miércoles, 24 de diciembre de 2025

«Celebrar la Navidad»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La Navidad, aún en medio de todo el ambiente superficial que se respira se percibe en nuestro ambiente como una fiesta mucho más honda y gozosa que todos los artilugios y artificios de la sociedad de consumo que impera en todas las ciudades cosmopolitas como Monterrey, que es donde me ha tocas estar la mayor parte de este tiempo de Adviento que prepara la llegada del Mesías. Yo creo que todos nos damos cuenta de que tenemos que recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y ayudar en nuestras familias a descubrir detrás de tanta superficialidad y aturdimiento el misterio que da origen a la alegría de estos días que, para muchos, es pasajera. Tenemos que ayudar a los más cercanos, en nuestra condición de discípulos–misioneros, a «celebrar» la Navidad. Porque no todos saben lo que es celebrar. No todos saben lo que es abrir el corazón a la alegría del evangelio.

Hay que abrir nuestras almas al misterio de un Dios que se nos acerca y saborear la fiesta de la llegada de un Dios que es Amigo y que nunca nos abandona. En medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste para mucho o tan ajetreado y dramático para otros, se nos invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida», dice San León Magno. No se trata de una alegría insulsa y superficial sino una alegría que nos debe mantener en el dinamismo de la conversión con una alegría porque Dios se ha hecho hombre, y ha venido a habitar entre nosotros. Una alegría que sólo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios, y se dejan atrapar por su ternura. La beata María Inés dice: «Cuántas lecciones podemos aprender al meditar en el nacimiento de Cristo, cuántas cosas debemos imitar de él, y esto no piensen que es para las religiosas y sacerdotes, no, es para todos». (Carta a los Vanclaristas de California el 7 de diciembre de 1971).

Vivamos todos esta noche la alegría de la Navidad, esa alegría que nos libera de miedos, desconfianzas e inhibiciones ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo huir ante quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? El hecho de que Dios se haya hecho niño, nos debe decir mucho más de cómo es Dios, que todos nuestros ensimismamientos y especulaciones sobre su misterio. Si supiéramos detenernos en silencio ante este Niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizás entenderíamos por que el corazón de un creyente debe estar siempre inundado de una alegría diferente estos días de Navidad. Busquemos esta noche santa a Dios donde se ha encarnado, en un humilde pesebre porque allí comienza Dios su aventura entre nosotros... ¡vayamos a Belén! Ayudemos a todos, especialmente en casa, a volver a las raíces de nuestra fe. ¡Feliz y bendecida Navidad!

Padre Alfredo.

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