sábado, 15 de septiembre de 2018

«Stabat Mater»... Un pequeño pensamiento para hoy

El «Stabat Mater» del italiano Giovanni Battista Pergolesi —uno de los músicos más importantes del barroco— es una de las más célebres composiciones religiosas de la historia. Esta obra, concertada para soprano, contralto y orquesta, se convirtió en la más editada e impresa en el siglo XVIII, y fue adaptada o arreglada por muchos otros compositores, entre otros el famosísimo Juan Sebastián Bach. La letra del «Stabat Mater» —«Estaba la Madre», en latín— es una secuencia medieval del gregoriano datada en el siglo XIII y atribuida a varios autores, entre los que se encuentran como más probables el papa Inocencio III y el franciscano Jacopone da Todi. Se trata de una plegaria meditada sobre el sufrimiento de la Virgen María durante la crucifixión de su Hijo y hoy, por ser día de «Nuestra Señora de los Dolores» amanecí escuchando esta hermosa pieza. Esta memoria litúrgica dedicada a María en su dolor a los pies de la Cruz, se celebra en este día 15 porque el 14 —con excepción de México y algunas otras naciones— se celebra la fiesta de la Exaltación de la Cruz. En este día, la liturgia pone, después del salmo responsorial, esta bella secuencia para la Misa y como himno de Laudes en la Liturgia de las Horas, con una de las traducciones más hermosas que se han hecho al español de la misma, la de Lope de Vega, en el siglo XVI. Y más de doscientos compositores famosos, además de Pergolesi (como se puede comprobar en youtube, en iTunes, Spotify y otros medios) le han puesto música. 

Mi admirado sacerdote, periodista y escritor José Luis Martín Descalzo (27 de agosto de 1930—11 de junio de 1991) tiene una oración que es bellísima también y que hoy quiero compartirles, aunque seguramente ya la habrán encontrado escrita en alguna otra parte: «En todas las esquinas de la vida, Tú lo sabes , Señora, nos espera el dolor, los hijos muertos, la angustia del salario que no llega, el puñetazo cruel de la injusticia, la violencia y la guerra, el horrible vacío de tantas soledades, los infinitos ríos del llanto de los hombres. ¿Y a quién acudir sino a tu lado, Virgen experta en penas, sabia en dolores, maestra en el sufrir, conocedora de todas las espadas? Por el cansancio del camino a Belén te pedimos por todos los cansados. Por el frío de la cueva y la noche de Navidad, acuérdate de los que tienen hambre. Por el dolor del Hijo que perdiste en el templo, ayuda a tantos padres que pierden a sus hijos por los más turbios caminos, Por los años de oscura pobreza en Nazaret, da un más ancho salario de amor a tantos hombres que ven cómo decrecen sus salarios. Por el largo silencio de tus años de viuda, acompaña a tantos y tantos solitarios. Por la angustia de ver perseguido a Jesús, no abandones a tantos que la injusticia aplasta. Por las horas terribles del Calvario y la sangre, siéntate cada tarde al borde de la cama de todos los que viven muertos sin salud y sin fuerzas. Tú, que sabes de espadas, Virgen Madre de los dolores, pon en tu corazón a cuantos tienen el alma destrozada. Amén». 

En medio del proceso vertiginoso de secularización, que caracteriza a gran parte del mundo contemporáneo, como lo veo en esta descristianizada selva de cemento en la que ahora estoy sembrado, es muy importante que los discípulos–misioneros fijemos la mirada la Virgen Dolorosa y captemos el significado de su entrega hasta el pie de la Cruz y más allá, con los primeros discípulos en la espera del Espíritu, que vendrá a dar nueva luz, nuevo impulso y valor a los primeros seguidores de Cristo. Este día podemos acompañar a María en su vivencia de un profundísimo dolor, el tormento de una madre que ve a su amado Hijo incomprendido, acusado, abandonado por los temerosos apóstoles, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos... ¿Pero, qué no lo ve así ahora Ella? Cuando el mundo, incluso el de los llamados «creyentes» lo ha tratado de la misma manera, sacándolo de la vida social del diario andar; este mundo que camina sin estar adherido a la Cruz del Redentor y sin ton ni son, adorando ídolos por aquí y por allá, como dice San Pablo en la primera lectura de hoy (1 Cor 10,14-22). María, llena de dolor, sufre al ver en estos días a la Iglesia de su Hijo lacerada. ¡Son demasiadas espadas que hoy atraviesan el corazón: las guerras, el hambre, las marginaciones, los abusos, las apostasías que se suman a tantas otras heridas del Cuerpo Místico de Cristo! Y María es la Madre de la Iglesia, de esta Iglesia amada que nos pide, mirándola a Ella, «con la espada atravesada en el alma» (Lc 2,33-35) como nos recuerda el Evangelio de hoy, a que dirijamos nuestra mirada hacia Ella que, con lágrimas en los ojos nos invita a que actuemos con cordura, convocándonos a todos sus hijos junto a la cruz , en lo alto del Calvario, para hacernos escuchar el tierno mensaje de tu Hijo que agoniza de amor por nosotros y dice: «Mujer, ahí tienes a tus hijos... Hijos, ahí tienen a su Madre» (cf. Jn 19,26). ¡Bendecido sábado y felices fiestas patrias a la asolada nación que ansía la verdadera libertad, aquella del corazón, como María! 

Padre Alfredo.

viernes, 14 de septiembre de 2018

«Ay de mí si no predico el Evangelio»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada vez que leo, medito y estudio el pasaje que la primera lectura de la liturgia de hoy nos ofrece (1 Cor 9,16-19.22-27) y que para mí es una de los más densos de las cartas de San Pablo, no deja de impactarme la manera en que el Apóstol de las Gentes nos explica detalladamente que la predicación del Evangelio no es para él materia de gloria personal, pues le precisa el llamamiento de Dios, le impulsa su conciencia ligada al cumplimiento de su deber y, sobre todo ello, le impele el fuego que lleva dentro de su corazón a favor de la salvación de todos los hombres y de la gloria del Señor Jesucristo: «No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión» (1 Cor 9,16). El Apóstol entiende que la predicación es el principal medio para la difusión de la Buena Nueva y, por lo tanto para él y para todo discípulo–misionero de Cristo es una necesidad: «¡Ay de mí, si no anuncio el evangelio!» Junto a la celebración de los sacramentos, teniendo a la Eucaristía como centro, la predicación es la responsabilidad primordial de la Iglesia. Está intrínsecamente vinculada al encargo que Cristo nos ha dejado: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15). 

El mandato del Señor —que San Pablo ha captado a la perfección— va íntimamente unido con nuestra identidad de cristianos, pues no se puede ser un discípulo–misionero de Jesucristo y renunciar a continuar la misión de llevar la Buena Nueva al mundo. La salvación que Dios quiere seguir obrando en todas las generaciones depende de que hombres y mujeres de todas las épocas, de toda condición y cultura, nos comprometamos con este mensaje y lo sintamos como una urgencia por hacer llegar a todos los rincones de la tierra el Evangelio. Con razón almas como la de la beata María Inés Teresa, impregnadas del celo misionero por llevar a Cristo a todos, sienten esa urgencia misionera: «¿No quieres servirte de mí, como un instrumento para tu gloria, para llevar a tantas almas tu Santo Evangelio, y con él la comprensión de tu bondad, de tu caridad, de tu ternura, de tu amor infinitamente misericordioso, de todo lo que Tú sabes hacer en favor de un alma que espera y confía en Ti?» (Notas íntimas). La «urgencia misionera» de cada uno de nosotros es importantísima, pues si nosotros con nuestra palabra y testimonio de vida, impulsados por «las dos alas de la oración y el sacrificio» como dice la misma beata María Inés, no nos atrevemos a anunciar que el Señor padeció, murió y resucitó por nosotros, ¿quién lo anunciará? Escribiendo a San Ignacio de Loyola, San Francisco Xavier, el patrono de los misioneros le dice: «En estos lugares, cuando llegaba, bautizaba a todos los muchachos que no eran bautizados; de manera que bauticé una grande multitud de infantes que no sabían distinguir la mano derecha de la izquierda. Cuando llegaba en los lugares, no me dejaban los muchachos ni rezar mi Oficio, ni comer, ni dormir, sino que los enseñase algunas oraciones. Entonces comencé a conocer por qué de los tales es el reino de los cielos» (Cartas 4 y 5 de San Francisco Xavier a San Ignacio de Loyola). 

Pero, dice Jesús hoy en el Evangelio de hoy que «un ciego no puede guiar a otro ciego» (Lc 6,39-42). No se puede ayudar a otra persona a llegar a Jesús si primero no se ha identificado uno con Él. Al que trate de hacer eso se le califica de hipócrita, porque no lo llevará a Jesús, sino a sí mismo, a sus ideas, a sus criterios, acariciando al orgullo, sonriéndole con condescendencia al pecado del proselitismo y pretendiendo cubrir con una crema el cáncer de la vanidad. Es obvio que si alguien es ciego y quiere conducir a otro por un camino tortuoso como el que nos ofrece el mundo, lo llevará seguramente a un hoyo (Lc 6,39). Los falsos maestros conducen a sus seguidores al desastre o la muerte. El «¡Ay de mí!» de San Pablo, expresa que él está convencido de que Jesús vivió lo que enseñó y eso le impulsa a «hacerse esclavo de todos para ganarlos a todos» (1 Cor 9,19). Él sabe que Cristo fue rechazado por su amor y ministerio para con la gente porque les hablaba tan claro como muestra el Evangelio de hoy. El Apóstol sabe que los seguidores de Jesús, experimentarán el mismo trato en el mundo caído. Cuando nosotros como creyentes imitamos cuestiones de nuestra cultura que no convienen o buscamos el ser aceptados totalmente por ella haciendo a un lado lo esencial que sabemos que tenemos que vivir, estamos frente a un verdadero signo de que no nos hemos ido modelando bajo las enseñanzas de Jesús en su Evangelio. El cristianismo del Nuevo Testamento nunca ha sido socialmente aceptado como tal. ¡Al mundo egoísta le resulta incómodo el autosacrificio y el amor desprendido! Nos concierta prestar atención y reflexionar hoy el espeso mensaje de estas dos lecturas y nos conviene hacerlo con los ojos bien abiertos, viendo a María, la primera evangelizadora. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 13 de septiembre de 2018

«¿Comerse al mundo?»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Cuánta razón tiene San Pablo al afirmar: «Todo me es lícito, mas no todo conviene: todo me es lícito, mas no todo edifica!» (1 Cor 10,23). La primera lectura del día de hoy (1 Cor 8,1-13) nos presenta una de esas situaciones en las cuales hay que callar a los derechos legítimos que se tienen para hacer algo, porque es necesario comprender que, en última instancia, es la caridad misericordiosa la que debe imponerse en la convivencia con los hermanos en la comunidad, ya que entre ellos puede haber algunos escrupulosos que se sienten mal ante casos como el que se presenta hoy en este trocito de la Escritura. En aquellos tiempos en que San Pablo escribe estas indicaciones, los sacrificios que se ofrecían en los santuarios de las diversas creencias religiosas eran generalmente —como sucedía también entre los judíos— animales que se sacrificaban, y, lo que sobraba del animal inmolado, era lo que se vendía en el mercado. Por eso es que algunos plantean al Apóstol de las Gentes la cuestión de si al comer aquella carne, de la ofrecida a los ídolos, no se estarían comprometiendo con los «falsos dioses» a los que se había entregado parte de aquel animal. San Pablo, recordando que Cristo había dicho que no es lo que viene de fuera lo que contamina al hombre (Mt 15,15). 

San Pablo, como enseñante y predicador del pueblo cristiano, es incomparable y desciende hasta estos detalles que, para nosotros, parecen no tener complicación alguna. Si la cuestión del problema es «la pureza», él nos enseña, al hablarle así a los corintios, que es la misericordia para con el universo entero la que debe ir por delante. Y que esa misericordia para con todos, incluidos los escrupulosos, es la llama que inflama el corazón de amor hacia toda la creación, hacia los hombres, los animales y todo lo creado. San Pablo dice que siendo misericordiosos, se vive la caridad y se es capaz de tolerar, de escuchar, de ver lo mejor que hay que hacer para que no se pierda el hermano que tiene poco formada la conciencia. Por esto, la misericordia, acompañada de una «exquisita caridad», se debe aplicar en todo momento tanto sobre los seres desprovistos de la palabra, sobre los indecisos, como sobre los enemigos de la verdad o sobre aquellos que son incipientes en la fe, para que sean guardados y purificados. Una misericordia inmensa y sin medida nace en el corazón caritativo del hombre, a imagen de Dios. 

Nuestro Señor, en el Evangelio de hoy (Lc 6,27-38), nos deja una tarea que, si se ve solamente con los ojos humanos, parece imposible. Amar a nuestros enemigos, hacer el bien a aquellas personas que nos aborrecen, bendecir a quienes nos maldigan, orar por los que nos difaman, no juzgar, no condenar, perdonar, dar hasta la túnica a aquellos que sólo nos piden el manto, dar sin esperar a cambio. Puede parecer difícil de lograrlo, porque la sociedad globalizada y materialista en la que vivimos, identificada más bien con el «pisa antes de que te pisen», «pellizca antes de que te pellizquen», «métete antes que el otro», «no te dejes», «si no te habla ni te metas», «tú empuja», «si te hizo algo busca a ver como te vengas», quiere programar al hombre para que sea todo lo contrario a lo que Jesús enseña. Hoy se busca ser competitivo a como de lugar, admirado en la sociedad aunque sea por apariencias, parecer los más fuertes, como decía aquel panorámico de una institución educativa de mucho prestigio: «Te preparamos para que te comas al mundo»... Así todo el planteamiento de Jesús que hoy escuchamos y lo que San Pablo nos dice, parece no tener cabida en nuestra manera de ser y de comportarnos. Muchos cristianos, al igual que mucha gente de hoy van mutilados, heridos, traicionados por el mundo, de manera que se hace muy difícil tratar a los demás como queremos ser tratados. Hay que voltear a ver a María, «la Mujer», ella, que tiene claro lo que es una relación sana y pura con el Señor y con los hermanos, amigos y enemigos, de manera que puede estar serena en las buenas y en las malas, sin hacer cosas que escandalicen sino mostrando sólo su caridad misericordiosa, esa que pregunta en el Tepeyac: «¿Qué no estoy aquí que soy tu Madre? Hoy, a la luz del Espíritu Santo que a Ella la cubrió con su sombra y mirando a Jesús en la Eucaristía, «manso y humilde de corazón», podemos, si queremos dejarnos transformar y así, en medio de este mundo con escrupulosos por un lado y egoístas por otro, dar esa medida generosa, apretada y rebosante que el mundo espera recibir. Porque «con la misma medida que midamos, seremos medidos» (cf Lc 6,38). ¡Feliz jueves eucarístico y sacerdotal! 

Padre Alfredo.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Unos días en la Trapa II...

Las monjas de la abadía «Madre de Dios», como los trapenses de todos los monasterios de la Orden, se levantan más que temprano, pues a las 4:35 ya están en la Capilla recitando «Las Vigilias«, que en el caso nuestro equivale al llamado «Oficio de Lecturas», que antes se rezaba sólo de madrugada y que hoy, por bondad de la Iglesia para los que nos muy madrugadores, se puede rezar a cualquier hora del día. Yo escribo esta al anochecer de este lunes 3 de septiembre de 2018.

Cada monasterio de monjas trapenses, tiene por capellán un padre trapense, y, en este caso, el capellán siempre es un monje de la abadía de «Azul», en Argentina, de quienes les dejo, al final de esta entrada, un video para que conozcan esa comunidad de monjes. El capellán celebra diariamente la Santa Misa e imparte otros sacramentos. Vive en el mismo monasterio pero en un lugar aparte denominado: «Capellanía». 

En el caso de este monasterio, el capellán es el padre trapense Juan Carlos Leardi, llamado Ceferino en la vida religiosa. El padre tiene 10 años en esta tarea que le han asignado y siempre está disponible, según se le solicite con anticipación y no tenga otros compromisos, para dar Ejercicios Espirituales, retiros y conferencias aquí en el monasterio o fuera de él.

A nosotros nos ha dado hace un rato una charla, y así será cada día, hablándonos de «El sacerdote, pastor como Cristo y enviado por Él». 

El silencio que se respira aquí es fenomenal y permanece todo el día, que hoy, en general, ha sido nublado y bastante lluvioso al atardecer. Con razón la beata María Inés decía: «Les encargo especialmente el silencio… ya saben hijos, cuanto le desagradan al Señor las faltas de silencio. Cómo, es imposible que tengamos vida interior, ni que adelantemos en la virtud, si estamos continuamente hablando con las criaturas y a veces haciendo de todo recreación» (Carta colectiva a las comunidades de Cuernavaca, Puebla y México, en Enero 24 de 1959).

Hoy he podido recitar todas las horas litúrgicas con un sabor muy especial. Los trapenses rezan siete veces al día y con un estilo muy especial que incluye más salmos y cánticos que la Liturgia de las Horas ordinaria. He disfrutado en medio del silencio el rezo del Santo Rosario en soledad con María, en la preciosa y acogedora capilla que preside un Cristo crucificado —como marca la liturgia—que pende del techo, y una bella imagen —réplica de la original— de la dulce Morenita del Tepeyac, que no me deja nunca.

Ahora el día ha terminado con el rezo de Completas a las 7:50 de la tarde. ¡Gracias, Señor!

Padre Alfredo.

Unos días en «La Trapa» I...

Llegamos a este bellísimo lugar, «La Trapa» de la Abadía «La Madre de Dios» en Cd. Hidalgo, un pintoresco lugar de México enclavado entre las llamadas «Mil Cumbres» del bello estado de Michoacán. En varias entradas estaré compartiendo mis reflexiones de estos días en que estuvimos el padre José Radilla y un servidor en Ejercicios Espirituales. Escribo esto al amanecer del día 3 de septiembre de 2018.

No es la primera vez que vengo, sino más bien puedo decir que hace mucho que no venía. Recuerdo aquí allá por los años 90's unos Ejercicios Espirituales que nos impartió un monje trapense, el padre Francisco O.C.S.O., unos ejercicios que marcaron mi vida en aquel tiempo de joven sacerdote, metido de lleno en la misión y con un grupito de Misioneros de Cristo. Tiempo después regresé para dar Ejercicios, con nun tema Eucarístico a un grupito de formandos de nuestro Instituto. Algunos de ellos son ya sacerdotes y otros han seguido un buen camino en otras vocaciones. Conservo aún algunos de los Ejercicios que he dado y, entre ellos, están estos que dí en «La Trapa». Las otras visitas que he hecho a este santo lugar han sido de retiro, de paseo y de pasada alguna que otra, pero ya hace más de 15 años que no pasaba por aquí.

La Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (O.C.S.O. por su nombre oficial, en latín, Ordo Cisterciensis Strictioris Observantiae), conocida como «Orden de la Trapa», es una orden monástica católica, cuyos miembros son popularmente conocidos como trapenses. Tienen como regla la de San Benito, la cual aspiran seguir sin lenitivos. Nacen como una ramificación de la Orden del Císter, que a su vez se originó de la Orden de San Benito. «Trapenses» es el nombre popular para los miembros de esta Orden porque remonta sus orígenes a las reformas introducidas (1664) de Armand Jean le Bouthillier de Rance (1626 - 1700) en el monasterio de «La Trapa», cerca de Seez, en Francia. Él hizo hincapié en la dimensión penitencial de la vida monástica - poca comida, nada de carne, el trabajo manual duro y estricto silencio. Con el tiempo estas medidas fueron adoptadas por otros monasterios cistercienses. Un miembro influyente de esta Orden fue el escritor Thomas Merton. Los monjes y las monjas trapenses visten un hábito blanco con escapulario negro y tienen cerca de 70 abadías en todo el mundo.

Hoy vengo aquí con ellos en circunstancias sumamente diferentes a las de aquellas ocasiones, y como digo, acompañado por el padre Pepe, que más bien debo decir que vengo porque él me invitó, y monseñor Pedro Agustín me lo concedió. ¡Para mí un regalo de cumpleaños, que acabo de celebrar!

Me hago al llegar una serie de preguntas de las cuales sólo unas cuantas plasmo aquí: ¿Qué quiere el Señor de mí a estas alturas? ¿Por qué en medio de lo que interiormente vivo, el buen Dios, que siempre vela por mí, me trae a «La Trapa»? ¿Hacia dónde me lleva el Señor con este regalo que me da? ¿Cuál será el tema de estos Ejercicios Espirituales?

Sólo él sabe lo que estoy viviendo y lo que éste pobre corazón anhela a pesar de su ruindad y su miseria. Es el momento de decir como Nuestra Madre Fundadora la beata María Inés: «Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que tú quieras». Desde ayer, a la hora en que las monjas abrieron la puerta de la abadía para recibirnos, hay algo nuevo en mí. ¡Se respira aquí el aire de Dios!

Padre Alfredo.

En este video vemos a la comunidad de monjas trapenses de esta abadía de «La Madre de Dios»:

»Porque este mundo que vemos es pasajero»... Un pequeño pensamiento para hoy


En la vida de la cosmopolita Corinto, como en la sociedad globalizada de hoy, se mezclaban —como he mencionado ya varias veces en estos días— diversas ideas filosóficas y religiosas en un mundo que relativizaba todo para no meterse en problemas —algún parecido con la realidad no es mera coincidencia—. San Pablo está preocupado por la formación de aquellos primeros cristianos, pues no quiere que la llegada de la fe a sus vidas sea solamente una «llamarada de petate». Se trata de una comunidad de creyentes en medio de la civilización griega en una época en que estaba en el más profundo desconcierto en todos los campos, incluido el de la sexualidad. Las posturas iban de extremo a extremo: había quienes iban proclamando desde el desprecio del cuerpo y de la sexualidad hasta el más pleno desenfreno. En esta confusión, San Pablo defiende simultáneamente la grandeza y la indisolubilidad del matrimonio y el valor del celibato, queriendo dar derecho de ciudadanía a un estado nuevo, ese del celibato por el Reino, al lado de un estado de vida ya conocido y considerado, entonces, como única posibilidad: el matrimonio. San Pablo considera que, según las enseñanzas de Cristo, matrimonio y celibato son complementarios porque en los dos, se ha de hacer una opción por Cristo y su Evangelio (1 Cor 7,25-31). 

El Apóstol de las gentes pide a todos —solteros, casados, viudos— que, cada uno en su estado, se dedique a hacer el bien, a trabajar por el Reino, sobre todo teniendo en cuenta —como era la opinión de la época— que el retorno del Señor era inminente. San Pablo habla desde una realidad que conoce muy bien, él ya sabe que la mayoría se casan —su alto concepto del matrimonio lo expresa sobre todo en el capítulo 5 de Efesios— y que algunos han ya enviudado, mientras que otros, como él mismo, han optado por el celibato para dedicar todas sus energías a la evangelización. En el fondo, el Apóstol nos está invitando a todos a una sana «indiferencia». Les dice a los Corintios que continúen en el estado en que se encontraban cuando se convirtieron: que no abandonen el matrimonio o el celibato, sino que, cada uno como está, luche por cumplir la voluntad de Dios trabajando en favor del Reino, porque urge aprovechar el tiempo presente y no hay que desperdiciarlo. Todos sabemos que debemos de dar a las personas, a las cosas y a los acontecimientos, el lugar que les corresponde porque hay valores e ideales que marcan nuestra condición de cristianos en cualquiera que sea nuestro estado de vida. Cada uno en su situación personal, ha de comprometerse a vivir los valores del evangelio de Cristo, que hoy nos los presenta San Lucas en las bienaventuranzas (Lc 6,20-16), teniendo en cuenta los valores más inmediatos y sobre todo los superiores, que dan sentido más pleno a todo lo que hacemos. Los casados, con su vida de amor y de educación de sus hijos. Los que han optado por el celibato, desde el carisma propio y la misión recibida en la Iglesia. Todos buscando ser fieles a Cristo para ser «dichosos» como signos creíbles de la existencia de Dios y el establecimiento del Reino en medio del mundo. 

Las bienaventuranzas, como nos las presenta San Lucas son distintas un poco de las de san Mateo, que son ocho (Mt 5,3-12). Aquí son cuatro bienaventuranzas y cuatro que podemos llamar malaventuranzas o lamentaciones. San Mateo las presenta en tercera persona: «de ellos» es el Reino dice, mientras que San Lucas en segunda: «suyo» es el Reino. Lo importante de las bienaventuranzas en San Lucas, es captar que Jesús llama «bienaventurados, felices y dichosos» a los pobres, a los que sufren —pasan hambre—, a los que lloran y a los que son perseguidos por causa de su fe. Con esto contrasta el «ay» de otras cuatro clases de personas: los ricos, los que están saciados, los que ríen —en tono de burla, claro— y los que son adulados por el mundo. Estos «ayes» se parecen a las antítesis que el mismo San Lucas pone en labios de María de Nazaret en su Magníficat: Dios derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos (Lc 1,46-55). Esto es también como el desarrollo que el mismo Lucas nos presenta de lo que había anunciado Jesús en su primera homilía de Nazaret: Dios le ha enviado a los pobres, a los cautivos, a los ciegos y a los oprimidos (Lc 4,18). A mi de todo esto me queda hoy que, según nuestro propio estado de vida, al leer y reflexionar esta Palabra de Dios, en nuestra vida de casados, o de célibes, o de viudos, hay que cuestionarnos si hemos hecho de veras una opción «por Dios» y si la consideración de «la vida eterna» está presente en nuestras acciones y decisiones de cada día... «porque este mundo que vemos es pasajero» (1 Cor 7,31). ¡Bienaventurado, feliz y dichoso miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 11 de septiembre de 2018

«El Señor es amigo de su pueblo»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Pablo nos presenta hoy, en la primera lectura (1 Cor 6,1-11) el desordenado mundo en medio del cual vivían los cristianos en la cosmopolita ciudad porteña de Corinto. Aunque la lista de pecados que el Apóstol de las gentes menciona y que excluyen del reino de Dios, no deba entenderse como una denuncia detallada de los vicios de todos los corintios, él relaciona la situación en que se encuentran ahora quienes forman la comunidad creyente con la que tenían cuando todavía eran paganos. Todos han sido bautizados, pero es una pena que sigan viviendo como cuando eran paganos y eso no puede ser. Por eso san Pablo no se limita a decir que, puesto que están bautizados, deben comportarse como hombres nuevos y ya, sino que les hace observar más bien esa nueva realidad de vida en la que han sido introducidos gratuitamente «en el nombre del Señor Jesucristo y por medio del Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 16,11). Pese a su conducta, el bautismo es una realidad que sigue subsistiendo en ellos, como en tanta gente de hoy que, bautizada, vive de una manera disoluta. Todo bautizado ha sido purificado, santificado y justificado por el agua del bautismo, y vivir en contradicción con esta nueva realidad constituye el nuevo absurdo del pecado en el cristiano de ayer y de nuestros tiempos en donde siempre convive el trigo y la cizaña (Mt 13,24). Hoy es 11 de septiembre. Y, ¿quién puede olvidar aquel 11 de septiembre de 2001 cuando el mundo cambió para siempre? El terrible ataque terrorista contra las Torres Gemelas del World Trade Center, corazón financiero de Nueva York en los Estados Unidos, supuso un antes y un después en la historia contemporánea. Desde Pearl Harbor, en 1941, ningún enemigo externo se había aventurado a lanzar un ataque de grandes proporciones en suelo estadounidense y causar una hecatombe como esa: cuatro aviones conducidos por terroristas y terroríficos pilotos suicidas, destruyeron miles de vidas.


Películas y documentales como «United 93», «La célula de Hamburgo», «Fahrenheit 9/11», «The Falling Man», «9-11 in Plane Site», «Zeitgeist: The Movie», «World Trade Center», «The Guys», «El coraje de todos», « En algún lugar de la memoria», «Tan fuerte, tan cerca», «La noche más oscura» o «My Name Is Khan» presentan todos los aspectos que rodean aquel impresionante y de verdad «increíble» acontecimiento que la humanidad nunca podrá olvidar. Incluso el padre Pepe, que regresa hoy a África, me dice que volar en este día pasando por la emblemática Nueva York —que no conozco— es mucho más barato por aquellos de las «superticiones» que paralizan a muchos. Los recuerdos del peor ataque terrorista de los últimos tiempos en pleno corazón de Estados Unidos todavía estremecen al mundo entero. Las apocalípticas escenas de gente corriendo para escapar de una densa nube de humo y escombros quedaron grabadas en las mentes de toda una generación. Escenas apocalípticas, algunas veces vistas en ciencia ficción, se hicieron realidad a medida que la gente absorta observaba —gracias a la instantaneidad de los medios de comunicación actuales— la devastación de cuerpos destrozados y víctimas mutiladas. Se perdieron miles de vidas de personas no solo de Estados Unidos y el resto de América, sino de todos los continentes. Un sorprendente número de gente pensó inmediatamente en Dios a medida que observaba en vivo aquel holocausto en Nueva York, en el Pentágono, y en Pensilvana. Algunos noticieros comentaban: «Dios ha hecho que esta nación y el mundo entero se ponga de rodillas».


La basta mayoría de personas alrededor del globo terráqueo, no ha olvidado el hecho, pero ha olvidado el valor de la vida, de la historia y, muchos cristianos, han olvidado enlazar aquel hecho aciago con la realidad, a la luz de las Escrituras (cf. Is 55,8-9). La razón es que casi todos se dejan pronto contagiar por las ideas del mundo, que es siempre frío y vicioso, un mundo que no se sujeta en general a la voluntad de Dios (Rm 8,7-8). Hoy casi todos se encuentran cautivados por el «dios» que está detrás de esta visión mundanizada (2 Co 4,3-4; Jn 8,44); y, sin dejarse transformar por el Espíritu de Dios (2 Co 3,17-18) casi nadie puede hacer una lectura desde el corazón de Dios que nos quiere seguir hablando haciéndonos ver que él nunca nos dejará. El Evangelio de hoy narra que «toda la gente procuraba tocar a Jesús, porque salía de él una fuerza muy especial» (Lc 6,12-19) esa fuerza que sólo puede brotar de Dios. Necesitamos preguntarnos a nosotros mismos, que hemos sido llamados por Cristo, de la misma manera en que llamó a los Apóstoles, cómo deberíamos ver esta tragedia 17 años después. ¿Qué nos dicen las Escrituras? ¿Qué me dice la fe? ¿Hacia dónde va mi vida? El mundo no olvida la tragedia, pero olvida a Aquel que nos libró de una guerra que se veía venir de inmediato. El mundo no olvida aquella matanza y de otras donde más de 7,000 personas han sido asesinadas trágicamente por los terroristas, pero ¿cuántos han sido los que han condenado abiertamente el asesinato de más de un millón de bebés al año por madres crueles, doctores y enfermeras? ¿Estamos preocupados por los millones apresados y asesinados en la China Comunista y por las prohibiciones a las prédicas y conversión a Cristo en muchas tierras islámicas? ¿Nos preocupamos por aquellos aún no conocen a Cristo y no tienen el consuelo de su amor? A mí el recuerdo del 9/11 y las enérgicas palabras de san Pablo me dejan temblando en medio de un mundo que ha caído en el pecado y en el que «la tragedia ajena» es parte de la vida de cada día junto a tantos vicios que enturbian la mente y el corazón del bautizado. El recuerdo de aquel evento me llama al arrepentimiento y a la conversión (Lc 13,1-5). Hoy es martes, voy a la Basílica a dispensar, bajo la mirada amorosa de la Madre, la misericordia de Dios a quien la quiera buscar anhelando ser «lavados, consagrados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo» reiniciando un camino de amor, de paz y de buena voluntad (cf. 1 Tes 5,15). He sido larguísimo, pero no puedo terminar sin dar gracias a Dios por la visita —Muy de Dios— del padre Pepe, este misionero incansable que si ha entendido y ha sabido leer lo que el Señor nos dice en su Palabra y en el mundo actual. Vuela el 9/11 lleno de fe y portador de esperanza con una sonrisa que contagia y que nos deja ver que, como dice hoy el salmista (Sal 149), a pesar de todos los pesares, «el Señor es amigo de su pueblo». ¡Bendecido martes!


Padre Alfredo.