miércoles, 28 de enero de 2026

«El Divino sembrador»... Un pequeño pensamiento para hoy

Desde el pasado lunes me encuentro en «La Perla Tapatía», como se conoce a Guadalajara, la ciudad mexicana que hace años me albergó un tiempo cuando colaboraba en la pastoral vocacional de esta inmensa y querida Iglesia arquidiocesana, cuna de tantos santos. Motivos de salud principalmente, son los que me traen hasta esta hermosa capital de Jalisco varias veces al año. Aquí el doctor Gustavo Orozco Aviña «me resetea» el corazón. Generalmente llego un día en la tarde, me atiende el cardiólogo al día siguiente y al tercer día por la mañana regreso. Hoy pude tomarme el día de hoy —los miércoles es mi day off— para estar en la «Casa del Tesoro», el espacio sagrado que alberga a nuestras hermanas Misioneras Clarisas de juventud muy acumulada y/o que han sido visitadas por la enfermedad.

Empezamos el día con la Santa Misa, en la que reflexionamos sobre el Evangelio de hoy (Mc 4,1-20) que nos vino como anillo al dedo o como polen para las abejas. La parábola del sembrador se nos hizo como una escena totalmente actual. El Señor no deja de sembrar esa buena semilla y a nosotros, que sabemos que somos los de dentro, los que formamos parte de ese grupo elegido, como aquellos que se quedaron en la escena solos con Jesús, nos explica Él mismo la parábola. En esta «Casa del Tesoro, la «buena semilla» sigue cayendo en tierra buena. Satanás no pudo arrebatar la semilla antes de ser sembrada, porque no cayó en la vereda. El terreno en el que se depositó no fue un terreno pedregoso en el que no pudiera crear raíces, porque la vida de cada una de estas hermanitas, como la de la Beata María Inés está bien enraizada. Esa «buena semilla» cayó en un terreno en el que no hubo espacio para las espinas de las preocupaciones innecesarias y las seducciones y deseos de lo mundano. La explicación termina diciendo que «los que reciben la semilla en tierra buena, son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno». 

Aquí he venido a encontrar a poco más de 50 mujeres consagradas que han sido y siguen siendo tierra buena. En este lugar bendito uno oye hablar de Nigeria, de Indonesia, de Sierra Leona, de Irlanda, de Italia, de Japón y de muchas partes más en donde, a través de estas almas consagradas ahora entradas en años y coronadas algunas de ellas con la enfermedad —que siempre santifica— escucha uno cómo la parábola del sembrador se ha hecho vida no solamente en el corazón de cada una de ellas, sino de tantos misionados que a través de estas manos ya cansadas, de estos pies que ahora se dejan llevar en sillas de ruedas, de estos ojos que no pueden ver ya con claridad, se encontraron de lleno con el Divino Sembrador que les hizo dar fruto abundante. En la Capilla de esta casa, está la Guadalupana, no en lo alto, sino a una altura en done desde una silla de ruedas se pueda tocar, se pueda mirar para dejarse ver por ella y escuchar las consoladoras palabras: «¡Qué no estoy yo aquí, que soy tu Madre!». que Ella interceda para que los frutos alcancen para salvar muchas almas. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

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