En la Solemnidad de la Epifanía celebramos la manifestación de Dios a todos los pueblos de la tierra, simbolizada en los «Magos de Oriente», que siguiendo una estrella encontraron al Salvador y cuyos nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar no están en la Biblia, pero vienen de una tradición cristiana medieval que se consolidó en el siglo VI en un mosaico de Rávena (Italia) para representar las tres edades y los tres continentes conocidos hasta aquel entonces (Europa, Asia, África) con sus diferentes culturas, siendo Melchor el anciano de Europa, Gaspar el joven de Asia y Baltasar el de tez oscura de África, cada uno ofreciendo un regalo simbólico a Jesús.
La palabra Epifanía es una palabra que proviene del griego y significa «manifestación o aparición». Y, en el cristianismo, es una de las fiestas más antiguas que poseemos. Los sabios, aunque paganos, representan las primicias de las naciones que acogen la buena noticia de la salvación de Dios. Ellos son prefiguración de cada uno de nosotros, de toda la humanidad que, a tientas o con certeza, busca a Dios. El evangelio de hoy (Mt 2,1-12) nos invita a descubrir, en estos hombres maravillosos, tres cosas que hacen que vivamos la fe de una manera comprometida para ir al encuentro de Jesús y llevar a los demás a su encuentro.
Los Magos están atentos a los signos de los tiempos para buscar signos divinos que les lleven a Belén. La estrella, Jerusalén, el rey Herodes, el camino... todo ellos habla de esas tres cosas importantísimas: Primero la esperanza, esa que ellos tienen de llegar hasta esas tierras judías guiados por una estrella; segundo, la consistencia en su propósito, que les lleva a encontrarse con otro rey, como ellos, que les ayude a reforzar su propósito; en tercer lugar la creatividad, para llegar esos regalos significativos: oro —por tratarse de un rey—, mirra —para un verdadero hombre— e incienso —para un verdadero Dios. Esos regalos tendrán también un sentido práctico, fruto de esa creatividad: oro, que podrán vender luego para ir a Egipto; mirra, que perfumará el cuerpo del pequeño Niño y el lugar que le rodea e incienso, que, con el humo espantará los insectos del lugar. Al acercarnos a Belén y ver al Niño con José y María, pidamos eso: esperanza, consistencia y creatividad. ¡Bendecido domingo de la Epifanía del Señor!
Padre Alfredo.
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