lunes, 30 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL MARTES SANTO 2026.

El pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer, describe la última cena de Pascua de Jesús con sus discípulos, un relato que presenta por un lado la traición de Judas y por otro la negación de Pedro. Estos dos hombres parecen grandes amigos de Jesús; Pedro era uno de los tres que Jesús siempre tomaba en cuenta en los momentos importantes y Judas era «el encargado de la bolsa». Pero las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. Ciertamente, de entrada, no podemos justificar ni a uno ni a otro... ¡No estábamos allí! Pero los pasajes evangélicos que vendrán a continuación nos hablarán del arrepentimiento de Pedro que lloró amargamente luego de darse cuenta de lo que hizo y de la actitud de Judas, cuyo garrafal error no fue sencillamente haber entregado a Jesús, sino no ver el amor, que de todas formas ahí estaba y ahí siguió siempre, porque el amor de Dios que se encarna en Jesús es permanente e irrevocable.

Seguro Judas no buscaba a Jesús como Dios, Judas buscaba prestigio, éxito, publicidad en el mundo... ¡Qué privilegio ser de los doce y asegurarse un futuro! Pero ese futuro no llegaba, Jesús dejaba que los suyos gastaran el dinero como su amiga María en perfumes caros. En Judas no había trascendencia, no había sentido. El sociólogo y filósofo alemán Hartmut Rosa, figura clave de la «nueva teoría crítica"» y conocido por analizar la «aceleración social», dice que una de las razones de nuestra hambruna temporal, es que damos mayor valor a la vida en la tierra, que a la vida después de la muerte. Si no creemos en esta, tenemos que vivir aquí y ahora, y el tiempo se acaba.(1)

La única manera de prevenir el buscar quedarnos instalados en este mundo —como parece ser que Judas quería— es reconocer nuestras faltas y llorar como Pedro para sumergirse en el amor de Jesús Preparemos nuestros corazones junto a María santísima, que en silencio y siempre fiel, seguía los últimos momentos de su Hijo Jesús, para entrar con él en este Triduo Pascual, durante el cual recordaremos todo lo que Jesús tuvo que sufrir por nosotros para que nos quedara claro lo que es el Amor. Con razón a la Virgen se le llama: «Madre del Amor Hermoso».

(1) Tania Sánchez, “Filosofía para todos los días”, Ed. Paidós, Ciudad de México 2025, pp. 86-87.

Padre Alfredo.
Martes Santo 2026.

HOMILÍA DEL LUNES SANTO 2026

La historia de la unción en Betania va mucho más allá de un simple recuerdo. Hemos de ver en el gesto de María algo permanente, simbólico y modélico, pues parece adelantarse al momento de querer ir a embalsamar el cuerpo inerte de Cristo luego de que muera.

Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo» (2 Cor 2,15). Cristo se irá a la derecha del Padre, pero nosotros, a pesar de nuestra miseria, de nuestra pequeñez y a veces de nuestra aparente ineptitud, le haremos presente. En nuestro testimonio de vida su presencia se esparcirá como el perfume de María, por toda nuestra casa común que es el mundo.

Junto a María, en esta escena conmovedora, se encuentra Judas, que se convertirá en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad, el materialismo, el costo de aquella fina loción. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de atender, de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel. A pesar de estar junto al Maestro se había entrenado muy poco para prestarle atención. A veces puede haber gestos que parecen hablar de atención, pero no lo son. 

Qué diferente del gesto de Judas el de María, que gastó tal vez sus ahorros en un perfume caro para Jesús. La destacada filósofa, mística y activista francesa Simone Weil, tiene un libro que se llama «A la espera de Dios». En él dice que a veces pensamos que una persona pone atención porque frunce las cejas, contiene la respiración o contrae los músculos, pero en el fondo no prestan realmente atención, solo hacen eso, «contraen los músculos».(1)  Podemos pensar en el rostro de María que tal vez levantó las cejas desde el suelo para ver a Jesús en señal de cariño y pensemos también en el rostro de Judas que tal vez solamente frunció el ceño como signo de desilusión sin atender a nada. 

Dejémonos mirar por la Virgen, ella ve si fruncimos el ceño como Judas o su levantamos la mirada desde abajo para ver también nosotros a Jesús. 

Padre Alfredo.
Lunes Santo 2026.
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Simone Weil, “A la espera de Dios”, (1942) [ePub], p. 50. El texto literal dice: «Muy a menudo se confunde la atención con una especie de esfuerzo muscular. Si se dice a los alumnos: “Ahora vais a prestar atención”, se les ve fruncir las cejas, retener la respiración, contraer los músculos. Si pasado un par de minutos se les pregunta a qué están prestando atención, no serán capaces de responder. No han prestado atención a nada. Simplemente, no han prestado atención, han contraído los músculos.»

domingo, 29 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS 2026

Queridos hermanos:

Hemos iniciado nuestra celebración en la plaza unidos a la muchedumbre de discípulos que acompañaron al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, nosotros también ensalzamos con nuestras palmas al Señor. En esta procesión recordamos que Cristo es nuestro Rey: profesamos su realeza fundada en su misericordia. Celebrándolo a él, nos llenamos de esperanza como peregrinos en esta tierra que juntos, en sinodalidad, atravesamos hasta nuestra eterna que es la Jerusalén celestial. 

Este Domingo nos abre las puertas de la Semana Santa que envuelve los días en los que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la Cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos ofreciendo a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumado a ellos una multitud creciente de peregrinos como recordamos al inicio de nuestra celebración.

La liturgia de la palabra de este día, une a la procesión de los Ramos la lectura de la pasión de Nuestro Señor en el Evangelio, este año tomada de san Mateo que recalca la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como el cumplimiento de las profecías mesiánicas, destacando su naturaleza humilde y su identidad como rey servidor antes de entrar en su pasión.

El crítico literario alemán más importante de la primera mitad del siglo XX, el filósofo Walter Benjamin, dice en su libro El Narrador, que «cuanto más olvidado de sí mismo está el que escucha, tanto más profundamente se imprime en él lo escuchado» (1).  Yo espero que hayamos escuchado con atención para que se imprima en nuestros corazones el sello de la Pasión que nos lleve a tomar la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, haciendo de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de nuestra vida de cristianos. 

Pidámosle a la Virgen, la Madre que escuchaba y guardaba las cosas en el corazón, que nos ayude a abrir nuestros corazones para que, siguiendo a su Hijo en su Pasión, nos convirtamos en auténticos peregrinos que no solo aplaudan a Cristo como la muchedumbre que luego lo dejó, sino que caminemos a su lado en todo tiempo y lugar.

Padre Alfredo,
Domingo de Ramos 2026. 
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1.   Walter Benjamín, “El Narrador”, Ed. LibroDOT.com [PDF], p. 6.

domingo, 8 de marzo de 2026

TERCER DOMINGO DE CUARESMA Y EL MENSAJE DE CUARESMA DEL PAPA LEÓN XIV

Preparando la homilía para este domingo, me vino la idea —inspiración, confío— de unir algunos fragmentos del mensaje de Cuaresma del papa León XIV con la liturgia de la palabra de la misa. El papa inicia su mensaje recordándonos que «todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe —dice el papa— un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, me vino muy bien este domingo, con la lectura del Evangelio de la Samaritana como una ocasión más que propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

La primera lectura de este domingo muestra cómo el pueblo se enfrenta a Moisés a consecuencia de la sed que padecen en el desierto. Su reacción revela que prefieren la esclavitud con el estómago lleno antes que la libertad envuelta en incertidumbre. Esta manera de reaccionar no deja de ser un reflejo del miedo que siempre trae consigo la vida cuando el horizonte se muestra especialmente árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde se experimenta, como el pueblo de Israel, que Dios no mira desde la distancia, sino que se acerca y nos escucha.

Dios mismo, en este bellísimo libro del Éxodo, —nos recuerda el papa— «se había revelado a Moisés desde la zarza ardiente, muestra de que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor” (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud», aunque estos hijos rebeldes, como mucha de la gente que nos rodea, no quiera escuchar.

Dios se manifiesta y precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible, como una roca. Pero Dios no es un mago que elimina el obstáculo, Él, escuchando nuestro clamor,  es una fuente que surge desde dentro mismo de la situación y aún de entre la roca . Porque Dios es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.

En la segunda lectura de este domingo, san Pablo quiere trasmitir qué efecto produce en el ser humano el amor de Dios. Y para llevar a cabo su propósito, recurre a lo que Dios mismo ha realizado a través de Jesucristo. El Apóstol hace ver que toda la iniciativa  parte de Él; es decir, está en las manos de Dios. Y aunque a priori cueste un poco entenderlo desde nuestros cálculos mentales, la muerte de Jesús en la cruz es la máxima expresión visible de ese amor que Dios siente —sin hacer excepción alguna— por toda la humanidad. Por ello, lo ocurrido en la cruz se convierte en la acción indiscutible de nuestra paz con Él.

En Cuaresma, de una manera muy particular, hemos de avanzar contemplando en la Cruz nuestra comunión con el Señor, porque la cruz de Cristo nos hace descubrir el valor del sacrificio, del ayuno, de la penitencia. El papa León, en su reflexión, nos recuerda también que el ayuno no es solamente un dejar de comer, sino que debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana», porque eso nos hace no querer hacer a un lado la cruz. Bien dice la Venerable Madeleine Delbrêl que «para adquirir la nacionalidad cristiana, hay que haber sufrido al menos un poquito» (16 de octubre de 1954).

El Santo Padre nos invita a vivir una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada: «La de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo». El Papa dice: «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».

Finalmente voy al Evangelio, en este hermosísimo pasaje de la Samaritana que ocurre junto a un pozo, cosa que no es ninguna casualidad; y porque se trata, nada más y nada menos, que del pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. El papa nos recuerda que en la Escritura, se subraya el ayuno, unido a la Ley. Por ejemplo —afirma el papa—, «cuando se narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, disponiéndose a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Además, el hecho de que la conversación gire en torno al agua nos pone sobre la pista de que nos encontramos ante un texto —y no hay que olvidar que estamos en el Evangelio de Juan— que busca transmitirnos un mensaje de nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.

Así, el Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, nos indica que este comenzar de nuevo se hace realidad en la samaritana: esa mujer cuya vida estuvo marcada por incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su relación con Dios como inevitable resultado de tantos desencantos. Su existencia y su vivencia de lo religioso estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, o dicho de otra manera, en un caudal estancado que ya no servía siquiera para refrescar en el bochorno más pesado.

Sin embargo, precisamente desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y destantea a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual. Así se desarrolla un diálogo maravilloso entre Jesús y esta mujer. De hecho el Santo Padre enfatiza, en este mensaje de Cuaresma, que la conversión a la que estamos llamados no se alcanza solos, sino en una invitación «a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación».

Por ello, esta mujer no necesitará el cántaro. Porque una vez que ha comprendido que todo lo que llevaba buscando durante tanto tiempo se encuentra en su interior, ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso dejar atrás. Fray Luis de Granada, en uno de sus sermones de Cuaresma, nos dice que el hecho de dejar el cántaro supone «la valentía de salir corriendo a predicar la gloria de Cristo el Señor». Y es que el cántaro simboliza todo aquello que nos ata a una religiosidad vacía e idólatra, que nos aleja del Dios vivo que es capaz de transformarlo todo. Recuerdo, viendo esto de «una religiosidad vacía e idólatra» que dice el Papa, cómo monseñor Santiago Cavazos, cuando era yo un muchacho ya decido a ingresar al seminario nos decía: «La Iglesia, si sigue así, enfriándose lentamente, se va a convertir en una Iglesia de “cumplimiento”, y la palabra cumplimiento tiene dos partes: “cumplo” y “¡miento!”, así irá viniendo a menos. Nosotros tendremos mucho qué hacer». 

Que durante este tiempo de Cuaresma seamos mendicantes de esa «agua viva» que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy. Que tengamos el coraje de dejar nuestros cántaros a un lado y nos dejemos embriagar con la frescura de este mensaje que el Papa termina así: «Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.»

¡Que la Virgen, siempre dócil a cada llamada del Señor, nos ayude!

Padre Alfredo.

martes, 24 de febrero de 2026

DISCURSO EN EL LVII ANIVERSARIO DEL SINDICATO DE LOS TRABAJADORES DEL MUNICIPIO DE SAN NICOLÁS DE LOS GARZA, N.L..


Distinguidas autoridades, muy estimados miembros del sindicato:

El trabajo es una parte necesaria de la vida en la tierra que brinda el medio de proveer para toda familia. Dios requiere que los padres y las madres de familia provean para sus hijos. El padre y la madre, como compañeros iguales, en una sociedad en constante desarrollo, están obligados a ayudarse el uno al otro.  

El privilegio de trabajar es un don, el poder trabajar es una bendición y el amor por el trabajo es un reflejo de la gratitud que debe estar grabada en el corazón. Desde el inicio de la creación, según narra el libro del Génesis, el Señor le mandó a Adán que cultivara la tierra, ejerciera dominio sobre las bestias del campo y se ganara el pan con el sudor de la frente.  

Jesús, en el Evangelio, es conocido como el hijo del carpintero y él mismo aparece como carpintero —«tekton» en griego, que se traduce también como obrero—. De esta manera se entiende que él pasó la mayor parte de su vida en la tierra como artesano en Nazaret, lo que convierte al trabajo en una actividad bendecida y un medio de santificación. 

Es evidente que Cristo no pudo haber trabajado solo, junto a él y a José su padre en la tierra, debe haber habido otras personas que, como ellos, desempeñaban un trabajo determinado que les llevaba a asociarse libremente por razón de sus ocupaciones, a fin de que se les garantizaran todos los bienes a los que el trabajo debe dirigirse. La unidad, la solidaridad, la asociación, es uno de los derechos fundamentales de la persona, del derecho del hombre en cuanto sujeto propio del trabajo que «dominando» la tierra —por usar palabras bíblicas— cabalmente por medio del trabajo; quiere al mismo tiempo que en el ambiente de trabajo y en la relación con éste, la vida humana en la tierra «sea verdaderamente humana» y «cada vez más humana» como afirmaba el recordado San Juan Pablo II. 

Los sindicatos, ustedes lo saben bien, tienen una historia bastante larga. Pienso que cada uno de ustedes tienen claros los deberes que comporta ser miembro de un sindicato y que son de una enorme importancia. El sindicato les ayuda a velar por la necesidad de que queden plenamente garantizadas la dignidad y eficiencia del trabajo humano a través del respeto de todos los derechos personales, familiares y sociales de cada hombre, el cual es agente de trabajo. En este sentido dichos deberes tienen un significado fundamental para la vida de toda la sociedad y en concreto, en este caso, de nuestro municipio para el bien común de todas las familias.  

En este encuentro con ustedes, que en los últimos años el Buen Dios me ha permitido tener para expresar el acompañamiento que la fe quiere dar a cada uno y a cada una, deseo además de saludarlos, invitarlos a orar juntos, a dar gracias al Creador y a pedirle que los siga guiando por la justicia y el amor, dejándose guiar por el bien de San Nicolás. Les invito a que de forma libre, quienes gusten se pongan de pie y me acompañen desde lo más hondo de su corazón con la oración que muchos, desde nuestras distintas confesiones cristianas conocemos y nos une en una especie de sindicato de los hijos de Dios: Padrenuestro... 

Padre Alfredo.
San Nicolás de los Garza, N.L.
24 de febrero de 2026.
Día de la bandera de México.

viernes, 13 de febrero de 2026

HERMANA ESTELA GONZALEZ ALMARÁZ... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo

El 11 de abril de este 2022 falleció la hermana Misionera Clarisa Estela González Almaráz, una misionera que pasó gran parte de su vida consagrada en los Estados Unidos y a quien conocí en 1984 y seguí viendo en múltiples ocasiones hasta hace 4 años. En estas líneas quiero compartir con ustedes, basado en la crónica de su vida que hacen nuestras hermanas cuando una de ellas fallece, algo de su vida.

La hermana Estela, cuyo nombre completo es María Estela Guadalupe González Almaraz, nació en Monterrey, Nuevo León, México el 11 de diciembre de 1940 y fue miembro de una familia católica en donde aprendió los valores de la vida cristiana que supo siempre desarrollar en su vida consagrada y en los que su familia de sangre vive hasta la fecha. Tengo el gusto de conocer a dos de sus hermanas yen especial a su sobrino sacerdote Anuar, un buen amigo que ejerce su ministerio como párroco en la arquidiócesis de Monterrey.

Estela ingresó a la comunidad de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 19 de marzo de 1960 en Cuernavaca Morelos, México, en donde se encuentra la Casa Madre de la comunidad y en donde fue recibida por la Madre Teresa Botello Uribe —fiel colaboradora de la madre fundadora y de feliz memoria también— y allí mismo, el 27 de febrero del año siguiente, 1961, inició su etapa de noviciado para luego profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia de manera temporal el 15 de agosto de 1963. Tanto su inicio de noviciado, como su profesión perpetua, las hizo ante la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora y superiora general de la congregación.

Inmediatamente después de hacer su profesión temporal, fue enviada los Estados Unidos en donde desde 1965 hasta 1975 fue maestra en la escuela de la parroquia de Santa Bárbara. De 1975 a 1982 fue maestra de primaria en la escuela Nuestra Señora Auxilio de los cristianos en Los Ángeles, California y a partir de 1984 fue directora de la misma hasta que en 1994 recibió su cambio a la ciudad de Roma, Italia para colaborar en diversas actividades de casa —tarea a la que la beata María Inés llamaba «vida de Nazareth».

Yo la conocí cuando era directora de la escuela de Nuestra Señora Auxilio de los cristianos. Recuerdo que en mi primer visita a Los Ángeles ella me enseñó la escuela con lujo de detalles y con el amor que le caracterizaba a las encomiendas que le daban. Le dio mucho gusto saber que yo era su paisano y que era amigo de su hermana Cecy. Yo en ese entonces me disponía a continuar mi formación como novicio en Roma, Italia. Esa vez compartí con ella y con la comunidad de esa casa de Los Ángeles que ya no existe, un día de visita que dejó, como siempre que visito a mis hermanas Misioneras Clarisas, una gran enseñanza y el gozo de compartir el gozo de vivir la vocación a la vida consagrada.

En el año de 1996, la hermana Estela se incorporó a la comunidad de Misioneras Clarisas en Monterrey, Nuevo León su tierra natal, para colaborar en el Colegio Isabel La Católica. Allí también la traté en varias ocasiones. En el año 20000 regresó nuevamente a la escuela Nuestra Señora Auxilio de los Cristianos y permaneció allí hasta el año 2009 cuando se cerró la comunidad de los Ángeles y fue asignada a la comunidad de Sylmar allí mismo en California, para realizar diversos trabajos de traducción de español al inglés. Allí también hizo mucho apostolado, pues se dedicó a la catequesis de adultos.

Fue una hermana muy culta, muy educada, muy humilde y sencilla. Podemos decir que fue un alma que contagiaba de alegría a quienes estaban a su alrededor gracias a su carácter y a su perene alegría. En todos los lugares de misión se distinguió por ser una mujer muy trabajadora, generosa y responsable en todo lo que se le encomendaba, aunque gran parte de su vida la dedicó a la enseñanza de la niñez y la juventud. Sus compañeros maestros, los padres de familia y los diversos colaboradores la querían mucho por las «puntadas» que se le venían. La expresión «puntada», se utiliza en Monterrey para referirse a una frase coloquial como comentario o acción ingeniosa, divertida o inesperada.

Precisamente, en Monterrey, muchas exalumnas del colegio Isabel La Católica recuerdan a Estela por su destacada colaboración en la coordinación del departamento de inglés, donde, en inglés o en español, no perdía la oportunidad de dar buenos consejos, de estar al pendiente de la vida de fe de quienes colaboraban con ella dejando en todas las almas un mensaje de paz en una alegre convivencia.

Ciertamente, a pesar de ser tan ocurrente y amena, era una mujer de carácter fuerte y decidido que empleó para salir adelante en todo lo que se le pedía, combinando esto con su nobleza de corazón, sencillez y espontaneidad, cosa que le ayudó a conquistar muchos corazones y a dejar en ellos «el dulce olor de Cristo» (2 Cor 2,15).

Las hermanas más jóvenes de las Misioneras Clarisas que en sus últimos años convivieron con ella,  contaban que las llenaba de alegría y les dejaba un testimonio de amor y gozo por su consagración de vida que transmitía por medio de su sonrisa siempre auténtica.

Mientras le fue posible enseñó a las hermanas y en especial a un servidor en mis años en California, lo que ella había aprendido como docente. Como sacerdote, a la hora de la predicación, pude aplicar mucho de eso. En especial recuerdo como con sencillez me enseñaba incluso las «bad words» en inglés, para que los jóvenes de la parroquia no me agarraran en curva con el uso de esas palabrotas, que solo me sabía en español como buen regio. 

Como sacerdote, conocí mucho de lo que había en su corazón de mujer consagrada. Manifestaba siempre un profundo amor a Nuestro Señor y fielmente se esmeraba por no descuidar sus deberes como religiosa manteniéndose siempre fiel en su vida sacramental y en sus unión a Jesús eucaristía, especialmente en las horas de adoración al Santísimo Sacramento. Gustaba mucho de rezar el santo rosario de escuchar diversas reflexiones.

Ya mayor y habiendo sido alcanzada por la enfermedad, ofrecía todo y sufría las consecuencias de la enfermedad con paciencia. En su enfermedad fue dócil y humilde a las indicaciones que le daban los médicos y las hermanas responsables del cuidado de su salud. La diabetes fue su compañera por varios años y a pesar de que se fue agravando, se esforzaba por estar en todos los actos de comunidad. Su sobrino sacerdote, el buen Anuar, que vive en Monterrey, pudo viajar para verla en sus últimos días y agradecerle tantas y tantas oraciones que por él hacía. 

Su salud empezó a declinar a partir del año 2019, cuando tenía que ser constantemente internada en el hospital o en casas de convalecencia para recibir una mejor atención médica. En todo momento fue atendida por las hermanas a quienes recibía siempre con la alegría y sencillez que la caracterizaban. Así fueron sus tras últimso años de vida hasta que el domingo 3 de abril del 2022, en medio de la pandemia que azotaba al mundo, avisaron a las hermanas del hospital Católico de San José de la ciudad de Burbank en california, que su estado de salud era delicado. El día 11 por la mañana tuvo una muy leve mejoría y por la tarde de ese mismo día le empezó a bajar considerablemente la presión arterial y le faltó el oxígeno.

Acompañada de familiares y hermanas de la comunidad, mientras rezaban con ella y cantaban a la Virgen el canto «Un día yo iré, al cielo patria mía» abrió sus ojos y miró hacia arriba sin parpadear y  con una mirada llena de luz. Después del canto rezaron con ella la coronilla a la divina misericordia y se le fueron cerrando los ojos lentamente hasta quedar como dormida.

Confiamos en que la hermana Estela, por su vida hecha donación con alegría, haya entrado en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre y, con su ejemplo de vida, sintámonos nosotros llamados a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa como la de ella, llena de la luz del amor, de apertura, de atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena —ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros mismos— haber vivido.

Padre Alfredo.

Este video que se muestra a continuación, muestra a la hermana Estela en sus últimos años de vida. ¡Vale la pena verlo!

viernes, 6 de febrero de 2026

«EL OBISPO, SU SER Y QUEHACER»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy amanecí con la inmensa alegría de que mi compañero de seminario, amigo, padrino de ordenación diaconal y obispo de la diócesis de Matehuala, Mons. Margarito Salazar Cárdenas, ha sido elegido por el Papa León XIV para ser de ahora en adelante obispo de Tampico Tamaulipas. ¡Acabo de colgar el teléfono para congratularme con él y ofrecerle mis oraciones! Sé que con él Tampico se ha sacado la lotería, luego de que Mons. José Armando Álvarez Cano, antiguo obispo de Tampico, fuera nombrado arzobispo de nuestra querida diócesis de Morelia, en donde está nuestro noviciado y misión en el poblado de El Tigre, en la sierra michoacana. Un obispo en su diócesis actúa como maestro, pastor y santificador, siendo el líder que enseña la fe y preside la vida sacramental. Él gobierna pastoralmente su territorio, organizando parroquias, nombrando sacerdotes y cuidando de los fieles laicos y los consagrados, especialmente los necesitados, todo en comunión con el Papa y el magisterio de la Iglesia. 

A la luz de esto —a sabiendas de que mi reflexión hoy será casi tan larga como la Cuaresma que ya esta a la puerta— me viene compartir hoy un poco de las cosas prácticas que hace un obispo recordando que varias veces me han lanzado la pregunta. Un obispo —un arzobispo es lo mismo, con la diferencia que el arzobispo funge también como coordinador de una provincia eclesiástica, o sea un conjunto de diócesis— predica la Palabra de Dios y defiende la doctrina católica, explica las verdades de la fe y promueve el diálogo como responsable de la evangelización de su diócesis. Es el principal administrador de los misterios de Dios, administra los sacramentos de la confirmación y ordena sacerdotes y diáconos. En la Misa Crismal es él quien bendice los óleos sagrados para los sacramentos. Como pastor de su diócesis, guía a su rebaño organizando la vida pastoral, estableciendo parroquias y nombrando párrocos. Cuida la formación y el bienestar de sus sacerdotes y visita periódicamente las comunidades. El obispo es un vínculo para la sinodalidad de la Iglesia, porque representa a Cristo y es un signo de unidad para la diócesis, en comunión con la Iglesia universal y el Papa. El obispo es padre y mentor espiritual de sus sacerdotes y laicos. En resumen, el obispo es la cabeza visible de una Iglesia local, con la plenitud del sacramento del Orden, encargado de velar por la doctrina, la liturgia y la disciplina de su pueblo, como un verdadero pastor que da la vida por sus ovejas.

Pero la vida de un obispo, como la de todo ser humano, es a veces muy compleja, a todos se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias del mundo que nos rodea y camina a la deriva de Dios, lejos de él muchas veces. Ese es el gran reto de un obispo, de un sacerdote, de un consagrado y de cualquiera de los fieles laicos que quiera hacer presente a Cristo a su alrededor. Eso em recuerda el evangelio de hoy, en el que san Marcos, en el capítulo 6 nos narra el martirio de Juan el Bautista, aquel profeta del desierto a quien a Herodes le gustaba escuchar pero sin sentirse comprometido a cambiar de vida. Marcos nos relata todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta con el baile. —¡Pide la que quieras! Le dijo. Ella instigada por su madre pidió la cabeza de Juan Bautista. Los que nos sabemos discípulos–misioneros de Cristo caminamos muchas veces junta vidas llenas de superficialidad y de vanidad como la de Herodes y su corte. Como Juan el Bautista y como Pablo Miki y sus compañeros mártires a quien celebramos hoy —martirizados junto a san Felipe de Jesús— hemos de establecer muy bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den certeza de alcanzar la salvación para nosotros y para muchos aunque el precio aquí en este mundo sea dar la vida. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida, pidamos a María Santísima que nos ayude para que de nuestra vida comprometida broten por gracia frutos de vida eterna. ¡Felicidades querido monseñor Margarito y bendecido viernes para todos!

Padre Alfredo.