lunes, 17 de abril de 2017

Una oración por la paz en el mundo...


Señor Jesús, tú eres nuestra paz,
mira nuestra Patria dañada por la violencia
y dispersa por el miedo y la inseguridad.
Consuela el dolor de quienes sufren.
Da acierto a las decisiones 
de quienes nos gobiernan.
Toca el corazón de quienes olvidan
que somos hermanos
y provocan sufrimiento y muerte.
Dales el don de la conversión.
Protege a las familias, a nuestros niños,
adolescentes y jóvenes,
a nuestros pueblos y comunidades.
Que como discípulos misioneros tuyos,
ciudadanos responsables,
sepamos ser promotores de justicia y de paz,
para que en ti, nuestro pueblo 
tenga vida digna. Amén.

Santa María de Guadalupe,
Reina de la paz,
ruega por nosotros.

domingo, 16 de abril de 2017

DOMINGO DE RESURRECCIÓN... Una breve reflexión

¡Cristo ha resucitado! Este es el grito de gozo que hoy se alza inundando de fiesta a toda la Iglesia. Su palabra, su persona, su ser y quehacer no pudieron apagarse y quedarse en la oscuridad, no podían terminar en una tumba... ¡Ha resucitado como lo había predicho!

Ha pasado ya la pasión y muerte dolorosa de Cristo, que no podemos ni debemos olvidar. Ahora la resurrección del Señor ilumina su Cruz redentora. Pero lo que nos distingue como creyentes no es afirmar la muerte de Cristo (eso lo afirmaron sus contemporáneos) sino afirmar y sostener el sentido de su muerte redentora y de su gloriosa resurrección.

El Domingo de Resurrección celebramos el triunfo sobre la muerte. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana. Si el Señor Jesús no hubiera resucitado, nosotros estaríamos aún en nuestro pecado. Si Cristo no hubiera resucitado, su causa habría sido devaluada y derrotada por la fuerza del egoísmo, de la mentira, de la injusticia del devenir del tiempo y de la historia...Y Él sería sólo un muerto ilustre como muchos otros más.

Al resucitar Jesús no vuelve a estar vivo, como los personajes «resucitados» que el Evangelio nos presenta, sino que se convierte en  el que vive para siempre, el Señor y dador de vida, cuyo Reino, no tendrá fin. La resurrección de Cristo no es una mera prolongación de la vida de antes, sino la fundación de una vida nueva..., que ha de ser nuestra vida nueva.

Eso es lo que hoy celebramos hermanos, esa es la alegría de la Pascua... nuestra vida nueva. Ese es el gozo del cristiano, del discípulo de Jesús. Por eso san Pablo nos dice: «Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba» (Col 3,1). No nos quedemos ahora, que hemos llegado al Domingo de Resurrección, como miopes que contemplan solamente nuestras circunstancias actuales, ellas son solamente herramientas de nuestro camino, de nuestra peregrinación.

La Virgen santísima, presente en el Calvario durante el Viernes santo (cf. Jn 19, 25) y en el cenáculo en Pentecostés (cf. Hch 1, 14), fue muy probablemente la primer testigo testigo de la resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del misterio pascual con la misma serenidad y sobriedad que para nada quita el gozo y la alegría de la Pascua. María, al acoger a Cristo resucitado, es signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos. 

Cristo ha resucitado y regresamos a nuestro diario vivir dando testimonio de una vida nueva bajo la mirada dulce de la Madre del redentor que camina con nosotros como «Causa de nuestra alegría» porque el Señor sigue vivo y presente entre nosotros.

¡Felices Pascuas de Resurrección! 

¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!


Muerto nuestro señor Jesucristo y enterrado, los discípulos parece ser que desaparecieron de la escena pública, la Palabra de Dios nos dice que «se ocultaron por miedo» (Jn 20,19). Parecía que definitivamente el proyecto de Jesús había fracasado.

En medio de un cima de derrota y desánimo, sucede algo sorprendente, las mujeres que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús encuentran la tumba vacía (Mt 28,1-10) y entonces los discípulos se ponen nuevamente en movimiento para ver qué es lo que está sucediendo.

La resurrección de Jesús se fue abriendo paso en los corazones de sus seguidores, triunfando sobre todo lo que en el corazón humanos parecía obstaculizarla: la incomprensión de los designios de Dios, la tristeza, el miedo, la duda... ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

El misterio de la Pascua es de una novedad imprevisible. Lo primero que se le ocurrió a María Magdalena fue pensar que se habían robado el cuerpo del Maestro. Como la Magdalena, el hombre de hoy está en un estado de impotencia para llegar a comprender este misterio por las propias fuerzas. Para todos aquellos amigos de Jesús, la Pascua fue como un despertar de un sueño. Dios ha venido para arrancarlos de su somnolencia, para abrir sus ojos cerrados. ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

María Magdalena no entiende, ella quiere retener a Jesús pero, Él la corrige: «No me toques, porque todavía no he subido al Padre» (Jn 20,17). Jesús quiere hacer comprender a María que su resurrección no es una vuelta al pasado. Desde este momento todo es nuevo. Jesús sube al Padre y quiere llevar a toda la humanidad con Él. María afirma su amor hacia Él, su deseo es ir tras de Él. ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

Poco a poco a aquellas mujeres encabezadas por María Magdalena y el grupo de los Apóstoles, la luz de la Pascua los ilumina, los confirma en el camino emprendido por Jesús, los llena de valor. Sí, y es que el miedo se puede convertir en valor, la guerra en paz, el odio en amistad, la soledad en compañía, el pecado en gracia. Nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad e pecadores y nosotros libres de la esclavitud del pecado; porque si nuestra existencia está unida a la de Cristo en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. La Pascua cambió la vida de aquellos seguidores de Jesús. ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

Ya tenemos nuestra respuesta rotunda muchas de nuestras interrogantes: ¿Valdrá la pena salir en defensa de los inocentes en un mundo plagado de injusticias? ¿Tendrá sentido enfrentarse a las fuerzas y estructuras que van destruyendo al hombre? ¿Habrá algún camino hacia la vida entre tantos que conducen al hombre de hoy a la muerte? En la celebración de la Vigilia Pascual Cristo nos dice: «No tengan miedo, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

La celebración de la Vigilia Pascual se debe vivir y revivir como una celebración gozosa de la nueva creación, del nuevo comienzo de nuestras vidas. Es la fiesta de la vida y de la esperanza. Es la invitación a renovar nuestro bautismo en Cristo sabiéndose armados con sus armas, las armas de la paz. Es la fiesta en la que se renueva la promesa y el compromiso de seguir luchando por una tierra nueva en la que habite la justicia, trabajando por un hombre nuevo bajo el amparo de María Santísima mientras esperamos la renovación pascual que no conocerá ocaso. ¡Aleluya, Cristo ha resucitado! ¡Ojalá en la noche de Pascua sucediera algo parecido en nosotros!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 15 de abril de 2017

ACTO DE CONTRICIÓN... Breve y sencillo

Señor mío,
me arrepiento de mis pecados
con todo el corazón.
De haber escogido hacer el mal 
y no hacer el bien.

He pecado contra Ti
a quien debo amar
sobre todas las cosas.

Propongo con tu ayuda
hacer penitencia,
nunca más pecar y evitar
todo lo que me lleve
a hacer el mal.
Amén.

Ofrecer y ofrecerse en la Santa Misa...

La Santa Misa es el sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo ofrecido a Dios en el altar, bajo las apariencias de pan y de vino, para perpetuar el sacrificio redentor de nuestro Salvador en la cruz.

En la Santa Misa (Eucaristía) ofrecemos el sacrificio que se sí mismo hizo en la cruz Jesucristo y que en cada Misa se renueva sobre el altar.

En la Misa nos ofrecemos a Dios, lo adoramos y le damos el honor que merece. Nos ofrecemos a Él para reparar tantos pecados que se cometen en el mundo. Le damos gracias por todos los beneficios recibidos, espirituales y materiales. 

En la Santa Misa, al ofrecer el Sacrificio  imploramos la gracia y la misericordia de Dios para uno mismo, para los afligidos y atribulados, para lo ateos, impenitentes y pecadores de todo el mundo, así como para las almas del purgatorio y por las intenciones particulares que se presentan en cada celebración de la Misa.

En la Santa Misa, ofrecemos el sacrificio de la cruz junto con Cristo al Padre por la acción del Espíritu Santo, pues cada vez que se celebra la Misa, se repite el sacrificio de la cruz, la única diferencia es que se realiza de forma incruenta, sin derramamiento de sangre. La Misa es el perfecto sacrificio de ofrenda porque la víctima es perfecta.

En la Santa Misa podemos ofrecer un sacrificio digno de Dios, además si ofrecemos nuestros propios sacrificios por pequeños que sean y los unimos al sacrificio de Cristo, estos adquieren el valor de Redención al ser incorporados al propio sacrificio de Cristo.

No dejemos de asistir a la Santa Misa, recordando que es una obligación que tenemos los Domingos y Fiestas de guardar y pidamos siempre a María Santísima, la mujer fiel y oferente, que nos acompañe para alcanzar la gracia de ofrecer y ofrecernos al Dios vivo en cada Misa.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

SÁBADO SANTO... Una breve reflexión


Los salmos de hoy, en el rezo de la Liturgia de las Horas, hacen referencia al misterio de Cristo en la tumba y a su abandono total a la voluntad del Padre. 

Pensemos hoy en esta oración de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento que reza así: «Padre, me pongo en tus manos, me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad; haz de mí lo que Tú quieras, pero dame almas, muchas almas, infinitas almas. Dame almas de niños, de pecadores, dame todas las almas de los infieles y yo te doy mi vida, mi corazón, mi ser todo entero. ¡Haz de mí lo que quieras!, mas déjame vivir y morir en tu amante corazón, para que ahí se caldee el mío y pueda a mi vez calentar a las almas que se acerquen a mí, que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero».

Cada uno de nosotros, en las tareas de cada día, somos invitados a la contemplación del misterio que se hace silencio y que nos invita a ponernos en las manos del Padre como Cristo. «El Espíritu ora en nosotros» (Rom 8,26) y nos hace descubrir que el misterio de Cristo en el sepulcro, se hace invitación a la vida escondida con Él en el camino hacia la Casa del Padre.

Nuestra vida ha de ser «una vida escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). En la noche de este y de cada Sábado Santo se celebra la «Vigilia Pascual», el gozo del resucitado que vence a la muerte. Pidamos con María, Madre llena de dolor pero colmada de esperanza, ser renovados en el Espíritu para renacer a una vida nueva en la luz del Señor resucitado.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 14 de abril de 2017

VIERNES SANTO... Una breve reflexión


Hoy recordamos la muerte de Cristo por cada uno de nosotros... ¿Puede haber amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos? La cruz y el sacrificio traen la verdadera redención y la verdadera libertad: «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).


Abandonarse en Dios significa disponerse al sacrificio, a la cruz. El Padre Dios quiere que compartamos con Cristo esta prueba; su mirada de amor ilumina cada día nuevos panoramas y perspectivas que no siempre suscitan —hablando humanamente— en nosotros mucho entusiasmo. Dios no abandona, el Espíritu Santo nos acompaña. La beata María Inés Teresa Arias dice: «Si es preciso que pase por todos los desprecios, por todas las incomprensiones, por todos los olvidos, primero  los pasaste Tú, divino enamorado. Enamórame de tu cruz, de tus dolores, de tus desprecios, y mándame lo que quieras, pero que la confianza en Ti crezca también, hasta lo infinito».

El Padre Celestial está a la espera de nuestra entrega, de nuestro sacrificio, que se ofrece libremente y por amor. Cristo dijo: «A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero» (Jn 10,18). María, la Madre Dolorosa que estuvo firme al pie de la cruz, es maestra en esta ciencia de la cruz. Ella nos ayudará a valientes y a convertirnos en holocausto en la constante búsqueda de hacer la voluntad del Padre.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 13 de abril de 2017

JUEVES SANTO... Una breve reflexión


El amor de Jesús se manifiesta siempre como una entrega total: «Los amó hasta el extremo». Llenos de admiración y gratitud celebramos hoy «LA CENA DEL SEÑOR» en una solemne Eucaristía. Hoy revivimos el mandamiento del amor, la institución de la Eucaristía y el don del sacerdocio ministerial.

¡Qué impresionante debe haber sido ver al Maestro lavar los pies a los discípulos! La entrega de Jesús nos habla a gritos de una generosidad sin límites. El Hijo en quien el Padre se complace en todo tiempo y lugar, es conducido por el mismo Espíritu a realizar esta acción llena de humildad y sencillez, a los suyos, a los más cercanos, a sus amigos más íntimos, a los que siempre estaban con él. ¿De qué manera lavo yo los pies a mis hermanos? ¿Estoy atento a lo que Dios me pide para con los que tengo más de cerca cada día?

Jesús se ha quedado con nosotros en la Eucaristía. Dirijamos nuestra mirada y nuestro corazón hacia Él. Experimentemos cómo el Espíritu Santo nos hace descubrir la presencia milagrosa de Cristo en aquello que parece pan y vino, pero que es en realidad el Cuerpo y la Sangre del Señor, que nos alimenta para ser «amor», «pan partido» como Él, que se entrega a los demás. La beata María Inés, hablando a Jesús en uno de sus momentos de oración, le dice: «Te encuentro en la Eucaristía, ¡tan real!, ¡tan vivo!, ¡tan Padre!, que los velos que te ocultan a mis miradas, desaparecen por completo en mi fe y te veo en ella, como al dulce Jesús que pasó por el mundo haciendo el bien».

En cada momento de servicio estamos vinculados con Cristo por el Espíritu para dar gloria al Padre. Pidamos unidos a la fiel servidora del Señor, María Santísima, que no nos falten los sacerdotes, que día a día nos traen a Jesús Eucaristía hasta nuestros altares y que todo nuestro ser se abra siempre al servicio de nuestros hermanos, como Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, que nos amó hasta el extremo y cumplió siempre la voluntad del Padre con amor.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

miércoles, 12 de abril de 2017

MIÉRCOLES SANTO... Una breve reflexión

Cada vez que participamos en la celebración Eucarística, antes de recibir la Sagrada Comunión, dirigimos a Dios una súplica: «Una palabra tuya bastará para sanarme». Hoy, Miércoles Santo, podemos pensar —para hacer nuestra meditación— en la figura de Judas Iscariote, que entrega a Jesús a sus ciegos verdugos.

Jesús, el Cristo, cumpliendo la voluntad de su Padre, hablaba con autoridad y siempre con la verdad... ¿Cuántas palabras diría a Judas una y otra vez? ¿En cuantos de sus sermones estaría presente el traidor, antes de aquel impresionante momento?

«Una palabra tuya bastará para sanarme»... No basta estar presente, hay que escuchar al Señor, hay que llenarse de amor a la Santísima Trinidad para escuchar siempre y con constancia la palabra que sana. Cada gracia recibida, es una palabra de Dios salida de sus labios que destilan, en todo momento, la miel de su infinita misericordia. Con cuánta verdad la beata María Inés Teresa decía: «¡Láncense al mar de la misericordia1». ¿Por qué ponemos obstáculos a las palabras de Nuestro Señor? ¿Por qué no recibimos su gracia?

Al contemplar el día de hoy a Jesús sufriente, antes de iniciar el arduo y penoso camino hacia el Calvario, deberíamos de pensar en nuestra condición de «amadores de Dios», de «amigos suyos»... de «cristianos». Judas no llegó al beso de la traición de la noche a la mañana...

Debemos estar atentos cada día, para superar, junto a la Santísima Virgen María, medianera de todas las gracias, las resistencias que nuestra naturaleza opone a su gracia, y abrir, también junto a ella, nuestro corazón a la llamada del Dios Uno y Trino para exclamar con una confianza desbordante en Él un «sí», cuando todos abandonan a Jesús.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 11 de abril de 2017

Una persona madura es así...


«Si el que comienza se esfuerza,
con el favor de Dios,
a llegar a la cumbre la perfección,
creo jamás va solo al cielo,
siempre lleva mucha gente tras de sí;
como a buen capitán,
le da Dios quien vaya en su compañía»
Santa Teresa de Ávila.

Es una persona que tiene una eficiente percepción de la realidad y se relaciona fácilmente con ella.

Es una persona que se acepta a sí misma, que acepta a los demás y que acepta y ama la naturaleza.

Es una persona que es espontánea y natural, viviendo la simplicidad de la libertad de los hijos de Dios.

Es una persona que se concentra en los problemas, para poder resolverlos.

Es una persona que experimenta en su vida la necesidad de soledad y el desapego de los demás.

Es una persona que  ama la cultura verdadera y no se deja llevar por las modas pasajeras.

Es una persona que ha educado su voluntad para buscar siempre hacer la voluntad de Dios.

Es una persona que tiene sentido místico con el que sabe reconocer lo que Dios le ha dado y es agradecido con él.

Es una persona de espíritu abierto que vive la misericordia.

Es una persona con un gran sentido de lo social que lo lleva a ejercer siempre la caridad.

Es una persona de relaciones interpersonales profundas y selectivas.

Es una persona que tiene estructurado su carácter.

Es una persona que sabe distinguir perfectamente entre los medios y el fin, entre lo bueno y lo malo.

Es una persona que tiene sentido del humor.

Es una persona que tiene creatividad.

Es una persona que busca la santidad.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.