martes, 19 de enero de 2016

¡CUIDADO CON LA TIBIEZA!... Algunas consideraciones


Hace ya algunos años —como recientemente lo hicieron en Aparecida— se reunieron los obispos de nuestra América Latina en Santo Domingo, en aquella recordada IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. En aquel entonces se trataron, entre otros temas: La Nueva Evangelización, la Promoción Humana y la Cultura Cristiana. Luego de leer y estudiar el documento hubo una cosa que me llamó la atención y que quisiera ahora, muchos años después, traer a colación para compartir esta reflexión con ustedes. La frase dice así y está en el número 26 del documento de Santo Domingo:  “Nuestra situación está  marcada por el materialismo, la cultura de la muerte, la invasión de las sectas y propuestas religiosas de distintos orígenes” (S.D. 26).

Con estas pocas palabras resumían los obispos en Santo Domingo el lado oscuro de la realidad que aún vivimos en América Latina y en muchas partes del mundo. Con la globalización, la situación se ha agravado y es la misma seguramente que se vive en otras partes del mundo y que por supuesto rodea el entorno en el que vivimos.

Definitivamente en nuestra cultura hay materialismo. No podemos estar ciegos ante eso, nos basta observar el crecimiento del consumismo que hace gastar a la gente hasta lo que no tiene, gracias a los sistemas de crédito que hay ahora y a los que todo mundo tiene acceso. Podemos ver también el crecimiento en la taza de desempleo y las quejas de la gente que nos tiene confianza y nos platica de lo bajo de los sueldos y lo alto de los precios. Podemos ver, además, la indiferencia religiosa que la mayoría de las personas vive, sobre todo los jóvenes, que vendrían a ser el futuro de nuestra sociedad. Para muchas personas su dios es el dinero y la religión un producto de consumo más, todo a la medida de su comodidad en un relativismo que cada vez cautiva a más gente buena y la atrapa.

A nuestro lado hay cultura de la muerte, basta ver la cantidad de gente que aprueba el aborto, los que viven en el mundo de las drogas, los que atentan contra la familia al buscar el divorcio, al apoyar el homosexualismo, los matrimonios entre gente del mismo sexo o cualquier clase de degeneración de la vida sexual. Hay cultura de la muerte en muchos que atentan contra la ecología por indiferencia o por un interés mezquino, como subraya el Papa Francisco en "Laudato Si". La hay en todos los que ejercen violencia sobre el prójimo, aun cuando mucho se cubre con tintes de legalidad.

El mundo de hoy vive en una extraña tibieza: a la tranquilidad le llama paz; a la carcajada le dice alegría; al placer pasajero le nombra felicidad. Una tibieza que se vive sobre una falsa seguridad del bienestar material, sobre un falso prestigio humano; sobre el dinero, sobre cosas de mucha o poca consistencia, pero siempre... cosas. La humanidad se sumerge en una tibieza tan extraña, que hace al hombre ver el tema religioso como una «Torre de Babel». El mundo está sumergido en una crisis de virtudes teologales (faltan hoy la fe, la esperanza y la caridad) que se llama «tibieza» y que está infectando al hombre más que cualquier clase de enfermedad mortal. Por todos los rumbos del mundo circulan caminos de distintas denominaciones cristianas, o pseudo-cristianas y se levantan igualmente templos de diversas sectas o asociaciones que se dicen centros de meditación. 

Sabemos que si el hombre cae en la tibieza, pierde la alegría. Eso lo dicen todos los santos. En medio de tantas sectas, por ejemplo, Cristo ha quedado como oscurecido, no se le ve ni se le oye, sólo hay panderos y una tranquilidad y paz aparentes buscando prosperidad. ¿No nos estará afectando e infectando esta realidad? ¿Estaremos los católicos lo suficientemente fuertes como para resistir a todo? 

Estamos en una época difícil, la «post-modernidad». Una época que concentra todas sus energías en la realización personal. Lo que importa es triunfar, conservarse joven y aparentar que se vive bien. Parece que en este tiempo la ética duerme o ha muerto, no hay deudas con nadie y todo se vale. El hombre de la post-modernidad hace de la necesidad «virtud» y vive en el mundo como vagabundeando entre unas ideas y otras. La tibieza se ha acomodado y se ha hecho reina y señora: "¡que me dejen vivir tranquilo!" se escucha por aquí y por allá. Es, parece ser, el tiempo en que en la sociedad, cada quien hace lo que se le pegue en gana y todo está bien. Hay infinidad de libros de una pseudo espiritualidad, librerías de ciencias ocultas y hasta hay quienes se declaran abiertamente satánicos. Parece que lo «light» ha llegado hasta a la religión. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está  lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que con preceptos de hombres.” (Mt 15, 8-9).

La tibieza se apodera cada vez m s de los católicos. Muchos que se dicen católicos ni siquiera saben ya en que es lo que creen. Hay quienes por ejemplo, creen en la existencia del cielo pero no creen en la resurrección de los muertos... ¿Entonces, quién ocupará el cielo? Estamos ante una situación como aquella de los saduceos, muy preocupados por ver si habría matrimonio en el cielo, cuando ellos no creían en la resurrección de los muertos. (Cfr. Mt 22, 23-32).

Todos los hombres —también los post-modernos— tenemos que convenir en lo mismo: lo que queremos es ser felices. Pero que pasa, la tibieza nos hace ser mediocres y claro, por eso tenemos una vida así... algo funciona mal en una cultura que no lleva al hombre a ser feliz. El hombre de hoy es tibio porque ha dejado a Dios, lo ha sacado de su diario vivir.

A la tibieza no se llega de golpe y porrazo, se va poco a poco perdiendo el sentido sobrenatural y se empieza a razonar, a juzgar y a actuar de un modo exclusivamente humano. Una sociedad sin Dios será claro está, una sociedad tibia y a los tibios los vomita el Señor. (Cfr. Ap 3, 15-16). La tibieza, si nos descuidamos, será la enfermedad espiritual de nuestro siglo. Hay que emprender una lucha a muerte contra la tibieza y sus hijas, que atacan también a los más allegados al Señor ¿A poco no sabían que en este mundo la tibieza tiene hijas? ¿quieren saber quienes son? Las hijas que la tibieza ha engendrado en nuestro mundo son seis, se acomodan en quien sea y crecen desmedidamente si se les alimenta y se les consiente:

LA FALTA DE ESPERANZA: que se expresa mucho en nuestra sociedad en forma de desaliento, desánimo ante las cosas de Dios y una como cierta incapacidad para llevar una vida interior rica y exigente. El tibio se encuentra sin fuerzas.

UNA IMAGINACION INCONTROLADA: que se convierte en refugio, se crean falsas hazañas y triunfos para crear una felicidad ficticia que se va alejando de Dios.

LA PEREZA MENTAL: que entorpece y hace decaer el deseo de alcanzar el bien. Solamente se piensa en vivir a como de lugar y basta.

LA PULSILANIMIDAD: que apoca, que hace sentirse impotente porque no se confía en Dios. Da lugar a muchos pecados de omisión y deja pasar muchas gracias del Espíritu Santo sin dejarle actuar.

EL RENCOR Y ESPIRITU DE CRÍTICA: que se hace sobre todo contra quienes luchan porque quieren ser mejores, es la que relativiza y hace que uno se justifique en todo diciendo que todos están mal y que cada quien haga lo que quiera.

LA MALDAD: que nace del odio contra todo lo que hable de Dios y va creciendo conforme crece la mediocridad.

Esta reflexión que humildemente comparto, nos tiene que motivar para no ser tibios, para no quedarnos en el camino como muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo, acomodados a la época y alimentando a la tibieza y a sus hijas.

Tenemos que darle gracias a Dios, que en una época tan difícil nos haga fuertes para sostenernos firmes en la fe. El Señor nos ha llamado para vivir como bautizados en este mundo del que estamos hablando... ¿o acaso los bautizados vienen de Marte o de Júpiter?... nos ha llamado, a vivir la fe, en medio de  este mundo que ama la tibieza, la mediocridad y el relativismo. Santo Tomás de Aquino, ese gran teólogo, define la tibieza como “una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan” (Suma Teológica, 1 q. 63 a. 2.) Esa especie de flojera, viene al alma cuando uno se quiere acercar a Dios con regateos, con poco esfuerzo, sin renuncias, sin buscar positivamente una entrega creciente. Hemos sido llamados no para vivir esa tibieza, sino para seguir a Cristo. La beata Madre María Inés Teresa fundó una Familia Misionera no para vivir la tibieza, sino la entrega, la devoción, la disponibilidad, la santidad.

La tibieza en un bautizado, nace de una dejadez prolongada que se expresa en el descuido habitual de las cosas pequeñas, en la falta de contrición ante los errores personales, en la falta de metas concretas en el trato con el Señor o con el prójimo, se deja de luchar por ser mejores o se aparenta solamente seguir a Cristo. Para no caer en la tibieza, la vida interior del bautizado debe ir siempre en aumento hasta el término del viaje. No hay tiempo que perder, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5) y nos fortalece para seguir adelante con nuestra vida de fe. La vida en este mundo es un tiempo de merecer, de negociar con los talentos recibidos. La lucha se concreta  en el modo de vivir la gratitud, la confianza, el amor, la conversión, la misericordia.

Habrá fracasos, nadie les ha dicho que no. Muchos de ellos no tendrán importancia; otros sí que la tendrán. Siempre hay posibilidad de perdón y de volver a empezar para volar muy alto porque al levantarnos, nos será muy favorable el viento de la misericordia de Dios. El poder de Dios se manifiesta en nuestra flaqueza, y nos impulsa a luchar, a combatir contra nuestros defectos. ¿Quién no los tiene? ¿Hay alguien que pueda decir que es pluscuamperfecto? Humildad, sinceridad, arrepentimiento... y volver a empezar. Saber empezar una vez más, todas las veces que haga falta. Dios cuenta con nuestra fragilidad y espera de nosotros que caminemos luego de victoria en victoria. Fíjense cómo dice la beata Madre María Inés Teresa:

«Perdona Señor mis infidelidades, que ya no quiero volver a contristarte; y lo que una vez me diste por tu misericordia solamente, dámelo hoy de nuevo, para que se manifieste tu Misericordioso amor, al que yo pobre chiquilla me acojo.» (De los Ejercicios Espirituales de 1933).

Somos criaturas y estamos llenos de defectos, el Señor conoce bien nuestra debilidad y está dispuesto en todo momento a darnos las ayudas necesarias. Debemos entender que no es la derrota la que lleva a la tibieza sino la aceptación del pecado, que viene a significar una falta permanente de correspondencia a la gracia. La beata Madre María Inés Teresa, nos enseña con su vida, expresada en su doctrina, como luchar contra la tibieza y no dejarse dominar por ella. En primer lugar, invita constantemente a evitar todo pecado, le pide a Dios incluso que la libre de los pecados veniales. Ella es maestra de la misericordia de Dios, nos invita a curarnos cuanto antes de las enfermedades que hacen daño al alma. Nos enseña a pedir con prontitud perdón a Dios. Veamos como piensa:

«Señor, Señor; de veras, de veras; a pesar de mi fragilidad, Tú ves cuan sincero y cuan grande es mi deseo de amarte y servirte, como lo han hecho los santos... Son estos mis deseos, íntimos, profundos, verdaderos. Yo nada puedo Señor, una y mil veces he comprobado que soy la fragilidad y la miseria misma. Pero si yo soy la fragilidad, Tú eres el poder; si soy la miseria, Tú eres la Santidad; y que no puede esperar una vil creaturilla, si con humildad  pide al Dios omnipotente y misericordioso que la crió.» (De los Ejercicios Espirituales de 1933).

Yo creo que lo más peligroso de la tibieza es que parece ser una pendiente inclinada, que nos va alejando poco a poco, y cada vez más de Dios. El tibio ya no lucha, se acomoda en la mediocridad, sufre una especie de parálisis espiritual. El tibio todo lo encuentra demasiado dificultoso. No debemos entonces, confundir la tibieza con la aridez espiritual. En la aridez, aunque no se sienta nada y parezca trabajoso el trato con Dios, permanece el esfuerzo, la devoción. En la vida de la beata Madre María Inés hay momentos de aridez, pero no momentos de tibieza, porque hay lucha, hay devoción, deseos de perseverancia aunque no se sienta la presencia del Amado. En la lucha aunque se sienta a punto de caer:

«Ah Señor y Dios mío, ahora que doy una mirada retrospectiva a aquellos tiempos de gracia, ¡cuan distinta y miserable me veo ahora! si hubiera continuado como entonces ya hubiera aventajado algo en el camino de la perfección, me siento retroceder; he estado a punto de caer en la tibieza. ­¡Oh Señor dulcísimo! no me dejes caer en este miserable estado. Con tu gracia propongo renovarme del todo, y hacer todos los días con el fervor que solía el Sto. Viacrucis. Sólo me perdonaría de él, cuando estuviere enferma, o cuando verdaderamente me fuere imposible. María, Madre mía te entrego esta resolución, en Ti confío” (De los Ejercicios Espirituales de 1933).

María, el amor a Ella, puede ser, con toda seguridad, el aire que encienda en fuego vivo las brasas de las virtudes que parece que se apagan a punto de caer en la tibieza. Ella adelanta la hora del primer milagro de Jesús (Jn 2, 1-11). Ella está en todo lista para alentarnos, Ella mantendrá el deseo de seguir luchando por un ideal.

«Todo por Jesús, con María. Todo para Jesús en María. Todo con Jesús, de María». (De los Ejercicios Espirituales de 1940).             

 Alfredo Delgado, M.C.I.U.

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