sábado, 28 de marzo de 2020

La virtud de la humildad y san Agustín Caloca... Un tema para reflexionar en un día de retiro


La humildad es la virtud moral por la que el hombre reconoce que de sí mismo solo tiene la nada y el pecado... ¡la miseria! Todo es un don de Dios de quien todos dependemos y a quien se debe toda la gloria. El hombre humilde no aspira a la grandeza personal que el mundo admira porque ha descubierto que ser hijo de Dios es un valor muy superior. Va tras otros tesoros. No está en competencia. Se ve a sí mismo y al prójimo ante Dios. Es así libre para estimar y dedicarse al amor y al servicio sin desviarse en juicios que no le pertenecen.

Humildad es un concepto bastante utilizado en la vida del creyente y en nuestra época ha venido un poco o un mucho a deteriorarse en su verdadero sentido. Equivocamos el concepto cuando entendemos por humildad un sentirse nada, un sacrificio de la propia voluntad en beneficio de la ajena, un sentimiento de autoestima baja (e incluso nula), una autopercepción de que nada soy y nada valgo… Todo eso en una medida adecuada está bien y teniendo siempre como referente a Dios, pero no si centramos nuestro concepto de humildad en la anulación de nuestra persona, y por ende, de nuestra personalidad.

El asunto es mucho más sencillo. ¿Cuándo llegamos a ser humildes? Cuando aceptamos nuestra realidad humana. Esta realidad, está llena de luces y sombras, en el caso que nos atañe, de defectos y virtudes. No se es más humilde por sentirnos llenos de defectos, de imperfecciones, de limitaciones, y desde luego, no por pregonar —a veces sin venir al caso— todas nuestras carencias humanas y espirituales. Por eso Madre Inés dice que cuando Dios nos llama nosotros ponemos nuestra «miseria» al servicio de su «Misericordia». Para ella Dios es el «Todo» y uno la «nada». Todo lo que somos nos viene de Él.

Iríamos contra el Señor, al considerar que no nos dota de cualidades. Empezamos a ser humildes cuando somos plenamente conscientes de nuestras limitaciones, limitaciones a veces insuperables, pero en esa aceptación obediente de nuestra realidad humana está implícita nuestra humildad. No somos humildes por tener limitaciones, imperfecciones… sino por saber aceptarlas y convivir pacíficamente con ellas.

¡Cuántas personas son insensibles a las propias frustraciones! Son personas insatisfechas y a veces en continua lucha consigo mismas, siendo intolerantes con su propia persona por no poder alcanzar ciertos logros. Hemos de impregnarnos en nuestras vidas de esas limitaciones, pero no para configurar un carácter apocado, agrio, de tristeza… por saber que poco podemos, sino sentirnos alegres y confiados porque en El, todo lo podemos. Esa es la auténtica humildad.

¿Cuántas personas sin fe se sienten impotentes por no poder conseguir todo lo que se proponen? ¿Por no ser lo que desean y anhelan? Sí, efectivamente, muchas. Pero al carecer de fe, de una dimensión trascendente, su actitud se convierte en altanería, pues desconfían de todo, menos de sí mismos. El creyente lejos de esa desesperación, es conocedor de sus limitaciones, de su pequeñez, pero a la vez es humilde ante la grandeza de sentirse acompañado por un Dios Omnipotente.

A veces, se nos comenta a los que buscamos vivir profundamente nuestra fe que una de las virtudes que más se valoran de nosotros es la humildad. pero hay que recordar que ser humildes no es una condición exterior —eso podría ser austeridad, pobreza material—. La humildad proviene del corazón, pero no de un corazón triste, no de un sentimiento de negatividad personal, no de un sentimiento de inferioridad que se ha aprendido de forma forzada, antinatural, sino que proviene de un sentimiento de aceptación y asimilación de la grandeza del Señor. La beata María Inés decía que «un santo triste es un triste santo».

Si descubrimos la inmensa grandeza que hay en cada uno de nosotros como hijos de Dios, empezaremos a ser humildes. La relación es proporcional. Aquí aconsejaría Madre Inés: «No perder de vista que soy criatura, criatura ruin y miserable, pero en las manos de Dios que me invita a ser su misionero», espacio de santificación para los demás. Somos conocedores de nuestra realidad en cuanto conocemos el corazón omnipotente del Señor, un corazón que todo lo puede, y lo puede… por amor. De ahí proviene la esperanza, de la cual hablaremos en otro momento.

Amemos al Señor en su grandeza y sintámonos grandes con Él y pequeños con los demás. Esa pequeñez emanada de la consideración de que mi prójimo es hijo de Dios. Pero no confundamos, la humildad es un estado del corazón que no ha de ser ausencia de personalidad, ni una complacencia a todo, eso no es humildad. Aceptarnos tal y como somos, tan simple como eso. Y una vez que descubramos nuestras miserias y nuestras grandezas, vivirlas en el Señor, por y para los hermanos. Quien es humilde de verdad, ama auténticamente.

Ojalá del encuentro con el Señor en este día de retiro sepamos ir moldeando en nuestra persona una autentica humildad. Humildad que construye, que no destruye. Construye seres amantes del Señor que conocedores de sus limitaciones, de su pequeñez… no pueden vivir sin el amor de su Creador.

Podemos pensar también y por supuesto en María Santísima como mujer humilde. Si queremos ser humildes, nada mejor que mirarse en ella como en un espejo. Que Jesús y María os acompañen en nuestro caminar hacia la humildad. La Virgen, Nuestra Señora, la humilde sierva del Señor, nos enseñará a entender que servir a los demás es una de las formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de los caminos más cortos para encontrar a Jesús. Para eso hemos de pedirle que nos haga verdaderamente humildes.

Más concreto, quiero invitarles a ir a un ejemplo muy concreto de humildad en uno de los santos mexicanos que más admiro y que poco es conocido, me refiero a san Agustín Caloca Cortés, para contemplar en él la vida de un hombre sencillo, humilde y obediente que resplandece por sí sola a través de los años, a través de los siglos. 

San Agustín Caloca fue uno de los sacerdotes más jóvenes sacrificados durante la persecución religiosa que vivió México en la primera mitad del siglo pasado. Su vida de seminarista y de sacerdote estuvo al amparo de su gran maestro, san Cristóbal Magallanes, quien fuera su primer y único párroco y con quien compartiera la gloria del martirio.

San Agustín Caloca nació en El Teúl de González Ortega, una pequeña población al sur del estado de Zacatecas, limítrofe con el norte del estado de Jalisco. Este pequeño pueblo ha recibido una de las más grandes glorias que ninguna otra población en el país; de su seno han salido dos santos, dos modelos de vida cristiana para la Iglesia Católica: San Agustín Caloca y san José Isabel Flores Varela.

En el pueblo se conservan los restos del padre Caloca —asesinado en Colotlán, Jalisco— en una urna al costado izquierdo del templo parroquial; ahí mismo, está un relicario con el corazón del mártir en el que se puede percibir un pequeño fragmento de la bala que seguramente le arrebató la vida. Un cartel en la parroquia invita a los fieles a visitar el museo de los mártires de esta tierra. En él se conservan muchos de los objetos del padre Caloca que recuerdan su estancia como vicario en el pueblo de Totatiche o como formador en el seminario del que también fue alumno; hay fotos de sus padres y sus hermanos, cartas, manuscritos y numerosos recuerdos que completan un retablo de lo que fue su vida. San Agustín Caloca fue el hombre humilde, sencillo, obediente siempre a las peticiones de su párroco y de su obispo, modelo de santidad para todos los cristianos y modelo auténtico de una vida consagrada a Dios.

La caridad y humildad de San Agustín está escrita en la historia, pero todavía hay quienes en años recientes la pudieron comentar de viva voz, porque la experimentaron e incluso la aprendieron. Uno de ellos fue el padre Rafael Haro Llamas (+ 2002), un sacerdote que vivió con el padre Agustín y lo acompañó en su huida al llegar los federales a Totatiche. El padre Rafael es ahora Siervo de Dios y recordaba con gusto que siendo joven fue con su papá, que era arriero, a llevar a algunos muchachos de El Teúl al seminario de Totatiche, donde fueron recibidos por el señor cura Magallanes, quien le dijo a su padre: «Óyeme, déjame también a este muchacho; yo seré su tutor».

Por ser su coterráneo, el padre Caloca llevó a Rafael, que tenía en aquel entonces 14 años de edad, a vivir a su casa; jugaban frontón juntos; también lo llevó a la presa Candelaria para enseñarlo a nadar, recordaba el padre Haro. Postrado en su cama, con muchos problemas de salud, los feligreses decían que el Padre Rafael se ponía feliz al recordar a su maestro, bienhechor, y hoy santo.

El padre Caloca cantó su primera Misa en El Teúl un 15 de agosto; el arreglo de las calles y del templo estaba precioso. Cuando concluyó la Misa, contaba el anciano sacerdote, «me tocó la cabeza y me dijo: ¿Te gustó? —Sí, padre. —¿Quisieras ser como yo? —Claro que sí, padre». Al padre Rafael se le cumplió su deseo de el ser como su maestro, sacerdote, pero además también el santo cumplió con su promesa: «no te preocupes, nunca te va a pasar nada», aseguraba el anciano sacerdote.

Su muerte fue muy triste para el padre Haro porque lo estimaba y admiraba mucho, al verlo rezar su breviario todo el tiempo, y ahora —decía— «en cierto modo siento nostalgia de volverlo a ver». Lo recordaba no por cosas que haya hecho sino por afable, social, humilde, sencillo y alegre. Todos los que lo conocieron afirmaron que se esforzó siempre en hacer bien todo.

Los siguientes hechos fueron relatados por ese testigo, el Siervo de Dios Rafael Haro Llamas, quien era, en esa fecha, apenas seminarista: 

—«Me dijo a mí que le esperara, que enseguida saldríamos él y yo; me correspondía acompañarlo, tanto en mi calidad de seminarista, alumno entonces del cuarto año, como por estar hospedado en su casa y todavía más, en mi calidad de coterráneo». Cuando el padre Agustín y el joven seminarista Rafael Haro salieron del lugar, ambos llevaban muchos libros bajo el brazo y tomaron con rumbo al rancho de Santa María. En la ruta,  el tema de conversación dejó sentir una fuerza volcánica contenida en el pecho del padre Agustín, y le dijo al seminarista: —«Jesús, víctima inocente, quiere víctimas voluntarias para que se dé gloria a Dios y se pague por tantos sacrilegios y tanta maldad». La voz clara, precisa y serena del padre Agustín le infundió seguridad y confianza al joven Rafael, tanto que por un momento se olvidó de su condición de fugitivo. «Ojalá nos aceptara a nosotros" —continuó el padre Caloca. Y no supe qué decirle; me reconocí pequeño y miserable para volar tan alto».

El Padre Agustín advirtió los titubeos del muchacho y quiso mostrarse comprensivo al agregar: —«Es natural que se sienta miedo, pero si Jesús sufrió angustia, tristeza y pavor en el Huerto, sabe infundir ciertamente alegría y valor para morir por Él». «El padre se dio cuenta del miedo que seguramente traducía en mis monosílabos, en mi semblante desencajado, en la carrera precipitada entre el pedregal del camino». Mientras que el padre Agustín, a pesar de la fatiga por la carga y el camino, mostraba un rostro firme y sereno, iluminado vivamente por el sol, quiso animar a Rafael con estas palabras: —«No te preocupes, a ti no te pasará nada». «Recuerdo aquella tranquilizadora afirmación del padre y pienso que la protección que me alcanzó de Dios tuvo un valor casi milagroso. ¿Por qué si íbamos los dos por el mismo camino, la tropa de soldados sólo lo vio a él?».

Ambos continuaban por el camino al Rancho de Santa María, aprovechando una pendiente, el padre Agustín Caloca le dijo al joven Haro: —«Baja, busca alguna piedra grande para que escondas los libros, pues no conviene que nos encuentren con ellos». «Al ir a esconderlos, —continúa el padre Haro con su relato— en esos momentos se empezaron a oír gritos dispersos allá abajo, en el valle, y entre los árboles se veía la federación que pasaba en precipitada carrera persiguiendo a los soldados de Cristo Rey. En el instinto de ocultarme busqué el tronco de una pobre encina, raquítica y chaparra, mientras pasaron los soldados; luego subí deprisa para reunirme con el padre, pero al subir no vi ya a nadie; el camino había quedado solo; busqué para un lado y para otro, lleno de ansiedad y amargura, llamé, recorrí todas las cercanías del sitio pero no encontré al padre Agustín».

Aprendido por órdenes del general Francisco Goñi, en calidad de prisionero, el padre Agustín fue trasladado a Totatiche. Ese mismo día, dos horas después, también aprehendieron al señor cura Cristóbal Magallanes y lo llevaron a la misma cárcel, donde ya se encontraban el joven sacerdote Caloca y cuatro cristeros. Por su juventud, se le ofreció al padre Caloca dejarlo en libertad, pero declinó la propuesta a menos que también liberaran al señor cura Magallanes.

Muchos vecinos del pueblo, mujeres y hombres, entrevistaron al general Francisco Goñi para pedirle la libertad de los sacerdotes, porque eran pacíficos y bienhechores del pueblo. El general Goñi contestó que no podía dejarlos libres, pero se comprometió, bajo palabra de honor, a remitirlos a la Ciudad de México, donde no tendrían peligro sus vidas. Esa fue su palabra, pero los hechos fueron distintos. El día 23, a media mañana, los dos sacerdotes fueron conducidos a Colotlán, Jalisco. Ese día pudieron llegar en sus bestias hasta Momáx, Zacatecas. 

Al día siguiente arribaron a Colotlán y el 25, sin juicio previo de alguna clase, luego de haberse dado una orden de partir; se suponía que hacia México, como había prometido el general Goñi en Totatiche, pero resultó que la orden militar era para fusilarlos. Ante la inminencia de la muerte, el padre Agustín pidió permiso para hablar y le fue negado. Sin embargo, sólo se limitó a decir: -—«Nosotros, por Dios vivimos y por Él morimos».

El calvario del Padre Caloca se prolongó después de estas palabras, pues al contemplar apuntando hacia él la boca de los rifles, sus nervios destrozados le hicieron dar unos pasos al frente, en ademán de esquivar la descarga. El jefe del pelotón le salió al encuentro, golpeándole el rostro con una pistola.

El Sr. Cura Magallanes intervino diciéndole: «Tranquilízate, padre, Dios necesita mártires; solo un momento y estaremos en el Cielo». Ya tranquilizado, vino la explosión de las armas. Los dos sacerdotes cayeron fusilados. Sus cadáveres fueron arrastrados por los militares hasta el zaguán y la gente espantada y llorando acudió con algodones a recoger su sangre. Eufrasio Valenzuela suplicó le permitieran depositar los cuerpos en cajas, lo cual le fue concedido de muy mala gana.

Ese mismo día, entre cuatro y cinco de la tarde, los soldados y los sepultureros, los enterraron en el panteón de Guadalupe en Colotlán, sin permitir que el pueblo los acompañara. Los restos de los mártires fueron exhumados el 23 de agosto de 1933, con motivo de su traslado a Totatiche, y se comprobó un detalle inesperado, el corazón del padre Caloca estaba incorrupto. La tumba estaba llena de agua y, luego de seis años de sepultura, sólo quedaban los huesos; en el fondo del viejo sepulcro apareció el corazón, íntegro, sin corromperse, y con un fragmento de bala incrustado, lo cual fue tomado como una señal del veredicto de Dios en favor del martirio de su siervo Agustín. Agustín Caloca Cortés fue beatificado el 22 de noviembre de 1992, por el Papa san Juan Pablo II, junto con sus veinticuatro compañeros mártires mexicanos y fue luego canonizado por el mismo santo Papa el 21 de mayo del Año Jubilar 2000, en compañía de los otros 24 mártires, cuya lista encabezaba quien fuera su párroco, Cristóbal Magallanes.

1. ¿Qué te dice todo esto? ¿Qué se me queda?
2. ¿Qué nos puede motivar a ser humildes?
3. ¿Qué cosas concretas puedo encontrar en la vida diaria que me ayuden a ser humilde?
4. ¿Qué tiene que ver el martirio con la humildad?
5. ¿Cuál es el premio que espera a los humildes?

Padre Alfredo.

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