Mi propósito de compartir el «pequeño pensamiento» todos los días... ¡se desvaneció de nuevo! Me queda muy claro que Nuestra Madre la Beata María Inés Teresa decía: «La misión no es poesía, sino pura prosa prosaica» y, en el devenir de esta prosa, se me han llenado las horas y los días de un sinfín de situaciones y acontecimientos que estaban en la agenda de Dios, pero no en la mía. Por fin hoy, luego de una sorpresa más, de esas que nos hacen ver la gracia siempre actuante de Dios, puedo sentarme en la oficina y teclear a «vuela máquina» para compartir mi reflexión de hoy que se centra en el Evangelio en una cita que me cautivó desde el primer retiro que tuve en mi época de seminario hace muchos, muchos años y que condensa la teología de la vocación de seguimiento de Cristo: el Señor elige a los que quiere para estar con él y para enviarlos a predicar (Mc 3,13-19).
Precisamente ayer, en la junta sacerdotal de decanato, estuvimos los padres hablando de esto y recordando los gloriosos tiempos de seminaristas según el seminario o la casa de formación en donde recibimos las primeras pinceladas que fueron abriendo nuestro corazón a la gracia de Dios que nos llamó para esta misión especial de un seguimiento particular del Señor prolongando su sacerdocio. En primer lugar, hay que recordar que los padrecitos no se mandan hacer a voluntad en ningún lado... ¡Es Dios quien nos elige! De por sí a todos, hombres y mujeres nos eligió antes de la creación del mundo, destinándonos a ser santos (cf. Ef 1,4). El Padre misericordioso nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades. En el caso nuestro, como sacerdotes, nuestra vocación específica, es el «papel» que nos ha dado en la redención.
Los que somos sacerdotes debemos tener siempre claro que, en primer lugar, el Señor nos estar con Él. Esta llamada implica un vivir constantemente en la presencia de Dios. Porque, sin estar con Él, sería imposible entender que también nos ha llamado a predicar. Este pasaje nos ayuda a entender la misión sacerdotal de quienes vivimos esta vocación de llevar a Cristo a los demás en la Eucaristía y en los sacramentos. Desde este pasaje evangélico podemos entender que el sacerdote tiene a Jesús —porque está con él— y lo lleva —porque ha sido enviado—. Yo, a la luz de esto que comparto, podemos considerar más atentamente la llamada vocacional de los sacerdotes y pedir, como lo hacía la Beata María Inés, por la santificación de los sacerdotes y seminaristas. Que la Virgen Madre cuide de cada sacerdote y este ella en el corazón de cada uno moldeando en él a su Hijo Jesús. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
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