viernes, 17 de enero de 2020

«Misioneras Clarisas en Mamuju, Célebes, en Indonesia... Conociendo la Familia Inesiana LXIX

«Lo que hace la fe»... Un pequeño pensamiento para hoy

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Juan Carlos Mayorga Enríquez, en su libro «El acto de fe en la visión del beato John Henry Newman» dice que «creer es uno de los actos más nobles que puede realizar el hombre y que mejor manifiesta su semejanza con Dios. Se trata de un proceso continuo de aprendizaje que lleva a confiar y abandonarse en realidades y verdades que están más allá de lo que es tangible, verificable, seguro o evidente, para introducirse en un nivel más elevado de conocimiento y experiencia» y vaya que tiene razón. Hoy el Evangelio nos habla de esa fe que está presente en un hombre paralítico que quiere rehacer su vida, quiere curarse y por su fe el Señor le regala, en primer lugar, su sanación interior, el perdón de sus pecados. Pero es de admirar también —leyendo el relato (Mc 2,1-12)—, la fe y la amabilidad de los que echan una mano al enfermo y le llevan ante Jesús, sin desanimarse ante la dificultad de la empresa de tenerlo que bajar por un boquete abierto por ellos mismos en el techo. 

A esta fe de todos responde la acogida de Jesús y su prontitud en curar al enfermo y también en perdonarle y a los amigos el gozo de servir y ser partícipes del milagro. Al enfermo le da una doble salud: la corporal y la espiritual. Así aparece Cristo como el que cura el mal en su manifestación exterior y también en su raíz interior. A eso ha venido el Mesías: a perdonar, a atacar el mal en sus propias raíces. Por esa misma fe y con esa misma fe, San Antonio Abad, el santo que hoy celebramos, cuidando a su hermana más pequeña, luego de la muerte de sus padres, leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio que dicen: «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo» y aquel otro que reza: «No se agobien por el mañana», dejó a su hermana al cuidado de unas vírgenes que él sabía eran de confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de entonces, libre ya de cuidados ajenos, habiendo confesado sus pecados, emprendió en frente de su misma casa una vida de ascetismo y de intensa mortificación viviendo profundamente su fe en el Señor para luego irse al desierto y contagiar a otros a vivir así, a solas con Dios. 

Al leer la vida de los santos, como San Antonio que dejó todo por vivir la fe y a contagiar a otros para vivir en Cristo, debemos alegrarnos de que también a nosotros Cristo nos quiere curar de todos nuestros males, sobre todo del pecado, que está en la raíz de todo mal y que quiere que vivamos siempre con fe. La afirmación categórica de que «el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados» tiene ahora su continuidad y su expresión sacramental en el sacramento de la Reconciliación que transforma nuestras vidas. Por mediación de la Iglesia, a la que él ha encomendado este perdón, es él mismo, Cristo, lleno de misericordia, como en el caso del paralítico y de San Antonio Abad, quien sigue ejercitando su misión de llamarnos a creer y a ser perdonados. Tendríamos que mirar a este sacramento con alegría. Aquí tenemos el más gozoso de los dones de Dios, su perdón y su paz que transforman la vida. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de sentirnos amados por Dios. La gracia de ser curados y de hacer que a todos llegue su amor salvador, como a nosotros ha llegado. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 16 de enero de 2020

Alicia González Tecuscano, el silencio orante de su vida... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XXXVI

El silencio es a menudo el «lugar» en el que Dios nos espera para que logremos escucharle a Él, en vez de escuchar el ruido que nos rodea y el ruido de nuestra propia voz. La Sagrada Escritura nos muestra un ejemplo clarísimo de esto en el primer libro de los Reyes: El profeta Elías (cfr. 1 R 19,9-18), huyendo de la persecución de Jezabel, emprende su camino hacia el monte santo, impulsado por Dios. Escondido en una cueva, el profeta ve los mismos signos de la teofanía que se habían dado en el libro del Éxodo: el terremoto, el huracán, el fuego. Pero Dios no estaba allí. Después del fuego, dice el escritor sagrado, hubo «un ruido como el de una brisa suave». Elías se cubrió el rostro con el manto y salió al encuentro de Dios. Y fue entonces cuando Dios le habló . El texto en hebreo dice literalmente que Elías oyó «el ruido o la voz de un silencio (demama) suave».

San Ignacio de Antioquía que «quien ha comprendido las palabras del Señor, comprende su silencio, porque al Señor se le conoce en su silencio» (Carta a los efesios, XV, 2 Sources chrétiennes 10, p. 84-85). Santa Faustina Kowalska, muchos años después anota en su diario que «el alma silenciosa es fuerte; ninguna contrariedad le hará daño si persevera en el silencio. El alma silenciosa es capaz de la más profunda unión con Dios; vive casi siempre bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el alma silenciosa Dios obra sin obstáculos» (Diario 477). 

Hoy quiero compartirles la vida de una misionera del silencio, un alma de esas que no hacen mucho ruido y que en todas las veces que la ví me dejó esa hermosa sensación de paz que deja una persona consagrada a Dios con la convicción de ser misionera y que vive en el silencio. Se trata de la hermana Alicia González Tescucano, cuyo rostro sereno me parece volver a ver ahora que escribo estas cuantas lineas sobre su vida.

Alicia nació en la Ciudad de México el 18 de mayo de mil novecientos veintinueve. Sus padres fueron Abraham González García y Concepción Tescucano Magaña. 

La hermana Alicia ingresó ea la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 8 de enero de 1952 y formó parte, en sus primeros años, de la comunidad de la Casa Madre, en donde fue recibida por la beata María Inés Teresa Arias, quien viendo sus dotes y cualidades, la supo dirigir para que, desde postulante compartiera sus conocimientos de corte y confección dando clases de costura y archivonomía en el Instituto Femenino de Cuernavaca. 

Allí mismo inició su noviciado el 12 de diciembre de ese mismo año y continuó dando clases de corte y confección pero ahora en la Escuela Dominical y poco después participó en misiones en el pueblo de Zapata. Casi toda su vida como misionera, esta hermana caracterizada por su silencio y su sonrisa discreta, desarrolló su actividad apostólica principalmente en el campo de la educación y la pastoral parroquial y catequética.

Llevando el gozo de la vocación en su corazón, la joven novicia emitió su profesión temporal el 6 de febrero de 1955. A partir de ese año impartió clases como maestra de primaria y directora en la escuela primaria Lux, perteneciente a la Universidad Femenina de Puebla que las Misioneras Clarisas tenían en esa ciudad. Hizo sus votos perpetuos el 6 de febrero de 1960 y continuó en esa misma comunidad de Puebla hasta el año de 1962.

De 1963 a 1966 formó parte de la comunidad que las hermanas tenían en la Ciudad de México conocida como Talara, por llamarse así la calle en donde se encontraba. Allí trabajó con mucho empeño como subdirectora de la Escuela Cristóbal Colón de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Lasallistas), en las secciones de pre-primaria y primaria menor (1º, 2º y 3er. año). Durante un año, en 1967, formó parte de la comunidad de la Casa de Grevilias, en Cuernavaca, que en ese tiempo era la Casa General de las Misioneras Clarisas, dedicándose, por su destacada tarea en la costura, a la elaboración de hábitos y otros encargos relacionados con el ramo, lo cual le daba la oportunidad de deleitarse en el silencio acompañada de la máquina de coser. En 1968 regresó a la Casa de Talara, para prestar su servicio como superiora local.

Al terminar esta ardua tarea que le fue asignada en tiempos difíciles para la comunidad, se le concedió un permiso que solicitó para estar un tiempo con su familia de sangre y en 1971 se reincorporó a la vida misionera en su calidad de religiosa y fue enviada a la Región de Costa Rica, en donde permaneció desde 1971 hasta 1990. Durante ese tiempo de misión en la Suiza Centroamericana, impartió, de 1971 a 1973, la clase de educación en la fe en la Escuela Bananera de U.S.A.; formó luego parte de la comunidad de Santo Domingo de Heredia impartiendo clases de Religión en el Colegio Santa María de Guadalupe, colaborando, además, como coordinadora de los estudios sociales del mismo. 

De 1978 a 1982 vivió en la Casa de Quepos y de ahí se trasladaba a Parrita, para impartir clases de educación de la fe en el Instituto Técnico Profesional. Al año siguiente formó parte de la casa misión de Ciudad Nelly, realizando el mismo apostolado que en las anteriores, pero ahora en un Liceo del gobierno. La hermana Alicia supo combinar toda esta tarea con su participación en diversas misiones populares que se hacían en lugares alejados, colaborando también a dar Catequesis y a formar laicos en la liturgia de los sacramentos de la Iglesia Católica.

El año de 1984 lo vivió en la Casa Regional de Moravia, desempeñando trabajos de la vida de casa que a un alma silenciosa como la de ella, le venían muy bien para trasladarse, en espíritu, a la casita de Nazareth y acompañar allí a María en las pequeñas tareas de cada día y sin hacer a un lado la máquina de coser. Al año siguiente fue enviada a la comunidad de La Rita, Guápiles, en la Provincia de Limón. Trabajó allí en la Pastoral de Conjunto y permaneció hasta 1990, volviendo a la Casa Regional en Moravia para impartir clases de formación religiosa a las novicias.

En agosto de 1990 fue trasladada a México para visitar a su madre enferma y formó parte de la comunidad de la Casa Madre. En 1991 vivió en la Casa de la Villa en México, D. F. al frente de esa comunidad de donde partió a atender a su madre enferma hasta que Nuestro Señor la llamó a su presencia en 1993.

A partir de ese año y hasta 1997, Alicia permaneció en la comunidad de la Casa de Monterrey y tuvo a su cargo la sub-dirección de Secundaria del Colegio Isabel La Católica, de donde fue trasladada a la Casa de Mazatán, Chiapas en 1998 para dedicarse a trabajar en la Pastoral de Evangelización y Catequesis.

Desde 1999 y hasta marzo del 2000, estuvo en la Casa de Huatabampo Sonora y trabajó en el Colegio como titular del ler. grado de Secundaria, desempeñando además otros cargos en el Colegio. De ahí fue trasladada a la Casa Madre ya que por su delicado estado de salud, requería atención médica constante.

La vida de la hermana Alicia fue así, en una movilidad constante como religiosa misionera muy amante de su vida de consagración, cuidadosa en los actos litúrgicos y de piedad, poniendo todo su empeño en realizar sus encomiendas con sentido de responsabilidad y proyección misionera. 

Con la gracia de Dios, en la última etapa de su vida, supo enfrentar sus enfermedades con gran entereza y generosidad, especialmente la cirrosis hepática que padeció por ocho años y las complicaciones con otras enfermedades que se fueron sumando. Una fractura de cadera, que requirió operación, la dejó muy deteriorada y poco a poco su salud se fue minando. El día que Dios dispuso para llamarla a dejar este mundo, recibió la llamada de la superiora general, la madre martha Gabriela Hernández quien la alentó maternalmente, la bendijo y la encaminó en ese último paso en la tierra. Rodeada por sus hermanas de comunidad, entregó su alma a Dios con serenidad y paz, asistida por los sacramentos y ayudada por los auxilios espirituales y oraciones de las Hermanas. 

Descanse en paz nuestra querida Hermana Alicia González Tecuscano.

Padre Alfredo.

«Puros e impuros»... Un pequeño pensamiento para hoy

Al leer el Evangelio de estos primeros días del Tiempo Ordinario, estamos en el momento inicial del ministerio de Jesús. En la perícopa de hoy, El leproso que ha sido curado (Mc 1, 40-45) no puede contener su alegría y proclama quién ha sido su curador, a pesar de la expresa prohibición de Jesús. Los signos de curación que Jesús hace van extendiendo su fama. Jesús no quería que aquel hombre dijera nada, para que no lo creyeran un simple curandero, y por si alguno se escandalizaba de que hubiera tocado al leproso, porque, en las leyes judías, los leprosos eran impuros y no se podía tocarlos, porque se contagiaba la persona no tanto de la lepra, sino de su impureza. Este hecho nos recuerda que también en nuestros tiempos y en nuestra sociedad, hay leprosos, como en los de Cristo. Y como en su época, también en la nuestra los segregamos, no queremos ni verlos, está prohibido tocarlos, hablarles, los dejamos solos con su enfermedad. 

El Evangelio nos dice hoy que el leproso se acercó a Jesús y le pidió confiadamente que lo sanara. Jesús lo hizo, «¡tocándolo!», haciéndose impuro según las normas de la ley judía, reincorporándolo a la sociedad que lo rechazaba; por eso lo mandó a presentarse a los sacerdotes, para que certificaran su curación y lo recibieran de nuevo y oficialmente en la comunidad. Pero el leproso no pudo callar como Jesús le pedía, él solamente quería contarle a todos los que se encontraba, lo que Jesús había hecho en su vida. Él reconoció en Cristo al Salvador. Pasó por su vida y creyó en él como en él único que podía remediar sus males. El 23 de marzo de 2003 San Juan Pablo II beatificó a la española Juana María Condesa Lluch, virgen y mártir cuya memoria se celebra el día de hoy. Ella fue una mujer que, con solícita caridad y espíritu de sacrificio se acercó a los leprosos de nuestros tiempos, a esos que son los más pobres, a los niños y jóvenes obreros, se entregó completamente a atenderlos y, para su tutela, fundó la Congregación de Siervas de la Inmaculada Concepción Protectoras de las Obreras. Murió en el año de 1916 luego de una vida de intenso trabajo. 

Tenía Juana apenas 18 años, cuando descubrió que la voluntad de Dios sobre su vida era entregarlo todo y entregarse del todo a la causa del Reino a través de la evangelización y el servicio especialmente de la mujer obrera, interesándose por las condiciones de vida y laborales de estas jóvenes, realidad sufriente que contemplaba desde el carruaje que la conducía desde Valencia a la playa de Nazaret, donde la familia tenía una casita de descanso. En 1884, tras varios años de obstáculos especialmente por parte del Arzobispo de Valencia, al considerar que era demasiado joven para llevar a cabo la propuesta que le hacía de fundar una Congregación, logra e el permiso necesario para abrir una casa que diera acogida, formación y dignidad a las obreras que, dado el creciente proceso de industrialización del siglo XIX, se desplazaban de los pueblos a la ciudad para trabajar en las fábricas, donde eran consideradas meros instrumentos de trabajo; «Grande es tu fe y tu constancia. Ve y abre un asilo a esas obreras por las que con tanta solicitud te interesas y tanto cariño siente tu corazón». Así actúa Jesús, se acerca y mueve el corazón para hacer lo mismo que Él, acercarse a quienes son segregados, poca cosa... impuros. Que María Santísima nos ayude a no despreciar a nadie y que el «no se lo cuentes a nadie» de nuestras acciones hable por sí solo de lo que el Señor hace a través de nosotros como instrumentos en sus manos. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

miércoles, 15 de enero de 2020

«Misioneros, como Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy

Arnoldo Janssen es un santo que nació el 5 de noviembre de 1837 en Goch, una pequeña ciudad de la Baja Renania —Alemania—. El 15 de agosto de 1861 fue ordenado sacerdote para la diócesis de Münster y fue asignado a enseñar ciencias naturales y matemáticas en la escuela secundaria de Bocholt, donde adquirió fama de maestro estricto pero justo. Por su profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue nombrado director diocesano del Apostolado de la Oración. Desde este apostolado, Arnoldo buscó abrirse también a cristianos de otras denominaciones y se empezó a preocupar por la misión universal de la Iglesia. Decidió dedicar su vida a despertar en la iglesia alemana la conciencia de su responsabilidad misionera. Con este objetivo en mente, en 1873 renunció a su cargo docente y fundó «El pequeño mensajero del Corazón de Jesús», una revista mensual que ofrecía noticias misionales y animaba a los católicos a hacer más por las misiones. «El Señor desafía nuestra fe a realizar algo nuevo, precisamente cuando tantas cosas se están derrumbando en la Iglesia», afirmaba. Con el apoyo de varios obispos, Arnoldo inauguró la casa misional en Steyl (Holanda) y dio comienzo a la Congregación de los Misioneros del Verbo Divino. 

Consciente de la importancia de las publicaciones para atraer vocaciones y fondos, Arnoldo estableció la propia imprenta sólo cuatro meses después de inaugurada la casa. Miles de laicos generosos dedicaron tiempo y esfuerzos a la animación misional en los países de habla alemana distribuyendo las revistas de Steyl. De esta manera, la nueva congregación se desarrolló ya desde su inicio como comunidad de sacerdotes y hermanos. Prácticamente desde el comienzo, un grupo de mujeres se puso al servicio de la comunidad. Su deseo era servir a la misión como religiosas. Este deseo, los años de fiel servicio, y la conciencia de la importancia de las mujeres en las misiones, llevaron a Arnoldo a fundar la congregación de las «Siervas del Espíritu Santo» el 8 de diciembre de 1889. En 1896, el P. Arnoldo eligió a algunas de las Hermanas para formar una rama de clausura, las «Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua». Su servicio a la misión sería la de rezar día y noche por la Iglesia y especialmente por las otras dos congregaciones misioneras, manteniendo un servicio ininterrumpido de adoración al Santísimo Sacramento. Arnoldo murió el 15 de enero de 1909. Fue canonizado por San Juan Pablo II el 5 de octubre de 2003. 

¡Cuánto puede hacer un alma que se deja guiar de la mano de Dios y que busca imitar a Cristo que «pasó por el mundo haciendo el bien»! (Hch 10,38). La vida de este santo fundador es un buen ejemplo de buscar imitar la acción misionera de Nuestro Señor. Cristo, en su andar misionero, es siempre un modelo a seguir, él va siempre comunicando su victoria contra el mal y la muerte, curando enfermos y liberando a los poseídos por el demonio. Hoy el Evangelio nos habla de la curación de la suegra de Pedro y nos dice que atendía y curaba a otros muchos enfermos y endemoniados (Mc 1, 29-39) y que dejaba, además, un tiempo especial para marchar fuera del pueblo y ponerse a rezar a solas con su Padre, y continuar predicando por otros pueblos. Así debe ser y hacer el discípulo–misionero, así fue San Arnoldo Janssen. El seguidor y anunciador de Cristo no es alguien que se queda a recoger éxitos fáciles, sabe que, como Cristo, ha venido a este mundo a evangelizar a todos. Pidámosle a María Santísima, la primera misionera, que nos alcance de su Hijo Jesús ese espíritu misionero que nos haga salir de nosotros mismos para ir a los enfermos, a los pobres, a los necesitados de la Buena Nueva. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 14 de enero de 2020

«Enseñaba con autoridad»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy recurro, para mi reflexión, a un cuento que empiezo a relatar inmediatamente: Había una vez un poderoso rey que tenía tres hijos. Dudando sobre quién debía sucederlo en el trono, envió a cada uno de ellos a gobernar un territorio durante cinco años, al término de los cuales deberían volver junto a su padre para mostrarle sus logros. Así marcharon los tres, cada uno a su lugar, pero al llegar descubrieron decepcionados que tan sólo se trataba de pequeñas villas con un puñado de aldeanos, en las que ni siquiera había un castillo. El primero se dijo: Seguro que a mis hermanos se les ha dado algo mejor, pero demostraré a mi padre que puedo ser un gran rey. Y juntando a los pocos habitantes de su villa, les enseñó las artes de la guerra para conquistar las villas vecinas. Así, su pequeño reino creció en fuerza y poder. Orgulloso, el joven príncipe reunió a aquellos primeros aldeanos, y viajó junto a su padre. El segundo pensó: Seguro que a mis hermanos se les tocó algo mejor; pero puedo probar que sí puedo ser un gran rey. Y tras un duro trabajo, un magnífico palacio presidía la pequeña aldea. Satisfecho, el joven príncipe viajó junto a su padre en compañía de sus fieles aldeanos. Seguro que a mis hermanos se les dio mi padre un lugar mejor, así que la gente de esta aldea debe de ser importante para mi padre. Y resolvió cuidar de ellos y preocuparse por que nada les faltara. Durante su reinado, la aldea no cambió mucho; era un lugar humilde y alegre, con pequeñas mejoras necesarias aquí y allá, pero sus aldeanos parecían muy satisfechos por la labor del príncipe, y lo acompañaron gustosos junto al rey. 

Cuando los tres hermanos llegaron ante su padre y cada uno quiso contar las hazañas que debían hacerle merecedor del trono, el rey no los dejó hablar. En su lugar, pidió a los aldeanos que contaran cómo habían sido sus vidas. Los súbditos del primero mostraron las cicatrices ganadas en sus batallas. Los súbditos del segundo contaron cómo, bajo el liderazgo del príncipe, habían construido tan magnífico palacio. Finalmente, los súbditos del tercero, medio avergonzados, contaron lo felices que habían sido junto a aquel rey humilde y práctico, que había mejorado sus vidas en tantas pequeñas cosas. Como probablemente no era el gran rey que todos esperaban, y ellos le tenían gran afecto, pidieron al rey que al menos siguiera gobernando su villa. Acabadas las narraciones, todos se preguntaban lo mismo que el rey ¿Cuál de los príncipes estaría mejor preparado para ejercer tanto poder? Indeciso, y antes de tomar una decisión, el rey llamó uno por uno a todos sus súbditos y les hizo una sola pregunta: Si hubieras tenido que vivir estos cinco años en una de esas tres villas, ¿cuál hubieras elegido? Todos, absolutamente todos, prefirieron la vida tranquila y feliz de la tercera villa, por muy impresionados que estuvieran por las hazañas de los dos hermanos mayores. Y así, el tercero de los príncipes fue coronado aquel día como el más grande de los reyes, pues la grandeza de los gobernantes se mide por el afecto y la búsqueda del bien y la verdad para sus pueblos, y no por las guerras, el tamaño de sus castillos y sus riquezas. El reino así, fue un reino de justicia y de paz, de amor y de ayuda mutua. 

Me quedo con este cuento porque el Evangelio hoy habla de la «autoridad» con la que hablaba Jesús (Mc 1, 21-28 y esa autoridad es de este estilo. El Señor no vino a traer mejoras materiales ni a hacerse un castillo para el solo. Vino a establecer un Reino en el que todos tenemos un lugar especial. Entre los santos que se celebran el día de hoy está san Eufrasio, un santo, del que san Gregorio de Tours alababa la hospitalidad por su sencilla manera de ejercer la autoridad acogiendo a todos. Murió mártir en España, pues era obispo en la provincia de Jaén (España). Con su autoridad al estilo de la de Cristo, siempre cercano a la gente. La historia dice que fue discípulo del Apóstol Santiago y que fue consagrado obispo por san Pedro en Roma el año 44, regresando a España al siguiente, siendo destinado a Iliturgi (Mengíbar-Jaén), donde predicó hasta el año 57 en que sufrió martirio. Ejercer la autoridad a la manera de Cristo no es muy fácil y menos atrayente para muchos que buscan el poder y no entienden la clase de Reino que quiere establecer Jesús entre nosotros hasta llegar a la vida eterna. Pidamos a María Reina, la Madre de Dios y Madre nuestra, que, a quienes tienen o tenemos autoridad, nos ayude a ejercerla así, como su Hijo Jesús. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 13 de enero de 2020

UNA HERMOSA ORACIÓN PARA VISITAR EL SANTÍSIMO SACRAMENTO...

Oh Dulcísimo Jesús, 
que escondido bajo los velos eucarísticos, 
escuchas piadoso nuestras súplicas humildes, 
para presentarlas al trono del Altísimo, 
acoge ahora los anhelos ardientes de nuestros corazones. 
Ilumina nuestras inteligencias, 
reafirma nuestras voluntades, 
revitaliza nuestra constancia 
y enciende en nuestros corazones 
la llama de un santo entusiasmo, 
para que, superando nuestra pequeñez 
y venciendo toda dificultad, 
sepamos ofrecerte un homenaje 
no indigno de tu grandeza y majestad 
y adecuado a nuestras ansias y santos deseos. 
Amen.

«Pescadores de hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


«Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres», Dice hoy Jesús en el Evangelio de hoy en un relato muy sencillo y bastante escueto (Mc 1, 14-20). Es que es lo único que basta que diga para que el corazón del que ha sido llamado se vaya tras él cuando ese corazón sintoniza con el suyo, con sus ideales, con sus sueños, con sus intereses. Seguir a Jesús requiere una sintonía total con él. No obstante, cuando empezamos a aplicar los principios de la llamada radical de Jesús a nuestra vida diaria, la tentación es preguntar ¿cuánto tenemos que dejar?; ¿qué parte de nuestro ser y quehacer tenemos que dar al Reino de Jesús?; o ¿cuánto tiempo tenemos que usar para los propósitos de Jesús? La respuesta es sencilla: ¡Todo! Vivir una vida radicalmente entregada a los propósitos de Jesús significa dar todo lo que somos, en nuestra vocación específica a su Reino y a su causa. Por eso hay, en la lista de los santos y de los beatos, innumerables hombres y mujeres de toda clase y condición. 

Hoy la Iglesia celebra a uno de esos seguidores: San Hilario de Poitiers, en Aquitania —hoy Francia—, que vivió en tiempos del emperador Constancio, quien había abrazado la herejía arriana, y luchó denodadamente en favor de la fe acerca de la Trinidad y de la divinidad de Cristo, siendo desterrado, por esta razón, durante cuatro años a Frigia. San Hilario es famoso también porque compuso unos comentarios muy célebres sobre los Salmos y sobre el evangelio. Su primera obra titulada «Comentario al Evangelio», es el comentario más antiguo en latín que ha llegado de este Evangelio. Su obra dogmática más importante es: «De Trinitate», un tratado sobre la Santísima Trinidad, en el cual demuestra que las Sagradas Escrituras testimonian claramente la divinidad del Hijo, cosa que lo llevó a ser reconocido por eso, doctor de la Iglesia. San Hilario nació en Poitiers, Francia, a inicios del siglo IV, en una familia acomodada y recibió una muy buena formación literaria, pero al parecer, según los pocos datos que se tienen de su vida, no se formó en un ambiente cristiano sino que fue más grande cuando le fue dirigido el «sígueme». Fue bautizado hacia el 345 y elegido Obispo de su ciudad natal entre el 353 al 354. 

Cuando se sigue al Señor uno tiene que entender que ese «sígueme» no nos ofrece seguridad económica, un pago, un éxito social, ni fama. El seguimiento consiste en remar contra el ambiente social dominante que ofrece precisamente seguridades que solo sirven por un tiempo determinado y que todas terminan al dejar este mundo, por eso el seguimiento exige compromiso, renuncia y valentía, cosas que no están muy en boga en nuestros tiempos. Mucha gente piensa que ese llamado que Jesús hizo a aquellos pescadores y que sigue haciendo en nuestros días es solamente a la vida sacerdotal, a la vida religiosa, a la vida consagrada, pero no es así. Jesús llama a todos, incluso y por supuesto a la mayoría del laicado que vive para transmitir el Evangelio en palabras y obras testimoniando la fe. Jesús llama a todos a seguirle en la vida diaria, tal como la vive la mayoría, en medio del mundo pero sin ser del mundo, pero siendo además sus mensajeros. Que María Santísima, seguidora fiel del Señor ayude a cada uno a seguir al Señor desde el lugar en el que la misma Providencia Divina le ha puesto. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 12 de enero de 2020

«El Bautismo del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

La lista de santos que la Iglesia celebra el día de hoy es inmensa: San Alfredo (Elredo) de Rieval, San Antonio María Pucci, San Arcadio de Mauritania, San Benito Biscop, San Bernardo de Corleone, Santa Cesárea, San Eutropio, San Ferreol, Santa Margarita Bourgeoy, San Martín de León, San Nazario, Santa Tania o Tatiana, San Tigrio, San Victoriano. Los beatos Antonio Fournier, Nicolás Bunkerd Kitbamrung y Pedro Francisco Jamet. Pero todos ellos, cortésmente, seden el lugar al Señor Jesús, el Santo de los santos en el día en que celebramos la solemnidad del Bautismo del Señor. No hay duda de que en la vida de Jesús de Nazaret el hecho de su bautismo por Juan en el Jordán significó un momento muy importante. Es el momento imprescindible del paso de su vida como un judío normal a su manifestación como el «Enviado del Padre». De la vida de Jesús antes de este momento, casi no sabemos nada. El Jesús que se manifiesta y se da a conocer como Palabra de Dios y que actúa movido por el Espíritu de Dios es el que comienza a actuar y a hablar desde el momento de su bautismo. Cuando todo el pueblo se hacía bautizar por Juan, también Jesús acude a hacerse bautizar. 

El justo se mezcla con los pecadores y se sumerge con ellos en las aguas del Jordán. Vino a hacerse solidario de los hombres en todo, no en el pecado, pero sí en las consecuencias del pecado: la muerte. Con el mismo impulso de amor a los hombres con que por la encarnación había entrado en nuestra historia, baja ahora al Jordán, confundido con aquella multitud que se confiesa pecadora ante Juan el Bautista. Si el Evangelio da tanta importancia a este hecho (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21-22; Jn 1,29-34), si nosotros lo celebramos en este domingo inmediatamente después de la Epifanía no es sólo por su importancia en la vida histórica de Jesús, sino porque desde la predicación de los Apóstoles, desde los evangelios que recogieron por escrito esta predicación, desde la más antigua liturgia de la Iglesia se ha visto este momento como el momento inicialmente clave de la manifestación no sólo de Jesús, sino también de Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo. De aquella manifestación de la Trinidad que realizará plenamente la Pascua. Pero aquel bautismo de agua del Señor sólo podrá convertirse en bautismo en el Espíritu por medio del bautismo en la sangre. A él se refería el mismo Cristo cuando anunciaba su Pasión a los discípulos: «Tengo que pasar por un bautismo, ¡y que angustia hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). 

Hoy, aunque no celebramos nuestro bautismo, podemos recordar que también nuestro bautismo, como sacramento, es Pascua, puesto que nos ha sumergido en la muerte de Cristo; porque nos hace desear ardientemente la Pascua de Cristo en su memorial eucarístico; y, aún, porque nos empuja poderosamente hacia otra Pascua, la de la vida concreta, la del tiempo ordinario en la que debemos pasar continuamente de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del egoísmo al amor, del pecado a la gracia. Por eso los bautizados, los discípulos–misioneros, sentimos, no se diga la obligación, sino la necesidad de reunirnos el domingo, día memorial de la Pascua del Señor, para celebrar la Eucaristía y de buscar un estilo de vida que nos vaya llevando a la santidad. ¿Sabemos el día de nuestro bautismo? ¿Lo celebramos? Vale la pena buscar la fecha si no se recuerda y prepararse así a celebrarlo en la Pascua con el Señor. Hoy cerramos el ciclo de la Navidad y abrimos el tiempo ordinario, que María Santísima nos ayude a vivirlo intensamente para avanzar hacia la Cuaresma y llegar al gozo de la Pascua. ¡Bendecido domingo del Bautismo del Señor! 

Padre Alfredo. 

P.D. Hoy, día de san Alfredo, mi padre cumple 6 meses de haber sido llamado a la Casa del Padre. Lo encomiendo a sus oraciones.

sábado, 11 de enero de 2020

«Llevarlos a todos a Cristo»... Un pequeño pensamiento para hoy

A veces en el calendario, vienen nombre de santos que no sabemos quiénes son ni que fue de sus vidas, tal vez sea el caso de uno de los santos que hoy celebramos: San Paulino de Aquilea (726 - 802), teólogo y poeta italiano, patriarca de Aquilea a finales del siglo VIII y una de las fuerzas impulsoras del Renacimiento carolingio. Se sabe que de pequeño vivía en medio del laboreo de una granja, y ya siendo joven, pasaba buena parte de su tiempo en los trabajos del campo. Sin embargo, lograba reservar algunas horas al estudio, y con los años llegó a ser un famoso gramático. Carlomagno le llamó, en una carta, «Maestro de Gramática y Muy Venerable». Estos epítetos nos hacen suponer que Paulino era ya sacerdote para ese entonces. Hacia el año 776 fue elevado contra su voluntad a la sede del Patriarcado de Aquilea. En dicha Iglesia se dejaron sentir los benéficos efectos de su celo, piedad e inteligencia. Carlomagno le pidió que asistiera a todos los grandes concilios de su tiempo, por remotos que fuesen los sitios en que se reunían, y el propio santo reunió un sínodo en su natal Friuli, en 791 o 796, contra los errores que se iban propagando sobre el misterio de la Encarnación. 

El más grave de los errores de aquel tiempo era la herejía adopcionista: Félix, obispo de Urgel de Cataluña, profesaba que Cristo, en cuanto hombre, era simplemente hijo adoptivo de Dios. San Paulino escribió contra él una refutación que remitió a Carlomagno, preparó misioneros bien fundamentados en la verdadera fe y los envió a predicar. Fueron muchos los que, evangelizados, abrazaron la auténtica fe. Cuando el duque de Friuli fue nombrado gobernador de las tribus de los hunos, San Paulino escribió para él una excelente «Exhortación», en la que urgía a buscar la perfección cristiana, le daba reglas sobre la práctica de la penitencia y remedios contra los diferentes vicios, especialmente contra el orgullo; le instruía además sobre el deseo de agradar a Dios en todas las acciones, sobre la oración y las disposiciones esenciales para ella, sobre la comunión, el cuidado de evitar las malas compañías y algunos otros puntos. El libro termina con una hermosa oración y la promesa del santo de pedir por la salvación del buen duque. Las ardientes súplicas de San Paulino atraían constantes bendiciones del cielo sobre las almas que le habían sido confiadas. La vida de Paulino terminó con una santa muerte, el 11 de enero de 804. 

El Evangelio de hoy nos cuenta que Jesús bautizaba y enviaba a los discípulos a bautizar extendiendo así la Buena Nueva (Jn 3,22-30). Esto se nos narra en el contexto de que hemos celebrado el nacimiento y la manifestación de Jesucristo al mundo y eso nos llama a reafirmar nuestro ser de discípulos–misioneros. Nosotros también, como San Paulino de Aquilea, aquellos discípulos de Jesús y Juan el Bautista tenemos mucho que hacer. Casi cerramos el ciclo de la Navidad, el lunes empezaremos ya el ciclo del Tiempo Ordinario y conviene preguntarnos si de verdad llevamos a la vida de nuestros hermanos a este Cristo que celebramos, en nuestras comunidades, para liberarlos con la Buena Noticia del reinado del Padre. Debemos hacer que Jesús sea recibido por todos, que crezca en el amor y en la fe que le deben los suyos, que ocupe el primer lugar en las vidas de todos aquellos a quienes se proclame el evangelio, de quienes conformen las comunidades cristianas. Es una lección de humildad ante el Señor Jesús a quien no podemos suplantar con nuestros intereses personales de poder o de honor. Pidamos a María Santísima que nos lo alcance de su Hijo Jesús. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.