Jesús a Egipto. Escuchando a Dios, muerto el perseguidor, regresó con Jesús y María. Por obediencia a Dios, para evitar los antojos del tirano Arquelao, regresó con su familia a Nazaret. Siempre obediente, siempre pendiente de la voz de Dios, siempre en silencio, como cuando Jesús se quedó en el templo. Y en silencio se fue, sin que nos quedara constancia en los evangelios del día y de la fecha que dejó este mundo. Pero este silencio de José resuena el día de hoy por toda la tierra en las manos callosas y en los pies cansados de tantos trabajadores como él, hombres y mujeres que, a fuerza del martillo, en el torno, empacando, maquilando, ensamblando o reparando, hacen que bajo el insigne patrocinio de san José Obrero, se siga dando un lugar especial en todo el mundo al trabajo del obrero, del carpintero, del plomero, de todo hombre y mujer que provee en el hogar.

Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, los trabajadores de hoy, a imagen de san José Obrero, colaboran en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestran como verdaderos discípulos–misioneros de Cristo llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que han sido llamados a realizar. Cristo nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz y al mismo tiempo, constituido Señor por su resurrección, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida sometiendo la tierra a este fin. En el trabajo, cuyo sentido redentor penetra dentro de nosotros gracia a la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de «los cielos nuevos y la tierra nueva» (Ap. 21,1), los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo, son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él... ¡Bendecido día, en especial para quienes trabajan arduamente y hoy tienen un merecido descanso! 

Padre Alfredo.