sábado, 24 de junio de 2017

«EL NACIMIENTO DE JUAN BAUTISTA»... El precursor y la beata María Inés.


Todo creyente sabe del hecho de que san Juan Bautista fue un niño que nació de la infecundidad de Isabel, de la mudez de Zacarías y de la ancianidad de los dos (cf. Lc 1,7)., pero que vino al mundo con una misión especial de ser la «voz» del Mesías anunciado (Lc 3,4). Juan viene a ser un enviado del todo similar al enviador, es decir, Juan es el misionero del Misionero del Padre. Su actuar público abre el Evangelio con un bautismo de conversión administrado a las gentes, al que aún Jesús se somete y después del cual Jesús comenzará a predicar iniciando su ministerio con las mismas palabras del Bautista: «El reino de Dios está cerca» (Mc 1,15). Este reino es el mismo del que habla la beata María Inés Teresa cuando, tomando las palabras de San Pablo hace de su vida un himno para que todos conozcan y amen a Dios: «Urge que Él reine» (1 Cor 15,25).

Si Juan el Bautista ha sido el precursor de Jesús al inicio de su reino, cada uno de nosotros tiene la posibilidad de ser un «Juan el Bautista» en el anuncio y en el testimonio de la llegada de este reino, porque cada uno de nosotros, como el Bautista y como Madre Inés, ha sido elegido por el Señor desde el seno materno. Hablando del nacimiento de Juan la Escritura nos dice: «Será grande delante del Señor... y estará lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre.

Cada vocación —lo sabemos bastante bien— tiene siempre dos protagonistas, Dios, que es quien elige y envía, y el hombre, que acoge la llamada y dona su voluntad. Si por cualquier motivo —no imputable a Dios— se bloquea la gracia, es fácil que el hombre se repliegue en su egoísmo y en su mezquindad y no responda, dejando caer la semilla de la llamada en el vacío. La conclusión es que toda vida puede verse realizada no cuando se hacen carreras humanas con el solo fin de escalar logros culturales, sociales, económicos, deportivos, artísticos o de otra clase, sino en cualquier condición, ya sea de luz como en los triunfos o en los momentos de aparente oscuridad tocados por el fracaso o la enfermedad. Madre Inés, como Juan el Bautista, captó claramente la tarea que Dios les ha confiado a su corazón como misionera sin fronteras

Juan Bautista es uno de los santos a quien están dedicados muchísimos y grandes templos en el mundo, Madre Inés, por su parte, es una mujer poco conocida aún pero ya ha sido beatificada, porque lo importante en la economía divina, no es la popularidad, sino el deseo de ser santos y el empeño en anunciar el reino, como ella decía: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero».

Dios llama a cada uno por su nombre, y Dios conoce a cada uno desde el seno materno (Jer 1,5). Sus ojos nos veían incluso desde antes de formarnos en el vientre de nuestra madre. Como decía la beata: «Soy un pensamiento de Dios, un latido de su corazón». La ciencia nos muestra que, desde el momento de la concepción, ya hay vida en el embrión, un proyecto de un hijo de Dios que se comienza a formar, un proyecto de amor que tiene como fin, la santidad. La misión de San Juan Bautista, como la de Madre Inés y la de cada uno, ha sido trazada desde antes de venir a este mundo: «Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos» (Lc 1,76).

En el anuncio del nacimiento de Juan, el ángel le dice a Zacarías: «No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan. Él será para ti un motivo de gozo y de alegría» (Lc 1,13-14). Ese motivo de alegría, por el nacimiento de un hombre santo, de una mujer santa, se vive no solo en aquel momento del nacimiento, sino durante toda la vida del que ha respondido a la llamada de Dios y, a distancia de tantos años, la Iglesia sigue hablando de Juan el Bautista, de María y José, de Agustín de Hipona, de Teresita del Niño Jesús, de Ignacio de Loyola, del padre Pro, de María Inés Teresa y de muchos otros, que, respondiendo al llamado del Señor, han hecho de su vida un «sí» incondicional al llamado que Dios les ha hecho con la misión que les ha encargado realizar. Los siglos pasan, pero el testimonio de los santos perdura.

No estamos en esta tierra por casualidad. Como afirma el Papa Emérito Benedicto XVI: «No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios». Cada solemnidad, cada fiesta, cada memoria de los santos y de los beatos alrededor del mundo es una fiesta de la llamada a la santidad y a cumplir con la tarea que Dios nos ha confiado. « Escuchadme islas, y atiendan, pueblos lejanos —dice el profeta Isaías—,  el Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre mencionó mi nombre» (Is 49,1). Así como está descrito en el libro del Génesis, el primero de la Biblia, todo aquel que es creado por Dios recibe una identidad y a la vez una dignidad única con el atributo de un nombre (cf. Gn 5,2). Creándonos, Dios pronuncia nuestro nombre, llamándonos a la existencia y confiriéndonos nuestra identidad, única e irrepetible para siempre, una elección que lleva una tarea que es conquista a la vez: «ser santos».

En el Evangelio encontramos una síntesis de esta elección que se origina en Dios. «La mano del Señor estará sobre él» (Lc 1,79). Aquello que de modo singular vale para Juan el Bautista, es válido también para la beata María Inés y para cada uno de nosotros, pero lo alcanzaremos si nos entregamos al servicio de nuestros hermanos buscando ser el último. El Señor declara en Mateo 11,11, hablando de Juan el Bautista lo siguiente: «El más pequeño en el reino de los cielos, es mayor que Él.

Juan es fruto de la misericordia de Dios, nace, como mencioné al inicio de esta reflexión, de padres ancianos, de Isabel, que era estéril, de Zacarías, que poco a poco, en la reflexión ante lo humanamente imposible, reconoce y asimila el proyecto de Dios. La beata María Inés nace en una familia unida en la fe; los dos como Cristo, con una familia, hijo de María y José.

En la familia, cada hijo es siempre un don que ha llegado por la infinita misericordia de Dios, un don que va más allá de la mera posibilidad física. Cada uno de nosotros es un sujeto del todo singular e irrepetible, como una palabra que pronuncia Dios. Una palabra de Dios, por eso mismo una palabra portadora de un significado que realiza un plan de salvación en esta vida buscando inscribir el nombre en el cielo por el diseño eterno y amoroso del Padre.

Cada hijo del Reino de Dios, a semejanza del Bautista y de Madre Inés, está llamado a dar voz a la «Palabra» que es Cristo. Es por eso que de alguna manera, todos los bautizados, en este sentido, somos «precursores» para los no creyentes o los que han perdido o rebajado su fe. El cristiano es un continuo signo que se repite a sí mismo: no soy yo el que importa, es él: «Éste es el Cordero de Dios... ¡Es el Señor! (cf. Jn 1,29;21,7).

Cada proyecto que Dios tiene sobre nosotros, es único e irrepetible, por eso la vocación es también única e irrepetible, el plan amoroso de Dios no se repite por igual en cada uno

No olvidemos que la Virgen María, Madre del Redentor, tiene un vientre materno en el que todos cabemos junto a su Hijo Jesús. A ella recurría siempre Madre Inés diciendo: «Vamos María». Ella, la Madre del Señor, que llevó a su hijo Jesús al encuentro de Juan, lo llevará a cada uno de nosotros como lo llevó a Madre Inés... ¡Felicidades a quienes llevan el nombre de Juan o Juana!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

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