jueves, 29 de enero de 2026

«Ver al Otro desde la luz de Cristo en nuestro corazón»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Según la tradición judía, dos rabinos debatían la pregunta: ¿Como sabemos cuando termina la noche y comienza un nuevo día? El primer rabino respondió: «La noche termina y comienza un nuevo día en el momento en el que puedes distinguir la diferencia entre un hilo azul y un hilo púrpura en el talit» —el talit es el manto de colores para orar en las mañanas—. El segundo rabino dijo: «La noche termina y el día comienza en el momento en que puedes reconocer la cara de tu hermano. Esto me viene a la mente por el texto evangélico que hoy nos propone San Marcos en la perícopa de este jueves tomada del capítulo 4 en los versículos del 21 al 25. En este texto se habla de la vela, que no debe ser puesta debajo de una olla o debajo de la cama.

Y es que esa vela, me hace ir a la presencia de Cristo en nuestro corazón, que, con la luz que irradia, nos hace poder ver a nuestros hermanos con los ojos del corazón, que son, según lo sabemos, los ojos de la fe. A Cristo, que es el mismo Dios, la «Luz indeficiente», lo hacemos presente cada año en un símbolo, en una gran vela que es el Cirio Pascual que encendemos la noche de la Vigilia Pascual, cuando toda la comunidad de hermanos está reunida abriendo el corazón para recibir a los nuevos bautizados. Cuando celebramos la Santa Misa, encendemos por lo menos dos velas junto al altar o sobre él, que incluso llegan a ser siete cuando preside un obispo, recordando los siete candelabros del Apocalipsis que son encendidos alrededor de Cristo. Cuando oramos por un enfermo o recibimos enfermos la Eucaristía en nuestra habitación, encendemos también un cirio, una luz que nos recuerda que el Señor no puede permanecer oculto, sino que, a través de nosotros, de lo que somos y hacemos, ha de alumbrar en su nombre a los hermanos.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, en el versículo 3 del capítulo 3 nos dice que «nuestra vida está escondida en Cristo». Es que, si nosotros, desde nuestra pequeñez, nos escondemos en la luz de Cristo, esa luz que brille en lo alto para alumbrar será la de él y entonces podremos decir como afirma el mismo Apóstol de las Gentes en la carta a los Gálatas en el capítulo 2, versículo 19: «Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí». ¡Que maravilla poder ver al hermano desde la luz de Cristo en nuestro corazón! Un pequeño servicio, un momento de escucha, un favor regalado a alguien... nos hace reconocer, en la casa del hermano, al mismo Cristo. Que María nos ayude para que esa vela, en el corazón, no se apague ni se quede en lo escondido. Todo narcisismo apagará la mecha. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

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