miércoles, 31 de octubre de 2012

NUEVA EVANGELIZACIÓN... ¿Y ahora qué hay que hacer?


Ahora que ha terminado el Sínodo de la Nueva Evangelización la Iglesia debe asumir con renovado impulso la misión de llevar el Evangelio a todos con un nuevo ardor, con nuevas expresiones y con un nuevo método, esa es la «novedad» que nos ha traído este importantísimo acontecimiento dentro del «Año de la Fe», esa es la «NUeva Evangelización» que hay que emprender.

¿Cómo hemos de vivir los católicos la vocación misionera que recibimos en el bautismo y que ha acrecentado en nosotros mismos la fe? ¿Qué tendremos que hacer como discípulos y misioneros frente a los cambios sociales y culturales de nuestro tiempo? ¿Hacia dónde lleva el Espíritu hoy a nuestras diócesis, nuestras parroquias, nuestras instituciones? ¿Cómo debe ser el sacerdote, el consagrado, el laico de la Nueva Evangelización?

Sabemos que no es fácil dar razón de nuestra fe ante una situación tan cambiante cada día y en medio de un contexto que, respecto al pasado, presenta muchos rasgos nuevos, pero también críticos que modifican la percepción de nuestro mundo. Benedicto XVI en "Porta Fidei" dice que "mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas" (n. 2).

«Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y por los siglos» (Hb 13,8), eso lo sabemos y lo entendemos todos, pero, el mundo no es el mismo hoy que ayer. Los católicos tenemos que dar una respuesta adecuada a las necesidades de los hombres y de los pueblos de hoy para promover una cultura más profundamente arraigada en el Evangelio, descubriendo «el hombre nuevo» (Ef 4,24), que está en nosotros gracias al Espíritu que nos ha sido dado por Jesucristo y por el Padre.

Las transformaciones sociales y culturales, están modificando considerablemente la percepción que el hombre tiene de sí mismo y del mundo, generando repercusiones también sobre su modo de creer en Dios. Hoy hay mucha gente desorientada y confundida en todo aquello que nos ha sido transmitido sobre el sentido de la vida y algunos han llegado al abandono de la fe. La situación de debilidad, disminución, privatización, reducción y falta de empeño en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones no se ha adaptado a su forma de ser y de pensar. Por ello, la Iglesia necesita re-novar, hacer «nueva» su evangelización. Benedicto XVI nos ha puesto la muestra al lanzar el "YOUCAT", ese resumen maravilloso del Catecismo de la Iglesia Católica dirigido a los jóvenes con lenguaje a su altura y condición. El Papa dice en el prólogo a los jóvenes: "Estudiad el catecismo con pasión y perseverancia. Sacrificad vuestro tiempo para ello. Estudiadlo en el silencio de vuestra habitación, leedlo de dos en dos; si sois amigos, formad grupos y redes de estudio, intercambiad ideas por Internet. En cualquier caso, permaneced en diálogo sobre vuestra fe".

¿Por qué no podemos imaginar nuevos instrumentos y nuevas palabras que hagan audible y comprensible la palabra de la fe en los nuevos desiertos de este mundo globalizado? ¡Por qué no podemos reavivar el fervor de la fe y del testimonio entre los jóvenes? ¿Por qué no buscamos ir redescubriendo la alegría de creer, y el entusiasmo en la comunicación de la fe para que las nuevas generaciones se sientan gozosas de ser miembros vivos de la Iglesia? ¿Por qué no aprovechamos el «Año de la Fe» para recuperar energías, reafirmar la voluntad de creer y refrescarnos en el contacto con la Sagrada Escritura? ¿Por qué no somos creativos y nos ingeniamos nuevas formas, nuevas expresiones y nuevos métodos para  vivir la fe y transmitirla?

Para responder a todas estas interrogantes y seguramente a muchas más en el contexto de cada uno, recurrimos a la «Nueva Evangelización» que nos impulse a anunciar adecuadamente el Evangelio en los nuevos escenarios con audacia misionera, para hacernos presentes en el tejido social. Ahora es el tiempo de la creatividad para transmitir la fe a través de todos los medios en una
renovada modalidad de anuncio, sobre todo para quienes viven en contextos de secularización, sin excluir de ello a los mismos países de tradición cristiana. Por eso el Santo Padre Benedicto XVI, ha creado el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, en donde ha insertado ahora todo lo referente a la catequesis para que que el anuncio de Cristo llegue a todos.

La Nueva Evangelización es trabajar arduamente para que toda la Iglesia, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente al mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de promover la vivencia de la fe con un renovado entusiasmo.

En síntesis, el corazón de la nueva evangelización está en el mandato misionero del Señor Jesucristo, que nos envía al mundo una vez más como discípulos y misioneros, para que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, como los primeros cristianos, que, junto a María, con su oración, con su testimonio de vida, con su predicación, hicieron crecer la semilla que Cristo dejó depositada al fundar la Iglesia.

¿Y ahora qué hay que hacer? Esto es lo que hay que hacer. Impulsados por el Señor, de la mano de María y alentados por el testimonio de los santos y beatos, que, como la Madre María Inés, buscaron siempre formas nuevas de conquistar el mundo para Cristo.

El éxito de lo que hagamos en el dinamismo de la «Nueva Evangelización» dependerá de la oración, de la búsqueda y crecimiento de la santidad personal y del compromiso misionero de muchos. Quiero terminar recordando unas palabras del beato Juan Pablo II —que fue quien introdujo este término— refiriéndose a la recristianización de Europa: «en nuestros días, como en toda época, en la Iglesia, se necesitan heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos.» Y añadía: «Los grandes evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar al mundo de hoy.» (Discurso al Simposio del Consejo de la Conferencia Episcopal de Europa, 11-X-1985).

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN... Un Sínodo misionero

El 26 octubre por la mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha tenido lugar la presentación del Mensaje de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sinodo de los Obispos dedicado al tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.

El mensaje nos recuerda el pasaje evangélico de Juan que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en el pozo (Jn 4,4-42), imagen del hombre contemporáneo con un cántaro vacío, el hombre y la mujer de hoy que tiene sed y nostalgia de Dios, y hacia el que la Iglesia debe dirigirse para hacerle presente al Señor. Y como la samaritana, quien encuentra a Jesús no puede hacer otra cosa que convertirse en testigo del anuncio de salvación y esperanza del Evangelio.

Mirando de una manera más concreta al contexto de la nueva evangelización, este Sínodo nos ha recordado la necesidad de reavivar la fe que corre el riesgo de oscurecerse en los contextos culturales actuales, también frente al debilitamiento de la fe en muchos bautizados. "El encuentro con el Señor, que revela a Dios como amor, sucede sólo en la Iglesia como forma de comunidad acogedora y experiencia de comunión; desde aquí, entonces, los cristianos pasan a ser sus testigos en otros lugares", dice el mensaje.

Para evangelizar —lo sabemos todos los bautizados— hay que estar, ante todo, evangelizados y vivir en un proceso constante de conversión. Conscientes del hecho de que el Señor es la guía de la historia y que, por tanto, el mal no tendrá la última palabra, la Nueva Evangelización nos llama a vencer el miedo con la fe y a mirar el mundo con sereno coraje porque, aunque éste está lleno de contradicciones y retos, sigue siendo el mundo que Dios ama. Por consiguiente, el Sínodo no nos deja nada de pesimismo sino nuevos retos: la globalización, la secularización y los nuevos escenarios de la sociedad, migraciones, dificultades y sufrimientos que deben ser oportunidad de una tarea continua de evangelización. Porque no se trata de encontrar nuevas estrategias como si el Evangelio hubiera que difundirlo como un producto de mercado, sino de redescubrir los modos con los que las personas se acercan a Jesús.

El mensaje de este Sínodo mira a la familia como lugar natural de la evangelización e insiste en que la institución familiar debe ser sostenida por la Iglesia, la política y la sociedad. Dentro de la familia, se resalta el papel especial de las mujeres y se recuerda la situación dolorosa de los divorciados y vueltos a casar: aunque se reconfirma la disciplina sobre al acceso a los sacramentos, se insiste en que no están abandonados por el Señor y que la Iglesia es la casa que acoge a todos. El mensaje cita también la vida consagrada como testimonio del sentido ultraterrenal de la existencia humana, y las parroquias como centros de evangelización; recuerda la importancia de la formación permanente para los sacerdotes y los religiosos e invita a los laicos (movimientos y nuevas realidades eclesiales) a evangelizar permaneciendo en comunión con la Iglesia. La nueva evangelización acoge favorablemente la cooperación con las otras Iglesias y comunidades eclesiales, también ellas movidas por el mismo espíritu de anuncio del Evangelio. Se presta particular atención a los jóvenes, en una perspectiva de escucha y de diálogo para recuperar, y no mortificar, su entusiasmo.

El mensaje que brota del Sínodo invita también al diálogo de distintas maneras: con la cultura, que necesita una nueva alianza entre fe y razón; con la educación; con la ciencia que cuando no encierra al hombre en el materialismo se convierte en una aliada de la humanización de la vida; con el arte; con el mundo de la economía y el trabajo; con los enfermos y los que sufren; con la política, a la cual se pide un compromiso desinteresado y transparente del bien común; con las otras religiones.

En particular, el Sínodo insiste en que el diálogo interreligioso contribuye a la paz, rechaza el fundamentalismo y denuncia la violencia contra los creyentes. El mensaje recuerda las posibilidades que ofrecen el Año de la Fe, la memoria del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica. Por último, indica dos expresiones de la vida de fe, especialmente significativas para la nueva evangelización: la contemplación, donde el silencio permite acoger mejor la Palabra de Dios, y el servicio a los pobres, para reconocer a Cristo en sus rostros.

Todas las Iglesias de las distintas regiones del mundo hemos tenido fijos los ojos en este Sínodo y a cada una de ellas se nos deja un mensaje lleno de palabras de aliento para el anuncio del Evangelio: a las Iglesias de Oriente para que puedan practicar la fe en condiciones de paz y de libertad religiosa; a la Iglesia de África para que desarrolle la evangelización en el encuentro con las antiguas y las nuevas culturas, haciendo después un llamamiento a los gobiernos para que cesen los conflictos y la violencia. A los cristianos de América del Norte, que viven en una cultura con muchas expresiones lejanas del Evangelio, para que miren a la conversión, a ser abiertos para acoger a los emigrantes y refugiados. A la Iglesia de América Latina, para que viva la misión permanente, de manera que pueda hacer frente a los desafíos del presente como la pobreza, la violencia, también en las nuevas condiciones de pluralismo religioso. A la Iglesia en Asia, aun cuando es una pequeña minoría a menudo relegada al margen de la sociedad y perseguida, para que se anime y se mantenga firme en la fe. A Europa, marcada por una secularización agresiva y herida por regímenes pasados, para que mantenga viva esa cultura humanística capaz de dar rostro a la dignidad de la persona y a la construcción del bien común que vea las dificultades del presente como un reto. Finalmente a Oceanía se le pide que sienta de nuevo el compromiso de anunciar el Evangelio.

Con este Sínodo, la «Iglesia universal» (eso queremos significar cuando decimos «Iglesia católica»), ha sentido resonar en su corazón el mandato de Jesús a sus apóstoles: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblo [...]. Sepan que yo estoy con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La misión de la Iglesia es católica, es decir, no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de la pliegues más oscuros del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús, el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades.

Todos los bautizados debemos sentirnos agradecidos  por el don recibido de este Sínodo sobre la Nueva Evangelización y dirigir nuestro canto de alabanza unidos a María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor [...] Ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46.49). Esas palabras salidas de los labios de María deben ser también las nuestras en estos momentos: el Señor ha hecho realmente grandes cosas a través de los siglos por su Iglesia en los diversos rincones del mundo y nosotros lo alabamos, con la certeza de que no dejará de mirar nuestra pobreza para desplegar la potencia de su brazo incluso en nuestros días y sostenernos en el camino de la nueva evangelización.

La figura de María nos orienta en el camino. Este camino, como nos ha dicho Benedicto XVI, podrá parecer una ruta en el desierto; sabemos que tenemos que recorrerlo llevando con nosotros lo esencial: el don del Espíritu Santo, la cercanía de Jesús, la verdad de su Palabra, el pan eucarístico que nos alimenta, la fraternidad de la comunión eclesial y el impulso de la caridad. Es el agua del pozo la que hace florecer el desierto y como en la noche en el desierto las estrellas se hacen más brillantes, así en el cielo de nuestro camino resplandece con vigor la luz de María, la Estrella de la nueva evangelización a quien, confiados, nos encomendamos.


martes, 16 de octubre de 2012

ROGELIO CABRERA LÓPEZ... Conozcamos un poco al nuevo arzobispo de Monterrey

El Santo Padre Benedicto XVI nombró hace unos días a monseñor Rogelio Cabrera López como nuevo arzobispo de Monterrey, una sede episcopal con más de siete millones de habitantes, seis millones de católicos, 550 sacerdotes y más de mil religiosos. El nombramiento se hizo público el miércoles 3 de octubre.

Monseñor Cabrera nació el 24 de enero de 1951 en Santa Catalina, en el estado de Guanajuato hace 61 años. recibió su formción inicial en el seminario de Querétaro (1961-1969). Fue ordenado sacerdote en la Parroquia de Santa Catarina, Guanajuato, el 17 de noviembre de 1978. Estudió teología en la Universidad Gregoriana de Roma, y Sagradas Escrituras en el Instituto Bíblicode Roma (1979-1981). Es originario de Guanajuato y además del español y de las lenguas clásicas, habla inglés, italiano y francés.

Después de ordenado sacerdote ocupó algunos cargos y parroquias en la diócesis de Querétaro. Su Santidad Juan Pablo II lo nombró Obispo de Tacámbaro el 29 de abril de 1996 y fue consagrado Obispo el 30 de mayo de 1996. En 2001 fue nombrado obispo de Tapachula. El 25 de noviembre de 2006. Como consecuencia de la creación de la Provincia Eclesiástica de Chiapas, con elevación de Tuxtla Gutiérrez al nivel de sede metropolitana Su Santidad Benedicto XVI lo nombró primer arzobispo de Tuxtla Gutiérrez. Actualmente es vicepresidente de la Conferencia Episcopal Mexicana para el trienio 2009-2012 que termina en noviembre próximo.

Monseñor Rogelio Cabrera López tomará posesión como arzobispo de Monterrey el 5 de diciembre próximo y sucederá como pastor de la Arquidiócesis de Monterrey al cardenal Francisco Robles Ortega, quien en diciembre de 2011 tuvo la designación papal como nuevo arzobispo de Guadalajara para suceder al cardenal Juan Sandoval Íñiguez.

Que nuestra Señora del Roble, Patrona de esta querida Arquidiócesis de Monterrey, ilumine su ministerio y lo haga muy fecundo para el bien de esta Iglesia Arquidiocesana y de la Iglesia Universal.

miércoles, 10 de octubre de 2012

AÑO DE LA FE... ¿Cómo ganar la Indulgencia Plenaria?

El «Código de derecho canónico» (c. 992) y el «Catecismo de la Iglesia católica» (n. 1471), definen así la indulgencia: «La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos».

Nuestro Santísimo padre Benedicto XVI, concederá la indulgencia plenaria con motivo del Año de la Fe que será válida desde su apertura (11 de octubre de 2012 hasta su clausura, 24 de noviembre de 2013).

“En el día del cincuenta aniversario de la solemne apertura del Concilio Vaticano II —dice el texto oficial— el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha establecido el inicio de un Año particularmente dedicado a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación, con la lectura o, mejor, la piadosa meditación de los Actos del Concilio y de los artículos del Catecismo de la Iglesia Católica”.

“Ya que se trata, ante todo, de desarrollar en grado sumo —por cuanto sea posible en esta tierra— la santidad de vida y de obtener, por lo tanto, en el grado más alto la pureza del alma, será muy útil el gran don de las indulgencias que la Iglesia, en virtud del poder conferido de Cristo, ofrece a cuantos que, con las debidas disposiciones, cumplen las prescripciones especiales para conseguirlas”.

Durante todo el arco de este Año de la Fe —convocado del 11 de octubre de 2012 al 24 de noviembre de 2013— podrán conseguir la Indulgencia plenaria de la pena temporal por los propios pecados impartida por la misericordia de Dios, aplicable en sufragio de las almas de los fieles difuntos, todos los fieles verdaderamente arrepentidos, debidamente confesados, que hayan comulgado sacramentalmente y que recen según las oraciones del pontífice:

A) Cada vez que participen al menos en tres momentos de predicación durante las Sagradas Misiones, o al menos, en tres lecciones sobre los Actos del Concilio Vaticano II y sobre los artículos del Catecismo de la Iglesia en cualquier iglesia o lugar idóneo.

B) Cada vez que visiten en peregrinación una basílica papal, una catacumba cristiana o un lugar sagrado designado por el Ordinario del lugar para el Año de la Fe (por ejemplo basílicas menores, santuarios marianos o de los apóstoles y patronos) y participen en una ceremonia sacra o, al menos, se recojan durante un tiempo en meditación y concluyan con el rezo del Padre nuestro, la Profesión de fe en cualquier forma legítima, las invocaciones a la Virgen María y, según el caso, a los santos apóstoles o patronos.

C) Cada vez que en los días determinados por el Ordinario del lugar para el Año de la Fe, participen en cualquier lugar sagrado en una solemne celebración eucarística o en la liturgia de las horas, añadiendo la Profesión de fe en cualquier forma legítima.

D) Un día, elegido libremente, durante el Año de la Fe, para visitar el baptisterio o cualquier otro lugar donde recibieron el sacramento del Bautismo, si renuevan las promesas bautismales de cualquier forma legítima.

Los obispos diocesanos o eparquiales y los que están equiparados a ellos por derecho, en los días oportunos o con ocasión de las celebraciones principales, podrán impartir la Bendición Papal con la Indulgencia plenaria a los fieles.

El documento concluye recordando que los fieles que «por enfermedad o justa causa» no puedan salir de casa o del lugar donde se encuentren, podrán obtener la indulgencia plenaria, si unidos con el espíritu y el pensamiento a los fieles presentes, particularmente cuando las palabras del Sumo Pontífice o de los obispos diocesanos se transmitan por radio o televisión, recen, allí donde se encuentren, el Padre nuestro, la Profesión de fe en cualquier forma legítima y otras oraciones conformes a la finalidad del Año de la Fe ofreciendo sus sufrimientos o los problemas de su vida.

Quisiera recordar ahora, junto con todos, las condiciones para la indulgencia plenaria:

Además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia cumpliendo tres condiciones:

Confesión sacramental
Comunión Eucarística
Oración por las intenciones del Papa.

Con una sola confesión sacramental puede ganarse varias indulgencias plenarias; en cambio con una sola comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Papa sólo se gana una indulgencia plenaria. Las tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia, pero es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día.

La condición de orar por las intenciones del Papa se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y un Avemaría; pero se concede a cada fiel la facultad de orar con cualquier fórmula, según su piedad y devoción.

La indulgencia plenaria únicamente puede ganarse una vez al día, pero el fiel cristiano puede alcanzar indulgencia plenaria in artículo mortis, aunque el mismo día haya ganado otra indulgencia plenaria.

La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

La obra indicada para obtener la indulgencia plenaria aneja a una iglesia y oratorio consiste en la visita piadosa de este lugar, rezando el Padrenuestro y el Credo, a no ser que en algún caso especial se establezcan otras condiciones.

A 50 AÑOS DEL CONCILIO VATICANO II... en el mes de las misiones y el Rosario

El próximo día 11, en la plaza de san Pedro delante de la Basílica Vaticana y en todo el mundo, se abrirá el «AÑO DE LA FE» y se recordará que, hace 50 años, se celebró el acontecimiento eclesial más relevante del siglo XX —y tal vez también del siglo XXI—, el CONCILIO VATICANO II.

La celebración de este magno acontecimiento está enclavada en un mes que se caracteriza en la viva tradición de la Iglesia por ser el mes del Rosario y el mes del compromiso misionero.

La Iglesia es por su naturaleza misionera, dice el Concilio en el documento "Ad Gentes", porque la tarea de la Iglesia es prolongación de la misión de Cristo: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21), dijo Jesús resucitado a los Apóstoles en el cenáculo. La misión de la Iglesia es la misma de Cristo: llevar a todos el amor del Padre, anunciándolo con las palabras y con el testimonio concreto de la caridad. San Pablo, el apóstol de las gentes, escribía: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14). En el mes de octubre se busca que pueda cada cristiano hacer propias estas palabras, en la gozosa experiencia de ser misionero del Amor allí donde la Providencia le ha puesto, con humildad y valor, sirviendo al prójimo sin segundas intenciones y obteniendo en la oración la fuerza de la caridad alegre y laboriosa («Deus caritas est», 32-39).

El Rosario, por su parte, es oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la lectura, estudio y meditación de la Sagrada Escritura. Es la oración del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, en el seguimiento de Jesús, precedido por María.

El jueves 11, la Iglesia Universal dirigirá su mirada hacia Roma, agradeciendo aquella ventana que Juan XXIII quiso abrir el 11 de octubre de 1962 para refrescar el corazón de todos los creyentes y que Paulo VI concluyó solemnemente el 8 de diciembre de 1965. En aquel entonces ese día 11 era la fiesta de la Maternidad de María, de manera que los trabajos del Concilio quedaron enmarcados en estas fiestas marianas: «Maternidad de María—Inmaculada Concepción».

En realidad, no es entonces casualidad que el Santo Padre haya querido que este Año de la Fe se abra ese mismo día en que se iniciaron los trabajos de los padres Conciliares. El jueves a las 10 de la mañana, el Santo Padre Benedicto XVI, presidirá la Celebración Eucarística para la apertura del Año de la Fe. Concelebrarán junto a él los Cardenales, los Patriarcas y los Obispos Mayores de las Iglesias Católicas Orientales, los Obispos Padres Sinodales, los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo y algunos Obispos que participaron en calidad de Padres durante los trabajos del Concilio Ecuménico Vaticano II. El Año de la Fe comenzará este jueves y culminará el 24 de noviembre del próximo año.

Siguiendo las huellas de Juan XXIII hace exactamente 50 años, Benedicto XVI también viajó el jueves pasado al Santuario de Loreto, donde se custodia la casa de María de Nazaret, «para confiar a la Madre de Dios dos importantes iniciativas eclesiales: el Año de la Fe que comienza el 11 de octubre en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el Sínodo de Obispos sobre la Nueva Evangelización».

La ceremonia de inauguración del Año, mirará en muchos aspectos hacia el Concilio. Se leerán algunos fragmentos de las cuatro constituciones conciliares; se repetirá la mítica procesión del 12 de octubre de 1962, formada por todos los obispos, y al final de la Misa, se entregará un mensaje dirigido a los gobernantes, los hombres de poder, los políticos, las mujeres, los trabajadores, los pobres, los enfermos, los que sufren y los jóvenes, ya que las enseñanzas del Concilio no pertenecen al pasado, sino que son actuales y pertenecen al presente de la Iglesia. Los años pasan, pero la fuerza del Vaticano II permanece cargada de deseo por que el Evangelio de Cristo, llegue al mundo entero

En la ceremonia se utilizarán el mismo atril y las mismas Sagradas Escrituras utilizados durante los trabajos conciliares, y después de la Eucaristía, se hará referencia a las enseñanzas del Vaticano II como fuente de saber y actualidad de la Iglesia. Finalmente, el Santo Padre entregará a dos representantes de los catequistas de todo el mundo, una copia del Catecismo en edición especial, conmemorativa del XX aniversario, publicada para el Año de la Fe.

En fin, esta fiesta gozosa de la Iglesia es un fuerte motivo para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe como discípulos misioneros con un nuevo ardor, con nuevos métodos y con nuevas expresiones. Es un llamado a que todos los miembros de la Iglesia seamos para el mundo actual testigos gozosos y misioneros convincentes del Señor resucitado, capaces de señalar la “puerta de la fe” a tantos que están en búsqueda de la verdad.

Esta “puerta” abre los ojos del hombre para ver a Jesucristo presente entre nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo y que en este Año de la Fe vamos a re-estrenar.

El Año de la fe será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía. En la Eucaristía, misterio de la fe y fuente de la nueva evangelización, la fe de la Iglesia es proclamada, celebrada y fortalecida. Todos los fieles están invitados a participar de ella en forma consciente, activa y fructuosa, para ser auténticos testigos del Señor.

Durante este año el Santo Padre nos invita a dirigirnos, con particular devoción a María, imagen de la Iglesia, que «reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe» . Reconociendo el papel especial de María en el misterio de la salvación, amándola filialmente imitando su fe y virtud nos hace dirigir nuestra mirada a los santos y beatos, que son los auténticos testigos de la fe . Por lo tanto, será conveniente que conozcamos, durante este año, los santos y beatos de nuestros lugares.
El Año de la Fe nos hará conscientes de que no basta decir «Creo» si no vivimos nuestra fe y la transmitimos a los demás.

Hace 50 años, cuando el Concilio Vaticano II terminaba, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribía: "La renovación del Concilio Vaticano II nos pide mayor santidad, un mejor tender a la perfección" (f. 3921)... ¿Qué nos diría ahora? ¡Renovemos en este año especialísimo nuestra fe y nuestro deseo departicipar en la nueva evangelización del Pueblo de Dios, con nuestras palabras y nuestras vidas, con nuestro testimonio de hombres y mujeres de fe!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 7 de octubre de 2012

LOS NUEVOS DOCTORES DE LA IGLESIA... Palabras del Santo Padre Benedicto XVI


Hoy el Santo Padre Benedicto XVI, al abrir el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización,  declaró doctores de la Iglesia a san Juan de Ávila y a santa Hildegarda de Bingen. El Papa dijo: «Acogiendo el deseo de muchos Hermanos en el Episcopado y de muchos fieles del mundo entero, después de haber recibido el parecer de la Congregación de las Causas de los Santos, después de haber reflexionando largo tiempo y habiendo alcanzado plena y segura convicción, con la plenitud de la autoridad apostólica declaramos a San Juan de Ávila, sacerdote diocesano, y a Santa Hildegarda de Bingen, monja profesa de la Orden de San Benito, Doctores de la Iglesia Universal. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»

Después en la Homilía de la Misa de apertura del Sínodo enfatizó: "La santidad no conoce barreras culturales, sociales, políticas, religiosas. Su lenguaje – el del amor y la verdad – es comprensible a todos los hombres de buena voluntad y los acerca a Jesucristo, fuente inagotable de vida nueva.

San Juan de Ávila vivió en el siglo XVI. Profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, estaba dotado de un ardiente espíritu misionero. Supo penetrar con singular profundidad en los misterios de la redención obrada por Cristo para la humanidad. Hombre de Dios, unía la oración constante con la acción apostólica.

Se dedicó a la predicación y al incremento de la práctica de los sacramentos, concentrando sus esfuerzos en mejorar la formación de los candidatos al sacerdocio, de los religiosos y los laicos, con vistas a una fecunda reforma de la Iglesia.

Santa Hildegarda de Bilden, importante figura femenina del siglo XII, ofreció una preciosa contribución al crecimiento de la Iglesia de su tiempo, valorizando los dones recibidos de Dios y mostrándose una mujer de viva inteligencia, profunda sensibilidad y reconocida autoridad espiritual. El Señor la dotó de espíritu profético y de intensa capacidad para discernir los signos de los tiempos. Hildegarda alimentaba un gran amor por la creación, cultivó la medicina, la poesía y la música. Sobre todo conservó siempre un amor grande y fiel por Cristo y su Iglesia.

La mirada sobre el ideal de la vida cristiana, expresado en la llamada a la santidad, nos impulsa a mirar con humildad la fragilidad de tantos cristianos, más aun, su pecado, personal y comunitario, que representa un gran obstáculo para la evangelización, y a reconocer la fuerza de Dios que, en la fe, viene al encuentro de la debilidad humana. Por tanto, no se puede hablar de la nueva evangelización sin una disposición sincera de conversión. Dejarse reconciliar con Dios y con el prójimo (cf. 2 Cor 5,20) es la vía maestra de la nueva evangelización. Unicamente purificados, los cristianos podrán encontrar el legítimo orgullo de su dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y redimidos con la sangre preciosa de Jesucristo, y experimentar su alegría para compartirla con todos, con los de cerca y los de lejos." Benedecito XVI.

sábado, 6 de octubre de 2012

EL AÑO DE LA FE... Una oportunidad única para volver a nacer en Cristo

El Santo Padre Benedicto XVI, ha regalado a la Iglesia una carta apostólica titulada «Porta Fidei» La Puerta de la Fe) invitando a la Iglesia a vivir el "Año de la Fe". El Santo Padre de la exigencia de volver a descubrir el camino de la fe para resaltar cada vez más la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo.

A la luz de este pensamiento, el Papa nos invita a vivir este año especial que comenzará el próximo día 11 de octubre, en coincidencia con dos aniversarios: el quincuagésimo de la apertura del Concilio Vaticano II (1962) y el vigésimo de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica (1992).

El Año de la Fe se propone, ante todo, sostener la fe de tantos creyentes que, en medio de la fatiga cotidiana, no cesan de confiar, con convicción y valentía, su ser y quehacer al Señor Jesús. Su testimonio, que no es noticia en un mundo que parece haber extraviado muchos de los valores entre las corrientes filosóficas que centran todo en el materialismo, es el que permite a la Iglesia presentarse al mundo de hoy, como en el pasado, con la fuerza de la fe y con el entusiasmo de los sencillos. Este Año se inserta en una época concreta, el mundo hoy, caracterizado por una crisis generalizada que atañe también a la fe. La crisis de fe es la expresión dramática de una crisis antropológica que ha dejado al ser humano abandonado a sí mismo.

Es dentro de este marco que seguimos celebrando la reciente beatificación de la Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, una mujer siempre llena de fe y damos gracias por figuras de hombres y mujeres santos, que, como ella, han sabido ser presencia de Dios para que todos le conozcan y le amen.

Es necesario, en este año, ir más allá de la pobreza espiritual en que se encuentran muchos contemporáneos, que ya no perciben la ausencia de Dios en su vida, como una carencia que debe ser colmada. El Año de la Fe debe ser un camino que la comunidad cristiana brinde a los que viven con nostalgia de Dios y con el deseo de encontrarlo de nuevo.

Así, este acontecimiento, toca la vida diaria de cada creyente y la pastoral ordinaria de la comunidad cristiana, para que se vuelva a encontrar el espíritu misionero necesario para dar vida a la nueva evangelización. Este año debemos dar la primacía a la oración y especialmente a la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana de donde brota nuestra condición de discípulos misioneros.

A continuación les comparto el logo del Año de la Fe: Una barca, imagen de la Iglesia, cuyo mástil es una cruz con las velas desplegadas y el trigrama de Cristo (IHS). El sol, en el fondo, recuerda la Eucaristía.


Ell sito del evento www.annusfidei.va, en diversos idiomas, se puede consultar a través de todos los dispositivos móviles y tablets. También se ha hecho un homno: “Credo, Domine, adauge nobis fidem”. Asimismo, se nos invita a recitar el Credo diariamente: “Vivir el Año de la Fe”. Una pequeña imagen del Cristo de la catedral de Cefalú (Sicilia), en cuyo reverso está escrita la Profesión de Fe, acompañará a los fieles y peregrinos a lo largo de todo este Año de la Fe.

Entre los eventos más importantes que contarán con la presencia del Santo Padre y se celebrarán en Roma están la ceremonia de apertura del Año de la Fe que tendrá lugar en la Plaza de San Pedro, el jueves 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II. Habrá una solemne concelebración eucarística con todos los Padres sinodales, los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo entero y los últimos Padres conciliares.

El 21 de octubre se canonizarán 7 mártires y confesores de la fe: el francés Jacques Barthieu; el filipino Pedro Calugsod; el italiano Giovanni Battista Piamarta; la española María del Carmen; la iroquesa Katheri Tekakwhita y las alemanas Madre Marianne (Barbara Cope) y Anna Schäffer.

El 25 de enero de 2013, en la tradicional celebración ecuménica en la basílica romana de San Pablo Extramuros, se rezará para que a través de la profesión común del Símbolo los cristianos no olvidemos el camino de la unidad.

El 28 de abril el Santo Padre confirmará a un grupo de jóvenes.

El domingo 5 de mayo, estará dedicado a la piedad popular y a la labor de las cofradías.

El 18 de mayo, se llevará a cabo una solemne vigilia de Pentecostés, en la que los movimientos antiguos y nuevos se reunirán en la Plaza de San Pedro.

El domingo 2 de junio, por la fiesta de Corpus Christi; habrá una solemne adoración eucarística y, a la misma hora, en todas las catedrales e iglesias del mundo se hará lo mismo.

El domingo, 16 de junio, estará dedicado al testimonio del Evangelio de la Vida.

El 7 de julio, concluirá en la Plaza de San Pedro, la peregrinación de los seminaristas, novicias y novicios de todo el mundo.

El 29 de septiembre, los protagonistas serán los catequistas en el aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

El 13 de octubre estará dedicado a la presencia de María en la Iglesia.

Por último, el 24 de noviembre se celebrará la jornada de clausura del Año.

Diversos dicasterios de la Curia Romana tienen en programa iniciativas publicadas en el calendario. El Año se enriquecerá con eventos culturales, entre los cuales, una exposición sobre San Pedro en Castel Sant'Angelo (7 febrero- 1 mayo 2013) y un concierto en la Plaza de San Pedro (22 de junio 2013).

El Año de la Fe se asocia espontáneamente a la temática que se aborda en la XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos, convocada para este mes de octubre: "La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Los destinatarios de la nueva evangelización son en primer lugar los bautizados que no viven la fe y están alejados de la Iglesia".

domingo, 23 de septiembre de 2012

El Vanclarista y el Año de la Fe...

Como sabemos, el 11 de octubre de 2012 iniciaremos con toda la iglesia, convocados por el Papa Benedicto XVI, el AÑO DE LA FE. Es una invitación conmemorativa de los cincuenta años de la apertura de del Concilio Ecuménico Vaticano II (1963 -1965), también celebraremos los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, señalado por el Papa como un “subsidio preciosos e indispensable…uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II”(2). Este año de la fe culminará el 24 de noviembre de 2013, Solemnidad de Cristo Rey del Universo.

El Papa Benedicto en la carta apostólica que ha escrito para la ocasión, llamada “Porta Fidei” (La Puerta de la Fe), nos invita a adquirir una exacta conciencia de la fe, para reanimarla, purificarla, confirmarla y confesarla. Es necesario leerla y seguir las propuestas que el Santo Padre nos hace. El 10 de agosto pasado, el Papa Benedicto XVI explicó que la nueva evangelización que necesita el mundo actual, requiere por parte de los laicos un testimonio valiente y creíble, que permita llevar la esperanza del Evangelio a todos los ámbitos de la sociedad.

Lo más importante en este año, para el Vanclarista, según nos dice el Papa, será descubrir que la fe no es un contenido intelectual o una teoría, sino el encuentro con una persona, que vive en la iglesia (Jesucristo) y que, a la profesión de fe (credo) sigue la explicación de la vida sacramental, ya que sin la Liturgia y los Sacramentos “la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la Gracia que sostiene el testimonio de los cristianos.

Acabamos de celebrar, llenos de gozo, la beatificación de nuestra amada Madre Fundadora María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, una mujer de fe profunda y arraigada en las enseñanzas de la Iglesia; una mujer de una talla impresionante en el amor y en la fidelidad a la Iglesia; un alma que trazó un camino para encontrarse con Cristo en la vida de fe.

Muchas veces el Papa recurre a la metáfora del camino: la fe como camino y el camino de la fe, pero antes del camino está la puerta, de allí el nombre de la declaración de convocatoria: «La Puerta de la Fe» o «Porta Fidei» (cfr. Hch 14,27). La fe es, por una parte, adhesión a los contenidos recibidos por la Revelación Divina, que nos transmite la Iglesia y se viven en ella y, por otra parte se apoya en la confianza absoluta en el testimonio divino, que no engaña (le creemos). La teología habla de “creer que” y “creer en”, la fe objetiva y la fe subjetiva.

La fe, para cada uno de los miembros de Van-Clar, no puede ser, de ninguna manera, un acto privado, para vivirla de manera individual, porque Van-Clar es una comunidad insertada en la Iglesia Familia de Dios. La tarea del Vanclarista, que es «dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre», lo debe llevar a echarse encima una responsabilidad social de lo que se cree, una dimensión pública donde se profese y se manifieste esta fe al estilo de Madre Inés.

En el «mundo» en el que el Vanclarista se desenvuelve, los valores de la fe —aún por muchos que se dicen católicos—, son desconocidos, incomprendidos, obstaculizados, negados y hasta combatidos. El Vanclarista mismo, en su condición de laico, se da cuenta de que su propio ambiente no se ha llegado a impregnar con los valores cristianos. Esto hace más necesario un replanteo, una nueva evangelización, una misión permanente, volver a predicar la fe sin dar nada por supuesto. Dice la Beata María Inés Teresa que “los Vanclaristas son misioneros seglares que viven en el espíritu de Cristo; que se apasionan por Él, que dan testimonio de Él con su vida, sus ejemplos, su cristianismo y de allí dimana una vida mejor, ya sea en la sacerdotal, en la religiosa, en la familiar, en la profesional, etc., entregados a la voluntad del Padre con sencillez, alegría y gran confianza impregnando todos los ambientes del amor de Cristo y su Iglesia”. (Cf. Guía del Vanclarista). La fe se demuestra en las obras de amor hacia los demás. (Cfr. Sant. 2,14 -18).

Sabemos que la fe es un acto personal y comunitario a la vez: es un don de Dios, para vivirlo en la gran comunión de la iglesia y comunicarlo al mundo, como discípulos misioneros de Aquel que da inicio y lleva a término la obra. Los Vanclaristas, son misioneros del Evangelio para el ambiente social del trabajo, de la educación, de las relaciones comerciales… La Iglesia, a través del espíritu y espiritualidad de Madre Inés, los envía a la misión permanente en nombre de Cristo. ¿Quién mejor que ustedes puede anunciar el amor de Cristo a sus contemporáneos en el mundo?

La Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, tal vez adelantándose un poco a las líneas de acción que luego daría el Concilio Vaticano II, pero siempre inspirada por Dios, nunca pensó en los Vanclaristas simplemente como «colaboradores» o «cooperadores» del clero y de los religiosos en la extensión del Reino, sino como «laicos corresponsables» del ser y el actuar de la Iglesia Misionera. Esta corresponsabilidad, dice ahora el Papa Benedicto XVI, exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, y por lo tanto, es importante que se consolide un laicado maduro y comprometido.

Por lo tanto, el Vanclarista debe considerarse a la «vanguardia» de la acción misionera que impulsa la fe en todos los ámbitos del mundo. El nombre de «Vanclarista» viene de «Vanguardias Clarisas», es decir, el brazo derecho de las Misioneras Clarisas y ahora de toda la Familia Inesiana.

Cada Vanclarista debe sentir como suyo “el compromiso a trabajar por la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación activa en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva hacia el mundo, en la continua búsqueda de los signos de los tiempos” (Mensaje del Papa Benedicto XVI el 10 de agosto de 2012) y por lo mismo, ni él ni su grupo se pueden cansar de afinar cada vez más por medio de la formación inicial y permanente su peculiar vocación de fiele laicos “llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleva esperanza en las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida”. (Mensaje del Papa Benedicto XVI el 10 de agosto de 2012).

El “Año de la fe” será, entonces, para cada Vanclarista y para cada grupo de Van-Clar, una llamada urgente como responsables de la transmisión de la fe en el ambiente que les rodea, para que lo hagan con mucha más fuerza y convencimiento, convencidos de que sólo así colaborar a la construcción de la nueva civilización del amor con nuevos métodos, con nuevas expresiones y con el nuevo ardor de la «Nueva Evangelización».

La tarea no es sencilla pues cada uno va a tener que poner un gran esfuerzo para que la vivencia de la fe en el mundo actual sea una realidad y la conservación, transmisión y acrecentamiento de la fe ocupe un puesto prioritario en sus preocupaciones como laicos. El Santo Padre, en este documento “Porta Fidei” los alienta a vivir la fe cuando dice: “Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19). Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban”. (Porta Fidei 13).

El “Año de la fe” debe ser, para cada uno y para todos, junto con los demás miembros de la Familia Inesiana, una llamada a confesar nuestra fe, con el mismo celo misionero de nuestra Beata Madre Fundadora, en medio de un mundo que se muestra tantas veces increyente y laicista; por eso, porque hemos de hacerlo en medio de un mundo que no desprecia o menosprecia la fe, hemos de mostrarnos con sencillez como auténticos y verdaderos creyentes, capaces de transformar nuestra vida desde la fe y desde el mensaje salvador de Jesucristo. Sólo así seremos creíbles ante los que no creen o se muestran indiferentes respecto a la fe, a Dios y a cuanto tenga relación con Él.

El “Año de la fe” urge a una revisión profunda y seria del compromiso misionero que se ha adquirido al hacer el compromiso. Sin embargo, con la mentalidad siempre positiva y abierta de Madre Inés, no debe ser esta una ocasión para desanimarnos ante los fallos personales o de grupo, sino para conocer donde y en qué situación espiritual y misionera estamos y, desde ahí, emprender un camino de conversión a lo que Dios y el mundo espera de Van-Clar. El Señor lo pide y la sociedad actual lo reclama; el mundo tiene puestos sus ojos en las vidas de los creyentes, de los laicos comprometidos, de los misioneros seglares, para comprobar si realmente se corresponde lo que dicen, con lo que son y con lo que viven. Luego del gozo de la beatificación de Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, no pueden defraudarse ni defraudar al mundo y, mucho menos, permitir que, por una vivencia mezquina o defectuosa de la fe en el compromiso misionero que libremente se ha hecho, aquellos que no creen porque aún no conocen al Señor o son indiferentes porque aún no le aman, en vez de animarse a buscar a Dios, reavivar su fe y plantearse su vida como seguidores de Jesús, lleguen a la conclusión de que para vivir como cristianos católicos, no merece la pena descubrir a Jesucristo.

Hay mucho por hacer en este Año de la Fe. El Papa nos invita a todos mirar a María, la mujer de fe profunda, la mujer que nunca fue vacilante ante lo que Dios le pedía. “Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4)”.

Ella, vestida de «Guadalupana» es Patrona de los Vanclaristas, y de la mano de ella hay que entrar al “Año de la Fe” reforzando y fortaleciendo la condición de discípulos y seguidores de Jesús, por medio de la propia y auténtica conversión de vida según el Evangelio y el carisma heredado de su beata madre fundadora; y poniendo en práctica su característica condición de misioneros laicos, en virtud de la cual no pueden, ni deben, guardarse para sí la fe, sino comprometerse a ser portadores de la misma para los demás, llevándola al corazón del mundo y siendo cause para que se encuentren con el Señor para los que aún no le conocen ni le aman.

ALFREDO DELGADO RANGEL, M.C.I.U.

viernes, 14 de septiembre de 2012

SAN JUAN DE ÁVILA Y SANTA HILDEGARDA DE BINGEN... Los nuevos doctores de la Iglesia

El Papa Benedicto XVI declarará el próximo 7 de octubre de 2012, al inicio del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, dos nuevos Doctores de la Iglesia: el español San Juan de Ávila y la alemana Santa Hildegarda de Bingen.

El Santo Padre ha explicado que si bien ambos testigos de la fe vivieron en periodos históricos muy diferentes, «la santidad de la vida y la profundidad de la doctrina los hacen perennemente actuales».

El Papa dice que la gracia del Espíritu Santo, proyectó a cada uno de ellos hacia esa experiencia de penetrante comprensión de la revelación divina y de diálogo inteligente con el mundo, que constituyen el horizonte permanente de la vida y de la acción de la Iglesia.

Santa Hildegarda fue monja benedictina en el corazón del Medioevo alemán, auténtica maestra de teología y profunda estudiosa de las ciencias naturales y de la música".

San Juan de Ávila fue un sacerdote diocesano en los años del renacimiento español que participó en el afán de la renovación cultural y religiosa de la Iglesia y de la coordinación en los albores de la modernidad.

El título de Doctor de la Iglesia se da a santos cuya enseñanza teológica es válida para todos los tiempos.

Pablo VI nombró sólo dos doctores de la Iglesia : Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena. Juan Pablo II nombró a una, Santa Teresa de Lisieux en 1997. Con estos dos nuevos nombramientos de Benedicto XVI en octubre, el número total de Doctores de la Iglesia será de 35.




El título de Doctor de la Iglesia se da a santos cuya enseñanza teológica es válida para todos los tiempos.

Pablo VI nombró sólo dos doctores de la Iglesia : Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena. Juan Pablo II nombró a una, Santa Teresa de Lisieux en 1997. Con estos dos nuevos nombramientos de Benedicto XVI en octubre, el número total de Doctores de la Iglesia será de 35.

sábado, 21 de julio de 2012

Maizena o maicena según la marca... ¡un postre delicioso!

Un misionero tiene que saber hacer de todo, hasta un rico y sencillo postre porque, como decimos los mexicanos: ¿Se puede llegar a ofrecer!

Tanto mamá como tía Angélica, tía Yola, tía Elsa, tía Dulce, Tía Myrna y tía Celina )de feliz memoria las dos últimas) y las otras tías, prepararon y siguen preparando este postre sencillo y delicioso cuya receta les comparto porque no es nada complicado hacerlo.

Esta es la receta:

Ingredientes:
° Una lata de leche condensada.
° Dos yemas de huevo.
° Cinco cucharadas copeteadas de maizena o maicena.
° Agua.

Procedimiento:
° Se pone a hervir la lata de leche condensada con una lata y media de agua.
° Aparte se ponen en un recipiente, media lata de agua, las dos yemas y las cinco cucharadas copeteadas de maizena o maicena y se revuelven evitando que se hagan grumos.
° Se vacía esto último lentamente a lo que está hirviendo y se va bajando el fuego mientras se está constantemente moviendo con una cuchara.
° Se sirve en moldes pequeños y ya está.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.