lunes, 5 de abril de 2021

CREO EN DIOS PADRE... Un tema de reflexión para un retiro


Harvey Cox, un célebre teólogo cristiano (bautista) pero incluso citado en uno de los libros más famosos de Joseph  Ratzinger "Iniciación al Cristianismo", precisamente en el libro al que quiero hacer referencia, llamado "La Ciudad Secular", cuenta un relato en el que resume una narración parabólica del célebre filósofo Søren Kierkegaard (5 Mayo 1813 – 11 Noviembre 1855), en la que habla de un circo de Dinamarca que fue presa de las llamas. El director del circo envió a un payaso, que ya estaba preparado para actuar, a la aldea vecina para pedir auxilio, ya que existía el peligro de que las llamas se extendiesen incluso hasta la aldea, arrastrando a su paso los campos secos y toda la cosecha. El payaso corrió a la aldea y pidió a sus habitantes que fuesen con la mayor urgencia al circo para extinguir el fuego. Pero los aldeanos creyeron que se trataba solamente de un excelente truco ideado para que en gran número asistiesen a la función; aplaudieron y hasta lloraron de risa. Pero al payaso le daban más ganas de llorar que de reír. En vano trataba de persuadirlos y de explicarles que no se trataba ni de un truco ni de una broma, que la cosa había que tomarla en serio y que el circo estaba ardiendo realmente. Sus súplicas no hicieron sino aumentar las carcajadas; creían los aldeanos que había desempeñado su papel de maravilla, hasta que por fin las llamas llegaron a la aldea. La ayuda llegó demasiado tarde, y tanto el circo como la aldea fueron consumidos por las llamas.

Con esta narración, que le robo a Cox y al Papa, quiero ilustrar la situación de muchos de los católicos de nuestros tiempos, que no pueden conseguir que los hombres escuchen su mensaje, que se le tome en serio si visten los atuendos de un payaso de la edad media o de las modas estrafalarias impuestas por un consumismo galopante. 

Puede decir lo que quiera, lleva siempre la etiqueta del papel que desempeña, porque el bautismo no se borra. Y, aunque se esfuerce por presentarse con toda seriedad, en momentos, se sabe de antemano que si no se compromete con su fe, es lo que parece: un payaso. Sin duda alguna, en esta imagen puede contemplarse la situación en que se encuentran muchos: en la agobiante imposibilidad de romper las formas fijas del pensamiento y del lenguaje, y en la de hacer ver que la fe es algo sumamente serio en la vida de los hombres.

Quien intente hoy día hablar del problema de la fe cristiana a los hombres de nuestro tiempo, que, en su mayoría, ni por vocación ni por convicción se hallan dentro de la temática eclesial, notará al punto, la ardua dificultad de tal empresa. 

Quiero ir ahora a un fragmento del libro del Deuteronomio  (26,4-10) que creo que puede iluminar nuestra reflexión:

"Dijo Moisés al pueblo: «El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios: "Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado." Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios.»" Palabra de Dios.

Estamos ante uno de los pasajes más hermosos del libro del Deuteronomio, una auténtica confesión de fe en un Dios que, como Padre, ha cuidado de la historia de cada uno de sus hijos, al mismo tiempo que cuida de la historia de una comunidad que es su pueblo, su familia, su descendencia. Nos encontramos en el Antiguo Testamento, y a pesar de ello, vemos gente que se siente protegida y acompañada por aquel que ha sido su creador.

El Papa Benedicto XVI, el 30 de enero de 2013, en su catequesis de la tradicional audiencia de los miércoles, decía: "Dios es Padre porque nos ha elegido y bendecido antes de la creación del mundo; nos ha hecho realmente sus hijos en Jesús; porque acompaña nuestra existencia, dándonos su Palabra, sus enseñanzas, su gracia y su Espíritu, y porque podemos confiar en su perdón cuando nos equivocamos de camino. 

Él es un Padre bueno, que no abandona, sino que sostiene, ayuda y salva con una fidelidad que sobrepasa infinitamente la de los hombres. Nos ha dado a su Hijo para que seamos hijos suyos y nos ofrece el Espíritu Santo para que podamos llamarle, en verdad, «Abbá, Padre».

Su grandeza como Padre omnipotente se manifiesta plenamente sobre la cruz gloriosa de su Hijo. No es una fuerza arbitraria que cambia los acontecimientos o anula el dolor, sino que se expresa en la misericordia, en el perdón, en la incansable llamada a la conversión y en una actitud de paciencia, mansedumbre y amor."

Hago ahora unas preguntas: 1. ¿Qué le pasará al mundo de hoy, que no puede comprender esto? 2. ¿Qué nos pasa a los católicos que no podemos o no sabemos cómo transmitirlo? 3. ¿Qué ve el mundo en los que somos bautizados? 4. ¿Qué encuentra el mundo de hoy en nuestras comunidades de fe? y puedo hacerme muchas más.

En la espiritualidad de la Beata María Inés Teresa, este tema ocupa una gran importancia y aparece por primera vez en sus escritos en una carta sin fecha que dirige a sus compañeras de la acción católica cuando pensamos pudiera tener más o menos alrededor de 17 años de edad y todavía ni siquiera pensaba en la opción de la vida consagrada. La Beata, en este tema, como en algunos otros,  parece haberse adelantado al Concilio Vaticano II, del que estamos celebrando apenas el L aniversario y en el que encontramos definiciones como las siguientes: "Los bautizados son consagrados como cosa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan espirituales sacrificios y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable" (Lumen Gentium 10). "Hay una diferencia esencial entre el sacerdocio de los fieles y el ministerial, sin embargo se ordena el uno para el otro porque ambos participan del modo suyo propio, del único sacerdocio de Cristo" (Lumen Gentium 10,2). "Los seglares, fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la parte que les toca la misión de todo el pueblo cristiano en el mundo y en la Iglesia" (Lumen Gentium 31,1). “Más también los seglares, hechos partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo" (Apostolicam Actuositatem 2,2). "Los seglares son consagrados para un sacerdocio real y un pueblo santo (cf. I Pedro 2,4-10), a fin de ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras y dar testimonio de Cristo en todas partes del mundo" (Apostolicam Actuositatem 3,1). "El Pueblo de Dios es sacerdocio real" (Ad Gentes 15,1) "Todos los cristianos quedan constituidos en un santo y real sacerdocio. El Señor Jesús ‘a quien el Padre santificó y envió al mundo’ (Jn. 10,36), hizo participar a todo su Cuerpo místico de la unción del Espíritu, con la que Él fue ungido (Cf. Mt 3,16; Lc 4,18; Hech 4,27; 10,38) pues en él todos los fieles cristianos quedan constituidos en un santo y real sacerdocio, ofrecen sacrificios espirituales a Dios por medio de Jesucristo y proclaman los poderes de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. Pe 2,5.9)” (Presbiterium Ordinis 2,1). 

En ese escrito de la Madre Inés al que hago referencia, titulado “A mis queridas compañeras de la Acción católica”, la beata escribe: “Es esto, pudiera decir un «sacerdocio seglar» si se me permite la expresión, y por lo mismo una alta dignidad para una joven que comprende lo que es un alma, lo que vale una sola alma, a qué precio infinito la ha comprado el Redentor para poder llevarla a la patria celestial. Verdad que todas comprendemos el alto honor de esta distinción, puesto que trabajar en la viña del Señor, es trabajar por la extensión de su Reino" (A mis queridas compañeras de la Acción Católica, p. 2).

Tenemos la dicha de ser cristianos, hijos de Dios, miembros de la Iglesia, la cual es una, santa, católica y apostólica. ¡Qué alegría compartir que somos cristianos y lo seremos hasta siempre!

¿Se han puesto a pensar en la dicha que representa el ser hijos de Dios?, ¿que Él nos abrace y tenga misericordia de nosotros?, ¿qué nos apriete en su corazón y nos ame profundamente? Desde siempre, Dios nuestro Padre pensó en nosotros, nos quiere y nos querrá siempre. Ese es Dios, el Padre bueno y cariñoso que nos ama.

La vida que se nos ha dado, gira en torno a una única realidad que nos recuerda Jesús en el Evangelio: «El Padre nos ama» (cf. Jn 16, 27). Y por eso Él, cuando el momento del dolor nos aprieta, cuando parece sentirse que se está en el ocaso, cuando los problemas parece que nos aprisionan, se presenta como el Padre que nunca nos abandona. Dios está con nosotros compartiendo las dificultades del coronavirus que estamos viviendo.

Esta certeza, es la única capaz de dar sentido, fuerza y alegría a lo que somos y hacemos en la vida: su amor nunca se aparta de nosotros y su alianza de paz nunca falla (cf. Is 54,10). Ha tatuado nuestros nombres en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16). Todo hombre (varón o mujer), aunque tenga padres naturales, será un huérfano espiritual, mientras no se encuentre con su Padre Dios.

Vivimos rodeados de mucha gente que, aunque ahora con la sana distancia, a primera vista parece incrédula, pero que en el fondo, aunque no sea siempre consciente y clara, lleva una profunda nostalgia de Dios, una nostalgia que san Ignacio de Antioquía expresó elocuentemente con estas palabras: «Un agua viva murmura en mí y me dice interiormente: “¡Ve al Padre!”» (Ad Rom., 7) «Déjame ver, por favor, tu gloria» (Ex 33,18), pide Moisés al Señor en el monte.

¿Cómo anunciar este mensaje de amor al mundo de hoy tan asustado, tan lleno de cosas y tan vacío de Dios? Jesús nos indica el camino que se ha de seguir y que es el que siguió la beata María Inés, santaTeresa de Calcuta, san Juan Pablo II y muchos santos y beatos más. SE trata de seguir un camino en el que nos ponegamos a la escucha del Padre, para que nos enseñe (cf. Jn 6,45), y de inmediato, guardar sus mandamientos (cf. Jn 14,23). Además, este conocimiento del Padre debe ir creciendo: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer» (Jn 17,26), y será obra del Espíritu Santo, que guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13).

En nuestra época, la Iglesia y el mundo están confundidos porque muchos creyentes, como decía en un inicio, se ponen este traje de payasos que no dejan ver la realidad... ¡Cuántos católicos se encierran en los casinos a derrochar el dinero que tantos pobres necesitan, escudándose en que están solos, aún a sabiendas de que esta pandemia ha empobrecido a más y más gente! ¡Cuántos católicos que viven en situación irregular, como los divorciados vueltos a casar o las madre solteras, no asisten a Misa justificándose con que no pueden comulgar y que además, por estar en pandemia, se puede ver por Internet! ¡Cuántos católicos, aprovechando el testimonio de algún mal sacerdote que vive en ligereza, se escudan con eso para vivir una vida doble!...

El mundo de hoy necesita más que nunca «discípulos–misioneros» que sepan proclamar con la palabra y el ejemplo esta certeza fundamental y consoladora: «El Padre nos ama». El mundo tiene hambre de ver gente adulta en la fe que se ha dejado «formar» en la escuela del Padre bueno y cariñoso que nos ama. El mundo de hoy necesita ver católicos que sean testigos creíbles del amor del Padre, tanto en la Iglesia como en los diversos ambientes donde se desarrolla su existencia diaria. Si nosotros como adultos, manifestamos el amor del Padre en nuestras opciones y actitudes, en nuestro modo de acoger a las personas y de ponernos a su servicio, y en el respeto fiel a la voluntad de Dios y a sus mandamientos, habrá más fe en nuestro mundo.

¡Qué elocuente nos puede resultar para esta reflexión la parábola del hijo pródigo que todos conocemos! Desde que aquel muchacho se aleja de casa, el padre vive preocupado: aguarda, espera su regreso, escruta el horizonte. Respeta la libertad del hijo... pero sufre. Y cuando el hijo se decide a volver, lo ve desde lejos y sale a su encuentro, lo abraza con fuerza y, rebosante de alegría, ordena: «Traigan aprisa el mejor vestido y vístanlo —símbolo de la vida nueva—; pónganle un anillo en su mano —símbolo de la alianza—; y unas sandalias en los pies —símbolo de la dignidad recuperada—. (...) Y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (cf. Lc 15,11-32).

Hermanos y amigos, no hay duda, el Padre nos ama cualquiera que sea nuestra condición. El Padre nos quiere discípulos y misioneros de la Fe en su Palabra, en su Hijo, en la fuerza del Espíritu... ¿qué estamos esperando? ¿En qué nos estamos escudando? ¿Por qué seguir corriendo a anunciar lo que sucede con ese traje de payaso que podemos ir cambiando en el camino?

Si aquel hombre con el que iniciaba la reflexión de esta noche, se hubiera quitado por lo menos la pintura de la cara, la nariz roja o los zapatos grotescos, se hubiera salvado el circo y la aldea... ¿No queremos nosotros que se salve el mundo?

No en esa aldea, sino en otra, lejana en tiempo y en espacio, pero al fin en una aldea, como nuestro grupo o nuestra aldea global en Facebook, en WhatsApp o en Twiter, vivía una jovencita, una mujer común y corriente que se fue haciendo adulta como tú y como yo. La joven se llamaba María y estaba desposada con José... la historia la sabemos; ella también, como aquel payaso, se encaminó presurosa; ella también tenía un anuncio y a ella sí se le creyó... ella no portaba disfraz alguno, ella simplemente dijo un «Sí» incondicional que transformó el mundo. Otros han corrido como ella: corrió Andrés el apóstol a decirle a su hermano Pedro que habían encontrado al Mesías (Jn 1,41); corrió la Samaritana, una mujer divorciada, a dar la Buena Nueva a los de su Pueblo diciéndoles que había encontrado a alguien que sabía todo de ella (Jn 4,39); corrieron Magdalena y los discípulos de Emaús a anunciar a sus hermanos y amigos que Jesús había resucitado (Jn 20,18; Lc 24,33) Corrió la beata María Inés a anunciar la Buena Nueva a Japón, a Sierra Leona, a Indonesia; corrió santa Teresa de Calcuta a dar amor a los moribundos en tantas partes; corrió san Juan Pablo II para llegar al corazón de tantos y tantos y sembrar esperanza de vida... Todos ellos nos dicen lo mismo que Cristo: «El Padre los ama».

En el corazón de quien se sabe amado por nuestro Padre Dios no puede haber otro deseo que el de sostener el compromiso de vivir la Fe como hijos de Dios. Como Madre tiernísima, la Virgen Madre guía incesantemente a toda la Iglesia hacia Jesús, para que, siguiéndolo, aprendamos junto a los apóstoles y a los santos a cultivar nuestra íntima relación con el Padre celestial. Como en las bodas de Caná, la Virgen María, la Virgen Madre que corre siempre presurosa como En Guadalupe, en Lourdes, en Fátima... nos invita a hacer todo lo que el Hijo nos diga (cf. Jn 2, 5), sabiendo que éste es el camino para llegar a la casa del «Padre misericordioso» que nos ama (cf. 2 Co 1, 3).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 4 de abril de 2021

«En la Pascua 2021»... Un pequeño pensamiento para hoy


Celebramos hoy —después de haber tenido esta pasada noche la Vigilia Pascual— el hecho central de nuestra fe: que Cristo «¡Ha resucitado!» La Resurrección de Jesucristo es el misterio más importante de nuestra fe cristiana. En la Resurrección del Señor está el centro de nuestra fe cristiana y de nuestra salvación. Por eso, la celebración de la fiesta de la Resurrección es la más grande del Año Litúrgico, pues si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe... y también nuestra esperanza... Y esto es así, porque Jesucristo no sólo ha resucitado Él, sino que nos ha prometido que nos resucitará también a nosotros. En efecto, la Sagrada Escritura nos dice que saldremos a una resurrección de vida o a una resurrección de condenación, según hayan sido nuestras obras durante nuestra vida en la tierra (cfr. Jn 6,40 y 5,29). Así pues, la Resurrección de Cristo nos anuncia nuestra salvación; es decir, ser santificados por Él para poder llegar al Cielo. Y además nos anuncia nuestra propia resurrección, pues Cristo nos dice: «el que cree en Mí tendrá vida eterna: y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,40).

El Evangelio de este día (Jn 20,1-9), nos invita, con María Magdalena, Apostol de los Apóstoles a dejarnos penetrar por la luz de la fe ante el hecho del sepulcro vacío de Jesús. El hecho de la Resurrección desconcertó primeramente a las mujeres y a los mismos Apóstoles, pero después entendieron su sentido: aceptaron un hecho histórico y comprendieron su sentido de salvación a la luz de las Escrituras. El cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, ya no estaba allí. Pero no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado. Aquel Cristo a quien habían seguido era el «Viviente»; en él triunfaba la vida; en él se anticipaba el «Día del Señor». Cristo es el vencedor de la muerte: «Victor mortis». Sí, la Pascua nos pide sobre todo un gran «Acto de Fe». Creemos que Cristo vive; creemos que es nuestro Redentor, el Redentor del hombre y de todo hombre que no lo rechaza; creemos que en Cristo tenemos la Vida verdadera. Él es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir. Sin la resurrección de Cristo no se habrían escrito los Evangelios ni existiría la Iglesia. 

Que Jesús ha resucitado significa que, desde los primeros discípulos hasta nuestros días, hay una serie de personas que tienen la experiencia real de que Jesús está vivo. Se trata de descubrir y afirmar que Jesús está entre nosotros. Que importante es que nosotros, como los primeros discípulos, tengamos la experiencia de que Jesús ha resucitado, que sintamos en nuestra carne que Jesús vive, porque hayamos entrado en contacto con él, y que esto transforme nuestras vidas como transformó las vidas de aquellos sus primeros discípulos. La Resurrección es la verdad más importante, y es también la más decisiva, la más radicalmente decisiva. Es una verdad cargada de infinitas consecuencias para la persona que la acoge. Exige la conversión; exige decir que «sí» a Jesús, con todas las infinitas e imprevisibles consecuencias que ese «sí» implica. Confesar y celebrar la Resurrección exige para todo discípulo–misionero, vivir como Jesús vivió, vivir como Jesús nos enseñó a vivir. «Lo viejo pasó; ahora comienza lo nuevo» (2Co 5,17). Y surge un hombre nuevo, que no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él. Y se convierte en testigo del Resucitado. La resurrección necesitó testigos en su momento; los necesita hoy también y somos nosotros. Pero sólo según vivamos, nuestro testimonio será fiable. Celebremos la Pascua con María la Madre y con ella y toda la Iglesia cantemos: ¡Aleluya! y le decimos a ella: «Regina caeli, laetare. Alleluia». «¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!» porque ha resucitado el Señor y es causa de alegría para la humanidad entera. ¡Bendecido Domingo de Resurrección! ¡Felices Pascuas!

Padre Alfredo.

P.D. Del 4 al 17 de abril no se publicará este pequeño pensamiento porque estaré en Ejercicios Espirituales y reunión de Asamblea General de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. ¡Gracias por sus oraciones!

sábado, 3 de abril de 2021

«Una reflexión para Sábado Santo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy, Sábado Santo, los discípulos misioneros de Cristo permanecemos en silencio contemplando la tumba de Jesús. No decimos nada. No celebramos nada. Estamos inundados de silencio. Hoy, propiamente, no hay «Evangelio» para meditar o —mejor dicho— se debería meditar todo el Evangelio —la Buena Nueva—, porque todo él desemboca en lo que hoy recordamos: la entrega de Jesús a la Muerte para resucitar y darnos una Vida Nueva. Una parte de nosotros mira a la noche de la muerte. La otra intuye lentamente la alborada que traerá el gozo de la Resurrección. Es un día lúgubre para compartir espiritualmente los sentimientos, los anhelos, las dudas y las esperanzas que probablemente ocuparon el corazón y la mente de los discípulos de Jesús, de su Madre santísima y de los arrepentidos por haber traicionado al Señor. No sabemos dónde estaban los Apóstoles. Andarían perdidos, desorientados, temerosos y confusos. Pero seguro acudieron a la Virgen. Ella protegió con su fe, su esperanza y su amor a esta naciente Iglesia, débil y asustada. Así nació la Iglesia: al abrigo de nuestra Madre. 

Me viene el recuerdo de las palabras de san Juan Pablo II en su carta apostólica «Novo Millennio Ineunte —El nuevo milenio—» y en lugar de decir yo máscosas para la reflexión, dejo que este santo Papa nos hable y nos haga él la reflexión: «Como en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14). La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos: "El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" (5,7-9).

La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: "Tú sabes que te quiero" (Jn 21,15.17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por él: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia" (Flp 1,21). Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. "Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia": ¡cuán dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él "es el mismo ayer, hoy y siempre " (Hb 13,8)». Hasta aquí las palabras de San Juan Pablo II y con esto me quedo, para meditar el día de hoy acompañando a María y anhelando la Vigilia de esta noche, la Vigilia Pascual, para que nos inunde de la presencia de Jesús Resucitado. ¡Bendecido Sábado Santo!

Padre Alfredo.

P.D. Les recuerdo que del 4 al 17 de abril no se publicará este pequeño pensamiento porque estaré en Ejercicios Espirituales y reunión de Asamblea General de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Estoy seguro de que cuento con sus oraciones.

viernes, 2 de abril de 2021

«La Cruz redentora de nuestro Salvador»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy, que es Viernes Santo, como cada año, tenemos en el Evangelio la lectura de la Pasión según san Juan (Jn 18,1-19,42) en la cual se nos muestra este acto de amor de Cristo como el momento cumbre de su glorificación. Ante la lectura de la Pasión, uno queda en primer lugar sin palabras. El hecho que celebramos es para nosotros tan importante que difícilmente hallaremos una actitud más propia que la de una contemplación humilde, sencilla, como quien contempla algo que le supera, le admira, le conmociona. Sólo Jesús fue capaz de aceptar el desafío de aquella hora. Un desafío que le situó por encima de cualquier otro hombre, como la verdad silenciosa que juzga a todo hombre. Jesús murió en soledad como el único hombre que había sido capaz de superar la prueba. Judas le entregó, Pedro le negó y los demás huyeron con excepción de Juan que permaneció al pie de la Cruz con María.

Juan insiste ante todo y desde el comienzo de su relato de la Pasión, en la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre. Es éste un tema querido para él; por eso no encontramos en Juan súplica alguna de Jesús que deje ver su deseo de que se le exima del cáliz; por el contrario, sus palabras indican que acepta este cáliz como una obligación, pero igualmente como una entrega que ha de conducirle a la gloria. «El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). Jesús murió abandonado, fracasado, humillado, ajusticiado como un malhechor por los romanos y excomulgado como un hereje por los judíos. Pero, a pesar de todo eso, Él murió confiado en el amor y en el poder de su Padre Misericordioso a quien obedeció hasta el extremo. En medio de este clima de obediencia de Cristo al Padre, destaca su libertad para obedecer. Jesús va a la muerte con pleno conocimiento de lo que le espera: conociendo todo lo que iba a acontecer (Jn 18,4), consciente de que todo está cumplido (Jn 19,28). Como pastor de las ovejas entrega su vida por ellas (Jn 10,17). Nadie le quita la vida. La da porque quiere (Jn 10,18). 

A la luz de este relato, entendemos perfectamente por qué la cruz es el instrumento elegido por el Padre —respetando la libertad de los hombres— para revelarnos su amor, para hacernos partícipes de su vida. La salvación total del hombre nace de la debilidad en la cruz, no del poder, de la derrota, no de la violencia. Así aparece que el hombre no se salva por sí sólo, es Dios quien lo salva. Los cristianos, a través de la densa tiniebla del viernes santo, descubrimos el sentido de la Cruz de Cristo y de nuestra cruz. Si aceptamos hoy la cruz de nuestras vidas, como discípulos–misioneros de Cristo y besamos ahora la Cruz de Cristo, besamos nuestra propia cruz como gracia de Dios y seguimos detrás de Él. El signo de la cruz no es un signo de fatalidad, sino de esperanza. Una esperanza que solamente brota en el seno de la forma humana de vivir que nos muestra Jesús: fidelidad y obediencia al Padre de todos. Permanezcamos hoy con María al pie de la Cruz. ¡Bendecido Viernes Santo! 

Padre Alfredo.

jueves, 1 de abril de 2021

«La Última Cena»... Un pequeño pensamiento para hoy


Según lo que hemos reflexionado estos dos últimos días de la Semana Santa, Jesús y los Apóstoles vivían momentos de tensión. Jesús se presenta con la conciencia de que su camino llega a cumplimiento, que se acerca la hora de consumar la entrega de su vida y los Apóstoles están con el sentimiento del desconcierto, del miedo ante lo que sucederá. Seguramente que en aquella Última Cena hubo muchos silencios, muchos ratos de sumirse cada cual en sus propios pensamientos, en sus propias inquietudes. Y seguramente que también en medio de los silencios y de los desconciertos circuló imparable una profunda corriente de proximidad, de estimación mutua. El Evangelio de hoy (Jn 13,1-15) nos recalca el amor de Jesús: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Y es el amor de los discípulos, el amor que pugna por entender al maestro y a menudo no lo consigue, pero que no por eso se ha planteado nunca abandonarle: «¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». Es, al fin y al cabo, un amor, una proximidad, un cariño que funciona con el corazón, que está más allá de las cosas que se pueden razonar y explicar. Es una proximidad que aquella noche llega a sus extremos más altos y que hoy revivimos.

San Juan es el único evangelista que no relata expresamente la institución de la Eucaristía. El gesto del lavatorio de pies, enmarcado tan solemnemente, tiene el mismo significado de entrega por amor. Las tradiciones sinópticas y paulina nos recuerdan y refuerzan el hecho. Así comprendemos, tras el lavatorio como llamada de atención sorprendente —era El, el Señor, quien «estaba a sus pies»—, la entrega de su Cuerpo y de su Sangre, «por ustedes». No f ésta una cena «homenaje», sino una cena «entrega», en la que el Señor da parte de sí mismo a sus amigos más íntimos en la que crea una comunión de vida con ellos que les marcará para siempre. El gesto una vez responde a una realidad. Por eso la cena del jueves no se puede entender sin la cruz del viernes. «Cada vez que comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor hasta que vuelva» (1Co 11,26). No existe mayor amor que el que da la vida por sus amigos, había anunciado Jesús. Dar verdad a estas palabras significa una entrega sin reservas. El gesto no quiso ser y hacerse como un recuerdo bello para la historia, sino un mandato que ponía en pie una comunidad nueva: la de los que sirven humildemente a los demás, la de los que en el Cuerpo y Sangre de Jesús reciben fuerza para amar y entregarse hasta la muerte. «Les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, lo hagan ustedes también» (Jn 13,15). «Hagan esto en memoria mía» (1 Cor 11,24).

Si ante la imagen de Jesús dándose a los hombres, que vemos en el Evangelio de hoy, no nos tomamos en serio nuestra conversión, si ante este Jesús que se entrega, nosotros somos incapaces de ponernos en su lugar, habrá que pensar que nuestro corazón se ha puesto muy duro y que hemos de trabajar en serio para transformarnos. Porque el Evangelio de hoy no es una parábola más o un milagro más, o una reflexión más, es Cristo mismo dándose a los hombres por amor, e inaugurando una nueva era: la de los hijos de Dios, hermanos de los hombres. Habrá que preguntarnos: ¿Aceptamos este Jueves Santo unirnos en aquel gesto inolvidable? ¿Significa cada Eucaristía un robustecimiento de comunión y entrega mutua? ¿Es la comunidad que celebra y proclama la muerte del Señor hasta que vuelva un lugar de servicio a la humanidad de hoy? ¿En qué se podría concretar este servicio? ¿Cómo amar en medio de una pandemia al estilo de Jesús? Vivamos este Jueves Santo de l mano de María que seguro estuvo al tanto de lo que sucedía en aquellos momentos. ¡Bendecido Jueves Santo!

Padre Alfredo.

P.D. El «Pequeño pensamiento» no se publicará del 4 al 17 de abril porque estaré en Ejercicios Espirituales y en Asamblea General. Me encomiendo esos días a sus oraciones.

miércoles, 31 de marzo de 2021

«La traición de Judas»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Mt 26,14-25) nos pone la misma escena de ayer pero ahora explicada por san Mateo y con sus propias peculiaridades. Los detalles precisos son diferentes, pero el sentido es el mismo. Jesús quiere estar en comunión con los suyos a sabiendas de que uno de ellos lo va a traicionar. El evangelista, en este relato, pone en evidencia a Judas desde el principio. Judas, como el resto de los apóstoles, esperaba de Jesús la instauración del Reino de Dios en este mundo y soñaba, al igual que los hijos del Zebedeo, con ocupar un puesto de prestigio. Creía que se trataba de un reino como los de este mundo. Inicialmente por demos decir que no era más interesado que el resto de los Doce, todos eran iguales, todos acabaron abandonando a Jesús o negándole. Ninguno de ellos había experimentado todavía la conversión, con excepción de Juan que permaneció al pie de la Cruz con María, aunque sin defender a Jesús, sino solamente contemplando.

Judas, a diferencia de los otros Apóstoles, quiso provocar la llegada de ese reino imaginado denunciando a Jesús para obligarle a actuar. Jesús, estando ante una situación extrema, haría llegar sus huestes celestiales y expulsaría de una vez por todas al invasor e instauraría el nuevo régimen. La traición de Judas es presentada por el cristianismo como el más genuino pecado. Y es que cuando el hombre quiere enmendar la plana a Dios, cuando cree que sabe más que Dios, cuando decide en nombre de Dios y pretende hacerle actuar, cae en pecado. Como cuando uno no ha vivido y sufrido la conversión, tampoco puede dar frutos de Evangelio. El demonio nunca tienta a querer cosas malas, sino a querer cosas buenas pero por el camino inadecuado. Pecado es procurar conseguir cosas buenas por camino equivocado. Pongamos por ejemplo el dinero, una cuestión que estaba muy relacionada con Judas. Desear poseer dinero para el bienestar y el crecimiento no es pecado; lo malo es desearlo por la vía inadecuada como es el robo. Matamos a Cristo cada vez que lo traicionamos, actuando por nuestra cuenta y riesgo, solidarizándonos con el pecado.

Por eso en este día, ahondar en la traición de Judas nos remueve el fondo de traición que todos llevamos dentro y nos enfrenta con lo más sucio de nuestro interior. La pregunta de Judas —«¿Acaso soy yo, Maestro?»— y la respuesta de Jesús, quedarán para siempre como una prueba del respeto por la libertad humana de parte de Dios, y una muestra de la malicia y de la astucia de que viene revestido todo intento de traición. La traición no ha estado ni estará ausente del cristianismo. Somos seres humanos. Pero la comunidad cristiana debe cuidar de que el proyecto de Jesús sea claro y explícito para todos sus participantes. Así no habrá sorpresas. El hecho de ser cristianos por herencia y no por lucha, traerá siempre el riesgo de no identificarse con las exigencias del Reino. Un cristianismo sin la claridad que exige el proyecto de Jesús y sin procesos de asimilación del mismo, será una mina de traiciones, desilusiones y amarguras, por eso hay que amar al Señor con un corazón limpio y puro que se adhiera a sus criterios de salvación. Que María nos ayude a ser siempre fieles a Jesús. ¡Bendecido miércoles santo!

Padre Alfredo.

P.D. El «Pequeño pensamiento» no se publicará del 4 al 17 de abril porque estaré en Ejercicios Espirituales y en Asamblea General. Me encomiendo esos días a sus oraciones.

martes, 30 de marzo de 2021

«Entre la incertidumbre y la traición»... Un pequeño pensamiento para hoy


Después de la meditación de ayer que se situaba históricamente en Betania el lunes por la tarde... saltamos directamente, en el Evangelio de hoy (Jn 13,21-33.36-38) a la tarde del jueves, durante la última cena. Es difícil llegar a comprender la profundidad de los sentimientos de Jesús en vísperas de su muerte. Y es también muy difícil llegar a saber qué pudo sentir su corazón cuando al hecho inexorable de su muerte se añadía además la humillación de la traición de uno de los propios compañeros. Es fácil que el corazón naufrague, cuando se le añade amargura sobre amargura. El grupo de Jesús —su pequeña iglesia— iba a quedar golpeada por la definitiva ausencia del Maestro. Y a esto se iba a añadir la permanente posibilidad de la traición de los discípulos. Jesús no excluye a nadie. La traición no es solamente patrimonio de Judas; lo es también de los llamados discípulos fieles. Más aún, la traición puede anidar en el alma de los llamados a ser dirigentes.

El evangelista nos deja ver que aún con todo, Jesús no pierde el ánimo, a pesar de que presiente lo que significa para el grupo su ausencia y al mismo tiempo la traición. Y entre contradicciones, nos da la lección de que cuando una obra está marcada con la justicia del Padre, éste se encargará, junto con su Espíritu, de no dejarla morir, pese a las amenazas. Es la fe en su Padre quien lleva a Jesús más allá de la derrota en estos momentos tan difíciles. Y es la justicia de su causa quien mantiene viva su esperanza ante todo lo que habrá de venir. Una causa no deja de ser justa aunque sea traicionada por alguien de los más cercanos. En la iglesia de Jesús hay que acostumbrarse a vivir con la posibilidad de la traición a Jesús y al Evangelio. Pero sobre todo, hay que estar convencidos de que la traición puede generarse en cada uno de nosotros mismos. 

Este Evangelio nos presenta un diálogo a cuatro voces que se da entre Jesús, Juan —el discípulo amado—, Simón Pedro y Judas, en una cena trascendental en la que Jesús se encuentra «profundamente conmovido». El discípulo amado y Pedro formulan preguntas: «Señor, ¿quién es?», «Señor, ¿adónde vas?», «Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?». Quién, adónde, por qué. En sus preguntas reconocemos las nuestras. Por boca del discípulo amado y de Pedro formulamos nuestras zozobras y nuestras incertidumbres. Judas interviene de modo no verbal. Primero toma el pan untado por Jesús y luego se va. Participa del alimento del Maestro, pero no comparte su vida, no resiste la fuerza de su mirada. Por eso «sale inmediatamente». No sabe... no puede responder al amor que recibe. Jesús observa, escucha y responde a cada uno: al discípulo amado, a Judas y a Simón Pedro. La intimidad, la traición instantánea y la traición diferida se dan cita en una cena que resume toda una vida y que anticipa su final. Lo que sucede en esta cena es una historia de entrega y de traición. Como la vida misma. Cuando se llegan a olvidar los contenidos de justicia, de misericordia, de perdón, de asunción de la causa de los oprimidos y marginados... no hay que extrañarse de que la traición esté rondando por doquier. Vivamos estos días de intimidad con Jesús también con su Madre Santísima siempre fiel y huyamos de todo aquello que huela a traición. ¡Bendecido Martes Santo!

Padre Alfredo.