La liturgia de la palabra de hoy, en la primera lectura (2 Tim 1,1-8), nos regala un fragmento de la segunda carta que escribió san Pablo a Timoteo porque estamos celebrando el día de los apóstoles Timoteo y Tito. En este bello escrito, Pablo muestra la cercanía de trato que tenía con él, el aprecio, el interés y el conocimiento de la religiosidad de su familia, que le había precedido en la fe cristiana. El Apóstol de las gentes le dice que, en su oración perseverante le tenía siempre presente, noche y día. Pero la tradición cristiana dice que Timoteo, se hacía acompañar de Tito para predicar, como había indicado el Señor a los apóstoles, «de dos en dos».
Un escrito muy antiguo, atribuido a Orígenes, habla del deseo de Dios de que muchas funciones o encargos divinos se hagan así, «de dos en dos». Orígenes anota: «Así como los doce apóstoles fueron nombrados de dos en dos, como en el catálogo de ellos demuestra San Mateo, así que sirviesen también de dos en dos a la palabra de Dios parece que es antiguo. Sacó el Señor a Israel de Egipto por medio de Moisés y Aarón (Ex 12); Josué y Caleb, unidos, apaciguaron al pueblo sublevado por doce exploradores (Núm 13;14). Por lo que se dice: “Un hermano ayudado por otro es como una ciudad fortificada” (Prov 18,19).» San Gregorio, por su parte, afirmó en uno de sus escritos: «Los mandó así, porque dos son los preceptos de la caridad: el amor de Dios y el del prójimo; y entre menos de dos no puede haber caridad. Esto nos indica que, quien no tiene caridad con sus hermanos, no debe tomar el cargo de predicador.»
Al contemplar la figura de estos dos discípulos y colaboradores de San Pablo, encontramos en ellos a un par de pastores muy comprometidos en la tarea de extender la fe y consolidarla en quienes ya la han recibido. San Pablo, que en ese momento recuerda a Timoteo algo importante: la necesidad que tiene de mantener vivo el don que ha recibido de Dios, es decir su ordenación como obispo. En concreto, conforme a su experiencia le exhorta a la valentía, a la fortaleza, a la caridad activa y a ejercer la virtud de la templanza. Al mismo tiempo lo exhorta para que no se deje llevar por la cobardía, la timidez o la vergüenza al anunciar la Buena Nueva. Tanto a Timoteo como a Tito, me los imagino como un par de hombres consagrados «¡entrones!», dispuestos a cambiar el mundo. Tú y yo, cada uno en su vocación específica, hemos de ser así. ¡Que la Virgen, con su determinante «¡Hagan lo que Él les diga!» nos ayude a responder al llamado que el Señor nos ha hecho.
Padre Alfredo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario