domingo, 23 de septiembre de 2012

El Vanclarista y el Año de la Fe...

Como sabemos, el 11 de octubre de 2012 iniciaremos con toda la iglesia, convocados por el Papa Benedicto XVI, el AÑO DE LA FE. Es una invitación conmemorativa de los cincuenta años de la apertura de del Concilio Ecuménico Vaticano II (1963 -1965), también celebraremos los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, señalado por el Papa como un “subsidio preciosos e indispensable…uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II”(2). Este año de la fe culminará el 24 de noviembre de 2013, Solemnidad de Cristo Rey del Universo.

El Papa Benedicto en la carta apostólica que ha escrito para la ocasión, llamada “Porta Fidei” (La Puerta de la Fe), nos invita a adquirir una exacta conciencia de la fe, para reanimarla, purificarla, confirmarla y confesarla. Es necesario leerla y seguir las propuestas que el Santo Padre nos hace. El 10 de agosto pasado, el Papa Benedicto XVI explicó que la nueva evangelización que necesita el mundo actual, requiere por parte de los laicos un testimonio valiente y creíble, que permita llevar la esperanza del Evangelio a todos los ámbitos de la sociedad.

Lo más importante en este año, para el Vanclarista, según nos dice el Papa, será descubrir que la fe no es un contenido intelectual o una teoría, sino el encuentro con una persona, que vive en la iglesia (Jesucristo) y que, a la profesión de fe (credo) sigue la explicación de la vida sacramental, ya que sin la Liturgia y los Sacramentos “la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la Gracia que sostiene el testimonio de los cristianos.

Acabamos de celebrar, llenos de gozo, la beatificación de nuestra amada Madre Fundadora María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, una mujer de fe profunda y arraigada en las enseñanzas de la Iglesia; una mujer de una talla impresionante en el amor y en la fidelidad a la Iglesia; un alma que trazó un camino para encontrarse con Cristo en la vida de fe.

Muchas veces el Papa recurre a la metáfora del camino: la fe como camino y el camino de la fe, pero antes del camino está la puerta, de allí el nombre de la declaración de convocatoria: «La Puerta de la Fe» o «Porta Fidei» (cfr. Hch 14,27). La fe es, por una parte, adhesión a los contenidos recibidos por la Revelación Divina, que nos transmite la Iglesia y se viven en ella y, por otra parte se apoya en la confianza absoluta en el testimonio divino, que no engaña (le creemos). La teología habla de “creer que” y “creer en”, la fe objetiva y la fe subjetiva.

La fe, para cada uno de los miembros de Van-Clar, no puede ser, de ninguna manera, un acto privado, para vivirla de manera individual, porque Van-Clar es una comunidad insertada en la Iglesia Familia de Dios. La tarea del Vanclarista, que es «dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre», lo debe llevar a echarse encima una responsabilidad social de lo que se cree, una dimensión pública donde se profese y se manifieste esta fe al estilo de Madre Inés.

En el «mundo» en el que el Vanclarista se desenvuelve, los valores de la fe —aún por muchos que se dicen católicos—, son desconocidos, incomprendidos, obstaculizados, negados y hasta combatidos. El Vanclarista mismo, en su condición de laico, se da cuenta de que su propio ambiente no se ha llegado a impregnar con los valores cristianos. Esto hace más necesario un replanteo, una nueva evangelización, una misión permanente, volver a predicar la fe sin dar nada por supuesto. Dice la Beata María Inés Teresa que “los Vanclaristas son misioneros seglares que viven en el espíritu de Cristo; que se apasionan por Él, que dan testimonio de Él con su vida, sus ejemplos, su cristianismo y de allí dimana una vida mejor, ya sea en la sacerdotal, en la religiosa, en la familiar, en la profesional, etc., entregados a la voluntad del Padre con sencillez, alegría y gran confianza impregnando todos los ambientes del amor de Cristo y su Iglesia”. (Cf. Guía del Vanclarista). La fe se demuestra en las obras de amor hacia los demás. (Cfr. Sant. 2,14 -18).

Sabemos que la fe es un acto personal y comunitario a la vez: es un don de Dios, para vivirlo en la gran comunión de la iglesia y comunicarlo al mundo, como discípulos misioneros de Aquel que da inicio y lleva a término la obra. Los Vanclaristas, son misioneros del Evangelio para el ambiente social del trabajo, de la educación, de las relaciones comerciales… La Iglesia, a través del espíritu y espiritualidad de Madre Inés, los envía a la misión permanente en nombre de Cristo. ¿Quién mejor que ustedes puede anunciar el amor de Cristo a sus contemporáneos en el mundo?

La Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, tal vez adelantándose un poco a las líneas de acción que luego daría el Concilio Vaticano II, pero siempre inspirada por Dios, nunca pensó en los Vanclaristas simplemente como «colaboradores» o «cooperadores» del clero y de los religiosos en la extensión del Reino, sino como «laicos corresponsables» del ser y el actuar de la Iglesia Misionera. Esta corresponsabilidad, dice ahora el Papa Benedicto XVI, exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, y por lo tanto, es importante que se consolide un laicado maduro y comprometido.

Por lo tanto, el Vanclarista debe considerarse a la «vanguardia» de la acción misionera que impulsa la fe en todos los ámbitos del mundo. El nombre de «Vanclarista» viene de «Vanguardias Clarisas», es decir, el brazo derecho de las Misioneras Clarisas y ahora de toda la Familia Inesiana.

Cada Vanclarista debe sentir como suyo “el compromiso a trabajar por la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación activa en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva hacia el mundo, en la continua búsqueda de los signos de los tiempos” (Mensaje del Papa Benedicto XVI el 10 de agosto de 2012) y por lo mismo, ni él ni su grupo se pueden cansar de afinar cada vez más por medio de la formación inicial y permanente su peculiar vocación de fiele laicos “llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleva esperanza en las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida”. (Mensaje del Papa Benedicto XVI el 10 de agosto de 2012).

El “Año de la fe” será, entonces, para cada Vanclarista y para cada grupo de Van-Clar, una llamada urgente como responsables de la transmisión de la fe en el ambiente que les rodea, para que lo hagan con mucha más fuerza y convencimiento, convencidos de que sólo así colaborar a la construcción de la nueva civilización del amor con nuevos métodos, con nuevas expresiones y con el nuevo ardor de la «Nueva Evangelización».

La tarea no es sencilla pues cada uno va a tener que poner un gran esfuerzo para que la vivencia de la fe en el mundo actual sea una realidad y la conservación, transmisión y acrecentamiento de la fe ocupe un puesto prioritario en sus preocupaciones como laicos. El Santo Padre, en este documento “Porta Fidei” los alienta a vivir la fe cuando dice: “Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19). Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban”. (Porta Fidei 13).

El “Año de la fe” debe ser, para cada uno y para todos, junto con los demás miembros de la Familia Inesiana, una llamada a confesar nuestra fe, con el mismo celo misionero de nuestra Beata Madre Fundadora, en medio de un mundo que se muestra tantas veces increyente y laicista; por eso, porque hemos de hacerlo en medio de un mundo que no desprecia o menosprecia la fe, hemos de mostrarnos con sencillez como auténticos y verdaderos creyentes, capaces de transformar nuestra vida desde la fe y desde el mensaje salvador de Jesucristo. Sólo así seremos creíbles ante los que no creen o se muestran indiferentes respecto a la fe, a Dios y a cuanto tenga relación con Él.

El “Año de la fe” urge a una revisión profunda y seria del compromiso misionero que se ha adquirido al hacer el compromiso. Sin embargo, con la mentalidad siempre positiva y abierta de Madre Inés, no debe ser esta una ocasión para desanimarnos ante los fallos personales o de grupo, sino para conocer donde y en qué situación espiritual y misionera estamos y, desde ahí, emprender un camino de conversión a lo que Dios y el mundo espera de Van-Clar. El Señor lo pide y la sociedad actual lo reclama; el mundo tiene puestos sus ojos en las vidas de los creyentes, de los laicos comprometidos, de los misioneros seglares, para comprobar si realmente se corresponde lo que dicen, con lo que son y con lo que viven. Luego del gozo de la beatificación de Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, no pueden defraudarse ni defraudar al mundo y, mucho menos, permitir que, por una vivencia mezquina o defectuosa de la fe en el compromiso misionero que libremente se ha hecho, aquellos que no creen porque aún no conocen al Señor o son indiferentes porque aún no le aman, en vez de animarse a buscar a Dios, reavivar su fe y plantearse su vida como seguidores de Jesús, lleguen a la conclusión de que para vivir como cristianos católicos, no merece la pena descubrir a Jesucristo.

Hay mucho por hacer en este Año de la Fe. El Papa nos invita a todos mirar a María, la mujer de fe profunda, la mujer que nunca fue vacilante ante lo que Dios le pedía. “Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4)”.

Ella, vestida de «Guadalupana» es Patrona de los Vanclaristas, y de la mano de ella hay que entrar al “Año de la Fe” reforzando y fortaleciendo la condición de discípulos y seguidores de Jesús, por medio de la propia y auténtica conversión de vida según el Evangelio y el carisma heredado de su beata madre fundadora; y poniendo en práctica su característica condición de misioneros laicos, en virtud de la cual no pueden, ni deben, guardarse para sí la fe, sino comprometerse a ser portadores de la misma para los demás, llevándola al corazón del mundo y siendo cause para que se encuentren con el Señor para los que aún no le conocen ni le aman.

ALFREDO DELGADO RANGEL, M.C.I.U.

viernes, 14 de septiembre de 2012

SAN JUAN DE ÁVILA Y SANTA HILDEGARDA DE BINGEN... Los nuevos doctores de la Iglesia

El Papa Benedicto XVI declarará el próximo 7 de octubre de 2012, al inicio del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, dos nuevos Doctores de la Iglesia: el español San Juan de Ávila y la alemana Santa Hildegarda de Bingen.

El Santo Padre ha explicado que si bien ambos testigos de la fe vivieron en periodos históricos muy diferentes, «la santidad de la vida y la profundidad de la doctrina los hacen perennemente actuales».

El Papa dice que la gracia del Espíritu Santo, proyectó a cada uno de ellos hacia esa experiencia de penetrante comprensión de la revelación divina y de diálogo inteligente con el mundo, que constituyen el horizonte permanente de la vida y de la acción de la Iglesia.

Santa Hildegarda fue monja benedictina en el corazón del Medioevo alemán, auténtica maestra de teología y profunda estudiosa de las ciencias naturales y de la música".

San Juan de Ávila fue un sacerdote diocesano en los años del renacimiento español que participó en el afán de la renovación cultural y religiosa de la Iglesia y de la coordinación en los albores de la modernidad.

El título de Doctor de la Iglesia se da a santos cuya enseñanza teológica es válida para todos los tiempos.

Pablo VI nombró sólo dos doctores de la Iglesia : Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena. Juan Pablo II nombró a una, Santa Teresa de Lisieux en 1997. Con estos dos nuevos nombramientos de Benedicto XVI en octubre, el número total de Doctores de la Iglesia será de 35.




El título de Doctor de la Iglesia se da a santos cuya enseñanza teológica es válida para todos los tiempos.

Pablo VI nombró sólo dos doctores de la Iglesia : Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena. Juan Pablo II nombró a una, Santa Teresa de Lisieux en 1997. Con estos dos nuevos nombramientos de Benedicto XVI en octubre, el número total de Doctores de la Iglesia será de 35.

sábado, 21 de julio de 2012

Maizena o maicena según la marca... ¡un postre delicioso!

Un misionero tiene que saber hacer de todo, hasta un rico y sencillo postre porque, como decimos los mexicanos: ¿Se puede llegar a ofrecer!

Tanto mamá como tía Angélica, tía Yola, tía Elsa, tía Dulce, Tía Myrna y tía Celina )de feliz memoria las dos últimas) y las otras tías, prepararon y siguen preparando este postre sencillo y delicioso cuya receta les comparto porque no es nada complicado hacerlo.

Esta es la receta:

Ingredientes:
° Una lata de leche condensada.
° Dos yemas de huevo.
° Cinco cucharadas copeteadas de maizena o maicena.
° Agua.

Procedimiento:
° Se pone a hervir la lata de leche condensada con una lata y media de agua.
° Aparte se ponen en un recipiente, media lata de agua, las dos yemas y las cinco cucharadas copeteadas de maizena o maicena y se revuelven evitando que se hagan grumos.
° Se vacía esto último lentamente a lo que está hirviendo y se va bajando el fuego mientras se está constantemente moviendo con una cuchara.
° Se sirve en moldes pequeños y ya está.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 22 de junio de 2012

LA PRIMERA FIESTA LITÚRGICA DE MADRE INÉS... 22 de junio de 2012

Este 22 de junio, la Iglesia Católica celebra la primera fiesta litúrgica de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento para cuya ocasión se han aprobado ya los textos litúrgicos correspondientes tanto para la Misa como para el rezo de la Liturgia de las Horas.

En las diversas partes del mundo en donde la «Familia Inesiana» está presente, han iniciado los festejos y celebraciones en las diversas lenguas y usanzas de las naciones de todos los continentes. En Roma, para celebrar la ocasión ha sido presentado en su versión italiana el libro "Hacer de la vida un himno", escrito por un  autor de reconocidísimo renombre en el campo misionero: Mons. Juan Esquerda Bifet. Mañana, en la Casa General de las Misioneras Clarisas, en donde está el Mausoleo con los restos (reliquias) de Madre Inés, el Card. Giuseppe Bertello presidirá la Primera Misa Solemne en honor de la nueva Beata.  El día 23 en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, el Card. Francis Arinze presidirá una Misa de Acción de Gracias por este regalo del cielo.

La fundadora de la «Familia Inesiana», recien beatificada el 21 de abril de 2012, abre un camino de santidad y de esperanza en la Iglesia Católica en vísperas de iniciarse el "Año de la Fe" el próximo mes de octubre, recordando que todos los hombres y mujeres pueden alcanzar la santidad realizando la tarea de ser discípulos y misioneros en sus actividades ordinarias con un corazón sin fronteras, uniendo la contemplación y la acción en el ser y quehacer de cada día.

La Madre Inés, como es conocida por muchos, nació en una hermosa familia católica el 7 de julio 1904 en Ixtlán del Río, en el estado de Nayarit, en México. En el año de 1924, durante un Congreso Eucarístico que se celebraba en México, se sintió plenamente atraída por Jesús, a cuyo Amor Misericordioso se consagró como víctima de holocausto en 1926. Movida por el ansia de "salvar almas" al estilo de santa Teresita del Niño Jesús, ingresó al Monasterio de Clarisas del «Ave María», donde permaneció 16 años. En 1930, al hacer su profesión religiosa, tuvo una fuerte experiencia espiritual con la Virgen de Guadalupe que la marcó para siempre y de la que nació su obra contemplativa y misionera en1951, fundando, en primer lugar, la congregación religiosa de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento y continuando años más tarde con los sacerdotes religiosos Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Ella es la fundadora e inspiradora de la hoy llamada «Familia Inesiana», que con un carisma Eucarístico, Sacerdotal-oblativo, Mariano, Misionero y Alegre, hace presente a Cristo y a la Iglesia en el mundo. Su vida aquí en la tierra fue un himno de alabanza, para la gloria de Dios y la salvación de las almas hasta que murió en Roma el 22 de julio de 1981. Desde entonces se ha convertido en la estrella que irradia la luz de Cristo para que todos le conozcan y le amen.

Cuando entregó su alma a Dios, la «Familia Inesiana» estaba ya extendida en los cinco continentes, y contaba con muchos miembros de diversas nacionalidades, al servicio de la Iglesia con el mismo espíritu de plena unión y veneración al Papa, a quien llamó siempre "mi dulce Cristo de la tierra".

El 21 de abril de 2012, el Santo Padre Benedicto XVI beatificó a Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en una ceremonia presidida en su nombre por el Prefecto de la Causa de los Santos, el Cardenal Angelo Amato, en una solemne ceremonia en la Basílica de Guadalupe de México, ante casi 20,000 personas de todo el mundo.

"La misión especial de María —dijo el Cardenal durante la homilía— ha sido la de conducir a los bautizados a Cristo Rey, haciendo florecer mártires y santos, que han sido testigos heroicos del Evangelio de la vida, de la verdad, de la justicia y de la paz. La Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es uno de estos testigos heroicos, que ha puesto todas sus energías de la naturaleza y de la gracia al servicio del reino de Cristo, según el lema: «Es urgente que Cristo reine»".

El Cardenal puntualizó también: "Nadie duda de la gran actualidad de este carisma misionero. Hoy, en América Latina y en toda la Iglesia, es urgente la evangelización, no solo como primer anuncio a los que no conocen el Evangelio, sino también como nueva propuesta de la palabra de Dios a los que la han olvidado y descuidado y que llevan una existencia lejana de la verdad de la palabra de Jesús y de los sacramentos salvíficos de la Iglesia."

En este contexto, y como un homenaje especial a Madre Inés en esta su primera fiesta, ofrecemos ahora la lectura especial para el Oficio de la Liturgia de las Horas de este día, de manera que en ella encontremos una motivación para ser esos discípulos y misioneros que se requieren para preparar el Año de la Fe que ya se acerca:


De los escritos de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, virgen 
(C. Publica del Proc. Dioc. Vol. VII, ff. 418-419) 
QUE TODOS TE CONOZCAN Y TE AMEN ES LA ÚNICA RECOMPENSA QUE QUIERO

¡El alma misionera quisiera que miles de almas se lanzaran llenas de fe, de esperanza y de amor, a la conquista de esos hermanos nuestros que aún gimen en las tinieblas del error! ¡Quisiera llevar el nombre de Dios a todos los confines de la tierra, y con él, la dulce imagen de María santísima de Guadalupe, para que ella prepare a los pobrecitos no creyentes, y un día no lejano, sean su trono de amor y ellos también puedan cantar al Señor y bendecir su nombre; anunciar día tras día su salvación. Y dice al Señor, si tú quieres servirte de mí, pobre y miserable instrumento para tu gloria, di solamente a mi alma ansiosa de hacerte conocer y amar, aquellas palabras del salmista: contad su gloria a las naciones, a todos los pueblos sus maravillas. Manejando tú este inútil instrumento, las almas corresponderán a tus designios, serán vasallos amorosos que seguirán a su Rey inmortal. ¡Que se conviertan todos, Señor, que todos te amen! Pero pronto. Señor Jesús, tú eres quien has puesto dentro de mi ser estas ansias que me devoran; este deseo irresistible de que te amen. Lleva muchos obreros a tu viña. ¡Oh Padre celestial!, llévame a mí; yo quiero ofrendarte todos mis amores, quiero dejarlo todo por ti, quiero sacrificarme, en el corazón de María, por la salvación de las almas. A los pueblos cristianizados por tu mandato aquel de: Id de dos en dos y predicad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Si tú Señor, has puesto en mí este ardiente deseo ¿por qué no te sirves de este inútil instrumento que sólo anhela desaparecer en tus divinas manos? ¡Ah Jesús!, esta ansia me devora. Estoy íntimamente convencida, de que si tú manejas este deforme instrumento, harás maravillas por él. Me pongo en tus manos; me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad; haz de mí lo que tú quieras, pero dame almas, muchas almas, infinitas almas. Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero.

Qué consuelo para nuestro amado Pastor supremo, el Papa, que, por mediación de Santa María de Guadalupe y de los misioneros, se lleve a todas las naciones el nombre de Jesucristo, su Evangelio y la hermosa imagen de la amada Morenita, como estandarte de paz, de dicha, de amor; de reconciliación entre Dios y la tierra. Sé también Jesús mío, que el alma de todo apostolado es el alma de oración; que a la oración están vinculadas las gracias de conversión. Por eso la oración es la vocación esencial de todo misionero, la oración es la hoguera donde debe caldearse su alma; la oración es la fuente en donde debe saciar su sed de almas. Que no nos permitamos reposo alguno mientras haya en el mundo una sola persona que no conozca a Cristo, ese es nuestro ser misionero. Y esto es nuestro más caro derecho, nuestra más dulce obligación y nuestro más sagrado deber. Deber y derecho que no debemos olvidar en ningún momento de nuestra vida. Ser misioneros... ¿Cómo?... ¡hasta dar la vida si es necesario!... ¿Dónde?... ¡En todas partes!... ¿Cuándo?... ¡Siem-pre!... ¿Medida? la obediencia. Como él, que fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz y heme aquí que vengo para hacer tu santísima voluntad. Sí, misioneros con él, por él y en él. Pero como él, con él y en él en toda la extensión de la palabra: en el sacrificio, en el dolor, en el sufrimiento, hasta la muerte. Pero también en la alegría, en nuestra diaria Eucaristía, en nuestra oración, adoración, en el diario apostolado, en cualquier clase de trabajo, mientras dormimos y mientras comemos, mientras descansamos y mientras respiramos, mientras se consume nuestra vida minuto a minuto y ¡en cada latido de nuestro corazón! Nuestro espíritu misionero debe ser universal, abarcar a todos los pueblos, razas y naciones, abarcar el mundo, no deben existir fronteras de ninguna especie.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Coronación de María... La maternidad

Estamos por concluir el mes de mayo, mes mariano por excelencia y mes en que nuestra sociedad celebra a las madres de familia.

Quiero compartir con ustedes algunas ideas que me gustaría fueran en especial para todas las mamás que lean esto. El día 31 de mayo se corona a la Virgen Madre y sabemos que, todas las mamás, merecen junto a ella una corona.

Quiero partir para esta reflexión, del texto evangélico de san Lucas 11,27-28 en donde una mujer levanta la voz para que se oiga más que la voz de Jesús y grita a los cuatro vientos: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". Realmente un «Hijo» así... ¡Qué madre debía tener! De seguro aquella mujer pensó en lo feliz que sería si pudiera ser ella esa madre dichosa y quizá muchas mamás pusieran pensar lo mismo.

Creo que toda mamá puede sentir aquella dicha, pero si se completa el texto: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen". Sí, María es dichosa por ser la Madre de Dios pero lo es más por ser la primera que vive a la escucha de la Palabra. Ella ha escuchado la Palabra, la ha conservado en su corazón y la ha vivido profundamente. Por eso aunque durante la vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron», el Señor le responde así. Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrifico escondido y silencioso de cada jornada, como suele ser la vida de cada mamá.

Jesús pasó muchos años de su vida «en familia», junto a su Madre y san José creciendo como los demás niños, desarrollándose como todo adolescente, cuestionándose y preparándose como todo joven... aprendiendo a vivir.

Bien podemos desplegar las alas de la imaginación para pensarnos la vida de María como la de toda mamá, recordando aquello que dice también el Evangelio: "Su madre conservaba todo esto en su corazón". A María, como a toda mamá, le debía hacer mucha ilusión ver a Jesús aprender a caminar, crecer y llenarse de sabiduría. Me la imagino viendo en su Hijo la capacidad de estudiar y trabajar y contemplando al mismo tiempo la proximidad que aquel joven tendría con su Padre Dios. Veo también a aquella mujer fuerte que, al cabo de treinta años de haber recibido a su pequeño, le ve partir al anuncio del Reino. La veo feliz en Caná y profundamente conmovida en el Calvario al pie de la Cruz.

María, como toda mujer que ha recibido por encargo esa vocación de ser madre, vivió profundamente identificada con las ilusiones y sufrimientos de su Hijo a quien cuidó cuando fue necesario, aceptó cuando no terminaba de entenderlo y acompañó sin ser protagonista de su vida hasta recibirlo en sus brazos bajado de la Cruz, para estrenarse desde allí en la ardua tarea de seguir siendo Madre, pero ahora de los discípulos, de los creyentes, de la Iglesia.

María es ahora coronada como Reina, pero es coronada por ser Madre, por estar atenta a la Palabra y ponerla en práctica desde su condición de dar vida. Aquella historia que comenzó en Belén cuando envolvía al pequeño en pañales, se hizo vocación de totalidad en la entrega sin condiciones. La Madre, unida con Jesús por los lazos de la sangre y de la fe, ahora queda unida con la fuerza de esos mismos lazos a cada uno de nosotros que queremos vivir la Buena Nueva que su Hijo inauguró.

Que todas las mamás se sientan coronadas en María por su "Sí" al llamado del Señor cuando Él mismo les invitó a vivir esta hermosa vocación y que todas se sientan dichosas porque buscan escuchar la Palabra para ponerla en práctica. ¡Felicidades a todas las mamás!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 26 de mayo de 2012

Carta del Espíritu Santo a un misionero... para leer en la noche de vigilia de Pentecostés


Carta del Espíritu Santo
Querido amigo que eres discípulo y misionero:

¿Cómo te sientes? ¿Cómo te encuentras esta noche? Recibe esta sencilla carta con la que quiero hacerme más presente en tu vida para ayudarte a descubrir cómo actúo en tu corazón que quiere hacerse, como el de Jesús: pan partido para construir un mundo nuevo.

Son demasiados los cristianos que se contentan todavía con orar únicamente al Espíritu Santo cuando tienen que tomar una decisión importante... ¡O cuando tienen que pasar un examen difícil! Tú tienes un llamado especial, ¿Te encuentras entre esos que poco me invocan? ¡Qué lamentable si así fuera!... pero no lo creo, yo pienso que esta noche solamente buscas aumentar en mi gracia porque sabes perfectamente cómo actúo en tu vida ¿verdad? Si la vida cristiana merece ser llamada vida “espiritual” es por ser una vida suscitada y mantenida por el Espíritu.

¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, habito en ti? Eres tan hijo de Dios que el Padre te concede exactamente el mismo don que hizo a su Hijo amado. No cesa de enviarme a ti, que soy el beso perpetuo del Padre a sus hijos. Eres mi templo vivo. Por eso, debes cuidarte mucho, en todos los sentidos. Y, también debes cuidar a los demás.

¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te divinizo? Mi presencia en ti es dinámica, transformadora. Por mí, el Padre te hace partícipe de “la naturaleza divina” (2P 1, 4), te comunica su propia vida (Cf. Jn 3, 3-5). Esta transformación del fondo de tu ser te vuelve “gracioso” a los ojos del Padre y capaz de complacerle de verdad.

¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te purifico? ¿A que es verdad que necesitas renovarte, convertirte, purificarte? Porque no vives siempre como debiera vivir un amigo de María Inés Teresa, esa maravillosa mujer que ha sido apenas beatificada y que siempre actuó dejándose llevar por mí. Te purifico ayudándote a reconocer tu verdadera culpabilidad ante Dios cuando has fallado (Cf. Jn 16, 8-10). Suavizo tu corazón para que no persistas en tu orgullo cuando quieres hacer siempre tu voluntad y te llevas de encuentro lo que esté o quien esté a tu paso. Curo tus heridas y renuevo el fondo de tu corazón cuando amas poco. Los sacramentos son auténticos baños de juventud que te invitan a trabajar para que, como decía tu amada fundadora, nunca se te acabe la juventud, sino solamente se acumule en tu vida.

¿Recuerdas esta oración del Veni Creator o los cantos con que me invocan muchos?, ¿esa oración tomada de la liturgia de la Iglesia, con la que me pides: que riegue la tierra en sequía, que sane el corazón enfermo, que lave las manchas, que infunda calor de vida en el hielo, que dome el espíritu indómito, que guíe al que tuerce el sendero”.

¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te animo a mantener vivo el “SÍ” de tu compromiso bautismal? Estoy al principio de tu fe y de tu respuesta de amor al llamado de Cristo. Decía san Pablo a los corintios: “Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, si no es en el Espíritu” (1 Cor 12, 3). También decía Jesús a sus apóstoles que nadie puede ir a Él sin que le atraiga el Padre. Es decir, sin el Espíritu que el Padre te envía para que te proyecte hacia su Hijo Jesús. Estoy al principio de tu esperanza, de tus sueños, de tus ilusiones por entregarte de lleno a la misión. Dice la Escritura: “Que sobreabunde la esperanza en vosotros por la virtud del Espíritu Santo” (Rm 15, 13). Gracias a mí puedes vivir intensamente el momento presente y afrontar y vencer las tentaciones cotidianas y frecuentes de la vanidad, el desánimo, la inquietud o la angustia que atacan la vida cristiana.

También estoy al principio de tu caridad. Gracias a mí puedes amar al Padre con todo tu corazón y ofrecerte a Él. Gracias a mí también puedes amar a Jesucristo y amar a tus hermanos, con el mismo corazón de Dios, con ese “corazón nuevo” que pides que Dios te dé. Por último, estoy al principio de tu conducta moral. Gracias a mí puedes vivir las Bienaventuranzas evangélicas. Puedes vivir algunos de estos frutos (del Espíritu Santo), de los que habla san Pablo: “amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí” (Gál 5, 22-23).

¿Sabías que yo, el Espíritu Santo te ayudo a orar? Soy, de manera especialísima, el animador de tu vida de oración, porque dice en otra parte san Pablo: “nosotros no sabemos pedir como conviene, mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26). Te ayudo, cuando oras, a acogerme como el don que el Padre te da por su Hijo Jesús. Entonces tu oración se vuelve apertura al amor del Padre y te dejas invadir por el río de agua viva que viene del Padre y pasa por su Hijo Jesús. Te ayudo, cuando oras, a dejarte llevar por el impulso del Hijo hacia el Padre, que te hace repetir con amor y confianza: “¡Abba! ¡Padre!”. En lo más hondo de ti me uno a tu corazón para que puedas exclamar: “¡Abba! ¡Padre!”. Te invito, al orar, que me acojas como el que viene a colmar tu corazón y a regenerarlo. Y, también como el que te lleva al Padre.

¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te impulso con mis dones? ¿Percibes, en el fondo de tu corazón, mi impulso? ¿Te sientes movido por mí? Dice la Palabra de Dios: “Los verdaderos hijos de Dios son aquellos que están movidos por el Espíritu de Dios” (Rm 8,14). Si lo percibes y lo sientes, te darás cuenta de que ya no hace ninguna falta que remes con la fuerza de tus puños para avanzar hacia Dios: el Viento sopla las velas de tu vida. La tradición cristiana llama dones (del Espíritu Santo) a estas velas que, bien desplegadas, te permiten aprovechar plenamente mis invitaciones y sugerencias. Estos dones son, también, radares, unas antenas muy finas que te permiten captar nuevos mensajes. Antenas que funcionan tanto mejor cuando lo hacen a menudo. Eso supone que has de estar a la escucha de mis enseñanzas interiores que sólo se revelan a los corazones que son muy sencillos, que están persuadidos de no merecer nada y reconocen que todo les viene de Dios y es para darlo a los demás. El silencio de la oración te ayudará a todo esto.

¿Has tenido la experiencia, alguna vez, de que te “golpeara” algún pasaje del Evangelio con una enorme fuerza? ¿Qué pasó en ese momento? Fui yo el que hizo resonar en tu corazón esas palabras de Jesús, que tu memoria había grabado sin concederle mucha importancia. Fui yo el que provocó ese cambio profundo en tu existencia.

Si quieres crecer en la vida cristiana y quieres ser discípulo y misionero de verdad, debes dejarte invadir y transformar cada vez más por mí. Sintiéndote lleno de mí puedes lanzarte hacia Dios y hacia tus hermanos con un gran corazón dilatado que se da para volverse a dar sin esperar elogios, aplausos, reconocimientos, premios pasajeros, trofeos que se carcomen con el tiempo.

¿Sabes cuáles son mis dones? Recuerda lo que decía el profeta Isaías: “Brotará un retoño de la estirpe de Jesé (padre del rey David). Sobre él reposará el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de conocimiento y de temor de Dios” (Is 11, 1-2).

Te dejo el regalo de mis dones para que cuides de desarrollarlos al máximo, para que te esfuerces por vivirlos intensamente, para que con ellos salgas al encuentro de los demás y te des de lleno como Jesús que se llenó de mí.

Con el temor filial quiero que descubras tu condición de criatura necesitada. Que experimentes la bienaventuranza de los pobres de espíritu. Que te llenes de sencillez. Que desees evitar todo aquello que ofenda la infinita ternura que Dios te tiene.

Con la piedad filial quiero que avances hacia Dios con sencillez y confianza. Sin ningún temor y lleno de gozo.

Con el consejo quiero que aprendas a discernir espiritualmente, a ver lo que tienes que hacer para complacer a Dios. A saber acompañar a los demás en su búsqueda de Dios.

Con la fortaleza quiero comunicarte la energía misma de Dios para que sepas combatir en la lucha diaria, buscando cumplir la voluntad de Dios. Con ella sabrás vivir y afrontar todas las dificultades.

Con la ciencia quiero que aprendas a ver a Dios actuando en el mundo, en la naturaleza y en los acontecimientos de la historia. También, que descubras su providencia obrando en el mundo y actuando en tu vida.

Con la inteligencia quiero que comprendas mejor los misterios de Dios. Que sepas leer e interpretar los mensajes de amor de Dios. Que llegues a la Verdad. Dios desea que descubras su amor a través del gran libro de la naturaleza y de la historia, pero también y sobre todo a través de los libros de la Biblia.

Con la sabiduría quiero que gustes el sabor de Dios: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Salmo 34 (33), 9). Dios quiere que gustes en lo más hondo de tu corazón la alegría de estar invadido por mí.

Atentamente,

El Espíritu de Dios.


sábado, 19 de mayo de 2012

El don recibido en la beatificación de Madre Inés...

El don recibido en Madre Inés —ahora conocida también como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— es un regalo que nos sobrepasa, un don que es más grande que nuestra pequeñez de mente y de corazón y que va más allá de todos nuestros proyectos siempre cortos. Ahora que la beatificación ha pasado, todos los miembros de su Familia Misionera no nos debemos de  cansar de gracias a Dios por el carisma de Madre Inés como regalo a la Iglesia Universal.

Dios nos ha regalado una beata que vivió en todas partes y en todo tiempo con una gran pasión, amplitud y generosidad su entrega misionera en la palabra hablada, escrita y enseñada. Ella hizo, en las cosas pequeñas de cada día, un caminito especial de santidad  y en su vehemente anhelo y sed de almas, señaló la meta hacia donde todo creyente debe dirigir sus pasos. En su vida encontramos el paradigma del profetismo que necesitamos en nuestros días y que a ella le llevó a trazarse un sistema de vida hasta alcanzar la santidad en medio de muchos desafíos como los que cualquiera de nosotros puede tener: "Me parece ver al demonio furioso, queriendo destrozar por sus garras este instituto misionero... él eso quisiera, pero mi dulce Morenita, mi Madre amadísima, me dice desde el Tepeyac que allí está ella que es mi Madre, que estoy en su regazo y corro por su cuenta, que si tengo necesidad de otra cosa" (Carta al director espiritual el 22 de febrero de 1950). "Quisiera tener toda la capacidad de Dios, si se me permite la frase, para hacer prodigios por Él, para darle infinita gloria. Es el amor de enamoramiento; se siente como desesperación de no poder hacer por Él todo lo que se quisiera" (Carta personal del 30 de septiembre de 1949).

Por lo que ella fue, por lo que es ahora como beata y por el camino espiritual que dejó como herencia, me parece escucharla diciendo con sencillez: Me siento contenta y alegre de ser todavía el granito de trigo que tiene que morir para fructificar" (Carta personal del 15 de mayo de 1950).

Ahora somos invitados, de manera especial por ser el año de la beatificación, a venerar la plenitud de la vida de esta ínclita mujer cuya vida se presenta con más claridad y plenitud en la lucha de cada día por alcanzar la santidad en lo pequeño, en el ir y venir del trajín, en las cosas ordinarias sencillas y del áspero devenir.

La beata Madre Inés se gastó y se desgastó sin reservarse nada para sí. Vivió siempre pendiente de la voluntad del Padre con un corazón inflamado en ansias de amar al mismo Dios y a todo lo suyo: El Padre, Jesús, el Espíritu, la excelsa Madre de Dios María Santísima, las almas... Su figura humilde, sencilla y alegre, emana, aún en las últimas fotografías de su vida, un algo especial. Su sonrisa, esa sonrisa que nunca en su consagración se borró de sus labios, es un testimonio claro de una paz profunda y de una alegría que brotó siempre de buscar en todo hacer la voluntad de Dios sabiéndose amada y llamada por Él, razón para vivir siempre con un constante entusiasmo conjugado con un suave y sabio equilibrio que la sostuvo siempre, aún en medio de las dificultades y de la persecución que en una época vivió y superó con dolor dentro y fuera de su obra.

Antes de morir, puedo expresar con naturalidad: "Hemos terminado, gracias a Dios". "Cómo explicarle Padre —escribe a su director espiritual— lo que se pasa por mi alma cuando en ella sólo reina la fe... no tengo palabras adecuadas para explicarlo... con frecuencia esta fe es más dulce y más vívida que la misma realidad... puedo decirle, Padre mío, que mi confianza, mi seguridad en Dios es más grande, cuanto mayores son mis tribulaciones... he resuelto concentrarme toda en Dios, no esperar apoyo y protección mas que de Él". (Da las cartas a su director espiritual entre 1948 y 1950).

Nos toca ahora a nosotros velar para que este don no se apague, velar par que la llama de su carisma, espíritu y espiritualidad siga animando a la Iglesia. A nosotros nos toca cuidar que su beatificación —mientras se llega el momento de la canonización— sea fecunda en la búsqueda de la santidad y del compromiso misionero. Este año, agradeciendo el don de su beatificación, le pedimos a la nueva beata una bendición especial, le decimos «¡Benedícite!» como ella nos enseñó, para que nos ayude a ser luz de Cristo para las gentes y esperanza para el mundo en la urgencia en la que ella vivió por establecer el Reino. "Por la noche —escribe en 1950 refiriéndose a sus hijas espirituales— al darles la bendición en refrectorio al decirles: El Señor os bendiga y os guarde, sentí tanto la responsabilidad, y el deseo de que todas se santifiquen, que se las entregué a nuestro Señor con ansias vehementes, pero ya no pude más, no pude continuar porque las lágrimas me ahogaron" (Carta al director espiritual el 19 de mayo de 1950).

Este año de su beatificación, tenemos que pedirle al Señor que nos conceda la sabiduría necesaria para saber expandir el carisma de Madre Inés por todas partes. A los miembros de la Familia Inesiana nos toca, no retenerla solamente para nosotros, sino prolongar su carisma, espíritu y espiritualidad en el tiempo, encarnando esto en la propia vocación y en las diversas situaciones de nuestras vidas.

Sigamos celebrando el gozo de su beatificación con el ideal común de la misión y el empeño por la santidad que brotaron de un corazón sin fronteras contemplativo y enamorado del Evangelio, que puso a las almas en la niña de sus ojos y que se consagró a "conquistar vasallos para el Rey inmortal de los siglos".

Nos sentimos agradecidos por este gran don para comunicarlo al mundo entero. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es un regalo para la Iglesia Universal y para el mundo entero. Que cada uno de nosotros podamos seguir haciendo programa la súplica de Madre Inés: "Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero".

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Lo que la beata Madre Inés diría y haría hoy...

Ahora que han pasado días, casi un mes, de haber vivido la solemne beatificación de Madre Inés, viene a mi mente aquel pasaje evangélico típico de este tiempo de Pascua que nos habla de los discípulos de  Emaús (Lucas 24, 13-35). Allí Jesús acompaña a aquellos dos hombres y los interroga haciéndoles una pregunta: "¿De qué venían discutiendo por el camino?" Pienso ahora en la nueva beata y la siento lanzándonos, luego de su beatificación, una pregunta en ese mismo tono que la de Jesús a sus discípulos: ¿En qué se les va la vida? Sí, creo que al igual que el Señor Resucitado, ella nos interrogaría sobre la conversación que tenemos con la vida misma que se nos ha dado y que ella moldeó con un estilo peculiar al modo de Cristo y del cual nos ha querido contagiar.

Si pudiéramos escuchar nuevamente la voz de la beata María Inés, aquella voz tan ordinaria, tan sencilla, seguramente nos hablaría, en primer lugar, de la necesidad de la oración para sostener la vida diaria de la misión, cosa que ella tuvo siempre por conocida: "Desde mi conversión, —escribe a su director espiritual— el atractivo más grande de mi alma ha sido la oración, la contemplación. Mi vivir desde entonces fue Cristo; la oración fue mi más grande alegría, mi pan cotidiano y constante, mi todo... Desde en casa de mis padres mi vida era plenamente contemplativa, pues me pasaba de 8 a 9 horas diarias en oración exclusiva". (Carta al padre Rafael Martínez del Campo, S.J. el 5 de septiembre de 1950).

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, siempre tan actual, nos hablaría ahora de la necesidad de velar con nuestra oración por la imagen deformada en los rostros de tantos hermanos y hermanas desfigurados por el hambre y por las promesas políticas que nunca llegan a cumplirse. Ella nos invitaría a hacer de la oración una mina de la que se pudiera sacar «oro» para acuñar monedas y comprar almas de niños angustiados y maltratados, almas de jóvenes que enfrentan la violencia diaria e indiscriminada, almas de muchos  adultos que están cansados y agobiados porque no encuentran acogida en ninguna parte, almas de quienes hoy viven sin las mínimas condiciones de una vida digna y además sin el consuelo de saber que hay un Dios que los cobija y acompaña y que da la vida eterna (cf. V.C. 75).

Probablemente, esta maravillosa mujer, vendría a preguntarnos si estamos de verdad interesados por las cosas del Padre como Jesús y si como él buscamos pasar por el mundo haciendo el bien salvando almas: "Le daré almas, —se proponía con fervor en todo un programa de vida— innumerables almas" (Carta a su director espiritual en enero de 1949). "Las almas, —solía decir en sus conferencias— cuestan mucho, solo se conquistan a base de sacrificio y abnegación... él no se cansará de llamarlas, de atraerlas con la fuerza irresistible de su humildad, de hacerlas suyas derrochando generosidad y amor..." (Carta a su director espiritual el 16 de febrero de 1949).

Madre Inés nos hablaría de ecología y del tema de la globalización; estaría al día en el tema de la nueva evangelización y de la misión permanente en América Latina, nos daría conferencia sobre los más recientes documentos del Magisterio de la Iglesia, nos compartiría recetas para evitar el resfriado y para fortalecer los huesos y nos enviaría e-mails con presentaciones de power point... porque esa era ella, siempre actual, siempre madre, siempre amiga. Para ella no había imposibles ni tragedias, sino problemas qué resolver: "Techamos ya 25 celdas individuales, 9 baños, 7 W.C. y 2 guardarropas; no sé verdaderamente cómo pudimos con esto, nunca hemos tenido una entrada grande, fuerte; ahora estamos levantando la enfermería, y no pude pagar la raya de los albañiles; apenas nos quedamos con un peso y centavos." (Carta a su director espiritual el 29 de julio de 1949).

A ella no le gustaría que nos detuviéramos por el camino a discutir por cosas accesorias o a tristear por algo que hemos perdido, ella no tuvo tiempo de teorizar: "Me avisaron que nuestra buena vaquita tiene aftosa. Si Dios nos la quita, de pronto no tomarán leche las hijas, porque está tan pobre la comunidad, que no podrá comprar 15 litros o más diarios de leche. Él sabrá lo que hace" (Carta del 15 de agosto de 1949). Beata Madre Inés nos invitaría a mirar hacia el futuro con la confianza puesta en Dios para afrontar los desafíos a su estilo, con audacia responsable porque ese fue su estilo de vivir evangélicamente. Profecía y martirio diario, palabra y vida, acción y contemplación, tensión entre la pasión, muerte y resurrección abrazado todo en una síntesis que se nos ofrece como programa para vivir la nueva evangelización en este tercer milenio: Padre, me pongo en tus manos; me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad, haz de mí lo que tú quieras".

La recién beatificada, fue una mujer de vida, de una vida muy intensa en tono pascual, una mujer de espíritu emprendedor y magnánimo que vivió siempre en presencia de Dios dando vida a su alrededor, una mujer que imitando a aquellos primeros discípulos del Resucitado contagió a los que le rodearon a vivir en sintonía con Él.

¿Qué vamos discutiendo por el camino? ¿En qué se nos va la vida? ¿Qué planes y proyectos tenemos? ¿En dónde está nuestra confianza? Bastará mirar la vida de esta sencilla mujer con esa sonrisa atrayente para darse cuenta de dónde está la clave: "Yo me ocuparé de tus intereses Jesús mío y tú te ocuparás de los míos".

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 6 de abril de 2012

SEMANA SANTA...Una pequeña reflexión para cada día

DOMINGO DE RAMOS.

En aquellos días coincidieron en Jerusalén todos los que esperaban un cambio político y religioso. Mucha gente esperaba un cambio, pero, como como sucede en muchos casos, cada uno esperaba eso a su manera y casi nadie reconoció al Mesías en la persona de Jesús.

La Escritura nos dice que el Señor entró a Jerusalén montado en un burro y no en una biga conducida por un auriga como solían ir los personajes importantes del imperio romano que había conquistado aquellos territorios. Cristo quería dejarnos en claro que en medio de un mundo al que le gusta sopesar y calcular todo desde lo que se tiene, o lo que se aparenta tener, el Mesías haría de entrar en nuestras vidas en sencillez para hacernos constructores de paz. Un Rey como Él, no dudó en hacerse uno como nosotros, para que pueda transformar nuestra vida por su sola gracia haciéndonos, como decía la Madre María Inés: "Almas pacíficas y pacificadoras".
Ahora nosotros, como enseña el Papa Benedicto XVI, “hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad”.

Al celebrar su entrada triunfal con ramos y palmas, los creyentes nos unimos a tantos hombres y mujeres que hoy se ven perseguidos por predicar el Evangelio y por trabajar en la búsqueda de la libertad de tantas personas que sufren a causa de gente triunfalista que no ha entendido nada. El Domingo de Ramos en este 2012, puede llevarnos a pedir por tantos políticos que están en campaña y por quienes tienen autoridad para solucionar la tremenda situación de violencia que vemos a nuestro alrededor, recordando que toda autoridad viene de Dios.

JUEVES SANTO.

"Los amó hasta el extremo", así comienza el capítulo 13 del evangelio de Juan, a partir del cual, el evangelista irá presentando el cumplimiento de la obra de Jesús, la llegada de su hora, el tiempo de su glorificación. 

Este día contemplamos el gesto testimonial que busca expresar lo más importante de su predicación: amar a los demás como servidores, buscar el bien de los otros por encima del propio, enseñar con el ejemplo de vida.Este día se celebra el día del AMOR. Es el día en que el Maestro se entrega en el servicio humilde y sacerdotal lavando los pies a sus apóstoles y quedándose para siempre en el signo pobre y sencillo de la Eucaristía para manifestarse siempre en el amor. El gesto de Jesús nos invita también a nosotros a ponernos al servicio de los de los que más nos necesitan, los que están a nuestro lado y al mismo tiempo nos hace correr al encuentro de aquellos con los que nadie quiere ir sin buscar pretensiones de triunfalismo y sin herir susceptibilidades.

Hace unos días el Señor se dejaba ungir los pies con un perfume caro acogiendo el gesto de María con sensibilidad y gratitud, ahora es él quien tiene el detalle de lavar los pies a los suyos para dejar el aroma de su entrega por nuestra libertad. Al lavar los pies a los discípulos, el Mesías estaba aceptando lo sucio, lo poco agradable de nuestra condición humana amando a los suyos como son y esperando una transformación al amar.

Muchos aprovechan estos días santos para descansar, ojalá y en este descanso haya un espacio de tiempo para encontrar al Señor en un rato de intimidad, porque la fe es para ser vivida y practicada, no sirve ni basta decir "Señor, Señor" (como nos enseña la parábola de la casa edificada sobre piedra, ver Mt. 7). Jesús quiere e invita a sus discípulos a demostrar con gestos y actitudes nuevas el conocimiento de las cosas de Dios que hay en nuestro corazón. En esto se encuentra la felicidad, el sentido pleno de la existencia: en vivir para los demás como servidores amando como Él.

Evidentemente la propuesta de Jesús no tiene nada que ver con el modelo de felicidad y de «amor» que nos propone la sociedad de nuestros días… ¿es díficil vivir esto? ¿cómo podemos vivir este mandato del amor a los demás en la vida concreta de todos los días? Cristo se ha quedado en la Eucaristía para ser, como dice Madre Inés: "La misión de Jesús visible en el mundo ya terminó, él ya acabó su carrera, más se quedó en la Eucaristía hasta la consumación de los siglos para seguir desde allí siendo el promotor, el auxiliador, el sostén, el refrigerio, el guía, el consuelo de todos aquellos que quieren como él: Pasar por el mundo haciendo el bien". A través del sacerdocio ministerial la presencia eucarística del Señor llega hasta los últimos rincones del mundo.

VIERNES SANTO.


El Señor sabía el resultado del juicio que se le haría. Sabía que estaba condenado por un mundo que vive en la injusticia y da gran espacio a la maldad. Eso lo saben también hoy muchas personas que son juzgadas injustamente.La pregunta para la reflexión del día de hoy es obvia: ¿Por qué tenía que ser así? La respuesta más profunda y válida solamente Dios puede darla, pues pisamos el terreno insondable de la voluntad divina y su proyecto eterno de redención realizado en Cristo. “Por nosotros y por nuestra salvación”, como decimos en el credo, es la razón teológica que nuestra fe nos descubre para explicar y entender toda la vida de Jesús desde la encarnación a su pasión, muerte y resurrección.

Creemos y decimos que la cruz es la señal del cristiano no por masoquismo espiritual, sino porque la cruz es fuente de vida y de liberación total, como signo que es del amor de Dios al hombre por medio de Jesucristo. El amor que testimonia su cruz es la única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos decimos sus discípulos seguimos su ejemplo. Junto a la Cruz de Jesús estaban su

Madre y las otras mujeres con Juan, nosotros también, el día de hoy, podemos estar allí para pedir, como hacía la Madre Inés: "Que su Sangre preciosa se derrame sobre nosotros y nos purifique. Ella decía que el Padre nos puso en manos de su Hijo, como una joya de inapreciable valor, puesto que dio toda su Sangre por nosotros; nos conquistó a fuerza de amor, ¡de exceso de amor!… desde el pesebre hasta la cruz…"

Este día de silencio puede ser una oportunidad especial para hacer un análisis de nuestra vida y tomar la seria determinación, librándonos de palabrerías inútiles, de ponerse del lado del Señor Crucificado buscando cómo colaborar para transformar en oportunidad y estímulo el dolor que oprime hoy a la humanidad.

SÁBADO SANTO.

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Ante el silencio y la oscuridad del sepulcro, el mundo guarda silencio para aprender del Maestro, y al contemplar su cuerpo destrozado está a la expectativa de un acontecimiento luminoso: La vida total y definitiva que estamos esperando renovará la vida de cada día.

El Sábado Santo no es propiamente una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Dice Madre Inés que, "habiéndose entregado por nosotros hasta la muerte de cruz, en un amor inmenso, espera en retorno todo el amor de que seamos capaces. Es necesario entonces que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos".

El Sábado Santo, con los sagrarios vacíos y las imágenes cubiertas, es una oportunidad para meditar en lo que es la ausencia de Dios, en la fealdad del pecado, que nos aleja de Dios, nos hace perder la visión sobrenatural de los acontecimientos y la oportunidad de llegar al Cielo. Hoy podemos ofrecer a la Santísima Virgen nuestras vidas y decirle que el sacrificio de su hijo Jesucristo y su dolor no fueron en vano.

VIGILIA PASCUAL.

Esta noche solemne la Vigilia Pascual nos ofrece una visión global del paso y del recorrido desde la creación hasta la «Nueva Creación». Se nos presentan unas perspectivas de la Historia de la Salvación desde la creación del mundo hasta la plenitud. Con la encarnación y la resurrección de Jesús, todo el mundo sufre una revolución y a la vez se capacita para tomar parte de la plenitud y soberanía del mismo Señor resucitado, con una nueva y mejor forma de existencia.

Cristo es el primer fruto de esa nueva creación. Su vida, que culmina con su resurrección y glorificación por el Padre, es como la anticipación que deja entrever lo que todavía queda por hacer, y lo que aún falta a la creación y a la humanidad en todas las dimensiones de la existencia. Con la resurrección de Jesús empieza el futuro escatológico, es decir, la plenitud y perfección de paz, de bien, de amor, de vida, de justicia, que serán el Reino de Dios ya realizado; que ya ahora vivimos como inicio y en crecimiento, y que entonces llegará al término definitivo y perfecto.

Este término definitivo y perfecto no se realizará hasta que llegue "el día del Señor". Mientras, vivimos en la realidad de lo que somos y poseemos, con la esperanza de lo que tendremos y seremos. Para llegar, como Cristo a la resurrección, se necesita una vida y una lucha. Por eso

Cuando salgamos esta noche de la celebración de la Vigilia, tenemos que ser testigos de esta Resurrección porque, como dice Madre Inés: "El día de la Resurrección del Señor no es de ayer y no tiene ocaso, es de hoy y para siempre". 

Esta noche podemos unirnos a Su Santidad Benedicto XVI que dice en oración: Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan. Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.

DOMINGO DE PASCUA.

Hoy estalla la fecundidad de Dios en su infinita misericordia. Tanto amor no podía ser vencido por el odio, la envidia y toda la malicia de la humanidad. Tanta entrega no podía ser contenida en un sepulcro de muerte inútil y fatal. Tanta misericordia no podía no despertar de su anonadamiento trágico. También hoy es Dios quien perpetúa su amor. También la resurrección es pura obra divina y pura expresión de amor incontenido e incontenible.

El Domingo de Resurrección o de Pascua que hemos iniciado con la Vigilia Pascual, es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión. La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.

Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo. Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.

Pasión-muerte-resurrección: una sola realidad, una sola vida, que ya no queda fuera de nuestra historia, de nuestra existencia, de nuestro mundo sino que, por el bautismo, con la inhahitación de la Santísima Trinidad, pasa a ser Vida de nuestra vida y triunfo de nuestra muerte. Dice Madre Inés: “El tiempo se acaba pronto, pero tenemos toda la eternidad para gozar sin término de un Dios que nos ama, y a quien desea ser amado, pide nuestra confianza y nuestro celo por la salvación de las almas”. ¡Aleluya! ¡Felices Pascuas! ¡Cristo ha resucitado!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.