
A partir de mañana empiezan para mí —y seguro para muchos— los días en que, al anotar la fecha, pondré «2025» mientras me acoplo al nuevo año. La verdad el año se me ha ido como agua, estoy apunto de emprender mi último vuelo de este año, del aeropuerto de Morelia al aeropuerto de Monterrey, después de haber gozado unos días maravillosos de estudio, de reflexión, de compartir en comunidad de hermanos Misioneros de Cristo en la casa «Don vasco de Quiroga», nuestra misión y casa noviciado en el bello Michoacán, ahora tan golpeado, como toda la nación, por esa cantidad de daños que debido a las puertas que este y gobiernos del pasado en el país, fueron dejando abiertas al imperio de la corrupción, del narcotráfico y casi de toda ausencia de «civismo». Llego con el dolor inmenso de ver el contraste entre la gente de buena voluntad y las élites que, desde la pequeña esfera en la que viven, apoltronados en el mal gobierno, se aprovechan de los más pobres, de los necesitados, de los «acarreados» para esconder tanto mal.
No pierdo la esperanza de que «despertemos» y recobremos el celo por la patria, para volver a ver ese México que, en diversas épocas de nuestra historia, fue pionero global al integrar, en la sociedad, la fe y el autentico «bienestar». El evangelio de hoy, que es el prólogo de San Juan y que hemos escuchado, en la arquidiócesis de Monterrey, cada domingo después de la comunión (Jn 1,1-18) me llena de confianza en Dios que, enviando a su Hijo al mundo, a sabiendas de que no sería bien recibido, sigue extendiendo su brazo misericordioso y nos brinda una nueva oportunidad de no quedarnos con los brazos cruzados ni con la boca callada. La venida de la Palabra a nuestro mundo, es una realidad eterna, un ahora constante. Su luz está eternamente presente y brilla en nuestros corazones, llamándonos a iluminar la oscuridad del miedo, del odio de la violencia, de la corrupción, del narcotráfico, del abuso del poder, que tanto enferma a nuestra sociedad de hoy. El Logos habla de amor en una conversación eterna, a la que se nos atrae constantemente, para que podamos hablar de amor con nuestras vidas, aún en medio del dolor, porque la Palabra sigue empeñada en iluminar la noche y sus entresijos.
Solo desde esta perspectiva joánica, es como tendrán nuestras felicitaciones de año nuevo y desde donde brotarán todos esos buenos deseos que tenemos los unos para con los otros estos primeros días del 2026. Si no tenemos la raíz de lo que somos y hacemos como discípulos–misioneros de este Niño nacido en Belén, bien hundida en la fe y el amor de Dios, pronto se nos secará la esperanza y se arruinará la alegría del Evangelio que vino a traernos. El Hijo de Dios es la oferta para los hombres de todos los tiempos, aún para los de esta época, en la que tantos y tantos adolescentes son reclutados para colaborar en el narcomenudeo; aún en este devenir en el que ideologías sin ton ni son confunden el corazón del hombre y de la mujer; aún para los que, sumergidos en el placer inacabado del consumo gastan lo que no tienen; aún para los que, atrapados en una pobreza injusta, venden hasta sus propios cuerpos para tener algo para comer; aún para quienes parece que gritamos en medio del desierto sin que nadie nos escuche... Entrar en el mundo para darle vida al mundo fue el camino de Jesús y la pedagogía con la que formó a los suyos, porque los hombres y mujeres de ayer y hoy, tenemos derecho a mirar a Jesucristo, la Palabra que se ha hecho historia para mantener viva la esperanza en el corazón de todos. Su entrada en el mundo, en aquel pobre portal de Belén entre José y María, no fue un «estar ahí» para que lo recordemos cada año, sino un «estar con» para que lo sintamos siempre a nuestro lado. Pidamos a su Madre santísima, que como ella, nos ayude a mantenerlo vivo en nuestro corazón, el primer lugar de misión de todo ser humano. ¡Bendecido miércoles y feliz año 2026!
Padre Alfredo.
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