viernes, 13 de febrero de 2026

HERMANA ESTELA GONZALEZ ALMARÁS... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo

El 11 de abril de este 2022 falleció la hermana Misionera Clarisa Estela González, una misionera que pasó gran parte de su vida consagrada en los Estados Unidos y a quien conocí en 1984 y seguí viendo en múltiples ocasiones hasta hace 4 años. En estas líneas quiero compartir con ustedes, basado en la crónica de su vida que hacen nuestras hermanas cuando una de ellas fallece, algo de su vida.

La hermana Estela, cuyo nombre completo es María Estela Guadalupe González Almaraz, nació en Monterrey, Nuevo León, México el 11 de diciembre de 1940 y fue miembro de una familia católica en donde aprendió los valores de la vida cristiana que supo siempre desarrollar en su vida consagrada y en los que su familia de sangre vive hasta la fecha. Tengo el gusto de conocer a dos de sus hermanas yen especial a su sobrino sacerdote Anuar, un buen amigo que ejerce su ministerio como párroco en la arquidiócesis de Monterrey.

Estela ingresó a la comunidad de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 19 de marzo de 1960 en Cuernavaca Morelos, México, en donde se encuentra la Casa Madre de la comunidad y en donde fue recibida por la Madre Teresa Botello Uribe —fiel colaboradora de la madre fundadora y de feliz memoria también— y allí mismo, el 27 de febrero del año siguiente, 1961, inició su etapa de noviciado para luego profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia de manera temporal el 15 de agosto de 1963. Tanto su inicio de noviciado, como su profesión perpetua, las hizo ante la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora y superiora general de la congregación.

Inmediatamente después de hacer su profesión temporal, fue enviada los Estados Unidos en donde desde 1965 hasta 1975 fue maestra en la escuela de la parroquia de Santa Bárbara. De 1975 a 1982 fue maestra de primaria en la escuela Nuestra Señora Auxilio de los cristianos en Los Ángeles, California y a partir de 1984 fue directora de la misma hasta que en 1994 recibió su cambio a la ciudad de Roma, Italia para colaborar en diversas actividades de casa —tarea a la que la beata María Inés llamaba «vida de Nazareth».

Yo la conocí cuando era directora de la escuela de Nuestra Señora Auxilio de los cristianos. Recuerdo que en mi primer visita a Los Ángeles ella me enseñó la escuela con lujo de detalles y con el amor que le caracterizaba a las encomiendas que le daban. Le dio mucho gusto saber que yo era su paisano y que era amigo de su hermana Cecy. Yo en ese entonces me disponía a continuar mi formación como novicio en Roma, Italia. Esa vez compartí con ella y con la comunidad de esa casa de Los Ángeles que ya no existe, un día de visita que dejó, como siempre que visito a mis hermanas Misioneras Clarisas, una gran enseñanza y el gozo de compartir el gozo de vivir la vocación a la vida consagrada.

En el año de 1996, la hermana Estela se incorporó a la comunidad de Misioneras Clarisas en Monterrey, Nuevo León su tierra natal, para colaborar en el Colegio Isabel La Católica. Allí también la traté en varias ocasiones. En el año 20000 regresó nuevamente a la escuela Nuestra Señora Auxilio de los Cristianos y permaneció allí hasta el año 2009 cuando se cerró la comunidad de los Ángeles y fue asignada a la comunidad de Sylmar allí mismo en California, para realizar diversos trabajos de traducción de español al inglés. Allí también hizo mucho apostolado, pues se dedicó a la catequesis de adultos.

Fue una hermana muy culta, muy educada, muy humilde y sencilla. Podemos decir que fue un alma que contagiaba de alegría a quienes estaban a su alrededor gracias a su carácter y a su perene alegría. En todos los lugares de misión se distinguió por ser una mujer muy trabajadora, generosa y responsable en todo lo que se le encomendaba, aunque gran parte de su vida la dedicó a la enseñanza de la niñez y la juventud. Sus compañeros maestros, los padres de familia y los diversos colaboradores la querían mucho por las «puntadas» que se le venían. La expresión «puntada», se utiliza en Monterrey para referirse a una frase coloquial como comentario o acción ingeniosa, divertida o inesperada.

Precisamente, en Monterrey, muchas exalumnas del colegio Isabel La Católica recuerdan a Estela por su destacada colaboración en la coordinación del departamento de inglés, donde, en inglés o en español, no perdía la oportunidad de dar buenos consejos, de estar al pendiente de la vida de fe de quienes colaboraban con ella dejando en todas las almas un mensaje de paz en una alegre convivencia.

Ciertamente, a pesar de ser tan ocurrente y amena, era una mujer de carácter fuerte y decidido que empleó para salir adelante en todo lo que se le pedía, combinando esto con su nobleza de corazón, sencillez y espontaneidad, cosa que le ayudó a conquistar muchos corazones y a dejar en ellos «el dulce olor de Cristo» (2 Cor 2,15).

Las hermanas más jóvenes de las Misioneras Clarisas que en sus últimos años convivieron con ella,  contaban que las llenaba de alegría y les dejaba un testimonio de amor y gozo por su consagración de vida que transmitía por medio de su sonrisa siempre auténtica.

Mientras le fue posible enseñó a las hermanas y en especial a un servidor en mis años en California, lo que ella había aprendido como docente. Como sacerdote, a la hora de la predicación, pude aplicar mucho de eso. En especial recuerdo como con sencillez me enseñaba incluso las «bad words» en inglés, para que los jóvenes de la parroquia no me agarraran en curva con el uso de esas palabrotas, que solo me sabía en español como buen regio. 

Como sacerdote, conocí mucho de lo que había en su corazón de mujer consagrada. Manifestaba siempre un profundo amor a Nuestro Señor y fielmente se esmeraba por no descuidar sus deberes como religiosa manteniéndose siempre fiel en su vida sacramental y en sus unión a Jesús eucaristía, especialmente en las horas de adoración al Santísimo Sacramento. Gustaba mucho de rezar el santo rosario de escuchar diversas reflexiones.

Ya mayor y habiendo sido alcanzada por la enfermedad, ofrecía todo y sufría las consecuencias de la enfermedad con paciencia. En su enfermedad fue dócil y humilde a las indicaciones que le daban los médicos y las hermanas responsables del cuidado de su salud. La diabetes fue su compañera por varios años y a pesar de que se fue agravando, se esforzaba por estar en todos los actos de comunidad. Su sobrino sacerdote, el buen Anuar, que vive en Monterrey, pudo viajar para verla en sus últimos días y agradecerle tantas y tantas oraciones que por él hacía. 

Su salud empezó a declinar a partir del año 2019, cuando tenía que ser constantemente internada en el hospital o en casas de convalecencia para recibir una mejor atención médica. En todo momento fue atendida por las hermanas a quienes recibía siempre con la alegría y sencillez que la caracterizaban. Así fueron sus tras últimso años de vida hasta que el domingo 3 de abril del 2022, en medio de la pandemia que azotaba al mundo, avisaron a las hermanas del hospital Católico de San José de la ciudad de Burbank en california, que su estado de salud era delicado. El día 11 por la mañana tuvo una muy leve mejoría y por la tarde de ese mismo día le empezó a bajar considerablemente la presión arterial y le faltó el oxígeno.

Acompañada de familiares y hermanas de la comunidad, mientras rezaban con ella y cantaban a la Virgen el canto «Un día yo iré, al cielo patria mía» abrió sus ojos y miró hacia arriba sin parpadear y  con una mirada llena de luz. Después del canto rezaron con ella la coronilla a la divina misericordia y se le fueron cerrando los ojos lentamente hasta quedar como dormida.

Confiamos en que la hermana Estela, por su vida hecha donación con alegría, haya entrado en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre y, con su ejemplo de vida, sintámonos nosotros llamados a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa como la de ella, llena de la luz del amor, de apertura, de atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena —ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros mismos— haber vivido.

Padre Alfredo.

Este video que se muestra a continuación, muestra a la hermana Estela en sus últimos años de vida. ¡Vale la pena verlo!

viernes, 6 de febrero de 2026

«EL OBISPO, SU SER Y QUEHACER»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy amanecí con la inmensa alegría de que mi compañero de seminario, amigo, padrino de ordenación diaconal y obispo de la diócesis de Matehuala, Mons. Margarito Salazar Cárdenas, ha sido elegido por el Papa León XIV para ser de ahora en adelante obispo de Tampico Tamaulipas. ¡Acabo de colgar el teléfono para congratularme con él y ofrecerle mis oraciones! Sé que con él Tampico se ha sacado la lotería, luego de que Mons. José Armando Álvarez Cano, antiguo obispo de Tampico, fuera nombrado arzobispo de nuestra querida diócesis de Morelia, en donde está nuestro noviciado y misión en el poblado de El Tigre, en la sierra michoacana. Un obispo en su diócesis actúa como maestro, pastor y santificador, siendo el líder que enseña la fe y preside la vida sacramental. Él gobierna pastoralmente su territorio, organizando parroquias, nombrando sacerdotes y cuidando de los fieles laicos y los consagrados, especialmente los necesitados, todo en comunión con el Papa y el magisterio de la Iglesia. 

A la luz de esto —a sabiendas de que mi reflexión hoy será casi tan larga como la Cuaresma que ya esta a la puerta— me viene compartir hoy un poco de las cosas prácticas que hace un obispo recordando que varias veces me han lanzado la pregunta. Un obispo —un arzobispo es lo mismo, con la diferencia que el arzobispo funge también como coordinador de una provincia eclesiástica, o sea un conjunto de diócesis— predica la Palabra de Dios y defiende la doctrina católica, explica las verdades de la fe y promueve el diálogo como responsable de la evangelización de su diócesis. Es el principal administrador de los misterios de Dios, administra los sacramentos de la confirmación y ordena sacerdotes y diáconos. En la Misa Crismal es él quien bendice los óleos sagrados para los sacramentos. Como pastor de su diócesis, guía a su rebaño organizando la vida pastoral, estableciendo parroquias y nombrando párrocos. Cuida la formación y el bienestar de sus sacerdotes y visita periódicamente las comunidades. El obispo es un vínculo para la sinodalidad de la Iglesia, porque representa a Cristo y es un signo de unidad para la diócesis, en comunión con la Iglesia universal y el Papa. El obispo es padre y mentor espiritual de sus sacerdotes y laicos. En resumen, el obispo es la cabeza visible de una Iglesia local, con la plenitud del sacramento del Orden, encargado de velar por la doctrina, la liturgia y la disciplina de su pueblo, como un verdadero pastor que da la vida por sus ovejas.

Pero la vida de un obispo, como la de todo ser humano, es a veces muy compleja, a todos se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias del mundo que nos rodea y camina a la deriva de Dios, lejos de él muchas veces. Ese es el gran reto de un obispo, de un sacerdote, de un consagrado y de cualquiera de los fieles laicos que quiera hacer presente a Cristo a su alrededor. Eso em recuerda el evangelio de hoy, en el que san Marcos, en el capítulo 6 nos narra el martirio de Juan el Bautista, aquel profeta del desierto a quien a Herodes le gustaba escuchar pero sin sentirse comprometido a cambiar de vida. Marcos nos relata todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta con el baile. —¡Pide la que quieras! Le dijo. Ella instigada por su madre pidió la cabeza de Juan Bautista. Los que nos sabemos discípulos–misioneros de Cristo caminamos muchas veces junta vidas llenas de superficialidad y de vanidad como la de Herodes y su corte. Como Juan el Bautista y como Pablo Miki y sus compañeros mártires a quien celebramos hoy —martirizados junto a san Felipe de Jesús— hemos de establecer muy bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den certeza de alcanzar la salvación para nosotros y para muchos aunque el precio aquí en este mundo sea dar la vida. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida, pidamos a María Santísima que nos ayude para que de nuestra vida comprometida broten por gracia frutos de vida eterna. ¡Felicidades querido monseñor Margarito y bendecido viernes para todos!

Padre Alfredo.

miércoles, 4 de febrero de 2026

En el examen del catecismo...

Después del examen de catecismo, el padre Rigo llamó a Jaimito y le dijo: —Jaimito: ¿no te da vergüenza haber copiado íntegramente el examen de Mariana? —Usted no puede demostrarlo padre, le respondió el niño, y además... ¡por qué dice que copié de Mariana? —Sí que puedo demostrar que copiaste de Mariana, porque todas las respuestas de ustedes dos son iguales, excepto la número 10, donde ella respondió «no sé» y tú pusiste «yo tampoco». 

domingo, 1 de febrero de 2026

Valor ante el sacrificio, el dolor, la Cruz.

El sufrimiento, la pena y el dolor, siempre acompañan la Vida el hombre y la mujer de Dios. Una pequeña muestra de esto es esto que el profeta Jeremías expresa dejándonos ver su sentir: «¿Por qué mi dolor no acaba nunca y mi herida se ha vuelto incurable? ¿Acaso te has convertido para mí, Señor, en espejismo de aguas que no existen?» (Jer 15,18). Jeremías dice que el Señor le respondió: «Si te vuelves a mí, yo haré que cambies de actitud… seguirás siendo mi profeta»... es decir, el Señor seguirá estando con Jeremías siempre, en medio del dolor y de la adversidad, en medio de los fracasos y las crisis por las  que todo ser humano puede atravesar.

El Señor es fiel y abrazó él mismo el dolor... la cruz. La cruz de la pobreza y de la soledad: «El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza»... «¿No han podido velar conmigo?».   

La cruz de la incomprensión de los que tenía más de cerca: «¿También ustedes van a dejarme?». «¿De qué venían discutiendo por el camino?». La cruz de la traición del apóstol: «¿Judas, con un beso entregas al amigo?» La cruz de la crítica del pueblo: «Este come con pecadores y prostitutas»...

Nuestro Dios es siempre fiel y sabe de penas, de abandono y de desierto. Su bondad da un sabor especial al sufrimiento y al sacrificio y cada día se entrega por nosotros en oblación, en un sacrificio que se realiza incesantemente en todo el mundo: La Eucaristía, el sacrificio de amor por excelencia en el que nuestro Dios se nos da por completo dejándonos su Cuerpo y su Sangre quedándose con nosotros para siempre.

Quien le encuentra, halla un tesoro; quien le descubre, le valora más que una perla de gran valor. En medio de las dificultades y de los problemas de toda vida de dedicación a Dios, el padre Pedro Julián Eymard, uno de los santos no muy conocidos, encontró en la Eucaristía la fuerza y el sostén de su incansable ministerio sacerdotal. En la Eucaristía, san Eusebio de Vercelli encontró eso mismo que también Nuestra Madre la Beata María Inés gustó: «La Eucaristía, fuerza y sostén de mi alma».

Cada vez que celebramos la Eucaristía, Jesucristo viene a nuestro encuentro para darnos valor ante el sacrificio, el dolor, la Cruz. Cada vez que participamos en este banquete, la llamada a darlo todo también nosotros, se hace nueva y nos invita a reestrenar la vocación.

La Virgen Madre, a quien contemplamos en una advocación especial y la llamamos «Nuestra Señora de los Dolores» y también «La Virgen de la Soledad», está a nuestro lado y con una discreta sonrisa en medio de este valle de lágrimas nos da la clave para perseverar con amor y avanzar de la Cruz a la luz. Ella, dirigiéndose a Cristo nos dice: «Hagan lo que Él les diga». 

Padre Alfredo.

Josefina Kato... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XC

Hace muchos años, el 18 de Febrero de 2010 a las siete de la mañana llegó el Esposo Divino por una de nuestras queridas hermanas Misioneras Clarisas, la hermana Josefina Kato Sadako a quien ahora quiero recordar y compartir algo de su vida con ustedes, mis queridos lectores. 

La Hermana Josefina fue una misionera japonesa incansable que tuve la dicha de conocer por allá en los años ochentas. Sus últimos días de vida fueron difíciles, pues padecía de Alzheimer y se encontraba internada en un centro especial muy cerca de la casa de nuestras hermanas en Karuizawa. Allí duró varios años. Siempre se caracterizó por su amabilidad y por una caridad exquisita. Se puede decir que fue una misionera a tiempo y a destiempo. Una de las características que más la distinguía era la sonrisa, una sonrisa perenne al estilo de nuestra Beata Madre Fundadora, incluso cuando ya permanecía atrapada por esa incomprensible enfermedad. 

La hermana pasó muchos años de su vida consagrada en la misión de Ota, en su tierra nata, dedicada, como la mayor parte de su vida, a la catequesis. En las diferentes misiones a donde la obediencia la envió, fue instrumento del que Dios se valió para invitar a algunas de nuestras hermanas japonesas a la vida consagrada. 

De una manera muy particular, la hermana Kato —como le llamaban de cariño— conjugaba la educación sobrenaturalizada con una sin igual simpatía que hacía a todo mundo pasar un rato agradable con sabor a recreación pero aprendiendo, a la vez, a vivir para Cristo. Era una persona muy positiva y emprendedora que en el corazón de todo el que convivía con ella, dejaba un olor a entrega, a bondad, a fervor y un gran deseo de que Jesús y su Madre Santísima fueran conocidos, pues su celo por la salvación de las las almas era tan grande, que aún cuando empezó a perder sus facultades por el Alzheimer, en el centro en donde estaba como interna, se ponía a evangelizar a como podía.

Nuestras hermanas religiosas cuentan que en una ocasión, cuando la fueron a visitar, los miembros del personal del centro —algunos de ellos obviamente budistas— les hicieron varias preguntas sobre la Biblia, sobre Cristo, sobre la fe cristiana. Allí logró fundar un grupo de personas de las mismas enfermas que estaban internadas, para hablar de la Fe católica. A la gente le gustaba escucharla...y hasta se hizo famosa por lo que al grupo le pusieron «El Club de la Hermana Kato». Así, junto a los clubs de Origami —figuras de papel doblado— o de música, de canto, tejido y otros, Jose no perdiendo oportunidad... ¡también hizo su club!

Las dos últimas semanas de su vida, estuvo en el hospital. Tuvo que ser trasladada al nosocomio pues aunque ya no padecía dolor por el avanzado grado de su enfermedad, empezó a tener problemas respiratorios, y al examinarla le descubrieron que tenía cáncer en los pulmones. Ya pasaba mucho tiempo en que la mayor parte permanecía dormidita, y fue así que, ya en el hospital, se fue apagando como un cirio esperando la llegada de su Señor.

Las Misioneras Clarisas de la comunidad de Karuizawa estuvieron a su lado para atenderla con mucho amor y dedicación en esos sus últimos días, hasta que llegó el momento del desenlace final en el que la el Esposo Divino llegó por ella, que estaba tan preparada como las diez vírgenes prudentes del evangelio, ya que desde el día en que la hospitalizaron, había recibido el sacramento de la Unción de los enfermos. 

Siempre, mientras pudo hablar, aún sin reconocer muchas cosas, se le escuchaba dar las gracias por todo. Murió en una hora muy particular acompañada de su superiora, la hermana Clara Yamazaki, porque, en ese momento, todas las demás misioneras de aquellas tierras del Sol Naciente, asistían a la Santa Misa en nuestras respectivas casas.

Les invito a que ahora que he recordado a nuestra querida hermana Josefína Kato, demos gracias al Señor por el regalo tantas hermanas, misioneras incansables, que han dejado en este mundo, unas huellas que son, sin duda alguna, las huellas de Cristo. Me viene ahora unas palabras de nuestra amada Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la iniciadora e inspiradora de esta gran Familia Inesiana de la que muchos formamos parte: «Jesús dulcísimo, que me has amado tanto y que quieres mi bien, y no te cansas de instruirme, se han abierto sobre mi alma esas claridades que sólo pueden dimanar de tu amor misericordioso, me has sumergido en ellas y, humillándose mi alma, ha comprendido, ha aceptado, ha amado».

Padre Alfredo.

LOS PROBLEMAS SOCIALES...


En alguna forma y de alguna medida, todos somos responsables de los problemas sociales. No basta al alimentarnos con la tranquilizante teoría de que ninguna persona es responsable del efecto total de los problemas sociales y que a mí no me toca resolver eso... Todos estamos involucrados.

«CHIQUITO PERO PICOSO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Febrero es especial por ser el mes más corto del año, por tener el día 2 la fiesta de la Candelaria, el recuerdo de la presentación del Señor en el Templo en donde se celebra la Jornada de la Vida Consagrada. El primer domingo de este mes se celebra en México una fiesta tradicional en torno a una bebida antiquísima que se sigue consumiendo sobre todo en la capital mexicana: el Día del Pulque; la conmemoración de la Constitución mexicana el 5 y el Día de la Bandera el 24. Además en este mes nació el enigmático volcán Paricutín. Febrero tiene la particularidad de ser el mes bisiesto cada cuatro años. Se celebran también en este mes el Día Mundial de los Humedales el 2, el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer el 4, el Día Mundial de las Legumbres el 10 el Día Internacional del Cáncer Infantil el 15 y el Día Internacional del Síndrome de Asperger el 18 de febrero; además contiene el Día Mundial de la Justicia Social el 20, el Día Internacional de la Lengua Materna el 21. Así que bien podemos decir como se estila en México: Febrero es un mes «chiquito pero picoso».

Este domingo, siguiendo con esto de «chiquito pro picoso», el evangelio nos lleva al pasaje del capítulo 5 de san Mateo en donde este escritor sagrado, inspirado por Dios, nos transmite «Las Bienaventuranzas». Las Bienaventuranzas son el camino de Jesús hacia la verdadera felicidad. No se trata de un conjunto de buenos deseos que no haya dejado Jesús, sino un programa de vida que se vive en lo pequeño y cotidiano —«chiquito pero picoso»— a través de actitudes como la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la misericordia y la búsqueda de justicia, transformando la lucha de cada día en un conjunto de oportunidades para el Reino de Dios y la comunión con Él, contrastando con la búsqueda materialista del mundo que tiene a lo grande, a lo aparatoso, a lo espectacular y generando paz y alegría en el corazón, a pesar de los pesares.

La propuesta de las bienaventuranzas traza un movimiento singular: nace de lo pequeño, de lo chiquito de lo chiquito, de lo humilde, para convertirse también en una lucha en favor de los empobrecidos y pequeños de este mundo. Desde una perspectiva espiritual, solo quien se sabe pequeño experimenta la necesidad de Dios y puede dejar que entre en su vida. Los que participan de este espíritu, el de Dios, son bienaventurados —a pesar de las persecuciones—. Santa Teresita del Niño Jesús, hablaba de su «Caminito—, un sendero de santidad basado en la confianza absoluta en la misericordia de Dios y la aceptación gozosa de la propia debilidad, viéndola como una oportunidad para que el amor de Cristo actúe más plenamente, realizando las pequeñas cosas cotidianas con gran amor y por motivos sobrenaturales, como un niño que se abandona en los brazos de su Padre. Es un camino radical de amor sencillo que nos hace entender el sentido de las Bienaventuranzas y es accesible a todos. María de Nazareth también supo encontrar la dicha en lo pequeño: Belén, Nazareth, Caná... Qué Ella nos ayude a entender esto. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 31 de enero de 2026

LA BENDICIÓN DE LOS TAXIS Y MONSEÑOR LUIS MARÍA MARTÍNEZ...


En una ocasión invitaron al Siervo de Dios Luis María Martínez, arzobispo primado de México, a bendecir una flotilla de taxis de aquellos llamados "Cocodrilo" en Ciudad de México —en aquel entonces Distrito Federal—, en verdad muy numerosos; pasaban de un centenar. Cuando al llegar al sitio donde estaban estacionados, el jefe de los taxistas vio la botellita insignificante de agua bendita que cargaba monseñor, y exclamó: —"¡Huy! Monseñor, esa agua no le va a alcanzar ni para el primer taxi"... —A mí me invitaron para bendecirlos, no para lavarlos contestó.

viernes, 30 de enero de 2026

ANUNCIOS PARROQUIALES... para reír un poco


Alguien reunió 11 divertidos anuncios escritos en los pizarrones de avisos de algunas parroquias. Estos avisos son reales y, aunque fueron hechos con la mejor intención, su mala redacción les convierten en absurdos y al mismo tiempo geniales.

Anuncios Parroquiales:

1. Para los que tienen hijos y no lo saben, tenemos en la parroquia una zona arreglada para niños.

2. Esta noche el párroco dará la conferencia "El matrimonio cristiano: lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre". Para las mujeres a las 7:30, para los hombres a las 8:30.

3. Este viernes los monaguillos representarán la obra "Hamlet" de Shakespeare. Se invita a toda la comunidad a presenciar esta tragedia.

4. Estimadas señoras, ¡no se olviden de la tómbola de la kermés! Es una buena ocasión para liberarse de aquellas cosas inútiles que estorban en casa. Traigan a sus maridos.

5. Tema de la catequesis de hoy: "Jesús camina sobre las aguas". Catequesis de mañana: "En búsqueda de Jesús".

6. El coro de los mayores de sesenta años se suspenderá durante todo el verano, con agradecimiento por parte de toda la parroquia.

7. El campeonato de fútbol interparroquial se reanuda este sábado. ¡acompáñenlos a derrotar a "Cristo Rey"!

8. El precio del curso "Ayune con provecho" es de 120 pesos (almuerzo incluido).

9. Por favor, pongan sus limosnas en el sobre, junto con los difuntos que deseen que recordemos.

10. Recuerden que el jueves empieza la catequesis para niños y niñas de ambos sexos.

11. El mes de noviembre terminará con un responso cantado por todos los difuntos de la parroquia.

Riámonos un poco. 

jueves, 29 de enero de 2026

«Ver al Otro desde la luz de Cristo en nuestro corazón»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Según la tradición judía, dos rabinos debatían la pregunta: ¿Como sabemos cuando termina la noche y comienza un nuevo día? El primer rabino respondió: «La noche termina y comienza un nuevo día en el momento en el que puedes distinguir la diferencia entre un hilo azul y un hilo púrpura en el talit» —el talit es el manto de colores para orar en las mañanas—. El segundo rabino dijo: «La noche termina y el día comienza en el momento en que puedes reconocer la cara de tu hermano. Esto me viene a la mente por el texto evangélico que hoy nos propone San Marcos en la perícopa de este jueves tomada del capítulo 4 en los versículos del 21 al 25. En este texto se habla de la vela, que no debe ser puesta debajo de una olla o debajo de la cama.

Y es que esa vela, me hace ir a la presencia de Cristo en nuestro corazón, que, con la luz que irradia, nos hace poder ver a nuestros hermanos con los ojos del corazón, que son, según lo sabemos, los ojos de la fe. A Cristo, que es el mismo Dios, la «Luz indeficiente», lo hacemos presente cada año en un símbolo, en una gran vela que es el Cirio Pascual que encendemos la noche de la Vigilia Pascual, cuando toda la comunidad de hermanos está reunida abriendo el corazón para recibir a los nuevos bautizados. Cuando celebramos la Santa Misa, encendemos por lo menos dos velas junto al altar o sobre él, que incluso llegan a ser siete cuando preside un obispo, recordando los siete candelabros del Apocalipsis que son encendidos alrededor de Cristo. Cuando oramos por un enfermo o recibimos enfermos la Eucaristía en nuestra habitación, encendemos también un cirio, una luz que nos recuerda que el Señor no puede permanecer oculto, sino que, a través de nosotros, de lo que somos y hacemos, ha de alumbrar en su nombre a los hermanos.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, en el versículo 3 del capítulo 3 nos dice que «nuestra vida está escondida en Cristo». Es que, si nosotros, desde nuestra pequeñez, nos escondemos en la luz de Cristo, esa luz que brille en lo alto para alumbrar será la de él y entonces podremos decir como afirma el mismo Apóstol de las Gentes en la carta a los Gálatas en el capítulo 2, versículo 19: «Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí». ¡Que maravilla poder ver al hermano desde la luz de Cristo en nuestro corazón! Un pequeño servicio, un momento de escucha, un favor regalado a alguien... nos hace reconocer, en la casa del hermano, al mismo Cristo. Que María nos ayude para que esa vela, en el corazón, no se apague ni se quede en lo escondido. Todo narcisismo apagará la mecha. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 28 de enero de 2026

«El Divino sembrador»... Un pequeño pensamiento para hoy

Desde el pasado lunes me encuentro en «La Perla Tapatía», como se conoce a Guadalajara, la ciudad mexicana que hace años me albergó un tiempo cuando colaboraba en la pastoral vocacional de esta inmensa y querida Iglesia arquidiocesana, cuna de tantos santos. Motivos de salud principalmente, son los que me traen hasta esta hermosa capital de Jalisco varias veces al año. Aquí el doctor Gustavo Orozco Aviña «me resetea» el corazón. Generalmente llego un día en la tarde, me atiende el cardiólogo al día siguiente y al tercer día por la mañana regreso. Hoy pude tomarme el día de hoy —los miércoles es mi day off— para estar en la «Casa del Tesoro», el espacio sagrado que alberga a nuestras hermanas Misioneras Clarisas de juventud muy acumulada y/o que han sido visitadas por la enfermedad.

Empezamos el día con la Santa Misa, en la que reflexionamos sobre el Evangelio de hoy (Mc 4,1-20) que nos vino como anillo al dedo o como polen para las abejas. La parábola del sembrador se nos hizo como una escena totalmente actual. El Señor no deja de sembrar esa buena semilla y a nosotros, que sabemos que somos los de dentro, los que formamos parte de ese grupo elegido, como aquellos que se quedaron en la escena solos con Jesús, nos explica Él mismo la parábola. En esta «Casa del Tesoro, la «buena semilla» sigue cayendo en tierra buena. Satanás no pudo arrebatar la semilla antes de ser sembrada, porque no cayó en la vereda. El terreno en el que se depositó no fue un terreno pedregoso en el que no pudiera crear raíces, porque la vida de cada una de estas hermanitas, como la de la Beata María Inés está bien enraizada. Esa «buena semilla» cayó en un terreno en el que no hubo espacio para las espinas de las preocupaciones innecesarias y las seducciones y deseos de lo mundano. La explicación termina diciendo que «los que reciben la semilla en tierra buena, son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno». 

Aquí he venido a encontrar a poco más de 50 mujeres consagradas que han sido y siguen siendo tierra buena. En este lugar bendito uno oye hablar de Nigeria, de Indonesia, de Sierra Leona, de Irlanda, de Italia, de Japón y de muchas partes más en donde, a través de estas almas consagradas ahora entradas en años y coronadas algunas de ellas con la enfermedad —que siempre santifica— escucha uno cómo la parábola del sembrador se ha hecho vida no solamente en el corazón de cada una de ellas, sino de tantos misionados que a través de estas manos ya cansadas, de estos pies que ahora se dejan llevar en sillas de ruedas, de estos ojos que no pueden ver ya con claridad, se encontraron de lleno con el Divino Sembrador que les hizo dar fruto abundante. En la Capilla de esta casa, está la Guadalupana, no en lo alto, sino a una altura en done desde una silla de ruedas se pueda tocar, se pueda mirar para dejarse ver por ella y escuchar las consoladoras palabras: «¡Qué no estoy yo aquí, que soy tu Madre!». que Ella interceda para que los frutos alcancen para salvar muchas almas. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 27 de enero de 2026

«¡Somos del cuadro chico!»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El pasaje del Evangelio de la liturgia de la palabra de este martes (Mc 3,31-35) es uno de esos que pueden parecer desconcertantes. Jesús está predicando a la gente cuando le avisan que le buscan. Él, de manera inmediata, responde con una pregunta «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?» para continuar, luego de ver a los oyentes con una frase contundente: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». 

En realidad Cristo nos está haciendo miembros de su familia, como dicen ahora: «¡Somos del cuadro chico!». Pero para lograr mantener esa cercanía, debemos cumplir la voluntad de Dios. Porque no es suficiente con querer, tenemos que hacer. De hecho siempre hablamos de la Iglesia como de la gran familia de Dios con Cristo a la cabeza. Su Santísima Madre —desde que Juan la recibió como Madre— es un ejemplo de fidelidad y disponibilidad hacia Dios porque siempre cumplió su voluntad aún en los momentos más difíciles.

Jesús nos hace ver que estamos unidos a Él a través del Padre, y lo mismo que San Marcos nos describe la escena con Él en medio de la gente, hoy sigue en medio de nosotros. Tenemos que ser conscientes de que somos sus hermanos, miembros cercanos de su familia. Debemos hacer la voluntad de Dios para gozar de este privilegio, aceptar sus preceptos, cumplir sus mandatos. Tengamos siempre presente que Cristo está con nosotros y que el Padre se complace si hacemos su voluntad. Que el Espíritu Santo nos ayude a aumentar nuestra Fe y a entender estas cosas como lo hizo María Santísima. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 26 de enero de 2026

«DE DOS EN DOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


La liturgia de la palabra de hoy, en la primera lectura (2 Tim 1,1-8), nos regala un fragmento de la segunda carta que escribió san Pablo a Timoteo porque estamos celebrando el día de los apóstoles Timoteo y Tito. En este bello escrito, Pablo muestra la cercanía de trato que tenía con él, el aprecio, el interés y el conocimiento de la religiosidad de su familia, que le había precedido en la fe cristiana. El Apóstol de las gentes le dice que, en su oración perseverante le tenía siempre presente, noche y día. Pero la tradición cristiana dice que Timoteo, se hacía acompañar de Tito para predicar, como había indicado el Señor a los apóstoles, «de dos en dos». 

Un escrito muy antiguo, atribuido a Orígenes, habla del deseo de Dios de que muchas funciones o encargos divinos se hagan así, «de dos en dos». Orígenes anota: «Así como los doce apóstoles fueron nombrados de dos en dos, como en el catálogo de ellos demuestra San Mateo, así que sirviesen también de dos en dos a la palabra de Dios parece que es antiguo. Sacó el Señor a Israel de Egipto por medio de Moisés y Aarón (Ex 12); Josué y Caleb, unidos, apaciguaron al pueblo sublevado por doce exploradores (Núm 13;14). Por lo que se dice: “Un hermano ayudado por otro es como una ciudad fortificada” (Prov 18,19).» San Gregorio, por su parte, afirmó en uno de sus escritos: «Los mandó así, porque dos son los preceptos de la caridad: el amor de Dios y el del prójimo; y entre menos de dos no puede haber caridad. Esto nos indica que, quien no tiene caridad con sus hermanos, no debe tomar el cargo de predicador.»

Al contemplar la figura de estos dos discípulos y colaboradores de San Pablo, encontramos en ellos a un par de pastores muy comprometidos en la tarea de extender la fe y consolidarla en quienes ya la han recibido. San Pablo, que en ese momento recuerda a Timoteo algo importante: la necesidad que tiene de mantener vivo el don que ha recibido de Dios, es decir su ordenación como obispo. En concreto, conforme a su experiencia le exhorta a la valentía, a la fortaleza, a la caridad activa y a ejercer la virtud de la templanza. Al mismo tiempo lo exhorta para que no se deje llevar por la cobardía, la timidez o la vergüenza al anunciar la Buena Nueva. Tanto a Timoteo como a Tito, me los imagino como un par de hombres consagrados «¡entrones!», dispuestos a cambiar el mundo. Tú y yo, cada uno en su vocación específica, hemos de ser así. ¡Que la Virgen, con su determinante «¡Hagan lo que Él les diga!» nos ayude a responder al llamado que el Señor nos ha hecho.

Padre Alfredo.

domingo, 25 de enero de 2026

«EL DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy

El recordado y muy querido papa Francisco, en el año de 2019 instituyó la celebración del «Domingo de la Palabra de Dios» en este tercer domingo del Tiempo Ordinario con el fin de resaltar la importancia de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y de cada cristiano. Este año, con la frase de san Pablo «La palabra de Cristo habite en ustedes», se nos invita a que la Palabra de Dios no solo sea escuchada o estudiada, sino que habite realmente en nosotros, nos configure y haga creíble el testimonio que damos como discípulos en el devenir del día a día.

De manera particular, este «Domingo de la Palabra de Dios» cae en el 25 de enero en que de ordinario se celebra la fiesta de la conversión del apóstol san Pablo, celebración que cierra, año con año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, semana en la que se nos invita a los cristianos de todas las confesiones a la comunión, a unirnos en oración para recordar que «uno solo es el cuerpo y uno solo el espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados» (Ef 4,4).

Que en la Iglesia Católica tengamos que dedicar un día extraordinario a la Palabra de Dios parece una broma, pues escucharla, vivirla y transmitirla debería ser la verdadera marca de toda la cristiandad, entre la cual, nuestra Iglesia es la más antigua y en la que en comunidad, de manera particular cada vez que celebramos la Eucaristía, la escuchamos y la reflexionamos recordando que llevarla a la vida debe ser lo ordinario en nuestra vida creyente. Sin embargo, debido a muchos motivos, esta Palabra sigue siendo la gran desconocida para una gran parte de los bautizados en la fe católica. Que por intercesión de María, que fue la primera que escuchó la Palabra y la puso en práctica, el Señor nos abra el oído y el corazón para anidar en nuestro ser y quehacer la gracia de escuchar y vivir su Palabra. ¡Bendecido «Domingo de la Palabra de Dios»!

Padre Alfredo. 

sábado, 24 de enero de 2026

«La caridad benigna»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Hoy celebramos la fiesta de San Francisco de Sales, el doctor humanista, gran director espiritual y generoso pastor en quien San Juan Bosco se inspiró para elegirlo como Patrón de los Salesianos. San Francisco de Sales —no tan «taquillero» como otros santos—nos ha hecho ver y gustar la dulzura gracias a la ardua tarea que emprendió para «domesticar» su corazón hasta hacerlo manso y humilde como el de Cristo (cfr. Mt 11,29) haciendo más simple para todos, el camino de la santificación. Este extraordinario hombre fue y continúa siendo un maestro seguro de vida espiritual, rico de la sabiduría que viene de lo alto, entregado a todos en todo, en la caridad pastoral y buscando la unidad de los creyentes en la caridad y en la paz. Su recuerdo, en este día especial, se hace para nosotros invitación a trabajar en cada circunstancia de la vida en un dinamismo de caridad benigna, paciente y activa que impregne del espíritu cristiano nuestro día a día.

Hoy en la primera lectura (2 Sam 1,1-4.11-12.17.19.23-27) encontramos una muestra de esta caridad en David, cuando victorioso sobre los amalecitas, recibe la noticia de la muerte de Saúl y de su hijo Jonatán. A David le unía una relación especial con ambos. Con Saúl, de lealtad y fidelidad, por ser David su servidor y el mejor de sus guerreros. A Jonatán, de amistad sincera y amor fraternal. A pesar del trato desigual que Saúl tantas veces le ofreció, celoso por su valía en el campo de batalla, David nunca respondió con venganza ni aires de superioridad. Dando pruebas más que evidentes de esta caridad benigna. El relato descubre a un David capaz de mostrar los sentimientos que afloran a su corazón. A pesar de que Saúl intentó matarlo en múltiples ocasiones, David mostró claramente esa caridad benigna al no asesinarle cuando tuvo la oportunidad en la cueva, respetando a Saúl como el «ungido de Yahvé». La caridad benigna, a pesar de saberse pecador, acompañó a David al reconocer el error que cometió al haber pecado con Betsabé. Él aceptó la reprensión del profeta Natán y pidió con dolor la misericordia y compasión de Dios. Hay que recordar cómo también David demostró caridad y generosidad al entregar sus propios tesoros y motivar al pueblo para la construcción del Templo, reconociendo que todo proviene de Dios y debe darse voluntariamente.

Definitivamente la presencia de Dios y su palabra, pronunciada con autoridad, cura y sana a todos. La salvación llega a todos los ámbitos de la vida humana y a todas las personas sin discriminación. Pero hay quienes se resisten ante Dios, que ven en el Señor un enemigo de sus intereses. A Jesús lo consideraban loco, porque, actuaba desde esta caridad en la que todos cabían. ¿Cómo era posible que un maestro como él, escuchara hasta a los más ignorantes? ¿Cómo es que un gran predicador dejara que los niños se le acercaran si solamente quitan el tiempo? ¿Cómo puede ser que el infalible médico se acercara a atender incluso a los leprosos? Toda la actividad de Jesús estaba impregnada de una exquisita caridad benigna. Pidamos esta caridad para nosotros por intercesión de María, atenta en las bodas de Caná a lo que hacía falta sin buscar protagonismos. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 23 de enero de 2026

«Dios nos elige»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Mi propósito de compartir el «pequeño pensamiento» todos los días... ¡se desvaneció de nuevo! Me queda muy claro que Nuestra Madre la Beata María Inés Teresa decía: «La misión no es poesía, sino pura prosa prosaica» y, en el devenir de esta prosa, se me han llenado las horas y los días de un sinfín de situaciones y acontecimientos que estaban en la agenda de Dios, pero no en la mía. Por fin hoy, luego de una sorpresa más, de esas que nos hacen ver la gracia siempre actuante de Dios, puedo sentarme en la oficina y teclear a «vuela máquina» para compartir mi reflexión de hoy que se centra en el Evangelio en una cita que me cautivó desde el primer retiro que tuve en mi época de seminario hace muchos, muchos años y que condensa la teología de la vocación de seguimiento de Cristo: el Señor elige a los que quiere para estar con él y para enviarlos a predicar (Mc 3,13-19). 

Precisamente ayer, en la junta sacerdotal de decanato, estuvimos los padres hablando de esto y recordando los gloriosos tiempos de seminaristas según el seminario o la casa de formación en donde recibimos las primeras pinceladas que fueron abriendo nuestro corazón a la gracia de Dios que nos llamó para esta misión especial de un seguimiento particular del Señor prolongando su sacerdocio.  En primer lugar, hay que recordar que los padrecitos no se mandan hacer a voluntad en ningún lado... ¡Es Dios quien nos elige! De por sí a todos, hombres y mujeres nos eligió antes de la creación del mundo, destinándonos a ser santos (cf. Ef 1,4). El Padre misericordioso nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades. En el caso nuestro, como sacerdotes, nuestra vocación específica, es el «papel» que nos ha dado en la redención. 

Los que somos sacerdotes debemos tener siempre claro que, en primer lugar, el Señor nos estar con Él. Esta llamada implica un vivir constantemente en la presencia de Dios. Porque, sin estar con Él, sería imposible entender que también nos ha llamado a predicar. Este pasaje nos ayuda a entender la misión sacerdotal de quienes vivimos esta vocación de llevar a Cristo a los demás en la Eucaristía y en los sacramentos. Desde este pasaje evangélico podemos entender que el sacerdote tiene a Jesús —porque está con él— y lo lleva —porque ha sido enviado—. Yo, a la luz de esto que comparto, podemos considerar más atentamente la llamada vocacional de los sacerdotes y pedir, como lo hacía la Beata María Inés, por la santificación de los sacerdotes y seminaristas. Que la Virgen Madre cuide de cada sacerdote y este ella en el corazón de cada uno moldeando en él a su Hijo Jesús. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

domingo, 18 de enero de 2026

«ESTE ES EL CORDERO DE DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy

Desde el día 6 de enero que no he escrito. Sé que no es una «manda», pero es algo que me encanta, desde que en el kínder aprendí a plasmar las primeras letras heredando a mi padre, con las dos manos, hasta que llegó Jesusita en cuarto año —así se llamaba esa sensacional maestra chapada a la antigua por ser bastante mayor— y con el estilo tradicional de dar pequeños reglazos o borradorazos en los huesitos metacarpianos de la mano izquierda, logró que dejara de usar la mano izquierda para escribir y tuviera —no es por nada— una caligrafía que por años fue sensacional haciendo a un lado los garabatos de la mano izquierda. Hace poco, en casa de mamá, me encontré algunos de esos recuerdos ancestrales que tenía guardados en tarjetitas del día de la madre y demás y que, con su autorización, han pasado ya a mejor vida porque es imposible guardar cosas que, al no tener herederos, considero que no tiene ningún sentido seguir guardando. Lo que sí conservo —con la ilusa idea de pasarlos a computadora algún día— algunos trabajos de investigación de mi época de estudiante en el Seminario de Monterrey y en la Universidad Lateranense de Roma.

No he escrito porque me haya dado el llamado «bloqueo del escritor» o el conocido «agotamiento creativo», sino porque como estoy metido en un montón de cuestiones que me «amarran» y me alejan de la computadora desde temprana hora, me dejan exhausto al final del día incluso, para sentarme a compartir algo de la palabra de Dios, de la experiencia de mi relación con Él en la oración o de las anécdotas de mi vocación misionera de padrecito andariego. Pero bueno... ¡basta de explicaciones para excusarme! Vamos mejor a la liturgia de la palabra de este domingo que en Monterrey nos regaló un amanecer de dos grados centígrados y apenas a las nueve empezó a asomarse el señor Sol. La figura de San Juan Bautista en el Evangelio (Jn 1,29-34), nos invita con rotundidad a mirar y a seguir a Jesús, no buscando ni protagonismos ni falsas interpretaciones hacia nuestra persona. Juan nos recuerda que somos «precursores», «anunciadores», «facilitadores» y no protagonistas de la evangelización. Lo mismo fue San Pablo, Sóstenes —con acento en la o— (1 Cor 1,1-3) y muchos otros que, como en la antigüedad hizo Isaías (Is 43,3.5-6).

Juan nos recuerda hoy nuestra tarea de anunciar con alegría y con valentía que Jesús es «el cordero de Dios» y nos narra que él, con sus propios ojos, ha visto que el Espíritu Santo se posaba sobre él». Es decir, Juan nos dice que anuncia a Jesús «desde su propia experiencia» de encuentro con Dios. Ese encuentro lo llevó a preparar no solo su corazón al encuentro con Cristo, sino el corazón de los demás, por eso bautizaba con agua, todo un símbolo de regeneración y de pureza ritual para ir acercando la distancia entre el ser humano y Dios que parecía infinita. Jesús bautizará en el Espíritu Santo, haciéndonos participar de la misma vida de Dios, convirtiéndonos en verdaderos hijos e hijas en Él. Miremos nosotros también de frente a Jesús como Juan, sin vacilaciones, con arrojo, con un corazón sincero y bien dispuesto para escucharle. Que cada uno de nosotros pueda decir, como Juan: «He visto al Señor y quiero anunciarlo». Pidamos a la Virgen que interceda por nosotros para que el Espíritu Santo nos convierta en testigos humildes, valientes y fieles, que sepamos señalar a Cristo en un mundo que necesita encontrarse con Él. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

domingo, 4 de enero de 2026

«EPIFANÍA»... Un pequeño pensamiento para hoy

En la Solemnidad de la Epifanía celebramos la manifestación de Dios a todos los pueblos de la tierra, simbolizada en los «Magos de Oriente», que siguiendo una estrella encontraron al Salvador y cuyos nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar no están en la Biblia, pero vienen de una tradición cristiana medieval que se consolidó en el siglo VI en un mosaico de Rávena (Italia) para representar las tres edades y los tres continentes conocidos hasta aquel entonces (Europa, Asia, África) con sus diferentes culturas, siendo Melchor el anciano de Europa, Gaspar el joven de Asia y Baltasar el de tez oscura de África, cada uno ofreciendo un regalo simbólico a Jesús.

La palabra Epifanía es una palabra que proviene del griego y significa «manifestación o aparición». Y, en el cristianismo, es una de las fiestas más antiguas que poseemos. Los sabios, aunque paganos, representan las primicias de las naciones que acogen la buena noticia de la salvación de Dios. Ellos son prefiguración de cada uno de nosotros, de toda la humanidad que, a tientas o con certeza, busca a Dios. El evangelio de hoy (Mt 2,1-12) nos invita a descubrir, en estos hombres maravillosos, tres cosas que hacen que vivamos la fe de una manera comprometida para ir al encuentro de Jesús y llevar a los demás a su encuentro. 

Los Magos están atentos a los signos de los tiempos para buscar signos divinos que les lleven a Belén. La estrella, Jerusalén, el rey Herodes, el camino... todo ellos habla de esas tres cosas importantísimas: Primero la esperanza, esa que ellos tienen de llegar hasta esas tierras judías guiados por una estrella; segundo, la consistencia en su propósito, que les lleva a encontrarse con otro rey, como ellos, que les ayude a reforzar su propósito; en tercer lugar la creatividad, para llegar esos regalos significativos: oro —por tratarse de un rey—, mirra —para un verdadero hombre— e incienso —para un verdadero Dios. Esos regalos tendrán también un sentido práctico, fruto de esa creatividad: oro, que podrán vender luego para ir a Egipto; mirra, que perfumará el cuerpo del pequeño Niño y el lugar que le rodea e incienso, que, con el humo espantará los insectos del lugar. Al acercarnos a Belén y ver al Niño con José y María, pidamos eso: esperanza, consistencia y creatividad. ¡Bendecido domingo de la Epifanía del Señor!

Padre Alfredo.


sábado, 3 de enero de 2026

«La gracia de la Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


Jesús, el Hijo de Dios nacido en Belén, se ha hecho hermano nuestro desde la venturosa noche en que vino a nosotros. Es cierto que con más de dos mil años de aquel hecho, no podemos afirmar con certeza que la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo sea el 25 de diciembre, pero es seguro que vino al mundo entre finales del reinado de Herodes el Grande, rey de Judea, y la muerte de éste, acaecida en lo que hoy designamos el año 4 a.C. De hecho hay numerosos estudios que van poco a poco comprobando que el nacimiento del Mesías se dio en diciembre. Siglos después de la muerte de Jesucristo, diferentes fechas, que van desde abril hasta diciembre, se propusieron para celebrar su nacimiento. El 6 de enero, por ejemplo, se celebraba como el día de Navidad en diversos grupos de cristianos ortodoxos.

Lo importante es que toda la naturaleza humana ha sido incorporada al encuentro con Cristo en lo alto. Renacidos por el agua y del Espíritu, hemos entrado a formar parte de la familia de Dios y en Jesucristo somos todos hermanos hijos de un mismo Dios, como nos recuerda hoy la primera lectura (1 Jn 2,29-3,6). Fue a mediados del siglo IV, cuando en el Imperio Romano de Occidente se adoptó el 25 de diciembre como el día del nacimiento de Jesucristo; esta fecha confirmaba la que hacía dos siglos habían señalado los cristianos romanos como su más solemne celebración.

Al comenzar el año y dentro de este espíritu de la Navidad, agradecemos el nacimiento de nuestro Salvador, el Cordero de Dios entregado para nuestra redención. La gracia de la Navidad que hemos recibido debe agudizar nuestra fe para amar más a Jesús y no quedarnos en detalles de tiempo y de espacio, sino ir más allá para ver el amor tan grande que nos ha tenido el Padre para enviarlo hecho un pequeño Niño, porque en Él. Dios recorre la historia personal de cada uno y la historia comunitaria de todos. Cuando en estos días cantamos al Niño indefenso de Belén como a nuestro Salvador, estamos proclamando nuestra fe en la fuerza de Él como enviado del Padre y como Mesías Salvador. Pidamos a Jesús, nacido de María, que aumente en nosotros la fe en la fuerza de su amor y pidamos a Ella que nos ayude a reconocerle como lo hicieron aquellos humildes pastores que regresaron a sus aldeas con una vida transformada por un encuentro. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 2 de enero de 2026

«SEAMOS PRECURSORES DE JESÚS COMO JUAN»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy, apenas pasada la Navidad y todavía en el ambiente de este tiempo litúrgico que lleva su nombre, el evangelio de hoy (Jn 1,19-28) nos pone en la escena la figura de Juan el Bautista, «la voz que grita en el desierto» y que nos acompañé durante el andar del Adviento. Juan sigue siendo importante para nosotros en estos días de Navidad porque sin tener poder político, sin poseer algún título religioso especial que le haga hablar desde el templo o la sinagoga, su voz, ajena a intereses políticos ni religiosos, habla de lo que escucha el ser humano cuando profundiza en lo esencial, el seguimiento de Dios.

Juan es un profeta que ante la luz de la verdad no calla, sino que grita con fuerza y por eso es testigo preclaro de que esa verdad, ese reinado de Dios que estaba por venir, había que prepararlo. Juan lo hace desde el desierto, como otros grandes movimientos religiosos que han tenido sus inicios casi siempre en el desierto. Y es que allí están los hombres y las mujeres del silencio y la soledad los que, al ver la luz, pueden convertirse en maestros y guías de la humanidad. En el desierto no es posible «no escuchar». En medio de los márgenes del sufrimiento, la marginación, la soledad, el peligro… solo se escuchan las preguntas esenciales. En la soledad solo sobrevive quien se alimenta de lo interior.

Si queremos ser precursores de Jesús, en un mundo que parece no tener lugar para recibirle, tenemos que ir al desierto de nuestro corazón y desde allí ser cada uno de nosotros esa voz, fuerte o débil, que grita ante las injusticias, que expresa una y otra vez que no se pueden pisotear los derechos humanos, que la dignidad de cada persona es sagrada, que el bien común está por encima de lo privado y que Cristo tiene que nacer cada día en miles y millones de corazones y no solamente en Navidad. Miremos cómo María, en este tiempo de Navidad, lo coloca envuelto en pañales en el pesebre, para que esté al acceso de todos. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

«Precursores, como Juan»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El Evangelio de hoy, apenas pasada la Navidad y todavía en el ambiente de este tiempo litúrgico que lleva su nombre, el evangelio de hoy (Jn 1,19-28) nos pone en la escena la figura de Juan el Bautista, «la voz que grita en el desierto» y que nos acompañé durante el andar del Adviento. Juan sigue siendo importante para nosotros en estos días de Navidad porque sin tener poder político, sin poseer algún título religioso especial que le haga hablar desde el templo o la sinagoga, su voz, ajena a intereses políticos ni religiosos, habla de lo que escucha el ser humano cuando profundiza en lo esencial, el seguimiento de Dios.

Juan es un profeta que ante la luz de la verdad no calla, sino que grita con fuerza y por eso es testigo preclaro de que esa verdad, ese reinado de Dios que estaba por venir, había que prepararlo. Juan lo hace desde el desierto, como otros grandes movimientos religiosos que han tenido sus inicios casi siempre en el desierto. Y es que allí están los hombres y las mujeres del silencio y la soledad los que, al ver la luz, pueden convertirse en maestros y guías de la humanidad. En el desierto no es posible «no escuchar». En medio de los márgenes del sufrimiento, la marginación, la soledad, el peligro… solo se escuchan las preguntas esenciales. En la soledad solo sobrevive quien se alimenta de lo interior.

Si queremos ser precursores de Jesús, en un mundo que parece no tener lugar para recibirle, tenemos que ir al desierto de nuestro corazón y desde allí ser cada uno de nosotros esa voz, fuerte o débil, que grita ante las injusticias, que expresa una y otra vez que no se pueden pisotear los derechos humanos, que la dignidad de cada persona es sagrada, que el bien común está por encima de lo privado y que Cristo tiene que nacer cada día en miles y millones de corazones y no solamente en Navidad. Miremos cómo María, en este tiempo de Navidad, lo coloca envuelto en pañales en el pesebre, para que esté al acceso de todos. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 1 de enero de 2026

«EL PRIMER DÍA EL AÑO»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el corazón del hombre y de la mujer de fe, el primer día del año palpita el deseo de volver a empezar. En este día venturoso nos trazamos propósitos, metas, sueños y hacemos listas de buenas intenciones. La liturgia, en la primera lectura (Núm 6,22-27) nos invita a comenzar el año contando con la bendición de Dios, para recordarnos que, como creyentes, no nos puede bastar el haber celebrado unos cuantos días de fiesta con la buena intención y nuestras propias fuerzas para lograr sobrevivir el resto del año incipiente en medio de un mundo acorralado por el caos. La antigua bendición sacerdotal de este libro de los Números, abre nuestro calendario esperando un abrazo divino: «El Señor te bendiga y te proteja; el Señor haga brillar su rostro sobre ti; el Señor te conceda la paz.» Aquí no hay un simple deseo humano, sino una promesa que Dios mismo pronuncia sobre su pueblo que siempre anhela la paz. De hecho este día la Iglesia celebra la Jornada Mundial por la Paz.

El Salmo 66, con la que hemos dado respuesta la palabra de Dios, recoge esta bendición y la convierte en una oración que todos podemos hacer: «Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros.» El salmista, agradeciendo los favores que vienen de lo Alto, reconoce que la bendición no se agota en quien la recibe; que esta está destinada a mostrarse al mundo entero, a revelar la justicia y la salvación de Dios a todos. Es, en el primer día del año, una invitación a no olvidar nuestra condición de discípulos–misioneros de Cristo.

Por otra parte, recordando también que en este primer día del año se celebra la solemnidad de Santa María Madre de Dios, se nos muestra cómo esta bendición se hace carne en Cristo, «nacido de mujer, nacido bajo la ley» como dice san Pablo. Y en torno a esto, el Evangelio (Lc 2,16-21) presenta a los pastores —los pobres y descartados— como los primeros en recibir esa gracia y en convertirse en mensajeros de alabanza. Pidamos a María su intercesión para iniciar este año desde la certeza de que Dios nos mira, nos bendice, camina con nosotros y nos envía a vivir agradecidos y alegres, como los pastores, anunciando lo que hemos visto y oído. ¡Bendecido año 2026!

Padre Alfredo.