miércoles, 22 de febrero de 2012

Los santos y los beatos...

En el libro de los Hechos de los Apóstoles (9,32 y 9,41) y en la primera Carta a los Corintios (1,2) encontramos que la palabra «santo» se utiliza para indicar una persona que ha aceptado en su vida a Cristo como su Salvador. Así, desde esta perspectiva, todos, si nos esforzamos por vivir por Cristo, con Él y en Él, imitando su vida y siguiendo sus consejos, somos santos.

Al señalar de manera especial a algunas personas como «Beatos» o «Santos», la Iglesia busca señalar unos cuantos de entre el gran conjunto de los hombres y mujeres de fe, que, por sus grandes virtudes, vividas en grado heroico, sirvan más de ejemplo para todos y puedan ser intercesores. Con esto se da honra y gloria a Dios, que se manifiesta de una manera excepcional en estos sus siervos fieles.

Si bien este concepto de «santo» existe en otras religiones con mayor o menor fuerza (y no exactamente con el mismo significado) la religión católica es la única que posee un mecanismo formal, continuo y altamente racionalizado para llevar a cabo el proceso de canonización de una persona; sólo en la Iglesia se encuentra un número de profesionales cuyo trabajo consiste en investigar las vidas de quienes han sido considerados santos por su comunidad y/o conocidos (y en convalidar los milagros requeridos). El proceso de canonización es algo así como la capacidad de discernimiento —con apoyo doctrinario y la ayuda de Dios— de la santidad de una persona en base a su perfecta ortodoxia y el ejercicio de virtudes llevadas al grado heroico con el propósito de, dándole reconocimiento por el grado de perfección alcanzado, presentarla como modelo de conducta a los creyentes y como poderoso intercesor ante Dios.

Los santos no son, de ninguna manera, otros mediadores que compiten con Cristo, sino que, por participación en Él, cumplen la misión que el mismo Señor les ha confiado en una vocación específica a la que fueron llamados. Sabemos que Dios puede actuar directamente cuando nosotros nos acercamos a Él y nos queda siempre claro que hay un solo Mediador que es Cristo, pero Él quiere actuar y acercarse a nosotros por medio de quienes están cercanos a Él.

En el Evangelio de san Marcos (6,37), encontramos un pequeño ejemplo de cómo Cristo quiere hacerse ayudar de sus amigos más cercanos para sustentar a quienes se acercan a Él para invocarle y escucharle: “Denles ustedes de comer”, les dice Jesús a sus discípulos, refiriéndose a la gente que le seguía. Y más adelante, en el mismo pasaje (6,41) hace que sean los discípulos quienes reparten la comida que Él ha multiplicado. También en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando se nos va narrando el inicio del «camino» de la Iglesia, aparecen muchos pasajes en los cuales Dios no actúa directamente, sino que lo hace por medio de sus siervos fieles, los santos. Un ejemplo es Ananías, quien devuelve la vista a Saulo (9,1-19), a pesar de que fue el mismo Cristo quien antes se había encontrado con Él para «tumbarlo» y cambiar el rumbo de su vida. Hay también algunos ejemplos de enfermos  que no se dirigían directamente a Dios para implorar la curación de sus dolencias, sino que se acercaban a los Apóstoles para recobrar la salud y recibir las gracias deseadas de parte de Dios.

Por medio de la acción intercesora de los santos, y en primer lugar de la Santísima Virgen María, Dios recibe mayor honra y gloria, porque es su grandeza la que resplandece en la humildad y sencillez de gente como nosotros. Si le pedimos a nuestros familiares y amigos que recen por nosotros, con más ganas podemos pedirles a estos hombres y mujeres de Dios que intercedan por nosotros. Los santos no tienen ninguna necesidad de ser venerados, ni buscan alcanzar esto. Según la metáfora de San Pablo, ellos han corrido ya la carrera y ganado sus laureles. La canonización es un ejercicio póstumo del que ellos, aquí en la tierra, no se dan cuenta. 

Para los cristianos primitivos, el reconocimiento de la santidad de quienes vivían y morían en Cristo fue una evolución orgánica de su propia fe y experiencia. Venerados por su santidad, a los santos se los invocaba también por su poder de intercesión, sobre todo en forma y a través de sus restos mortales. Por esto la historia de la canonización está muy ligada con las reliquias del santo, si bien no es imprescindible tenerlas para elevar a alguien a los altares.

La Iglesia no puede contar la cantidad de santos en el cielo ya son innumerables (por eso celebra la fiesta de todos los santos).  Entre los santos y beatos hay gente de toda raza y nación, de toda condición social y de todas las edades en las diversas vocaciones y solo se consideran para canonización unos pocos que han vivido la santidad en grado heroico. Canonizar quiere decir declarar que una persona es digna de culto universal. La canonización se lleva a cabo mediante una solemne declaración papal de que una persona está, con toda certeza, con Dios. Gracias a tal destreza, el creyente puede rezar confiadamente al santo en cuestión para que interceda en su favor ante Dios. El nombre de la persona se inscribe en la lista de los santos de la Iglesia y a la persona en cuestión se la "eleva a los altares", es decir, se le asigna un día de fiesta para la veneración litúrgica por parte de la Iglesia entera. Ser canonizado significa ser incluido entre aquellos que se mencionan a veces durante la celebración de la misa y significa también tener una fiesta en el santoral de la Iglesia, al lado de los días de fiesta de Cristo y de Su Madre, la más distinguida de todos los santos.

En los primeros tiempos de la Iglesia, estando la tierra regada de sangre de mártires, el concepto de santidad estaba fuertemente asociado al martirio. El relato de Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (6-7), sobre el martirio de San Esteban es de extrema importancia para entender cómo, en la fase inicial de la vida de la Iglesia, los demás cristianos de la comunidad de Esteban reconocieron su santidad. Se puede decir que la santidad y el martirio fueron inseparables de la conciencia cristiana desde el principio. Así como Jesucristo obedeció al Padre hasta la muerte, así el santo era alguien que moría por Cristo; así como el bautismo significaba la incorporación al cuerpo de Cristo, así el martirio significaba morir con Cristo y resucitar a la plenitud de la vida eterna. El martirio sellaba la conformidad total del santo con Cristo. Con el tiempo, la imitación de la muerte del Señor fue dando espacio también a la imitación de su vida y se fue estudiando cómo vivía una persona el mérito de la santidad en la vida ordinaria, no solo en el martirio. Así, la Iglesia llegó gradualmente a venerar a las personas por la ejemplaridad de sus vidas no menos que con su muerte.

En la práctica, el proceso de canonización conlleva una gran cantidad y variedad de procedimientos, habilidades y colaboradores: promoción, financiación y divulgación por parte de quienes consideran santo al candidato; tribunales de investigación de parte del obispo o de los obispos locales; procedimientos administrativos por parte de los funcionarios de la congregación; estudios y análisis por asesores expertos; disputas entre el promotor de la fe (el "abogado del diablo") y el abogado de la causa; consultas con los cardenales de la congregación. Pero, en todo momento, únicamente las decisiones del papa tienen fuerza de obligación; él sólo es quien posee el poder de declarar a un candidato merecedor de beatificación o canonización.

Con la beatificación, el Papa concede un permiso para que localmente o en determinadas familias religiosas se pueda rendir culto público a un siervo de Dios y esa es básicamente la diferencia entre un santo y un  beato. El beato tiene una veneración que se limita —por así decir— a una diócesis local, a una región delimitada, a un país o a los miembros de una determinada orden religiosa. A ese propósito, la Santa Sede autoriza una oración especial para el beato y una misa en su honor. Al llegar a este punto, el candidato ha superado ya la parte más difícil del camino hacia la canonización. Pero la última meta le queda aún por alcanzar.

La beatificación no impone nada a nadie en la Iglesia. Por esto, la memoria de los beatos no se celebra universalmente en la Iglesia, sino sólo en los lugares donde hay motivo para hacerlo y se pide. La memoria es siempre libre y no obligatoria, para respetar el carácter propio de la beatificación. La fórmula de la beatificación puede proclamarla otro distinto del Papa, por ejemplo, un cardenal en nombre suyo. Así se hacía habitualmente hasta los tiempos de Pablo VI, que comenzó a hacer personalmente las beatificaciones. Esta práctica se ha retomado ahora por el Papa Benedicto XVI.

Después de la beatificación, la causa queda parada hasta que se presente —si es que se presenta— un milagro más realizado por la intercesión del beato. Cuando el último milagro exigido ha sido examinado y aceptado, el Papa emite una bula de canonización en la que declara que el candidato debe ser venerado (ya no se trata de un mero permiso) como santo por toda la Iglesia universal. Esta vez el Papa preside personalmente la solemne ceremonia.

Aunque la canonización sigue siendo el objetivo de toda causa, se trata, funcionalmente hablando, de un ejercicio auxiliar y a plazo indefinido, consistente en comprobar un milagro de intercesión que no agrega nada a la importancia del beato o la beata ni al significado que tiene para la Iglesia, si bien es la manifestación de Dios de Su deseo de que sea venerado por toda la cristiandad.

La intercesión de los santos y beatos nunca remplazará la oración directa a Dios, quién puede conceder nuestros ruegos sin la mediación de los santos. Pero, como Padre, se complace en que sus hijos se ayuden y así participen de su amor. Ellos nos enseñan a interpretar el Evangelio evitando así acomodarlo a nuestra mediocridad y a las desviaciones de la cultura. En la actualidad hay pendientes cerca de 2000 procesos de beatificación y canonización  en la Congregación para la Causa de los Santos.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 19 de febrero de 2012

Otra vez es Cuaresma....

¿QUÉ ES LA CUARESMA?

Nuevamente nos encontramos con el tiempo litúrgico de la «Cuaresma», un tiempo especial para ahondar en el sentido de nuestra fe para ayudarnos a vivir más plenamente nuestra vocación cristiana. Este período de cuarenta días es tiempo de escucha de la Palabra, de oración y conversión, de privaciones y caridad, como de una espera confiada en la alegría de la Pascua que da certeza a nuestro caminar. La Cuaresma nos recuerda que no somos peregrinos hacia algo incierto, somos testigos de una Vida Nueva que se nos ha dado en Cristo.

Desde el siglo IV se empezó a manifestar en la Iglesia esta tendencia a constituir la Cuaresma en un tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión:

El tiempo de la Cuaresma debe ser como un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a todos los fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales, con la purificación del corazón, una práctica perfecta de la vida cristiana y una actitud penitencial. La penitencia, traducción latina de la palabra griega metanoia, que en la Biblia significa la conversión (literalmente el cambio de espíritu) del pecador, designa todo un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido, y el estado de cosas que resulta de ello para el pecador. Literalmente: «cambio de vida».

La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas que se ponen de manifiesto especialmente en el tiempo cuaresmal. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración y la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los hermanos. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de pecados" (1 Pedro, 4,8.). (Cf. Catecismo Iglesia Católica, n.1434).

Todos los fieles, cada uno según nuestra vocación y condición de vida, estamos obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos nos unamos en alguna práctica común de penitencia, se han fijado estos días penitenciales, de manera que todos,como una gran familia, nos unamos en la oración, realicemos obras de piedad y de caridad y trabajemos juntos para vencer el egoísmo, cumpliendo así con mayor fidelidad nuestras propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia con un espíritu de purificación). (Cf. Código de Derecho Canónico, cánon 124). En toda la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma." (Cf. Código de Derecho Canónico, canon 1250).

En recuerdo del día en que murió Jesucristo en la Santa Cruz, todos los viernes, —a no ser que coincidan con una solemnidad—, la Iglesia nos pide guardar la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo." (Código de Derecho Canónico, canon 1251).

¿CUÁNDO ES CUARESMA?

La Cuaresma se inicia el Miércoles de ceniza y termina inmediatamente antes de la Misa Vespertina in Coena Domini. (Jueves Santo). Todo este período forma una unidad, pudiéndose distinguir los siguientes elementos:

1) Miércoles de ceniza,

2) Los domingos, agrupados en el binomio, I-II; III, IV y V; y el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor,

3) La Misa Crismal y

4) Las ferias. (Misas diarias).

El «Miércoles de  Ceniza» es el principio de la Cuaresma; un día especialmente penitencial, en el que manifestamos nuestro deseo personal de conversión a Dios. Al acercarnos a los templos a que nos impongan la ceniza, expresamos con humildad y sinceridad de corazón, que deseamos convertirnos y creer de verdad en el Evangelio. El origen de la imposición de la ceniza y su utilización como signo de conversión pertenece a la estructura de la penitencia de la Iglesia. Empieza a ser obligatoria para toda la comunidad cristiana a partir del siglo X. La liturgia actual, —sin que este día sea obligatoria la asistencia a Misa o  al Rito de Imposición de Ceniza— conserva los elementos tradicionales: imposición de la ceniza y ayuno riguroso. La bendición e imposición de la ceniza tiene lugar dentro de la primera Misa que se celebra, después de la homilía; aunque en circunstancias especiales, se puede hacer dentro de una celebración de la Palabra. Las fórmulas de imposición de la ceniza se inspiran en la Escritura: Génesis 3, 19 y Marcos 1, 15.

La ceniza procede —de ordinario— de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor, del año anterior, siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII. La fórmula de bendición hace relación a la condición pecadora de quienes la recibirán. El simbolismo de la ceniza es para ayudar al creyente a meditar en la condición débil y caduca del hombre que camina hacia la muerte; para que no se olvide de la situación pecadora del hombre; para que acreciente su oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda y para que mantenga firme la esperanza en la resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo. La meta siempre será llegar: "al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo" (Ef. 4, 13).

La Iglesia nos invita a hacer de este tiempo una especie de retiro espiritual en el que el esfuerzo de meditación y de oración debe estar sostenido por un esfuerzo de mortificación personal cuya medida, a partir de este mínimo, es dejada a la libertad generosidad de cada uno. Para animarnos en este caminar, cada año el Santo Padre emite un Mensaje de Cuaresma que va marcando la pauta a seguir como Familia que peregrina hacia la Pascua. Este año de 2012 el tema es «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24). Si se vive bien la Cuaresma, se puede lograr una auténtica y profunda conversión personal, preparándonos, de este modo, para la fiesta más grande del año: el Domingo de la Resurrección del Señor.

¿QUÉ HACER EN ESTA CUARESMA?

El Santo Padre Benedicto XVI nos dice que este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual. Así que no hay que desaprovechar las gracias que este tiempo litúrgico nos regala y hay que buscar constantemente la oportunidad para realizar obras de conversión, como son, por ejemplo: Acudir al Sacramento de la Reconciliación (Sacramento de la Penitencia o Confesión) y hacer una buena confesión: clara, concisa, concreta y completa; superar las divisiones, perdonando y crecer en espíritu fraterno y practicando las Obras de Misericordia que se dividen en espirituales y corporales (o materiales).

Vale la pena repasar en este tiempo las obras de misericordia para saber con qué material contamos para concretizar la práctica de nuestras obras cuaresmales. Las obras de misericordia espirituales son siete: Enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas del prójimo; rogar a Dios por los vivos y los muertos.

Las obras de misericordia corporales son también siete; visitar al enfermo; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; socorrer al cautivo; vestir al desnudo; dar posada al peregrino; enterrar a los muertos (La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana [Código de Derecho Canónico, canon 1176 §3]). Hagámonos el propósito de vivir intensamente la Cuaresma cumpliendo con el precepto del ayuno y la abstinencia, así como con el de la vivencia de las obras de misericordia, la confesión y la comunión anual.

AYUNO Y ABSTINENCIA.

El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día —aunque se puede comer algo menos de lo acostumbrado por la mañana y la noche— sin comer nada entre los alimentos principales, salvo en caso de enfermedad y que éste obliga a todos los mayores de edad, hasta que tengan cumplido cincuenta y nueve años. (Cf. CIC, c. 1252).

Por abstinencia entendemos la práctica de privarse de comer carne (roja o blanca y sus derivados) después de que se han cumplido catorce años de edad.(cfr. CIC, c. 1252). La Conferencia Episcopal de cada País puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad. (Cf. Código de Derecho Canónico, canon 1253).

Creo que, más que nada, debemos de cuidar que no vivamos el ayuno o la abstinencia como unos mínimos sacrificios ni aprovechar la Cuaresma para hacer dieta, sino vivir esta práctica como una manera concreta que nos ayude a crecer en el verdadero espíritu de penitencia para darnos a los demás como Cristo lo hizo, que entregó su vida por nuestra salvación. El Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma 2012 nos dice que ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos hemos de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Y esta llamada es especialmente intensa en este tiempo santo de preparación a la Pascua.

HACIA LA PASCUA.

Sin contemplar la Pascua, sin ir hacia ella, el tiempo de Cuaresma perdería su carácter de tiempo litúrgico fuerte, porque el sentido del mismo es que toda la Iglesia se prepare para la celebración de las fiestas pascuales. La Pascua del Señor, el Bautismo y la invitación a la reconciliación, mediante el Sacramento de la Penitencia, son las grandes coordenadas de la Cuaresma.

Ojalá y todos pudiéramos aprovechar las catequesis del Misterio Pascual y de los sacramentos que se dan en las parroquias en este tiempo;  acercarnos a los ejercicios espirituales como signo de penitencia y anhelo de búsqueda de pistas nuevas para la conversión. Ojalá no desaprovechemos las oportunidades —que siempre son abundantes— de llevar a la práctica las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna y las obras caritativas y misioneras. La participación —de ser posible diaria— en la liturgia cuaresmal, en las celebraciones penitenciales y, sobre todo, en la recepción del sacramento de la penitencia: serían momentos fuertes en la práctica penitencial de nuestra Cuaresma.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 18 de febrero de 2012

IMÁGENES... Una breve explicación

Algunas personas se cuestionan acerca del lugar especial que en la Iglesia Católica se da a las imágenes y de las reliquias. Dicen que los pasajes contenidos en Éxodo 20,4; Deuteronomio 4,16 y Levítico 26,1 lo prohíben severamente y si vamos a los textos vemos que es verdad, pero, ¿cuál es el motivo por el cual en esos precisos momentos se hace la prohibición? ¿Lo saben todos ellos? 

Ciertamente que si se estudia el contexto de esa prohibición, uno se topa con la respuesta allí mismo: "No tendrán otros dioses fuera de mí"; "Porque yo soy el Señor, su Dios". Así, es fácil comprender que lo que se está prohibiendo es construirse ídolos, dioses de barro o de cualquier otro material y no una representación del verdadero Dios por quien se vive. Sabemos que el pueblo judío estaba propenso a eso. Éxodo 32,1-8 nos describe cómo en ausencia de Moisés el pueblo se fabricó un becerro de oro y le rindió culto y adoración sabiendo que Dios les prohibía la idolatría, no las estatuas o las imágenes, que ahora equivaldrían a las fotografías o tal vea a las imágenes de Internet.

Si leemos Éxodo 25, 18 veremos que es Dios mismo quien ordena que se esculpan en oro dos querubines y da la instrucción de que cada uno de estas dos imágenes angelicales salgan de un extremo de la placa y la cubran con sus alas extendidas hacia arriba. En Números 21,8 tenemos otro ejemplo en el que se indica hacer una serpiente de bronce para colocarla en un estandarte y se añade una indicación: "los mordidos por serpientes quedarán sanos al mirar la imagen".

Ni los querubines ni la serpiente son dioses y es el mismo Dios quien los manda esculpir, pero, cuando el pueblo «confunde» e «inventa» que la serpiente es un dios, el Señor ordena inmediatamente su destrucción, según está escrito en 2 Re 18,4: "Suprimió las eremitas de las lomas, destrozó los cipos, cortó las estelas y trituró la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque los israelitas seguían todavía quemándole incienso. Además, en el Antiguo Testamento, hay otros que se pueden consultar y que demuestran claramente que Dios no prohíbe el uso de las imágenes:1 Re 6,23-29; 7,25-29. 

Así, podemos concluir que Dios no prohíbe estatuas o imágenes. ¿Podemos pensar en una familia que nho tenga fotografías de nada ni de nadie? Lo que Dios prohíbe es la idolatría. Por eso la Iglesia, como Madre y Maestra, prohíbe adorar a María Santísima y a los santos pero no prohíbe hacerse representaciones de ellos para recordar su fidelidad y su confianza en el Señor, de manera que al contemplar esas imágenes nos sintamos exhortados vivamente por estas personas para acercarnos más a Dios, imitando sus virtudes y haciéndonos ayudar por su intercesión.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 10 de febrero de 2012

CARISMA, ESPÍRITU Y ESPIRITUALIDAD... Cuáles son las diferencias

En nuestros tiempos, parece muy normal de hablar de carisma, espíritu y espiritualidad, pero muchas veces se hace de una manera confusa y sin aplicar bien el término a lo que se quiere decir. Se habla de hombres y mujeres que poseen «un carisma especial» para la predicación, para aconsejar a las personas, para conocer y transmitir a Dios, se habla de quiénes han fundado una congregación religiosa y por lo tanto tienen el «carisma de fundador». Se dice que algunos tienen «mucho carisma». Por otra parte se habla del «espíritu de servicio», del «espíritu que anima una obra» y de una «espiritualidad específica»; así, «carisma», «espiritualidad» y «espíritu» son palabras de uso común en el lenguaje de la Iglesia.

Conviene, por lo tanto, saber bien lo que cada término significa o quiere significar y cómo y dónde lo podemos aplicar. Sin adentrarnos en muchas complicaciones, explicaremos brevemente cada uno de estos tres términos:

CARISMA.

La palabra «carisma» viene del griego "χάρισμα" y significa "don gratuito". Un carisma, por tanto, es una gracia especial que el Espíritu Santo dona para el bien de la Iglesia. No existe una clasificación de carismas y así los hay de diversos tipos . Pero los elementos esenciales que los conforman serán siempre los dos siguientes: provienen del Espíritu Santo y se dan para la edificación de la Iglesia. Un carisma no está necesariamente ligado a la fundación de algún grupo apostólico, una congregación religiosa o de alguna otra obra de la Iglesia. Se dan casos de hombres y mujeres que poseen un carisma especial para la predicación, para aconsejar a las personas, para conocer y transmitir a Dios, pero que no necesariamente hayan fundado alguna institución.

Cristo es el «carisma» de Dios para todo hombre que desee recibirlo. Los carismas en la Iglesia son la presencia actuante del Espíritu Santo y como el Espíritu habita en todo bautizado, entonces podemos decir que todo bautizado es un carismático, en cuanto que Dios lo ha colmado de gracia (Ef 6,1) y le ha dado toda clase de dones (Rom 8,32). De entre todos los carismáticos —o sea de entre todos los bautizados— a algunos el Señor les ha concedido dones transitorios o dones permanentes específicos para el bien de la Iglesia.

Podemos hablar de «carismas transitorios», que son gracias circunstanciales que Dios otorga a un bautizado para la edificación de la comunidad, de manera que podemos hablar del don de profecía, el de alabanza, el de servicio, el de lenguas, etc.

Por otra parte están los «carismas específicos», que son concedidos por Dios a determinados cristianos para quesean instrumentos de su amor hacia los hombres y mujeres de este mundo, de manera que Él se manifieste en la en la historia de salvación. Dios les ofrece una gracia y ellos aceptan la misión que les encomienda realizar en la Iglesia. Tal es el caso de los fundadores.

Finalmente podemos hablar de los «carismas permanentes», que son aquellos dones que pertenecen a la misma naturaleza de la Iglesia o a su función ministerial, por ejemplo el don de gobierno, el don de dirigir, el de apóstol, el de pastor, el de enseñar.

«Carisma», se entiende entonces como una gracia que Dios ofrece a un cristiano y que éste acepta para que al ser transformado por ese don que viene de lo alto, viva y aplique ello de manera evangélica a su alrededor relacionándose con Dios de manera constante y específica cumpliendo el encargo recibido en favor de la Iglesia y de sí mismo.

ESPÍRITU.

En el pensamiento bíblico, el «espíritu» es lo que hace que una persona exista, lo que hace que tenga vida. El espíritu del hombre es entonces "revestido" del hombre nuevo (Ef 4,23-24), de manera que se hace un solo espíritu con Cristo (1 Cor 6,17; Rom 8,16) para poder mantenerse en comunicación filial con el Padre como lo hizo Jesús, que siempre estuvo unido a Él por la acción del Espíritu Santo (Rom 8,26).

Sin espíritu, no hay vida (dimensión biológica), sin espíritu, no hay sueños, anhelos, metas, gozo ni felicidad (dimensión psicológica), sin espíritu, no hay pasión, no hay dinamismo, no hay transformaciones culturales ni entrega y generosidad (dimensión social) sin espíritu, la experiencia religiosa se hace vieja y muere, no hay creación artística ni científica.

Espíritu es entonces la forma de estar ante Dios, con Dios y en Dios para vivir desde Dios, porque se es hijo en el Hijo y se es santificado por el Espíritu Santo para ser hermano con los hermanos. Así se puede hablar por ejemplo del «espíritu misionero» que impregne una vida o una obra de la Iglesia.

ESPIRITUALIDAD.

Podemos decir, en primer lugar, que «espiritualidad» es vivir según las enseñanzas de Cristo y no según las reglas meramente humanas (Gal 5,25; 1 Cor 2,10-16). Es la forma de vivir que tienen los hijos adoptivos de Dios (Rom 8,14-18). 

La espiritualidad es una parte de la teología que estudia el dinamismo que produce el Espíritu en la vida del alma: cómo nace, crece, se desarrolla, hasta alcanzar la santidad a la que Dios nos llama desde toda la eternidad, y cómo transmitirla a los demás con la palabra, con el testimonio de vida y con el apostolado eficaz.

 Por lo tanto, hablamos de una doctrina teológica y vivencia cristiana a la vez, ya que si la espiritualidad sólo optara por la doctrina teológica quitando la vivencia, tendríamos una espiritualidad racional, intelectualista y sin repercusión en la propia vida. Y si por otra parte solamente optara por la vivencia cristiana, sin dar la doctrina teológica, la espiritualidad quedaría reducida a un subjetivismo arbitrario, sujeta a las modas cambiantes y expuesta al error. Así pues, la verdadera espiritualidad cristiana debe integrar doctrina y vida, principios y experiencia.

La espiritualidad es la manera característica que tiene un cristiano o un grupo de la Iglesia para vivir determinados valores evangélicos que hagan a Cristo presente en sus vidas y lo proyecten a los demás. Así tenemos las diversas espiritualidad de las congregaciones religiosas o de los grupos en la Iglesia.

A MANERA DE CONCLUSIÓN.

Madre Inés solía decir que la Iglesia es como un hermoso jardín en donde los diversos carismas se entrecruzan y enriquecen la Iglesia para seguir a Cristo como María. Ella tuvo el carisma de fundadora y hablaba de que el espíritu que animó siempre su vida y la obra que nos ha dejado en herencia es un espíritu misionero por excelencia y dejó a la Iglesia una espiritualidad eucarística, sacerdotal, mariana y misionera vivida en la alegría de la entrega y fidelidad al Señor para hacerlo conocer y amar del mundo entero.

«Carisma», «espíritu» y «espiritualidad» nos hablan de que Cristo está vivo entre nosotros y continúa pasando por el mundo haciendo el bien. Dios es el artífice de TODO ESTO.  Él vive en nuestras almas, para deificarnos, para espiritualizarnos. Él nos mueve internamente a toda obra buena (Rm 8, 14; 1 Cor 12, 6) y nos purifica del pecado (Mt 3, 11; Jn 3, 5-9; Tit 3, 5-7). Él enciende en nosotros la lucidez de la fe (1 Cor 2, 10-10). Él levanta nuestros corazones a la esperanza (Rm 15, 13). Él nos mueve a amar al Padre y a los hermanos como Cristo los amó (Rm 5, 5). Él llena de gozo y alegría nuestras almas (Rm 14, 17; Gal 5, 22; 1 Tes 1, 6). Él nos da fuerza y carismas para testimoniar a Cristo y fecundidad apostólica, pues la evangelización no es sólo palabras, “sino poder y acción en el Espíritu Santo” (Gal 1, 5; Hch 1,8). Él nos concede ser libres del mundo que nos rodea (2 Cor 3, 17). Él viene en ayuda de nuestra debilidad y ora en nosotros con palabras inefables (Rm 8, 15).

Bastará ver a María para captar cómo hay que vivir todo esto, Benedicto XIV decía que la Virgen “es como un río celestial por el que descienden las corrientes de todos los dones de las gracias a los corazones de los mortales” (Bula “Gloriosae Dominae” del 27 del IX de 1748) y San Pío X afirmaba que María, junto a la cruz “mereció ser la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre. La fuente, por tanto, es Dios; pero María, como bien señala san Bernardo, es el acueducto” (Encíclica “Ad diem illum” del 2 del II de 1891) por donde nos viene todas estas gracias y estilo de vivir para que todos conozcan y amen a Dios.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.



viernes, 3 de febrero de 2012

LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR... Fiesta de la Vida Consagrada


El día 2 de febrero representa para miles de mexicanos un día de celebración, un día de fiesta: “El día de la Candelaria”. Un día en el que, como marca una antiquísima tradición, se comparten los ricos tamales —en Nuevo León que sean de Villa de Juárez— acompañados de atole, café, champurrado o refresco de Cola, según el gusto y el gasto de cada quien. Todos los que se encontraron con un «Niño», «Muñeco» o «Mono» (como se le llama a la pequeña imagen escondida entre la masa) en la Rosca de Reyes al partir su pedazo, quedan comprometidos a compartir los tamales en casa, en la reunión de grupo o de amigos, y si no es posible, entonces en el trabajo.

Este día, en los Templos Católicos —especialmente en los del centro de México— desfilan miles de imágenes del Niño Dios con distintos atuendos que van desde el clásico “ropón” de bautizo pasando por los trajes que portan el Santo Niño de Atocha, el Niño de las Palomitas, San Francisco de Asís, San Judas Tadeo y toda clase de vestimentas confeccionadas especialmente para las imágenes y que igualan, algunas veces, hasta la camiseta del equipo de futbol de quien posee la imagen o del padrino que lo viste. Así, la festividad se enriquece con el «compadrazgo» tan típico de México.

Los tamales, atole y demás, son comidas de fiesta que vienen desde la época prehispánica, cuando los Aztecas, en un día de fiesta, honraban a Tláloc y a Chalchiuhtlicue agradeciendo y encomendando las cosechas del maíz, por eso, sobre todo el el centro de México, es en este día cuando muchos campesinos llevan sus semillas a bendecir. Así, entre nuestro pueblo se conjugan las razones para estar de fiesta y aunque esta fiesta del 2 de febrero cae fuera del tiempo de navidad, es, para los creyentes, una parte integrante del relato de navidad. Es como una especie de chispa del fuego de la navidad, una epifanía de la cuarentena. Navidad, epifanía, presentación del Señor son tres paneles de un tríptico litúrgico.

Cierto que para mucha gente pasa por alto ese verdadero y original sentido de la fiesta de hoy: «LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO» (Lc 2, 22-40) y que es lo que todos los Católicos celebramos alrededor del mundo recordando que según la ley mosaica, María y José llevaron al niño Jesús al templo de Jerusalén para ofrecerlo al Señor. Simeón y Ana, inspirados por Dios, reconocieron en aquel Niño al Mesías tan esperado y profetizaron sobre él. Pero somos muchos los que sabemos que, en este día, entre el compartir los tamales, la Iglesia celebra el misterio, sencillo y a la vez solemne, en el que Cristo, el Consagrado del Padre, es presentado como el primogénito de la nueva humanidad. 

En Oriente esta fiesta se llamaba "Hypapante", (fiesta del encuentro) porque de hecho, Simeón y Ana —representando a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia— encuentran a Jesús en el Templo y reconocen en Él al Mesías tan esperado, Sucesivamente esta fiesta se extendió también en Occidente, desarrollando sobre todo el símbolo de la luz, y la procesión con las candelas, que dio origen al término tan extendido en México de “Fiesta de la Candelaria”. Con este signo visible se quiere significar que la Iglesia encuentra en la fe a Aquel que es “la luz de los hombres” y lo acoge con todo el empuje de su fe para llevar esta “luz” al mundo.

En concordancia con esta fiesta litúrgica, el beato Juan Pablo II, a partir de 1997, instituyó la Jornada de la Vida Consagrada, recordando al mundo que la oblación del Hijo de Dios — simbolizada por su presentación en el Templo— es un modelo para todo hombre y mujer que consagra toda su propia vida al Señor. El objetivo de esta Jornada, conocida como la “Fiesta de la Vida Consagrada” es triple: ante todo alabar y dar gracias al Señor por el don de la vida consagrada en la Iglesia y para el mundo; en segundo lugar, promover su conocimiento y estima por parte de todo el Pueblo de Dios y de la humanidad entera; finalmente, invitar a cuantos han dedicado plenamente su propia vida a causa del Evangelio a celebrar las maravillas que el Señor ha obrado en ellos. 

En realidad, es precisamente y sólo a partir de la presencia de Cristo, como consagrado del Padre, que tiene sentido una vida consagrada a Dios mediante Cristo, de lo contrario se trataría sólo de una forma de sublimación o de evasión del mundo. Si Cristo no fuese verdaderamente Dios, y no fuese, al mismo tiempo, plenamente hombre, vendría a menos un fundamento de la vida cristiana en cuanto tal. La vida consagrada quiere testimoniar y expresar de modo “fuerte” precisamente la mutua búsqueda de Dios y del hombre, el amor que les atrae; la persona consagrada, por el mismo hecho de existir, representa como un “puente” hacia Dios para todos aquellos que la encuentran, una llamada, un envío. Y todo esto en base a la mediación de Jesucristo, el Consagrado del Padre. ¡El fundamento es Él! Él, que ha compartido nuestra fragilidad, para que nosotros mismos pudiésemos participar de su naturaleza divina. (cf. Homilía de Benedicto XVI, 2 feb. 2010). El niño, que María y José llevaron con devoción y emoción al templo, es el Verbo encarnado, el Redentor del hombre y de la historia.

Hoy, conmemorando aquello que sucedió aquel día en Jerusalén, nosotros también somos invitados, según nuestra propia vocación, pero todos con la consigna misionera de “hacerle amar del mundo entero” como decía Madre Inés, a entrar en el templo para meditar en el misterio de Cristo, unigénito del Padre que, con su Encarnación y su Pascua, se ha convertido en el primogénito de la humanidad redimida y ha sido hecho “Luz de las Naciones”.

¡Felicidades a todos los Consagrados en este día tan especial!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Kuira bá rarámuri... La Iglesia misionera


«Kuira bá rarámuri» (hola, qué tal, gente), es el saludo convencional que hace eco en las profundas barrancas y elevadas cumbres al norte de nuestro México, lindo y querido. Los «Rarámuri» son un pueblo de enorme complejidad cultural, que nunca han construido pirámides, ni han implementado métodos de dominación, ni tampoco son muy dados a hablar, porque la lógica de su cultura no está en el valor de la palabra, sino en su caminar, dicen ellos mismos. Marginados, empobrecidos, olvidados, nos hacen ver a todos los mexicanos que hace falta recordar que este país les pertenece también a ellos y que el progreso, la educación y el desarrollo también deben ser para ellos.

Soy misionero, no me ha tocado nunca tratar a los Rarámuri de cerca, ni siquiera conozco su territorio, pero, ciertamente, esa condición de misionero me ha hecho tratar a muchos hermanos y hermanas que han estado allá en misión permanente o temporal.

Hoy, sabemos que nuestros hermanos tarahumaras sufren y que necesitan nuestra ayuda. Ellos —así lo han expresado algunos— no desean necesariamente tener un proyecto de desarrollo, eso no les interesa; es decir, ellos tienen una forma de vida y lo único que exigen es un poco de respeto a su condición de vida y la ayuda necesaria para vivir «al día». Todo parece indicar que ha sido insuficiente el esfuerzo de muchas organizaciones por garantizar los derechos de este sector de la población. En más de 50 años de operar en la sierra quienes debían hacerlo no han implementado en esta emergencia crónica bancos de alimentación o clínicas perfectamente localizables a los que pudieran acudir los Rarámuri en situaciones complejas. 

No tenía pensado escribir sobre este tema, pero como misionero y misionero mexicano, ante la inminente beatificación de Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, no puedo hacer a un lado una cuestión que nos habla de «almas», de almas de hombres y mujeres de todas las edades que son nuestros hermanos y además, nuestros paisanos y empiezo haciendo un poco de historia.

Se tiene noticia de que la semilla del Evangelio se empezó a sembrar en aquellas tierras por el año de 1596, cuando aún era una tierra desconocida y tan desatendida como ahora. Fue hasta el año de 1607, cuando un sacerdote religioso Jesuíta, de nombre Juan Font, descubrió la tribu y en 1614, él mismo fundó la primera reducción de Tarahumaras que con el tiempo se llamó “San Ignacio”. Se sabe también que a los dos años falleció, víctima de los ataques de indios Tepehuanes que atacaron la misión.

Fue hasta 1630 en que los misioneros regresaron de nuevo y con enormes trabajos, ahora inimaginables, lograron reunir a diversas reservas de indios invitándolos a establecerse en lugares más abiertos, con tierras más abundantes y mejor cultivadas, fundándoles verdaderos poblados y construyéndoles escuelas, mercados y obviamente Iglesias.

Entre aquellos pioneros hay hombres de una santidad eminente, como el padre Francisco Germán Glandorff, (1687-1763) que vivió en la Sierra Tarahumara más de 40 años al inicio del siglo XVIII y cuya rapidez característica con la que iba y volvía, la tuvieron siempre por milagrosa los agilísimos Rarámuris, puesto que yendo a pie a visitar a un enfermo, siempre llegaba mucho antes que los indios que iban a caballo. Ello le mereció el título de “El padre de los zapatos mágicos).

Desgraciadamente aquel trabajo misionero se truncó en 1765, cuando los Jesuitas tuvieron que salir de todos los dominios de España y entonces aquella floreciente misión con sus poblados, sus tierras de labranza, sus caminos vecinales... quedó en el abandono. Estas tierras y estas gentes quedaron entonces en el olvido por más de un siglo, hasta que a mediados del siglo XIX algunos padres Franciscanos de Zacatecas, hicieron varias visitas a la Sierra sin poder establecerse permanentemente, hasta que, por las leyes de Juárez, vino la disolución de los conventos.

En 1985, algunos padres Josefinos de México se establecieron a la entrada de la Sierra pero por falta de personal y de apoyos, tuvieron que cerrar la misión. En 1900, el Ilmo. Sr. José de Jesús Ortiz, Primer Obispo de Chihuahua, consiguió que los Jesuitas regresaran a encargarse de la misión entre los Tarahumaras.  Así, los Jesuitas —según cuenta la historia— enviaron doce misioneros, como los doce apóstoles, que de tres en tres fueron re-evangelizando nuevamente la zona.

En 1914, con la Revolución, llegó también la destrucción de la misión y fue hasta 1920 en que se continuó algo que luego de siete años se interrumpió por la persecución de 1927 que desoló completamente los trabajos realizados que entre grandes sacrificios se volvieron a empezar hasta que, en 1934, la educación socialista casi dio muerte a esta misión que resurgió en 1939 y sigue en pie hasta nuestros días.

Así, la historia de nuestros hermanos Rarámuri, por más de 400 años ha estado entretejida de sacrificios, persecuciones, heroísmos de martirio y de una perseverancia única de una Institución que ha buscado acompañarles siempre: La Iglesia Católica.

Como misionero católico no puedo cerrar los ojos, y cuento todos esto para que nos demos cuenta de que gracias a los misioneros, estos hermanos nuestros y muchos más sobre la faz de la tierra, han sido reconocidos y amados como hijos de Dios. En México, y en muchas otras naciones, se requiere de un cambio frente a los escenarios de materialismo, deshumanización, violencia, pérdidas de valores, incluida la degradación y la pérdida de valor que tiene la propia vida humana.

La Madre María Inés (próxima beata mexicana el 21 de abril de 2012) decía que su corazón no podía estar tranquilo sabiendo que había muchas almas que no conocían a Dios y que podían gozar de su dignidad de hijos de Dios.

Mons. Rafael Sandoval Sandoval, Obispo actual de la Sierra Tarahumara —a quien tengo el gusto de conocer personalmente y puedo avalar su gran labor misionera—, ha calificado de “irresponsable y sensacionalista” el haber difundido que nuestros hermanos indígenas tarahumaras se suicidan por hambre, porque, dijo, “esconden la verdad y atraen la mirada hacia el mundo indígena de manera irreal”. Dijo que en esa cultura y experiencia de fe no cabe el suicidio, porque los Rarámuri siempre le encuentran sentido a la vida aun en las circunstancias difíciles y afirmó que es un pueblo que resiste y lucha por ser autosuficiente.

Si somos conscientes, ciertamente nos podemos dar cuenta de que es innegable el momento difícil que siempre ha atravesado esa región, que trae rezagos de décadas y de siglos, según he explicado al recorrer con ustedes la historia de los Tarahumaras por no haber afrontado la situación con seriedad y con visión de futuro por parte de quien originalmente los debería haber acompañado.

Aunque en estos momentos la asistencia ante la emergencia alimentaria que se vive es buena, lo que da vergüenza es que muchas instituciones se quedan en proyectos meramente asistenciales repartiendo cobijas o despensas —aunque esto es ciertamente necesarísimo hacerlo hoy por la ausencia de lluvia o el tardío de éstas en la región—, sin pensar en pensar en un futuro donde nuestros hermanos indígenas y mestizos pobres puedan ser productores de su mismo sustento. Madre Inés recordaba en las misiones aquella frase que reza: “Antes de darles un pescado, hay que enseñarles a pescar”.

Los católicos y en especial los misioneros, colaboramos, por supuesto, en esta  emergencia alimentaria, pero no debemos caer en sensacionalismos ni sentimentalismos tranquilizadores. Lo que debemos hacer para ayudar a los indígenas tarahumaras es mirar al pasado y retomar el fuego de aquellos misioneros heroicos que supieron establecer compromisos con visión de futuro, creación de fuentes de trabajo a largo plazo, etc. Porque hoy nos damos cuenta de que no bastan palabras bonitas e intereses partidistas cargados de asistencialismos interesados.

Recuerdo lo que Madre Inés hizo al fundar “La Florecilla”, esa hermosa reserva entre nuestros hermanos Tzotziles en Chiapas. En la sierra, aquella otra sierra, ella, sin hacer mucho ruido, de la misma manera que aquellos misioneros heroicos de la Sierra Tarahumara, o de la idéntica forma en que actuó el Siervo de Dios Vasco de Quiroga en Michoacán, o el beato Junípero Serra en las Californias: estableció espacios públicos para la convivencia sana de jóvenes y adultos, organizó los espacios para vivir y cultivar la tierra, llevó voluntarios a colaborar en el campo de la salud comunitaria, creó proyectos educativos que nunca han sido partidistas, ayudó a  consolidar las autoridades indígenas y canalizó, con ayuda de sus hijas Misioneras Clarisas, los apoyos bien organizados de muchas instituciones de la Iglesia y del Estado para que llegue lo básico a los que más lo necesitan. Hoy muchas hermanas Misioneras Clarisas proceden de esos hermosos parajes y comparten con gozo su ser de misioneras en varias partes.

La Iglesia es la eterna acompañante, porque es, en sus hijos misioneros, la Madre y Maestra, la Amiga y la Compañera de camino que no solamente atiende a situaciones de emergencia, sino que vive sumergida en el anhelo de ver en todos y a cada uno de las habitantes del mundo, bajo la mirada amorosa de María, la Primera Misionera, un hijo de Dios.

Alfredo Delgado R., M.C.I.U.

miércoles, 4 de enero de 2012

Iniciamos el nuevo año en el nombre del Señor Jesús...

Jesús ha ido acompañando nuestro caminar en el tiempo litúrgico de la Navidad que culminará dentro de pocos días. ¿Hemos sido, o somos, conscientes de estos pasos junto a nosotros en estos días de fiesta? Antes que termine este tiempo hermoso de la Navidad, quiero compartir unas líneas que nos sirvan de reflexión en torno a este Misterio de Amor de Dios que se hace hombre para nuestra salvación y que tiene un nombre que está sobre todo nombre: «Jesús». Siento que este es un buen tiempo para meditar en el santo nombre de Jesús y lo que significa para nosotros al iniciar el caminar de un nuevo año civil.

Todos tenemos un nombre. El nombre que nos singulariza como individuos y nos distingue de los demás, el nombre que nos identifica personal, familiar y socialmente. La costumbre de poner nombre a las personas viene desde hace muchísimo tiempo. En la Sagrada Escritura se da nombre a la primera pareja, y Dios encarga a Adán y Eva que pongan nombre a todas las cosas. San Lucas nos refiere en el evangelio que, en la ceremonia de la circuncisión, al hijo de María, conocido como «hijo del carpintero», le pusieron por nombre «Jesús», como lo había dicho el ángel de parte de Dios. De modo que el nombre de Jesús no fue un capricho de los papás, o de los abuelos, o de los padrinos, sino algo providencial, un nombre elegido por Dios para significar su misión así, el nombre de Jesús significa: «Dios salva» o «salvación de Dios».

“No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30-33). Con estas palabras el Ángel de la Anunciación se había dirigido a María de Nazareth dándole a conocer, junto al anuncio de la Encarnación, el nombre que llevaría Aquel que en su seno inmaculado se haría hombre. El nombre dado a una persona era de importancia vital en la antigüedad, venía a ser algo así como su esencia, “su yo”; allí donde estaba el nombre estaba la persona (Dt 12, 5). El nombre también implicaba “propiedad”. Cuando el nombre de una persona era pronunciado sobre algo o sobre alguien este quedaba sometido bajo el dominio de aquel cuyo nombre era pronunciado. Ejemplos de ello pululan en la Biblia: si el nombre de Joab se hubiera pronunciado sobre la ciudad de Rabá, que había rendido, le hubiera pertenecido a él y no al rey David (2 Sam 12, 28); las mujeres pasaban bajo la autoridad del varón cuando su nombre “se pronunciaba” sobre ellas (Is 4, 1). El faraón de Egipto pone de manifiesto la potestad que ejerce sobre el rey de Judá “cambiándole el nombre” (2 Re 23, 34); incluso las primeras páginas del Génesis, para expresar el encargo que recibe el hombre de dominar sobre la tierra, recogen: “Y Dios formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera” (Gn 2, 19).

El nombre «Jesús», que por mandato divino es anunciado también a José (Mt 1, 21), no está carente de significado y simbolismo. Jesús, en palabras de San Bernardo, no lleva un nombre vacío o inadecuado. El nombre «Jesús» es la forma latinizada del griego “Iesous”, término con el que Cristo es identificado en el Nuevo Testamento. Este nombre deriva del hebreo “Yeshú”, forma abreviada de “Yeshúa”, la variante más extendida del nombre “Yehoshúa”, que etimológicamente significa como hemos dicho «Yahveh salva» o «salvación de Yahveh».

Antes de la Encarnación este nombre ya aparece en los libros del Antiguo Testamento, aunque no fue usado por ninguna persona destacada desde el tiempo de Josué, hijo de Nun, jefe del ejército israelita y estrecho colaborador de Moisés. También fue el nombre del autor del libro del Eclesiástico en el Antiguo Testamento (denominado Sirácida en algunas versiones), de uno de los ancestros de Cristo (Lc 3, 29), y de uno de los compañeros del apóstol Pablo (Col 4, 11). Este nombre aparece también citado en escritos seculares. En las obras de Flavio Josefo, por ejemplo, son mencionados unos veinte personajes con igual denominación. Se considera que la forma de este nombre en arameo, el idioma de la Judea del siglo I, es la que con toda probabilidad usó Jesús: “Ieshuá”. En Marcos y Lucas, Jesús es llamado “Iesous ho nazarenos”, en Mateo y Juan (Lucas en ocasiones) se utiliza la forma “Iesous ho nazoraios”, que es la forma en que aparece también en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

La interpretación de estos epítetos no es unánime. Para la mayoría de los exegetas, ambos hacen referencia a su localidad de origen, Nazaret; otros, en cambio, interpretan el epíteto “nazoraios” ("nazoreo") como compuesto de las palabras hebreas “neser” ("retoño") y “semah” ("germen"); y, según esta interpretación, el epíteto tendría un carácter mesiánico.

Cierto que no es que creamos que existe un poder intrínseco escondido en las letras que componen el Nombre de Jesús y por eso lo honramos, sino que el nombre de Jesús nos recuerda todas las bendiciones que recibimos del Redentor. Para agradecer su amor y todas las bendiciones reverenciamos el Santo Nombre. Por eso descubrimos nuestras cabezas y doblamos nuestras rodillas y nuestros corazones ante el Santísimo Nombre de Jesús; él da sentido a todos nuestros afanes, como indicaba el emperador Justiniano en su libro de leyes: "En el Nombre de Nuestro Señor Jesús empezamos todas nuestras deliberaciones". En su nombre, pues, iniciamos este nuevo año 2012.

El nombre de Jesús brinda ayuda a necesidades corporales, según la promesa de Cristo: "En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán" (Mc 16, 17). En el Nombre de Jesús los Apóstoles dieron fuerza a los cojos (He 3, 6; 9, 34) y vida a los muertos (He 9, 40). El nombre de Jesús da consuelo en las aflicciones espirituales y le recuerda al pecador la misericordia del padre del Hijo Pródigo y el del Buen Samaritano; le recuerda al justo el sufrimiento y la muerte del inocente Cordero de Dios. El nombre de Jesús nos protege de Satanás y sus engaños, por eso el Demonio teme el Nombre de Jesús, quien lo ha vencido en la Cruz. En el nombre de Jesús obtenemos toda bendición y gracia en el tiempo y en la eternidad, pues Cristo ha dicho: "lo que pidan al Padre en mi nombre se lo concederá." (Jn 16, 23). Por eso la Iglesia concluye todas sus plegarias litúrgicas: "Por Jesucristo Nuestro Señor". Así se cumple la palabra de San Pablo: "Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble." (Fil 2, 10). Con razón la Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento nos invitaba siempre a ser "copias fieles de Jesús".

Hay un bello himno de Vísperas titulado "Jesu dulcis memoria", basado en un poema anónimo atribuido a San Bernardo, que es de una belleza excepcional y que quiero ahora compartir con ustedes, deseando que este nuevo año 2012 sea siempre vivido en el nombre de Jesús. Hagamos todo lo que venga en este nuevo año y siempre, en el nombre del Señor, y entonces todo nos traerá felicidad, la felicidad de que hacemos todo en su nombre. Donde esté el nombre del Señor, las cosas prosperarán. Si tiene el poder de expulsar los demonios, si puede aliviar las enfermedades, con mayor razón nos acompañará y ayudará en todo.

Dediquemos este año y el resto de nuestra vida a Jesús, de esta manera viviremos bien nuestro mandato misionero al cumplir el propósito de nuestra vocación para que todos conozcan, amen e imploren ese Nombre sublime y bendito. El catecismo nos dice que hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en este mundo para poder ser felices en el otro. Es en este espíritu en que me invito e invito a todos a iniciar este año nuevo. ¡Qué todos iniciemos así el año: en el Nombre de Jesús!

Dejo ahora un video con el himno "Jesu dulcis memoria" y después la letra en español y en latín. ¡Feliz Año, para todos, en el nombre del Señor Jesús!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.



En español la letra dice así:

Es dulce el recuerdo de Jesús,
que da verdaderos gozos al corazón
pero cuya presencia es dulce
sobre la miel y todas las cosas.

Nada se canta más suave,
nada se oye más alegre,
nada se piensa más dulce
que Jesús el Hijo de Dios.

¡Oh Jesús!, esperanza para los penitentes,
qué piadoso eres con quienes piden,
qué bueno con quienes te buscan,
pero ¿qué con quienes te encuentran?

¡Oh Jesús!, dulzura de los corazones,
fuente viva, luz de las mentes
que excede todo gozo
y todo deseo.

Ni la lengua es capaz de decir
ni la letra de expresar.
Sólo el experto puede creer
lo que es amar a Jesús.

¡Oh Jesús! rey admirable
y noble triunfador,
dulzura infefable
todo deseable.

Permanece con nosotros, Señor,
ilumínanos con la luz,
expulsa la tiniebla de la mente
llena el mundo de dulzura.

Cuando visitas nuestro corazón
entonces luce para él la verdad,
la vanidad del mundo se desprecia
y dentro se enardece la Caridad.

Conoced todos a Jesús,
invocad su amor,
buscad ardientemente a Jesús,
inflamaos buscándole.

¡Oh Jesús! flor de la Madre Virgen,
amor de nuestra dulzura
a ti la alabanza, honor de majestad divina,
Reino de la felicidad.

¡Oh Jesús! suma benevolencia,
asombrosa alegría del corazón
al expresar tu bondad
me urge la Caridad.

Ya veo lo que busqué,
tengo lo que deseé
en el amor de Jesús desfallezco
y en el corazón todo me abraso.

¡Oh Jesús, dulcísimo para mí!,
esperanza del alma que suspira
te buscan las piadosas lágrimas
y el clamor de la mente íntima.

Sé nuestro gozo, Jesús,
que eres el futuro premio:
sea nuestra en ti la gloria
por todos los siglos siempre. Amén. 

En latín dice así:

Iesu dulcis memoria
Dans vera cordis gaudia
Sed super mel et omnia
Eius dulcis praesentia.

Nil canitur suavius
Nil auditur iucundius
Nil cogitatur dulcius
Quam Jesus Dei Filius.

Iesu, spes paenitentibus
Quam pius es petentibus
Quam bonus Te quaerentibus
Sed quid invenientibus?

Iesu dulcedo cordium
Fons vivus lumen mentium
Excedens omne gaudium
Et omne desiderium.

Nec lingua valet dicere
Nec littera exprimere
Expertus potest credere
Quid sit Iesum diligere.

Iesu Rex admirabilis
Et triumphator nobilis
Dulcedo ineffabilis
Totus desiderabilis.

Mane nobiscum Domine
Et nos illustra lumine
Pulsa mentis caligine
Mundum reple dulcedine.

Quando cor nostrum visitas
Tunc lucet ei veritas
Mundi vilescit vanitas
Et intus fervet Caritas.

Iesum omnes agnoscite
Amorem eius poscite
Iesum ardenter quaerite
Quaerendo in ardescite.

Iesu flos matris Virginis
Amor nostrae dulcedinis
Tibi laus honor numinis
Regnum beatitudinis.

Iesu summa benignitas
Mira cordis iucunditas
In comprehensa bonitas
Tua me stringit Caritas.

Iam quod quaesivi video
Quod concupivi teneo
Amore Iesu langueo
Et corde totus ardeo.

O Iesu mi dulcissime
Spes suspirantis animae
Te quaerunt piae lacrymae
Et clamor mentis intimae.

Sis, Iesu, nostrum gaudium,
Qui es futurus praemium:
Sit nostra in te gloria
Per cuncta semper saecula. Amen.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento... hacia la beatificación

MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Siempre es difícil escribir sobre los hombres y mujeres que han dejado huella porque han seguido muy de cerca las pisadas de Jesús. En México estamos en tierra de santos y el tema de la santidad de tantos hombres y mujeres de nuestro pueblo mexicans nunca se agotará. La Familia «Inesiana», como familia misionera que somos, tenemos nuestro origen precisamente en un corazón santo, en un corazón sencillo, noble y sin fronteras de una mujer que también es paisana nuestra por ser mexicana y cariñosamente la llamamos «Nuestra Madre» porque ella nos engendró en esta vida espiritual de seguimiento de Cristo.
«Nuestra Madre» será seguramente una de las más universales beatas, ya que su figura misionera es ya modelo de las clases populares y de los ilustrados de muchas naciones: de sacerdotes, religiosos y laicos; de jóvenes y adultos, niños, ancianos; hombres y mujeres.
Ya encontramos su estampita en casas de familias, en oficinas de sacerdotes, en conventos y seminarios; la vemos en algunos negocios, en hospitales y asilos... es ya la próxima beata universal.
Después de mucho que he leído de ella y de otro tanto que he escrito, me encuentro, al verla, ante un misterio. Es un misterio, al menos para mí, lo profundo de su experiencia mística y su relación con Jesús; es un misterio su capacidad tan grande de poseer un corazón universal que a todos hacía sentirse amados y tenidos como lo único en aquellos momentos, como los encuentros de Cristo con la Samaritana o con Zaqueo entre otros. Madre Inés aparece como única, especial, sin precedentes e irrepetible.
La gente «santa» como ella —y al decir «santa» no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia, sino usar el lenguaje popular— ha sido, como nosotros, de carne y hueso. Los beatos y los santos no han nacido tales, sino se han hecho santos viviendo. Tenemos que desechar la idea de que eran personas diferentes a nosotros.
Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento nos recuerda mucho al Cristo del Evangelio en su estilo de vida y en su apostolado, en sus rasgos simpáticos y anecdóticos. Ha acercado a muchos a Cristo y a alentado a muchas almas a seguir a Cristo viviendo plenamente la vocación a la que cada uno ha sido llamado. En su vida misionera y en sus meditaciones acompañaba a Cristo con igual entusiasmo al Calvario que a las Bodas de Caná.
Poseedora de una personalidad altamente carismática, creadora, fuera de lo común y libre para amar, Manuelita de Jesús —ese era su nombre de pila— irrumpe en el mundo para invitar a todos a romper las barreras del corazón. Con un gran sentido común y una humildad que se desbordaba en su sencillez, se lanzó a la conquista del mundo para Cristo. Ella se desposó con Cristo. Su doctrina nos sigue conduciendo a la caridad fraterna sin fronteras y a la auténtica solidaridad. Desde pequeña supo ir descubriendo que Dios la amaba sin condiciones y que podría hacer maravillas a través de ella en beneficio de los demás.
Para esa conquista de las almas, contaba, como ella solía decirlo, con la propia miseria puesta al servicio de la misericordia. Tenía una profunda conciencia de su miseria sin término y una experiencia viva de la misericordia de Dios. En ella, esta constante de la búsqueda de la santidad cristiana, fue algo sobresaliente. Unía la convicción de ser “la nada, pecadora”, una “humilde piltrafilla”, a la del amor de Dios, mayor que su miseria y su corazón. La misericordia de Dios era tan real para ella, que no le sorprendía ni le era motivo de vanidad que Dios la hubiera llamado a una misión tan extraordinaria como el fundar una familia misionera, porque igualmente podía darla o haberla dado a cualquier otra persona. “Tú y yo, María Inés, valemos tan poca cosa...", le decía en una carta a un joven hablándole de la vocación.  Día a Día, la Sierva de Dios discernió y confirmó a cada paso la voluntad de Dios, por eso su vida y su obra aparece siempre guiada por la Providencia de Dios y no por sus propósitos.
«Nuestra Madre» es testigo de la libertad absoluta de Dios para actuar a través de cualquier criatura, y del poder de Dios para servirse de la miseria humana. Gozaba del trabajo en los colegios y de los ratos agradables de oración en los noviciados de nuestras hermanas Misioneras Clarisas. Contemplativa y activa, siempre alegre imitó a Cristo y ayudó en vida, como lo sigue haciendo ahora, a que muchos tuviéramos la inquietud de imitarlo. Vivía, podemos decir, utilizando la misma palabra que mucho usaba, «sumergida» en Dios y en las almas. Es fácil percibir en ella un amor a la Iglesia extraordinario y apasionado. “Si no es para salvar almas, no vale la pena vivir”, solía decir. Tuvo, de la Iglesia, una percepción que muy pocos han tenido y un amor incomparable, decía que quería dejarse bañar por la Sangre redentora de Cristo en la Cruz. Esto era fruto de su pasión por las almas, por la Iglesia. Vivió siempre, hasta el último latido de su corazón, como fiel hija de la Iglesia.
Por este amor extraordinario a las almas abandonó su vida en el claustro, en donde vivió dieciséis años,  para unir a Martha y a María en una vida contemplativa y activa, o activa y contemplativa, quizá más bien dicho: “contemplativa-activa, activa-contemplativa”. Fue un alma misionera que se puso al servicio de todos sus prójimos, especialmente los pobres y los pecadores, los alejados de Dios. Supo infundir el amor a la Iglesia y el espíritu misionero en quienes le seguían los pasos de cerca. Ese corazón misionero le hizo viajar por el mundo entero visitando a sus misioneras, a sus misioneros, a sus vanclaristas. ¿Cómo no recordar, quienes la conocimos, aquellas visitas? Eran visitas de Cristo misionero que llegaba a dar alegría, paz, amor, comprensión, cariño y aliento. Era un genio de la organización y de las finanzas, había empezado la familia misionera con una cajita de cartón como caja fuerte, por cierto siempre vacía, y hacía rendir todo sin caer en la arrogancia o en la exageración. Siempre alegre, participaba del gozo de los pequeños detalles de cada día. Imitó la dolorosa paciencia de Cristo, en las frustraciones reiteradas, en las contradicciones y calumnias que sufrió en la congregación de misioneras que fundó, en los incontables viajes, fundaciones, obras y preocupaciones. Su voto privado de ofrecerse como víctima al amor misericordioso, significó para ella tender a lo más perfecto, a lo que daba más alegría y gloria al corazón de su Señor.
Cuando ella presentaba aquel proyecto de fundar una nueva familia misionera, casi nadie estaba dispuesto a arriesgar nada, le decían que no querían nuevos experimentos. Se trataba de una pequeña semilla sembrada en la tierra de nuestra patria. Después de muchos años de vida, aquella semilla se ha desarrollado y aunque permanece en los límites de una “pequeña familia”, como a ella le gustaba pensarla, ha echado raíces en muchos países.
Hay un aspecto importantísimo en la vida de la próxima beata mexicana, una característica primordial, lo que ella llama "mi primera vocación”, se trata de su experiencia y su doctrina sobre la oración, esa oración misionera que arrancó tantas gracias del corazón de Jesús. “La oración —decía— es para mí como el agua para el pez, como el aire para el ave”. Su oración privilegiaba la contemplación afectiva y urgía la acción y el compromiso misionero. Gran parte de su doctrina sobre la oración quedó plasmada en innumerables escritos de sus meditaciones y ejercicios espirituales. Aferrada a la ortodoxia católica nos dejó un cúmulo de escritos que hoy pueden guiar nuestras meditaciones y nos ofrecen pistas para la oración personal y comunitaria. 
Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento experimentó en su oración gracias extraordinarias desde su juventud, regalos que descendiendo de lo alto hicieron que se acrecentaran en ella grandes ideales de seguir a Cristo, “el esposo de Sangre” como ella lo llamaba. Ni un segundo se separaba de su Madre Santísima del Cielo, “la Dulce Morenita del Tepeyac” a quien siempre sintió a su lado, siendo típivo escucharle decir: "¡Vamos María!". La Virgen le había hecho una promesa que nunca olvidará: "Si entra en los designios de de Dios servirse de ti para las obras de apostolado, me comprometo a poner en tus labios la palabra persuasiva que ablande los corazones... y en estos la gracia santificante y la perseverancia final". 
La acompañaron a veces tiempos de aridez y noches oscuras, pero ella avanzó siempre por la vida con esa seguridad de los santos. “Dios lo quiere así”. Llegó a grandes alturas en su total confianza en Dios buscando los intereses del Sagrado Corazón. “Yo me ocuparé de tus intereses y Tú te ocuparás de los míos” decía en un sencillo diálogo al Señor en la oración. Teresita del Niño Jesús se convirtió para ella en su “santita predilecta” que la llevó por un caminito sencillo hasta las alturas del cielo, ella la ayudó a que la fe, la esperanza y la caridad se hicieran instintivas en su vida por obra del Espíritu Santo. El itinerario de su vida estuvo constantemente inspirado, en la oración, por la fe. “Si todo se acaba, volveremos a empezar”.
Pobreza, castidad y obediencia marcaron su vida religiosa en una vida sencillamente ordinaria. A simple vista no había que decir mucho de ella, no se notaba nada especial, a pesar de que día a día practicó la confianza ciega en Jesús y vivió de amor y con amor todas las circunstancias de la vida, de modo tan natural como heroico. Siempre con una sonrisa que hablaba de amor, una sonrisa discreta que contagiaba y hacía pensar en Dios, fuente de vida y alegría.
Viajó en las condiciones más austeras, en barcos de carga o camiones de segunda, y fundó en lugares inhóspitos en aquellos años, como Indonesia o las tierras de África, eso la hacía feliz: “Que todos te conozcan y te amen es la única recompensa que quiero”. Quiso vivir en Roma hasta su muerte, porque allí estaba en el corazón de la Iglesia junto al dulce Cristo de la Tierra, como llamaba al Santo Padre. Desde allí era un fuego universal que incendiaba al mundo en todas direcciones.
Creo que nunca termino de hablar de «Nuestra Madre» y no estoy seguro de conocerla bien, pero desde hace años, la he tratado muy de cerca. Más que hablar de conocer a nuestra fundadora en su persona, ya que sólo la traté en dos ocasiones, puedo hablar de conocerla a través de sus escritos, esa rica doctrina espiritual que como herencia nos ha dejado a las Misioneras Clarisas, a los Vanclaristas y a los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Hay mucho más que descubrir y conocer de esta maravillosa mujer, que ya pronto será beatificada.
Entre los desafíos de la misión contemporánea encontramos en ella a una santa moderna. Me he preguntado muchas veces que haría hoy, si viviera, de cara a la nueva evangelización y la misión en el tercer milenio. ¿Qué haría ella para hablar de Cristo al mundo de hoy y para suscitar la conversión? En realidad no se bien como trabajaría, qué métodos utilizaría y como le haría, pero sí se que no se quedaría tranquila y complacida con poco. Rezaría mucho, seguiría ofreciendo sus sacrificios ocultos y esos gestos de amor a Dios y a María en ofrecimientos especiales como víctima del amor misericordioso. Ella encontraría las maneras que la santidad y la pasión misionera suelen inventar para conquistar el mundo para Cristo. Su celo misionero persistente y atrevido, la universalidad de su misericordia, la grandeza y sencillez de su oración nos seguirían hablando al corazón.
Estoy convencido, con el pasar de los años y luego de conocerla cada día más, que tenemos por fundadora, a una de las personas más contemplativas y a la vez, a una de las personas más activas que hayan existido. No sé luego de leer todo esto que he compartido, que dirían ustedes.

Video con fotografías de Madre Inés

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Día de muertos...

El día 2 de noviembre, por una tradición ancestral recordamos y rezamos de una manera especial por nuestros familiares y amigos difuntos y en general por todos los fieles difuntos. Es algo que hacemos con fe y con confianza, porque sabemos que Dios nos ama y nos llena siempre de su amor. Por esto en este día nos acercamos al Dios de la vida y le pedimos, con el corazón lleno de paz, que tenga con Él para siempre a nuestros familiares y amigos que han muerto, y también a todos los difuntos, conocidos y desconocidos, hombres y mujeres de cualquier lugar del mundo, y, como misioneros que somos, encomendamos especialmente a quienes no tienen quién ore por su eterno descanso.

Este recuerdo y esta oración, la hacemos de manera especialísima en la celebración de la Eucaristía de este día, para lo cual la liturgia nos propone diversos formularios a seguir. Sabemos que al celebrar la santa Misa por los difuntos, Jesús se hace presente en medio nuestro con su palabra y con su Cuerpo y su Sangre, que son alimento de vida eterna y nos unimos a Él renovando nuestra fe y nuestra esperanza en la resurrección.

Todos sabemos el día que nacimos, pero no sabemos el día que moriremos. Algunas personas mueren jóvenes, otras ya tienen edad avanzada, pero todos tenemos el deseo de vivir para siempre, y este deseo, Dios lo ha puesto en nuestro corazón. Y cuando el corazón de una persona deja de latir, parece el fin de aquel que ha muerto, parece que la persona está condenada a la destrucción total, pero, nuestra fe en Jesucristo nos dice que la vida de la persona no acaba con la muerte, sino que está destinada a vivir eternamente en la presencia del Señor. Recordamos aquellas palabras de Jesucristo: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn11,25-26). Y aquellas otras en las que dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn14,6).

A lo largo de nuestro camino en este mundo, la reflexión de la fe va iluminando nuestra mente y nuestro corazón y vamos encontrando la serenidad que dan la esperanza y la certeza del amor incondicional de Dios, que no nos fallará. Jesús resucitado es la garantía de que la muerte nos abrirá las puertas de la vida eterna con Dios para verlo cara a cara. Será el momento del encuentro definitivo con la familia en la casa del Padre, donde viviremos plenamente la comunión de los santos. Sabemos que nuestro Padre Dios nos recibirá con los brazos abiertos y aunque, como el hijo pródigo, lleguemos a la casa con los vestidos casi desgarrados o sucios, si nosotros aceptamos su abrazo, su amor nos revestirá de la túnica de fiesta de la gracia y entraremos a su casa, que también es la nuestra.

Creo que si hablamos con sinceridad, todos experimentamos cierto miedo a la muerte, unos menos, otros más. Jesucristo también tuvo miedo y se mostró nervioso en Getsemaní pidiendo que el Padre apartara «ese cáliz» de su existencia. Cristo había recorrido los caminos de Palestina haciendo el bien, curando enfermos, resucitando a los muertos y poniendo la vida en el corazón y en el cuerpo de todas las personas sin distinción alguna. Pero ahora, delante de la muerte, sintió la necesidad de estar solo y a la vez de estar con los más íntimos.

San Lucas nos narra que Jesús se fue al Monte de los Olivos seguido por sus discípulos. Nos dice que estando en un lugar apartado se levantó y les dijo: “Oren para que no caigan en la tentación”. Y él, apartado a una distancia de un tiro de piedra, se puso de hinojos y oró diciendo: “Padre, si quieres aparta de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,39-42).

En la Misa, uno de los prefacios de difuntos (el segundo) nos dice que Él, uno solo, murió para que no muriéramos todos nosotros. Él solo se dignó sufrir la muerte, para que todos viviéramos en Dios eternamente. Otro, (el primero) dice que en Él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección y así, aunque la certeza de morir nos entristece nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.

San Pablo, nos indica que el tiempo que pasamos en este mundo es corto y que este mundo pasa (cf. 1 Cor 7,29-32), y nos invita a vivir sin preocupaciones y congojas innecesarias. Madre María Inés Teresa dice que “el tiempo es cortísimo comparado con la eternidad ¿qué son 100 años?” y además nos dice algo que todos sabemos y que conviene meditar el día de hoy: “no sabemos los años que tendremos de vida, no sabemos cuándo nos sorprenderá la muerte” (ver Cartas Colectivas, f. 3423).

“El tiempo es corto; ¿qué quisiéramos haber hecho cuando nos llegue la muerte?” (Carta 3303) “¡Ánimo para luchar, para trabajar por él, para vencer aún en medio de las dificultades!“ (ib.)
San Pablo nos recuerda que la vida corre rápidamente hacia su fin, y que el gran negocio y diseño de ella es prepararse para morir. Debemos hacer los planes de la vida teniendo presente siempre que el tiempo es corto. Ninguna relación de la vida debe detenernos o impedirnos en el desarrollo de nuestra vida espiritual. San Pedro apunta: "Mas el fin de todas las cosas se acerca; estén, pues, sobrios, y velen en oración" (1 Ped 4,7)

Ciertamente que, con la llegada de la muerte, todos los vínculos o lazos de la vida terrenal, que son muy frágiles, serán disueltos. Abraham hizo duelo por Sara y la lloró (Gén 23,2); Raquel lloró a sus hijos (Mat 2,18). Es del todo normal y natural llorar cuando perdemos algún ser querido, pero es necesario que nuestra relación con Cristo sea siempre superior a los lazos familiares (Mat 10,37; Lc 14,26). Debemos ser fieles al Señor si tenemos familia de sangre o si no tenemos familia. El creyente con familia debe ser tan fiel al Señor como el que no tiene una familia. Sabemos que la relación matrimonial no sobrevive a la muerte; no existirá en el cielo. (Mat 22,30). El hogar es divino, pero no es eterno. Los lazos con Cristo sí que son eternos; por lo tanto, nuestra primera lealtad en la vida es con Cristo y de allí brota la fidelidad con lo que somos y con lo que hacemos.

Esto significa que los eventos pasajeros de esta vida no afectan al creyente como afectan a los no creyentes (1 Tes 4,13). Este mundo es, como decimos en la oración: «un valle de lágrimas», pero el cristiano no es vencido por las pruebas de esta vida.

David, cuando murió su hijito dice: "Yo voy a él, mas él no volverá a mí". (2 Sam 12,23). Y la Biblia nos dice que David dejó de llorar. No debemos abandonar a Dios por causa de la tristeza, pero muchos lo hacen y se quedan instalados en ese dolor sin superarlo. Durante las tormentas y calamidades de la vida, la fe en Hijo de Dios calma nuestro espíritu agitado y produce una sonrisa aunque haya lágrimas de dolor en el interior. El hombre y la mujer de fe son controlados por su fe y no por su tristeza. El cristiano debe practicar el dominio propio en el tiempo de tristeza, recordando que las experiencias amargas de la vida son pasajeras. De otro modo la tristeza puede desanimar y debilitar el alma y dejarle siempre triste. Tanto el exceso de alegría como el exceso de tristeza perjudican la vida espiritual. Para algunos la vida es un valle de lágrimas; para otros es una montaña de alegría, fiesta y diversión. En los dos ambientes el alma sufre si se va a los extremos. 

El cristiano es una persona feliz; por eso, le convienen la sonrisa y la risa. Pero el alegrarse no es su propósito en este mundo, sino el servir a Dios y a sus semejantes. En esto halla su gozo. Por lo tanto, el cristiano siempre vive como si no se alegrase; es decir, sigue fiel y activo en las cosas de Dios. Si hay tristeza, bien. Si hay alegría, bien. Pero de todas maneras, sigue fiel al Señor. No es desviado de este servicio por la tristeza ni tampoco por la alegría. Somos viajeros. Somos peregrinos y extranjeros (1 Pe 1,17; 2,11). Nuestro peregrinaje nos lleva a través de este mundo, pero no somos ciudadanos permanentes porque no puede el mundo ser nuestro hogar: ¡El cielo nos espera!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 22 de octubre de 2011

El compromiso del Vanclarista y su vida espiritual como amigo de Dios...

El mes de octubre, además de ser el mes del Rosario, ha sido siempre el mes de las misiones. En octubre, cada año, la Iglesia celebra el DOMUND (DOmingoMUNDial de las misiones) y todos los Vanclaristas, en el mundo entero, renuevan su compromiso.

Nuestra Madre espera de los vanclaristas laicos «líderes» que sean fermento del evangelio en medio del mundo, que sepan “ante todo dar testimonio de Cristo con una vida recta, limpia… un grupo que de veras se entregue al servicio de Dios y del prójimo”. Hoy quisiera invitar a todos nuestros hermanos vanclaristas a hacer un alto en el caminar y detenerse para reflexionar juntos en una cosa que expreso tomando textualmente unas palabras de Mons. Juan Esquerda Bifet en su libro sobre Van-Clar “VEN Y VERAS”:

“Si «VIVIR PARA CRISTO» es el lema del Vanclarista, ese vivir no sería auténtico sin una fuerte experiencia de Cristo, en diálogo con Él, escondido en la Eucaristía y en el Evangelio, esperando en el corazón de cada hermano.”

Un Vanclarista es, en primer lugar, una persona que se tiene que dejar poseer por el amor de Dios. La Iglesia los necesita as¡: “La Iglesia necesita de estos elementos juveniles y aún de mayor edad, para sembrar el bien por todas partes por donde pasen, asemejándose as¡ a su Divino Maestro que: PASÓ POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN…” (Carta de N.M. a V.C. 1973).

Cada vanclarista, en cualquier rincón del mundo en donde se encuentre, cerca o lejos de su grupo, ocupa un lugar muy importante en el Corazón de Dios, cada uno es único e irrepetible, no hay nadie como él o como ella. Ni siquiera si hay unos gemelos idénticos que sean vanclaristas son iguales, hay algo que los hace distintos. Para Dios, cada uno de nosotros somos un amigo como no hay otro. Así que para anunciar a Cristo como Misioneros hay que ser primero amigos de Él, es as¡ que el primer paso que ha de dar un vanclarista para evangelizar es hacerse amigo de Jesús, porque «vive para Él».

Muchas personas, hoy en día, piensan que es imposible establecer una amistad con Dios. Dios nos invita como Amigo a experimentar su amor amándole a Él y a nuestros Hermanos. Una persona que llega a un grupo de Van-Clar, debe hacer crecer en ella lo que llamamos «Espiritualidad», que es el camino que se ha de recorrer para cumplir la Voluntad de Dios como amigo suyo.

Los santos, para mucha gente, han pasado de moda junto con palabras como ésta de espiritualidad. Hay quienes piensan que son términos del pasado, da la impresión de que algunas palabras no las quisieran ni escuchar porque estorban a la vida de la sociedad de hoy: rezar, moral, confesarse, virginidad, rosario, espiritualidad y otras más.

Sin espiritualidad la persona no puede vivir. ¿Sin un camino, será posible llegar a alguna parte?… La Espiritualidad nos debe mover a querer estar con Jesús que es el que nos ha llamado a ser misioneros. Dice Nuestra Madre en una de sus cartas a Van-Clar: “Como quisiera que todos mis Vanclaristas se actuaran muy bien de su gran responsabilidad de almas de apóstoles, especialmente llamadas a estar con el Señor. Estando muy unidos a El, cuánto bien aún sin sentirlo, sin saberlo irán sembrando, y predicando a sus compañeros de estudios, de trabajo, de oficina, de viaje, etc. etc.”.

No sólo en el día del DOMUND al renovar el compromiso, sino siempre, Dios sale al encuentro de cada Vanclarista. Nuestro Señor quiere abrir a cada uno los brazos de su amistad, El está deseoso de tener amigos y tiene cosas especiales reservadas para ellos que quizá los que van por el camino de la mediocridad y lo rodean no entienden. No hay razón alguna que valga para que un Vanclarista se aparte de esta amistad con Dios.

Nuestros grupos de Vanclar ha crecido, pero no debemos ver solamente el número de grupos o de miembros, debemos preguntarnos: ¿Ha crecido junto con eso la espiritualidad de cada vanclarista? ¿Se ha hecho más grande nuestro deseo de ser amigos de Dios? ¿Hemos sabido sacar provecho de este amor de predilección que Dios nos tiene? ¿Nos hemos hecho más amigos de su Madre Santísima? ¨Hemos recorrido la vida en Vanclar solos o de la mano del Señor bajo la protección de María?

A mi siempre me ha impresionado abrir la Escritura y volver a leer una y otra vez los pasajes en los que Jesús llama, (Jn 1,46; Jn 1,39; Mc 3,13-14;Jn 1,43; Jn 15,16; Mt 9,13; Mt 4,19; Mt 8, 22; Mt 9,9 y muchos textos más). El Papa, en su mensaje del DOMUND de este año 2011 nos recuerda un llamado especial: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21)

La llamada de Cristo y la invitación a prolongar su misión sigue resonando en muchos corazones de hoy, pero el riesgo de nuestros días sigue siendo el mismo que en tiempos del Maestro, cuando aquel joven rico no valoró la mirada de amor que Jesús amigo le dirigió, y entonces se marchó lleno de tristeza apegado a sus riquezas (Mc 10,21-22). No me gustaría ver que son muchos los Vanclaristas que se quisieran quedar apegados a sus cosas y no se lanzan a responder a Cristo, y ya no digo a una vida de consagración en la vida sacerdotal y religiosa −a la que de por s¡ ven como algo ajeno o “peligroso”− sino que ni siquiera se viera en algunos el deseo de responder a una vida cristiana en el mundo. ¡Dios nos libre! ¿Dónde quedaría el compromiso?

Nuestra Madre deseó en todo momento que el Vanclarista fuera el brazo derecho de la Congregación. ¿Se podrá ser brazo derecho sin espiritualidad? Van-Clar ofrece un gran regalo de Dios al laico de hoy: “Vivir para Cristo”. La espiritualidad ayuda al Vanclarista a caminar en la búsqueda de la realización de su opción fundamental y determinante. Esa opción es aquello que nos hace pensar cosas como esta: ¿Qué vine a buscar a Vanclar? ¿Qué es lo que espero del grupo? ¿Qué es lo que yo puedo dar?

No hay nada que pueda destruir tanto nuestra vida, dice San Juan Crisóstomo, un gran santo en la Iglesia, como el ir dejando las buenas obras para hacerlas más adelante, porque esto hace muchas veces que perdamos todos los bienes, los buenos deseos, los anhelos. Hay que desterrar de nuestra mente y de nuestro corazón esa frase tan común y extendida que dice: “¡Mañana empiezo!”. Si todo cristiano, por el hecho de ser bautizado, está llamado a ser santo, ¿qué podremos decir de un Vanclarista? Aquí no hay descuentos para nadie. La espiritualidad es el camino que irá formando al Vanclarista en esa carrera de la santidad.

Dice Monseñor Esquerda en el librito que ya mencioné: “Con personas entregadas, aunque sean limitadas y pobres, «Vanclar» puede hacer mucho para amar y hacer amar a Cristo y a la Iglesia. Con pesos muertos, «Vanclar» se reducir¡a a un taller de reparaciones o, peor aún, a un museo de antigüedades o de cacharros inútiles. Pero cuando uno reconoce su realidad y quiere empezar de nuevo, entonces se recupera el tono del seguimiento evangélico del Amigo Jesús en el corazón y en el grupo”.


La vida de un grupo, en todos sus aspectos, siempre es un reflejo de la vida de las personas que la integran. Si nosotros vemos que el grupo marcha bien, que hay armonía, que hay generosidad, cooperación y fidelidad, es que estos valores se están viviendo en cada uno; pero, si hay discordia, rivalidades, falta de seriedad en las relaciones fraternas, cazanovios y tumbanovias…. ¿qué hay en el corazón de cada uno? La Escritura es clara, “donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21), “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.” (Mc 7, 15).


Hermanos y hermanas vanclaristas, en este día del DOMUND renuevan su compromiso de amistad con Jesús. Necesitamos que esparzan esta espiritualidad por el mundo, necesitamos que recorran este camino para, como dice Nuestra Madre : “VIVAN PARA CRISTO, sanando el ambiente con el «buen olor» de Cristo, con el perfume de las virtudes cristianas” (cf. Cta. a Vanclar).


¿Qué pudiera hacer falta? Sin duda, ponerse en camino, no instalarse para poder repartir amor sin medida; tener coraje para vivir esa espiritualidad que les debe sostener, deseo ardiente que haga que su vida no se diluya y termine vacía, perdida en medio de las rivalidades, de la violencia y discordias de la sociedad en que vivimos, por un lado atacada por la inseguridad causada por el narcotráfico y por otra parte fascinada con el ansia de vivir a la moda a costa de lo que sea,


La Espiritualidad debe impregnar la vida diaria del Vanclarista. Como dijo el beato Juan Pablo II en la Redemptoris Missio: “Viviendo con plena docilidad al Espíritu; ella compromete a dejarse plasmar interiormente por él, para hacerse cada vez más semejantes a Cristo. No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por obra del Esp¡ritu”. (R.Mi. 87). Hay que recordar que el espíritu del Vanclarista es Misionero por excelencia y está plasmado en una espiritualidad que nos ha dejado Nuestra Madre y que es Eucar¡stica, Sacerdotal, Mariana y Misionera vivida en la alegre entrega. Siguiendo el camino de la espiritualidad, el vanclarista se va formando un ideal, un ideal que es una aspiración suprema, un ideal que lo lleva a hacerse amigo de Jesús y a hacerle amigos a Jesús en la misión.

Quisiera invitarles ahora a escuchar a Nuestra Madre hablar del ideal:

“Tengo para mí, íntimamente, que el ideal es la muralla donde se estrellan las sugestiones diabólicas, es el escudo, donde rebotan las flechas enemigas, es el baluarte desde donde se ve venir con calma al enemigo, porque se está seguro”.

“El ideal acrecienta las fuerzas del alma, la sostiene y robustece en sus debilidades, le hace dulce lo que es amargo, la llena de santos deseos, la inflama en el amor divino, y aquilata su celo por la salvación de las almas”.

“A pesar de mis muchos defectos y faltas, mi alma está enamorada del ideal, el es, el que me ha de salvar, de corregir, de perfeccionar. En la sed ardiente que siento por la salvación de las almas, él es el que me ha de proporcionar medios y ocasiones, de renunciamientos, de vencimientos, de peque¤os y ocultos sacrificios, que son las monedas con que se compran las almas para Jesús”.

Hermano y amigo vanclarista, hermana y amiga vanclarista, permíteme que termine esta reflexión con una pregunta para prepararte a renovar tu compromiso en el DOMUND:

¿Cuál ha sido el ideal de tu vida? ¿Haz sacrificado por él otros valores? S¡, piensa ahora, como Vanclarista, ¿cuál es el ideal de tu vida?

Revisa en ti y en tu entorno…

– La unión con Dios en cuanto relación de amor.
– La búsqueda de la santidad.
– El proyecto de Dios sobre ti y los que te rodean.
– El ansia misionera que vives.
– La coherencia en tu vida de fe como misionero.
– el anhelo para transformar nuestra sociedad luchando por la justicia y la paz.
– El amor los pobres, a los deprimidos, a los solos, a los olvidados.
– La presencia de María.
– El gozo por la próxima beatificación de Madre Inés…

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.