viernes, 7 de mayo de 2021

«Amigos de Cristo y amigos en la Iglesia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos, para nuestra reflexión de hoy, con el mismo capítulo 15 de san Juan. La perícopa evangélica que nos toca hoy es muy hermosa también (Jn 15, 12-17). En este fragmento del Evangelio el autor sagrado nos hace ver a Jesús como modelo del verdadero y auténtico amor: «Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El fruto de la Pascua que en esto se nos propone es el amor fraterno. Un amor que, si es al estilo de Cristo, ciertamente no es fácil. Como no lo fue el amor del mismo Señor a los suyos, por los que, después de haber entregado sus mejores energías, ofrece su vida. Es el amor concreto, sacrificado, del que se entrega: el de Cristo, el de los padres que se sacrifican por los hijos, el del amigo que ayuda al amigo aunque sea con incomodidad propia, el de tantas personas que saben buscar el bien de los demás por encima del propio, aunque sea con esfuerzo y renuncia.

El amor al estilo de Cristo es por excelencia un amor fraternal. No está fijado a los vínculos de sangre ni es un amor que se centre exclusivamente en los integrantes de la propia congregación, comunidad o circulo de amigos. Es un amor abierto a la humanidad. El amor cristiano manifiesta el amor del Padre en la medida en que vemos a los demás como personas dignas de nuestro afecto y respeto. Un amor tan profundo sólo es posible si el discípulo opta por la propuesta de Jesús. Por esta razón, el texto insiste en la fidelidad a la Palabra de Jesús. El discípulo no es un simple subalterno. Es ante todo un «amigo» personal de Jesús. Esta amistad es el ambiente donde el discípulo crece en diálogo constante y en atención permanente a su maestro. El discípulo–misionero de hoy y siempre, debe sentirse llamado y amado y como discípulo–misionero del Señor no está congregado en la comunidad por un asunto ocasional. La comunidad de discípulos–misioneros constituye una parte viva de la comunidad. «Esto es lo que les mando: que se amen unos a otros». Me parece maravilloso que en este pasaje de san Juan, Jesús elige un símbolo muy claro y valioso para hablar del amor: la amistad. 

En la Biblia aparecen muchas referencias a la amistad. Jesús en este pasaje destaca tres con las que nos podemos quedar para meditar: 1) El amigo no es un simple conocido o un socio, sino alguien con quien se comparte la intimidad, lo más profundo de nuestro ser: «A ustedes les llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer». 2) El amigo siempre está dispuesto a hacer lo que el amigo le pide: «Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando». 3) El amigo demuestra la verdad de su amor estando dispuesto a entregar la propia vida si fuera necesario: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». En nuestro siglo XXI y en medio de este marco de la pandemia que aún nos circunda, amemos a Cristo Amigo pero amemos también a la Iglesia, obra del mismo Señor y de su sangre derramada, trabajemos en ella, con ella y por ella, y colmémosla de amor, porque sólo el amor nos hará comprender y experimentar su verdad salvífica y lamentar con dolor las evidentes deficiencias de muchos de sus miembros. Que María, Madre de la Iglesia, nos ayude. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 6 de mayo de 2021

«Permanecer en el amor de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy nos habla de un tema maravilloso: La permanencia en el amor de Dios (Jn 15,9-11). La vocación de todo discípulo–misionero de Cristo es permanecer en el amor de Dios, o sea, respirar y vivir de ese oxígeno, vivir de ese aire. La fuente de todo esto es el Padre misericordioso. El Padre ama a Jesús y Jesús al Padre. Jesús, a su vez, ama a los discípulos, y éstos deben amar a Jesús y permanecer en su amor, guardando sus mandamientos, lo mismo que Jesús permanece en el amor al Padre, cumpliendo su voluntad. Coloquialmente decimos que «obras son amores», y es lo que Jesús nos recuerda. La Pascua que estamos celebrando nos hará crecer en el amor si la celebramos no meramente como una conmemoración histórica sino como una sintonía con el amor y la fidelidad del Resucitado. Entonces podremos cantar Aleluyas no sólo con los labios, sino desde dentro de nuestra vida.

Si quisiéramos identificar la principal causa de la crisis de nuestra sociedad dentro y fuera de la pandemia, tendríamos que decir que es la falta de amor. Hace falta en las relaciones sociales ese sentimiento que nos acerca y nos permite reconocer en el otro a un hermano, sabiendo que somos hijos de un mismo Padre. Sin embargo, los esfuerzos individuales no son suficientes. A la cabeza de los sistemas que rigen nuestras sociedades hay ideologías que fomentan el egoísmo y la individualidad. Es necesaria una renovación de las mentes y de las estructuras sociales, donde las propuestas y las nuevas experiencias surjan del amor. Entonces sí, la «alegría será completa».

El amor vivido en la dimensión que Cristo marca es causa de alegría y fundamento de felicidad. Cristo quiere que esta felicidad llegue en nosotros a la plenitud. La mayoría de los santos cristianos han manifestado poseer una gran alegría, ser completamente felices, aún en las dificultades, persecuciones y tormentos a que se han visto sometidos porque han vivido sumergidos en el amor. E es que el verdadero amor es la fuente de la felicidad, como lo habremos experimentado muchos de nosotros cuando hemos amado de verdad. La experiencia del amor de Dios y de su Hijo Jesucristo debe ser en nosotros fuente de felicidad para compartir con los demás. Con los que se sienten solos, fracasados, abandonados. Con los enfermos y los desahuciados, los que han sido rechazados por la sociedad, los encarcelados, los pobres... Tantos y tantos seres humanos que merecen ser algún día felices, experimentar el amor liberador de Dios. Que María Santísima, la que más supo amar después de Cristo nos ayude a permanecer en el amor. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de mayo de 2021

«Dar mucho fruto»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este miércoles la liturgia de la Palabra nos hace regresar al tema de la Vid y los sarmientos que ya hemos tocado hace algunos días. El fragmento del Evangelio que se nos invita a reflexionar es del capítulo 15 san Juan (Jn 15,1-8) y en él quiero destacar la parte final de la perícopa en la que Jesús afirma: «La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos». Sí, y es que como dice otra parte del Evangelio (Mt 7,20): «Por sus frutos los conocerán». Para ponerlo fácil yo diría que los muchos frutos que Dios espera hacen una vida centrada en Cristo, una vida a la que el discípulo–misionero muere a sí mismo para que Cristo viva a través de él (Gál 2,19-20). Una vida de oración, una vida que busca complacer a Dios y no a uno mismo o a la gente; una vida cuyo tema central y prioridad es Dios. 

Producir fruto, presupone que estamos permanentemente unidos a la Vid. Y nosotros no somos la Vid. ¡La Vid es Cristo! Nosotros, como discípulos–misioneros, somos los sarmientos, y es imposible para un sarmiento producir fruto si no permanece en la Vid. Del mismo modo sucede con nosotros, es nuestra unión con Cristo la que puede hacernos sarmientos para producir fruto. En este caso, los sarmientos no son nada más que la forma en que la Vid produce fruto. Entregarse a Cristo y ejercer las buenas obras que Dios preparó para nosotros presupone, por lo tanto, una relación apasionada con el mismo Señor Jesucristo, que es la Vid a quien queremos complacer. El enfoque no se queda precisamente en las obras mismas sino en Cristo. Y es a través de nuestra unión con Él, como permanecemos en Él. Queda claro que el sarmiento no puede «vivir» sino en la Vid. Sin este enlace muere. Tampoco nosotros no «vivimos» sino en la medida de nuestra unión vital a Cristo.

Ordinariamente mucha gente piensa que estar unidos a Jesús significa conocer todos sus secretos teológicos. Es decir, ser fuertes y abundantes en doctrina. Y no es precisamente esto lo que el Evangelio nos plantea. Beber o absorber savia de Jesús es asimilar su modo de pensar, que es semejante al del Padre, y hacer las obras que él hace. Y esto implica: comprender el análisis que él hizo de la sociedad de su tiempo, las motivaciones que tuvo para iniciar su actividad, la posición que tomó frente a las estructuras de poder de su momento y, sobre todo, definirse por el sujeto de su acción pastoral que fueron especialmente los pobres, los oprimidos y los descartados. Quien entienda la posición de Jesús, comprenderá que él se hace presente siempre en un pueblo concreto y que es allí donde hay que dar fruto abundante. Pidámosle a María santísima que ella nos ayude a dar, como ella, un fruto abundante porque los discípulos–misioneros no somos plantas ornamentales en el jardín del mundo, somos árboles frutales. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 4 de mayo de 2021

«Los apóstoles Felipe y Santiago»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy seguimos de fiesta. Ayer celebramos la fiesta de la Santa Cruz y hoy tenemos el festejo de los apóstoles Felipe y Santiago. La Iglesia nos pone para la liturgia de la Palabra un pasaje del Evangelio de san Juan (Jn 14,6-14), desde luego, porque en ella se menciona al apóstol Felipe. En el pasaje evangélico el apóstol Felipe hace a Jesús una petición audaz e inusitada: «muéstranos al Padre y eso nos basta». ¡Qué tal!... como si a Dios se le pudiera mostrar aquí o allá, como se muestra a una persona o a una cosa cualquiera. Como si Dios pudiera ser contemplado con nuestros ojos mortales, cuando en el Antiguo Testamento es constante la afirmación de que quien vea a Dios necesariamente morirá —véase por ejemplo Ex 33,20; Is 6,5—. Pero con su audacia el apóstol Felipe ha hecho que Jesús nos revele el verdadero rostro de Dios: «quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Conocer a Jesús, escuchar sus palabras, vivir sus mandamientos, equivale a conocer plenamente a Dios, a contemplar su rostro amoroso reflejado en la bondad de Jesucristo, en su misericordia y amor hacia los pobres y sencillos.

De Santiago el menor sabemos poco, solamente que llegó a ser líder de la comunidad cristiana de Jerusalén hasta los calamitosos años anteriores a la guerra judía contra Roma. El historiador Flavio Josefo, contemporáneo de los acontecimientos, nos dejó un testimonio vívido y honroso del apóstol en una de sus obras (Antigüedades judías 20.9.1). Representaba Santiago el menor el cristianismo judaizante de los primerísimos tiempos, apegado todavía al culto del templo, a la reunión sinagogal, la guarda del sábado y demás tradiciones judías. Flavio Josefo nos comparte que gozaba del respeto y veneración, no solo de los cristianos, sino también de los mismos judíos piadosos que lo llamaba «el justo». El mismo autor narra dramáticamente su muerte a manos de judíos fanáticos. La memoria litúrgica de la Iglesia unió a estos dos apóstoles cuando en el siglo VI fue inaugurada la basílica de los doce apóstoles en la ciudad de Roma, y se depositaron en su altar principal supuestas reliquias de estos dos grandes hombres.

La fiesta de hoy nos ayuda a recordar que somos creyentes. Somos discípulos–misioneros de Cristo que hemos vivido ya un itinerario más o menos extenso de fe y vivencia cristiana. Nos hemos entrañado con los hechos y palabras de Jesús... pero en realidad nunca terminaremos de conocerlo del todo. Como los apóstoles, hacemos preguntas inquisitivas sobre Él, sobre su Padre; acerca del discurrir del mundo y de la historia... Seguimos pidiendo a veces una excesiva cantidad de signos y claras señales. Aún nos falta —como a los apóstoles— esa «exquisita y clara» sensibilidad que sabe leer y entender el lenguaje de Dios en todo aquello que ocurre, en las luces y en las sombras. Pero Jesús conoce nuestras dudas e interrogantes y da una respuesta convincente desde su ser, actuar y hablar. De ahí su afirmación profunda y llena de sentido con la que nos podemos quedar para meditar el día de hoy: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Que María Santísima, la que no necesitó ver signos ni prodigios a lo largo de su vida y se conformó con seguir fielmente la voluntad de Dios, nos ayude. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 3 de mayo de 2021

«La Exaltación de la Santa Cruz»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy celebramos en México —y en algunos otros lugares— la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. En esta festividad todo discípulo–misionero de Cristo recuerda el papel central que juega la Cruz en su vida, respondiendo al llamado de Jesucristo que dice: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga». (Mt 8,24). La tradición de celebrar esta fiesta en México la impulsó Fray Pedro de Gante, quien llegó a la Nueva España hacia el año 1523. Luego otras órdenes religiosas promovieron la costumbre, tales como los 12 franciscanos que llegaron un año después a estas tierras. Con esta fiesta celebramos el gran amor que muestra Jesús por nosotros en el acto de su sufrimiento, y lo celebramos en acción de gracias por haber pensado en nosotros de esa forma. Nadie puede tener un amor más grande que ése: es la máxima expresión de amor.

El ínclito historiador Eusebio de Cesárea (263-339), hace referencia a la víspera de una batalla contra Majencio, en la que el emperador Constantino (272-337) tuvo un sueño en el que se le apareció una cruz luminosa y escuchó una voz que le decía: «In hoc signo vincis», que en español significa «Con este signo vencerás» y la victoria fue suya. Escritores muy antiguos como Rufino, Zozemeno, San Juan Cristótomo y San Ambrosio narran que Santa Elena, la madre de Constantino, fue a Jerusalén para buscar algunos vestigios de la pasión de Cristo y encontró algunos maderos en el Calvario un 3 de mayo. Otras versiones suponen que en esta fecha comenzó a construirse la Basílica de la Santa Cruz en Roma, y por ello los albañiles celebran con gran fiesta este día. La historia también refiere que Santa Elena encontró tres fragmentos de cruces. Para saber cuál era la verdadera, imploró la salud de varios enfermos, y a través de la sanación de ellos, pudo determinar en qué madero crucificaron a Cristo.

El Evangelio que la fiesta de hoy nos presenta es el de Juan 3, versículos del 13 al 17. En este extracto del diálogo entre Jesús y Nicodemo, se anuncia de una manera oculta el momento supremo de la vida de nuestro Salvador: la crucifixión. Ésta se presenta como el primer paso de la ascensión de Jesús al Padre, que será su glorificación. Así, al leer este Evangelio, hemos de percibir la cruz no sólo como un símbolo material, sino la guía de nuestra vida. Dios en su gran amor, viendo la necesidad que tenía el mundo de ser salvado, no dudó en entregar a su propio Hijo para su salvación. Las circunstancias históricas concurrieron para que la redención se realizara por medio de la cruz. A partir de este acontecimiento la cruz se ha convertido en señal de salvación para todo el que cree que Jesús es el redentor del hombre. Ser cristiano es seguir al crucificado, por eso no debemos rehusamos a seguir el mismo camino de Cristo. Sólo desde el amor se entiende esta entrega, y sólo el amor hace posible convertir en alegría las mayores angustias de la vida. Es cuestión de amor. María estuvo al pie de la Cruz y captó totalmente el sentido espiritual de este signo, pidámosle a ella y digamos a Jesús como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Enamórame de tu Cruz». ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 2 de mayo de 2021

«La Vid y los sarmientos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al igual que el pasado domingo en el Evangelio del Buen Pastor, en el de hoy (Jn 15,1-8) nos sorprende la afirmación absoluta de Jesús: «Yo soy la verdadera vid» dice el Señor. No afirma que fue o que será, pues él es ya la verdadera vid, la que da el fruto. Tales afirmaciones —la del domingo pasado y la de hoy— deben escucharse desde la experiencia pascual y con la fe en la resurrección del Señor. Jesús vive y es para todos los creyentes el único autor de la vida y el principio de su organización. De él salta la savia, y él es el que mantiene unidos a los sarmientos en vistas a una misma función: «dar fruto». Jesús es la cepa, la raíz y el fundamento a partir del cual se extiende la verdadera "viña del Señor".

Es claro que entre los sarmientos y la vid hay una comunión de vida con tal de que aquéllos permanezcan unidos a la vid. Si es así, también los sarmientos se alimentan y crecen con la misma savia. Jesús ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo, y lo estará si le somos fieles. Él no abandona nunca a los que no le abandonan a él. La vid de la Nueva Alianza produce un fruto abundante que se llama «amor»; un amor a los hombres idéntico al que el Padre siente por ellos; un amor «podado», pues ha tenido que ser purificado del egoísmo; un amor cuya posesión sólo puede lograrse participando del amor de Cristo, representado en la Iglesia.

En base a esto que estamos viendo en nuestra reflexión, podemos entender que en la realidad del vino eucarístico —al celebrar la Eucaristía— se dan cita, a la vez, el amor de Dios, que amó tanto a los hombres que les entregó su Hijo, y la fidelidad humana de Jesús, «limpio» de todo egoísmo. Del vino ya ha hablado san Juan al comienzo de su obra, allá en Caná de Galilea (Jn 2,1-10). En aquella ocasión el buen vino de Jesús venía a remediar una carencia que el agua era incapaz de remediar. ¡Qué coincidencia! Las tinajas de agua estaban dispuestas para las purificaciones, para la limpieza religiosa. En el texto de hoy también se habla de limpieza, de purificación. «Ustedes ya están limpios». ¡Qué maravilloso Dios! Prefiere la cepa a la tinaja de agua. Y es que el agua aquella apenas si limpiaba pero el vino nuevo da la vida y viene de los sarmientos unidos a la Vid. Que María santísima, que estuvo en aquella ocasión de las bodas de Caná nos ayude a ser sarmientos buenos unidos a la Vid para dar frutos abundantes. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 1 de mayo de 2021

«San José Obrero»... Un pequeño pensamiento para hoy


Celebramos en este día una memoria muy especial, pues dentro del «Año de san José» al que nos convocado el Papa Francisco, conmemoramos hoy a «San José Obrero», y vemos al padre nutricio de Nuestro Señor como modelo de todos los trabajadores. Hoy, la Iglesia nos invita a contemplar al carpintero de Nazaret, que con su laboriosidad proveyó la subsistencia de María y de Jesús e inició al Hijo de Dios en los trabajos de los hombres. Es esta la razón, en que, como el día de hoy es el día del trabajo en muchas partes del mundo, honramos a san José como modelo de entrega en el trabajo. El día 1 de Mayo de 1955, el Papa Pío XII, instituyó esta fiesta de San José Obrero. Una fiesta que ha de celebrarse desde el punto de partida del amor a Dios y de ahí pasar a la vigilancia por la responsabilidad de todos y de cada uno al amplísimo y complejo mundo de la relación con el prójimo basada en el amor al hermano y el amor al propio trabajo del que se obtiene el sustento de cada día. Sabemos, con toda seguridad, que José no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; una persona del común del pueblo que ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros. La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos; quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de sudor.

En aquellos tiempos de Pío XII, la Iglesia, como Madre y Maestra, hizo lo que tantas veces antes había hecho, en los siglos de su historia, con las fiestas paganas: cristianizarlas. El 1 de mayo era un día de paro total en que el mundo de los proletarios recordaba a la sociedad burguesa hasta qué punto había quedado a merced del odio de los explotados. Y esa fiesta, la fiesta del odio, de la venganza social, de la lucha de clases, con la protección de san José, se llegó a transformar por completo en una fiesta litúrgica, solemnísima, del máximo rango (doble de primera clase), con su hermoso oficio propio y su Misa también propia en honor de san José Obrero. El Papa lo anunció con toda solemnidad: «Aquí, en este día 1 de mayo, que el mundo del trabajo se ha adjudicado como fiesta propia, Nos, Vicario de Jesucristo, queremos afirmar de nuevo solemnemente este deber y compromiso, con la intención de que todos reconozcan la dignidad del trabajo y que ella inspire la vida social y las leyes fundadas sobre la equitativa repartición de derechos y de deberes». Y desde aquella tarde serena y gozosa el 1 de mayo entraba en el calendario católico bajo la advocación de San José Obrero. Jesús, en el Evangelio, fue conocido e identificado como «el Hijo del carpintero». Por eso le pedimos a él,  que, como Hermano Mayor y Maestro, nos enseñe a buscar en el trabajo, un espacio de santificación y de realización personal. 

Hoy, 1 de mayo, celebramos a san José obrero y comenzamos el mes tradicionalmente dedicado en la Iglesia a la Virgen. Quisiera invitarlos a quedarnos con dos breves pensamientos, en estas dos figuras tan importantes en la vida de Jesús, de la Iglesia y en nuestra vida: el primero sobre el amor al trabajo y el segundo sobre la contemplación de Jesús Hijo del carpintero e Hijo de María. El trabajo forma parte del plan de amor de Dios; nosotros estamos llamados a cultivar y custodiar todos los bienes de la creación, y de este modo participamos en la obra de la creación. El trabajo es un elemento fundamental para la dignidad de una persona. El trabajo, por usar una imagen, nos «unge» de dignidad, nos colma de dignidad; nos hace semejantes a Dios, que trabajó y trabaja, actúa siempre (cf. Jn 5, 17). Por otra parte, en el silencio del obrar cotidiano, san José, juntamente con María, tuvieron un solo centro común de atención: Jesús. Ellos acompañaron y custodiaron, con dedicación y ternura en medio del trabajo cotidiano, el crecimiento del Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, reflexionando acerca de todo lo que sucedía. En los evangelios, san Lucas destaca dos veces la actitud de María, que es también la actitud de san José: «Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (2, 19.51). Recordemos más al Señor en nuestras jornadas de trabajo, invoquemos a san José Obrero y vivamos bajo la mirada dulce de María. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.