Hay que abrir nuestras almas al misterio de un Dios que se nos acerca y saborear la fiesta de la llegada de un Dios que es Amigo y que nunca nos abandona. En medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste para mucho o tan ajetreado y dramático para otros, se nos invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida», dice San León Magno. No se trata de una alegría insulsa y superficial sino una alegría que nos debe mantener en el dinamismo de la conversión con una alegría porque Dios se ha hecho hombre, y ha venido a habitar entre nosotros. Una alegría que sólo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios, y se dejan atrapar por su ternura. La beata María Inés dice: «Cuántas lecciones podemos aprender al meditar en el nacimiento de Cristo, cuántas cosas debemos imitar de él, y esto no piensen que es para las religiosas y sacerdotes, no, es para todos». (Carta a los Vanclaristas de California el 7 de diciembre de 1971).
Vivamos todos esta noche la alegría de la Navidad, esa alegría que nos libera de miedos, desconfianzas e inhibiciones ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo huir ante quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? El hecho de que Dios se haya hecho niño, nos debe decir mucho más de cómo es Dios, que todos nuestros ensimismamientos y especulaciones sobre su misterio. Si supiéramos detenernos en silencio ante este Niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizás entenderíamos por que el corazón de un creyente debe estar siempre inundado de una alegría diferente estos días de Navidad. Busquemos esta noche santa a Dios donde se ha encarnado, en un humilde pesebre porque allí comienza Dios su aventura entre nosotros... ¡vayamos a Belén! Ayudemos a todos, especialmente en casa, a volver a las raíces de nuestra fe. ¡Feliz y bendecida Navidad!
Padre Alfredo.
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