domingo, 21 de diciembre de 2025

«Despertar a una misióN»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En este cuarto domingo de Adviento las lecturas de la Palabra de Dios, en la santa misa, nos llevan a profundizar en el Esperado de los pueblos, Nuestro Señor Jesucristo. Se trata de tres lecturas con una densidad cristológica inigualable que nos invitan a tocar con las manos y vivir con corazón sincero el espesor de lo que significa el que Dios «esté con nosotros» quedandose para siempre, es decir, que él sea el «Enmanuel». Debido a esta espesura de estos textos, hoy mi reflexión ha querido ser un profundizar en ello y eso es lo que ahora comparto para reflexión personal y comunitaria. Empiezo por Isaías, quien en la primera lectura (Is 7,10-16) nos presenta lo que es quizá su oráculos más importante, una muchacha muy joven ha concebido y dará a luz. Es el signo, el símbolo entrañable de lo que Dios ha prometido para salvar a la humanidad. Dios no abandonará a su pueblo; y le dará un Mesías, el esperado, aunque no venga como se le esperaba. 

La segunda lectura (Rm 1,1-7) nos regala el comienzo de la carta más impresionante de Pablo. En ella el Apóstol de las gentes les anuncia la buena nueva de Jesucristo: nacido de David según la carne y establecido en su poder por el Espíritu de Dios. Pablo entiende que en el Mesías se han realizado las promesas de sus profetas, los que él había intentado conocer en profundidad en las escuelas rabínicas en las que se había formado en Damasco o en Jerusalén. Y se atreve a más: Dios le ha llamado precisamente para que este nombre sea conocido hasta los confines de la tierra. La llegada del Señor Jesús a su vida ha constituido una enorme gracia y por eso mismo él comprende que no puede mantenerla egoístamente para sí, sino que debe proclamarla a todos.

Por su parte el evangelio (Mt 1,18-24) nos presenta el sueño de José, en el que le queda la encomienda de dar un nombre al hijo que dará a luz su prometida María; le pondrá por nombre Jesús. Su nombre simbólico será una realidad eterna, el Emmanuel, el Dios con es el Dios que salva —Jesús significa «Dios salva». José es compasivo como el Padre Misericordioso, no está herido de infamia por haber sido engañado por su prometida. Él comprende que debe desempeñar una misión. José, descendiente de David y esposo legal de María, al imponer el nombre a Jesús se convierte legalmente en su padre y el mismo José comprenderá desde el primer momento que, aunque él no sea padre biológico de Jesús,  cuidará de él con una paternidad muy especial, superar a cualquier otra. Con este evangelio se nos abren las puertas de la Navidad; termina el Adviento y la esperanza que genera se debe hacer realidad experimentando de verdad la salvación que nos llega ya. ¡Bendecido IV domingo de Adviento!

Padre Alfredo.

martes, 16 de diciembre de 2025

«Hoy empiezan las posadas»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Oficialmente hoy empiezan las Posadas, esta antiquísima tradición mexicana que se ha extendido por el mundo para revivir el peregrinaje de María y José desde Nazaret a Belén en busca de alojamiento —posada— para el nacimiento del Niño Jesús. Cada uno de los nueve días que anteceden a la Navidad, va marcando un valor específico o virtud, como la humildad, la fortaleza, la esperanza, la caridad, la justicia, la pureza, la alegría, el desprendimiento y la confianza. Las Posadas son mucho más que una simple recreación, son una oportunidad para unir a la comunidad, fomentar la solidaridad y fortalecer los lazos familiares y amistosos. Se trata de reuniones que encapsulan el espíritu navideño mexicano, caracterizado por la generosidad, la hospitalidad y la devoción religiosa. Los peregrinos, llevando las imágenes de María y José y acompañados con velas, cantan pidiendo que les abran la puerta en varios espacios. Una vez aceptados, se les recibe, se apagan las velas y se encienden las luces. Enseguida viene el rezo del rosario con cantos, el romper la piñata que representa las tentaciones y se golpea hasta romperse, simbolizando la victoria sobre el mal. Luego se disfruta de la comida y la convivencia.

Esta tradición, ha experimentado en las últimas décadas una transformación muy profunda. Lo que fue una celebración eminentemente religiosa, hoy se vive, en muchos casos, como un evento predominantemente social. La música, la convivencia marcada por el consuma sumamente excesivo de alcohol y el ambiente festivo han desplazado, en muchos casos, el componente espiritual. La relación de mucha gente con la religión, el tiempo libre y la identidad cultural está mediada por la globalización, la tecnología y los cambios sociales que atraviesan a México y al mundo. Por ello, eso ha influenciado para cambiar las prácticas festivas que les fueron heredadas. Uno de los factores importantes para comprender este fenómeno es la distancia creciente entre el mundo consumista, materialista y hedonista y las instituciones religiosas. Es de todos sabido que actualmente se registra una disminución en la práctica religiosa. Casa vez más personas —incluso miembros de nuestras familias, se identifican como creyentes no practicantes, espirituales pero no religiosas, o simplemente alejadas de cualquier doctrina formal. En este contexto, las posadas ya no despiertan el mismo interés espiritual que antaño.

En medio de este contexto, la liturgia de la palabra de la misa de hoy nos presenta al profeta Sofonías (Sof 3,1-2.9-13), que alza la voz en el nombre del Señor y busca suscitar gente fiel —aunque sea un pequeño grupo— que restaure el verdadero culto al Señor en espíritu y en verdad. Hemos nosotros como aquel «resto fiel» estar muy atentos para escuchar la llamada de Dios y no perdernos en celebraciones en donde el gran ausente es precisamente él, el Señor. Tenemos que darnos cuenta de lo que impide la llegada del Señor a nuestras vidas y a las del mundo que nos rodea y vencer la oscuridad de la negación práctica al Dios que salva. A la luz de Sofonías y los demás profetas que vemos en el Adviento, discernamos cada uno, junto a María y José, si formamos parte de ese «resto» o estamos atrapados por el sin sentido de fiestas vacías, si quizá incluso nos sentimos llamados a ser profeta para los que me rodean, si puedo vivir la humildad y la pobreza que hacen posible «ver» a Dios. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

«UN IMPORTANTE ANTÍDOTO CONTRA LA SOLEDAD, LA DEPRESIÓN, LA ANGUSTIA Y LA ANSIEDAD EN EL SACERDOTE»

Soy consciente de que soy un sacerdote viejo. De hecho el más viejo del círculo de amigos sacerdotes con los que actualmente comparto muchos momentos en Monterrey donde mis superiores me tienen por ahora. 

El papa Francisco decía que uno de los tesoros que se deben cultivar es la amistad sacerdotal. «La amistad sacerdotal —decía— es una fuerza de perseverancia, de alegría apostólica, de valor e incluso de sentido del humor».

Los sacerdotes, tanto religiosos como diocesanos, debemos querernos, apoyarnos, pues tenemos la misma unción, la misma misión y, además, estamos dentro del camino de la misma santificación por el sacramento del Orden recibido. Y la convivencia, la comunión y la amistad nos hacen fuertes, le dan eficacia a nuestro sacerdocio, fortaleciéndolo y llenándolo de entusiasmo apostólico.

Hace poco, en el «National Catholic Register» de Estados Unidos, apareció un artículo tocando el tema sobre lo que pasa con muchos sacerdotes jóvenes abandonan el sacerdocio ministerial. Lo quiero compartir con algunas adaptaciones porque vale la pena porque sé que cada día más sacerdotes jóvenes toman, aparentemente de forma tempestiva, la decisión de dejar el ministerio sobre todo frustrados, solos, sin amigos sacerdotes, religiosos o laicos. 

Los sacerdotes debemos cultivar el don de la amistad entre nosotros y mantener una viva relación cercana con los consagrados y los laicos, especialmente con las familias, con los feligreses del pueblo de Dios. El sacerdote apartado, solitario, distante, lejano «para no contaminarse», no madura afectivamente, sino que más bien decrece, se va para abajo, en el justo sentido del término: se «deprime».

La afectividad sacerdotal crece y madura en relación con una variedad limitada de personas, porque no es que se pueda relacionar con toda gente que nos rodea; imposible; además de ello eso nos sometería a la pérdida de intimidad, que hemos de guardar continuamente. Nos hemos de relacionar también con psicólogos, quizá con un terapeuta, con los otros sacerdotes, con nuestra familia de sangre y las familias de la feligresía. Sin dejar de lado ni descuidar la relación con el director espiritual, que nos ayudará a desarrollar rectamente su vida afectiva.

Por supuesto la relación con las personas, como elemento constitutivo de la afectividad, no excluye -todo lo contrario-, sino exige y supone la relación con las personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

Bien, pues estto que viene a continuación es el artículo que me resulta muy ilustrativo y de alguna manera creo que leerlo nos invita a orar por todos los sacerdotes sea cual sea nuestra vocación específica.

«Cuando Toby —nombre ficticio— se acercó al altar durante su misa de ordenación [sacerdotal] hace aproximadamente una década, comprensiblemente estaba nervioso, quizás mucho más [de lo común] que el candidato promedio.

A pesar de haber crecido como católico, amar su fe y recibir constante apoyo durante su experiencia en el seminario, Toby albergaba serias dudas sobre si realmente podría decir "Sí" al sacerdocio. Pero afirma que las expectativas de su familia, sus seguidores y el propio seminario crearon una situación en la que le resultó imposible dar marcha atrás en la ordenación.

Aunque inmediatamente se sintió profundamente inseguro en el sacerdocio, Toby, siguiendo el consejo de un sacerdote mayor, decidió dar lo mejor de sí en el ministerio parroquial. "Para Navidad, estaba al borde de un colapso nervioso", recordó Toby. “Intentaba hacer algo con todo el corazón, de forma correcta y consciente, pero no me sentía capaz. Sobre todo, celebrar la misa se volvió muy doloroso. Experimentaba un abismo entre lo que hacía y mi estado mental.”

Toby solicitó la reducción al estado laical tan solo unos años después de su ordenación. Declaró que siempre había sentido una fuerte atracción por el matrimonio; hoy está felizmente casado.

Sin duda, Toby dedicó mucho menos tiempo al ministerio sacerdotal que la mayoría de los hombres ordenados. Pero el fenómeno de los hombres que abandonan el sacerdocio rápidamente —por razones ajenas a la mala conducta o al escándalo— es más común de lo que se cree. 

Expertos que trabajan con sacerdotes declararon que, en los últimos años, han observado con mayor frecuencia que los problemas de agotamiento y soledad alejan a los hombres de su vocación. Y los datos respaldan esta observación: según un estudio reciente de The Catholic Project, los sacerdotes más jóvenes reportan niveles más altos de agotamiento y soledad en comparación con sus colegas de mayor edad.

Los sacerdotes necesitan interacción regular e intencional con sus compañeros y fraternidad, apoyo de los laicos y formación humana y espiritual continua para persistir en su vital servicio a la Iglesia, según declararon expertos en formación sacerdotal. “De hecho, la formación nunca termina realmente. Debería ser una parte constante de la vida de un sacerdote, pero no siempre es así”, afirmó Anthony Lilles, profesor de teología moral y dogmática en el Seminario de San Patricio en Menlo Park, California.

Se sabe anecdóticamente que un número considerable de sacerdotes solicitan la dimisión del ministerio en la actualidad, pero es difícil saber cuántos con certeza. Lilles y otros comentaron que perciben que un número creciente de jóvenes abandona el sacerdocio poco después de la ordenación, pero hasta la fecha esto no ha sido corroborado por un estudio formal.

En términos generales, dijo Lilles, que un hombre abandone el sacerdocio dentro de los cinco años indica un problema con su formación en el seminario; después de cinco años, la falta de apoyo continuo es probablemente el factor más importante.

El Padre Peter —cuyo nombre también es ficticio—, un joven vicario parroquial ordenado hace aproximadamente una década y que sirve en la Costa Este, declaró que conoce a un número considerable de jóvenes, tanto de su edad como menores, que han dejado el sacerdocio, tanto en su diócesis como en otros lugares. En sintonía con Lilles, el Padre Peter afirmó que la mayoría de los sacerdotes comprenden bien las realidades del sacerdocio a los cinco años, y que su continuidad dependerá de su madurez, formación y vida espiritual. Como sacerdote, «se exige mucho de tu energía y de tu corazón. Si una persona no ha aprendido a equilibrar su propia vida y no cuida de la 'parroquia de su alma', eso se convierte en un problema», afirmó el Padre Peter.

Para muchos de los sacerdotes que el Padre Peter conoce y que han dejado el sacerdocio, las exigencias del sacerdocio no se ajustan a sus expectativas. Ha visto cómo una cultura clerical de "adicción al trabajo" lleva al descuido de la salud espiritual, física y mental de los sacerdotes, abriendo así la puerta a la proliferación de vicios. Recordó a un compañero que dejó el sacerdocio después de tan solo seis años, citando el comportamiento "poco cristiano" de sus compañeros sacerdotes. Otros compañeros, una vez que comprendieron lo "desordenadas y rotas" que pueden ser las personas que trabajan en la Iglesia tras bambalinas, concluyeron que el sacerdocio no es para ellos, dijo.

"He conocido a personas que no quieren dejar el sacerdocio, pero sienten que no tienen otra opción ni apoyo de otros sacerdotes, de su obispo", dijo el Padre Peter. "Básicamente, llegan a un punto en el que dicen: 'Si esto es el sacerdocio, entonces no quiero saber nada de él'", dijo. 

A pesar de su relativamente corto tiempo en el ministerio activo, Toby, quien ejerció su ministerio en el Reino Unido, comentó que pudo observar de primera mano cómo el estilo de vida sacerdotal, a menudo solitario, puede ser perjudicial y empujar a los hombres a abandonar el seminario. “Básicamente, formamos una comunidad [en el seminario], y luego [después de la ordenación] se nos pide vivir prácticamente una vida de aislamiento, de soledad… Vi eso como un factor para otros hombres que básicamente discernieron su salida del seminario antes de ser ordenados. Sé que fue un factor importante para un buen amigo mío”, declaró Toby.

La observación de Toby refleja un problema que enfrentan los sacerdotes en muchas diócesis y comunidades religiosas. Si bien a menudo comienzan con un gran celo, muchos sacerdotes jóvenes hoy en día se encuentran con importantes responsabilidades poco después de asumir el alzacuellos. Cada vez más, a medida que más diócesis cierran y fusionan parroquias, sumado a la continua escasez de sacerdotes, a los pastores jóvenes se les puede pedir que pastoreen varias parroquias a la vez.

Matthew Rudolph, cofundador de Chrism, un ministerio de Colorado que busca brindar apoyo integral y continuo para ayudar a los sacerdotes a prosperar, señaló que Jesús, en los Evangelios, envió a sus discípulos "de dos en dos", reconociendo la necesidad de compañía. Hoy en día, los sacerdotes suelen ser enviados "uno por uno": asignados a las rectorías por sí mismos, a veces en lugares geográficamente distantes de su hermano sacerdote más cercano, dijo Rudolph. Rudolph comentó que conoció personalmente a dos amigos que dejaron el sacerdocio tan solo un par de años después de su ordenación. Ambos experimentaron una profunda desilusión y soledad casi inmediatamente después de comenzar su ministerio activo. Descubrieron que, tras la ordenación, el apoyo y la fraternidad que construyeron durante el seminario pueden desmoronarse abruptamente. El estrés, el aislamiento y la "vida de soltero" en la que caen algunos sacerdotes pueden conducir a la depresión, la desesperanza, el abuso de sustancias e incluso, trágicamente, al suicidio. "Creo que debemos recordar que los sacerdotes también son humanos", dijo Rudolph.

El padre Carter Griffin, rector del Seminario San Juan Pablo II en Washington, D.C., enfatizó que los seminarios desempeñan un papel fundamental en la preparación de los hombres para la fidelidad a largo plazo a su vocación sacerdotal. Señaló que ya se han logrado mejoras significativas en las últimas décadas. Se hace hincapié en garantizar una formación humana integral, que incluye el mantenimiento de la salud y los límites de la castidad, el manejo de las ansiedades y la gestión de la inmensa carga de trabajo de la vida parroquial. También se están realizando esfuerzos para cultivar una cultura de "compromiso", comenzando en el seminario.

“Vivimos en una época y en una sociedad en la que los compromisos no se toman en serio… pero debemos hacer todo lo posible para ayudar a nuestros hombres a asumir y cumplir sus compromisos”, dijo el padre Griffin. Naturalmente, la formación espiritual también sigue siendo de vital importancia. “La respuesta más eficaz para los sacerdotes que abandonan su ministerio es una relación más profunda con el Señor. Todavía tenemos que afrontar las cosas a nivel humano, por supuesto, pero el sacerdocio solo tiene sentido a través de la fe y la relación con Dios. Un buen seminario ayudará a un hombre a cultivar esa relación cada día”, dijo.

“[Los sacerdotes] no priorizan reunirse tanto como les conviene”, comentó el padre Peter, señalando que a veces la falta de fraternidad sacerdotal se debe menos a la logística y más a la falta de motivación.

El padre Sean Conroy, vicario parroquial de Santo Tomás Moro en Centennial, Colorado, se unió a los Compañeros de Cristo durante su seminario, un grupo de sacerdotes diocesanos comprometidos a vivir juntos en comunidad en la medida en que su arzobispo se lo permite. Los compañeros nunca se pierden la comida comunitaria del sábado por la noche: los sacerdotes cocinan para los demás, dedican tiempo a la oración y disfrutan de la compañía mutua. En medio de las responsabilidades y el estrés de ser párroco, puede ser fácil ver el tiempo que pasa en comunidad con sus hermanos sacerdotes como un compromiso más, admitió el padre Conroy. Pero aprecia que le ayude a crecer en santidad y a promover su desarrollo humano y espiritual. “Reconocemos que [la comunidad] es algo que necesitamos para ser sacerdotes santos, y es algo que buscamos”, dijo el Padre Conroy. “Cuando soy fiel al apoyo de los hermanos, siempre me voy sintiéndome mucho mejor… En esencia, la fraternidad sacerdotal es necesaria”.

Bob Schuchts, fundador del Centro de Sanación Juan Pablo II en Florida, comentó que ha observado que la crisis de abuso sexual ha creado un temor generalizado a la intimidad entre laicos y clérigos, reemplazando las amistades sanas entre sacerdotes y laicos por la cautela y la distancia, afirmó. Ante esto, Schuchts sugirió que los católicos deberían considerar dar pequeños pasos para invitar a su sacerdote a la vida familiar, como invitarlo a compartir una comida. “Realmente no amamos a nuestros sacerdotes activamente. La mejor comunidad está entre los hermanos sacerdotes, entre ellos. Pero también es necesario que los sacerdotes y las familias se involucren entre sí”, dijo Schuchts.

Toby dijo que cree que es importante que los sacerdotes se acerquen a los laicos, especialmente a las parejas casadas, ya que las vocaciones matrimoniales y sacerdotales se complementan. “Creo que algo que los laicos pueden hacer es... invitarlo a sus vidas, entablar una amistad con él en cierto sentido, pero también en términos de darle un lugar como alguien que está ahí para acompañarlos espiritualmente, apoyarlos y nutrirlos”, dijo Toby.

Rudolph, por su parte, dijo que cree que muchos párrocos se sienten genuinamente queridos por su feligresía, pero de una manera un tanto anónima. Aconsejó a los feligreses laicos que “conozcan al hombre que está tras el cuello”: que aprendan sobre él, recen y ayunen por él y lo animen de una manera específica y personal. Los sacerdotes a menudo reciben más críticas que ánimos, añadió Rudolph, así que compartan comentarios positivos y expresen su gratitud, aconsejó.

El padre Griffin estuvo de acuerdo. Dijo: “Los sacerdotes estamos muy agradecidos por el amor y el apoyo de las personas a las que servimos. ... Participar en las iniciativas parroquiales y otras necesidades de la parroquia no solo fortalecerá su sentido de pertenencia a la comunidad parroquial, sino que también será un gran apoyo para su sacerdote”.» Hasta aquí el artículo.

Yo espero que la lectura de estas líneas que van sumamente de acuerdo con mi humilde opinión, nos puede ayudar no solamente a orar por los sacerdotes, sino a vernos como seres humanos y no solamente como objeto de consumo. 

Varias veces he comentado el sentir de algunos de mis hermanos hermanos sacerdotes que me dicen que terminan la última misa del día o la última actividad en la parroquia, todos parten a sus casa o trabajos y ellos se quedan allí… en sus oraciones, rodeados por el silencio.

La mayoría de las personas se nos acercan a los sacerdotes por un breve instante cada semana para preguntarnos entre otras cosas: ¿Me puede confesar? ¿Me bendice esta medalla? ¿Puede ir a ver a un enfermo? ¿Me bendice la camioneta?... pero no se involucran para nada en nuestras vidas como seres humanos. No nos preguntan cómo estamos, si nos sentimos bien, si algo nos hace falta, si pueden echarnos la mano en algo... Llegan y se marchan sin intercambiar muchas palabras.

Yo por mi parte no me puedo quejar, tengo muchos amigos sacerdotes y bastante gente que me procura, pero tal vez tú que lees esto seas sacerdote y no te acercas a tus hermanos en el ministerio; eres tal vez una religiosa y rezas solamente de forma abstracta por los sacerdotes sin descender a casos especiales. Eres tal vez un hombre o una mujer que vive en medio del mundo sin ninguna clase de interacción personal con el o los sacerdotes de tu parroquia...

Si algo nos sostiene en demasía, es la relación fraterna entre nosotros mismos, formando grupos espontáneos de sacerdotes que convivimos, que oramos juntos, que compartimos el gozo de la vocación. Y es que todo ser humano necesita de comunión. La soledad es opuesta a nuestra naturaleza.  

El Beato Eduardo Pironio, quien fuera Cardenal, comenta que un día Mons. Ancel preguntó a 300 sacerdotes reunidos en Ars: «¿Cuál es el mayor obstáculo que encuentran ustedes para su santificación?». Y todos respondieron: «La soledad». Por eso, podemos comprender muy bien que el Papa Pío XII haya afirmado que «El individualismo es un pecado contra el sacerdocio». «Amamos a Jesucristo en la medida en que amamos nuestro sacerdocio —escribe Pironio—. Y amamos nuestro sacerdocio en la medida que amamos a los sacerdotes… Y correr juntos los riesgos y las alegrías de esta fundamental conexión»

«El gran pecado contra la santidad y la eficacia de nuestro sacerdocio —continua Pironio— es el aislamiento y la soledad sacerdotal... Trabajamos en el mismo campo… pero no nos importan los problemas de los hermanos. Ni siquiera los conocemos. Solamente nos interesan sus fracasos o sus defectos. Vivimos encerrados en nuestro egoísmo individual o en nuestro egoísmo de grupos»[25]. 

Mucho más habría que decir en este amplio campo, pero para mejor cumplir su misión, el sacerdote debe cuidar su salud corporal y espiritual, su formación permanente, estar “al día”, convivir con sus hermanos sacerdotes, saber descansar y recibir el aliento de los laicos que lo rodeen, incluso aceptando su corrección fraterna pero no solo eso, sino el don de su amistad. Porque, como decía Séneca «el cansado busca pendencia», al igual que quienes están «atormentaos por el hambre o la sed».

Así como los sacerdotes diocesanos o religiosos somos responsables de cuidar el bienestar del rebaño encomendado y animar a todos en la fe y la vocación específica, todos pueden hacer lo mismo por nosotros. Si tu pastor fuera tu hermano, ¿cómo te gustaría que lo trataran? Comprometamonos al 100% para acompañar, alentar, cuidar a todo sacerdote porque sin el sacerdote, aunque sea el más pecador, el más miserable, el más indigno... no podemos tener a Jesús Eucaristía.

Padre Alfredo.

P.D. No te olvides de orar por mí.

domingo, 14 de diciembre de 2025

«Que brille la alegría»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ayer sábado empecé la misa de la mañana con una sola feligresa y Gaby Valero asistiéndome como acólito... ¡esa es la realidad de nuestro mundo, absorbido totalmente por la sociedad consumista, materialista y hedonista!... Ir a misa diaria no reditúa, no deja ganancia, solamente hay que «cumplir» con el domingo y fiestas de guardar. La alegría —según juzga el estilo de vida actual— hay que buscarla en otro lado, en donde sea, menos en las cosas de Dios. El tercer domingo de Adviento, llamado en Latín «Gaudete» —gozo— nos habla de una esperanza que está fundada en la alegría que está puesta solo en el Dios que no nos abandona nunca, que viene a colmar los anhelos más profundos de la humanidad: la muerte de la muerte, el fin de toda lágrima, el triunfo del amor para siempre. Este es un domingo en donde la alegría, porque Jesús viene a nuestro encuentro, debe brillar en plenitud como brilla en cada Eucaristía, en donde el Señor, con su palabra, su cuerpo y su sangre viene a nuestro encuentro. Por eso el papa Francisco hablaba tanto de «la alegría del evangelio».

El hombre y la mujer de hoy buscan la alegría en el afán de consumir para tener lo último que ha salido, lo que es tendencia, lo que parece que colma esa necesidad de ser felices, pero nada del presente parece llenar al ser humano por completo. Nuestro mundo confunde la alegría con placer pasajero y con sentir menos miedo, menos soledad y reír sin parar y sin sentido. Esta búsqueda interminable que hace a muchos disfrutar de una alegría espasmódica nos aparta de ver hacia «lo Alto», en donde está la verdadera alegría. Una alegría verdadera, que no puede ser ingenua, egoísta ni pasajera; una alegría que es la alegría del Evangelio, la alegría que llena el corazón.

El Adviento en su doble dimensión, nos invita notablemente a vivir alegres, pues nos preparamos para celebrar una encarnación que ya es un hecho y una segunda venida que nos llenará de gozo, por tanto, esforcémonos por conocer y reconocer los signos del reino a nuestro alrededor, las señales del cumplimiento de las promesas que hemos recibido. El saber descubrirlas hoy en medio de este mundo, esclavizado solamente por lo material, por lo que se ve, por lo que se toca, por lo que se siente, es todo un reto. Les invito a que a pesar de todo lo que nos pueda pasar, no perdamos la alegría. A pesar de sentirnos incapaces para muchas cosas, sobrepasados de trabajo, olvidados por los hijos o por los amigos, contemplemos la alegría de María que acompañada de José goza porque el nacimiento de su hijo Jesús se acerca y digamos: Ven Señor a salvarnos. ¡Bendecido domingo Gaudete!

Padre Alfredo.








































































ras, que se convierten en el centro de mi reflexión de esta mañana, están tomadas de la primera lectura de este día (Zac 2,5-9.14-15c). Zacarías es un libro lleno de visiones y mensajes de esperanza. Mientras el pueblo está ocupado en la construcción del templo, este profeta los anima recordándoles que Dios no sólo está con ellos, sino que tiene un plan glorioso para el futuro. Sus profecías, entre otras cosas, incluyen la venida del Mesías como rey humilde montado en un asno (Zac 9,9). Este profeta nos enseña que Dios es fiel a su pueblo y cumplirá todas sus promesas. En este capítulo 2, Zacarías nos presenta la visión de un futuro glorioso para Jerusalén. ¿Qué promesas le hace Dios a su ciudad escogida? Pues algo que los llena de esperanza, la futura expansión y prosperidad de Jerusalén con la presencia protectora de Dios invitando a los exiliados a regresar. Dios será su gloria, estando presente y glorioso en medio de ellos. Por eso no podemos desconfiar de Dios. Él nunca abandona.

No solamente en este trozo del libro de Zacarías, sino en toda la Sagrada Escritura de una manera o de otra, podemos percibir que Dios es un Dios que desea morar con su pueblo. En libro de Génesis, Dios crea el Edén que es una especie de templo en el que el ser humano fue creado para habitar delante de la presencia de Dios. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, vemos esta realidad. La nueva Jerusalén —sinónimo de Sión—, nos dice Apocalipsis 21,2-3 desciende del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Dice Juan que oyó una gran voz del cielo que decía: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios». Desde el diseño inicial del Creador, hasta su propósito final, él desea habitar con su pueblo. Jesús, presencia del Padre de las Misericordia, hizo su puso su morada entre nosotros, y vimos la gloria de Dios habitando con el ser humano en él como Mesías anunciado desde antiguo.

Al creer y confiar en Cristo, encontramos la máxima expresión de la fidelidad de Dios, quien nunca nos dejará solos en nuestras luchas. Dios nos sorprende siempre en su infinito amor, y es la confianza y el amor lo que nos tiene que mover en la vida porque el temor, ante nuestra condición de frágiles pecadores, paraliza y nos deja sin fuerzas para actuar. La confianza está devaluada. Parece que vivimos con la única certeza de que alguien nos engaña constantemente. ¡Urge devolver la confianza en Dios que quiere morar con y en nosotros! El que ama ha pasado con Cristo, que en el Evangelio de hoy anuncia su muerte (Lc 9,43b-45), de la muerte a la vida. Los que creemos en Jesús, llamados a una vocación y otra, enfrentaremos peligros, desafíos y sufrimientos en esta vida, pero podemos aferrarnos a las promesas de nuestro Dios, que nunca nos abandonará. Gracias a Él, también podemos ser fuertes y valientes como María, cuya actitud ante la adversidad es un ejemplo del que podemos aprender mucho. Para ello, lo primero es fortalecer nuestra fe, tratar intensamente a Nuestro Señor en la oración y pedir su ayuda con humildad y plena esperanza. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 12 de diciembre de 2025

«El aparente dominio de la incredulidad»... Un pequeño pensamiento para hoy

Vivimos en un mundo en donde domina la incredulidad. Es mucha la gente que no le cree a los gobernantes. Hay quienes han dejado de ir a la Iglesia porque no la sienten como una institución creíble, dicen que creen en Dios pero no en la Iglesia. Muchos hijos no creen en sus padres y muchos padres de familia no creen en sus hijos. Creo que todos conocemos personas que no creen a los médicos y no consumen los medicamentos adecuados... Pero quiero centrarme hoy, al celebrar la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe en la incredulidad en Dios y en las cosas de Dios, una situación que pulula en todos los ambientes. Los estudios muestran que la incredulidad está en aumento. Estamos viviendo en tiempos cada vez más seculares, y, desafortunadamente, aquellos que no creen en la verdad de las Escrituras a menudo parecen tener las voces más fuertes en el dominio público y se hacen «un Dios a su medida». Los escépticos y los agnósticos se están volviendo más atrevidos y vocales, y su influencia se ve en la educación, el entretenimiento, los sistemas judiciales y en los gobiernos... ¡Para muestra un botón! Han hecho un progreso significativo hacia su meta de eliminar la credibilidad en el verdadero Dios por quien se vive.

El miércoles estaba en la estación Padre Mier de Metrorrey, en el centro de Monterrey esperando el tren para el regreso a casa. A mi lado, un jovencito, al verme con mi traje clerical se volvió a verme y me sorprendió preguntándome si alguien me había mandado a su lado. Yo lo miré y luego de saludarlo me dijo: «yo no creo en Dios, hace mucho que él y yo no tenemos nada que ver, él no se mete conmigo y yo no me meto con él. Hace mucho fui al catecismo y recuerdo tiempos bonitos, pero uno se echa sus «chelitas» (cervezas) y se olvida. Por eso no creo en él». Esperando un reproche o un regaño se asombró cuando le respondí como lo hago con otros jóvenes: ¡Muchacho, no te mortifiques, no te preocupes porque lo más importante y lo más valioso es que él cree en ti!». Se quedó «helado, mudo y pensativo». Se bajó tres estaciones más adelante y antes de dejar el tren volvió su mirada y me dijo: «padrecito... ¡muchas gracias! 

Hoy en esta fiesta Guadalupana, en la primera lectura (Is 7,10-14) Ajaz no le creía a Dios. Jesús, más adelante, en el evangelio, llamó a su generación «incrédula y perversa» (Mt 17,17). El Nican Mopohua, por su parte, narra que el obispo Fray Juan de Zumárraga, luego de la aparición de la Virgen Moren en el Tepeyac, no le creyó a Juan Diego. ¡Cómo contrasta esto con el evangelio (Lc 1,39-48) de la misa de hoy que narra la visita de María a su parienta Isabel para recordarnos que María de Guadalupe hace «una visita» a nuestra tierra y que incluso, si con Isabel permaneció 3 meses, con nosotros, en México, su visita ha durado 494 años hasta el día de hoy! En esta perícopa, Isabel, al recibir la visita de la Madre de Dios experimenta que el fruto de su vientre «saltó de gozo» y le dice a María que es dichosa porque... «¡ha creído!» Cuando creemos en Dios todo tiene un nuevo color, el color de la esperanza. Dios se las ingenia para que creamos en él. Por eso hizo el milagros de las rosas que nos dejaron la imagen de su Madre santa plasmada en una tilma. Pidamos, al contemplar a la Guadalupana que nuestra credibilidad en Dios aumente y demos gracias porque Él, el verdadero Dios por quien se vive... «¡cree en nosotros!». ¡Bendecido viernes y felicidades a nuestros hermanos de Van-Clar por el día del Vanclarista!

Padre Alfredo.


jueves, 11 de diciembre de 2025

LOS SIGNOS DEL BAUTISTA... Un pequeño pensamiento para hoy

En la narración evangélica del domingo pasado la figura central, en este devenir del Adviento fue Juan el Bautista. El más grande los profetas y el que anuncia la venida del Señor y llama al pueblo a la conversión. Hoy el evangelio nos recuerda que la misión de Juan está íntimamente unida a la experiencia del encuentro, misión que empieza en el templo con Zacarías, quien al entrar en la presencia de Dios recibe la promesa de un hijo. Este hijo es Juan, que, desde el vientre de su madre, experimenta el encuentro con el redentor del mundo. Estos encuentros dejan entrever la importante misión a la que fue llamado desde el seno materno. Por eso el evangelista (Mt 11,11-15) pone en boca de Jesús esta expresión dirigida a la multitud: «En verdad les digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista».

El nacimiento de Juan el Bautista tuvo signos muy claros y evidentes de la intervención de Dios y de la elección de su persona para ser el profeta que anunció al Salvador del mundo y lo señaló ya entre nosotros; su vocación y su servicio humilde y austero es manifestación de una disposición certera para que se cumpla el plan de Dios, donde él debe disminuir y el Mesías debe crecer. El contemplar estos aspectos de la vida del precursor de Jesús nos ha de llevar a preparar el propio corazón para recibir a Cristo que viene a nuestro encuentro para volcar todos nuestros pensamientos, decisiones y acciones en la persona de Jesús. Juan nos ayuda también en este tiempo de Adviento, a pensar en el valor de nuestro propio testimonio de vida, sencillo y austero, libre y trasparente, convencido y radical que centra la esperanza en Cristo.

Para llevar a pleno cumplimiento la obra de la salvación, el Redentor, del que fue precursor el Bautista, sigue asociando a sí y a su misión a hombres y mujeres, que como Juan, los Doce y los discípulos, estemos dispuestos a tomar la cruz y seguirlo. Como para Cristo, también para los cristianos cargar la cruz no es algo opcional, sino una misión que hay que abrazar por amor, porque el Cristo que ha de venir por segunda vez al mundo, rodeado de gloria y esplendor, es el mismo que nación en Belén y que no deja de proponer a todos su invitación clara: «El que quiera ser mi discípulo, que renuncie a su egoísmo y lleve conmigo la cruz.» Sigamos de camino con María a la espera de Jesús que ya se acerca. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

martes, 9 de diciembre de 2025

YA LLEGA EL BUEN PASTOR... Un pequeño pensamiento para hoy

Mucha gente, en medio de la tolvanera que se levanta constantemente en esta sociedad líquida por ideas que van y vienen aceleradamente se siente perdida. Y es que debido a esta multiplicación excesiva de ideologías de diverso tipo, hay cientos y seguramente miles de personas que no mantienen posturas coherentes, que presentan visiones eclécticas que estructuran la participación política y social con roles que no se alcanzan a comprender o a vivir en plenitud. En los últimos años, ideologías militantes de las que todos sabemos y que se dan en diversas naciones, como el populismo de derecha y el liberalismo de justicia social han cobrado fuerza, conquistando adeptos y sacudiendo al llamado «establishment», ese grupo dominante de élite que controla el poder político, económico o social.

Los cristianos comprometidos, los hombres y mujeres de fe y la gente de buena voluntad, inmersos en las realidades del mundo, caminamos con esa sensación que carcome y que entristece el alma, que hace que de repente todo se vea gris, sin sol y sin colores. Debemos darnos cuenta de que en este tiempo de Adviento el Señor nos busca para recordarnos que vamos solo de paso por esta tierra y que hemos de dejarnos encontrar por él para prepararnos a su segunda venida. El Buen Pastor, al que hace referencia el evangelio de este martes, nos hace pensar en ese Dios que nos cuida y nos protege aún en medio de cuanta adversidad se presente, ayudándonos a avanzar por estos «valles oscuros» esperando la llegada de la luz de la que él es portador (Mt 18,12-14). Esas ovejas somos nosotros. 

Desde los primeros años del cristianismo son constantes las representaciones de ese Buen Pastor con el cordero al hombro, una imagen tierna y entrañable. De hecho las imágenes más antiguas que se han encontrado en las catacumbas son de el Buen Pastor. Hoy Jesús nos vuelve a hablar de ella, de cómo el pastor va en busca de la oveja perdida y de cómo se alegra al encontrarla.  Y llega más lejos al decirnos que no es voluntad de nuestro Padre que se extravíe ni una sola de sus ovejas: un mensaje de esperanza, de futuro, de confianza... ¡de Adviento! Cada año celebramos este tiempo litúrgico que nos recuerda que Dios no se cansa de amarnos, no se cansa de perdonarnos, no se cansa de prepararnos al encuentro definitivo; por eso nosotros no debemos tener reparos en dejarnos encontrar por Él, en dejarnos rescatar para salir de la noche oscura del alma —como decía San Juan de la Cruz— Acrecentemos nuestra confianza en Dios en este Adviento, dejémonos encontrar por el Buen Pastor y refugiémonos en sus brazos como la oveja perdida. Con Él, que ya llega, nada nos falta. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.


lunes, 8 de diciembre de 2025

¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Celebramos hoy, dentro de este clima tan especial del Adviento, la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, es decir, el hecho de que María fue concebida sin pecado original desde el primer momento de su existencia. Dios preparó a María de manera especial para ser la madre de Jesús, preservándola del pecado original que todos heredamos. El evangelio de hoy (Lc 1,26-38), muy conocido por todos, nos corrobora este dogma cuando el ángel Gabriel saluda a María, porque se dirige hacia ella como «llena de gracia». 

Son estas palabras del saludo las que la Iglesia comenzó a ver como la base de este dogma —una verdad revelada por Dios y propuesta por el Magisterio (autoridad eclesiástica) como un fundamento de la fe que exige una adhesión irrevocable de los fieles y no puede ser puesta en duda— de la Inmaculada Concepción de María. Y es que esto da a entender que    ella ya estaba llena de gracia antes de que el ángel llegara. El ángel no le dice a la Virgen «recibirás la gracia», sino que se dirige a ella diciéndole directamente: «llena de gracia», porque Dios la había preparado desde su concepción. El ángel viene de parte de Dios, por lo tanto no la puede llevar al engaño como la serpiente sí lo hizo con Eva —primera lectura Gn 3,9-15.20) ni le puede hablar con medias verdades.

María, la «llena de gracia», recibe como don la divinidad; no se apropia, sino que recibe y acoge. Todo gozo de ser de Dios viene siempre de querer, de aceptar, de hacer nuestro lo que Dios quiere ofrecernos y a ella eso de ser inmaculada, se lo regaló Dios desde antes de estar en el seno materno. Gracias a la pureza de nuestra madre santísima, obedece a la voluntad del Señor y con todo su ser pronuncia un «sí» generoso, que compromete toda su vida, se pone plenamente a disposición del designio divino. Por eso ella es la nueva Eva, la verdadera «madre de todos los vivientes», de quienes por la fe en Cristo reciben la vida eterna. Encomendémonos a ella diciéndole: «¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!» ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Necesitamos de los sueños de los salmistas... Un pequeño pensamiento para hoy

El Adviento, para el hombre y la mujer de fe, es una invitación a mirar de otra forma la realidad de siempre, reconociendo en ella las promesas de Dios, que siguen vigentes, y acogiendo los anhelos más profundos del corazón humano, que se encamina con esperanza hacia la vida eterna. Los versículos entresacados del salmo 71 (Sal 71,1-2.7-8.12-13.17), en el salmo responsorial de hoy, nos invitan a ello. Este salmo es un canto de fe inquebrantable que entrelaza la esperanza con el recuerdo de la fidelidad pasada de Dios, la petición de su ayuda presente y la promesa de una alabanza futura, especialmente, en el caso del salmista que lo escribe, en la etapa de la vejez, viendo a Dios como su único y eterno refugio y esperanza.

El salmista nos ayuda a conectarnos profundamente con la esperanza del Adviento porque nos dispensa un salmo mesiánico y de confianza, que pide la venida de un Rey justo que traiga paz, que defienda a los pobres y que sea la esperanza de vida para todos, reflejando la venida de Jesús, el Mesías, el Rey de justicia y paz, la esperanza definitiva del pueblo en espera de su Salvador. El salmo pide a Dios que confíe al rey su juicio y justicia, para que rija con rectitud a los humildes (versículos 1-2). Esto resuena con la espera del Adviento por el Mesías que establecerá un reino de justicia y paz con el deseo de que «en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente» (versículo 7), una promesa central de la venida de Cristo en este tiempo de Adviento. Desde lo profundo de su corazón, quien confeccionó este salmo clama por la liberación de los pobres y afligidos, que no tienen protector (versículo 12) y con eso nos recuerda que el Adviento celebra a Jesús, que viene a salvar a los necesitados y oprimidos.

Depositemos nuestra esperanza en Dios y aprovechemos no solamente éste, sino todos los salmos que en Adviento se nos ofrecen en cada misa reflejando la esperanza de que Cristo viene a traernos la salvación para todo el mundo. Que los salmistas nos ayuden a entender que no habrá justicia, ni paz, ni felicidad para todos si al mundo le falta la «experiencia de Dios"» en la oración, en el trato íntimo con él. Necesitamos de «los sueños» de los salmistas porque necesitamos defendernos frente a la desesperanza soñando sueños como ellos. Es que aunque sepamos que la reconciliación universal pertenece a la vida cumplida del Reino de Dios, ya desde ahora podemos realizar anticipos, a pequeña o mayor escala, de esa paz cumplida. Acompañados de los salmistas, así como de la intercesión de Isaías, Juan el Bautista, José de Nazareth y por supuesto María, abramos un camino al Señor que llega. ¡Bendecido segundo domingo de Adviento!

Padre Alfredo.

«Las vacaciones, un tiempo esencial para los sacerdotes»

Los sacerdotes, al igual que todo el resto del común de los mortales, acumulamos cansancio. El ejercicio de nuestro ministerio nos mantiene en constante movimiento que a veces termina pasando factura a nuestra salud, por eso no debemos renunciar al necesario tiempo de descanso recordando obviamente que un sacerdote sigue siendo «alter-Christus», otro Cristo, que se pone in persona Christi, en lugar de Cristo, para que Cristo pueda estar presente entre la demás gente que. vacaciona. ¡Los sacerdotes siempre llevamos co nosotros «tatuado», el amor de Cristo durante las vacaciones.

Sabemos que nuestra respuesta vocacional suele malinterpretarse como una obligación de estar disponibles 24/7. Pero el descanso y la relajación son tiempos indispensables para recargar energías, romper con un ritmo a veces abrumador.

Ninguno de los sacerdotes —al igual que el resto del común e los mortales— estamos libres de sufrir un «burn-out» —un estado de agotamiento físico, mental y emocional causado por estrés laboral crónico— por enfrentar una sobrecarga de trabajo en soledad. Para evitar esto es vital tener amigos sacerdotes, un grupo donde podamos hablar, compartir, reír y descansar. El aislamiento es el terreno más fértil para el desgaste espiritual.

San Juan Pablo II hablaba, ya en sus tiempos, de las exigencias del ministerio sacerdotal que por la escasez de sacerdotes se acrecentaban; el Papa Francisco pidió con insistencia sacerdotes alegres; y León XIV nos habló, el 26 de junio de este Año Jubilar, a un grupo de 1,500 sacerdotes diocesanos y religiosos que colaboramos en la formación permanente del clero, de las alegrías y fatigas de los presbíteros diciéndonos, entre otras cosas: «Nadie aquí está solo. Y aunque estés trabajando en la misión más lejana, ¡nunca estás solo! Traten de vivir lo que el Papa Francisco llamaba tantas veces la “cercanía”: cercanía con el Señor, cercanía con el obispo o el superior religioso, y cercanía también entre ustedes, porque realmente deben ser amigos, hermanos; vivir esta hermosa experiencia de caminar juntos sabiendo que estamos llamados a ser discípulos del Señor. Tenemos una gran misión y juntos podemos llevarla a cabo. Contemos siempre con la gracia de Dios, también con mi cercanía, y juntos podremos ser verdaderamente esta voz en el mundo».

Lo sabemos bien: si un sacerdote no está bien en su vida personal, espiritual, física o psicológica, difícilmente será feliz en su ministerio, y eso inevitablemente repercute en las comunidades. No somos héroes. La fatiga puede afectarnos sin importar nuestra edad y los años de ordenados. 

Las vacaciones suelen ser muy beneficiosas. El Papa Francisco no fue muy dado a tomarlas, mientras que San Juan Pablo II y Benedicto XVI se refugiaban en las montañas del norte de Italia, y León XIV se retiró dos semanas a Castel Gandolfo a donde se va, habitualmente cada martes. No puedo hablar por todos por supuesto, pero para mí el día de descanso, la semana de estudio, el retiro, los ejercicios y las vacaciones son esenciales porque como decía alguien por allí: «Quien no descansa, cansa a los demás». 

Aprovechemos nuestros días de vacaciones y termino esta breve reflexión dedicada a mis hermanos Misioneros de Cristo; a uno de mis grupos de amigos sacerdotes muy queridos formado por Toño, Checo, Jaime, Van Troi, Edgar y Rola; también a Julián, José Luis, Florencio, Lauro, Pancho; a Victor y a mis demás ahijados padres y muchos amigos sacerdotes más con las palabras con que el Santo Padre terminó nuestro encuentro de junio pasado: «No somos perfectos, pero somos amigos de Cristo, hermanos entre nosotros y hijos de su tierna Madre María. Y eso nos basta».

¡Felices vacaciones a todos mis hermanos sacerdotes!

Alfredo, M.C.I.U.

sábado, 6 de diciembre de 2025

UN NUEVO OBISPO AUXILIAR... Un pequeño pensamiento para hoy

Esta mañana amanecimos en Monterrey con la alegre noticia de que el Santo Padre, el papa León ha nombrado al padre José Eugenio Delgado obispo auxiliar de Monterrey. No somos parientes, pero nos decimos «primos» porque nuestros papás son originarios del vecino estado de Coahuila. Me pareció un detalle muy especial de Dios nuestro Señor que la lectura del evangelio de hoy (Mt 9,35-10, 1.5a.6-8) toque el tema de las ovejas que experimentan la necesidad de un pastor. Quienes viven en Monterrey saben de la necesidad de pastores para nuestra comunidad católica. Los sacerdotes somos pocos y las vocaciones escasas. La llegada de un obispo auxiliar es siempre un signo de esperanza que viene claramente de Cristo el «Buen Pastor».

El padre Eugenio es muy buen sacerdote. Una persona de oración y de servicio. Estudió en Roma Teología Espiritual y ha sido formador en el seminario, rector de Catedral y párroco en Nuestra Señora de Fátima, además de que es el rector de la Escuela Bíblica de Monterrey, así que será con toda seguridad «un pastor que conoce el olor de las ovejas de Monterrey». Como sacerdote «el primo» siempre ha tenido un gran corazón para servir a los fieles. Siempre cerca de sus alegrías y dolores y en los retos que encuentran en su vida diaria. Estoy seguro, que será un gran Obispo.

Quisiera que recordáramos que ser obispo en la Iglesia Católica no es un «trabajo más» o «un oficio común y corriente». Por eso es un día tan especial no solo para la Iglesia de Monterrey sino para todos. Porque sabemos que Jesucristo elige a cada obispo para llevar a cabo la misión que le encomendó a sus Apóstoles y a la Iglesia. Para todos los miembros de la Iglesia cada obispo es una señal viva de la presencia de Jesús que nos ama a cada uno, que está vivo entre nosotros y que camina con nosotros en nuestra jornada de vida. Que María santísima guíe el corazón del padre Eugenio que vive no solamente el Adviento del tiempo litúrgico como todos nosotros, sino el Adviento de su ordenación episcopal. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

ORACIÓN A CRISTO REY

Mi padre, don Alfredo (1934-2019), solía rezar mucho y pensar en Cristo Rey como compañero de camino. Muy temprano hacía sus oraciones y en especial, ya anciano, repasaba, después de Laudes, una serie de oraciones entre las cuales me encontré ésta. De niños nos llevó muchas veces a la parroquia de Cristo Rey en Monterrey a misa dominical. Les invito a rezarla ustedes también:

Corazón Sacratísimo del Rey pacífico, 
¡Corazón Santo que adoro con toda las fuerzas de mi ser!
¿Cómo, ni con que se me dará dado 
agradecerte los beneficios innumerables,
de que tu ardientísima caridad 
me ha colmado, en toda mi vida? 

Yo quisiera, dulcísimo Rey, 
poseer el lenguaje de los serafines 
para que mis palabras 
ardiesen en este día, 
tanto como mi corazón, 
al entregarme sin reservas a ti, 
consagrándote, amantísimo Rey 
las potencias de mi alma, 
los sentidos de mi cuerpo, 
mi vida, mi muerte y todo cuanto soy. 

¡Viva Cristo rey, en mi corazón, 
en mi casa, y en mi patria!
Amén.

Parroquia de Cristo Rey
en Monterrey.


viernes, 5 de diciembre de 2025

Mirar con los ojos de la esperanza... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En el Evangelio de hoy (Mt 9, 27-31), Jesús plantea una pregunta a dos ciegos que parece que titubean un poco respecto a que Jesús pueda curarlos. El evangelista no nos dice si se trata de dos personas ciegas de nacimiento o que han perdido la vista y desean recobrarla. El caso es que para ser que expresan, tal vez con sus gestos o el tono de voz —que en el escrito no podemos escuchar— que dudan de ser curados. Yo creo que en este Adviento hoy se nos plantea esa misma pregunta a nosotros: «¿Crees que puedo hacerlo?». Al pensar en la segunda venida de Cristo nos pregunta si nuestra confianza nos permite mirar con unos ojos llenos de esperanza el futuro, porque él, el Mesías viene a salvarnos.

A veces no vemos lo evidente de la presencia de Dios que viene a nuestro encuentro porque nos ciega nuestro pesimismo, no encontramos los lentes que llevamos puestos en la fe que recibimos desde nuestro bautismo. En Adviento, ante el consumismo exagerado al que el ambiente nos invita, mucha gente se queja de que no le alcanza para un buen regalo, de que no va a cenar en Navidad algo espectacular, de que no va a poder pedir vacaciones y ve los colores de la vida de otra forma, cuando este tiempo nos debe llenar de esperanza a todos. Y parece ser que no solamente nos cegamos, sino que también nos volvemos sordos ante la voz de Dios y confiamos más bien en lo que no deberíamos, porque también tenemos cerrados los oídos y desconfiamos de que Jesús pueda venir a devolvernos la vista con los ojos de la fe y el oído con las orejas de la esperanza.

Adviento es un tiempo para levantar la mirada, para abrir los oídos, para ensanchar el corazón y dejar atrás los prejuicios que nos impiden confiar no solamente en los demás, sino incluso en nosotros mismos y sobre todo en Dios que no nos desampara y que viene a salvarnos de todo lo que causa nuestra ceguera y nuestra sordera. El viene con el colirio de la esperanza porque los desánimos, las fragilidades, las decepciones, las caídas y los momentos en los que uno parece rendirse a la hora del trabajo espiritual, apostólico y familiar no tienen otra fuente más que la falta de esperanza y la necesitamos recobrar. Pidamos a María que nos ayude a disponer el corazón para que en estos días la esperanza sea la virtud central y podamos repetir lo que dice el salmo 26: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?». ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

martes, 2 de diciembre de 2025

SENCILLEZ... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy quiero empezar la reflexión de este día con una anécdota que el padre Ansel Grün Bron cuenta acerca del futbolista polaco Robert Lewandowski. Después de un partido de fútbol en el que Lewandowski anotó cinco goles en media hora, le preguntaron en la rueda de prensa cómo se sentía y contestó: «estoy muy satisfecho». Esa fue una respuesta simpática y sencilla a la vez. El futbolista no intentó destacar con sus goles, ni situarse en el foco de atención. Simplemente dijo con sencillez: «estoy muy satisfecho». Y es que estop viene a colación por el evangelio de hoy (Lc 10,21-24) en el que Jesús destaca que el Padre Misericordioso ha revelado las verdades de la fe a la gente sencilla.

El hombre sencillo no se complica ni complica a los demás. Y, en el caso de quien tiene fe, el sencillo deja entrar a Dios en su alma, sin cerrarle la puerta con el cerrojo o el pasador del egoísmo. Cuando se habla de sencillez me encanta ir al corazón de María, en el que fulgura, definitivamente esta virtud. Basta ir al episodio de la anunciación en el evangelio de san Lucas en donde se narra que el ángel entró y saludó a María. ¡Qué fácil fue para Dios, a través de Gabriel, entrar en el corazón de María, alma sencilla, sin pliegues, sin fisuras! Dios no tuvo que derribar ningún muro en ella.

¡Qué bien suena escuchar el evangelio de este martes y experimentar cómo Jesús se llena de alegría al ver la sencillez de los suyos y hace por eso un hermoso canto de alabanza al Padre! Un reconocimiento al actuar de Dios que deja en la ignorancia de las cosas altas a los que se complican. Y digo que nos viene muy bien porque el Adviento, para muchos, no es tiempo de sencillez, sino de personas que se sumergen en rémoras interminables viendo a ver qué compran de regalos para la Navidad o que adornos sofisticados colocan en sus casas para «apañar» a los demás. Los primeros discípulos de Jesús fueron sencillos, algunos de ellos rudos pescadores que se convirtieron en los depositarios del mensaje del Padre y los encargados de llevar la Buena Nueva al mundo, y Dios irá con ellos; o tal vez mejor dicho «en ellos». Que María, en su sencillez, nos contagie para que nosotros también recibamos a Jesús con un corazón sencillo. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 1 de diciembre de 2025

UNA FE SORPRENDENTE... Un pequeño pensamiento para hoy

El tiempo el Adviento es algo así como un hermoso canto de gratitud al Padre Misericordioso que nos colma con la esperanza de que su Hijo, el Redentor, viene a salvarnos. El Mesías vendrá primeramente a reafirmar la fe de Israel. El profeta Isaías nos lo recuerda en la primera lectura de hoy (Is 4,2-6): «Aquel día, el vástago del Señor será el esplendor y la gloria, y el fruto del país será orgullo y ornamento para los redimidos de Israel». Luego se acercarán las naciones paganas a participar del don de su salvación, como lo vemos en el evangelio de este lunes (Mt 8,5-11). El centurión sabía que era muy probable que Jesús no entrara a casa de un pagano y confiesa con humildad que él no pertenece al pueblo elegido, que la salvación le llegará, todo lo más, en un segundo momento.

Pero, a la confesión de la propia humildad, viene enseguida la impresionante confesión de fe cristológica. El centurión funda una contraposición entre su autoridad y la de Jesús; su autoridad es limitada, subordinada; él no es el césar… pero tiene algún poder sobre soldados y criados, un poder que es «eficaz». Frente a ese poder limitado, reconoce que Jesús posee un señorío absoluto que por la autoridad que muestra, es capaz de trascender espacios. Jesús mismo queda sorprendido de la indefectible fe del pagano; el texto griego dice «etháumasen», que significa que Jesús «se admiró». Al parecer, los judíos, incluso los que estaban más cerca de él, con toda su preparación veterotestamentaria, no habían llegado a percibir esa su ilimitada autoridad mesiánica.

Esto abre nuestro corazón a la gratitud, porque esta acción colma la tarea del Mesías de un sinfín de esperanzas misioneras: «vendrán muchos de oriente y de occidente...». El Adviento es esperanza para todos... ¡para todos! —como decía el papa Francisco—porque el Padre Eterno no considera a nadie como caso perdido, para todos envía a su hijo Jesús. El pagano, el inmoral, el político corrupto o el explotador… no han perdido la capacidad de reconocer en Jesús a su Salvador. Prologuemos este anhelo de nuestro Padre Dios y en este tiempo de Adviento vayamos preparando no solo nuestro corazón, sino el de quienes nos rodean, aunque estén alejados de la fe. Seguro con pequeños gestos de servicio, de atención, de escucha, percibirán que hay «Alguien» que se acerca y nos trae la Buena Nueva. Con María caminemos de la mano en este Adviento. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Reorientar el corazón... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy comenzamos un nuevo año litúrgico y con él se abre el tiempo de Adviento, una de las etapas más significativas del camino cristiano. Cuatro semanas en las que la Iglesia nos invita a preparar el corazón para recibir al Señor que viene, no sólo en la memoria de su nacimiento sino también en su venida diaria a nuestras vidas y en su retorno glorioso al final de los tiempos. El Adviento es un tiempo de esperanza activa, de vigilancia y conversión en medio de un mundo que como veja extraviada se pierde entre los espinos del consumismo y del materialismo reinante. En medio de todo esto, la liturgia nos invita a detenernos, a mirar más allá de lo inmediato y descubrir los signos discretos de la presencia de Cristo entre nosotros.

La Palabra de Dios de este día —con la voz profética de Isaías que nos invita a «caminar» (Lc 2,1-5), la exhortación de San Pablo a «despertarnos» (Rm 13,11-14c) y el llamado de Jesús a «velar» (24, 37-44)— nos sitúa ante la urgencia de abrir los ojos a lo esencial. Este es el espíritu del Adviento: vivir atentos a la venida del Señor, con fe, con alegría y con esperanza renovada aún en medio de un mundo tan confuso que se pierde entre afirmaciones nada creíbles de algunos gobernantes de las naciones y de opiniones desacertadas de influencers que parecen no saber nada del tema que abordan. En medio de la falta de tiempo para Dios en la que la mayoría de la gente vive hoy, nosotros hemos de ser esperanza para el comienzo de una vida nueva.

Vivamos el Adviento como un tiempo privilegiado para reorientar el corazón. Que cada lectura, cada canto, cada oración de estas cuatro semanas, sea una invitación a dejar que su venida nos renueve por dentro. Preparémonos atentos para la segunda venida de Cristo, porque no sabemos ni el día ni la hora. ¿Cuándo llegará ese momento para nosotros? No lo sabemos. Puede ser nuestra propia muerte, un momento decisivo en el que se resuelva algo importante o una venida multitudinaria. El Señor puede encontrarnos «en el campo» o «moliendo». Y tomar conciencia de que lo más importante es lo que pueda encontrar el Señor en nuestro corazón. Tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera el pesebre que va a recibir a Aquél que nos da la vida. Seamos profetas de la esperanza, no del desaliento ni de un optimismo meramente pasajero. ¡Con María, esperemos la llegada del Salvador!

Padre Alfredo.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Ya viene el Adviento, tiempo de esperanza... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Luego de un tiempo de descanso —no sé si merecido o no— regreso a escribir mi «pequeño pensamiento» para hoy sábado, último día del Tiempo Ordinario en la Iglesia. Ya esta tarde serán las primeras vísperas de Adviento y con ello la apertura del nuevo año litúrgico que se identifica en el calendario con el ciclo «A» en el que se lee el evangelio de San Mateo. Las lecturas de estos días tienen, tanto la primera lectura (Dn 7,15-27) como el evangelio (Lc 21,36), un tinte apocalíptico pero que al mismo tiempo son situaciones que suceden en nuestros días, y que por lo mismo alientan nuestra esperanza. Porque, ¿cómo tener esperanza cuando parece que todo parece que se acaba, que ya nada es estable, que las élites altas «viven en las nubes» lejos del pueblo que dicen que tanto defienden y en donde los valores son denostados y nuestra fe es cada vez más insignificante y pequeña frente a la globalización del materialismo?

El Adviento nos invita a tener esperanza, recordando que no es una época para caer en un optimismo fácil envuelto entre venaditos, pinos navideños, luces de colores y escasos «Nacimientos» que todavía se dejan ver, porque… ¡seamos sinceros, la cosa en México y en otras partes no está para ser optimistas ni siquiera con eso! ¡No!, a los católicos se nos pide ser esperanzados, que es tener puesta nuestra confianza en Alguien que tiene el poder para cambiar las cosas y a quien estamos «esperando» con fe. Este tiempo que vamos a iniciar nos mueve a poner toda nuestra confianza y anhelo en el Dios de la historia que hace que todo concurra para el bien de los que lo aman y de manera especial se dejan amar por él. La esperanza se nos presenta hoy como ese pequeñísimo grano de mostaza o esa poca levadura que fermenta la masa sin darnos cuenta.

Por eso el evangelio de este sábado nos lleva a recordar la misión del cristiano hoy día: estar vigilante para no dejar que se abalancen las tentaciones del enemigo, los males que nos acechan, las persecuciones, el pecado. Pero, a la vez, también mirar de reojo las inquietudes de la vida que con su superficialidad quieren distraernos de lo esencial de la vida cristiana, contagiando nuestra vida de banalidad, de superficialidad, de esa mundanidad espiritual de la que hablaba el papa Francisco. El Adviento es tiempo de esperanza que nos lleva a mantenernos ecuánimes en la fe y en la presencia del Señor. Vigilancia, oración y no mero optimismo, son actitudes esenciales de este tiempo litúrgico que pedimos al Señor con todo nuestro corazón. Todo esto nos ayudará a comenzar el año con un corazón renovado y entusiasmado por este nuevo Adviento que el Señor nos regala. Con María esperamos la llegada del Señor. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

martes, 18 de noviembre de 2025

El Señor quiere hospedarse en nuestro corazón... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy por voluntad de Dios y como regalo de su infinita bondad concluye mi viaje más largo de este año que abarcó mi estadía en nuestras comunidades de El Tigre en Michoacán y Cuernavaca en Morelos. Fueron 20 días de gracia sumergido en el ambiente «Inesiano» de nuestra familia misionera en actividades con mis hermanos Misioneros de Cristo, luego con los Vanclaristas para rematar compartiendo ayer un día de fiesta con nuestras hermanas Misioneras Clarisas. Estoy ya en el caótico aeropuerto de mi querida «Selva de Cemento» —CDMX—que tengo tan abandonada y con ello a mis inapreciables amigos de acá, empezando por mi querido padre Abundio a quienes hace mucho no he podido ver. Llegué hace un ratito de la «Ciudad de la eterna primavera» contemplando que la avenida Gonzalitos en Monterrey, no le llega ni a los talones al lento tráfico de esta ciudad sumergida en la tolvanera de un parque vehicular incontable.

Quiero decirles que desde antes de que saliera el sol, en la Casa Madre ya estaba pensando nuevamente en Zaqueo, que hoy se me hace encontradizo en el maravilloso retazo evangélico de San Lucas (Lc 19,1-10) en la liturgia de la palabra de la misa. Y estaba pensando que creo que «yo le ando haciendo al Zaqueo». Y es que yo también entre la multitud, busco siempre a Dios, pero lo busco no trepándome a un árbol, sino buscando su mirada en cada misa y en cada visita al sagrario. Desde allí creo que como a este simpático hombre bajito el Señor me dice: «acércate Alfredo porque conviene que yo viva hospedado en tu corazón». Y, si no reacciono con premura, pierdo la oportunidad y entonces un corazón de un sacerdote que no hospede a Jesús es un corazón vacío... y en realidad el de todo bautizado.

Zaqueo deja entrar a Jesús en su casa y en su corazón, aunque no se sienta muy digno de tal visita. Yo tampoco soy nada digno. De hecho hay acciones que según yo hago en nombre de Jesús y no son bien recibidas o comprendidas incluso por gente «muy de Iglesia» que aspiran encontrarse con un sacerdote pluscuamperfecto que nunca se equivoque y que jale en todo momento 24/7. Creo que lo esencial en Zaqueo, en mí y en cada uno, es mantener siempre vivo el propósito de compartir lo que somos y lo que hacemos a la medida de nuestro alcance, aunque haya gente que de frente me ha dicho: «¡me has defraudado!» por no llenar sus expectativas. Yo sigo convencido de que necesito convertirme cada día como Zaqueo. Pensar en todo lo que tengo —que me viene de Dios— y es para darlo a los demás. Preparando mi reflexión de hoy me encontré con una máxima de san Máximo que dice: «Nada hay más querido y agradable a Dios como que los hombres se conviertan a Él con un arrepentimiento sincero». Estoy seguro que María me ayudará, porque no me deja ni un instante. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 17 de noviembre de 2025

«ASÍ COMO BARTIMEO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todos sabemos que la calle es un lugar ordinariamente de mucho ruido. Hoy San Lucas sitúa a Jesús en la calle, en el camino, en una carretera (Lc 18,35-43) en un relato que aparece también en los otros dos evangelios sinópticos (Mc 10-46.52; Mt 20, 29-34). Jesús va caminando con sus discípulos entre un lugar llamado Jericó y otro del mismo nombre, como me acaba de suceder hace unos días con un sacerdote que nos dijo: «Soy de Jalisco, Nayarit»... y resulta que es de «Xalisco, Nayarit» —se escribe diferente pero se pronuncia igual—. También en Cristo existía esto, por eso Lucas dice que «antes de entrar a Jericó» y Marcos que «después de salir de Jericó», quien además nos dice que el ciego se llamaba «Bartimeo». Pero bueno, aquí lo interesante es que Jesús va de camino y que ante los insistentes gritos de un pobre ciego, él se detiene porque entre el ruido aquel hombre logra captar su atención.

El otro día alguien me preguntaba: —¿padre, usted cómo le habla a Jesús cuando reza? Y le dije: —así como te hablo a ti». —¿con esas palabras padre? —Pues con cuales querías que le hablara, le contesté. Yo no puedo imaginarme en discursos elaborados para hacer oración. Sí, ciertamente tenemos ya fórmulas elaboradas por grandes santos, por grandes místicos, pero a mi me sale gritarle a Jesús así como Bartimeo, que aprovechando que pasa por allí le hace ver su necesidad: «¡Señor, que vea!». ¿A poco no aprovechas tú cuando vas a alguna boda, un quinceaños, un funeral en alguna parroquia que no es la tuya para pedirle algo a Jesús que va pasando por allí por la celebración que acontece? Aquel hombrecillo simplemente estaba sentado al borde del camino tal vez hasta fatigado o aburrido y le dijeron quién era Jesús. Hoy podemos considerar nuestra vida reflejada en Bartimeo: como él, fatigados y sin vista, y como él, nos abrimos a Jesús, pidiéndole «ver».

Nunca debemos dejar de pasar la oportunidad de hacerle llegar a Jesús nuestro grito: «¡Señor que vea!». Que vea a la ristra de personas que a lo largo de mi vida me han ayudado a eso «a ver» la acción de Dios, que vea lo que hay en mi corazón y que deba ser cambiado, que vea la acción directa de Dios en mi vida en los momentos de oración íntima en contacto con él... «¡Señor, que vea!» A veces el mundo que nos rodea nos increpa a que nos callemos como a él. Pero nos da un gran ejemplo que percibimos muchas veces en un dicho popular: ¡Al que no habla, Dios no lo oye! Pidiéndole a María santísima que nos ayude a expresar nuestra necesidad a Dios como Bartimeo, trabajemos por animar a otros a hablarle a Dios así como este hombre, desde lo profundo del corazón. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 16 de noviembre de 2025

LA ESPERANZA QUE NO DEFRAUDA... La teología de la esperanza hoy

Es indudable pensar que se habla de «Esperanza» como «moda» porque el Año Santo, este Año Jubilar Católico, que comenzó el 24 de diciembre de 2024 y concluirá Dios mediante el 6 de enero de este ya inminente 2026 tiene como lema: «Peregrinos de la Esperanza».

Pero ciertamente el tema no es que esté de moda, sino forma parte fundamental de la teología de la Iglesia. La teología de la esperanza no es simplemente un enfoque más que se le puede dar a la palabra de Dios, sino que constituye una perspectiva fundamental donde todo bautizado debe situarse si quiere obtener una comprensión correcta de esa palabra. El cristiano es el hombre de la esperanza y está llamado «a dar razón de su esperanza», tal como exhorta la Primera Carta de Pedro (1 Pedro 3,15-17).

La esperanza es una virtud infusa por Dios en el alma, por la cual el cristiano aspira al Reino de los cielos y a la vida eterna, confiando plenamente en las promesas de Cristo y en la gracia del Espíritu Santo. La teología dogmática analiza la naturaleza de esta virtud, sus fundamentos bíblicos y su desarrollo a lo largo de la tradición de la Iglesia; la teología moral, se enfoca en cómo vivir esta virtud en la práctica y en la vida cotidiana del creyente, y la teología espiritual aborda su vivencia interior y ascética.

Supongo que todos, como misioneros, tienen acceso al Catecismo de la Iglesia Católica, esta profunda y sólida exposición de la fe y la moral católica en un excelente tratado de teología dogmática, fruto de veinte siglos de vida e investigación teológica cristiana.

Cuando fue promulgado por el Papa San Juan Pablo II, con la Constitución Apostólica «Fidei depositum», el 11 de octubre de 1992 expresó: «es para que lo utilicen constantemente cuan-do realicen su misión de anunciar la fe y llamar a la vida evangélica. Este Catecismo les es dado para que les sirva de texto de referencia seguro y auténtico en la enseñanza de la doctrina católica, y muy particularmente, para la composición de los catecismos locales. Se ofrece también, a todos aquellos fieles que deseen conocer mejor las riquezas inagotables de la salvación (cf. Jn 8, 32)».

En este libro de texto maravilloso, se nos dice que «la esperanza es la virtud teologal por la que deseamos como felicidad el reino de los cielos y la vida eterna, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras propias fuerzas, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1817). En cinco brillantes números —del 1817 al 1821— este catecismo nos hace un resumen asombroso de esta virtud, que es una de las virtudes principales en nuestra vida y que contrasta con la desesperanza, que es uno de los pecados más graves de la actualidad.

El Catecismo nos ratifica que la esperanza es la virtud teologal por la cual deseamos el reino de los cielos y la vida eterna como nuestra felicidad, poniendo nuestra confianza en las pro-mesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras propias fuerzas, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo. (CIC 1817)

En esencia, la esperanza es nuestro anhelo de ir al cielo y nuestra confianza en que, mediante Cristo, podremos alcanzar nuestra meta. 

En estas líneas no me detendré a hablar en sí de la esperanza como tal, sino de la esperanza cristiana como único sustento válido para la frágil esperanza del mundo que, en medio de esa desesperanza que el hombre de tanto en tanto cultiva y que en esta época que nos toca vivir, se expresa en muchos aspectos de la vida. 

Basta pensar en letras de canciones de moda entre la gente joven y la no tan joven: «René» de Residente, una canción sobre la presión, la fama y la nostalgia, que evoca un sentimiento de aislamiento, depresión y conflicto interno:

«¿Qué Ganas?» de Morat, que habla de la frustración y el desgano tras una ruptura, explorando la sensación de no tener fuerzas ni motivos para seguir adelante; «Se le apagó la luz» de Alejandro Sanz, con una letra que narra un accidente de tránsito desde una perspectiva cerca-na a la tragedia y el dolor, dejando un sentimiento de pérdida y desesperanza. Si hablamos del género del regional mexicano puedo ir a una lista interminable: La famosa «Adiós amor» de Cristian Nodal, «Ya no tiene caso» de la banda de Los Recoditos y la que lleva por título «Desesperanza» de Ramón Ayala. 

En cuanto a la literatura, destaca la obra de Claire Mercier y Gabriel Saldías Rossel que lleva por título «Poéticas de la desesperanza: Distopías, crisis y catástrofes en la literatura hispanoamericana actual» que toca el tema ante un futuro incierto. 

No son pocos los escritores de novelas que remarcan en sus libros la desesperanza. Para muestra un botón: Isabel Allende con sus libros «Paula», «De amor y de sombra», «Largo pétalo de mar» y «El viento conoce mi nombre».

En el campo de la publicidad, los anuncios en las distintas plataformas, ya no están solo tra-tando de vendernos un producto o un servicio. Están tratando de vender la promesa de una vida mejor; la respuesta a esa desesperanza. 

Están buscando vender esperanza, pero una esperanza pasajera. El problema con las redes sociales va por el mismo camino y no es que ellos tengan un diagnóstico incorrecto. El problema es que están tratando de arreglar una situación que simplemente va más allá de ellos y que se calme con paliativos. Tal vez sentimos una sensación placentera por el alto contenido de azúcar en una botella de Coca Cola, pero no nos van a dar la solución al problema dentro de nosotros. Aunque se podrían señalar algunas otras «desesperanzas» que son una fuerte amenaza para la esperanza, estas ya nos dan bastante que pensar.

Durante los años sesenta, mientras yo era pequeñito y realizaba creativamente una serie de travesuras que con los años se fueron perfeccionando, grandes teólogos escribieron mucho sobre la esperanza en una época en donde apenas el mundo se empezaba a estabilizar luego de la Segunda Guerra Mundial y San Juan XXIII abrió las ventanas de la Iglesia a la esperanza con el Concilio Vaticano II: 

Karl Rahner, el Jesuita que fue figura central e influyente en el Concilio Vaticano II; Henri de Lubac, Jesuita también y cardenal, una figura clave también en el Concilio. El teólogo Domi-nico Yves Congar, experto en eclesiología y ecumenismo; Edward Schillebeeckx, de la Orden de los Dominicos también, Hans Küng, el teólogo suizo muy de avanzada, influyente en el Concilio también y Joseph Ratzinger (más tarde Papa Benedicto XVI), el teólogo más impor-tante del siglo XX, trataron ampliamente el tema y nos dejaron grandes obras que pronto pa-decieron el destino de tantas cosas valiosas en la Iglesia que son efervescentes por un tiempo y luego nuevos escritos, a veces de moda, las apañan y se convierten en una pieza de museo más.


En medio de este clima de desesperanza, la esperanza, aún para muchos cristianos, por la falta de formación y por vivir una fe frenética, se ha vuelto bastante amorfa: esperamos no enfermarnos, esperamos conseguir un buen empleo, esperamos poder pagar las tarjetas de crédito, esperamos mantener nuestras amistades, esperamos tener las cosas que queremos o eventos que queremos que pasen. Usamos la esperanza para describir cómo nos sentimos acerca de las cosas que ambicionamos o apetecemos. Es algo parecido a tener ilusiones. No es de extrañar que seamos una sociedad de personas tan desesperadas cuando pensamos en la esperanza de esta manera, como con un sentido incompleto de «tal vez las cosas serán mejor algún día» o «tal vez yo podré tener esto que realmente quiero».

Entre otras cosas, es difícil escuchar en la predicación, en la catequesis, en la enseñanza de la religión católica y en las relaciones de la vida diaria entre sacerdotes, consagrados y laicos en general, una clara presentación de la esperanza cristiana en la vida eterna que nos invite a eso: «a esperar». El cielo, para muchos hoy en día, es algo que se da por hecho que se tiene gana-do... entonces no hay por qué portarse bien, no hay que ser buenos, no hay que evitar el pe-cado... ¡No te pures! —dicen en los funerales con plena seguridad, sea quien sea— ¡ya está gozando con Dios!

Hablar de esperanza pues, no es entonces una moda por el Año Santo, sino una necesidad, porque se trata de un ejercicio que el creyente, y en concreto el misionero que navega contra-corriente en un mundo que parece haber perdido el rumbo y va a la deriva sin esperanza alguna ha de mantener vivo como garantía de nuestra fidelidad a Cristo. Hoy más que nunca debemos salir a las plazas y subir a los tejados de las casas y anunciar a todos el Evangelio de la Esperanza.

Nuestros obispos reunidos en la centésima novena Asamblea Plenaria del Episcopado Mexicano, en su mensaje al pueblo de Dios, fechado el pasado jueves 13 de este mes, apenas hace unos días: expresan: «Pudiera parecer que este diagnóstico de la realidad nos lleva al pesimismo. Pero no es así. Porque la esperanza cristiana no consiste en cerrar los ojos ante el mal, sino en mantenerlos abiertos, reconociendo que Cristo ha vencido al mal con el bien».

Como virtud, la esperanza está inseparablemente ligada a otras dos que son importantísimas en la vida del creyente: la humildad y la magnanimidad. La humildad, fundamento de todas las virtudes, nos recuerda nuestra naturaleza: polvo, un simple gusano comparado con la inmensa bondad y el amor de Dios. Esta humildad se equilibra con la magnanimidad, virtud que nos impulsa a anhelar la grandeza, a glorificar a Dios con grandes obras y a pasar la eternidad con Él. A menudo se la denomina «grandeza del alma». Gracias a esta virtud, podemos elegir la acción correcta y noble incluso en los momentos difíciles. Cuando la magnanimidad y la humildad se encuentran en equilibrio, podemos vivir plenamente la virtud de la esperanza.


I. LA ESPERANZA EN LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO

El hombre, por su constitución natural y esencial, es un ser que espera: la esperanza es el lazo fuerte que une su presente imperfecto con el futuro de su ser acabado y perfecto. Pero curio-samente pocos filósofos se han interesado explícitamente por el tema. Tal constatación es comprensible en los griegos, ya que su visión de la realidad estaba dominada por el fatalismo del destino y por la repetición cíclica de los acontecimientos. Para ellos, la virtud no era la esperanza, sino la ataraxia, el conformarse sin ningún tipo de turbación ante las leyes del des-tino. La esperanza no era considerada más que como un estado pasional pernicioso que venía a alterar la paz del alma. 

Pero después de la aparición del cristianismo, el desinterés por la esperanza es imperdonable: el fatum —la personificación del destino— es sustituido por la fe en un Dios que se de-fine como Padre amoroso, y el hombre aparece como soberano de la naturaleza y creador de su historia.

Con tal visión, todo se pinta del color de la esperanza —que la relacionamos con el verde debido a su conexión con la naturaleza, el renacimiento y los nuevos comienzos— y toda realidad adquiere un doble valor: el que tiene por sí misma y aquel en cuanto que es signo y anticipación de los valores completos y definitivos situados por encima del horizonte de la vida presente. Y sin embargo ni los Padres de la Iglesia ni los Escolásticos exploraron sistemáticamente la naturaleza y el sentido de la esperanza. Menos aún los filósofos modernos. 

Únicamente en el pensamiento contemporáneo la esperanza ha encontrado un lugar filosófico importante: en Nietzsche, la vida es concebida como un abrirse hasta el fondo de su propia posibilidad: «ser como dioses». Pero quien realmente ha tenido el mérito de incorporar la esperanza en el campo de la filosofía ha sido el filósofo alemán de ascendencia judía Ernst Bloch (Ludwigshafen am Rhein, 8 de julio de 1885-Tubinga, 4 de agosto de 1977). 

Para este pensador, la esperanza es el tema fundamental de toda reflexión sobre el hombre: «El hombre es la potencialidad real de todo aquello que a lo largo de su historia ha llegado a ser, y sobre todo, de aquello que con ilimitado progreso puede aún alcanzar. No es una posi-bilidad, por tanto, que se agota cuando alcanza su realización, sino una posibilidad que toda-vía no ha madurado la totalidad de sus condiciones interiores y exteriores y las determinantes de tales condiciones». El todavía-no del ser humano constituye la matriz última de la esperanza y de la utopía: la primera expresa la certeza de alcanzar el fin, la segunda da forma concreta a ese fin. También Gabriel Marcel, Joseph Pieper y Roger Gauraudy han centrado sus reflexiones en la esperanza. De todos estos estudios emergen dos conclusiones:

1. La esperanza es una tensión hacia el futuro que nos hace constantemente avanzar.

2. 2. A la razón humana le está oculta la imagen de esta meta final a la que tiende la espera. Queda desbordada por ella.


Para entrever con más claridad el sentido último de la esperanza sólo podemos remitirnos a la fe y prestar atención a la palabra de Dios. Con ello abandonamos el terreno de la filosofía para entrar en el de la teología.


II. LA ESPERANZA CRISTIANA EN GENERAL

Tanto en la teología clásica como en la moderna, la esperanza, aun perteneciendo al conjunto de las tres virtudes teologales, no ha ocupado el puesto que merecía. La atención se ha centrado ordinariamente en la fe o en la caridad. Pero está claro que la fe cristiana vive de la resurrección de Cristo crucificado y se proyecta hacia la promesa del futuro universal de Cristo...

Toda la predicación cristiana, toda la existencia cristiana y la Iglesia entera están orientadas hacia la escatología. 

La teología cristiana tiene siempre un ojo hacia el futuro. Por eso es importante tener una visión clara de la esperanza. La esperanza, que nace de la fe en la promesa de Dios, se convierte en un estímulo del pensamiento, fuente de su inquietud. 

Aunque parezca una paradoja, la cruz es el símbolo de la esperanza, porque Cristo en la cruz es la razón de nuestra esperanza. Sin Cristo, y sin la cruz, no tendríamos motivo para tener esperanza y mirar más allá. 

Por eso Jesucristo es el ejemplo perfecto de esperanza en medio del sufrimiento. Su pasión y resurrección nos enseñan que la cruz nunca es la última palabra; siempre existe la promesa de una vida nueva y de la victoria definitiva del bien.

En el párrafo diecinueve de la SPE SALVI, Benedicto XVI habla de Kant, quien vislumbró un fin del mundo pervertido, basado en el miedo y el interés propio en lugar del cristianismo. Este fin pervertido surge de un cambio de la fe eclesial a una fe individualista. Esto nos re-cuerda por qué necesitamos a la Iglesia y a los demás. Cuando la fe y la esperanza se vuelven individualistas, cometemos el mismo error que Karl Marx, quien «olvidó que el hombre es solo hombre» (SPE SALVI, Benedicto XVI). Así, hemos de tener muy en claro que nuestra esperanza es eclesial, no individualista. Nos salvamos como cuerpo de Cristo y juntos albergamos esperanza para nuestro presente y para nuestro futuro.

Como cristianos, estamos llamados a ser signos de esperanza en el mundo presente. Porque tenemos esperanza es que podemos ser promotores de justicia, de paz, de solidaridad. Esta virtud nos da la fuerza para luchar por un mundo mejor, incluso cuando los desafíos parecen insuperables. La esperanza activa es la madre de las obras de misericordia y del compromiso con los demás.

En nuestro camino de fe, como discípulos–misioneros, la esperanza es como una luz que nunca se apaga. Nos ayuda a ver desde el aquí y el ahora, más allá de las sombras de la duda y el miedo, guiándonos hacia la plenitud de la vida en Dios. Estamos llamados a vivir y testi-moniar esta esperanza, llevando al mundo el consuelo y la alegría que brotan del Corazón de Cristo. Es Él quien en la oración, va manteniendo en nuestros corazones viva la llama de la esperanza, para que podamos caminar con confianza y entusiasmo hacia el Reino de Dios.


III. LA ESPERANZA Y LOS TRATADOS CLÁSICOS DE LA TEOLOGÍA

La teología de la esperanza nos muestra a Dios como «Aquel que viene», potenciando así el camino hacia el futuro". El Dios de la Biblia es reconocido en las promesas que abren un nuevo futuro.

Toda la cristología de la esperanza está dominada por la escatología.  Mientras la cristología tradicional se mantuvo hasta antes del Concilio Vaticano II fundamentalmente vuelta hacia el pasado, la de la esperanza tiene su mirada puesta en el futuro. No se trata sólo de quedarse en lo que Cristo ha sido, en lo que Cristo será y sobre lo que se debe esperar de Él (cfr. Col 1,27). La expectativa cristiana sólo se remite a Cristo, pero se espera de Él algo nuevo que todavía no se ha producido: el cumplimiento para todos de la justicia de Dios, la resurrección de los muertos, el señorío de aquel que ha sido crucificado y la culminación de todas las cosas en él para su glorificación.

La eclesiología también adquiere una dimensión escatológica: La iglesia es vista en función de la realización del reino de Dios que se producirá al fin de los tiempos. Estamos en un «ya», pero «todavía no», porque el Reino de los Cielos ya está entre nosotros, pero no en su plenitud. La esperanza cristiana exige al creyente que se oponga al status quo de esta sociedad injusta para preparar el terreno a lo que ha de venir: la verdadera sociedad humana que Dios ha prometido en la resurrección de Cristo.


IV. DISTINCIONES Y RELACIONES ENTRE ESPERANZA HUMANA Y ESPERANZA CRISTIANA.

Con todo lo que he venido diciendo hasta ahora, ya se ha ido viendo —creo yo— que la esperanza cristiana es diferente de la esperanza humana. Pero este tema merece profundizarse y añadir algo sobre las relaciones existentes entre esperanza cristiana y esperanza secular.

Un lúcido discurso del Papa San Pablo VI (1970) nos puede centrar bien en la cuestión. Dice el Papa: «Respecto a la esperanza, hay una diferencia entre el cristiano y el hombre profano moderno: éste último es... el hombre de los muchos deseos... que ansía acortar la distancia que existe entre él y los bienes que desea; es un hombre de las esperanzas a “corto plazo", que desea satisfacerlas inmediatamente... y que, una vez satisfecho, se encuentra cansado, vacío y desilusionado. 

Sus esperanzas no engrandecen su espíritu y no le dan a la vida su pleno significado, mientras le conducen por caminos de un progreso discutible. El cristiano, en cambio, es el hombre de la verdadera esperanza, que busca el sumo bien, y que en su esfuerzo y su deseo, sabe acoger la ayuda que aquel sumo bien mismo le proporciona, al infundir a la esperanza la confianza y la gracia de conseguirlo. Ambas esperanzas están sometidas, sí, a las contradicciones, carencias, dolores y miserias de la vida real, pero las sostienen diversas tensiones, si bien la esperanza cristiana puede hacer suya la tensión verdaderamente humana y honesta de la esperanza profana». Los motivos en los que se basa la esperanza secular son de orden empírico, susceptibles de verificarse experimentalmente, accesibles a la razón. 

La esperanza secular —o mundana, como la llamaría el Papa Francisco— mira con fe el futuro porque en el presente dispone de experiencias y de medios que le dan garantías de poder seguir progresando. Sus objetivos son inmanentes, incluidos en el tiempo y constituyentes del mundo: ausencia de guerra o de injusticias, plenitud de bienestar y de felicidad. Sus medios son materiales, intramundanos, frutos del ingenio del hombre y de los recursos naturales.

En cambio, la esperanza cristiana cuenta con unos motivos, objetivos y medios de un orden esencialmente diverso. El fundamento de la esperanza cristiana no se sitúa en el presente, sino en el pasado. Se basa en acontecimientos que de hecho desbaratan el orden de la experiencia de la ciencia. Su fe se basa en una sola persona «Jesucristo», no en datos anónimos de la cultura, de la técnica o de la ciencia. Sus objetivos también son diferentes. El futuro mejor que se espera no es inmanente, intrahistórico, impersonal, ni se realiza en un tiempo lógico y natural, prolongación del actual, sino que se produce mediante una crisis del tiempo transformándolo en eternidad. 

La esperanza como virtud es, entonces, un tesoro del cristianismo. De hecho, sin Cristo, la esperanza carecería de sentido como virtud. Porque sin Cristo, las esperanzas son meros idea-les optimistas. Y con Cristo, nuestra esperanza se fundamenta firmemente en la fe y la razón. La esperanza es necesaria para nuestra salvación. «Quien tiene esperanza —afirmaba Benedicto XVI— vive de otra manera».

El futuro esperanzador del cristiano no se lleva a cabo sólo por una clase social, ni por una generación exclusiva, sino por todos los hombres y mujeres que han existido en el pasado, presente y futuro que resucitarán en Cristo. Los medios de los que se vale son preferentemente de orden espiritual, si bien no prescinde de los que le ofrece el mundo. 

Pero el cristiano está llamado sobre todo a hacer uso de aquellos que Dios ha ido manifestando a lo largo de la historia de salvación, así como debe tener los ojos puestos en Él, pidiéndole que se realice la obra de culminación y de redención prometida.

Estas distinciones entre los elementos de la esperanza cristiana respecto de los de la esperanza profana son fundamentales no sólo en el terreno teórico-especulativo, sino también en el de la misma praxis del cristiano.

Pero no es que la esperanza cristiana esté peleada con la esperanza del mundo secular. En primer lugar, cabe decir que no podemos hablar de una esperanza humana en general, sino de esperanzas humanas diversas, insertas en sistemas ideológicos bien definidos. De este modo, debemos hablar de una esperanza marxista, de una esperanza burguesa, de una esperanza del hombre primitivo...

Aquí debemos preguntarnos: ¿Qué hacer cuando estas esperanzas se apagan y ya no queda esperanza alguna, como está sucediendo actualmente?  Pues bien, provistos como estamos, al igual que las vírgenes prudentes del evangelio, de un aceite inextinguible de esperanza, debemos pasar a la cabeza de la procesión de la humanidad e iluminar el camino de todos, haciendo descender del faro —que es Cristo—pedazos de luz a nuestro alrededor.

Pero la esperanza cristiana, en la que hemos profundizado en este rato, puede hacer todavía más: fecundar de nuevo la esperanza secular, mostrando cómo los grandes valores en que la humanidad ha invertido sus mejores energías —la verdad, la bondad, la justicia, la solidaridad, la paz, el amor, etc.—, no son vanas utopías ni aberrantes alienaciones, sino realizaciones parciales del gran proyecto que Dios tiene preparado para la humanidad, que con la venida de Cristo ya ha iniciado su realización definitiva.

Quiero culminar esta reflexión con unas palabras del mensaje al pueblo de Dios de los obispos mexicanos, al que ya hice referencia: «Concluye el año jubilar de la esperanza, pero continúa nuestra peregrinación hacia nuevas metas para transformar nuestra sociedad, como lo hicieron en su momento nuestros mártires. Fueron fieles en medio de la persecución [...] emprendamos nuestros caminos de paz y solidaridad para cambiar nuestra realidad hacia la justicia y la fraternidad. 

Santa María de Guadalupe unió culturas y pueblos en torno a Cristo. Guadalupe impulsó los sentimientos de libertad. Guadalupe sostuvo a nuestros mártires en su testimonio. Guadalupe acompaña hoy a nuestro pueblo que sufre [...] Que ella, la Morenita del Tepeyac, madre del verdadero, Dios, por quien se vive, nos enseña a ser portadores de esperanza en medio de las exigencias del tiempo presente y nos enseñe a responder con la fuerza de la fe».

Padre Alfredo.

P.D. Tema impartido en la Casa Madre de la Familia Inesiana el 15 de noviembre de 2025 dentro de la  XXXVII Asamblea Nacional de Van-Clar en México.