domingo, 18 de enero de 2026

«ESTE ES EL CORDERO DE DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy

Desde el día 6 de enero que no he escrito. Sé que no es una «manda», pero es algo que me encanta, desde que en el kínder aprendí a plasmar las primeras letras heredando a mi padre, con las dos manos, hasta que llegó Jesusita en cuarto año —así se llamaba esa sensacional maestra chapada a la antigua por ser bastante mayor— y con el estilo tradicional de dar pequeños reglazos o borradorazos en los huesitos metacarpianos de la mano izquierda, logró que dejara de usar la mano izquierda para escribir y tuviera —no es por nada— una caligrafía que por años fue sensacional haciendo a un lado los garabatos de la mano izquierda. Hace poco, en casa de mamá, me encontré algunos de esos recuerdos ancestrales que tenía guardados en tarjetitas del día de la madre y demás y que, con su autorización, han pasado ya a mejor vida porque es imposible guardar cosas que, al no tener herederos, considero que no tiene ningún sentido seguir guardando. Lo que sí conservo —con la ilusa idea de pasarlos a computadora algún día— algunos trabajos de investigación de mi época de estudiante en el Seminario de Monterrey y en la Universidad Lateranense de Roma.

No he escrito porque me haya dado el llamado «bloqueo del escritor» o el conocido «agotamiento creativo», sino porque como estoy metido en un montón de cuestiones que me «amarran» y me alejan de la computadora desde temprana hora, me dejan exhausto al final del día incluso, para sentarme a compartir algo de la palabra de Dios, de la experiencia de mi relación con Él en la oración o de las anécdotas de mi vocación misionera de padrecito andariego. Pero bueno... ¡basta de explicaciones para excusarme! Vamos mejor a la liturgia de la palabra de este domingo que en Monterrey nos regaló un amanecer de dos grados centígrados y apenas a las nueve empezó a asomarse el señor Sol. La figura de San Juan Bautista en el Evangelio (Jn 1,29-34), nos invita con rotundidad a mirar y a seguir a Jesús, no buscando ni protagonismos ni falsas interpretaciones hacia nuestra persona. Juan nos recuerda que somos «precursores», «anunciadores», «facilitadores» y no protagonistas de la evangelización. Lo mismo fue San Pablo, Sóstenes —con acento en la o— (1 Cor 1,1-3) y muchos otros que, como en la antigüedad hizo Isaías (Is 43,3.5-6).

Juan nos recuerda hoy nuestra tarea de anunciar con alegría y con valentía que Jesús es «el cordero de Dios» y nos narra que él, con sus propios ojos, ha visto que el Espíritu Santo se posaba sobre él». Es decir, Juan nos dice que anuncia a Jesús «desde su propia experiencia» de encuentro con Dios. Ese encuentro lo llevó a preparar no solo su corazón al encuentro con Cristo, sino el corazón de los demás, por eso bautizaba con agua, todo un símbolo de regeneración y de pureza ritual para ir acercando la distancia entre el ser humano y Dios que parecía infinita. Jesús bautizará en el Espíritu Santo, haciéndonos participar de la misma vida de Dios, convirtiéndonos en verdaderos hijos e hijas en Él. Miremos nosotros también de frente a Jesús como Juan, sin vacilaciones, con arrojo, con un corazón sincero y bien dispuesto para escucharle. Que cada uno de nosotros pueda decir, como Juan: «He visto al Señor y quiero anunciarlo». Pidamos a la Virgen que interceda por nosotros para que el Espíritu Santo nos convierta en testigos humildes, valientes y fieles, que sepamos señalar a Cristo en un mundo que necesita encontrarse con Él. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

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