Hoy la conocida fiesta de «Los santos inocentes» cae en domingo dentro de esta Octava de Navidad y entonces el día lo ocupa la fiesta de «La sagrada familia». La empecé a celebrar ayer con la misa de precepto en nuestra querida misión de El Tigre, en Michoacán, a donde llegué desde el 26 para regresar a Monterrey el 31 y, con sus oraciones, llegar a tiempo para celebrar allá la Misa de fin de año. Estar en este bendito lugar es una gracia porque me habla de muchos recuerdos muy queridos y de momentos de un apostolado fecundo cuando de joven sacerdote recorría las rancherías entre estos cerros que rodean la misión.
En este día, en el marco de la Octava e Navidad, la Iglesia nos invita a que engrandezcamos algo más nuestra mirada, para que quepan en nuestro corazón dos personas importantísimas como María santísima y José y veamos al niño formando parte de la Sagrada Familia, en la que tanto al padre como a la madre les corresponden unas funciones especiales para poder sacar adelante a esa criatura, para ayudar a crecer a esa «»de humanidad que es el niño Jesús, que sabemos es verdadero Dios y verdadero hombre.
A esta familia le damos el título de «Sagrada» no solo por ser la de Jesús, sino porque el amor es siempre sagrado, y cuando es verdadero «sabe a Dios», porque Dios es amor. Porque María, José y el Divino Niño están «consagrados» totalmente al servicio de la voluntad del Padre. Dios ha bendecido la unión entre María y José al haber elegido ese «lugar» como el idóneo para encontrarse con los hombres. Ellos nos recuerdan que la familia es Iglesia doméstica. Toda familia está unida a Jesús. Así que este rasgo no es exclusivos de la Familia de Nazareth, sino de cualquier familia cristiana que es consciente de lo que significó celebrar su amor de modo sacramental. ¡Que tengas, en familia, un día maravilloso y no hagas inocente a nadie!
Padre Alfredo.
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