Estamos por concluir el mes de mayo, mes mariano por excelencia y mes en que nuestra sociedad celebra a las madres de familia.
Quiero compartir con ustedes algunas ideas que me gustaría fueran en especial para todas las mamás que lean esto. El día 31 de mayo se corona a la Virgen Madre y sabemos que, todas las mamás, merecen junto a ella una corona.
Quiero partir para esta reflexión, del texto evangélico de san Lucas 11,27-28 en donde una mujer levanta la voz para que se oiga más que la voz de Jesús y grita a los cuatro vientos: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". Realmente un «Hijo» así... ¡Qué madre debía tener! De seguro aquella mujer pensó en lo feliz que sería si pudiera ser ella esa madre dichosa y quizá muchas mamás pusieran pensar lo mismo.
Creo que toda mamá puede sentir aquella dicha, pero si se completa el texto: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen". Sí, María es dichosa por ser la Madre de Dios pero lo es más por ser la primera que vive a la escucha de la Palabra. Ella ha escuchado la Palabra, la ha conservado en su corazón y la ha vivido profundamente. Por eso aunque durante la vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron», el Señor le responde así. Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrifico escondido y silencioso de cada jornada, como suele ser la vida de cada mamá.
Jesús pasó muchos años de su vida «en familia», junto a su Madre y san José creciendo como los demás niños, desarrollándose como todo adolescente, cuestionándose y preparándose como todo joven... aprendiendo a vivir.
Bien podemos desplegar las alas de la imaginación para pensarnos la vida de María como la de toda mamá, recordando aquello que dice también el Evangelio: "Su madre conservaba todo esto en su corazón". A María, como a toda mamá, le debía hacer mucha ilusión ver a Jesús aprender a caminar, crecer y llenarse de sabiduría. Me la imagino viendo en su Hijo la capacidad de estudiar y trabajar y contemplando al mismo tiempo la proximidad que aquel joven tendría con su Padre Dios. Veo también a aquella mujer fuerte que, al cabo de treinta años de haber recibido a su pequeño, le ve partir al anuncio del Reino. La veo feliz en Caná y profundamente conmovida en el Calvario al pie de la Cruz.
María, como toda mujer que ha recibido por encargo esa vocación de ser madre, vivió profundamente identificada con las ilusiones y sufrimientos de su Hijo a quien cuidó cuando fue necesario, aceptó cuando no terminaba de entenderlo y acompañó sin ser protagonista de su vida hasta recibirlo en sus brazos bajado de la Cruz, para estrenarse desde allí en la ardua tarea de seguir siendo Madre, pero ahora de los discípulos, de los creyentes, de la Iglesia.
María es ahora coronada como Reina, pero es coronada por ser Madre, por estar atenta a la Palabra y ponerla en práctica desde su condición de dar vida. Aquella historia que comenzó en Belén cuando envolvía al pequeño en pañales, se hizo vocación de totalidad en la entrega sin condiciones. La Madre, unida con Jesús por los lazos de la sangre y de la fe, ahora queda unida con la fuerza de esos mismos lazos a cada uno de nosotros que queremos vivir la Buena Nueva que su Hijo inauguró.
Que todas las mamás se sientan coronadas en María por su "Sí" al llamado del Señor cuando Él mismo les invitó a vivir esta hermosa vocación y que todas se sientan dichosas porque buscan escuchar la Palabra para ponerla en práctica. ¡Felicidades a todas las mamás!
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
El blog del padre Alfredo / Fr. Alfredo's blog
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miércoles, 30 de mayo de 2012
sábado, 26 de mayo de 2012
Carta del Espíritu Santo a un misionero... para leer en la noche de vigilia de Pentecostés
Carta del Espíritu Santo
Querido amigo que eres discípulo y misionero:¿Cómo te sientes? ¿Cómo te encuentras esta noche? Recibe esta sencilla carta con la que quiero hacerme más presente en tu vida para ayudarte a descubrir cómo actúo en tu corazón que quiere hacerse, como el de Jesús: pan partido para construir un mundo nuevo.
Son demasiados los cristianos que se contentan todavía con orar únicamente al Espíritu Santo cuando tienen que tomar una decisión importante... ¡O cuando tienen que pasar un examen difícil! Tú tienes un llamado especial, ¿Te encuentras entre esos que poco me invocan? ¡Qué lamentable si así fuera!... pero no lo creo, yo pienso que esta noche solamente buscas aumentar en mi gracia porque sabes perfectamente cómo actúo en tu vida ¿verdad? Si la vida cristiana merece ser llamada vida “espiritual” es por ser una vida suscitada y mantenida por el Espíritu.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, habito en ti? Eres tan hijo de Dios que el Padre te concede exactamente el mismo don que hizo a su Hijo amado. No cesa de enviarme a ti, que soy el beso perpetuo del Padre a sus hijos. Eres mi templo vivo. Por eso, debes cuidarte mucho, en todos los sentidos. Y, también debes cuidar a los demás.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te divinizo? Mi presencia en ti es dinámica, transformadora. Por mí, el Padre te hace partícipe de “la naturaleza divina” (2P 1, 4), te comunica su propia vida (Cf. Jn 3, 3-5). Esta transformación del fondo de tu ser te vuelve “gracioso” a los ojos del Padre y capaz de complacerle de verdad.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te purifico? ¿A que es verdad que necesitas renovarte, convertirte, purificarte? Porque no vives siempre como debiera vivir un amigo de María Inés Teresa, esa maravillosa mujer que ha sido apenas beatificada y que siempre actuó dejándose llevar por mí. Te purifico ayudándote a reconocer tu verdadera culpabilidad ante Dios cuando has fallado (Cf. Jn 16, 8-10). Suavizo tu corazón para que no persistas en tu orgullo cuando quieres hacer siempre tu voluntad y te llevas de encuentro lo que esté o quien esté a tu paso. Curo tus heridas y renuevo el fondo de tu corazón cuando amas poco. Los sacramentos son auténticos baños de juventud que te invitan a trabajar para que, como decía tu amada fundadora, nunca se te acabe la juventud, sino solamente se acumule en tu vida.
¿Recuerdas esta oración del Veni Creator o los cantos con que me invocan muchos?, ¿esa oración tomada de la liturgia de la Iglesia, con la que me pides: que riegue la tierra en sequía, que sane el corazón enfermo, que lave las manchas, que infunda calor de vida en el hielo, que dome el espíritu indómito, que guíe al que tuerce el sendero”.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te animo a mantener vivo el “SÍ” de tu compromiso bautismal? Estoy al principio de tu fe y de tu respuesta de amor al llamado de Cristo. Decía san Pablo a los corintios: “Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, si no es en el Espíritu” (1 Cor 12, 3). También decía Jesús a sus apóstoles que nadie puede ir a Él sin que le atraiga el Padre. Es decir, sin el Espíritu que el Padre te envía para que te proyecte hacia su Hijo Jesús. Estoy al principio de tu esperanza, de tus sueños, de tus ilusiones por entregarte de lleno a la misión. Dice la Escritura: “Que sobreabunde la esperanza en vosotros por la virtud del Espíritu Santo” (Rm 15, 13). Gracias a mí puedes vivir intensamente el momento presente y afrontar y vencer las tentaciones cotidianas y frecuentes de la vanidad, el desánimo, la inquietud o la angustia que atacan la vida cristiana.
También estoy al principio de tu caridad. Gracias a mí puedes amar al Padre con todo tu corazón y ofrecerte a Él. Gracias a mí también puedes amar a Jesucristo y amar a tus hermanos, con el mismo corazón de Dios, con ese “corazón nuevo” que pides que Dios te dé. Por último, estoy al principio de tu conducta moral. Gracias a mí puedes vivir las Bienaventuranzas evangélicas. Puedes vivir algunos de estos frutos (del Espíritu Santo), de los que habla san Pablo: “amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí” (Gál 5, 22-23).
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo te ayudo a orar? Soy, de manera especialísima, el animador de tu vida de oración, porque dice en otra parte san Pablo: “nosotros no sabemos pedir como conviene, mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26). Te ayudo, cuando oras, a acogerme como el don que el Padre te da por su Hijo Jesús. Entonces tu oración se vuelve apertura al amor del Padre y te dejas invadir por el río de agua viva que viene del Padre y pasa por su Hijo Jesús. Te ayudo, cuando oras, a dejarte llevar por el impulso del Hijo hacia el Padre, que te hace repetir con amor y confianza: “¡Abba! ¡Padre!”. En lo más hondo de ti me uno a tu corazón para que puedas exclamar: “¡Abba! ¡Padre!”. Te invito, al orar, que me acojas como el que viene a colmar tu corazón y a regenerarlo. Y, también como el que te lleva al Padre.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te impulso con mis dones? ¿Percibes, en el fondo de tu corazón, mi impulso? ¿Te sientes movido por mí? Dice la Palabra de Dios: “Los verdaderos hijos de Dios son aquellos que están movidos por el Espíritu de Dios” (Rm 8,14). Si lo percibes y lo sientes, te darás cuenta de que ya no hace ninguna falta que remes con la fuerza de tus puños para avanzar hacia Dios: el Viento sopla las velas de tu vida. La tradición cristiana llama dones (del Espíritu Santo) a estas velas que, bien desplegadas, te permiten aprovechar plenamente mis invitaciones y sugerencias. Estos dones son, también, radares, unas antenas muy finas que te permiten captar nuevos mensajes. Antenas que funcionan tanto mejor cuando lo hacen a menudo. Eso supone que has de estar a la escucha de mis enseñanzas interiores que sólo se revelan a los corazones que son muy sencillos, que están persuadidos de no merecer nada y reconocen que todo les viene de Dios y es para darlo a los demás. El silencio de la oración te ayudará a todo esto.
¿Has tenido la experiencia, alguna vez, de que te “golpeara” algún pasaje del Evangelio con una enorme fuerza? ¿Qué pasó en ese momento? Fui yo el que hizo resonar en tu corazón esas palabras de Jesús, que tu memoria había grabado sin concederle mucha importancia. Fui yo el que provocó ese cambio profundo en tu existencia.
Si quieres crecer en la vida cristiana y quieres ser discípulo y misionero de verdad, debes dejarte invadir y transformar cada vez más por mí. Sintiéndote lleno de mí puedes lanzarte hacia Dios y hacia tus hermanos con un gran corazón dilatado que se da para volverse a dar sin esperar elogios, aplausos, reconocimientos, premios pasajeros, trofeos que se carcomen con el tiempo.
¿Sabes cuáles son mis dones? Recuerda lo que decía el profeta Isaías: “Brotará un retoño de la estirpe de Jesé (padre del rey David). Sobre él reposará el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de conocimiento y de temor de Dios” (Is 11, 1-2).
Te dejo el regalo de mis dones para que cuides de desarrollarlos al máximo, para que te esfuerces por vivirlos intensamente, para que con ellos salgas al encuentro de los demás y te des de lleno como Jesús que se llenó de mí.
Con el temor filial quiero que descubras tu condición de criatura necesitada. Que experimentes la bienaventuranza de los pobres de espíritu. Que te llenes de sencillez. Que desees evitar todo aquello que ofenda la infinita ternura que Dios te tiene.
Con la piedad filial quiero que avances hacia Dios con sencillez y confianza. Sin ningún temor y lleno de gozo.
Con el consejo quiero que aprendas a discernir espiritualmente, a ver lo que tienes que hacer para complacer a Dios. A saber acompañar a los demás en su búsqueda de Dios.
Con la fortaleza quiero comunicarte la energía misma de Dios para que sepas combatir en la lucha diaria, buscando cumplir la voluntad de Dios. Con ella sabrás vivir y afrontar todas las dificultades.
Con la ciencia quiero que aprendas a ver a Dios actuando en el mundo, en la naturaleza y en los acontecimientos de la historia. También, que descubras su providencia obrando en el mundo y actuando en tu vida.
Con la inteligencia quiero que comprendas mejor los misterios de Dios. Que sepas leer e interpretar los mensajes de amor de Dios. Que llegues a la Verdad. Dios desea que descubras su amor a través del gran libro de la naturaleza y de la historia, pero también y sobre todo a través de los libros de la Biblia.
Con la sabiduría quiero que gustes el sabor de Dios: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Salmo 34 (33), 9). Dios quiere que gustes en lo más hondo de tu corazón la alegría de estar invadido por mí.
Atentamente,
El Espíritu de Dios.
sábado, 19 de mayo de 2012
El don recibido en la beatificación de Madre Inés...
El don recibido en Madre Inés —ahora conocida también como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— es un regalo que nos sobrepasa, un don que es más grande que nuestra pequeñez de mente y de corazón y que va más allá de todos nuestros proyectos siempre cortos. Ahora que la beatificación ha pasado, todos los miembros de su Familia Misionera no nos debemos de cansar de gracias a Dios por el carisma de Madre Inés como regalo a la Iglesia Universal.
Dios nos ha regalado una beata que vivió en todas partes y en todo tiempo con una gran pasión, amplitud y generosidad su entrega misionera en la palabra hablada, escrita y enseñada. Ella hizo, en las cosas pequeñas de cada día, un caminito especial de santidad y en su vehemente anhelo y sed de almas, señaló la meta hacia donde todo creyente debe dirigir sus pasos. En su vida encontramos el paradigma del profetismo que necesitamos en nuestros días y que a ella le llevó a trazarse un sistema de vida hasta alcanzar la santidad en medio de muchos desafíos como los que cualquiera de nosotros puede tener: "Me parece ver al demonio furioso, queriendo destrozar por sus garras este instituto misionero... él eso quisiera, pero mi dulce Morenita, mi Madre amadísima, me dice desde el Tepeyac que allí está ella que es mi Madre, que estoy en su regazo y corro por su cuenta, que si tengo necesidad de otra cosa" (Carta al director espiritual el 22 de febrero de 1950). "Quisiera tener toda la capacidad de Dios, si se me permite la frase, para hacer prodigios por Él, para darle infinita gloria. Es el amor de enamoramiento; se siente como desesperación de no poder hacer por Él todo lo que se quisiera" (Carta personal del 30 de septiembre de 1949).
Por lo que ella fue, por lo que es ahora como beata y por el camino espiritual que dejó como herencia, me parece escucharla diciendo con sencillez: Me siento contenta y alegre de ser todavía el granito de trigo que tiene que morir para fructificar" (Carta personal del 15 de mayo de 1950).
Ahora somos invitados, de manera especial por ser el año de la beatificación, a venerar la plenitud de la vida de esta ínclita mujer cuya vida se presenta con más claridad y plenitud en la lucha de cada día por alcanzar la santidad en lo pequeño, en el ir y venir del trajín, en las cosas ordinarias sencillas y del áspero devenir.
La beata Madre Inés se gastó y se desgastó sin reservarse nada para sí. Vivió siempre pendiente de la voluntad del Padre con un corazón inflamado en ansias de amar al mismo Dios y a todo lo suyo: El Padre, Jesús, el Espíritu, la excelsa Madre de Dios María Santísima, las almas... Su figura humilde, sencilla y alegre, emana, aún en las últimas fotografías de su vida, un algo especial. Su sonrisa, esa sonrisa que nunca en su consagración se borró de sus labios, es un testimonio claro de una paz profunda y de una alegría que brotó siempre de buscar en todo hacer la voluntad de Dios sabiéndose amada y llamada por Él, razón para vivir siempre con un constante entusiasmo conjugado con un suave y sabio equilibrio que la sostuvo siempre, aún en medio de las dificultades y de la persecución que en una época vivió y superó con dolor dentro y fuera de su obra.
Antes de morir, puedo expresar con naturalidad: "Hemos terminado, gracias a Dios". "Cómo explicarle Padre —escribe a su director espiritual— lo que se pasa por mi alma cuando en ella sólo reina la fe... no tengo palabras adecuadas para explicarlo... con frecuencia esta fe es más dulce y más vívida que la misma realidad... puedo decirle, Padre mío, que mi confianza, mi seguridad en Dios es más grande, cuanto mayores son mis tribulaciones... he resuelto concentrarme toda en Dios, no esperar apoyo y protección mas que de Él". (Da las cartas a su director espiritual entre 1948 y 1950).
Nos toca ahora a nosotros velar para que este don no se apague, velar par que la llama de su carisma, espíritu y espiritualidad siga animando a la Iglesia. A nosotros nos toca cuidar que su beatificación —mientras se llega el momento de la canonización— sea fecunda en la búsqueda de la santidad y del compromiso misionero. Este año, agradeciendo el don de su beatificación, le pedimos a la nueva beata una bendición especial, le decimos «¡Benedícite!» como ella nos enseñó, para que nos ayude a ser luz de Cristo para las gentes y esperanza para el mundo en la urgencia en la que ella vivió por establecer el Reino. "Por la noche —escribe en 1950 refiriéndose a sus hijas espirituales— al darles la bendición en refrectorio al decirles: El Señor os bendiga y os guarde, sentí tanto la responsabilidad, y el deseo de que todas se santifiquen, que se las entregué a nuestro Señor con ansias vehementes, pero ya no pude más, no pude continuar porque las lágrimas me ahogaron" (Carta al director espiritual el 19 de mayo de 1950).
Este año de su beatificación, tenemos que pedirle al Señor que nos conceda la sabiduría necesaria para saber expandir el carisma de Madre Inés por todas partes. A los miembros de la Familia Inesiana nos toca, no retenerla solamente para nosotros, sino prolongar su carisma, espíritu y espiritualidad en el tiempo, encarnando esto en la propia vocación y en las diversas situaciones de nuestras vidas.
Sigamos celebrando el gozo de su beatificación con el ideal común de la misión y el empeño por la santidad que brotaron de un corazón sin fronteras contemplativo y enamorado del Evangelio, que puso a las almas en la niña de sus ojos y que se consagró a "conquistar vasallos para el Rey inmortal de los siglos".
Nos sentimos agradecidos por este gran don para comunicarlo al mundo entero. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es un regalo para la Iglesia Universal y para el mundo entero. Que cada uno de nosotros podamos seguir haciendo programa la súplica de Madre Inés: "Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero".
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
Dios nos ha regalado una beata que vivió en todas partes y en todo tiempo con una gran pasión, amplitud y generosidad su entrega misionera en la palabra hablada, escrita y enseñada. Ella hizo, en las cosas pequeñas de cada día, un caminito especial de santidad y en su vehemente anhelo y sed de almas, señaló la meta hacia donde todo creyente debe dirigir sus pasos. En su vida encontramos el paradigma del profetismo que necesitamos en nuestros días y que a ella le llevó a trazarse un sistema de vida hasta alcanzar la santidad en medio de muchos desafíos como los que cualquiera de nosotros puede tener: "Me parece ver al demonio furioso, queriendo destrozar por sus garras este instituto misionero... él eso quisiera, pero mi dulce Morenita, mi Madre amadísima, me dice desde el Tepeyac que allí está ella que es mi Madre, que estoy en su regazo y corro por su cuenta, que si tengo necesidad de otra cosa" (Carta al director espiritual el 22 de febrero de 1950). "Quisiera tener toda la capacidad de Dios, si se me permite la frase, para hacer prodigios por Él, para darle infinita gloria. Es el amor de enamoramiento; se siente como desesperación de no poder hacer por Él todo lo que se quisiera" (Carta personal del 30 de septiembre de 1949).
Por lo que ella fue, por lo que es ahora como beata y por el camino espiritual que dejó como herencia, me parece escucharla diciendo con sencillez: Me siento contenta y alegre de ser todavía el granito de trigo que tiene que morir para fructificar" (Carta personal del 15 de mayo de 1950).
Ahora somos invitados, de manera especial por ser el año de la beatificación, a venerar la plenitud de la vida de esta ínclita mujer cuya vida se presenta con más claridad y plenitud en la lucha de cada día por alcanzar la santidad en lo pequeño, en el ir y venir del trajín, en las cosas ordinarias sencillas y del áspero devenir.
La beata Madre Inés se gastó y se desgastó sin reservarse nada para sí. Vivió siempre pendiente de la voluntad del Padre con un corazón inflamado en ansias de amar al mismo Dios y a todo lo suyo: El Padre, Jesús, el Espíritu, la excelsa Madre de Dios María Santísima, las almas... Su figura humilde, sencilla y alegre, emana, aún en las últimas fotografías de su vida, un algo especial. Su sonrisa, esa sonrisa que nunca en su consagración se borró de sus labios, es un testimonio claro de una paz profunda y de una alegría que brotó siempre de buscar en todo hacer la voluntad de Dios sabiéndose amada y llamada por Él, razón para vivir siempre con un constante entusiasmo conjugado con un suave y sabio equilibrio que la sostuvo siempre, aún en medio de las dificultades y de la persecución que en una época vivió y superó con dolor dentro y fuera de su obra.
Antes de morir, puedo expresar con naturalidad: "Hemos terminado, gracias a Dios". "Cómo explicarle Padre —escribe a su director espiritual— lo que se pasa por mi alma cuando en ella sólo reina la fe... no tengo palabras adecuadas para explicarlo... con frecuencia esta fe es más dulce y más vívida que la misma realidad... puedo decirle, Padre mío, que mi confianza, mi seguridad en Dios es más grande, cuanto mayores son mis tribulaciones... he resuelto concentrarme toda en Dios, no esperar apoyo y protección mas que de Él". (Da las cartas a su director espiritual entre 1948 y 1950).
Nos toca ahora a nosotros velar para que este don no se apague, velar par que la llama de su carisma, espíritu y espiritualidad siga animando a la Iglesia. A nosotros nos toca cuidar que su beatificación —mientras se llega el momento de la canonización— sea fecunda en la búsqueda de la santidad y del compromiso misionero. Este año, agradeciendo el don de su beatificación, le pedimos a la nueva beata una bendición especial, le decimos «¡Benedícite!» como ella nos enseñó, para que nos ayude a ser luz de Cristo para las gentes y esperanza para el mundo en la urgencia en la que ella vivió por establecer el Reino. "Por la noche —escribe en 1950 refiriéndose a sus hijas espirituales— al darles la bendición en refrectorio al decirles: El Señor os bendiga y os guarde, sentí tanto la responsabilidad, y el deseo de que todas se santifiquen, que se las entregué a nuestro Señor con ansias vehementes, pero ya no pude más, no pude continuar porque las lágrimas me ahogaron" (Carta al director espiritual el 19 de mayo de 1950).
Este año de su beatificación, tenemos que pedirle al Señor que nos conceda la sabiduría necesaria para saber expandir el carisma de Madre Inés por todas partes. A los miembros de la Familia Inesiana nos toca, no retenerla solamente para nosotros, sino prolongar su carisma, espíritu y espiritualidad en el tiempo, encarnando esto en la propia vocación y en las diversas situaciones de nuestras vidas.
Sigamos celebrando el gozo de su beatificación con el ideal común de la misión y el empeño por la santidad que brotaron de un corazón sin fronteras contemplativo y enamorado del Evangelio, que puso a las almas en la niña de sus ojos y que se consagró a "conquistar vasallos para el Rey inmortal de los siglos".
Nos sentimos agradecidos por este gran don para comunicarlo al mundo entero. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es un regalo para la Iglesia Universal y para el mundo entero. Que cada uno de nosotros podamos seguir haciendo programa la súplica de Madre Inés: "Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero".
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
Lo que la beata Madre Inés diría y haría hoy...
Ahora que han pasado días, casi un mes, de haber vivido la solemne beatificación de Madre Inés, viene a mi mente aquel pasaje evangélico típico de este tiempo de Pascua que nos habla de los discípulos de Emaús (Lucas 24, 13-35). Allí Jesús acompaña a aquellos dos hombres y los interroga haciéndoles una pregunta: "¿De qué venían discutiendo por el camino?" Pienso ahora en la nueva beata y la siento lanzándonos, luego de su beatificación, una pregunta en ese mismo tono que la de Jesús a sus discípulos: ¿En qué se les va la vida? Sí, creo que al igual que el Señor Resucitado, ella nos interrogaría sobre la conversación que tenemos con la vida misma que se nos ha dado y que ella moldeó con un estilo peculiar al modo de Cristo y del cual nos ha querido contagiar.
Si pudiéramos escuchar nuevamente la voz de la beata María Inés, aquella voz tan ordinaria, tan sencilla, seguramente nos hablaría, en primer lugar, de la necesidad de la oración para sostener la vida diaria de la misión, cosa que ella tuvo siempre por conocida: "Desde mi conversión, —escribe a su director espiritual— el atractivo más grande de mi alma ha sido la oración, la contemplación. Mi vivir desde entonces fue Cristo; la oración fue mi más grande alegría, mi pan cotidiano y constante, mi todo... Desde en casa de mis padres mi vida era plenamente contemplativa, pues me pasaba de 8 a 9 horas diarias en oración exclusiva". (Carta al padre Rafael Martínez del Campo, S.J. el 5 de septiembre de 1950).
La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, siempre tan actual, nos hablaría ahora de la necesidad de velar con nuestra oración por la imagen deformada en los rostros de tantos hermanos y hermanas desfigurados por el hambre y por las promesas políticas que nunca llegan a cumplirse. Ella nos invitaría a hacer de la oración una mina de la que se pudiera sacar «oro» para acuñar monedas y comprar almas de niños angustiados y maltratados, almas de jóvenes que enfrentan la violencia diaria e indiscriminada, almas de muchos adultos que están cansados y agobiados porque no encuentran acogida en ninguna parte, almas de quienes hoy viven sin las mínimas condiciones de una vida digna y además sin el consuelo de saber que hay un Dios que los cobija y acompaña y que da la vida eterna (cf. V.C. 75).
Probablemente, esta maravillosa mujer, vendría a preguntarnos si estamos de verdad interesados por las cosas del Padre como Jesús y si como él buscamos pasar por el mundo haciendo el bien salvando almas: "Le daré almas, —se proponía con fervor en todo un programa de vida— innumerables almas" (Carta a su director espiritual en enero de 1949). "Las almas, —solía decir en sus conferencias— cuestan mucho, solo se conquistan a base de sacrificio y abnegación... él no se cansará de llamarlas, de atraerlas con la fuerza irresistible de su humildad, de hacerlas suyas derrochando generosidad y amor..." (Carta a su director espiritual el 16 de febrero de 1949).
Madre Inés nos hablaría de ecología y del tema de la globalización; estaría al día en el tema de la nueva evangelización y de la misión permanente en América Latina, nos daría conferencia sobre los más recientes documentos del Magisterio de la Iglesia, nos compartiría recetas para evitar el resfriado y para fortalecer los huesos y nos enviaría e-mails con presentaciones de power point... porque esa era ella, siempre actual, siempre madre, siempre amiga. Para ella no había imposibles ni tragedias, sino problemas qué resolver: "Techamos ya 25 celdas individuales, 9 baños, 7 W.C. y 2 guardarropas; no sé verdaderamente cómo pudimos con esto, nunca hemos tenido una entrada grande, fuerte; ahora estamos levantando la enfermería, y no pude pagar la raya de los albañiles; apenas nos quedamos con un peso y centavos." (Carta a su director espiritual el 29 de julio de 1949).
A ella no le gustaría que nos detuviéramos por el camino a discutir por cosas accesorias o a tristear por algo que hemos perdido, ella no tuvo tiempo de teorizar: "Me avisaron que nuestra buena vaquita tiene aftosa. Si Dios nos la quita, de pronto no tomarán leche las hijas, porque está tan pobre la comunidad, que no podrá comprar 15 litros o más diarios de leche. Él sabrá lo que hace" (Carta del 15 de agosto de 1949). Beata Madre Inés nos invitaría a mirar hacia el futuro con la confianza puesta en Dios para afrontar los desafíos a su estilo, con audacia responsable porque ese fue su estilo de vivir evangélicamente. Profecía y martirio diario, palabra y vida, acción y contemplación, tensión entre la pasión, muerte y resurrección abrazado todo en una síntesis que se nos ofrece como programa para vivir la nueva evangelización en este tercer milenio: Padre, me pongo en tus manos; me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad, haz de mí lo que tú quieras".
La recién beatificada, fue una mujer de vida, de una vida muy intensa en tono pascual, una mujer de espíritu emprendedor y magnánimo que vivió siempre en presencia de Dios dando vida a su alrededor, una mujer que imitando a aquellos primeros discípulos del Resucitado contagió a los que le rodearon a vivir en sintonía con Él.
¿Qué vamos discutiendo por el camino? ¿En qué se nos va la vida? ¿Qué planes y proyectos tenemos? ¿En dónde está nuestra confianza? Bastará mirar la vida de esta sencilla mujer con esa sonrisa atrayente para darse cuenta de dónde está la clave: "Yo me ocuparé de tus intereses Jesús mío y tú te ocuparás de los míos".
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
Si pudiéramos escuchar nuevamente la voz de la beata María Inés, aquella voz tan ordinaria, tan sencilla, seguramente nos hablaría, en primer lugar, de la necesidad de la oración para sostener la vida diaria de la misión, cosa que ella tuvo siempre por conocida: "Desde mi conversión, —escribe a su director espiritual— el atractivo más grande de mi alma ha sido la oración, la contemplación. Mi vivir desde entonces fue Cristo; la oración fue mi más grande alegría, mi pan cotidiano y constante, mi todo... Desde en casa de mis padres mi vida era plenamente contemplativa, pues me pasaba de 8 a 9 horas diarias en oración exclusiva". (Carta al padre Rafael Martínez del Campo, S.J. el 5 de septiembre de 1950).
La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, siempre tan actual, nos hablaría ahora de la necesidad de velar con nuestra oración por la imagen deformada en los rostros de tantos hermanos y hermanas desfigurados por el hambre y por las promesas políticas que nunca llegan a cumplirse. Ella nos invitaría a hacer de la oración una mina de la que se pudiera sacar «oro» para acuñar monedas y comprar almas de niños angustiados y maltratados, almas de jóvenes que enfrentan la violencia diaria e indiscriminada, almas de muchos adultos que están cansados y agobiados porque no encuentran acogida en ninguna parte, almas de quienes hoy viven sin las mínimas condiciones de una vida digna y además sin el consuelo de saber que hay un Dios que los cobija y acompaña y que da la vida eterna (cf. V.C. 75).
Probablemente, esta maravillosa mujer, vendría a preguntarnos si estamos de verdad interesados por las cosas del Padre como Jesús y si como él buscamos pasar por el mundo haciendo el bien salvando almas: "Le daré almas, —se proponía con fervor en todo un programa de vida— innumerables almas" (Carta a su director espiritual en enero de 1949). "Las almas, —solía decir en sus conferencias— cuestan mucho, solo se conquistan a base de sacrificio y abnegación... él no se cansará de llamarlas, de atraerlas con la fuerza irresistible de su humildad, de hacerlas suyas derrochando generosidad y amor..." (Carta a su director espiritual el 16 de febrero de 1949).
Madre Inés nos hablaría de ecología y del tema de la globalización; estaría al día en el tema de la nueva evangelización y de la misión permanente en América Latina, nos daría conferencia sobre los más recientes documentos del Magisterio de la Iglesia, nos compartiría recetas para evitar el resfriado y para fortalecer los huesos y nos enviaría e-mails con presentaciones de power point... porque esa era ella, siempre actual, siempre madre, siempre amiga. Para ella no había imposibles ni tragedias, sino problemas qué resolver: "Techamos ya 25 celdas individuales, 9 baños, 7 W.C. y 2 guardarropas; no sé verdaderamente cómo pudimos con esto, nunca hemos tenido una entrada grande, fuerte; ahora estamos levantando la enfermería, y no pude pagar la raya de los albañiles; apenas nos quedamos con un peso y centavos." (Carta a su director espiritual el 29 de julio de 1949).
A ella no le gustaría que nos detuviéramos por el camino a discutir por cosas accesorias o a tristear por algo que hemos perdido, ella no tuvo tiempo de teorizar: "Me avisaron que nuestra buena vaquita tiene aftosa. Si Dios nos la quita, de pronto no tomarán leche las hijas, porque está tan pobre la comunidad, que no podrá comprar 15 litros o más diarios de leche. Él sabrá lo que hace" (Carta del 15 de agosto de 1949). Beata Madre Inés nos invitaría a mirar hacia el futuro con la confianza puesta en Dios para afrontar los desafíos a su estilo, con audacia responsable porque ese fue su estilo de vivir evangélicamente. Profecía y martirio diario, palabra y vida, acción y contemplación, tensión entre la pasión, muerte y resurrección abrazado todo en una síntesis que se nos ofrece como programa para vivir la nueva evangelización en este tercer milenio: Padre, me pongo en tus manos; me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad, haz de mí lo que tú quieras".
La recién beatificada, fue una mujer de vida, de una vida muy intensa en tono pascual, una mujer de espíritu emprendedor y magnánimo que vivió siempre en presencia de Dios dando vida a su alrededor, una mujer que imitando a aquellos primeros discípulos del Resucitado contagió a los que le rodearon a vivir en sintonía con Él.
¿Qué vamos discutiendo por el camino? ¿En qué se nos va la vida? ¿Qué planes y proyectos tenemos? ¿En dónde está nuestra confianza? Bastará mirar la vida de esta sencilla mujer con esa sonrisa atrayente para darse cuenta de dónde está la clave: "Yo me ocuparé de tus intereses Jesús mío y tú te ocuparás de los míos".
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
domingo, 22 de abril de 2012
viernes, 6 de abril de 2012
SEMANA SANTA...Una pequeña reflexión para cada día
DOMINGO DE RAMOS.
En aquellos días coincidieron en Jerusalén todos los que esperaban un cambio político y religioso. Mucha gente esperaba un cambio, pero, como como sucede en muchos casos, cada uno esperaba eso a su manera y casi nadie reconoció al Mesías en la persona de Jesús.
La Escritura nos dice que el Señor entró a Jerusalén montado en un burro y no en una biga conducida por un auriga como solían ir los personajes importantes del imperio romano que había conquistado aquellos territorios. Cristo quería dejarnos en claro que en medio de un mundo al que le gusta sopesar y calcular todo desde lo que se tiene, o lo que se aparenta tener, el Mesías haría de entrar en nuestras vidas en sencillez para hacernos constructores de paz. Un Rey como Él, no dudó en hacerse uno como nosotros, para que pueda transformar nuestra vida por su sola gracia haciéndonos, como decía la Madre María Inés: "Almas pacíficas y pacificadoras".
Este día contemplamos el gesto testimonial que busca expresar lo más importante de su predicación: amar a los demás como servidores, buscar el bien de los otros por encima del propio, enseñar con el ejemplo de vida.Este día se celebra el día del AMOR. Es el día en que el Maestro se entrega en el servicio humilde y sacerdotal lavando los pies a sus apóstoles y quedándose para siempre en el signo pobre y sencillo de la Eucaristía para manifestarse siempre en el amor. El gesto de Jesús nos invita también a nosotros a ponernos al servicio de los de los que más nos necesitan, los que están a nuestro lado y al mismo tiempo nos hace correr al encuentro de aquellos con los que nadie quiere ir sin buscar pretensiones de triunfalismo y sin herir susceptibilidades.
Hace unos días el Señor se dejaba ungir los pies con un perfume caro acogiendo el gesto de María con sensibilidad y gratitud, ahora es él quien tiene el detalle de lavar los pies a los suyos para dejar el aroma de su entrega por nuestra libertad. Al lavar los pies a los discípulos, el Mesías estaba aceptando lo sucio, lo poco agradable de nuestra condición humana amando a los suyos como son y esperando una transformación al amar.
Muchos aprovechan estos días santos para descansar, ojalá y en este descanso haya un espacio de tiempo para encontrar al Señor en un rato de intimidad, porque la fe es para ser vivida y practicada, no sirve ni basta decir "Señor, Señor" (como nos enseña la parábola de la casa edificada sobre piedra, ver Mt. 7). Jesús quiere e invita a sus discípulos a demostrar con gestos y actitudes nuevas el conocimiento de las cosas de Dios que hay en nuestro corazón. En esto se encuentra la felicidad, el sentido pleno de la existencia: en vivir para los demás como servidores amando como Él.
Evidentemente la propuesta de Jesús no tiene nada que ver con el modelo de felicidad y de «amor» que nos propone la sociedad de nuestros días… ¿es díficil vivir esto? ¿cómo podemos vivir este mandato del amor a los demás en la vida concreta de todos los días? Cristo se ha quedado en la Eucaristía para ser, como dice Madre Inés: "La misión de Jesús visible en el mundo ya terminó, él ya acabó su carrera, más se quedó en la Eucaristía hasta la consumación de los siglos para seguir desde allí siendo el promotor, el auxiliador, el sostén, el refrigerio, el guía, el consuelo de todos aquellos que quieren como él: Pasar por el mundo haciendo el bien". A través del sacerdocio ministerial la presencia eucarística del Señor llega hasta los últimos rincones del mundo.
VIERNES SANTO.

El Señor sabía el resultado del juicio que se le haría. Sabía que estaba condenado por un mundo que vive en la injusticia y da gran espacio a la maldad. Eso lo saben también hoy muchas personas que son juzgadas injustamente.La pregunta para la reflexión del día de hoy es obvia: ¿Por qué tenía que ser así? La respuesta más profunda y válida solamente Dios puede darla, pues pisamos el terreno insondable de la voluntad divina y su proyecto eterno de redención realizado en Cristo. “Por nosotros y por nuestra salvación”, como decimos en el credo, es la razón teológica que nuestra fe nos descubre para explicar y entender toda la vida de Jesús desde la encarnación a su pasión, muerte y resurrección.
Creemos y decimos que la cruz es la señal del cristiano no por masoquismo espiritual, sino porque la cruz es fuente de vida y de liberación total, como signo que es del amor de Dios al hombre por medio de Jesucristo. El amor que testimonia su cruz es la única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos decimos sus discípulos seguimos su ejemplo. Junto a la Cruz de Jesús estaban su
Madre y las otras mujeres con Juan, nosotros también, el día de hoy, podemos estar allí para pedir, como hacía la Madre Inés: "Que su Sangre preciosa se derrame sobre nosotros y nos purifique. Ella decía que el Padre nos puso en manos de su Hijo, como una joya de inapreciable valor, puesto que dio toda su Sangre por nosotros; nos conquistó a fuerza de amor, ¡de exceso de amor!… desde el pesebre hasta la cruz…"
Este día de silencio puede ser una oportunidad especial para hacer un análisis de nuestra vida y tomar la seria determinación, librándonos de palabrerías inútiles, de ponerse del lado del Señor Crucificado buscando cómo colaborar para transformar en oportunidad y estímulo el dolor que oprime hoy a la humanidad.
SÁBADO SANTO.
Cristo es el primer fruto de esa nueva creación. Su vida, que culmina con su resurrección y glorificación por el Padre, es como la anticipación que deja entrever lo que todavía queda por hacer, y lo que aún falta a la creación y a la humanidad en todas las dimensiones de la existencia. Con la resurrección de Jesús empieza el futuro escatológico, es decir, la plenitud y perfección de paz, de bien, de amor, de vida, de justicia, que serán el Reino de Dios ya realizado; que ya ahora vivimos como inicio y en crecimiento, y que entonces llegará al término definitivo y perfecto.
Este término definitivo y perfecto no se realizará hasta que llegue "el día del Señor". Mientras, vivimos en la realidad de lo que somos y poseemos, con la esperanza de lo que tendremos y seremos. Para llegar, como Cristo a la resurrección, se necesita una vida y una lucha. Por eso
Cuando salgamos esta noche de la celebración de la Vigilia, tenemos que ser testigos de esta Resurrección porque, como dice Madre Inés: "El día de la Resurrección del Señor no es de ayer y no tiene ocaso, es de hoy y para siempre".
Esta noche podemos unirnos a Su Santidad Benedicto XVI que dice en oración: Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan. Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.
DOMINGO DE PASCUA.
Alfredo Delgado, M.C.I.U.
La Escritura nos dice que el Señor entró a Jerusalén montado en un burro y no en una biga conducida por un auriga como solían ir los personajes importantes del imperio romano que había conquistado aquellos territorios. Cristo quería dejarnos en claro que en medio de un mundo al que le gusta sopesar y calcular todo desde lo que se tiene, o lo que se aparenta tener, el Mesías haría de entrar en nuestras vidas en sencillez para hacernos constructores de paz. Un Rey como Él, no dudó en hacerse uno como nosotros, para que pueda transformar nuestra vida por su sola gracia haciéndonos, como decía la Madre María Inés: "Almas pacíficas y pacificadoras".
Ahora nosotros, como enseña el Papa Benedicto XVI, “hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad”.
Al celebrar su entrada triunfal con ramos y palmas, los creyentes nos unimos a tantos hombres y mujeres que hoy se ven perseguidos por predicar el Evangelio y por trabajar en la búsqueda de la libertad de tantas personas que sufren a causa de gente triunfalista que no ha entendido nada. El Domingo de Ramos en este 2012, puede llevarnos a pedir por tantos políticos que están en campaña y por quienes tienen autoridad para solucionar la tremenda situación de violencia que vemos a nuestro alrededor, recordando que toda autoridad viene de Dios.
JUEVES SANTO.
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Al celebrar su entrada triunfal con ramos y palmas, los creyentes nos unimos a tantos hombres y mujeres que hoy se ven perseguidos por predicar el Evangelio y por trabajar en la búsqueda de la libertad de tantas personas que sufren a causa de gente triunfalista que no ha entendido nada. El Domingo de Ramos en este 2012, puede llevarnos a pedir por tantos políticos que están en campaña y por quienes tienen autoridad para solucionar la tremenda situación de violencia que vemos a nuestro alrededor, recordando que toda autoridad viene de Dios.
JUEVES SANTO.
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"Los amó hasta el extremo", así comienza el capítulo 13 del evangelio de Juan, a partir del cual, el evangelista irá presentando el cumplimiento de la obra de Jesús, la llegada de su hora, el tiempo de su glorificación.
Este día contemplamos el gesto testimonial que busca expresar lo más importante de su predicación: amar a los demás como servidores, buscar el bien de los otros por encima del propio, enseñar con el ejemplo de vida.Este día se celebra el día del AMOR. Es el día en que el Maestro se entrega en el servicio humilde y sacerdotal lavando los pies a sus apóstoles y quedándose para siempre en el signo pobre y sencillo de la Eucaristía para manifestarse siempre en el amor. El gesto de Jesús nos invita también a nosotros a ponernos al servicio de los de los que más nos necesitan, los que están a nuestro lado y al mismo tiempo nos hace correr al encuentro de aquellos con los que nadie quiere ir sin buscar pretensiones de triunfalismo y sin herir susceptibilidades.
Hace unos días el Señor se dejaba ungir los pies con un perfume caro acogiendo el gesto de María con sensibilidad y gratitud, ahora es él quien tiene el detalle de lavar los pies a los suyos para dejar el aroma de su entrega por nuestra libertad. Al lavar los pies a los discípulos, el Mesías estaba aceptando lo sucio, lo poco agradable de nuestra condición humana amando a los suyos como son y esperando una transformación al amar.
Muchos aprovechan estos días santos para descansar, ojalá y en este descanso haya un espacio de tiempo para encontrar al Señor en un rato de intimidad, porque la fe es para ser vivida y practicada, no sirve ni basta decir "Señor, Señor" (como nos enseña la parábola de la casa edificada sobre piedra, ver Mt. 7). Jesús quiere e invita a sus discípulos a demostrar con gestos y actitudes nuevas el conocimiento de las cosas de Dios que hay en nuestro corazón. En esto se encuentra la felicidad, el sentido pleno de la existencia: en vivir para los demás como servidores amando como Él.
Evidentemente la propuesta de Jesús no tiene nada que ver con el modelo de felicidad y de «amor» que nos propone la sociedad de nuestros días… ¿es díficil vivir esto? ¿cómo podemos vivir este mandato del amor a los demás en la vida concreta de todos los días? Cristo se ha quedado en la Eucaristía para ser, como dice Madre Inés: "La misión de Jesús visible en el mundo ya terminó, él ya acabó su carrera, más se quedó en la Eucaristía hasta la consumación de los siglos para seguir desde allí siendo el promotor, el auxiliador, el sostén, el refrigerio, el guía, el consuelo de todos aquellos que quieren como él: Pasar por el mundo haciendo el bien". A través del sacerdocio ministerial la presencia eucarística del Señor llega hasta los últimos rincones del mundo.
VIERNES SANTO.

El Señor sabía el resultado del juicio que se le haría. Sabía que estaba condenado por un mundo que vive en la injusticia y da gran espacio a la maldad. Eso lo saben también hoy muchas personas que son juzgadas injustamente.La pregunta para la reflexión del día de hoy es obvia: ¿Por qué tenía que ser así? La respuesta más profunda y válida solamente Dios puede darla, pues pisamos el terreno insondable de la voluntad divina y su proyecto eterno de redención realizado en Cristo. “Por nosotros y por nuestra salvación”, como decimos en el credo, es la razón teológica que nuestra fe nos descubre para explicar y entender toda la vida de Jesús desde la encarnación a su pasión, muerte y resurrección.
Creemos y decimos que la cruz es la señal del cristiano no por masoquismo espiritual, sino porque la cruz es fuente de vida y de liberación total, como signo que es del amor de Dios al hombre por medio de Jesucristo. El amor que testimonia su cruz es la única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos decimos sus discípulos seguimos su ejemplo. Junto a la Cruz de Jesús estaban su
Madre y las otras mujeres con Juan, nosotros también, el día de hoy, podemos estar allí para pedir, como hacía la Madre Inés: "Que su Sangre preciosa se derrame sobre nosotros y nos purifique. Ella decía que el Padre nos puso en manos de su Hijo, como una joya de inapreciable valor, puesto que dio toda su Sangre por nosotros; nos conquistó a fuerza de amor, ¡de exceso de amor!… desde el pesebre hasta la cruz…"
Este día de silencio puede ser una oportunidad especial para hacer un análisis de nuestra vida y tomar la seria determinación, librándonos de palabrerías inútiles, de ponerse del lado del Señor Crucificado buscando cómo colaborar para transformar en oportunidad y estímulo el dolor que oprime hoy a la humanidad.
SÁBADO SANTO.

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Ante el silencio y la oscuridad del sepulcro, el mundo guarda silencio para aprender del Maestro, y al contemplar su cuerpo destrozado está a la expectativa de un acontecimiento luminoso: La vida total y definitiva que estamos esperando renovará la vida de cada día.
El Sábado Santo no es propiamente una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Dice Madre Inés que, "habiéndose entregado por nosotros hasta la muerte de cruz, en un amor inmenso, espera en retorno todo el amor de que seamos capaces. Es necesario entonces que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos".
El Sábado Santo, con los sagrarios vacíos y las imágenes cubiertas, es una oportunidad para meditar en lo que es la ausencia de Dios, en la fealdad del pecado, que nos aleja de Dios, nos hace perder la visión sobrenatural de los acontecimientos y la oportunidad de llegar al Cielo. Hoy podemos ofrecer a la Santísima Virgen nuestras vidas y decirle que el sacrificio de su hijo Jesucristo y su dolor no fueron en vano.
VIGILIA PASCUAL.
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El Sábado Santo no es propiamente una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Dice Madre Inés que, "habiéndose entregado por nosotros hasta la muerte de cruz, en un amor inmenso, espera en retorno todo el amor de que seamos capaces. Es necesario entonces que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos".
El Sábado Santo, con los sagrarios vacíos y las imágenes cubiertas, es una oportunidad para meditar en lo que es la ausencia de Dios, en la fealdad del pecado, que nos aleja de Dios, nos hace perder la visión sobrenatural de los acontecimientos y la oportunidad de llegar al Cielo. Hoy podemos ofrecer a la Santísima Virgen nuestras vidas y decirle que el sacrificio de su hijo Jesucristo y su dolor no fueron en vano.
VIGILIA PASCUAL.
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Esta noche solemne la Vigilia Pascual nos ofrece una visión global del paso y del recorrido desde la creación hasta la «Nueva Creación». Se nos presentan unas perspectivas de la Historia de la Salvación desde la creación del mundo hasta la plenitud. Con la encarnación y la resurrección de Jesús, todo el mundo sufre una revolución y a la vez se capacita para tomar parte de la plenitud y soberanía del mismo Señor resucitado, con una nueva y mejor forma de existencia.
Cristo es el primer fruto de esa nueva creación. Su vida, que culmina con su resurrección y glorificación por el Padre, es como la anticipación que deja entrever lo que todavía queda por hacer, y lo que aún falta a la creación y a la humanidad en todas las dimensiones de la existencia. Con la resurrección de Jesús empieza el futuro escatológico, es decir, la plenitud y perfección de paz, de bien, de amor, de vida, de justicia, que serán el Reino de Dios ya realizado; que ya ahora vivimos como inicio y en crecimiento, y que entonces llegará al término definitivo y perfecto.
Este término definitivo y perfecto no se realizará hasta que llegue "el día del Señor". Mientras, vivimos en la realidad de lo que somos y poseemos, con la esperanza de lo que tendremos y seremos. Para llegar, como Cristo a la resurrección, se necesita una vida y una lucha. Por eso
Cuando salgamos esta noche de la celebración de la Vigilia, tenemos que ser testigos de esta Resurrección porque, como dice Madre Inés: "El día de la Resurrección del Señor no es de ayer y no tiene ocaso, es de hoy y para siempre".
Esta noche podemos unirnos a Su Santidad Benedicto XVI que dice en oración: Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan. Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.
DOMINGO DE PASCUA.
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Hoy estalla la fecundidad de Dios en su infinita misericordia. Tanto amor no podía ser vencido por el odio, la envidia y toda la malicia de la humanidad. Tanta entrega no podía ser contenida en un sepulcro de muerte inútil y fatal. Tanta misericordia no podía no despertar de su anonadamiento trágico. También hoy es Dios quien perpetúa su amor. También la resurrección es pura obra divina y pura expresión de amor incontenido e incontenible.
El Domingo de Resurrección o de Pascua que hemos iniciado con la Vigilia Pascual, es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión. La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.
Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo. Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.
Pasión-muerte-resurrección: una sola realidad, una sola vida, que ya no queda fuera de nuestra historia, de nuestra existencia, de nuestro mundo sino que, por el bautismo, con la inhahitación de la Santísima Trinidad, pasa a ser Vida de nuestra vida y triunfo de nuestra muerte. Dice Madre Inés: “El tiempo se acaba pronto, pero tenemos toda la eternidad para gozar sin término de un Dios que nos ama, y a quien desea ser amado, pide nuestra confianza y nuestro celo por la salvación de las almas”. ¡Aleluya! ¡Felices Pascuas! ¡Cristo ha resucitado!
El Domingo de Resurrección o de Pascua que hemos iniciado con la Vigilia Pascual, es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión. La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.
Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo. Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.
Pasión-muerte-resurrección: una sola realidad, una sola vida, que ya no queda fuera de nuestra historia, de nuestra existencia, de nuestro mundo sino que, por el bautismo, con la inhahitación de la Santísima Trinidad, pasa a ser Vida de nuestra vida y triunfo de nuestra muerte. Dice Madre Inés: “El tiempo se acaba pronto, pero tenemos toda la eternidad para gozar sin término de un Dios que nos ama, y a quien desea ser amado, pide nuestra confianza y nuestro celo por la salvación de las almas”. ¡Aleluya! ¡Felices Pascuas! ¡Cristo ha resucitado!
Alfredo Delgado, M.C.I.U.
viernes, 9 de marzo de 2012
Día Internacional de la Mujer 2012... Las mujeres campesinas
Hoy se ha conmemorado una vez más el Día Internacional de la Mujer y al igual que el año pasado, he querido poner unas cuantas líneas en homenaje y gratitud a tantas mujeres maravillosas que me han mostrado el rostro de Dios a lo largo de mi vida. El lema este año va enlazado con el deseo de poder habilitar a la mujer campesina, a la mujer rural, y acabar con el hambre y la pobreza: "Habilitar a la Mujer Campesina y Acabar con el hambre y la pobreza".
Ha sido inevitable que mi corazón volara durante el día hacia varios lugares en donde he podido convivir con la mujer campesina, con la mujer «de rancho» que echa tortillas a mano, que siembra, que cuida las gallinas, que arrea las vacas, que lava overoles y pantalones de mezclilla a mano, que a sus 30 o 40 años de edad está aprendiendo a leer. En las cuentas del Rosario de este día, en la Misa y en la Liturgia de las Horas, ha habido un lugar especial para doña Pera, doña Trini y doña Salud; para Chayo, Tere, Lourdes, Soco y Rarafela; he recordado hoy a las señoras de Buena Vista y a las de Sanambo; a las de Coenembo y de Patambicho; a las de Caríngaro, Atzimbo y El Tigre. Han desfilado por mi mente mis amigas Purépechas pero también las Tzotziles de Chiapas, con sus hermosos borregos y la alegría de vivir. Esta jornada mi corazón también ha volado al lado de Mónica Farah y de Aisha allá en Sierra Leona, recordándoles con cariño y admiración; mis ojos han vuelto a ver con alegría el rostro radiante y chapeado de las señoras de Pidra Azúl en Costa Rica y de las mujeres cosechadoras de Tomate en California…
El día de la mujer tiene en este año este tema que es fundamental, porque los datos nos dicen que las mujeres del campo representan el 25% de la población mundial y gracias a ellas, que constituyen el 43% de la mano de obra en el campo —cifra que llega a ser del 70% en algunos lugares— podemos tener un buen motor para el desarrollo. Algunas de ellas llegan a ser buenas empresarias y excelentes trabajadoras, como ha podido constatar seguramente Belia Canals, esa incansable y maravillosa mujer, esposa y madre que en Capula, mientras trabaja en su Taller “La Candelaria” en la elaboración de verdaderas obras de arte en cerámica, con diseños de su afamado esposo el pintor y escultor Juan Torres, convive con las mujeres del pueblo y de los ranchos, de quien ella misma, como mujer que ama la vida, nos ha compartido todo lo que de ellas ha aprendido. Sin embargo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura estima que si las mujeres tuvieran un acceso equitativo a los fertilizantes, las semillas y las herramientas, la cantidad de personas hambrientas en el mundo se reduciría entre 100 y 150 millones.
Entre las innumerables actividades que hace una mujer rural está la recolección de leña (Michoacán), la recolección de café (Piedra Azúl en Costa Rica), el cuidado del ganado (Chiapas), la siembra de arroz y berenjenas (Sierra Leona) y muchas más; estas heroicas mujeres ejercen con gozo las tareas propias de una mujer, de una esposa y de una madre, movilizando los engranajes del entorno en el que viven y contribuyendo al bienestar de su familia y de muchas familias en general, cosa que, por ende, repercute en el crecimiento de toda economía local, nacional e internacional.
Para entender la vida, el ser y quehacer de la mujer campesina es necesario contemplar de cerca el papel que ella desempeña esta en el interior de la unidad familiar como productora y como reproductora, además de la manera en que se hace presente entre el pueblo y todo ello en el marco de la actual crisis económica y de valores que atraviesa el mundo.
Sabemos que la mayoría de las familias campesinas (por lo menos con las que compartimos la vida en nuestras btierras de misión en México y en África), viven en condiciones de miseria, los hombres se ven siempre en una disyuntiva porque para laborar la tierra se requieren de instrumentos o maquinarias que por lo regular no tienen ni pueden comprar y se ven en la necesidad de rentar o de plano sustituir la tecnología por largas y agobiantes jornadas de trabajo en las que se insertan las esposas y los hijos; los insumos como las semillas, son compradas, o los adquieren bajo préstamos que pagarán, en parte, con lo que obtengan de la cosecha. En la mayor parte de los casos los campesinos pobres, cuando pueden vender parte de su producción, son presas de la especulación y el coyotaje, obteniendo precios irrisorios por sus mercancías los cuales se quedan muy por debajo de los costos de producción.
La opción para muchos hombres del campo, de emigrar a las grandes ciudades de su país o de otras naciones que ofrecen progreso para obtener un trabajo donde su salario será una parte para la subsistencia de la familia, hace que la mujer que sea la que se hace cargo de las tierras y la crianza del ganado, sin que ello implique que las labores del día a día del trabajo domestico se dejen de lado.
¡Qué admirable la tarea de muchas de estas mujeres que conocemos y admiramos! Junto a las faenas del campo que son arduas y constantes, la mujer campesina carga con todas las labores domesticas con un sinnúmero de necesidades que solo se satisfacen con dinero, por lo cual las mujeres campesinas se ven sumamente presionadas por que la cosecha es predominantemente para el consumo de la familia y no queda casi nada para cubrir las necesidades de la familia como calzado, vestimenta, educación etc.
Los hijos de la mujer campesina cuando son pequeños ayudan en las faenas del campo junto con la mamá y caminan por lo regular distancias muy largas para llegar a la escuela rural de su comunidad; en la medida que los hijos van creciendo dejan la comunidad y salen a trabajar en los pueblos grandes, en empresas agrícolas, las ciudades e industrias o emigran a otras naciones. Algunos emigran temporalmente y muchos ya no vuelven, porque la vida en una familia campesina es muy dura y prácticamente carente de oportunidades.
En México, de acuerdo a datos del INEGI del 2009, poco más de cinco millones de hogares se encuentran en zonas rurales y la mitad de sus 24 millones de habitantes son mujeres, lo que quiere decir que alrededor de 12 millones de ellas se enfrentan a la pobreza, la desnutrición y a la falta de educación.
Ya a finales de los años 90 se reportaba que de las mujeres ocupadas en el sector agropecuario, 84% eran trabajadoras sin tierra y de de éstas, 87% trabaja sin remuneración. Definitivamente hoy, a un poco mas de década y media del Tratado del Libre Comercio, que le daría más valor al trabajo del campo, esa dura realidad se ha recrudecido para las mujeres campesinas pobres.
Este Día Internacional de la Mujer, nos ofrece la posibilidad de orar por ellas, de acompañarlas, de alentarlas a no desfallecer. La fe nos hace volar a su lado porque son parte de nuestra historia y de esa historia de salvación en la que todos estamos inmiscuidos.
Yo estos días no he podido estar al lado de las mujeres campesinas, pero he tenido la oportunidad de convivir muy de cerca con tres mujeres maravillosas que ya no están entre nosotros aquí en la tierra; nos acompañan desde el cielo. Tres mujeres que no fueron «rurales» pero que supieron de semillas, de siembra, de arado y de cosecha. Me refiero a Santa Teresita del Niño Jesús, la Beata María Inés Teresa Arias y la señora Josefina Campos, fundadora de la Agrupación de Esposas Cristianas, cuyo proceso de canonización, a mi juicio, debería ya de iniciarse. Son mujeres de Iglesia que desde el Cielo siguen laborando en el campo de Dios. Tres mujeres pioneras, radicales y valientes que están iluminando a un grupo de más o menos mil señoras que en la parroquia de Fátima hacen sus Ejercicios Espirituales acompañadas por un servidor y un grupo de entre 70 y ochenta adultos, entre hombres y mujeres casados y solteros de la comunidad de "Los Huertos" entre lo cuales hay algunas mujeres que han dejado «su rancho» para venir a buscar nuevas oportunidades siguiendo a su marido que se vino un poco antes.
Las figuras de santa Teresita, de la beata Madre Inés y de la Señora Campos, han movido el corazón, el alma, las fueras y la mente de toda estas señoras que se han dejado tocar por Dios y que, la mayoría, sin ser mujeres de campo, deberán ser siempre «sembradoras» del amor de Dios en sus esposos, en sus hijos, en la Iglesia y en el mundo. ¡Felicidades, con todo cariño, respeto y admiración a cada una en el Día Internacional de la Mujer!
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
Ha sido inevitable que mi corazón volara durante el día hacia varios lugares en donde he podido convivir con la mujer campesina, con la mujer «de rancho» que echa tortillas a mano, que siembra, que cuida las gallinas, que arrea las vacas, que lava overoles y pantalones de mezclilla a mano, que a sus 30 o 40 años de edad está aprendiendo a leer. En las cuentas del Rosario de este día, en la Misa y en la Liturgia de las Horas, ha habido un lugar especial para doña Pera, doña Trini y doña Salud; para Chayo, Tere, Lourdes, Soco y Rarafela; he recordado hoy a las señoras de Buena Vista y a las de Sanambo; a las de Coenembo y de Patambicho; a las de Caríngaro, Atzimbo y El Tigre. Han desfilado por mi mente mis amigas Purépechas pero también las Tzotziles de Chiapas, con sus hermosos borregos y la alegría de vivir. Esta jornada mi corazón también ha volado al lado de Mónica Farah y de Aisha allá en Sierra Leona, recordándoles con cariño y admiración; mis ojos han vuelto a ver con alegría el rostro radiante y chapeado de las señoras de Pidra Azúl en Costa Rica y de las mujeres cosechadoras de Tomate en California…
El día de la mujer tiene en este año este tema que es fundamental, porque los datos nos dicen que las mujeres del campo representan el 25% de la población mundial y gracias a ellas, que constituyen el 43% de la mano de obra en el campo —cifra que llega a ser del 70% en algunos lugares— podemos tener un buen motor para el desarrollo. Algunas de ellas llegan a ser buenas empresarias y excelentes trabajadoras, como ha podido constatar seguramente Belia Canals, esa incansable y maravillosa mujer, esposa y madre que en Capula, mientras trabaja en su Taller “La Candelaria” en la elaboración de verdaderas obras de arte en cerámica, con diseños de su afamado esposo el pintor y escultor Juan Torres, convive con las mujeres del pueblo y de los ranchos, de quien ella misma, como mujer que ama la vida, nos ha compartido todo lo que de ellas ha aprendido. Sin embargo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura estima que si las mujeres tuvieran un acceso equitativo a los fertilizantes, las semillas y las herramientas, la cantidad de personas hambrientas en el mundo se reduciría entre 100 y 150 millones.
Entre las innumerables actividades que hace una mujer rural está la recolección de leña (Michoacán), la recolección de café (Piedra Azúl en Costa Rica), el cuidado del ganado (Chiapas), la siembra de arroz y berenjenas (Sierra Leona) y muchas más; estas heroicas mujeres ejercen con gozo las tareas propias de una mujer, de una esposa y de una madre, movilizando los engranajes del entorno en el que viven y contribuyendo al bienestar de su familia y de muchas familias en general, cosa que, por ende, repercute en el crecimiento de toda economía local, nacional e internacional.
Para entender la vida, el ser y quehacer de la mujer campesina es necesario contemplar de cerca el papel que ella desempeña esta en el interior de la unidad familiar como productora y como reproductora, además de la manera en que se hace presente entre el pueblo y todo ello en el marco de la actual crisis económica y de valores que atraviesa el mundo.
Sabemos que la mayoría de las familias campesinas (por lo menos con las que compartimos la vida en nuestras btierras de misión en México y en África), viven en condiciones de miseria, los hombres se ven siempre en una disyuntiva porque para laborar la tierra se requieren de instrumentos o maquinarias que por lo regular no tienen ni pueden comprar y se ven en la necesidad de rentar o de plano sustituir la tecnología por largas y agobiantes jornadas de trabajo en las que se insertan las esposas y los hijos; los insumos como las semillas, son compradas, o los adquieren bajo préstamos que pagarán, en parte, con lo que obtengan de la cosecha. En la mayor parte de los casos los campesinos pobres, cuando pueden vender parte de su producción, son presas de la especulación y el coyotaje, obteniendo precios irrisorios por sus mercancías los cuales se quedan muy por debajo de los costos de producción.
La opción para muchos hombres del campo, de emigrar a las grandes ciudades de su país o de otras naciones que ofrecen progreso para obtener un trabajo donde su salario será una parte para la subsistencia de la familia, hace que la mujer que sea la que se hace cargo de las tierras y la crianza del ganado, sin que ello implique que las labores del día a día del trabajo domestico se dejen de lado.
¡Qué admirable la tarea de muchas de estas mujeres que conocemos y admiramos! Junto a las faenas del campo que son arduas y constantes, la mujer campesina carga con todas las labores domesticas con un sinnúmero de necesidades que solo se satisfacen con dinero, por lo cual las mujeres campesinas se ven sumamente presionadas por que la cosecha es predominantemente para el consumo de la familia y no queda casi nada para cubrir las necesidades de la familia como calzado, vestimenta, educación etc.
Los hijos de la mujer campesina cuando son pequeños ayudan en las faenas del campo junto con la mamá y caminan por lo regular distancias muy largas para llegar a la escuela rural de su comunidad; en la medida que los hijos van creciendo dejan la comunidad y salen a trabajar en los pueblos grandes, en empresas agrícolas, las ciudades e industrias o emigran a otras naciones. Algunos emigran temporalmente y muchos ya no vuelven, porque la vida en una familia campesina es muy dura y prácticamente carente de oportunidades.
En México, de acuerdo a datos del INEGI del 2009, poco más de cinco millones de hogares se encuentran en zonas rurales y la mitad de sus 24 millones de habitantes son mujeres, lo que quiere decir que alrededor de 12 millones de ellas se enfrentan a la pobreza, la desnutrición y a la falta de educación.
Ya a finales de los años 90 se reportaba que de las mujeres ocupadas en el sector agropecuario, 84% eran trabajadoras sin tierra y de de éstas, 87% trabaja sin remuneración. Definitivamente hoy, a un poco mas de década y media del Tratado del Libre Comercio, que le daría más valor al trabajo del campo, esa dura realidad se ha recrudecido para las mujeres campesinas pobres.
Este Día Internacional de la Mujer, nos ofrece la posibilidad de orar por ellas, de acompañarlas, de alentarlas a no desfallecer. La fe nos hace volar a su lado porque son parte de nuestra historia y de esa historia de salvación en la que todos estamos inmiscuidos.
Yo estos días no he podido estar al lado de las mujeres campesinas, pero he tenido la oportunidad de convivir muy de cerca con tres mujeres maravillosas que ya no están entre nosotros aquí en la tierra; nos acompañan desde el cielo. Tres mujeres que no fueron «rurales» pero que supieron de semillas, de siembra, de arado y de cosecha. Me refiero a Santa Teresita del Niño Jesús, la Beata María Inés Teresa Arias y la señora Josefina Campos, fundadora de la Agrupación de Esposas Cristianas, cuyo proceso de canonización, a mi juicio, debería ya de iniciarse. Son mujeres de Iglesia que desde el Cielo siguen laborando en el campo de Dios. Tres mujeres pioneras, radicales y valientes que están iluminando a un grupo de más o menos mil señoras que en la parroquia de Fátima hacen sus Ejercicios Espirituales acompañadas por un servidor y un grupo de entre 70 y ochenta adultos, entre hombres y mujeres casados y solteros de la comunidad de "Los Huertos" entre lo cuales hay algunas mujeres que han dejado «su rancho» para venir a buscar nuevas oportunidades siguiendo a su marido que se vino un poco antes.
Las figuras de santa Teresita, de la beata Madre Inés y de la Señora Campos, han movido el corazón, el alma, las fueras y la mente de toda estas señoras que se han dejado tocar por Dios y que, la mayoría, sin ser mujeres de campo, deberán ser siempre «sembradoras» del amor de Dios en sus esposos, en sus hijos, en la Iglesia y en el mundo. ¡Felicidades, con todo cariño, respeto y admiración a cada una en el Día Internacional de la Mujer!
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Los santos y los beatos...
En el libro de los Hechos de los Apóstoles (9,32 y 9,41) y
en la primera Carta a los Corintios (1,2) encontramos que la palabra «santo» se
utiliza para indicar una persona que ha aceptado en su vida a Cristo como su Salvador. Así,
desde esta perspectiva, todos, si nos esforzamos por vivir por Cristo, con Él y
en Él, imitando su vida y siguiendo sus consejos, somos santos.
Al señalar de manera especial a algunas personas como
«Beatos» o «Santos», la Iglesia busca señalar unos cuantos de entre el gran
conjunto de los hombres y mujeres de fe, que, por sus grandes virtudes, vividas
en grado heroico, sirvan más de ejemplo para todos y puedan ser intercesores.
Con esto se da honra y gloria a Dios, que se manifiesta de una manera
excepcional en estos sus siervos fieles.
Si bien este concepto de «santo» existe en otras religiones
con mayor o menor fuerza (y no exactamente con el mismo significado) la
religión católica es la única que posee un mecanismo formal, continuo y
altamente racionalizado para llevar a cabo el proceso de canonización de una
persona; sólo en la Iglesia se encuentra un número de profesionales cuyo
trabajo consiste en investigar las vidas de quienes han sido considerados
santos por su comunidad y/o conocidos (y en convalidar los milagros
requeridos). El proceso de canonización es algo así como la capacidad de
discernimiento —con apoyo doctrinario y la ayuda de Dios— de la santidad de una
persona en base a su perfecta ortodoxia y el ejercicio de virtudes llevadas al
grado heroico con el propósito de, dándole reconocimiento por el grado de
perfección alcanzado, presentarla como modelo de conducta a los creyentes y
como poderoso intercesor ante Dios.
Los santos no son, de ninguna manera, otros mediadores que compiten con Cristo,
sino que, por participación en Él, cumplen la misión que el mismo Señor les ha
confiado en una vocación específica a la que fueron llamados. Sabemos que Dios puede actuar directamente
cuando nosotros nos acercamos a Él y nos queda siempre claro que hay un solo
Mediador que es Cristo, pero Él quiere actuar y acercarse a nosotros por medio
de quienes están cercanos a Él.
En el Evangelio de san Marcos (6,37), encontramos un pequeño
ejemplo de cómo Cristo quiere hacerse ayudar de sus amigos más cercanos para
sustentar a quienes se acercan a Él para invocarle y escucharle: “Denles
ustedes de comer”, les dice Jesús a sus discípulos, refiriéndose a la gente que
le seguía. Y más adelante, en el mismo pasaje (6,41) hace que sean los
discípulos quienes reparten la comida que Él ha multiplicado. También en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando se nos va
narrando el inicio del «camino» de la Iglesia, aparecen muchos pasajes en los
cuales Dios no actúa directamente, sino que lo hace por medio de sus siervos
fieles, los santos. Un ejemplo es Ananías, quien devuelve la vista a Saulo
(9,1-19), a pesar de que fue el mismo Cristo quien antes se había encontrado
con Él para «tumbarlo» y cambiar el rumbo de su vida. Hay también algunos
ejemplos de enfermos que no se dirigían
directamente a Dios para implorar la curación de sus dolencias, sino que se
acercaban a los Apóstoles para recobrar la salud y recibir las gracias deseadas
de parte de Dios.
Por medio de la acción intercesora de los santos, y en
primer lugar de la Santísima Virgen María, Dios recibe mayor honra y gloria,
porque es su grandeza la que resplandece en la humildad y sencillez de gente
como nosotros. Si le pedimos a nuestros familiares y amigos que recen por
nosotros, con más ganas podemos pedirles a estos hombres y mujeres de Dios que
intercedan por nosotros. Los santos no tienen ninguna necesidad de ser venerados, ni
buscan alcanzar esto. Según la metáfora de San Pablo, ellos han corrido ya la
carrera y ganado sus laureles. La canonización es un ejercicio póstumo del que
ellos, aquí en la tierra, no se dan cuenta.
Para los cristianos primitivos, el
reconocimiento de la santidad de quienes vivían y morían en Cristo fue una
evolución orgánica de su propia fe y experiencia. Venerados por su santidad, a
los santos se los invocaba también por su poder de intercesión, sobre todo en
forma y a través de sus restos mortales. Por esto la historia de la
canonización está muy ligada con las reliquias del santo, si bien no es
imprescindible tenerlas para elevar a alguien a los altares.
La Iglesia no puede contar la cantidad de santos en el cielo
ya son innumerables (por eso celebra la fiesta de todos los santos). Entre los santos y beatos hay gente de toda raza y nación, de toda condición social y de todas las edades en las diversas vocaciones y solo se
consideran para canonización unos pocos que han vivido la santidad en grado
heroico. Canonizar quiere decir declarar que una persona es digna de culto
universal. La canonización se lleva a cabo mediante una solemne declaración
papal de que una persona está, con toda certeza, con Dios. Gracias a tal
destreza, el creyente puede rezar confiadamente al santo en cuestión para que
interceda en su favor ante Dios. El nombre de la persona se inscribe en la
lista de los santos de la Iglesia y a la persona en cuestión se la "eleva
a los altares", es decir, se le asigna un día de fiesta para la veneración
litúrgica por parte de la Iglesia entera. Ser canonizado significa ser incluido
entre aquellos que se mencionan a veces durante la celebración de la misa y
significa también tener una fiesta en el santoral de la Iglesia, al lado de los
días de fiesta de Cristo y de Su Madre, la más distinguida de todos los santos.
En los primeros tiempos de la Iglesia, estando la tierra
regada de sangre de mártires, el concepto de santidad estaba fuertemente
asociado al martirio. El relato de Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (6-7),
sobre el martirio de San Esteban es de extrema importancia para entender cómo,
en la fase inicial de la vida de la Iglesia, los demás cristianos de la
comunidad de Esteban reconocieron su santidad. Se puede decir que la santidad y
el martirio fueron inseparables de la conciencia cristiana desde el principio.
Así como Jesucristo obedeció al Padre hasta la muerte, así el santo era alguien
que moría por Cristo; así como el bautismo significaba la incorporación al
cuerpo de Cristo, así el martirio significaba morir con Cristo y resucitar a la
plenitud de la vida eterna. El martirio sellaba la conformidad total del santo
con Cristo. Con el tiempo, la imitación de la muerte del Señor fue dando
espacio también a la imitación de su vida y se fue estudiando cómo vivía una
persona el mérito de la santidad en la vida ordinaria, no solo en el martirio.
Así, la Iglesia llegó gradualmente a venerar a las personas por la ejemplaridad
de sus vidas no menos que con su muerte.
En la práctica, el proceso de canonización conlleva una gran
cantidad y variedad de procedimientos, habilidades y colaboradores: promoción,
financiación y divulgación por parte de quienes consideran santo al candidato;
tribunales de investigación de parte del obispo o de los obispos locales;
procedimientos administrativos por parte de los funcionarios de la
congregación; estudios y análisis por asesores expertos; disputas entre el
promotor de la fe (el "abogado del diablo") y el abogado de la causa;
consultas con los cardenales de la congregación. Pero, en todo momento,
únicamente las decisiones del papa tienen fuerza de obligación; él sólo es
quien posee el poder de declarar a un candidato merecedor de beatificación o
canonización.
Con la beatificación, el Papa concede un permiso para que
localmente o en determinadas familias religiosas se pueda rendir culto público
a un siervo de Dios y esa es básicamente la diferencia entre un santo y un beato. El beato tiene una veneración que se
limita —por así decir— a una diócesis local, a una región delimitada, a un país
o a los miembros de una determinada orden religiosa. A ese propósito, la Santa
Sede autoriza una oración especial para el beato y una misa en su honor. Al
llegar a este punto, el candidato ha superado ya la parte más difícil del
camino hacia la canonización. Pero la última meta le queda aún por alcanzar.
La beatificación no impone nada a nadie en la Iglesia. Por
esto, la memoria de los beatos no se celebra universalmente en la Iglesia, sino
sólo en los lugares donde hay motivo para hacerlo y se pide. La memoria es
siempre libre y no obligatoria, para respetar el carácter propio de la
beatificación. La fórmula de la beatificación puede proclamarla otro distinto
del Papa, por ejemplo, un cardenal en nombre suyo. Así se hacía habitualmente
hasta los tiempos de Pablo VI, que comenzó a hacer personalmente las
beatificaciones. Esta práctica se ha retomado ahora por el Papa Benedicto XVI.
Después de la beatificación, la causa queda parada hasta que
se presente —si es que se presenta— un milagro más realizado por la intercesión
del beato. Cuando el último milagro exigido ha sido examinado y aceptado, el Papa
emite una bula de canonización en la que declara que el candidato debe ser
venerado (ya no se trata de un mero permiso) como santo por toda la Iglesia
universal. Esta vez el Papa preside personalmente la solemne ceremonia.
Aunque la canonización sigue siendo el objetivo de toda
causa, se trata, funcionalmente hablando, de un ejercicio auxiliar y a plazo
indefinido, consistente en comprobar un milagro de intercesión que no agrega
nada a la importancia del beato o la beata ni al significado que tiene para la
Iglesia, si bien es la manifestación de Dios de Su deseo de que sea venerado
por toda la cristiandad.
La intercesión de los santos y beatos nunca remplazará la
oración directa a Dios, quién puede conceder nuestros ruegos sin la mediación
de los santos. Pero, como Padre, se complace en que sus hijos se ayuden y así
participen de su amor. Ellos nos enseñan a interpretar el Evangelio evitando
así acomodarlo a nuestra mediocridad y a las desviaciones de la cultura. En la
actualidad hay pendientes cerca de 2000 procesos de beatificación y canonización en la Congregación para la Causa de los
Santos.
Alfredo Delgado, M.C.I.U.
domingo, 19 de febrero de 2012
Otra vez es Cuaresma....
¿QUÉ ES LA CUARESMA?
Nuevamente nos encontramos con el tiempo litúrgico de la «Cuaresma», un tiempo especial para ahondar en el sentido de nuestra fe para ayudarnos a vivir más plenamente nuestra vocación cristiana. Este período de cuarenta días es tiempo de escucha de la Palabra, de oración y conversión, de privaciones y caridad, como de una espera confiada en la alegría de la Pascua que da certeza a nuestro caminar. La Cuaresma nos recuerda que no somos peregrinos hacia algo incierto, somos testigos de una Vida Nueva que se nos ha dado en Cristo.
Desde el siglo IV se empezó a manifestar en la Iglesia esta tendencia a constituir la Cuaresma en un tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión:
El tiempo de la Cuaresma debe ser como un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a todos los fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales, con la purificación del corazón, una práctica perfecta de la vida cristiana y una actitud penitencial. La penitencia, traducción latina de la palabra griega metanoia, que en la Biblia significa la conversión (literalmente el cambio de espíritu) del pecador, designa todo un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido, y el estado de cosas que resulta de ello para el pecador. Literalmente: «cambio de vida».
La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas que se ponen de manifiesto especialmente en el tiempo cuaresmal. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración y la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los hermanos. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de pecados" (1 Pedro, 4,8.). (Cf. Catecismo Iglesia Católica, n.1434).
Todos los fieles, cada uno según nuestra vocación y condición de vida, estamos obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos nos unamos en alguna práctica común de penitencia, se han fijado estos días penitenciales, de manera que todos,como una gran familia, nos unamos en la oración, realicemos obras de piedad y de caridad y trabajemos juntos para vencer el egoísmo, cumpliendo así con mayor fidelidad nuestras propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia con un espíritu de purificación). (Cf. Código de Derecho Canónico, cánon 124). En toda la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma." (Cf. Código de Derecho Canónico, canon 1250).
En recuerdo del día en que murió Jesucristo en la Santa Cruz, todos los viernes, —a no ser que coincidan con una solemnidad—, la Iglesia nos pide guardar la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo." (Código de Derecho Canónico, canon 1251).
¿CUÁNDO ES CUARESMA?
La Cuaresma se inicia el Miércoles de ceniza y termina inmediatamente antes de la Misa Vespertina in Coena Domini. (Jueves Santo). Todo este período forma una unidad, pudiéndose distinguir los siguientes elementos:
1) Miércoles de ceniza,
2) Los domingos, agrupados en el binomio, I-II; III, IV y V; y el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor,
3) La Misa Crismal y
4) Las ferias. (Misas diarias).
El «Miércoles de Ceniza» es el principio de la Cuaresma; un día especialmente penitencial, en el que manifestamos nuestro deseo personal de conversión a Dios. Al acercarnos a los templos a que nos impongan la ceniza, expresamos con humildad y sinceridad de corazón, que deseamos convertirnos y creer de verdad en el Evangelio. El origen de la imposición de la ceniza y su utilización como signo de conversión pertenece a la estructura de la penitencia de la Iglesia. Empieza a ser obligatoria para toda la comunidad cristiana a partir del siglo X. La liturgia actual, —sin que este día sea obligatoria la asistencia a Misa o al Rito de Imposición de Ceniza— conserva los elementos tradicionales: imposición de la ceniza y ayuno riguroso. La bendición e imposición de la ceniza tiene lugar dentro de la primera Misa que se celebra, después de la homilía; aunque en circunstancias especiales, se puede hacer dentro de una celebración de la Palabra. Las fórmulas de imposición de la ceniza se inspiran en la Escritura: Génesis 3, 19 y Marcos 1, 15.
La ceniza procede —de ordinario— de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor, del año anterior, siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII. La fórmula de bendición hace relación a la condición pecadora de quienes la recibirán. El simbolismo de la ceniza es para ayudar al creyente a meditar en la condición débil y caduca del hombre que camina hacia la muerte; para que no se olvide de la situación pecadora del hombre; para que acreciente su oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda y para que mantenga firme la esperanza en la resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo. La meta siempre será llegar: "al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo" (Ef. 4, 13).
La Iglesia nos invita a hacer de este tiempo una especie de retiro espiritual en el que el esfuerzo de meditación y de oración debe estar sostenido por un esfuerzo de mortificación personal cuya medida, a partir de este mínimo, es dejada a la libertad generosidad de cada uno. Para animarnos en este caminar, cada año el Santo Padre emite un Mensaje de Cuaresma que va marcando la pauta a seguir como Familia que peregrina hacia la Pascua. Este año de 2012 el tema es «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24). Si se vive bien la Cuaresma, se puede lograr una auténtica y profunda conversión personal, preparándonos, de este modo, para la fiesta más grande del año: el Domingo de la Resurrección del Señor.
¿QUÉ HACER EN ESTA CUARESMA?
El Santo Padre Benedicto XVI nos dice que este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual. Así que no hay que desaprovechar las gracias que este tiempo litúrgico nos regala y hay que buscar constantemente la oportunidad para realizar obras de conversión, como son, por ejemplo: Acudir al Sacramento de la Reconciliación (Sacramento de la Penitencia o Confesión) y hacer una buena confesión: clara, concisa, concreta y completa; superar las divisiones, perdonando y crecer en espíritu fraterno y practicando las Obras de Misericordia que se dividen en espirituales y corporales (o materiales).
Vale la pena repasar en este tiempo las obras de misericordia para saber con qué material contamos para concretizar la práctica de nuestras obras cuaresmales. Las obras de misericordia espirituales son siete: Enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas del prójimo; rogar a Dios por los vivos y los muertos.
Las obras de misericordia corporales son también siete; visitar al enfermo; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; socorrer al cautivo; vestir al desnudo; dar posada al peregrino; enterrar a los muertos (La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana [Código de Derecho Canónico, canon 1176 §3]). Hagámonos el propósito de vivir intensamente la Cuaresma cumpliendo con el precepto del ayuno y la abstinencia, así como con el de la vivencia de las obras de misericordia, la confesión y la comunión anual.
AYUNO Y ABSTINENCIA.
El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día —aunque se puede comer algo menos de lo acostumbrado por la mañana y la noche— sin comer nada entre los alimentos principales, salvo en caso de enfermedad y que éste obliga a todos los mayores de edad, hasta que tengan cumplido cincuenta y nueve años. (Cf. CIC, c. 1252).
Por abstinencia entendemos la práctica de privarse de comer carne (roja o blanca y sus derivados) después de que se han cumplido catorce años de edad.(cfr. CIC, c. 1252). La Conferencia Episcopal de cada País puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad. (Cf. Código de Derecho Canónico, canon 1253).
Creo que, más que nada, debemos de cuidar que no vivamos el ayuno o la abstinencia como unos mínimos sacrificios ni aprovechar la Cuaresma para hacer dieta, sino vivir esta práctica como una manera concreta que nos ayude a crecer en el verdadero espíritu de penitencia para darnos a los demás como Cristo lo hizo, que entregó su vida por nuestra salvación. El Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma 2012 nos dice que ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos hemos de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Y esta llamada es especialmente intensa en este tiempo santo de preparación a la Pascua.
HACIA LA PASCUA.
Sin contemplar la Pascua, sin ir hacia ella, el tiempo de Cuaresma perdería su carácter de tiempo litúrgico fuerte, porque el sentido del mismo es que toda la Iglesia se prepare para la celebración de las fiestas pascuales. La Pascua del Señor, el Bautismo y la invitación a la reconciliación, mediante el Sacramento de la Penitencia, son las grandes coordenadas de la Cuaresma.
Ojalá y todos pudiéramos aprovechar las catequesis del Misterio Pascual y de los sacramentos que se dan en las parroquias en este tiempo; acercarnos a los ejercicios espirituales como signo de penitencia y anhelo de búsqueda de pistas nuevas para la conversión. Ojalá no desaprovechemos las oportunidades —que siempre son abundantes— de llevar a la práctica las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna y las obras caritativas y misioneras. La participación —de ser posible diaria— en la liturgia cuaresmal, en las celebraciones penitenciales y, sobre todo, en la recepción del sacramento de la penitencia: serían momentos fuertes en la práctica penitencial de nuestra Cuaresma.
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
Nuevamente nos encontramos con el tiempo litúrgico de la «Cuaresma», un tiempo especial para ahondar en el sentido de nuestra fe para ayudarnos a vivir más plenamente nuestra vocación cristiana. Este período de cuarenta días es tiempo de escucha de la Palabra, de oración y conversión, de privaciones y caridad, como de una espera confiada en la alegría de la Pascua que da certeza a nuestro caminar. La Cuaresma nos recuerda que no somos peregrinos hacia algo incierto, somos testigos de una Vida Nueva que se nos ha dado en Cristo.
Desde el siglo IV se empezó a manifestar en la Iglesia esta tendencia a constituir la Cuaresma en un tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión:
El tiempo de la Cuaresma debe ser como un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a todos los fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales, con la purificación del corazón, una práctica perfecta de la vida cristiana y una actitud penitencial. La penitencia, traducción latina de la palabra griega metanoia, que en la Biblia significa la conversión (literalmente el cambio de espíritu) del pecador, designa todo un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido, y el estado de cosas que resulta de ello para el pecador. Literalmente: «cambio de vida».
La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas que se ponen de manifiesto especialmente en el tiempo cuaresmal. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración y la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los hermanos. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de pecados" (1 Pedro, 4,8.). (Cf. Catecismo Iglesia Católica, n.1434).
Todos los fieles, cada uno según nuestra vocación y condición de vida, estamos obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos nos unamos en alguna práctica común de penitencia, se han fijado estos días penitenciales, de manera que todos,como una gran familia, nos unamos en la oración, realicemos obras de piedad y de caridad y trabajemos juntos para vencer el egoísmo, cumpliendo así con mayor fidelidad nuestras propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia con un espíritu de purificación). (Cf. Código de Derecho Canónico, cánon 124). En toda la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma." (Cf. Código de Derecho Canónico, canon 1250).
En recuerdo del día en que murió Jesucristo en la Santa Cruz, todos los viernes, —a no ser que coincidan con una solemnidad—, la Iglesia nos pide guardar la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo." (Código de Derecho Canónico, canon 1251).
¿CUÁNDO ES CUARESMA?
La Cuaresma se inicia el Miércoles de ceniza y termina inmediatamente antes de la Misa Vespertina in Coena Domini. (Jueves Santo). Todo este período forma una unidad, pudiéndose distinguir los siguientes elementos:
1) Miércoles de ceniza,
2) Los domingos, agrupados en el binomio, I-II; III, IV y V; y el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor,
3) La Misa Crismal y
4) Las ferias. (Misas diarias).
El «Miércoles de Ceniza» es el principio de la Cuaresma; un día especialmente penitencial, en el que manifestamos nuestro deseo personal de conversión a Dios. Al acercarnos a los templos a que nos impongan la ceniza, expresamos con humildad y sinceridad de corazón, que deseamos convertirnos y creer de verdad en el Evangelio. El origen de la imposición de la ceniza y su utilización como signo de conversión pertenece a la estructura de la penitencia de la Iglesia. Empieza a ser obligatoria para toda la comunidad cristiana a partir del siglo X. La liturgia actual, —sin que este día sea obligatoria la asistencia a Misa o al Rito de Imposición de Ceniza— conserva los elementos tradicionales: imposición de la ceniza y ayuno riguroso. La bendición e imposición de la ceniza tiene lugar dentro de la primera Misa que se celebra, después de la homilía; aunque en circunstancias especiales, se puede hacer dentro de una celebración de la Palabra. Las fórmulas de imposición de la ceniza se inspiran en la Escritura: Génesis 3, 19 y Marcos 1, 15.
La ceniza procede —de ordinario— de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor, del año anterior, siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII. La fórmula de bendición hace relación a la condición pecadora de quienes la recibirán. El simbolismo de la ceniza es para ayudar al creyente a meditar en la condición débil y caduca del hombre que camina hacia la muerte; para que no se olvide de la situación pecadora del hombre; para que acreciente su oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda y para que mantenga firme la esperanza en la resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo. La meta siempre será llegar: "al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo" (Ef. 4, 13).
La Iglesia nos invita a hacer de este tiempo una especie de retiro espiritual en el que el esfuerzo de meditación y de oración debe estar sostenido por un esfuerzo de mortificación personal cuya medida, a partir de este mínimo, es dejada a la libertad generosidad de cada uno. Para animarnos en este caminar, cada año el Santo Padre emite un Mensaje de Cuaresma que va marcando la pauta a seguir como Familia que peregrina hacia la Pascua. Este año de 2012 el tema es «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24). Si se vive bien la Cuaresma, se puede lograr una auténtica y profunda conversión personal, preparándonos, de este modo, para la fiesta más grande del año: el Domingo de la Resurrección del Señor.
¿QUÉ HACER EN ESTA CUARESMA?
El Santo Padre Benedicto XVI nos dice que este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual. Así que no hay que desaprovechar las gracias que este tiempo litúrgico nos regala y hay que buscar constantemente la oportunidad para realizar obras de conversión, como son, por ejemplo: Acudir al Sacramento de la Reconciliación (Sacramento de la Penitencia o Confesión) y hacer una buena confesión: clara, concisa, concreta y completa; superar las divisiones, perdonando y crecer en espíritu fraterno y practicando las Obras de Misericordia que se dividen en espirituales y corporales (o materiales).
Vale la pena repasar en este tiempo las obras de misericordia para saber con qué material contamos para concretizar la práctica de nuestras obras cuaresmales. Las obras de misericordia espirituales son siete: Enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas del prójimo; rogar a Dios por los vivos y los muertos.
Las obras de misericordia corporales son también siete; visitar al enfermo; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; socorrer al cautivo; vestir al desnudo; dar posada al peregrino; enterrar a los muertos (La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana [Código de Derecho Canónico, canon 1176 §3]). Hagámonos el propósito de vivir intensamente la Cuaresma cumpliendo con el precepto del ayuno y la abstinencia, así como con el de la vivencia de las obras de misericordia, la confesión y la comunión anual.
AYUNO Y ABSTINENCIA.
El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día —aunque se puede comer algo menos de lo acostumbrado por la mañana y la noche— sin comer nada entre los alimentos principales, salvo en caso de enfermedad y que éste obliga a todos los mayores de edad, hasta que tengan cumplido cincuenta y nueve años. (Cf. CIC, c. 1252).
Por abstinencia entendemos la práctica de privarse de comer carne (roja o blanca y sus derivados) después de que se han cumplido catorce años de edad.(cfr. CIC, c. 1252). La Conferencia Episcopal de cada País puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad. (Cf. Código de Derecho Canónico, canon 1253).
Creo que, más que nada, debemos de cuidar que no vivamos el ayuno o la abstinencia como unos mínimos sacrificios ni aprovechar la Cuaresma para hacer dieta, sino vivir esta práctica como una manera concreta que nos ayude a crecer en el verdadero espíritu de penitencia para darnos a los demás como Cristo lo hizo, que entregó su vida por nuestra salvación. El Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma 2012 nos dice que ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos hemos de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Y esta llamada es especialmente intensa en este tiempo santo de preparación a la Pascua.
HACIA LA PASCUA.
Sin contemplar la Pascua, sin ir hacia ella, el tiempo de Cuaresma perdería su carácter de tiempo litúrgico fuerte, porque el sentido del mismo es que toda la Iglesia se prepare para la celebración de las fiestas pascuales. La Pascua del Señor, el Bautismo y la invitación a la reconciliación, mediante el Sacramento de la Penitencia, son las grandes coordenadas de la Cuaresma.
Ojalá y todos pudiéramos aprovechar las catequesis del Misterio Pascual y de los sacramentos que se dan en las parroquias en este tiempo; acercarnos a los ejercicios espirituales como signo de penitencia y anhelo de búsqueda de pistas nuevas para la conversión. Ojalá no desaprovechemos las oportunidades —que siempre son abundantes— de llevar a la práctica las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna y las obras caritativas y misioneras. La participación —de ser posible diaria— en la liturgia cuaresmal, en las celebraciones penitenciales y, sobre todo, en la recepción del sacramento de la penitencia: serían momentos fuertes en la práctica penitencial de nuestra Cuaresma.
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
sábado, 18 de febrero de 2012
IMÁGENES... Una breve explicación
Algunas personas se cuestionan acerca del lugar especial que en la Iglesia Católica se da a las imágenes y de las reliquias. Dicen que los pasajes contenidos en Éxodo 20,4; Deuteronomio 4,16 y Levítico 26,1 lo prohíben severamente y si vamos a los textos vemos que es verdad, pero, ¿cuál es el motivo por el cual en esos precisos momentos se hace la prohibición? ¿Lo saben todos ellos?
Ciertamente que si se estudia el contexto de esa prohibición, uno se topa con la respuesta allí mismo: "No tendrán otros dioses fuera de mí"; "Porque yo soy el Señor, su Dios". Así, es fácil comprender que lo que se está prohibiendo es construirse ídolos, dioses de barro o de cualquier otro material y no una representación del verdadero Dios por quien se vive. Sabemos que el pueblo judío estaba propenso a eso. Éxodo 32,1-8 nos describe cómo en ausencia de Moisés el pueblo se fabricó un becerro de oro y le rindió culto y adoración sabiendo que Dios les prohibía la idolatría, no las estatuas o las imágenes, que ahora equivaldrían a las fotografías o tal vea a las imágenes de Internet.
Si leemos Éxodo 25, 18 veremos que es Dios mismo quien ordena que se esculpan en oro dos querubines y da la instrucción de que cada uno de estas dos imágenes angelicales salgan de un extremo de la placa y la cubran con sus alas extendidas hacia arriba. En Números 21,8 tenemos otro ejemplo en el que se indica hacer una serpiente de bronce para colocarla en un estandarte y se añade una indicación: "los mordidos por serpientes quedarán sanos al mirar la imagen".
Ni los querubines ni la serpiente son dioses y es el mismo Dios quien los manda esculpir, pero, cuando el pueblo «confunde» e «inventa» que la serpiente es un dios, el Señor ordena inmediatamente su destrucción, según está escrito en 2 Re 18,4: "Suprimió las eremitas de las lomas, destrozó los cipos, cortó las estelas y trituró la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque los israelitas seguían todavía quemándole incienso. Además, en el Antiguo Testamento, hay otros que se pueden consultar y que demuestran claramente que Dios no prohíbe el uso de las imágenes:1 Re 6,23-29; 7,25-29.
Así, podemos concluir que Dios no prohíbe estatuas o imágenes. ¿Podemos pensar en una familia que nho tenga fotografías de nada ni de nadie? Lo que Dios prohíbe es la idolatría. Por eso la Iglesia, como Madre y Maestra, prohíbe adorar a María Santísima y a los santos pero no prohíbe hacerse representaciones de ellos para recordar su fidelidad y su confianza en el Señor, de manera que al contemplar esas imágenes nos sintamos exhortados vivamente por estas personas para acercarnos más a Dios, imitando sus virtudes y haciéndonos ayudar por su intercesión.
Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
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