lunes, 22 de agosto de 2016

A prayer for vocation…


Lord Jesus,

you said to your disciples:

«The harvest indeed is great

but the labourers are few.»

We ask that we may know

and follow you have called us.

We pray for those called to serve:

those you are calling now,

and those you will call in the future.

May they be open and responsive

to the call of serving your people.

Amen.

For your consideration…

miércoles, 17 de agosto de 2016

LETTERA APOSTOLICA* in forma di Motu Proprio con cui si istituisce il Dicastero per i Laici, la Famiglia e la Vita...


La Chiesa, madre premurosa, ha sempre, lungo i secoli, avuto cura e riguardo per i laici, la famiglia e la vita, manifestando l’amore del Salvatore misericordioso verso l’umanità. Noi stessi, avendo questo ben presente in ragione del Nostro ufficio di Pastore del gregge del Signore, ci adoperiamo prontamente a disporre ogni cosa perché le ricchezze di Cristo Gesù si riversino appropriatamente e con profusione tra i fedeli.

A tal fine, provvediamo sollecitamente a che i Dicasteri della Curia Romana siano conformati alle situazioni del nostro tempo e si adattino alle necessità della Chiesa universale. In particolare, il Nostro pensiero si rivolge ai laici, alla famiglia e alla vita, a cui desideriamo offrire sostegno e aiuto, perché siano testimonianza attiva del Vangelo nel nostro tempo e espressione della bontà del Redentore.

Pertanto, dopo avere accuratamente valutato ogni cosa, con la Nostra autorità Apostolica istituiamo il Dicastero per i Laici, la Famiglia e la Vita, che sarà disciplinato da speciali Statuti. Competenze e funzioni finora appartenuti al Pontificio Consiglio per i Laici e al Pontificio Consiglio per la Famiglia, saranno trasferiti a questo Dicastero dal prossimo 1° settembre, con definitiva cessazione dei suddetti Pontifici Consigli.

Quanto stabilito desideriamo che abbia valore ora e in futuro, nonostante qualsiasi cosa contraria.
In Roma, presso San Pietro, sotto l’anello del Pescatore, 15 agosto 2016, nella solennità dell’Assunzione della Beata Vergine Maria, Giubileo della Misericordia, anno IV del Nostro Pontificato.

FRANCESCO

* Copia dell'originale latino

lunes, 8 de agosto de 2016

«LAS OBRAS DE MISERICORDIA»... Una breve reflexión sobre la práctica de esta virtud

La palabra «MISERICORDIA» viene de las palabras latinas «miserium» que significa miseria y «cor» que significa corazón. Así, el significado de la palabra es: «CORAZÓN COMPASIVO». La misericordia es fruto del amor que impulsa a la compasión de la miseria e impulsa a socorrerla con los medios que se tenga al alcance (cf Ef 4,32). La persona misericordiosa siempre busca la felicidad del otro y es capaz de compenetrarse  intensamente —ponerse en los zapatos— en los sentimientos del prójimo (cf 1 Pe 3,8). La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento habla muchas veces de «Miseria», que, en el sentido original de la palabra, significa también estar sin protección, abandonado, expuesto al peligro y sin casa. Este género de «Miseria», forma parte siempre de todo tipo de necesidad. La «Misericordia» trata de ponerle remedio dando con amor, además de hospitalidad y ayuda, también seguridad y protección asemejándonos a Dios, que es rico en misericordia.

La práctica de las obras de misericordia, es algo vital en la vida de todo cristiano, porque es la manera de manifestar externamente, mediante la beneficencia esta gran virtud de la misericordia. Sabemos que las obras de misericordia son 14 y se dividen en 7 corporales y 7 espirituales. Las obras de misericordia corporales, se hallan vinculadas al discurso de Jesús sobre el juicio universal (cf. Mt 25, 31-46) y a las buenas obras del piadoso israelita Tobías durante su exilio (cf. Tob 1,19ss; 2,9). Las obras de misericordia corporales son: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al foratero, asistir al enfermo, visitar a los presos y enterrar a los muertos. El ámbito de las obras espirituales de misericordia, está construido, en cambio, por todas las necesidades del espíritu. La lista de estas obras calca, evidentemente, la de las obras corporales. Cambia la formulación, pero el contenido permanece el mismo. Las obras de misericordia espirituales son: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia los defectos del prójimo y orar por los vivos y difuntos.

Las obras de misericordia son todas aquellas acciones caritativas mediante las cuales nos acercamos al prójimo poniéndonos en sus zapatos para ayudarle en sus necesidades espirituales y corporales (cf. Is 58,6-7; Heb 13,13). El practicar constantemente estas obras de misericordia es de vital importancia, porque nos ayuda a despertar y examinar nuestra conciencia, nos hace entrar más y más en el corazón del Evangelio y a imitar a Cristo. La beata María Inés Teresa repetía constantemente: «Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo» y es que vivía sumergida en la práctica de esta virtud. En uno de sus escritos, sobre las bienaventuranzas, hablando de las obras de misericordia apunta: «El alma misericordiosa se asemeja un tanto a la luz, que la baña con sus rayos; y no se mancha, al contrario, sale de allí más límpida y radiante, porque ha obrado un acto de misericordia, aun cuando aquella alma a la que se ha acercado sea un lodazal de pecados graves. Qué gloria para Jesús el rescatar una alma para él. ¡Le hemos costado tanto!».

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 1 de agosto de 2016

¿QUÉ HA PASADO CON LA NUEVA EVANGELIZACIÓN?...

San Juan Pablo II la pidió, Benedicto XVI la impulsó y Francisco la está echando a andar. Aquel anhelo que empezó en Haití en 1983, cuando san Juan Pablo II lanzó el grito de invitación a vivir una nueva evangelización, da la impresión de que no se ha estrenado. Evidentemente la evangelización, en sí, será siempre la misma. Vale para eso recordar la definición que nos presenta el Documento Evangelii Nuntiandi —un clásico de la espiritualidad misionera— tan apreciado por la beata María Inés Teresa y por tantos misioneros de su época: «Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, sobre todo, liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por Él, de verlo, de entregarse a Él. Todo esto tiene su arranque durante la vida de Cristo y se logra de manera definitiva por su muerte y resurrección; pero debe ser plenamente realizado el día de la venida final del mismo Cristo, cosa que nadie sabe cuándo tendrá lugar, a excepción del Padre» (E.N. 9).

No ha habido ni habrá jamás una novedad mayor que la muerte y resurrección de Jesucristo, por eso la evangelización es y será siempre nueva. «Jesucristo es el mismo hoy, ayer y siempre» (Heb 13,8). La evangelización, en nuestros tiempos, es nueva, porque a su servicio se ponen todos los nuevos medios científico-técnicos de que se dispone, especialmente las redes sociales en Internet. La novedad está también en que la Iglesia tiene que infundir en las venas del hombre de hoy, la virtud perenne, vital y divina del Evangelio, que debe ser presentado como el mensaje central salvador para cada generación.

El hombre de hoy está necesitado del Evangelio, es el hombre de la post-modernidad; el hombre que antepone el «hacer» al «ser»; las cosas a las personas; lo fragmentario a lo totalizante y que vive en medio de una crisis de valores sometido a una cultura de la indiferencia y del permisivismo. El hombre de hoy es un ser que rechaza a Dios pero que al mismo tiempo emprende como una especia de carrera detrás de lo sagrado y lo confunde con la magia y la superstición. El hombre de hoy es alguien necesitado del Evangelio, porque Jesús sigue hablando, sigue enseñando, sigue cuestionando, sigue siendo gracia y conquista para todos.

Cuando se iba a acercar el año mil, la humanidad vivió una etapa de gran temor porque esperaba el fin del mundo de un momento a otro y... ¡aquí estamos! Tampoco el advenimiento del año 2,000 significó el fin del mundo aunque muchos así lo esperaban hace más de 15 o 20 años. San Juan Pablo II, que introdujo a la Iglesia al Tercer Milenio, hablaba mucho en sus discursos y documentos de este tema del Tercer Milenio. Él no se cansó de invitar a la Iglesia a lanzarse a una nueva evangelización acorde a los nuevos tiempos, a la nueva época, a las nuevas expresiones de la gente, a fin de que el mundo fuera más humano y por supuesto más cristiano. Hoy, para muchos creyentes, después de más de 2000 años —2016 para ser exactos— el Evangelio está «sin estrenar».

La larga historia de la evangelización de la humanidad, nos presenta cómo la Iglesia ha peregrinado de cultura en cultura sin identificarse jamás de un modo exclusivo con ninguna y, ahora, parecería que «la ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda, el drama de nuestro tiempo (cf. E.N. 20). La nueva evangelización tiene que seguir realizando un gran esfuerzo para encontrar un nuevo lenguaje antropológico que permita trasvasar el contenido fundamental del mensaje revelado a cada cultura y criticar, corregir y extirpar, los errores de las culturas que son incompatibles con el Evangelio. El modelo, por supuesto, de esta nueva evangelización, es Jesús, el Verbo encarnado; por lo tanto, la nueva evangelización no eximirá al evangelizador de las culturas locales y de la cultura universal de la incomprensión ni de la persecución —como está sucediendo actualmente en varias naciones—, porque si el modelo es Jesús, habrá de llegar al Calvario para alcanzar luego la resurrección.

Tal vez la lucha más grande y la persecución más intensa, se viva en la indiferencia religiosa reinante en el mundo de hoy en un gran número de personas «bautizadas», que resulta altamente desconcertante pero que nos hace pensar en algo... ¡la fe cristiana no es hereditaria! La fe nace, vive y renace gracias a la palabra o al testimonio del evangelizador, un evangelizador que se ha dejado «tocar» por Cristo y presenta con premura, la alegría del Evangelio. La evangelización, en cuanto tal, es una continuidad viviente desde el anuncio mismo de Jesús —pasando por la predicación apostólica— hasta llegar a los evangelizadores propios de cada pueblo y nación.

Creo que somos muchos los que vamos viendo claramente que la renovación y el seguir trabajando en la nueva evangelización, no es un mero capricho. La nueva evangelización es un imperativo fundamental del Nuevo Testamento. San Pablo no se cansó de repetirlo a aquellas primeras comunidades de creyentes: «Renueven el espíritu de su mente y revístanse del hombre nuevo» (Ef 4,23). «No se acomoden al mundo presente, antes bien, transfórmense mediante la renovación de su mente, de forma que puedan distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12,2). El estar escuchando hablar de la nueva evangelización nos debe surgir la necesidad de buscar una fidelidad más radical al contenido mismo de la evangelización.

Ante esta nueva evangelización, en la que estamos inmiscuidos desde tiempos de san Juan Pablo II, no podemos ser infieles al contenido del mensaje y deformarlo con doctrinas propias. No podemos «rebajar» el Evangelio a mera publicidad; no podemos vivir nuestro compromiso bautismal como negocio, regateando para alcanzar la salvación; no podemos ser infieles a los destinatarios; no podemos ser infieles a Jesús. Solamente en Cristo, camino, verdad y vida (Jn 14,6). Solamente en Él, el Señor de la historia, el Dios con entrañas de misericordia, encontraremos la clave para interpretar correctamente los signos de los tiempos y vivir la nueva evangelización.

El tiempo propicio para la nueva evangelización ha llegado ya. El Tercer Milenio va avanzado y los evangelizadores que se necesitan para llevar a todos esta nueva evangelización somos nosotros... ¡y somos un poco más de doce, como los primeros! Decía la Beata María Inés: «Que se conviertan todos, Señor, ¡que todos te amen!... ¡pero pronto! Mi corazón no puede sufrir más que se robe a Dios toda la gloria que esas almas, hechas a imagen y semejanza tuya, pudieran darle si le conocieran» (Lira del Corazón). Y para esto no necesitas más, ¿me permites que te diga?, que tomar instrumentos que quieran dejarse hacer en tus manos creadoras. Por mí aquí me tienes; yo quiero dejarme manejar por Ti... Señor, mi fuerza, mi poder, mi confianza, mi fe ciega, está en mi miseria, puesta al servicio de tu misericordia. Con esto lo digo todo» (Lira del Corazón).

Dejemos que etas últimas palabras de la Beata María Inés Teresa, resuenen en nuestro corazón y nos inviten a empezar la nueva evangelización viviendo el Evangelio.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 30 de julio de 2016

«¡TU NOMBRE ES MISIÓN!»... Iglesia, ateísmo y misión


En los últimos años, se le ha dado una especial atención a la misión de la Iglesia. Esta atención ha sido estimulada, en principio, por la expansión misionera y, luego, por la nueva dimensión cultural de los cristianos, que ha estudiado más afondo el ser y quehacer de los diversos miembros de la Iglesia. No podemos engañarnos y decir con lo anterior que todo marcha estupendamente, hay mucho que hacer. La Iglesia es misionera por naturaleza y habrá de seguir trabajando siempre en la tarea apostólica. Todos los fenómenos que caracterizan la cultura en que vivimos se reflejan no solamente en los cristianos considerados como individuos, sino también como comunión eclesial.

Así como en algunos lugares, grupos o niveles, hay conciencia de cómo la Iglesia es misionera, podemos notar que ha crecido mucho el número de cristianos que no practican y que se esfuerzan, parece ser, en justificar su posición de acuerdo con expresar que viven una religiosidad interior (cf. EN 56). Para muchos, el lenguaje eclesiástico resulta inaccesible, sea por su mentalidad, por su falta de preparación o su estilo. La gente pasa mucho de la convicción a la convención. Esto afecta no solamente a los laicos, también hay sacerdotes y religiosos que en sus comunidades viven esta situación; tal vez por eso la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento invite constantemente al examen del medio día, al examen de la noche, al examen particular y a la revisión de vida mensual.

Hay, en la sociedad, muchas cosas que se han conjugado y que van actuando para llevar al hombre a situaciones conflictivas. Toda la cuestión obrera, con sus problemas de sindicatos y de líderes que casi se sienten dioses; la situación política, que crea tantas confusiones; la técnica y la ciencia, que hoy configura el tiempo de los hombres y que no está armonizada con el Evangelio. Todas estas situaciones se experimentan con todos sus procesos con tal intensidad que bastarían para justificar la impresión de una creciente disonancia entre el Evangelio y las culturas. Nuestro occidente, en general, parece que lucha contra el cristianismo, porque lo quiere desfigurar para conformarlo a sus fines. Unido a todo esto, podemos ver que el problema del ateísmo y el secularismo que cada día envuelve más a la sociedad, sobre todo a los jóvenes estudiantes y a los científicos.

Podemos distinguir cuatro clases de ateos en la sociedad actual. El Concilio Vaticano II nos menciona ocho clases de ateos, pero bastaría ahora con ver estos que son los más comunes: 1) El ateo mundano, que es así por la falta de reflexión. 2) El ateo práctico, que desmiente con los hechos una fe profesada de palabras que ha olvidado. 3) El ateo negativo, que llega a la conclusión de la imposibilidad de probar que Dios existe. 4) El ateo positivo, que afirma que Dios no existe y hace de su no existencia el fundamento del humanismo. Este último es muy popular entre los hombres de ciencia, entre los intelectuales, es el que intenta fundar la negación de Dios sobre el poder científico del hombre. Se ve, pues, este problema del ateísmo en nuestros días, pero su misma complejidad nos hace pensar que no es un fenómeno originario, sino derivado de múltiples causas. Entre ellas, aquella que tanto dolor le causaba a la Beata María Inés: los escándalos de los cristianos, que han contribuido decisivamente a la proliferación del ateísmo (cf. GS 19).

En comparación con el ateísmo, el secularismo no haya la presencia de Dios en el mundo. Dios calla, está lejos. En un ambiente que casi no deja espacio de manifestación de la trascendencia, la transmisión de la fe encuentra nuevas dificultades. La secularización puede evitar ciertamente los compromisos políticos, que ha oscurecido con sus complicidades de imagen de la Iglesia, pero puede llevar también al aislamiento individualista. Hay un factor muy importante, además. La población mundial se concentra en las áreas geográficas no católicas (África, Asia). Ante estas gentes, las iglesias cristianas aparecen como una minoría insignificante. Esta situación se hace en cierta forma más dramática debido a que hay que considerar que ante ellos la verdad cristiana aparece desgarrada por las divergencias y los enfrentamientos confesionales y, lo que es peor, por las divisiones existentes entre congregaciones misioneras católicas que evangelizan un mismo lugar.

Tal vez todo lo aquí expuesto puede llevar a la desesperación. Empecé diciendo que la conciencia misionera en la Iglesia aumenta y luego he dedicado un largo espacio a hablar del ateísmo. Ahora paso a algo interesante, la Iglesia es misionera por excelencia y está llena de esperanza. En medio de este mundo que parece que ha sacado a Dios de la vida diaria, la Iglesia misionera tiene grandes retos, grandes tareas, grandes áreas de trabajo apostólico.

La Iglesia es misionera y quiere recordar que hoy, como ayer, y lo mismo que mañana, el Evangelio es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree (cf. Rm 1,16; 1 Cor 1,22-24). La Iglesia es misionera y se renueva constantemente aumentando en nosotros la confianza de que Dios está siempre presente en medio de sus hijos, por eso nos invita a un diálogo con este mundo moderno como exigencia de la fidelidad a Dios. La Iglesia es misionera y las dificultades que surjan, no le harán abandonar el camino emprendido. La Iglesia es misionera y está en misión. la situación que vivimos es reveladora, porque nos permite volver a descubrir los orígenes de la Iglesia. En ellos encontramos una vitalidad siempre inédita, porque proviene de Dios mismo. La contemplación de sí misma, en medio de este mundo, hace que la Iglesia se reconozca misionera.

Sintiéndose enviada, la Iglesia se ha preguntado de quién ha recibido esta misión. La respuesta más completa a esta cuestión fundamental se encuentra en los números iniciales del decreto conciliar «Ad Gentes», sobre la actividad misionera de la Iglesia. «En la historia de la salvación todo procede del designio amoroso del Padre. El Padre se halla en el origen de todo, por eso se habla de su amor Fontal» (cf. Ad Gentes 2). La misión viene del Padre y vuelve al Padre. Cristo es el enviado del Padre, su mismo ser es misión, porque es uno con el Padre y mensajero suyo entre los hombres. Ya lo dice la Beata María Inés en un bello escrito titulado: «La Santísima Trinidad Misionera».

Jesús se entrega totalmente a la misión. Elige los medios para servirla, medios que se nos presentan como antítesis a la tentación: pobreza en el tener, sencillez en la apariencia; eficacia en el servicio. La presencia de Cristo se actúa en el don del Espíritu. La evangelización anuncia este don como gracia poseída. Así, la misión de la Iglesia está unida a la vida intratrinitaria. Se dice que la Iglesia es misionera no sólo porque proclama el designio del Padre, sino porque es comunión con Él. Desde esa profundidad, participa en la misión del Hijo y expresa la actividad del Espíritu que anima en la historia la realización del designio salvífico del Padre.

La misión de la Iglesia, en su dinámica trinitaria, se puede resumir así: la misión se origina en el Padre, pasa por la generación del Verbo y la espiración del Espíritu, se constituye con la encarnación y vuelve al Padre por Cristo que en el Espíritu asume a los hombres, primogénito entre muchos hermanos. El misterio divino hace de la Iglesia un sacramento. La gracia divina que penetra la humanidad y el mundo obra visiblemente en la Iglesia. Como sacramento de salvación, la Iglesia está para manifestar y obrar la salvación por y en la misión. La Iglesia es inconcebible sin la misión. «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (EN 14).

Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad. Por eso ahora hablamos de una nueva evangelización. La Iglesia es misionera y ahora emprende una nueva evangelización como una continuación de la obra de Jesús que se realiza en una experiencia histórica nueva en esta era que nos ha tocado vivir. Todos los hombres son los destinatarios de esta misión y al mismo tiempo, en la Iglesia, los agentes de la misión son los mismos hombres. La unidad del cuerpo es unidad en la misión.

A todos los hombres, a través de hombres, la Iglesia anuncia en primer lugar el kerigma (primer anuncio) y, en dependencia de él, la visión cristiana de la existencia, el hombre es imagen de Dios. El eje de la misión pasa por una doble fidelidad que en la nueva evangelización la Iglesia misionera tiene que seguir considerando y trabajando: la fidelidad al mensaje y la fidelidad a los hombres.

La Iglesia en misión, en nuestra época debe emprender la nueva evangelización siendo, ante todo, aunque se escuche raro, cristiana. Por lo mismo, en la nueva evangelización, no se trata una mera actividad misionera concebida en cifras, en términos de incremento numérico, porque esto falsearía el mensaje. La misión de la Iglesia en la nueva evangelización, no puede confundirse con cuestiones de estadística, el Evangelio no puede malbaratarse en un mensaje incompleto con tal de vender más. El Evangelio es para el hombre, hay que hacerlo presente en las estructuras creadas por la sociedad humana. En virtud de su misión evangelizadora, la Iglesia abraza el destino del mundo. Está en completa comunión con él, excluyendo tan solo el pecado. Como Jesús, pues lo que no es asumido, no es redimido.

Hay que evangelizar las culturas. La fe progresa con la inculturación. El encuentro con las diferentes culturas le permite a la Iglesia profundizar en el contenido del mensaje evangélico. Como vemos, la Iglesia es misionera y tiene mucho por hacer. Eso solo lo logrará si profundiza en su ser. Toda aquella encíclica «Redemptoris Missio», de san Juan Pablo II, se convirtió en una invitación a pensar en esto. Bastaría ver, para terminar esta reflexión, el final de la introducción de este valioso documento: «Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica. Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión Ad Gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia, puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos» (ReMi 3) 

Iglesia... ¡Tu nombre es misión!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 29 de julio de 2016

«EVANGELIZADOS PARA EVANGELIZAR, EVANGELIZAR PARA SER EVANGELIZADOS»... Una Iglesia en estado permanente de misión


¿Quién evangeliza hoy? ¿Cuál es el sujeto agente de la nueva evangelización? ¿Cómo evangelizar de nuevo al pueblo de Dios, usando de la imposición o de la proposición? ¿Cómo llevar a todos la Palabra y el espacio de silencio en el que habla Dios? ¿Cómo llevar a todos el conocimiento de la encarnación del Señor y el valor de su muerte redentora? ¿Cómo aportar, desde el propio estado de vida, elementos que ayuden a la nueva evangelización? Éstas y otras muchas cuestiones, circundan el corazón del hombre y de la mujer que, en los inicios del tercer milenio, se saben sujetos portadores de la evangelización para reconstruir un mundo que se ha alejado de Dios, que lo ha sacado —como dice el Papa Francisco— de su ambiente vital.

Si la Iglesia —nacida de la misión del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo crucificado y resucitado— es fundamentalmente comunión, la evangelización es una tarea que compete a todo el pueblo de Dios en su conjunto. Todos los miembros de la Iglesia somos misioneros desde nuestro bautismo. Mientras vivimos en el mundo, la Iglesia va contagiando al mundo los valores del reino de verdad, libertad, justicia, amor, solidaridad, etc. La Iglesia está en el tiempo para sacramentalizar, proclamar, celebrar y compartir el gozo del Evangelio de la alegría. Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios (EG 176). 

Desde hace algunos años, escuchamos mucho hablar de una «nueva evangelización». Del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre este tema de la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordaba que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos; Primeramente el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna». En segundo lugar, el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo», que no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe y, finalmente, el ámbito de quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado (cf EG 14). 

La Iglesia, nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, no crece por proselitismo sino «por atracción» (EG 14) y por eso, en esta nueva evangelización, es invitada a utilizar nuevos métodos y nuevas expresiones, en un nuevo ardor, para llevar a Cristo a todos. Para llevar a cabo esta nueva evangelización, la Iglesia tiene que transformarse a sí misma en el horizonte del reino. Solamente una comunidad evangelizada, tiene el vigor de la nueva evangelización. En la medida en que sea Iglesia seguidora de Jesús, puede ser sacramento de la salvación del mundo. Siendo Iglesia viva, se hace entonces Iglesia evangelizadora. «La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar» (EG 174). 

La evangelización será nueva si tiene en cuenta —tratando de sacar provecho— las consecuencias de la nueva situación histórica del pueblo de Dios en el horizonte del reino. El necesario ardor y las nuevas expresiones del misterio de la fe, no podrán ignorar las nuevas perspectivas, los nuevos horizontes y la invitación que hace el llamado del mismo pueblo de Dios a repensar, afrontar, analizar y reconstruir temas como estos: La reforma de la Iglesia en salida misionera, las tentaciones de los agentes de pastoral, la Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza, la homilía y su preparación, la inclusión social de los pobres, la paz y el diálogo social y las motivaciones espirituales que llevan a la tarea misionera (EG 17). Si la nueva evangelización logra articular estos horizontes en programas pastorales operativos y movilizadores, estará siendo realmente nueva; si logra convertirse en idea fuerza para las iglesias locales y despertar la conciencia y potencial evangelizador de las personas, las instituciones, los grupos... estará siempre nueva.

Hay que recordar que antes que evangelizadora, la Iglesia es evangelizada; antes que docente, la Iglesia entera es discente; antes que maestra es discípula. Sólo siendo oyente y discípula de la Palabra, el Pueblo de Dios puede irradiar la alegría del Evangelio y hacer discípulos. Claro está que, en términos de proceso, también la inversa es verdadera: Haciendo discípulos es como la Iglesia escucha el Evangelio; irradiando el amor a Cristo, lo acoge; evangelizando es evangelizada. La Iglesia es evangelizada y evangelizadora.

La Iglesia evangelizada es una Iglesia de testigos: Han visto al invisible (Heb 11,27). Han sido alcanzados por la vida del Resucitado a través del testimonio de los primeros a quienes se ha hecho visible el Resucitado (Jn 20,18.25). Una Iglesia que se sabe siempre portadora de buenas noticias (Hch 4,20). Una Iglesia sana, una comunidad. Una Iglesia que no tiene permanentemente cara de funeral (EG 10). Una Iglesia que está en estado permanente de evangelización y que recomienza su nueva evangelización por transformarse a sí misma en una comunidad viva para poder ser «Buena Noticia» de vida, de libertad, de amor. El Concilio Vaticano II, hablando de la Iglesia, nos habló de una apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo para ser siempre esta portadora del mensaje de salvación (Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 6). Nos dice el Concilio que toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación y que Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad (cf EG 26). Sin una reforma interior de la Iglesia, de su vida, de sus instituciones y estructuras, no será nueva transparencia de la Palabra y del Espíritu que la habita.

La capacidad evangelizadora de la Iglesia en nuestra sociedad pluralista y secular, se juega en la credibilidad social de la misma. Uno de los desafíos del pueblo de Dios en la nueva situación histórica de nuestros tiempos consiste en alcanzar nuevas formas de presencia pública en los medios de comunicación y en las redes sociales, que son las que en la época actual, mueven al mundo. Yo mismo he tenido la experiencia de dialogar en Linkedin o en Whatsapp con personas que no saben o no valoran lo que es la Iglesia y es más, con gente de Iglesia que no sabe lo que es la nueva evangelización y por medio de estas conversaciones va abriendo sus horizontes.

Hoy necesitamos presentar al mundo y a los mismos miembros del Pueblo de Dios —con nuestro testimonio evangelizador y dejándonos evangelizar— una Iglesia creíble que sea «espacio de unidad y comunión» (EG 73), con más sentido de pertenencia y menos fragmentaciones, con más diálogo y comunicación. Una Iglesia «en salida», una Iglesia de «puertas abiertas» (EG 46 y 47), que sale hacia los demás para llegar a las periferias humanas sin que eso implique correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Una Iglesia «casa de todos» intelectualmente habitable, donde la búsqueda de la verdad prevalezca sobre toda forma de oscurantismo o de imposición autoritaria (EG 146). Una Iglesia «hogar de libertad» (EG 170), capaz de mostrar que la aceptación del Dios de Jesucristo es fuente de liberación permanente en la existencia humana; capaz de recordar también que la libertad es lo más contrario a la desmoralización permisivista y a la tiranía del capricho. Una Iglesia «humanamente fecunda» especialmente para los jóvenes (EG 108), experta en humanidad y creadora de humanización. Una Iglesia «familia» donde los pobres sean los primeros (EG 48 y 49), en el corazón y en los presupuestos. Una Iglesia «misionera» de los hombres, de la sociedad, del mundo, siguiendo el ejemplo de Jesús, sin dejarse robar el entusiasmo misionero (EG 80).

La dinámica de la encarnación es el estilo de vida de evangelizar de Jesús (Mt 25,31-46). Cristo evangeliza desde la cercanía y desde la simpatía con nuestra condición humana. Su comunión con nosotros es el inicio y la forma de su liberación; desde la pobreza y la debilidad; desde el amor y la palabra limpia; desde la aceptación de cada persona y cada situación del hermano (EG 179). Esto marca el camino de la evangelización de la Iglesia. Anunciar evangélicamente a Jesucristo implica hacerlo con el testimonio cualificado del encuentro con el hermano pobre, necesitado, solo, deprimido, alejado, olvidado, descartado, allí donde éste se encuentra. A este nivel primario y decisivo de la comunicación de la fe por el testimonio, estamos llamados todos. Allí llego la beata María Inés Teresa cuando decía al Señor: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero... y para eso no tengo mas que mi miseria, puesta al servicio de tu misericordia».

La nueva evangelización está recuperando la fuerza de la experiencia, la «teología vivida» de los santos. La fe cristiana, que es básicamente relación personal con Dios Padre en Cristo por el Espíritu, se vive y se aprende también en la vida de los santos que han ayudado a construir, con su granito de arena y su expresión de la misericordia divina, la Iglesia (EG 263). La persona santa contagia, inquieta, suscita preguntas. Es un evangelio vivo: Buena noticia permanente, audible, legible, visible.

Hoy somos evangelizados y evangelizadores especialmente en pequeñas comunidades cristianas que siguen florecientes alrededor del mundo en muchísimas parroquias. Me viene recordar ahora el Santuario de la Virgen Inmaculada «Margarita Concepción» en Mazatán, Chiapas. Allí, gracias al proceso evangelizador de estas pequeñas comunidades, impulsado por los diversos párrocos que han pasado y la tarea titánica de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, bajo la guía y acción del Espíritu santo, la Iglesia he entrado en este dinamismo y espíritu de nueva evangelización regalando vocaciones y espacios de vida cristiana para un pueblo en constante desarrollo. Lo mismo he visto en parroquias como Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás de los Garza, N.L. a cargo de nuestro instituto misionero, en donde la evangelización llega a través de los 11 sectores que la conforman.

En estas pequeñas comunidades —llámense comunidades eclesiales de base, pequeñas comunidades, sectores o barrios— se escucha la Palabra, se ora, se comparte la misión, se forma en la fe. La Iglesia va recuperando la experiencia de la vida en fraternidad y la consiguiente presencia a partir de pequeñas comunidades que irradian la fe, al mismo tiempo que son evangelizadas. Recuperar la dimensión comunitaria es una tarea urgente en la nueva evangelización, sobre todo para una Iglesia que ha acentuado en el pasado los elementos institucionales y ha sufrido las consecuencias del individualismo de una fe sin comunidad por parte de grandes capas de nuestra población que han dejado de ser cristianos comprometidos.

Parece que por aquí apunta el futuro de la Iglesia y de la evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en sus expresiones. En esta nueva dimensión, la parroquia de nuestros días, viene a ser —como se describe en el Capítulo V del Documento de Aparecida— un centro en el que se encuentran todas estas pequeñas comunidades como la gran familia de los hijos de Dios. ¿No fue así como comenzó la evangelización hace más de dos mil años? ¿No era la transparencia y la belleza de las fraternidades apostólicas en el seguimiento de Cristo lo que contagió con su entusiasmo las bases del imperio?

La nueva evangelización —iniciada desde tiempos de san Juan Pablo II— será realmente nueva en el ardor y la eficacia si parte de la unidad del pueblo de Dios, si es la evangelización de todos, no solo del Papa Francisco y de los obispos. Será la obra de la colaboración de todos: Consagrados y fieles laicos, todos en una constante tarea de ser evangelizados y evangelizadores para llegar a ser expresión del Evangelio de la Alegría.

¿Nos damos realmente cuenta de las exigencias todavía pendientes? ¿Sufrimos el individualismo y la desconexión de los evangelizadores? ¿Nos duele y nos preocupa la cantidad de energías que se pierden a causa de nuestras inadecuadas actitudes y estructuras de participación y colaboración? ¿Sentimos, de verdad, los miembros de las diversas instituciones eclesiales, como nuestra, la obra de la evangelización o nos caben en la cabeza y el corazón solamente nuestras pequeñas parcelas y olvidamos que nuestros carismas pertenecen al pueblo de Dios? ¿Somos capaces de coordinar los institutos evangelizadores, los misioneros, los educadores, para potenciar el avance y el alcance en la eficacia evangelizadora y no sólo para una gestión más de urgencias? ¿No nos estaremos contentando en demasiadas ocasiones con que nuestras obras sigan funcionando en lugar de poner nuestros mejores desvelaos en que sean realmente evangelizadoras?

¿Qué pasa con las grandes tareas de las Iglesias locales? ¿Estamos respondiendo a la clara invitación que nos lanza el Papa Francisco? Hay que revisarnos constantemente, hay que suplicarle al Espíritu Santo que, como a María, nos cubra con su sombra, para dar a luz a Cristo a todas las naciones sintiendo con ansias, como san Pablo, dolores como de parto con el anhelo de que Cristo sea conocido y amado por todos. María, la mujer de la alegría perenne no perdió el tiempo, siempre tuvo ardor por los intereses de su Hijo, se lanzó presurosa a llevar la Buena Nueva a Isabel (Lc 1,39), hizo que la gente hiciera lo que si Hijo indicaba (Jn 2,5), recibió el encargo de cuidar de los apóstoles al morir su Hijo(Jn 19,25), acompañó en la evangelización primera a los discípulos de su Hijo (Hch 1,14) y con ellos esperó la llegada del Espíritu que vino a dar un nuevo ardor, una nueva expresión, un nuevo método que llevó la evangelización hasta donde estamos el día de hoy (Hch 2,1ss).

«A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial» (EG 287).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Por un simple «sí»... La profesión religiosa de 11 hermanas Misioneras Clarisas


Son muchos los libros y artículos que hablan sobre el tema de la vocación, que, como sabemos, es una invitación al seguimiento. A esa invitación, nos dicen tantos y tantos estudiosos y escritores, corresponde el don, el don de quien se sabe llamado a seguir a Aquel que llama a dedicar la vida a la causa del Reino.

El llamado se entrega a Dios por sí mismo, libre y espontáneamente, sin que nada ni nadie lo obligue o lo presione y así, el anhelo de dar la vida por la salvación de las almas, brota de ahí... por un simple «Sí». 

Dios llama, aquel que atiende a la invitación del Señor responde y se establece un camino vocacional con una misión concreta en lo que el mismo Dios va pidiendo, porque, el consagrarse, implica que al darse, el llamado ya no se pertenece, le pertenece a Dios a quien queda consagrado.

La invitación, desde esta perspectiva, es cuestión de amor, al igual que la respuesta que se pueda dar al Señor. Es una invitación del Amor a seguirle por amor, para amarle y para hacerle amar. Darse, en este clima de amor, no es dar el propio trabajo o las cosas que se poseen, sino entregar el propio corazón para que el Padre se complazca en él viendo a su Hijo Jesucristo que vuelve a pasar por el mundo haciendo el bien (cf. Hch 10,38).

El primer paso que ha de dar el llamado, para corresponder a la voz de Dios que le invita a seguirle, es fiarse de Aquel que lo está llamando. Todo aquel que ha escuchado el llamado y se pone en camino, se fía de la palabra del que llama: «Ven y verás» (cf. Jn 1,39). Es preciso ir para ver, es preciso renunciar para elegir... Los hombres y las mujeres de nuestros tiempos estamos habituados a hacer lo contrario, porque primero queremos ver, para después posiblemente —si nos conviene— ponernos en camino.

Cuando vemos, en la historia de la Iglesia, el cúmulo de historias de santos, beatos y demás hombres y mujeres de bien que respondieron al llamado, podemos percibir una cosa muy importante. No ha sido el fanatismo lo que ha «obligado» a estos hermanos nuestros a seguir al Señor, ni tampoco la conveniencia o el miedo a condenarse, sino una «atracción fascinante», una atracción de Cristo que invita a dejarlo todo para ir tras de él.

Muchos de nosotros fuimos testigos apenas hace unos días, de la primera profesión de un grupo de once jovencitas que han decidido seguir a Cristo como Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento: Joseline Adilein, Alondra Teresita, Cristina, Ana Silvia (que tiene una hermana Misionera Clarisa, Rosario, a quien conozco desde antes de ingresar al convento), Montserrat, Maritza, Paola, Ana Laura, Norma Janeth, Elvia y Hena Claudia (a quien tengo la dicha de conocer desde muy pequeña, siguiendo de cerca su andar vocacional). Todas ellas, en una Misa muy solemne y concelebrada por varios sacerdotes, pronunciaron su «sí» como respuesta a la llamada de Dios para vivir en castidad, pobreza y obediencia después de haber finalizado su noviciado.

Monseñor Juan Esquerda Bifet presidió la Eucaristía y dirigió una emotiva homilía en la que nos fue llevando por los senderos del Amor que llama a ir tras de Él empezando desde nuestra llegada a este mundo gracias a la unión de nuestro padres, hasta el paso en que, como en la vocación de la beata María Inés Teresa, el corazón se va tras Él.

Ahora, cada una de estas hermanas irá a su nuevo destino como misionera de todo tiempo y lugar: El colegio, la parroquia, la guardería, el hospital, la casa de ejercicios, la universidad... en fin, la misión. El destino que les viene encomendado por la obediencia es solamente un medio que nunca prevalecerá sobre el fin, que es el amor de Dios en Cristo y, como los apóstoles, ellas serán expresión de la misericordia del Señor porque han decidido seguir a Cristo bajo el amparo de Santa María de Guadalupe, patrona principal de toda nuestra Familia Inesiana. ¡Felicidades hermanas y gracias por su testimonio en su «sí» al llamado del Señor.

¡Qué contenta estará la beata María Inés al ver que el «sí» que ella dio, cuando el Señor le pidió seguirlo y fundar nuestra Familia Inesiana, sigue latente en muchos corazones... ¡Felicidades hermanitas y que el Señor les de la perseverancia y la fidelidad!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

* En la fotografía de la cabecera aparecen con su Maestra y sub-maestra de Novicias, parte del equipo formador de la Casa Noviciado de las Misioneras Clarisas que ahora las ve partir.