domingo, 7 de octubre de 2018

«Desposorio»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este domingo empezamos a leer como segunda lectura de Misa la carta a los Hebreos. Leeremos durante siete domingos, hasta el final del Tiempo Ordinario —ya en las puertas del Adviento—fragmentos de esta carta atribuida durante muchos años a San Pablo y hoy considerada como anónima. Se trata de un mensaje dirigido —según se lee— a cristianos procedentes del judaísmo y que tiene como contenido fundamental la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre los otros sacerdocios del rito de la antigua alianza. Ese sacerdocio sublime de Cristo que en su Sacrificio se desposa con la Iglesia y libera al género humano de la esclavitud del pecado. El fragmento del capítulo segundo que se lee hoy (Heb 2,8-11) pone de manifiesto la realidad salvadora del sacrificio de la Cruz, porque allí, crucificado, es donde Jesucristo consuma su unión esponsal. Es un texto muy bello, muy expresivo, el cual merece la pena leerlo no una sola vez sino varias, para que sirva de motivo de meditación. El estilo de esta carta es muy místico, muy espiritual. El autor sagrado no trata de cosas concretas, pero quiere dar respuesta a un «estado» de vida de la comunidad cristiana. Este «estado» consiste en que los cristianos se han adormecido, han perdido el dinamismo inicial, la ilusión que tenía la primera generación de la Iglesia como «esposa» de Cristo. Parece que los destinatarios de esta sublime epístola, se han habituado a ser cristianos de nombre, pero han empezado a perder el sentido que ello tenía para sus inmediatos antepasados; con ello se les ha desdibujado también la figura de Cristo: no recuerdan tanto la cruz como la gloria y como desposorio y, por tanto, viven una existencia cristiana en la que el sacrificio, la entrega, el compromiso... se han relajando. El estilo de vida del Hijo de Dios encarnado, hecho hombre, puede dejar de revivir en aquellos que se llaman cristianos y que olvidan que el ser discípulos–misioneros implica un amor como el de Cristo Esposo. 

Por eso, apenas iniciada la lectura de ésta hoy, se nos dice: «Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús...»; y recuerda «su pasión y muerte» sin olvidar la «gloria» y que el camino hacia la «salvación» pasa por los «sufrimientos». La Carta a los Hebreos nos recuerda que el amor hay que cuidarlo, como cuidamos una planta para que no se seque, como un esposo debe cuidar a su esposa y viceversa. Y sólo se cuida el amor cuando se dedica el tiempo necesario al otro, cuando se cultiva y, a esos destinatarios de la Carta a los Hebreos, que bien pudiéramos ser nosotros, les falta mucho por entender. El Amor —dicen por ahí— es un ejercicio de jardinería, hay que arrancar lo que puede dañar al jardín, hay que preparar el terreno, sembrar, abonar pacientemente la tierra, regar y no descuidar nada. Y hay que estar preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias, mas no por eso se abandona el jardín... ¡Y que lo digan los casados! Esos matrimonios de 30, 40, 50 o más años que siguen cultivando ese hermoso jardín de su vocación, en donde la vid se mantiene fecunda y el olivo sigue dando sus frutos (cf. Sal 127). Por cierto que el tema del amor tocando la relación de pareja y del valor y el sentido del matrimonio para los cristianos no es que aparezca muy a menudo en la Escritura y por tanto no aflora mucho tampoco en nuestras lecturas de Misa y reflexiones diarias. Pero hoy sí que emerge tanto en la primera lectura como en el salmo y el Evangelio (Gén 2,18.24; Sal 127; Mc 10,2-16). Y, por tanto, hoy será un buen día para reflexionar sobre esta vocación, como reflejo del amor «esponsal» de Cristo y la Iglesia. 

En el matrimonio, como en cualquiera de las otras vocaciones en la Iglesia, conviene recuperar de vez en cuando la ilusión de los orígenes, recordar que el amor sigue siendo bendecido por Dios y sigue siendo «sacramento» para la Iglesia. Para mantener y afirmar el amor, se precisa volver a la figura del jardín de la que he hablado y pensar en el esfuerzo que hay que invertir, un esfuerzo que merece la pena hacer: si se alimenta el fuego del amor, este fuego podrá mantenerse siempre, intenso y vivo en el matrimonio, en el sacerdocio, en la vida consagrada, en la soltería y así, en la comunidad, sea la familiar o la eclesial. Y realizar ese esfuerzo es seguir el camino de Dios, y ser testigos del amor de Dios. Y ser testigos de que realmente, el proyecto de Jesucristo es un proyecto que merece la pena y se vive día a día en lo concreto, hasta llegar como María, amando al pie de la cruz, «cuando llegue la hora», expresión que en el evangelio de Juan expresa la hora del sacrificio. Jesús, una y otra vez —Caná y la Cruz— no la llamará «madre», sino «mujer», como la nueva Eva que está al lado del nuevo Adán, engendrando a los hombres y mujeres nuevos. Pienso en tantos esposos ejemplares que conozco, y les recuerdo aquella indulgencia parcial de 300 días que san Juan XXIII concede a los matrimonios en el día de su aniversario, para favorecer el amor y la fidelidad conyugal: «Su Santidad Juan XXIII concede a los cónyuges que piadosamente besaren, individualmente o en común, el anillo nupcial y recitaren con devoción y contrición la invocación "concédenos, Señor, que amándote, nos amemos, el uno al otro y vivamos según tu santa ley", u otra semejante, el poder beneficiarse una vez en el día del aniversario de la boda de una indulgencia parcial de 300 días. Sin que obste nada en contrario» (Roma 23 de noviembre de 1959). ¡Bendecido domingo a todos y en especial, mi bendición a todos los matrimonios! 

Padre Alfredo.

sábado, 6 de octubre de 2018

«Sencillez para entender un poco a Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy

Llegamos en la primera lectura de Misa al final del libro de Job (Jb 42,1-3.5-6. 12-16) y medito en ese hombre humilde que se ha sometido a la soberanía de Dios con francos reconocimientos. Se trata de un epílogo escrito en prosa que representa la recompensa de Job con restauraciones del doble de lo que había perdido y presenta la promesa de la satisfacción final de las demandas de la justicia a través del poder y de la infinita misericordia de Dios. Desde la visión de fe, de discípulos–misioneros que los bautizados tenemos, hemos de ver a este singular personaje del Antiguo Testamento desde la mirada de Cristo, que nos invita a ser sencillos para salir y atravesar el mar de situaciones y pruebas que nos permiten refinarnos y dejar atrás lo que nos estorba en nuestro progreso, para ser merecedores de participar de las bendiciones de nuestro Padre Dios. Ya sabemos que todos debemos, en cierta medida, experimentar nuestro propio calvario adecuado a nuestras circunstancias y capacidades en algún momento de nuestra vida. Por lo tanto, siento que la historia de Job, de una o de otra manera, es la historia de cada uno de nosotros. Me viene a la mente aquello que decía San Agustín: «Nunca Dios permitiría un mal si no fuera lo suficientemente poderoso para sacar de ese mal un bien mayor». 

En Job vemos reflejado el problema del sufrimiento. Job es el hombre sufriente y sufrido, que se somete a Dios con toda la libertad que de él ha recibido. Por encima de esa figura humana resonará siempre la voz de Dios en su consejo: «¿Has reparado en mi siervo Job, que no hay como él en la tierra; hombre íntegro y recto, temeroso de Dios, alejado del mal?». El hombre sufre sin ser culpable, pero eso no quiere decir que Dios no sea justo. Elifaz, Bildad y Sofar —los tres amigos de Job— le presentan dos silogismos: Dios es justo; si Dios castiga es que Job ha pecado y «para defender a Dios» condenan al bueno de Job. ¡Y hasta pretenden convertirle y hacerle reconocer sus pecados personales! Pero en este epílogo del libro que hoy leemos, Dios se muestra tal como es y quita la razón a los amigos de Job para dársela a éste, en un versículo que la lectura omite, porque supone, seguramente, que tenemos una visión clara de la misericordia infinita de Dios: «porque no han dicho respecto a mí la verdad, como mi servidor Job» (42,7). Todo lo que Job ha dicho sobre Dios en su rebeldía es verdad, y resulta sólo superado por la compresión de ese mismo Dios y su creación como misterio. Mientras los amigos, por mantener un Dios «light», un Dios a su medida, lo han empequeñecido y falseado. 

El mundo de hoy busca muchas veces «empequeñecer» a Dios, hacerlo a su medida pretendiendo conocer siempre su proceder. La voz de Dios se deja oír en esta obra cumbre de la literatura universal, para llevar a los dialogantes —Job y sus amigos— al reconocimiento de la incapacidad humana de comprender lo misterioso de los designios divinos. Las palabras de arrepentimiento pronunciadas por Job (42.1–6) aclaran quién es Dios para el que tiene fe, a pesar de todo lo que le haya tocado sufrir. Pero la verdad es que, desde nuestra perspectiva cristiana, esto solamente lo puede entender el que tenga un corazón sencillo, como dice el Evangelio de hoy (Lc 10,17-24). La victoria sobre Satanás de todo discípulo–misionero de Cristo, se traduce en el hecho de que por él, con él y en él es que podemos ser capaces de comprender el mal del mundo y vencerlo (Lc 10,19). Por eso Cristo mismo nos viene a declarar dichosos; somos dichosos porque hemos experimentando aquella plenitud mesiánica que el Antiguo Testamento anhelaba (Lc 10,23-24). Sin embargo, la auténtica grandeza a la que podamos aspirar no está en la cantidad de cosas que hagamos por Dios o a su favor, sino en el hecho de un encuentro personal con Él. Nuestros nombres pertenecen al reino de los cielos (Lc 10,20) porque Dios nos ha amado desde antes de llegar a este mundo a pesar de las vicisitudes y sorpresas que en la vida nos encontremos. En ese amor, revelado a los pequeños y escondido para todos los sabios y entendidos, se fundamenta la derrota de las fuerzas destructoras de la historia. Me quedo pensando si como Job, que tanto sufrió, o como María, que con sencillez sostuvo un “sí» incomprensible para muchos por esa espada de dolor que atravesó su corazón, o como Cristo, que murió en la Cruz sometiéndose a la voluntad del Padre, me dispongo yo también a recibir el amor de Dios a su estilo, con la sencillez de un niño, que no necesita tanto entender para amar y asimilar lo que su padre ha dispuesto para él. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 5 de octubre de 2018

«¡Y tú, Cafarnaúm!»... Un pequeño pensamiento para hoy


El hombre es una partecita tan pequeña e insignificante del universo, como un granito de arena en la inmensidad de la playa o una pequeña gota de agua en el colosal mar... El universo existe antes que nosotros y es exterior a nosotros... ¿cómo es que el hombre quiere ser la regla, la medida y el censor de ese universo? El hombre siempre será infinitamente «pequeño» ante el universo y por supuesto ante Dios. Hoy a muchos no les agrada esta idea, pero eso no cambia en nada la realidad: así es que, le guste a la humanidad o no, tiene que reconocerlo. El día de hoy, en el libro de Job, Dios toma la palabra y nos enseña que si Job no podía entender la manera de trabajar de la creación física, ¿cómo podría comprender el carácter y la mente de él como Dios? (Job 38,1.12-21;40,3-5). No existe un criterio o punto de vista mayor que el de Dios por el cual se pueda juzgar todo. Dios mismo es el patrón y marca la pauta para todo. Nosotros somos criaturas y debemos someternos a su autoridad y descansar en su cuidado. La falta de fe en muchas de las personas de hoy, sobre todo gente joven, puede provenir de ahí: de olvidar que somos criaturas y de pensar inicialmente que se puede tener a Dios atado con razonamientos humanos y que, forzosamente ha de obrar de esta manera o de la otra. Dios no actúa como nosotros, él es el Creador y está siempre sumergido, por así decir, en una libertad que nadie le puede condicionar y de una manera que nadie le puede corregir. 

La conducta de Dios, como podemos ver en este pasaje bíblico de hoy, no es reducible a fórmulas humanas. Si muchos de los sabios de este mundo tuviesen razón, Dios estaría en el mismo nivel que el hombre. Por eso ataca Job la sentencia de los sabios diciendo que Dios está por encima de ellos. El proceder de Dios trasciende al hombre y lo que éste último le quiera indicar. El Señor habla a Job desde la tormenta (Job 38,1), subrayando así la grandeza de su poder, por eso Job, al final de todo lo que Dios le dice, adopta una actitud de humilde aceptación: «He hablado a la ligera, ¿qué puedo responder? (Job 40,5). Se queda sin tener que más decir y decide callar. El silencio ante Dios es siempre una respuesta sabia, sin pretender dar respuesta a lo que se sabe que no la tiene, por eso, ante muchas de las cosas que Dios decide hacer en nuestras vidas y a nuestro alrededor, lo mejor es callar, sí, callar como María, que muchas cosas guardaba en su corazón (Lc 2,19.51). Mucha de nuestra gente se niega a ver la luz de la fe y aceptar la acción de Dios y su voluntad. No nos puede extrañar que algunos, incluso de los más cercanos, no nos hagan caso en este tema de las cosas del Señor. A él tampoco muchos le hicieron caso, a pesar de su admirable doctrina y sus muchos milagros. La soberbia humana ha construido una sociedad injusta que se resiste a aceptar el mensaje liberador de Dios. 

La libertad humana es un misterio. Jesús asegura hoy en el Evangelio (Lc 10,13-16) que el que escucha a sus enviados —a su Iglesia— le escucha a él, y quien les rechaza, le rechaza a él y al Dios que le ha enviado. No valdrá, por tanto, en el día del juicio, la excusa tan común que tantas veces escuchamos por aquí y por allá sobre todo en nuestros tiempos con tantas cosas que suceden: «¡Yo creo en Cristo, pero no en la Iglesia!» Claro que sería bueno que la Iglesia fuera siempre santa, pluscuamperfecta, y no débil y pecadora como es. Pero ha sido así como Jesús ha querido ser ayudado, no por ángeles, sino por hombres y mujeres imperfectos. Las ciudades de Corazoín, Betsaida y Cafarnaúm, al nordeste del precioso mar de Galilea, también llamado mar o lago de Tiberíades y lago de Genesaret (en hebreo, כִּנֶּרֶת, Kinéret‎, del hebreo «kinor» debido a su forma de arpa primitiva o lira), delimitan el área en la que más trabajó Jesús. Esas ciudades recibieron mucho... Serían ricas de grandes riquezas espirituales si hubiesen guardado silencio para escuchar. Por eso Jesús prefiere a otras pobres ciudades que callan y escuchan. Aprendamos nosotros a callar y a escuchar, anunciemos el Reino de Dios y sus valores a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2). No perdamos el tiempo en habladurías, ni hagamos a un lado las oportunidades que nos ofrece la vida para que la soberanía de Dios sea una realidad en los corazones y las conciencias que todas las personas que sí quieren escuchar. El Reino nos urge (1 Cor 15,25), nos llama, tiene que ser tarea de todos, pero iniciativa única de Dios que es quien manda y lleva el control. Dispongámonos a ser obreros del Reino con alegría y con disponibilidad, pero también con mucha apertura, con mucha escucha, para que otros accedan a él, con la libertad y la alegría de verdaderos hijos e hijas de Dios. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 4 de octubre de 2018

«O por fraile o por hermano, todo el mundo es franciscano»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hay un dicho popular que reza así: «O por fraile o por hermano, todo el mundo es franciscano». Y es que no cabe duda de que Francisco de Asís, el santo varón que hoy celebramos, es uno de los santos d que más simpatizantes tiene entre los católicos, los creyentes y hasta entre los agnósticos y ateos de todo el mundo. San Francisco, «el pobrecillo de Asís», fue un hombre colmado de dones y cualidades humanas que hacen que hasta el día de hoy, muchos se fijen, o nos fijemos, en este frailecillo extraordinario, en el que la unión de esas cualidades con la búsqueda incesante de la santidad, como modelo para buscar, seguir e imitar a Cristo Jesús con la sana y profunda alegría de saber que somos amados y llamados por Dios para ser, como Francisco lo es, expresión de su misericordia en el mundo. Por algo cautivó este santito a Manuelita de Jesús —la que luego sería la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— y la impulsó a hacer de ella una profesional de la pobreza, de la sencillez, de la alegría y de la humildad. Nos lo dejó —a la Familia Inesiana— como patrono secundario junto a santa Clara (11 de agosto) y a santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, a quien acabamos de celebrar (1 de octubre). Muchas fueron las cosas que de él le cautivaron, estas son solo algunas de sus frases referentes a él: «Francisco llegó tan pronto a las alturas, porque descendió mucho muy bajo por la humildad» (C.C., 6/3/1956). «Amar y practicar el espíritu de alegría, para que lleguemos a ser cristocéntricos, con el amor de los serafines, como lo fueron los seráficos Francisco y Clara» (C.C., 10/1968). «Nuestros criterios tienen que unificarse en el de Cristo nuestro Señor, su Evangelio, su pasión, su muerte y su resurrección. Esto, y no otra cosa, hizo de san Francisco y santa Clara los santos tan seráficos que son. Es decir: amaron a Dios con amor de serafines.» (C.C. 3/12/1971). 

Ayer tuve la bendición de compartir la Eucaristía y un rico y frugal desayuno con algunas hermanas Misioneras Clarisas venidas de Rusia, de Indonesia y de diversas comunidades de México que se unieron al triunvirato de la comunidad de la Casa de la Villa que forman las hermanas Antonella, Lupita y Reina. ¡Cómo palpé esa herencia que nuestra amada fundadora bebió en sus 16 años de vida al estilo franciscano en el convento de Clarisas del Ave María! La Misa, los cantos, los alimentos sencillos y sabrosos, la conversación, el gozo de vivir el Evangelio y la misión… todo eso que viene desde los primeros años de fundación de nuestra Familia Inesiana, cuando ella, con sencillez, llamaba a San Francisco y Santa Clara «nuestros seráficos padres». Estos días, al leer el libro de Job, y encontrar en él como hoy (Job 19,21-27) un corazón tan humano que puede ser el de cualquiera de nosotros, me parece ver también allí a Francisco, que, como Job, se sabe «pequeño y frágil»; tan pequeño, que siente que ocupa tan poco espacio que deja lugar para todos. Si alguien ha tenido la experiencia de estar en Asís —como me ha tocado a mí varias veces por gracia de Dios— capta que allí, en ese ambiente «franciscano» y por lo mismo «cristificado», nadie se siente solo, aplastado u opacado por nadie, y su figura, la persona de Francisco, crea un escenario familiar en donde todos nos sentimos bien, gozando de la libertad que nos enseña este hombre santo que, desposado con la «Dama Pobreza» —como él llama a esta virtud—, parece estar por aquí y por allá… ¡Cómo lo experimenté ayer con mis hermanas Misioneras Clarisas! 

Francisco, al saberse amado y llamado, pudo descubrir que la fe, para el creyente, es una apuesta que se ha de cultivar desde la propia pobreza, un salto a lo desconocido confiando en Dios de todo a todo. Eso es lo que le pasó a Job, a Madre Inés, a Clara y a Teresita, a Francisco Xavier, a Carlos de Foucauld y a muchos más, porque el que confía en Dios, lanzándose a lo desconocido, no cae en manos de la nada, sino en las del Padre: con ese Padre: «¡veré a Dios, con mis ojos, y El no se apartará de mí!» (Job 19,27). Así lo hizo Jesús: «Padre, me pongo en tus manos...» Por eso las consignas de Jesús que leemos en el Evangelio de hoy (Lc 10,1-12) no son recomendaciones de orden doctrinal y no se refieren al contenido de la fe que hay que enseñar, sino instrucciones que versan sobre el comportamiento de los que han escuchado su Palabra y la siguen; sus actitudes concretas, su indumentaria, sus provisiones, porque para Jesús, la vida del que le quiera seguir debe ser ante todo un acontecimiento. Los santos, como Francisco de Asís nos recuerda, anuncian el Reino de Dios ante todo por su modo de vivir porque viven con Cristo, se mueven en su ambiente y respiran de Él. Hoy es jueves, podemos ir con María ante Jesús Eucaristía y decirle que nosotros también, como Francisco, meternos en sus entrañas y dejar que todo nos hable de Él, desde su presencia sacramental, el compartir con los hermanos, el agua del río y hasta la cara del hermano sol y la hermana luna. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

miércoles, 3 de octubre de 2018

«Dueños de todo aparentemente»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer, en esta «Selva de cemento», de diversas formas la sociedad recordó la funesta matanza de Tlatelolco de la que después de 50 años no existen respuestas concretas sobre lo que les pasó a los cientos de desaparecidos en la famosa Plaza de las Tres Culturas. Aquel 2 de octubre de 1968 nos recuerda la falta de verdad en la que vivimos en este país y en el mundo entero. La conocida escritora y periodista Elena Poniatowska es una de las voces de referencia sobre el movimiento estudiantil de 1968 en México. Su libro, "La Noche de Tlatelolco", recoge los testimonios de la matanza de cientos de estudiantes y otras personas que marcó la historia del país. Ella llegó al lugar de los hechos la mañana siguiente de la matanza y consignó lo que luego entregó en sus escritos. Pero, la verdad es que 50 años después, es muy poca la información de lo que realmente sucedió. ¿Por qué pasó eso tan horrible? ¿Cuál es el número de personas detenidas y desaparecidas? ¿Cómo es posible que el hombre llegue hasta estos acontecimientos? Este es un capítulo oscuro en la historia reciente de México y en la historia de la humanidad, un capítulo carente de información y de voluntad para revelar lo que realmente ocurrió. El hombre, en general, ayer y ahora, no vive en paz, la libertad es siempre algo muy relativo. Faltaban 10 días para la inauguración de los juegos olímpicos de aquel año con sede en este mismo lugar y a los pocos días parecía que nada había pasado. 

Las Olimpiadas se desarrollaron bajo un contexto de consternación, tanto atletas mexicanos como extranjeros afirmaban no tener conocimiento sobre lo ocurrido el 2 de octubre, pero según la misma Elena Poniatowska asegura que algunos competidores si se enteraron de la matanza. Al final de aquellos juegos que muchos, aunque éramos pequeños recordamos, México logró 9 escasas medallas, como la de plata en 20 km caminata de José Pedraza, o Felipe Muñoz Kapamás, quien obtuvo la presea de oro en 200 metros pecho en natación, pero ni la gloria que ellos escribieron en la historia del deporte mexicano, pudo reducir el olor a muerte de aquel 2 de octubre de 1968. Leyendo hoy el libro de Job —primera lectura de Misa de toda esta semana— y pensando en las manifestaciones que se dieron el día de ayer recordando aquel nefasto momento, nos podemos preguntar con él: ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué el sufrimiento del justo y del inocente? ¿El Todopoderoso no puede impedir el desamparo y las torturas que se infligen a los inocentes? (Job 9,1-12.14-16). El mal existe. ¡Es inútil huir! ¡Es inútil no querer verlo! ¡Es inútil refugiarse o cegarse para no enfrentarlo! La primera impresión de Job es admirable en alguien que no conocía a Cristo, como hoy lo conocemos nosotros. Job nos enseña que a Dios, no se le piden cuentas. Esta es la confesión de nuestra impotencia radical a comprenderlo todo. El hombre moderno, tal vez más que el antiguo, se siente perturbado por el mal, precisamente porque se ha creído «dueño de todo». Creyéndolo todo explicado no admite ciertos dominios irracionales, puntos oscuros, enfermedades que se le resisten, o avalanchas destructoras. Job reconoce humildemente que la pretensión de saberlo y conocerlo todo es ridícula. ¿Es incomprensible el sufrimiento? Pero, ¡el universo tiene también otras incógnitas! Es el hombre tan pequeño. De «miles» de problemas planteados y de sucesos acontecidos, el hombre ha resuelto «algunos», pero subsiste el misterio, lo desconocido. 

La tierra no es el espacio permanente del ser humano. Todos caminamos hacia la muerte y aquellos que quieran seguir los criterios de Dios se apuntan al mismo destino de Jesús, encarnarse en el Amor para dar el salto a la vida eterna, sabiendo que no hay un lugar en la tierra que esté libre del mal porque el enemigo anda suelto siempre, «como león rugiente, y ronda buscando a quien devorar» (cf. 1 Pe 5,8). Jesús nos dice en el Evangelio de hoy (Lc 9,57-62) que él no tiene casa, ni ciudad, ni pueblo; ni siquiera lo que poseen los animales y que usan por instinto. Él es el que camina, el Hijo del hombre cuya patria no es esta tierra que siempre se debate entre la guerra y la paz. Hoy, al recordar aquel 2 de octubre, del que directamente he escuchado varias veces de mi padre lo que él vivió en aquel día, el «deja que los muertos entierren a sus muertos» me habla y reafirme en una verdad consoladora. El Reino es más que las barbaridades que podamos ver aquí; el Reino es el amor de Dios que desborda todos los estratos de la paz artificial que el mundo quiera construir en nuestra casa común. Por eso, hoy amanezco pensando en la exigencia de Jesús que invita a superar todos los planos de la vida del hombre sobre el mundo. Sólo cuando se haya descubierto este misterio, cuando el amor y el sufrimiento del Reino aparezcan en su hondura transformante y salvadora, se comprenderá el valor del amor y no ofertará simplemente el cariño biológico o cerrado de este mundo, sino todo aquel misterio del amor fecundo y desprendido que Jesús quiso transmitirnos. Descansen en paz tantos muertos, todos esos, como los 43 de Ayotzinapa, los más de doscientos mil en Ruanda, los tantos otros que murieron Armenia, en Camboya, en Ayacucho, en Auschwitz, en Bosnia… en fin. En medio de esta vista tan corta del hombre que a fuerza de sentirse instalado y dueño de todo causa daños tan graves, ayer me fijaba en los ojos de la Virgen Morena con carita inclinada mirando a quienes desde abajo la seguíamos pasando por la banda transportadora en la Basílica del Tepeyac, y sentía esa mirada fija, consoladora, como diciéndonos: Déjense de buscar el sentido de la vida aquí… vean a mi Hijo que sin tener nada en este mundo, nos lo da todo. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 2 de octubre de 2018

«Ángel de Dios, ángel de mi guarda»... Un pequeño pensamiento para hoy

El día de ayer iniciamos la lectura del libro de Job, que estaremos leyendo hasta el sábado y nos encontramos en él a un modelo admirable de paciencia. Pero hoy, ante unas calamidades —que son más grandes que las de ayer, la enfermedad de la lepra, la hostilidad de sus familiares y amigos— Job sufre una crisis profunda en fe en Dios como la que puede sufrir cualquiera de nosotros (Job 3,1-3.11.16.12-15.17. 20.23), porque ¿quién no se ha visto sin pensarlo o sin planearlo en situaciones tan terrible como esta? En la escena aparecen tres amigos que parece vienen a consolar a este bendito hombre que está sumergido en el dolor, la depresión y la desesperación, pero parece más bien que en lugar de brindarle consuelo lo sumergen más en dudas y hasta lo atacan. Job estuvo siete días en silencio, acompañado de estos amigos, hasta que finalmente prorrumpe en el grito tremendo de rebelión que la lectura de hoy nos presenta. Se le ha derrumbado todo: el apoyo de los suyos, su fe, su concepto de la bondad de Dios. Y se hace la gran pregunta de muchos, la pregunta que dice el Papa Francisco que se vale hacerse: «¿por qué a mí?» El grito de Job es desgarrador, prefiere morir y maldice el día en que nació «¡Maldito el día en que nací, la noche en que se dijo: “Ha sido concebido un varón”! ¿Por qué no morí en el seno de mi madre? ¿Por qué no perecí al salir de sus entrañas o no fui como un aborto que se entierra, una criatura que no llegó a ver la luz? ¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me amamantaron?

¡Qué momentos tan terribles esos en los que la vida parece absurda y detestable! Pero Dios, nunca nos ha dejado solos. Hoy recordamos que todos tenemos un ángel que nos acompaña y que vela por nosotros especialmente en los momentos en que nos sentimos solos y abatidos como Job. La Iglesia celebra hoy a los Santos Ángeles Custodios, esos seres celestiales que nos ayudan a abrazar el plan de nuestra existencia tal como Dios mismo lo diseñó, con un «ministerio» o servicio que ha recibido en la tradición cristiana el nombre de «custodia». Los ángeles, en relación a nosotros, son como hermanos mayores, encargados por el Padre común para conducirnos rumbo a la Patria Celeste. Los ángeles custodios o «ángeles de la guarda», tienen la misión de guiarnos y de apartar de nosotros, en misteriosa medida, los obstáculos del camino. Su «custodia» no consiste en asistirnos y defendernos como lo haría un subalterno, sino en una especie de tutela protectora que se adapta a nuestra libertad humana y que será tanto más eficaz cuanto más nos apoyemos en ella con confianza y buena voluntad. La principal ocupación del ángel de la guarda, nos dice Santo Tomás de Aquino —uno de los más grandes teólogos—, es iluminar nuestra inteligencia: «La guarda de los ángeles tiene como último y principal efecto la iluminación doctrinal» (Suma Teológica I, 113, 2). No hay duda de que cumpliendo esta tarea, hay ángeles buenos que protegen (Dan 6,20-23; 2 Re 6,13-17), que revelan información (Hch 7,52-53; Lc 1,11-20), que guían (Mt 1,20-21; Hch 8,26), que proveen (Gn 21,17-20), y ministran a los creyentes en general (Hb 1,14). Hay muchos más ejemplos de esto en la Escritura. 

Desde el Antiguo Testamento se puede observar cómo Dios se sirve de sus ángeles para proteger a los hombres de la acción del demonio, para ayudar al justo o librarlo del peligro, como cuando Elías fue alimentado por un ángel (1 Re 19,5.) cuya presencia es evidente o en este caso de Job en donde no se explica la acción del ángel de la guarda, pero se percibe cómo es que ayuda a Job a superar la terribilísima adversidad que atraviesa y que parece interminable. En el nuevo Testamento también se pueden observar muchos sucesos y ejemplos en los que se ve la misión de los ángeles: el mensaje a José para que huyera a Egipto, la liberación de Pedro en la cárcel, los ángeles que sirvieron a Jesús después de las tentaciones en el desierto, en fin, son innumerables los pasajes que la Escritura nos brinda sobre su existencia y su misión. Hoy leemos en el Evangelio (Mt 18,1-5.10) que nuestros ángeles custodios «en el cielo, ven continuamente el rostro de nuestro Padre, que está en el cielo» (Mt 18.10). Así, debemos confiar en nuestro ángel de la guarda y pedirle ayuda, pues además de que él nos guía y nos protege, está cerquitita de Dios y le puede decir directamente lo que queremos o necesitamos, porque los ángeles, como nuestros demás hermanos, no pueden conocer nuestros pensamientos y deseos íntimos si nosotros no se los hacemos saber o se los dejamos ver de alguna manera, ya que sólo Dios conoce exactamente lo que hay dentro de nuestro corazón. La beata María Inés Teresa acostumbraba a rezar esta sencilla oración que nos viene bien rezar no solo hoy sino cada día y mejor si lo hacemos bajo el amparo de María, Reina de los Ángeles: «Ángel de Dios, ángel de mi guarda, pues la bondad divina me ha encomendado a tu custodia, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén. ¡Bendecido día!

Padre Alfredo.

lunes, 1 de octubre de 2018

«Santa Teresita, la doctora de la Iglesia que es patrona de las misiones»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Ya estamos en octubre! Y esta semana seguramente, si Dios nos presta vida, se irá igual de rápido que las anteriores... ¡como agua! Hemos dicho ayer adiós al mes de la Biblia, al mes de la patria y nos adentramos, con la fiesta del día de hoy, recordando a la doctora de la Iglesia, la santita predilecta de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento y de muchas almas más, la extraordinaria santa Teresita del Niño Jesús, en el mes de las misiones, de las que ella es patrona, en el mes del Santo Rosario y en el mes de la fiesta patronal, que, en esta comunidad parroquial que peregrina bajo el cuidado de Nuestra Señora de Fátima, la celebra el día 13, rememorando el día de su última aparición a los santos pastorcitos Jacinta y Francisco y a su prima Lucía, la sierva de Dios que va camino a los altares, que fue la única de ellos tres que llegó a vivir muchos años y cuyo proceso de canonización va muy avanzado. Octubre es también el mes en que se celebra el día de la Raza, en el que nosotros, como creyentes, hemos de dar gracias por la llegada de la fe a nuestro continente, con aquel pequeño grupo de misioneros de diversas órdenes religiosas que, desde el segundo viaje de Cristóbal Colón (1494-1496) a nuestro continente, participaron con tareas que abarcaban dos campos: la evangelización de los nativos y la prestación de servicios religiosos a la población europea que llegaba. Pero hoy es día de Santa Teresita, que, además, es patrona secundaria de la Familia Inesiana junto con San Francisco —que celebraremos el próximo jueves— y Santa Clara, porque así lo dispuso la beata María Inés quien le suplicaba a Dios: «Quiero hacer mías las palabras de tu virgen santa Teresita; “¡En el corazón de mi Madre la Iglesia, yo seré el amor!”» (Ejercicios Espirituales de 1950, f. 886.) 

Algo de lo que más admiro en la santita de Lisieux, a la que le agradezco su asistencia diaria —en especial desde el día en que me ordené— y de quien el doctor al nacer dijo: «¡será misionera!», es que, en medio de los infortunios que se abatían sobre ella por la dura enfermedad de la tuberculosis que la hizo volar al cielo a los escasos 24 años de edad desde su húmeda celda en el monasterio del que nunca salió, mantuvo una entereza y serenidad impresionantes. A pensar en eso me lleva hoy la primera lectura de la Misa, tomada del libro de Job (Job 1,6-22): «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; ésa fue su voluntad: ¡Bendito sea el nombre del Señor!» Job es el prototipo no solo de santa Teresita, sino de todo aquel que abrace, en la condición que sea, la voluntad de Dios. Amante de leer la Escritura, este libro inspirado del Antiguo Testamento que hoy empezamos a leer en la Misa diaria, le inspiraba sobre todo en los últimos momentos de su vida, cuando se entregó con más fuerza al amor divino del que la había llamado a consagrarse por entero a él y decía como Job: «Aunque Dios me matara confiaría siempre en él» (Job 13,15). El libro de Job, la vida de Santa Teresita y la de la beata María Inés, nos dejarán ver en la vida sencilla y ordinaria de cada día el debate de todos los tiempos, un proceso que se da entre Dios; el hostigador Satanás, que busca siempre sembrar la división entre Dios y el hombre diciéndole al Creador: «¡Los hombres te olvidarán!», y al hombre: «¡Dios te ha olvidado!», y Job, Teresita o cualquiera de nosotros que, sin sospecharlo, nos convertimos a la vez en árbitros de este debate y después en vencedores con Dios de la batalla. 

En el Evangelio de hoy (Lc 9,46-50), Jesús, que manifiesta una vez más el conocimiento profundo del corazón del hombre y la mujer de fe, nos lleva a darnos cuenta de lo importante que es «hacerse pequeño» para actuar y decidir, para ofrecer y buscar los bienes del Reino y para servir a los demás llevándolos a Dios. A la «santita» que celebramos hoy, no le llamaban la atención las acciones deslumbrantes, sino el encontrar la verdadera alegría en lo «cotidiano y lo sencillo» de las pequeñas cosas ordinarias y por eso nos deja un «caminito», ese, que los grandes teólogos llaman «el caminito de la infancia espiritual». Nueve años en el Carmelo de Lisieux le bastaron a esta joven santita —Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz— hija de los también santos Luis Martin y Celia Guérin —el primer matrimonio en ser canonizado en una misma ceremonia en la historia de la Iglesia— para observar perfecta y amorosamente las reglas y constituciones de la Orden viviendo con generosidad y entrega heroicas hasta en los más mínimos detalles en la caridad con sus hermanas religiosas. Pobreza delicada y minuciosa. Sonrisa en los labios siempre. Alegría en la recreación. Igualdad de trato con todas y un corazón misionero sin fronteras que la hizo volar espiritualmente hasta los últimos rincones de la tierra para acompañar, hasta el día de hoy, a los misioneros más solos y alejados de la faz de la tierra. El 29 de septiembre, antes de morir, teresita pudo exclamar: «Lo he dicho todo... Todo está cumplido. ¡Sólo cuenta el amor!». El 30 fue para ella una larga agonía. «No me explico cómo puedo sufrir tanto si no fuese por mi ardiente deseo de salvar almas...» «No, yo no me arrepiento de haberme entregado al Amor...». La Virgen de la sonrisa —Nuestra Señora de las Victorias— velaba junto a su hijita. ¡Cuánto y qué delicadamente había ella amado a María! Ahora la miraba con un ansia especial... A las siete y minutos de la tarde vino el postrer grito: «¡Oh..., le amo! ¡Dios mío..., te amo!» Luego un éxtasis maravilloso, celestial que duró poco más de un credo. El último golpe ¡lo daba el Amor! Bendecido lunes y bendecido mes de octubre, rezando, como el Santo Padre lo ha pedido, el Santo Rosario cada día con la oración de «Bajo tu amparo» y la oración a «San Miguel Arcángel». 

Padre Alfredo.