martes, 3 de marzo de 2015

"El Señor es bueno"... HORA SANTA 1


Canto inicial sugerido: "Vamos cantando al Señor". 


Vamos cantando al Señor, El es nuestra alegría,
vamos cantando al Señor, El es nuestra alegría.

La Roca que nos salva, es Cristo, nuestro Dios,
lleguemos dando gracias a nuestro Redentor.

La luz de un nuevo día venció la oscuridad,
que brille en nuestras almas la luz de la verdad.

Los cielos y la tierra aclaman al Señor,
ha hecho maravillas, inmenso es su amor.

Ministro: Adorámoste santísimo Señor nuestro Jesucristo.
Todos: Aquí y en todas tus iglesias donde estás sacramentado, y bendecímoste pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Padre Nuestro …
Ave María …
Gloria …

Comunión Espiritual:

Señor Jesucristo, creemos firmemente que te encuentras presente en el santísimo sacramento del altar, te amamos con todo nuestro corazón y deseamos ardientemente recibirte, mas como no podemos hacerlo en este momento sacramentalmente, ven espiritualmente a nuestro corazón (silencio) y como ya te hemos recibido, no permitas, oh Jesús, amado mío. que jamás nos apartemos de Ti. Amén.

Momentos de silencio. 

Canto sugerido para meditarlo: "Señor permite que te hable hoy".

Señor permite que te hable hoy,
del dulce encuentro que me cambió,
la hora feliz en que yo escuché,
tus palabras de amor.

Dime cuándo pudo suceder,
si en la luz que el sol vierte al surgir,
o cuando el calor me hace vivir,
o fue en la noche al volver.

¿Fue cuándo una hoja deshojé,
o en la fuente el agua que bebí,
o fue en el calor del dulce hogar,
Dónde por fin te miré?

No fue en las horas de ilusión,
sino al decidir mirarte bien,
Como amigo en mi alma te encontré,
Tú me esperabas allí.

Lector: 

De la segunda carta de Timoteo:  (2 Timoteo 1,8b-9) 

Dios nos ha salvado y nos ha llamado con santa llamada, no según nuestras obras, sino según su propio propósito y su gracia, que nos dio con Cristo Jesús antes de los tiempos eternos. Palabra de Dios.

Salmista:  Te ensalzaré Dios mío, mi rey, bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Todos: Te ensalzaré Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. R/

Grande es el Señor y merece toda la alabanza, es incalculable su grandeza; una generación pondera tus obras a la otra, y le cuenta tus hazañas. R/

Alaban ellos la gloria de tu majestad y yo repito tus maravillas; encarecen ellos tus temibles proezas, y yo narro tus grandes acciones. R/

Difunden la memoria de tu inmensa bondad, y aclaman tus victorias. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. R/

El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R/

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Momentos de silencio. 


Ministro: Invoquemos a Dios Padre que envió al Espíritu Santo, para que con su luz santísima penetrara las almas de sus fieles y digamos todos:

Ilumina, Señor a tu pueblo.

Te bendecimos, Señor, a ti que eres nuestra luz y te pedimos que todos nuestros días transcurran consagrándolo a tu alabanza.

Todos: ilumina, Señor, a tu pueblo.

Tú que por la resurrección de tu Hijo quisiste iluminar al mundo entero, haz que tu iglesia difunda entre todos los hombres la alegría de saber que Jesús ha vencido a la muerte y al pecado.

Todos: ilumina, Señor, a tu pueblo.

Tú que por el Espíritu de la verdad adoctrinaste a los discípulos de tu Hijo, envía este mismo Espíritu a tu Iglesia para que permanezca siempre fiel a ti.

Todos: ilumina, Señor, a tu pueblo.

Tú que eres la luz para todos los hombres, acuérdate de los que viven aún en las tinieblas y abre los ojos de su mente para que te reconozcan a ti, único Dios verdadero.

Todos: ilumina, Señor, a tu pueblo.

Todos: Señor, Dios, rey del cielo y de la tierra, dirige y santifica nuestros cuerpos y nuestros corazones, nuestros, sentidos, palabras y acciones, según tu voluntad, para que con tu auxilio, podamos ofrecerte todas nuestras actividades como un sacrificio de alabanza grato a tus ojos. Amén.

Canto sugerido: "Entre tus manos".

Entre tus manos, está mi vida, Señor,
entre tus manos, pongo mi existir,
hay que morir para vivir,
entre tus manos, yo confío mi ser.

Si el grano de trigo no muere,
si no muere sólo quedará,
pero si muere en abundancia dará ,
un fruto eterno que no morirá.

Entre tus manos...

Momentos de silencio.


Salmo 99: (para leerlo todos juntos si se tiene la posibilidad): 

Aclama al Señor tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es nuestro Dios,
que Él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas dando gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole las gracias y bendiciendo su nombre.

El Señor es bueno, su misericordia es eterna,
su fidelidad dura por siempre.


Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Lector: De la carta a los Romanos: (Rm 11,33-36).

¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que El le devuelva? El es origen, camino y término de todo. A El la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Palabra de Dios.

Momentos de silencio.

Ministro: 

Glorifiquemos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle diciendo:

Todos: Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que abunde en la tierra la justicia y que tu pueblo se alegre en la paz de los hombres en todo el mundo.

Todos: Escucha a tu pueblo, Señor.

Que todos los pueblos entren a formar parte de tu reino y que el pueblo judío sea salvado.

Todos: Escucha a tu pueblo, Señor.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia y que sean siempre fieles a su mutuo amor.

Todos: Escucha a tu pueblo, Señor.

Recompensa Señor, a nuestro amigos y familiares y a todos aquéllos que nos hacen siempre el bien y concédeles la vida eterna.

Todos: Escucha a tu pueblo, Señor.

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra y dales el descanso eterno.

Todos: Escucha a tu pueblo, Señor.

Canto sugerido: "No podemos caminar". 

No podemos caminar con hambre bajo el sol,
danos siempre el mismo Pan: tu Cuerpo y Sangre Señor.

Comamos todos de este pan, el pan de la unidad ,
en un cuerpo nos unió el Señor por medio del amor.

Señor, yo tengo sed de ti, sediento estoy de Dios,
pero pronto llegaré a ver el rostro del Señor.

Por el desierto el pueblo va cantando su dolor,
en la noche brillará tu luz nos guía la verdad.

Salmo 66. (Se sugiere que lo reciten todos juntos si se puede). 

El Señor tenga piedad y nos bendiga Ilumina su rostro sobre nosotros,
conozca la tierra tus caminos Todos los pueblos su salvación.

¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto nos bendice el Señor nuestro Dios,
que Dios nos bendiga, que le teman hasta los confines del orbe.
¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos
que todos los pueblos te alaben.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Lector:  Del libro del Apocalipsis: (Ap 7,10ss).

¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! La bendición, y la gloria, y la sabiduría, y la acción de gracias, y el honor, y el poder, y la fuerza, y la santidad, y la bondad, y la belleza, y la misericordia, y la justicia son de nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén. Palabra de Dios.

Canto sugerido: "Hoy, Señor Jesús". 

Hoy, Señor, Jesús vengo ante ti para alabarte,
hoy, Señor, Jesús, con tu poder puedes cambiarte.
Sáname, Señor, hoy quiero vivir,
dame tu amor sin ti no puedo ser feliz.
Sáname, Señor, líbrame del mal,
dame tu amor para alcanzar la santidad.

(se repite todo el canto)

Ministro: 

Glorifiquemos al Señor Jesús, luz que alumbra a todo hombre y sol de justicia que no conoce el ocaso, y digámosle todos:

Tú que eres nuestra vida y nuestra salvación, Señor ten piedad.

Señor del universo, al darte gracias por los días que nos regalas te pedimos que el recuerdo de tu santa resurrección sea siempre nuestro gozo.

Todos: Tú que eres nuestra vida y nuestra salvación, Señor ten piedad.

Que tu Espíritu Santo nos enseñe a cumplir tu voluntad y que tu sabiduría nos dirija siempre en nuestras acciones.

Todos: Tú que eres nuestra vida y nuestra salvación, Señor ten piedad.

Que al celebrar la Eucaristía cada domingo tu palabra nos llene de gozo y que la participación en el banquete de tu amor haga crecer nuestra esperanza.

Todos: Tú que eres nuestra vida y nuestra salvación, Señor ten piedad.

Que sepamos contemplar las maravillas que tu generosidad nos concede y vivamos en continua acción de gracias.

Todos: Tú que eres nuestra vida y nuestra salvación, Señor ten piedad.

Oración del Magnficat: (Recitada por todos si es posible). 

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi Espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las naciones porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es santo y su misericordia llega de generación en generación.

El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los pobres los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres a favor de Abraham y su descendencia para siempre.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Preparación para la bendición y despedida (Si está presente el sacerdote o el diácono se dará la bendición).

Canto sugerido: "Bendito, bendito, bendito sea Dios".

Ministro.- Nos diste, Señor, el Pan del Cielo,
Todos.- que en sí contiene todas las delicias.

Oremos: 

Oh Dios, que bajo este admirable sacramento nos has dejado el memorial de tu pasión, concédenos, venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de tu redención. Te lo pedimos a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

En este momento se da la Bendición con el Santísimo Sacramento si está presente el sacerdote o diácono, si no, se hae la reserva del Santísimo hasta que se haya terminado de recitar la oración, no mientras se recita.

Todos de rodillas.

Ultimas oraciones: (Letanías). 

Bendito sea Dios, bendito sea su santo nombre, bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, bendito sea el santo nombre de Jesús, bendito sea su sacratísimo corazón, bendita sea su preciosísima sangre, bendito sea Jesucristo en el santísimo sacramento del altar, bendito sea el Espíritu Santo consolador, bendita sea la gran madre de Dios María Santísima, bendita sea su santa e inmaculada concepción, bendita sea su gloriosa asunción, bendito sea el nombre de María Virgen y Madre, bendito sea san José su castísimo esposo, bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.

Canto final sugerido: "Tú reinarás".

Tú reinarás, este es el grito que alegre exhala nuestra fe,
Tú reinarás oh rey bendito pues tu dijiste: reinaré.

Reine Jesús por siempre, reine su corazón.
En nuestra patria, en nuestro suelo,
que es de María la nación.
En nuestra patria, en nuestro suelo
que es de María la nación.

dr. algdr 2015

lunes, 19 de enero de 2015

La «SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS»... Su origen y su historia

La «SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS» es una actividad eclesial que alimenta en los fieles el mismísimo deseo de unidad que Jesús tiene. En esta semana todos los que creemos en Cristo nos damos la oportunidad de avanzar en el camino de la unidad plena y visible de la Iglesia, compartiendo la fe por medio de la oración en común, ya sea en nuestra misma Iglesia, y/o con fieles de otras confesiones cristianas que también albergan en su corazón el anhelo de unidad y de paz que Dios quiere para su familia.

La celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos es una conmemoración anual que dió inicio en Nueva York gracias a una iniciativa de la Iglesia Episcopal en 1908. Diez años antes, Paul James Wattson, —un sacerdote de la Iglesia Episcopal— con Lurana Mary White —también episcopal— fundó las Congregaciones Franciscanas, que forman hasta hoy la Sociedad de la Reconciliación. Wattson fue un vigoroso defensor de la unión de las iglesias Anglicana y Católica, y enfatizaba el rol que debía ejercer el Papa en la unión de los cristianos.

A Wattson lo apoyó también el Reverendo Spencer Jones, rector de la Iglesia de Inglaterra. En 1907 éste sugirió al Padre Wattson que buscaran un día de oración por la unidad de los cristianos todos los años en el mundo entero y le propuso como fecha la Fiesta de San Pedro (29 de junio). Al Padre Wattson le gustó la idea, pero recomendó más bien una “Semana de Unidad Cristiana” comenzando en la Fiesta de la Cátedra de Pedro (la cuál era entonces, el 18 de enero) y terminando en la Fiesta de la Conversión de San Pablo (25 de enero).

La Semana de la Unidad de los Cristianos se celebró por primera vez en 1908 y fue llamada “La Octava de Unidad de la Iglesia” por el Padre Wattson. Al siguiente año los miembros de la Sociedad de Reconciliación se unieron en esta iniciativa con la Iglesia Católica. Como parte de su compromiso de orar y trabajar por el cumplimiento de la oración de Jesús «Que todos sean uno», los Frailes y Hermanas de la Reconciliación continuaron promoviendo la Octava de la Unidad de la Iglesia. Mientras tanto, un movimiento llamado "Fe y Orden" expresó su interés en la oración común entre cristianos, y en 1926 publicó el folleto: “Sugerencias para la Octava de Oración por la Unidad Cristiana”, proponiendo que más iglesias cristianas oraran juntas por la unidad. En 1930 Wattson cambió el nombre de “Octava de Unidad de la Iglesia” a “Octava de la Cátedra de Unidad”, enfatizando el rol del papado en la unidad de las iglesias cristianas. En 1935 el Abad Paul Couturier, un sacerdote Católico en Francia, abogó por una “Semana Universal de Oración por la Unidad Cristiana” durante la cuál los cristianos orarían juntos «por la unidad que Cristo desea por el medio que Él quiere». La oración común cristiana por la unidad continuó creciendo a través del mundo entero.


Con el Concilio Vaticano Segundo (1962-1965), un creciente número de Católicos se unieron a otros cristianos cada año en enero para orar en común por la unidad. El Decreto del consejo sobre el movimiento Ecuménico, promulgado en 1964, declaró que la oración es el alma del movimiento ecuménico, y animó a la celebración de lo que ahora se conoce como «SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS». En 1966, la Comisión de Fe y Orden del Consejo Mundial de las Iglesias y el Secretariado del Vaticano (ahora Consejo) para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, comenzaron a colaborar en la elaboración de un texto internacional que se usaría comúnmente en todo el mundo. Desde 1968 estos textos internacionales, basados en temas propuestos por grupos ecuménicos alrededor del mundo, han sido desarrollados, adaptados y publicados para uso en las diversas naciones del mundo.

En 1991 la celebración llamada «Domingo Ecuménico» se integró a la «SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS» gracias a muchas peticiones de quienes esperaban contar con un domingo en común donde las iglesias pudieran explicar a sus miembros el significado y la labor del movimiento ecuménico. En los años en que el programa de la Semana de Oración incluye dos domingos, el segundo es designado como el Domingo Ecuménico.

Cada año el tema y los textos para la «SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS» son preparados por un grupo internacional cuyos miembros son seleccionados por la Comisión de Fe y Orden, el Consejo Mundial de Iglesias, y el Consejo Pontifico para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. El Comité Internacional encargado de preparar los recursos para la Semana de Oración se divide en dos grupos por idioma, el francés y el inglés. 

El 30 de noviembre de 2014 El Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico Bartolomé firmaron una declaración conjunta histórica en la que reafirmaron su deseo de alcanzar la unidad de los cristianos. 
El material para la «SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS» para el año de 2015 se puede encontrar dando un click aquí y la "Declaración conjunta del Papa FRancisco y el Patriarca Bartolomé, dando un click aquí

P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 13 de diciembre de 2014

La Misa del Papa Francisco en honor de Nuestra Señora de Guadalupe...

«La Virgen de Guadalupe, nos enseña a vivir con la prisa del anuncio de la Buena Nueva…

HOMILIA DEL 12 DE DICIEMBRE DE 2014 EN COSTA RICA

Como cada año, nos reunimos como familia Inesiana a celebrar en la Eucaristía el acontecimiento Guadalupano. Nuestra Madre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, nos la dejó como Patrona Principal. Ella quiso que la Santísima Virgen de Guadalupe fuera el alma del alma de Nuestra Familia Misionera.

 

María es Misionera, Ella nos enseña a vivir así.... ­¡Se encaminó presurosa! dice el Evangelio que acabamos de escuchar. Se dirigió a servir a su parienta Isabel, a llevar el gozo de Cristo. A darle al Señor.

 

Al celebrar a Santa María de Guadalupe, celebramos a la Madre Misionera. Ella, la llena de gracia, es la Madre del amor hermoso, la Madre del verdadero Dios por quien se vive y que debe ser conocido y amado por todos.

 

María se encaminó presurosa a las montañas de Judea... ella es la misma María que, vestida de Guadalupana, se encaminó también a nuestro Continente hace casi 500 años a traer la fe. Ella, la llena de gracia, no puede permanecer ni un solo instante sin mostrarnos a su Hijo, el Hijo del verdadero Dios por quien se vive.

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Hoy con ella, estamos de fiesta. ¿Qué nos dice a todos el celebrar esta fiesta un año más y ahora de una manera extraordinaria, con representantes de casi todas las ramas de esta obra misional de la beata María Inés? 

 

La Madre del Cielo, con la tierna y maternal sonrisa que caracteriza su Imagen de Guadalupe nos invita a vivir en fiesta nuestra misión. Hoy, ante su bendita imagen debemos cuestionarnos... ¿Qué tanto me encamino yo también presuroso, siguiendo la voluntad de Dios como misionero, como misionera, al encuentro y al servicio de mis hermanos? 

 

Nuestra beata madre fundadora vivió el ansia misionera. Nosotros somos sus hijos, nos dejó el amor entrañable a la Morenita del Tepeyac que se encamina presurosa al ver que muchos, en nuestras tierras de América, no habían  escuchado hablar de su Hijo porque no lo conocían. Nuestra Madre sintió la misma ansia y sintonizó con Ella en ese ir presurosa, porque, como ella misma decía: “Si no es para salvar almas, no vale la pena vivir”. 

 

Nuestra Madre fundadora, cuyas reliquias yacen ahora a los pies de esta imagen sagrada, quiso, al llevar el conocimiento de Cristo a todos, llevar también el amor a tan dulce Madre y nos dice: "Así pagar‚ a mi dulce Madre un poquito de lo muchísimo que le debo... quisiera que todas las almas de los infieles se enamoraran de María, que la amaran con la ternura y confianza que el niño pequeñito ama y espera todo de su Madre" (Notas I. 10, dic. 1940).

 

Hoy la familia Inesiana está de fiesta en el mundo entero. Es la celebración de Nuestra Patrona principal, es la Celebración de la gran familia: Misioneros de Cristo, Misioneras Clarisas, Misioneras Inesianas y Vanclaristas nos congregamos en esta Casa Pastoral, en esta Casa de Misión para celebrarla. 

 

En nuestros tiempos, hermanos y amigos, hay también muchos que aún no conocen a Jesús, aquí, muy cerquita, tal vez en nuestro mismo barrio, en nuestro mismo grupo de amigos... 

 

Hoy es fiesta de toda la familia Misionera pero también es día del Vanclarista. Día del misionero seglar que la beata soñó, para que Cristo llegara hasta los últimos rincones de la tierra. Pequeños, grandes, solteros, casados, en fin... una vocación para muchos. Una vocación que no es un adorno. Ella los llamó "Brazo derecho" ¿saben lo que eso significa? "Brazo derecho" y lo dice un alma netamente misionera que no tuvo tiempo de quedarse en planeaciones que nunca se realizan, en ilusiones que nunca se ponen en práctica, en lamentaciones de pequeños o grandes fracasos.

 

EL Vanclarista es Misionero y si no está  viviendo ese ser, si se reúne para todo, menos para dar a Dios a los demás, si vive y conoce de todo lo del mundo, menos a Dios, si se llena de todo menos de Dios... ¿Qué es?

Ustedes lo saben... nada.

 

María se encaminó presurosa... ¿cuánto tiempo más podrá esperará  Ella a que nos encaminemos por la senda trazada por Nuestra Madre? ¿cuánto tiempo más tendrá  que esperar el mundo para ver nuestra acción misionera?

 

Todos los que estamos aquí en esta Eucaristáa en donde el Misionero por Excelencia quiere venir a nosotros, sabemos lo que se espera de nosotros. Somos hijos de un corazón misionero que no conoció fronteras de ninguna clase. Un corazón como el de María, sin fronteras para Dios, sin fronteras para los hermanos, un corazón que en todo sintoniza con el la prisa guadalupana por evangelizar, que s la única precisa que deberíamos tener. 

 

Hermanos y Hermanas. El acontecimiento de las apariciones de la tierna Morenita, algo nos debe de decir: Como Misioneras Clarisas, esposas de Cristo, consagradas a El a imitación de María; algo nos debe de decir a los Misioneros de Cristo, que queremos ser apóstoles del verdadero Dios por quien se vive; algo quiere decir a nuestras hermanas Misioneras Inesianas que en medio del mundo llevan a Cristo con prisa en medio del mundo como consagradas; algo debe decir a los Vanclaristas en su día, hombres y mujeres que van por el mundo como san Juan Diego, en su condición de laicos buscando a Dios... ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?

 

La beata, esta tarde, nos diría algo: "Al comenzar las faenas diarias, si es posible, una a una mientras te dispones a practicarlas, se las entregarás, y cuando ya está concluida la dejarás en su regazo maternal diciéndole: por tu amor, por los intereses de Jesús he hecho esto Madre mía... Y permíteme Madre, que sin dejar de ser ABSOLUTAMENTE tuyos mis sacrificios, acciones y oraciones, se los entregue también ABSOLUTAMENTE a Jesús. Contigo trabajar‚ por los intereses de tu Hijo, y con El por los tuyos… ¿no quieres que juguemos a la banca del amor?

 

P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

Moravia, Costa Rica.

jueves, 4 de diciembre de 2014

«ADVIENTO»: TIEMPO DE ESPERA...

Con el tiempo de adviento comienza otro año en la vida litúrgica de los católicos. Adviento es un vocablo latino que significa «espera de lo que ha de venir», expectación de algo que está en advenimiento, de lo que llega, de lo que vendrá y plenificará el presente.

No se si alguna vez te hayas preguntado ¿Que sería de la vida del ser humano sin la esperanza? ¿Qué sería de nuestro ser y quehacer si no esperáramos nada? Naufragaríamos en el mar de la incertidumbre, del sufrimiento, del dolor, del mal, sin que nada nos alentara a seguir confiando, luchando, trabajando, proyectando, amando, confiando, creyendo, esperando...

Todos los católicos somos, esencial y fundamentalmente, hombres y mujeres de esperanza. Es decir, hombres y mujeres que viven en permanente adviento: en la espera de la segunda venida de nuestro Salvador, en la espera de que el nacimiento de Dios llegue en la navidad; en la espera de los encuentros cotidianos con Dios mediante su creación, mediante el hermano, especialmente el más pobre y necesitado.

Mediante la liturgia de este tiempo, mediante la vivencia de los sacramentos y la escucha de la Palabra, mediante tantos signos y circunstancias Dios se nos hace cercano en el Adviento y viene a nuestro encuentro cada día. El cristiano vive en la espera de que las promesas de Dios lleguen a su cumplimiento, que el Reinado de Dios triunfe sobre el reinado del mundo, que la misericordia de Dios triunfe sobre el desamor y que el poder de Dios venza sobre los poderes mezquinos del hombre.

Pero el cumplimiento de estas esperanzas, para que —como dicen un salmo y algunos cantos del adviento— en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente, exige que los discípulos misioneros construyamos, con nuestros hechos y palabras, con nuestros anuncios y denuncias, nuestros comportamientos, actitudes y trabajos; espacios y tiempos en los que la esperanza cristiana sea posible, es decir, espacios «teológicos» en los que el Reinado de Dios se haga presente por medio nuestro.

Así, la esperanza que vivimos nos saca de una actitud resignada y pasiva y nos mueve a construir la civilización del amor que esperamos, el cielo y la tierra nueva que anhelamos. Más aún, el católico sabe que las esperas cotidianas de felicidad se plenifican sólo en nuestra esperanza: Cristo y su vida en nosotros. 

La esperanza cristiana no es una esperanza que se agota en las satisfacciones temporales y efímeras del consumismo desmedido de este tiempo previo a la Navidad, sino que empuja todo nuestro presente hacia un futuro plenificador y totalizante en Dios... ¡Qué nazca el Salvador!... ¡Ven Señor, no tardes más!... 

Adviento, este tiempo litúrgico que antecede a la espera de la Navidad, es más que un tiempo litúrgico, una actitud de vida y un compromiso personal y comunitario de los que en la Iglesia creemos en el Evangelio de Jesucristo y de un mundo en el que lo divino nazca, aparezca y se manifieste en lo más humano y cotidiano de nuestra historia presente.

De esta esperanza que no se agota en el día a día, de la esperanza que anima todos nuestros instantes, de la esperanza infinita y sin condiciones, de la esperanza que no pasa y no muere, de la esperanza que nos abre al mas allá de esta intrahistoria limitada, de la esperanza que vence toda forma de mal, de dolor y de muerte, de esto nos habla la liturgia en este tiempo de Adviento para inundar toda nuestra vida.

Hoy más que nunca, urge vivir el espíritu del Adviento. Nos circundan por todas partes manifestaciones de crisis: crisis del espíritu humano, crisis de logros que otrora soñó la humanidad, crisis de confianza en lo que puede el hombre y sus instituciones; hay crisis de confianza en los gobiernos, en las instituciones, en los modelos económicos; hay desconfianza entre los pueblos y las naciones, hay incredulidad en los líderes espirituales, hay desilusión; hay desesperanza porque hay hambre y mil formas de inequidad, de injusticia, de violencia y de muerte. Hay un sentir colectivo según el cual nuestro presente es de no-futuro; hay incertidumbre, hay pérdida del sentido de la vida, hay angustia. Vivimos tiempos difíciles en todos los ámbitos del ser y quehacer humano y sin embargo, la liturgia católica, en este tiempo de Adviento nos invita, una vez más, a la espera de la esperanza, al compromiso y construcción de tiempos mejores...

En una carta escrita en este tiempo litúrgico, la beata María Inés anota: “Espero que este Adviento sea de pequeñas penitencias, para lograr, de su misericordia, el perdón de tantos pecados en la humanidad”. La beata María Inés fue una mujer de esperanza, una mujer que buscaba para ella y para todos, vida nueva. Decía que “la esperanza es una virtud obligatoria; que radica en el espíritu, pero que irradia en todo el ser.” (Ejercicios Espirituales de 1933). No perdamos la esperanza ni dejemos que nadie nos la arrebate. Preparemos la llegada del Salvador a nuestros corazones. ¿Tú, qué esperas?

Deseo a todos que este Adviento nos llene de esperanza, de un aliento siempre renovado para hacer posible nuestra esperanza: el Evangelio de Jesucristo entre nosotros, vivido y anunciado por nosotros, para la construcción de un mundo mejor, más justo, más humano y con ello más según el querer de Dios.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

miércoles, 27 de agosto de 2014

HACIA EL SÍNODO EXTRAORDINARIO DE LA FAMILIA...

Como todos sabemos, el Papa Francisco convocó a la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos que se celebrará del 5 al 19 de octubre de este año bajo el lema «Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización».

Se ha presentado ya el "Instrumentum Laboris" (Material de estudio para el Sínodo) que será analizado por los obispos durante este Sínodo a fin de responder a los nuevos desafíos de la familia actual.

Con este artículo, quiero dar mi pequeña aportación para irnos adentrando en el tema. Primero hago un resumen de lo que trata el "Instrumentum Laboris" y luego comparto algunos de mis puntos de vista sobre la familia hoy.

El material a estudiar se divide en tres partes:

La primera parte está dedicada al Evangelio de la familia, el plan de Dios, el conocimiento bíblico, magisterial y la recepción de la ley natural y de la vocación del ser humano. 

La segunda parte afronta los desafíos pastorales inherentes a la familia, como la crisis de la fe, las situaciones críticas internas, las presiones externas y otros problemas, como las situaciones pastorales difíciles que tienen que ver con las parejas que viven juntas y las parejas de hecho, los separados, los divorciados, los divorciados vueltos a casar y sus hijos, las madres adolescentes, los que se encuentran en condiciones de irregularidad canónica y los que piden el matrimonio sin ser creyentes o practicantes. 

Se ve, en todo este material, como la Iglesia desea encontrar soluciones compatibles con su enseñanza, que conduzcan a una vida serena y reconciliada, contemplando incluso la necesidad de simplificar y acelerar los procedimientos judiciales de nulidad matrimonial. Se habla de la propuesta de cursos de formación al matrimonio más bien desarrollados y de la necesidad de hacer un seguimiento al matrimonio después de la boda. 

La tercera parte de este documento presenta temáticas relativas a la apertura a la vida, sugerencias pastorales, la praxis sacramental y la promoción de una mentalidad abierta a la vida. Se habla también de la responsabilidad educativa de los padres de familia.

Ahora mi aportación:

Son muchos los que desde hace años, más o menos angustiados o con tono de burla; con incertidumbre o confianza en Dios, con temor del futuro o buscando caminos, se preguntan por el sentido y el destino, que en el futuro puedan tener el amor humano, el matrimonio y la familia en el mundo.

Los problemas conyugales y su contorno inciden hoy con insistencia en el primer plano de noticias y novelas, basta pensar en las tan populares novelas mexicanas, en donde la familia se ve muy golpeada. Hay un creciente contraste entre los valores que propone la Iglesia sobre el matrimonio y la familia y la situación social y cultural diversificada en todo el planeta y promovida en los medios de comunicación (Cf. Instrumentum Laboris 15)..

La familia es un don de Dios y la Iglesia ha sido siempre fiel custodia de la familia consciente de que toda familia difiere de las demás familias de la misma manera en que difiere toda impresión digital, toda personalidad o todo rostro. 

Desde que un niño va tomando uso de razón y se acerca a la catequesis, ya sea realizada por sus padres o por una institución, le queda claro que Dios no solamente ha establecido la unión del hombre y la mujer como una ley, sino que hace una llamada al amor. A lo largo de los siglos, la Iglesia no ha dejado de ofrecer su enseñanza constante sobre el matrimonio y la familia (Cfr. Instrumentum Laboris 4). 

Según la experiencia de todos los pueblos, un hecho es bien evidente: la familia se funda en el matrimonio, unión de amor de comunión profunda entre el varón y la mujer. Este hecho, aunque muchos no lo vean claramente, ha sido el proyecto de Dios. Desde la creación, al haber creado la historia como tiempo y espacio para el encuentro con el hombre, decidió la creación de la mujer para que el hombre no fuera un solitario en el mundo (Cfr. Instrumentum Laboris 1).

Desde esta perspectiva bíblica es fácil comprender la importancia que tiene el amor entre la pareja para la constitución de la familia. No puede haber nada más contrario a la concepción cristiana del matrimonio que entender el amor como un valor secundario o accidental en la dinámica del matrimonio.

A veces se escucha decir: “Lo primero son los hijos”, y muchos  han entendido este principio, como si el amor del que los hijos son fruto importara poco, como si la comunión entre los esposos quedara desvalorizada y marginada ante la fecundidad y hubiera que entender la institución matrimonial sólo como una institución reproductora. El amor entre los esposos debe ser considerado como la “causa y razón primera” de la familia. También desde el Génesis, Dios “los bendijo y les dijo: Creced, multiplicaos, llenad la tierra”.  El proyecto de Dios al instituir el matrimonio como origen de la familia, es un proyecto de amor y fecundidad otro (cfr. Gen 1,24-31; 2,4b-25).

Cuando Cristo eleva a sacramento la dignidad del matrimonio, la relación entre los esposos cristianos adquiere una nueva significación, representa la unión amorosa entre Cristo y la Iglesia que engendra un pueblo(cfr. Ef5,31-32).  Los esposos representan a Cristo y a la Iglesia y su alianza conyugal representa una alianza superior: la que Dios ha hecho con su Pueblo y cuya máxima expresión ha sido el amor demostrado por Cristo con su Iglesia en el sacrificio de la Cruz. Amándose de esta manera, los esposos se santifican y superan la fragilidad y la pobreza del amor humano. Esta es la gracia, este es el “don” del sacramento que engendra la familia (Cfr. Instrumentum Laboris 3).

Hoy hay un problema muy grave, cada día son más las parejas que llegan al matrimonio tomándolo como una opción apasionada o como un contrato de intereses. Para algunos el matrimonio eclesiástico es solamente un conjunto de trámites eclesiales para quedar bien con los demás. Muchas parejas desde antes de casarse, empiezan a tomar los populares anticonceptivos, porque quieren esperarse... ¿esperarse a qué?... ¿qué no se trata de una opción de fe para hacer fecundo el amor en una familia?... ¿qué la realización del matrimonio no está dentro de la vivencia del núcleo familiar? (Cfr. Instrumentum Laboris 129).

Tal vez todo esto responda a tantas cuestiones de infidelidad, no solamente de parte del hombre, como era lo tradicional, sino que ahora de parte de la mujer, que haciendo a un lado las entrañas de madre es capaz de abandonar a los hijos y dejarlo todo por lo que llama “un verdadero amor”. El hombre y la mujer modernos se han dejado influenciar por la idea del “amor libre” que ve en la unión matrimonial no más que un yugo insoportable al que se une el peso de los hijos.

Según la tradición cristiana del matrimonio es indisociable, la fecundidad, ensalzada en la Sagrada Escritura como bendición de Dios. La Iglesia siempre ha enseñado que el amor de los esposos ha de ser un amor fecundo. La familia no es solamente un instrumento de socorro, ni mucho menos una inversión que los padres hacen en los hijos para después cobrar con intereses, es ante todo, una comunidad creadora que se reconoce como “don” de Dios (Cfr. Instrumentum Laboris 122). No quiero decir con esto que la fecundidad de los esposos o el cumplimiento pleno de su matrimonio, o la perfección de la familia se mida sin más por el “número” de hijos. Los esposos cristianos han de cumplir su deber de ser fecundos, actualizando una paternidad responsable que no se deja llevar solamente por el instinto ciego de la reproducción o del placer, sino que se guía por la luz de la razón humana, atendiendo a que “ser padres” no supone solamente engendrar, sino también educar humana y espiritualmente a una persona, dos, tres o más (Cfr. Instrumentum Laboris 3). Desde la más antigua tradición católica, la familia ha sido llamada: “pequeña Iglesia” o “Iglesia doméstica”.

Todo hombre, con una que otra excepción, convive en el seno de una familia. Este es un hecho primordial que no podemos perder de vista. La familia es la célula primera y vital de la sociedad. “La familia es el núcleo para el desarrollo del hombre”,   es formada de personas, allí el individuo nace a la vida y va conociendo las realidades que envuelven su misma vida. La familia es el medio de transformación de la persona y allí va aprendiendo todo, o casi todo. En la familia se van desarrollando las ideas que forman el pensamiento de las personas que integran una sociedad (Todo el Capítulo II del Instrumentum Laboris trata este tema).

La familia en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Actualmente la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor,  porque vemos la realidad que nos rodea de familias desintegradas por el egoísmo, por el alcohol, por las sectas )Cfr. Instrumentum Laboris 68).

En torno a esto, podemos decir que hay una gran inquietud de padres de familia, maestros, políticos, sacerdotes, religiosos, de comprender y solucionar la cantidad tan grande de problemas que enfrenta la familia de hoy. Basta ver la gran cantidad de literatura al respecto. Se dan conferencias, se hacen debates, se escuchan conferencias, pero a menudo se nos olvida que siendo la familia un don de Dios hemos de recurrir a Él.

Quizá uno de los retos más difíciles para la familia hoy, sea aquella de la formación de los hijos sobre todo al llegar a la adolescencia. Es importante recalcar que es de por sí una etapa de cambios difíciles para ellos y que quieran sentirse acogidos en su casa, comprendidos, queridos. Los padres y los hijos son generaciones diferentes. Los padres saben, al igual que los hijos, que la familia es una escuela de virtudes, de valores morales, pero, esos valores.... ¿son los mismos para los padres y los hijos?

Tenemos cantidad de hijos adolescentes que han pasado más horas frente a la televisión y a Internet que frente a sus padres. Con la televisión no se puede dialogar, ni tampoco con los juegos más electrónicos ya programados. ¿Cómo se inculca en casa el valor del diálogo? ¿Qué momentos se buscan? ¿Será necesario que papá o mamá se den tiempo para hablar en la televisión o que salgan en alguno de los juegos cibernéticos? A esto hay que añadir que en México existe una verdadera colección de programas de ínfima calidad en la T.V. y en la radio que no ayudan al crecimiento o integración de la persona. Por otra parte un gran problema es que el nivel de estudios de los hijos ha superado a los papás y casi casi hay que volver a estudiar con ellos la primaria y la secundaria, pues multiplican de otra forma o componen las frases de la oración de forma diversa. ¿Cuánto se han capacitado hoy los padres de familia para dar respuestas a sus hijos?

Los muchachos quisieran encontrar un hogar cuando llegan del colegio... Primero, los recibe la servidumbre, a quien le tienen ya más confianza, mamá está ocupadísima y llegó con un pollo rostizado para comer que rapidito mete al micro y ya está, una sopita de lata y una gelatina de la tienda.... ¿No será que está preparando al adolescente para después comer más rico en la universidad? ¿No lo estarán llevando a decir: ¿para qué voy a casa? Por otra parte, se ve la falta frecuente de leyes que tutelen a la familia en el ámbito del trabajo y, en particular, a la mujer-madre trabajadora (Cfr. Instrumentum Laboris 71).. Mucho se habla de los adolescentes y de los jóvenes; de las maldades que cometen, de que no saben comprender y obedecer, pero ¿será toda la culpa de ellos?, ¿alguno de nosotros no fue adolescente?

Por otra parte, si la familia es un don de Dios... ¿qué Dios es el que infundes en ellos? ¿el Dios de amor o el Dios de temor?, ¿cómo se hace presente a Dios en la casa?, ¿cómo se continúa la clase de valores que reciben en el colegio?, ¿qué te ven a ti hacer o decir?, ¿cuando están cerca de los padres y están hablando por teléfono, qué escuchan los hijos? 

Eso sí, en la sociedad de hoy, al muchachito o a la niña se le compra todo lo que quieren, parece que muchas familias tuvieran una especie de convenio transitorio en función de la satisfacción individual, y todos los miembros de la familia van cayendo en la trampa de satisfacer y satisfacer para estar al último grito de la moda en todo. El consumismo tiene fuertes consecuencias sobre la calidad de las relaciones familiares, centradas cada vez más en “tener” en lugar que en “ser” (Cfr. Instrumentum Laboris 74).

¡Que desafíos tan grandes para la familia hoy!... Creo que en la familia actual se necesitan más padres empeñados que preocupados, que sepan recurrir a Dios para pedirle luz, esa luz que los lleve a dialogar, a convivir con sus hijos, a darles tiempo, a comprometerse. Ya si los hijos no quieren enderezar sus pasos, eso es otra cosa, pero que no quede en el corazón del padre o de la madre la certeza de que pudo haber hecho más. "El método de transmisión de la fe no muta en el tiempo, aunque se adapte a las circunstancias: camino de santificación de la pareja; oración personal y familiar; escucha de la Palabra y testimonio de la caridad. Donde se vive este estilo de vida, la transmisión de la fe está asegurada, aunque los hijos estén sometidos a presiones de signo opuesto" (Intrumentum Laboris 134).

Desde una visión de la familia como don de Dios hay que crear nuevos espacios en la familia para el tiempo de hoy. ¿Qué será más importante, comprar carro nuevo, estrenar sala o gastar en la formsción e integración de la familia? Son muchos los niños y jovencitos que están acostumbrados a oír: ¡para eso no  hay dinero!, aún viviendo en la cultura del derroche. Benditos los padres y madre de familia que destinan gran parte de su presupuesto a la educación cristiana de sus hijos, así hay que gastar todo lo que se deba, aunque se deba todo lo que gaste. Dios proveerá.

¿Cómo se podrá ganar un padre y una madre el amor, la piedad, la gratitud y el respeto de sus hijos? Hay una sentencia muy antigua que dice: “Al niño se le impone, al muchacho se le propone, al joven se le expone”. En la familia, don de Dios, los padres deben ir creciendo junto con los hijos. Muy atinadamente, Santo Tomás de Aquino, ese gran hombre de la Iglesia, hablando al respecto dice: “Para la educación de los hijos se requiere no solamente la solicitud de la madre que alimenta al hijo, sino mucho más todavía la solidaridad del padre, que debe formarle, y defenderle, y hacer que crezca en bienes interiores y exteriores” . La Iglesia actual secunda esto y hace responsable de la educación de los hijos, tanto al padre, como a la madre (Cfr. Instrumentum Laboris 133 y 134).

En la familia, actual, no valen las reglas de siempre. La familia está cambiando con rapidez y profundidad y de sus mismos miembros depende hacia donde se orienta y por eso no tenemos otra referencia, que Dios mismo, para orientar la familia. Entre los cambios más sobresaleintes está el progreso tecnológico que e"s un desafío global para la familia, en cuyo seno causa rápidos cambios de vida respecto a los valores, las relaciones y los equilibrios internos. Los puntos críticos surgen, por tanto, con más evidencia donde en familia falta una educación adecuada al uso de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías" (Instrumentum Laboris 69).

Imposible agotar el tema, esto ha sido un querer cuestionar y provocar una tarea para prepararse a este Sínodo Extraordinario leyendo el Instrumentum Laboris. En 1920 un pensador de la época, de apellido Lunachasky, declaró varias veces: “Nuestro problema de ahora es terminar con la familia y liberar a las mujeres del cuidado de los niños”... Hay quienes se dejaron seducir por aquello y ahora vemos las consecuencias. Sin embargo, sabemos que la familia es un don de Dios y seguirá siendo en el futuro la célula fundamental de la sociedad, aunque aparezcan formas o se adopten posturas contrarias. Yo creo y estoy convencido de que con padres y madres bien formados, la familia persistirá en el futuro. Este Sínodo extraordinario nos ofrecerá tres grandes ámbitos sobre los cuales la Iglesia desea desarrollar el debate para llegar a indicaciones que respondan a los nuevos desafíos: el Evangelio de la familia que hay que proponer en las circunstancias actuales; la pastoral familiar que hay que profundizar frente a los nuevos desafíos; la relación generativa y educativa de los padres respecto de los hijos (Cfr. Instrumentum Laboris 158).

Invito, especialmente a los padres y madres de familia, a leer el Instrumentum Laboris y a voltear sus miradas hacia sus hogares tratando de invertir siempre, el máximo esfuerzo en la formación de su familia, en ese don de Dios tan valioso que Dios les ha dado. Que cada uno descubra el tesoro tan valioso que hay en este don. Que al terminar de leer estas líneas y luego de la oración propuesta en el Instrumentum Laboris, vean su familia y contemplen aquella familia de Nazaret... Hay mucho que hacer, nada está perdido.

San Juan XIII, aquel Papa que tuvo tanto cariño a su familia. expresó alguna vez, respecto a su propia familia “A mi querida familia de aquí abajo, de la que yo no he recibido ninguna riqueza material, no puedo dejarles más que una muy grande y especial bendición, invitándoles a permanecer en el temor de Dios, que la ha hecho tan querida, pese a su modestia, y de la que nunca he tenido que avergonzarme”.

El Papa Francisco nos propone esta oración por la familia:


Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.
Amén.


P. Alfredo Leonel G. Delgado Rangel,
M.C.I.U.

martes, 26 de agosto de 2014

El Vanclarista, su ideal y el diálogo con Cristo…

“Van-Clar” es un un grupo que conduce siempre a cada miembro a tener experiencia profunda de amistad con Jesús como discípulo-misionero desde su condición de seglar y con la valiosa ayuda del espíritu y espiritualidad de la Beata María Inés Tersa del Santísimo Sacramento, su fundadora.

Las cartas y escritos de la beata, marcan la pauta a seguir para llegar a ser lo que ella misma esperaba de un Vanclarista: “llenos de fervor, de fuego juvenil, de anhelos de pureza, de sacrificio, de abnegación”. Nuestra Madre la beata María Inés, espera de los Vanclaristas laicos “dirigentes”, como fermento del Evangelio en medio del mundo, que sepan “ante todos dar testimonio de Cristo con una vida recta, limpia… un grupo que de veras se entregue al servicio de Dios y del prójimo” decía ella con entusiasmo.

En los Últimos meses ha sido muy considerable el incremento de aspirantes y prevanclaristas que han llegado a engrosar las filas de los diversos grupos alrededor del mundo. Hoy quiero invitarlos a hacer un alto en el caminar y detenerse a reflexionar en una cosa que expreso tomando textualmente unas palabras de Mons. Juan Esquerda Bifet en su libro sobre Van-Clar “VEN Y VERAS”: «Si “VIVIR PARA CRISTO” es el lema del Vanclarista, ese vivir no sería auténtico sin una fuerte experiencia de Cristo, en diálogo con Él, escondido en la Eucaristía y en el Evangelio, esperando en el corazón de cada hermano.»

Un Vanclarista es una persona que se tiene que dejar poseer por el Amor de Dios. La Iglesia los necesita así: “La Iglesia necesita de estos elementos juveniles y aún de mayor edad, para sembrar el bien por todas partes por donde pasen, asemejándose así a su Divino Maestro que: PASÓ POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN…” (Carta de la beata María Inés a Van-Clar en 1973). Cada uno de nosotros —lo sabemos perfectamente— ocupa un lugar muy importante en el Corazón de Dios, somos únicos e irrepetibles, no hay nadie como yo. ¡Ni siquiera los gemelos idénticos son iguales!, hay algo que los hace distintos. Para Dios, cada uno de nosotros somos un amigo como no hay otro. Para anunciar a Cristo como Misioneros hay que ser primero amigos de Él, es así que el primer paso que ha de dar un laico que llega a este grupo, es hacerse amigo de Dios. Muchos jovencitos de hoy en día y, en general, muchas personas, piensan que es imposible establecer una amistad con Dios. Dios nos invita como Amigo a experimentar su amor amándole a El y a nuestros Hermanos.

Un laico que llega a cualquier grupo de Van-Clar, debe hacer crecer en él lo que llamamos «Espiritualidad», que es el camino que se ha de recorrer para cumplir la Voluntad de Dios como amigo suyo. Los santos, para mucha gente, han pasado de moda junto con palabras como esta de espiritualidad. Hay muchos jóvenes e incluso adultos que piensan que estas son cosas del pasado, da la impresión de que algunas palabras no las quisieran ni escuchar porque estorban a la vida de la sociedad de hoy: rezar, moral, confesarse, virginidad, rosario, espiritualidad y otras más. Sin espiritualidad ningún creyente puede vivir. ¨Sin un camino, ¿será posible llegar a alguna parte?…

La Espiritualidad nos debe mover a querer estar con Jesús, que es quien nos ha llamado a ser misioneros. Dice Nuestra Madre la beata María Inés en una de sus cartas a Van-Clar: “Como quisiera que todos mis Vanclaristas se actuaran muy bien de su gran responsabilidad de almas de apóstoles, especialmente llamadas a estar con el Señor. Estando muy unidos a El, cuánto bien aún sin sentirlo, sin saberlo irán sembrando, y predicando a sus compañeros de estudios, de trabajo, de oficina, de viaje, etc. etc.”.

Dios sale al encuentro de cada Vanclarista, nuestro Señor quiere abrir a cada uno los brazos de su amistad, El está deseoso de tener amigos y tiene cosas especiales reservadas para ellos que quizá los que van por el camino de la mediocridad no entienden. No hay razón alguna que valga para que un Vanclarista se aparte de esta amistad con Dios. Los grupos de Van-Clar han crecido, pero no debemos ver solamente el número, debemos preguntarnos ahora: ¨Ha crecido junto con eso nuestra espiritualidad? ¨Se ha hecho más grande nuestro deseo de ser amigos de Dios? ¿Hemos sabido sacar provecho de este amor de predilección que Dios nos tiene? ¿Nos hemos hecho más amigos de su Madre Sant¡sima? ¿Hemos recorrido la vida en Vanclar solos o con el Señor?

A mi siempre me ha impresionado abrir la Escritura y volver a leer una y otra vez los pasajes en los que Jesús llama: Jn 1,46; Jn 1,39; Mc 3,13-14;Jn 1,43; Jn 15,16; Mt 9,13; Mt 4,19; Mt 8, 22; Mt 9,9 y muchos textos más. La llamada de Cristo sigue resonando en muchos corazones, pero el riesgo de hoy sigue siendo el mismo que en tiempos del Maestro, cuando aquel joven rico no valoró la mirada de amor que Jesús le dirigió y se marchó lleno de tristeza apegado a sus riquezas (Mc 10,21-22). Veo con tristeza, que son muchos hombres y mujeres de hoy que se quieren quedar apegados a sus cosas y no se lanzan a responder a Cristo, y ya no digo a una vida de consagración en la vida sacerdotal y religiosa, a la que de por sí muchos ven como algo ajeno o… ¡peligroso!, sino que ni siquiera se ve en algunos miembros de la Iglesia el deseo de responder a una vida cristiana en el mundo. Nuestra Madre la beata María Inés, quería que el Vanclarista fuera el brazo derecho de los consagrados de nuestra Familia Inesiana. ¿Se podrá ser brazo derecho sin espiritualidad?

Van-Clar ofrece un gran regalo de Dios al laico de hoy, la posibilidad de compartir la vida con Cristo, la posibilidad de vivir la vida en Cristo, la posibilidad de entregar la vida por Cristo. La espiritualidad ayuda al Vanclarista a caminar en la búsqueda de la realización de su opción fundamental. Esa opción es aquello que nos hace pensar cosas como esta: ¿Qué vine a buscar a Van-Clar? ¿Qué es lo que espero del grupo? ¿Qué es lo que yo puedo dar? No hay nada que pueda destruir tanto nuestra vida, dice San Juan Crisóstomo —un gran santo en la Iglesia— como el ir dejando las buenas obras para hacerlas más adelante, porque esto hace muchas veces que perdamos todos los bienes, los buenos deseos, los anhelos. Hay que desterrar de nuestra mente y de nuestro corazón esa frase tan común dque se escucha seguido: «Mañana empiezo».

Todo cristiano, por el hecho de ser bautizado, está llamado a ser santo, aquí no se le hacen descuentos o rebajas a nadie. La espiritualidad es el camino que nos irá formando en esa carrera de la santidad. Dice Mons. Esquerda en el librito que ya mencioné: “Con personas entregadas, aunque sean limitadas y pobres, Van-Clar puede hacer mucho para amar y hacer amar a Cristo y a la Iglesia. Con pesos muertos, Van-Clar se reduciría a un taller de reparaciones o, peor aún, a un museo de antigüedades o de cacharros inútiles. Pero cuando uno reconoce su realidad y quiere empezar de nuevo, entonces se recupera el tono del seguimiento evangélico en el corazón y en el grupo”.

La vida de un grupo, en todos sus aspectos, siempre ser un reflejo de la vida de las personas que la integran. Si nosotros vemos que el grupo de Van-Clar marcha bien, que hay armonía, que hay generosidad, cooperación, fidelidad, es que estos valores se están viviendo en cada uno, pero si acaso hubiera discordias, rivalidades, falta de seriedad en las relaciones fraternas, cazanovios y tumbanovias…. ¿qué hay entonces en el corazón de cada uno? La Escritura es clara, “donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Mt 6,21), “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.” (Mc 7, 15).

Hermanos y hermanas Vanclaristas, necesitamos espiritualidad, necesitamos recorrer este camino para, como dice Nuestra Madre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: “VIVIR PARA CRISTO, sanando el ambiente con el «buen olor» de Cristo, con el perfume de las virtudes cristianas” (Cta. a Van-Clar). ¿Qué nos faltará algunas veces? Sin duda, ponernos a caminar, amar sin medida, coraje para vivir esa espiritualidad que nos debe sostener, deseo ardiente que haga que nuestra vida no se diluya y termine vacía, perdida en medio de las rivalidades y discordias de la sociedad en que vivimos. La Espiritualidad debe impregnar la vida diaria del Vanclarista y esta espiritualidad se expresa, como dice san Juan Pablo II en la Redemptoris Missio: “Viviendo con plena docilidad al Espíritu; ella compromete a dejarse plasmar interiormente por él, para hacerse cada vez más semejantes a Cristo. No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por obra del Esp¡ritu”. (R.Mi. 87).

El Espíritu del Vanclarista es Misionero por excelencia, está plasmado en una espiritualidad que nos ha dejado Nuestra Madre Fundadora y que es Eucarística, Sacerdotal, Mariana y Misionera vivida en la alegre entrega. Siguiendo el camino de la espiritualidad, el Vanclarista se va formando un ideal, un ideal que es una aspiración suprema. Para terminar este mal hilvanado artículo, quisiera que escucháramos a Nuestra Madre la beata María Inés hablar del ideal: “Tengo para m¡, íntimamente, que el ideal es la muralla donde se estrellan las sugestiones diabólicas, es el escudo, donde rebotan las flechas enemigas, es el baluarte desde donde se ve venir con calma al enemigo, porque se está seguro”. “El ideal acrecienta las fuerzas del alma, la sostiene y robustece en sus debilidades, le hace dulce lo que es amargo, la llena de santos deseos, la inflama en el amor divino, y aquilata su celo por la salvación de las almas”. “A pesar de mis muchos defectos y faltas, mi alma está enamorada del ideal, él es, el que me ha de salvar, de corregir, de perfeccionar. En la sed ardiente que siento por la salvación de las almas, él es el que me ha de proporcionar medios y ocasiones, de renunciamientos, de vencimientos, de pequeños y ocultos sacrificios, que son las monedas con que se compran las almas para Jesús” (De sus Ejercicios Espirituales).

¿Cuál ha sido el ideal de tu vida?, ¿Haz sacrificado por él otros valores? Sí, piensa ahora, como Vanclarista: ¿Cuál es el ideal de tu vida? La unión con Dios en cuanto relación de amor: La santidad, la realización del proyecto de Dios sobre ti, el fuego de la misión, alcanzar la coherencia en la vida bajo la mirada amorosa de la Virgen María, la primera discípula-misionera, para  transformar la sociedad edificando la nueva civilización del amor.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 29 de julio de 2014

«EL SACERDOTE RELIGIOSO»... Un signo peculiar de Cristo Misionero del Padre

La Iglesia es misionera por naturaleza, esta es su identidad más profunda porque la Iglesia existe para ello, para que todos conozcan y amen a Dios. La misión forma parte de la esencia misma  de la vida cristiana y de todos los que formamos parte de ella, porque fimos llamados para estar con Cristo y para ser enviados por Él a predicar. Cuando se habla del seguimiento de Jesús, se pone siempre de relieve el estilo de seguimiento que tuvieron los Apóstoles. Ellos fueron llamados por Cristo para estar con él y a testimoniar y anunciar el Reino de Dios ( Mc 3,13-14). 

Siempre he tenido claro que la vida consagrada es, por su misma naturaleza, una vida contemplativa y apostólica. “Toda comunidad religiosa, incluso la específicamente contemplativa no se repliega sobre sí misma, sino que se hace anuncio, “diakonía” y testimonio profético. El Resucitado que vive en ella, comunicándole su Espíritu, la hace testigo de la resurrección” (Vida Fraterna en Comunidad no. 58). El documento "Perfectae Caritatis" del Concilio Vaticano II vino a poner en claro esa relación con Dios de los religiosos con el servicio apostólico que deben vivir cuando afirma: “los miembros de cualquier instituto, buscando ante todo y únicamente a Dios, es menester que junten la contemplación, por la que se unen a Dios de mente y corazón, con el amor apostólico, por el que se esfuerzan en asociarse a la obra de la redención y a la dilatación del reino de Dios” (Perfectae Caritatis no. 5). Así, todo consagrado, como todo miembro de la Iglesia, es un discípulo-misionero.

Entre los religiosos, hay algunos que han sido llamados por el Señor a ser sacerdotes, es decir, sin dejar de ser miembros del propio instituto religioso, reciben la ordenación sacerdotal. Es decir, un sacerdote religioso es un hombre que ha hecho votos de obediencia, pobreza y castidad y vive en comunidad con otros religiosos de su instituto, en una casa que puede llamarse de diversas maneras: convento, monasterio, fraternidad, etc. Esta comunidad es para él fuente de oración, apoyo, y reto para vivir el Evangelio. En ella se enfatizan la comunión de ideales, la oración compartida y el compromiso con Dios. Aquí es muy importante hacer una aclaración fundamental: No todos los religiosos son sacerdotes ni todos los sacerdotes son religiosos. Por eso no es raro encontrar en una misma comunidad religiosos sacerdotes y religiosos no sacerdotes. En este artículo me ocuparé de hablar del sacerdote religioso.

Todo sacerdote religioso debe tener claro que la misión es parte integrante de su vida. Su consagración, por medio de la profesión religiosa de los votos  —un modo concreto de seguir a Jesús— le exige estar —como Cristo— en estado constante de misión en el mundo. Por tanto, la misión es parte fundamental de la vida de todo sacerdote religioso.  “En su llamada está incluida por tanto la tarea de dedicarse totalmente a la misión; más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo, que es la fuente de toda vocación y de todo carisma, se hace misión, como ha sido la vida entera de Jesús” (Vida Consagrada no. 72). En el orden de la perfección moral la vida religiosa es la más alta vocación a la que uno puede ser llamado. Pues el hombre es libre y lo es para tender hacia su Creador, no para elegir entre muchas cosas buenas. Por eso al obligarse libremente bajo voto público a darse totalmente (en todas sus potencias y operaciones) a Dios, es allí donde alcanza la mayor libertad posible; y, por lo tanto, la mayor perfección como hombre. Así, el sacerdocio ministerial, unido a la consagración religiosa es testimonio, anuncio e interpelación desde Cristo Sacerdote y Víctima. 

En la vivencia del sacerdocio ministerial, el religioso que ha recibido este sacramento debe testimoniar los valores del evangelio de las bienaventuranzas; anunciar y proclamar el proyecto de Dios e interpelar al mundo que no conoce y no ama del todo a Dios. En cuanto a la perfección ontológica, lo sabemos, el ser creado más cercano a Dios y más alto es el sacerdote de Cristo. Es el ser creado más divino. Esto es pues el carácter sacerdotal, algo que produce un cambio ontológico, aunque funcione a modo de accidente: sin hacer que deje de ser hombre, Dios constituye al ordenado en alter Christi. Y por eso su obrar es también el más alto: actúa in Persona Christi. El sacerdote religioso comparte su espiritualidad con los fieles mediante la celebración de los sacramentos, del contacto personal y de las maneras específicas de evangelización que distinguen a su instituto, como en mi caso, la espiritualidad de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Es pues natural que las parroquias y otros ministerios, atendidos por religiosos tiendan a reflejar su espiritualidad, sin que esto vaya en detrimento o menoscabo de la libertad de cada fiel para vivir la particular espiritualidad a la que se siente llamado siempre y cuando ésta cuente con la aprobación de la Iglesia.

La misión es parte del ser de la vida consagrada y sacerdotal, porque la vida sacerdotal no es una actividad que se añada a la vocación de religioso, ni "la consagración religiosa algo sobrepuesto ni un complemento del sacerdocio, sino más bien un acto que expresa la voluntad de tomar, con mayor compromiso, las exigencias mismas de la ordenación y por tanto, una exigencia nueva a desarrollar en el Misionero de Cristo, la gracia sacramental". (Estatutos M.C.I.U. no. 25). En el sacerdote religioso se unen la mayor dignidad en el ser y la capacidad de obrar, con la mayor vocación de entrega a Dios en la misión.

En la constitución sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, se habla de la vida religiosa como un don del Espíritu a la Iglesia y no se define como un estado intermedio “entre el de los clérigos y el de los laicos, sino que, de uno y otro, algunos cristianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la iglesia y para que contribuyan a la misión salvífica de ésta, cada uno según su modo” (LG 43). Los votos de castidad, pobreza y obediencia impulsan siempre al sacerdote religioso a vivir, en el ministerio sacerdotal y la caridad pastoral, el amor al estilo de Cristo, lo unen con la Iglesia Esposa y su misterio y le hacen signo, entre otros (porque todos en la Iglesia somos "signo") para quienes le rodean. Bien decía la beata María Inés Teresa: “La vida del Sacerdote se pasa haciendo el bien a ejemplo de su buen Maestro; por eso en su última  hora, cuando tengamos que dejar todas las ri­quezas y bienes perecederos de esta vida, oirá de labios del Señor estas consoladoras palabras: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor»”.

Siempre se nos ha enseñado que la vida consagrada “imita más de cerca y representa perennemente en la Iglesia el género de vida que el Hijo de Dios tomó cuando vino a este mundo para cumplir la voluntad del Padre, y que propuso a los discípulos que le seguían. Al comprometerse con este género de vida, como sacerdote, el religioso manifiesta los bienes celestiales ya presentes en este mundo; se hace testigo de la vida nueva y eterna conquistada por Cristo y prefigura la futura resurrección; proclama de modo especial la primacía del reino de Dios y muestra la fuerza de Cristo que realiza su obra en la Iglesia hecha de personas humanas. En el pueblo de Dios la vida consagrada se hace servicio para la llegada del Reino que tiene lugar en un mundo concreto . 

El primer testimonio evangelizador que puede ofrecer un sacerdote religioso es el de una experiencia de Dios. Sin ella no se entiende su papel carismático y profético en la Iglesia como sacerdote religioso. Ese testimonio anunciará el reino si está enraizado en la experiencia del Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Dios de las bienaventuranzas, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45); que ama a los ingratos y malos (Lc 6,35). El Padre cuyos  caminos no son nuestros caminos (cf. Is 55,8-9), que nos quiere transformar en hijos suyos y hermanos de los demás y que hace colaborar todo para nuestro bien (cf. Rm 8,28). Ese Dios que continúa revelándose en la realidad en la que está presente. Cuyo rostro aparece también en las situaciones de conflicto, en los problemas sociales, en los desafíos del mundo, en los signos de los tiempos y de los lugares. Con la vivencia de sus votos, junto al ministerio sacerdotal, el sacerdote religioso hace a Cristo presente hacia dentro y hacia afuera de su comunidad religiosa.

Con la castidad consagrada al servicio del reino anuncia la alianza liberadora de Dios con el hombre y su llamado a la fraternidad y denuncia todo lo que separa de ella y se opone a la solidaridad universal deformando el sentido y las exigencias del auténtico amor. En el sacerdote religioso el voto de castidad es un decir al Señor en una forma más espontánea: “hago voto de castidad porque soy claramente consciente de su valor positivo por el Reino de los Cielos que me lanza a una caridad siempre más universal” (Estatutos M.C.I.U. no. 29).

Con el voto de pobreza, el sacerdote religioso comparte los bienes y trabaja por la justicia, anuncia la función de los bienes materiales que es la de ser lugar de encuentro con Dios y los hermanos. Denuncia, al mismo tiempo el uso que de los bienes se hace para prestigio y poder en la sociedad. 

La obediencia religiosa, vivida en su dimensión de búsqueda comunitaria de la voluntad de Dios junto con quienes tienen el servicio de la autoridad, puede y debe aparecer en el sacerdote religioso como el anuncio del camino para resolver evangélicamente el problema que surge entre una libertad individualista y una autoridad totalitaria en las relaciones humanas. Comprometiéndose en la búsqueda fraterna de los caminos de Dios, el sacerdote religioso denuncia ese tipo de libertad y autoridad. 

De este modo los votos se sitúan proféticamente dentro del proyecto de Dios para su sacerdocio ministerial: el voto de castidad como concretización de la nueva fraternidad en Cristo en la vida comunitaria y como empeño en la lucha por la igualdad en las sociedades discriminatorias; el voto de pobreza como austeridad, solidaridad y libertad en el uso de los bienes y, al mismo tiempo, compromiso con la justicia en la sociedad y el voto de obediencia como testimonio de la necesidad de vivir como hijos de Dios en el cumplimiento responsable de la propia vocación y misión y como trabajo por los derechos humanos y por la defensa de la dignidad del hombre. El sacerdote religioso, como los demás consagrados en el mundo, vive la castidad en cuanto implica de soledad y carencia de raíces familiares y afectivas propias y permanentes; vive la pobreza en sus exigencias de renuncia al prestigio y poder que dan los bienes materiales y de solidaridad con los pobres y marginados; y vive la obediencia en cuanto compromete a asumir la misión en situaciones especialmente difíciles y peligrosas.

Una característica muy particular del sacerdote religioso en el campo evangelizador ha sido siempre la de abrir caminos y de ser pioneros en el anuncio de la Buena Noticia. Los sacerdotes religiosos de muy diversos institutos, se han hecho presentes en situaciones difíciles y llenas de riesgo, abriendo caminos en el compromiso misionero y apostólico sin buscar nada a cambio. 

Los votos con los que se asumen los consejos evangélicos en su sacerdocio ministerial "por su misma estructura, permiten y exigen sal sacerdote religioso llevar a cabo la radicalidad del seguimiento hasta regiones y situaciones que no son las normales u ordinarias...  y hacen posible que el sacerdote religioso esté presente en el desierto, en la periferia y en la frontera... allí, a donde nadie quiere ir, allí donde de hecho no está nadie más, como ha sido el caso a lo largo de la historia en la presencia de los religiosos en hospitales, escuelas o modernamente en parroquias desatendidas, allí donde no hay poder, sino impotencia, allí donde hay que echar mano de toda clase de imaginación y creatividad cristiana; allí donde mayor pueda ser el riesgo; allí, donde se hace necesario el diálogo ecuménico e interreligioso hecho con respeto y sinceridad y buscando una colaboración en todo aquello que ayuda a conseguir mayor justicia y paz; allí donde más necesaria sea la actividad profética para sacudir la inercia en que se vaya petrificando la Iglesia en su totalidad o para denunciar con más energía el pecado personal y social. 

La encíclica Redemptoris Missio pone de relieve el hecho de que la Iglesia, en su actividad misionera encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación, exigencia que ha marcado todo su camino histórico, en el que están presentes miles de sacerdotes religiosos que, aún lejos de sus comunidades de origen, han sembrado la semilla del Evangelio hasta los últimos rincones del mundo. Con ello, la Iglesia universal “se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación” (Redemptoris Missio no. 52).

En vísperas de la celebración  Año de la vida consagrada, y a unos cuantos días de celebrar el XXV Aniversario de mi ordenación sacerdotal en mi amado instituto de Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, reafirmo mi anhelo de permanecer fiel a este carisma que heredamos de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, nuestra Madre Fundadora y que he de vivir ante un mundo globalizado que presenta muchos desafíos.  

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 8 de julio de 2014

La espiritualidad misionera del Vanclarista hoy...



Introducción.

Mientras Cristo vivió en la tierra, hizo muchas, muchísimas cosas que fueron «signo salvador» para una humanidad sedienta de amor. Entre esas cosas destaca la fundación de la Iglesia, de la cual todos los bautizados formamos parte. La obra de Cristo debía permanecer a través de los siglos y debía extenderse hasta los últimos confines de la tierra, por eso y para eso fundó la Iglesia. Esta Iglesia de Cristo, llamada a permanecer en la unidad, es la que «subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él» (Vaticano II, Constituión Lumen Gentium 7). En la Iglesia, todos tenemos un compromiso que realizamos en una determinada vocación como consagrados: sacerdotes, religiosos, miembros de institutos seculares, o como laicos, ya sea casados o solteros. Pero hay una vocación que todos compartimos: el ser misioneros. La Iglesia es por naturaleza misionera y por lo tanto cada bautizado es un misionero.

Conscientes de esto, los Vanclaristas, como miembros de la Familia Misionera (Familia Inesiana) fundada por la beata María Inés Teresa, están llamados a conocer, profundizar y vivir una espiritualidad más específicamente misionera, porque deben descubrir y re-estrenar cada día, el hecho de que Dios los ha llamado de una más especial y comprometida a vivir el compromiso misionero que han adquirido como bautizados.

El Vanclarista es un misionero seglar.

Los seglares son la inmensa mayoría cristiana, y por lo tanto, son quienes deben estar siempre activos en la Iglesia. Cada seglar (o laico como también es llamado) es un profeta, un sacerdote y un rey. Un seglar en el mundo de hoy es el promotor más valioso de la vida de la Iglesia. Es un hombre o una mujer que, sin formar parte del clero o sin estar consagrado como hermano o como religiosa, impregna del olor de Cristo el orden temporal. Algunos seglares específicamente están inmiscuidos en la obra misionera de la Iglesia, colaborando directamente en la causa de las misiones. Este es el caso de todo Vanclarista. Todo miembro de Van-Clar (Vanguardias Clarisas) es un bautizado que, impregnado de su fe y viviendo para Cristo, lucha por ofrecer al mundo, en el lugar donde se encuentra, un testimonio de vida cristiana, misionando más que nada con su presencia, que incluso sin hablar, debe gritar al mundo que el Padre nos ama (Jn 16,27).

El compromiso misionero del Vanclarista.

El compromiso del Vanclarista, se concretiza en la relación con Dios y con los hermanos en medio de los deberes y ocupaciones del mundo en el que vive. El compromiso misionero del Vanclarista no tiene límites de tiempo o de lugar, está en la vida cotidiana en un compromiso que debe estar impregnado por una eiritulidad sólida arraigada en el centro de su vida, que debe ser Jesús Eucaristía. El Vanclarista, como misionero seglar, lleva impresa en el corazón la consigna de la beata María Inés Teresa Arias: “Comprar almas, muchas almas, infinitas almas”.

El Vanclarista se deja guiar por el Espíritu.

La espiritualidad misionera se expresa, ante todo, viviendo con una plena docilidad al Espíritu. El Vanclarista debe dejarse tranformar cada día por el Espíritu para ser más semejante a Cristo, hasta llegar a ser, como dice la beata María Inés: “una copia fiel de Jesús”. No se puede ser misionero ni dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, que se hace viva en cada uno por la gracia y por la acción del Espíritu Santo. Dice la beata María Inés que para lograr eso hay que “ser alma de oración, pedirle mucho a Nuestro Señor acierto en la palabras, pura intención en todas las obras y el único deseo de glorificarle ayudando a las almas a salvarse mediante el conocimiento y el amor de Dios”. Si el Vanclarista busca en todo momento ser dócil al Espíritu Santo, podrá acoger los dones de su fortaleza y discernimiento necesarios para dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre. Hay que recordar cómo los apóstoles, por la acción del Espíritu Santo y unidos a María, se convirtieron en testigos valientes de Cristo en un mundo adverso como el del Vanclarista de hoy.

Vivir el misterio de Cristo como enviados.

La comunión íntima con Cristo, es una nota esencial de la espiritualidad misionera. No se puede comprender y vivir la misión si no hacemos referencia constante a Cristo, en cuanto enviados a evangelizar. El misionero, al igual que Cristo, debe pasar por el mundo haciendo el bien. El misionero recorre el mismo camino de Cristo y, como él, se hace todo para todos, consciente de que la misión tiene su punto de llegada al pie de la Cruz, pasando por Nazareth.

La beata María Inés Teresa dice que la vida sencilla del misionero es un “trasunto de la vida de Nazareth, vida misionera por la acción y el sacrificio”. Así, el Vanclraista comprende que, en su condición de misionero, pasa por el mundo como enviado y acompañado por Cristo que le dice: “No tengas miedo porque yo estoy contigo” (cf. Hch 18,9s). Cristo, que lo ha elegido para anunciar la Buena Nueva en la vida ordinaria en medio de las ocupaciones de este mundo, lo espera en el corazón de cada hombre que se hace su hermano.

Amar a la Iglesia y a toda la humanidad al estilo de Jesús.

Definitivamente la espiritualidad misionera se caracteriza por la caridad apostólica, que es la misma caridad de Cristo el Buen Pastor. Quien tiene espíritu misionero, siente el ardor de Cristo por las almas y ama a la Iglesia como Cristo. El misionero es el hombre y la mujer de la caridad sin fronteras, es el «hermano y amigo universal» que lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos, a toda la humanidad, particularmente a los más pobres y alejados. El misionero supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideología. Entonces el Vanclarista, que es misionero por excelencia, se convierte en signo del amor de Dios en el mundo y se hace amor sin exclusión ni preferencia como Cristo.

Se dice que Madre Inés no tuvo tiempo de teorizar, es que el misionero vive así, encaminándose presurosamente como María, a servir, a dar amor, porque es portador de Cristo y al igual que Él ama a la Iglesia y se entrega por ella consciente de que su compromiso. Madre Inés pasó así su vida en la tierra: “Quisiera manifestar a mi Dios mi sed de almas en un continuo abnegarme, en un continuo darme por amor”.

El verdadero misionero es el santo.

La llamada a la misión deriva de la llamada a la santidad. No se es santo por el mucho quehacer, por el mucho predicar sino por el mucho amar al estilo de María y de los santos. La santidad es una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. Entre más santo se es más misionero… basta ver a la beata María Inés, quien por cierto, vivió su condición de misionera de la mano de María, diciendo constantemente: ¡Vamos María!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.